Lo dejamos por imposible...

Lo dejamos por imposible...
...y nos mudamos a un edificio moderno.

¿Has cerrado la puerta del sótano? Desde aquí veo la casa, sí, pero no puedo decir si está cerrada. Aguarda ahí sentada y distráelos un poco, que no descubran el cadáver.

¡Para esto hemos quedado! ¡Carnaza de ojo vicioso! ¡Jes´s!

jueves, 11 de marzo de 2010

Los diablos de Sudencia (novela)

Los
Diablos
de
Sudencia

José Enrique Díaz Martín


La alegría de un hombre es hacer lo que es propio de un hombre. Propio de un hombre es la bondad para con sus semejantes, el desprecio de los movimientos de los sentidos, el discernimiento de las representaciones convincentes, la contemplación de la naturaleza universal y de lo que se produce conforme a ella.

Meditaciones
Marco Aurelio. Libro VIII, Epígrafe 26.



NOTA DEL AUTOR
Este texto es una ficción. No pretende emitir juicios sobre ningún lugar, sobre ninguna creencia y, por supuesto, sobre ningún colectivo o grupo humano. Me he limitado a novelar sobre unos hechos concretos y de sobra conocidos por mucha gente en la comarca en que los sitúa la acción. Debo agradecer a Juan Linares Pastor su inapreciable colaboración sobre el terreno y su estimulante entusiasmo. También su enorme valentía, puesto que no es fácil, ni cómodo, recabar el tipo de información que hemos manejado acerca de personas no hace tanto tiempo fallecidas y acontecimientos bastante recientes. Sobre la veracidad de algunos datos, sólo puedo apelar al tan irresponsable como inevitable: “Relata réfero”.



Los Diablos de Sudencia



Capítulo 1º
La Sudencia de los perros suicidas y los ángeles deportivos.


