Cuando tenía dos años, me atravesaron con un hierro de parte a parte. Sangré. Me causaron mucho dolor sin razón alguna, pues yo era inocente (ya no lo soy, he oído demasiadas mentiras). Yo esperaba que me lo sacasen y me curaran; pero solo combatieron la hemorragia. Dejaron dentro el hierro. Durante estos años, lo han ido sustituyendo por otros de distinta forma y material. Han pasado cincuenta años, y sigo con el metal dentro de mí. Y el agujero se hace cada vez más grande y obsceno.
Por otro lado, sé, o creo saber, que tengo una hermana, aunque no sé cómo lo sé. A veces pienso en ella, y temo que corra la misma suerte que yo. Quizá ella piense en mí, y me compadezca sin conocerme. Así lo ansío sinceramente; tal vez para no sentirme tan sola.
En ocasiones creo verla en los espejos, pero sospecho, dado que es idéntica a mí pero con los rasgos simétricamente opuestos, que es un espejismo de mi ansiedad.
Lo peor es que, pues tal vez no exista, ni siquiera en la muerte estaremos juntas, mi hermana oreja y yo.
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