No era tarde. No todavía.
A pesar de que lo único que le incumbía del exterior, máxime en su cómodo coche nuevo, era la interminable cinta gris de la carretera que se desplegaba pasivamente ante ella, no podía por menos de contemplar aquellos enormes barrancos, aquel espectáculo de lunar desolación, con un contenido estremecimiento de inquietud; y también con cierto regusto íntimo y agradecido por encontrarse en el confortable habitáculo de su vehículo.
Palpó en el asiento del acompañante y, con una sola mano, extrajo un cigarrillo del paquete duro y se lo aplicó a la boca. Vio su propia mano, elegante, de piel joven y uñas cuidadas, presionar el encendedor bajo la radio.
Estimó que estaría como a cincuenta kilómetros de Zaragoza. Había salido de Madrid a las diez de la mañana, y calculaba llegar a su destino en algo más de cuatro horas.
Conducía despacio. Con soltura pero despacio. No comprendía la compulsión de algunos hombres por conducir deprisa, aun sabiendo que no se ganaba apenas tiempo. Todos los hombres, en realidad. Bueno, no todos. La mayoría, sin embargo, se inventaban la urgencia para no desviarse de su propósito. No fuera a ser que yendo despacio se les ocurriese mirar por la ventanilla o pensar algo. Y eso que a ella no le gustaba lo que veía fuera.
Aunque, en realidad, sí lo comprendía, ya que era el propósito lo que definía la voluntad masculina, o el fingimiento de un propósito: lo que es ‘allí’ y no es ‘esto’. Eran capaces de inventar cualquier excusa para justificar hacer lo que hacían, que era lo que les apetecía, lo que les salía de los huevos, ni más ni menos. Conocía hombres que le habían racionalizado la infidelidad hacia sus mujeres como un acto de bondad, de justicia, de compensación, de prudencia... y luego las mujeres les parecen amorales porque ellas no tratan de explicarse las cosas, lo que hacen, las mentiras o los engaños que perpetran, ni siquiera a sí mismas, sólo de ocultarlos. Y hasta tratan de enseñar a las mujeres, a las madres manipuladas, a las esposas torturadas, a las hijas abusadas la técnica de la racionalización; las instruyen para justificarles.
Desde Medinaceli, en Soria, unos setenta kilómetros atrás, el paisaje era hosco, por momentos hostil. Estaba nublado, y ni siquiera el velado sol mañanero aparecía un instante para redimir los largos barrancos, las quebradas aviesas y esas inhumanas planicies llenas de arañazos que se intuían por detrás de aquellos altos cerros. Eran llanuras pétreas en que buscar raíces y perder combates sangrientos con las manos, espacios para que se le muera a una toda compañía, para dejar de ser un bípedo decoroso y que le vuelvan a una a brotar los cañones negros de los pelos de las piernas. Se imaginó greñuda persiguiendo humaredas lejanas y se estremeció golosamente con aquella imagen mental.
Para recobrarse, fumó.
Pero ni el paisaje ni el tabaco podían alejarla del recuerdo de las palabras de la madre de Eduardo. Mientras su memoria reconstruía la escena se miró en el espejito del parasol: tenía la cara angulosa, correcta, seria, en equilibrio sobrio con el pelo rubio y liso, casi lacio; pero aunque nada la alejaba del canon general de “la rubia” (además pechos grandes, piernas largas, cintura estrecha), nadie la identificaba con él, quizá por su frente demasiado abombada, por su mirada en exceso fría o dura, por su aparente carencia de piedad... Aquella cara era la que miraba la madre de Eduardo cuando, en la casa de él, adonde ella había ido a despedirse definitivamente y a devolverle sus últimos objetos olvidados en su apartamento, la mujer le había contado aquella absurda historia.
Así como otros bebés nacen con pelo o ya con dientes, Eduardo había nacido - empezó su madre después de un difícil preámbulo – con voluntad de retroceso. “Como lo oyes, hija:”, decía aquella mujer sentada frente a ella, mirándose las manos cruzadas sobre las rodillas, “cuando la comadrona me lo dejó un momento sobre el vientre, en lugar de temblar o llorar gateó de vuelta adentro, y hasta creo que avanzó un poco y me agarró la vulva con desesperación. Yo no me enteraba, claro; pero la comadrona se hacía cruces de aquello... Luego me lo contó y, de entrada, nos reímos; pero con los años, viéndolo vivir, me vinieron muchas veces aquellas palabras a la cabeza: ‘O poco sé de críos (me dijo), o este chico suyo va a querer siempre echarse atrás de lo que haga, desandar lo que ande... Y hasta desestar de donde esté... lo que le digo; y ojalá me equivoque (dijo, y no se equivocó, pobre hijo mío)’. Así que lo que ha hecho contigo no es raro en él; yo creía que el cariño que te tenía sería más fuerte que esa propensión suya al regreso y la huida,... pero ya ves. No debes culparlo por ser como es. Es su carácter. En cuanto algo en su vida deja de poder ser inercia, da un paso atrás.”
Y todo aquello después de años de relación y de tantos planes. Y su madre se lo decía tranquilamente.
Ella se quedó allí mirándola casi sin creerse lo que oía, o mejor, casi sin creerse estar escuchando aquello, y cómo aquella mujer justificaba patéticamente el abandono de su hijo. Le caía bien aquella mujer. No podía pensar que fuera imbécil; y entonces le sobrevino la sospecha de si todo aquel clan, la familia de su próximo futuro ex marido, no lo fuese desde el principio, y que hubieran venido disimulando por ella, o por costumbre o por ambición de querer parecer normales ante el resto de la gente. Como una especie de enfermedad genética y hereditaria y horripilante de la que se tiene perfecta conciencia y que se oculta por vergüenza o por instinto social; tal vez en un comienzo en forma de un discreto y elegante y pudoroso silencio de la imperfección propia, más tarde convertido en secreto familiar y por fin, al cabo de los siglos, olvidada la consigna, como la humedad que rezumase inevitablemente de un tabique que oculta sus cadáveres, aceptado y mostrado con horrorosa naturalidad y obscena impudicia: “ese es el tío Onofre; es tipógrafo, tiene buen fondo y sonríe siempre, no habla mucho porque está embalsamado”. Frente a ello, ya casi no parecía importante o relevante el que su hijo, su próximo futuro ex marido, la hubiese abandonado mediante un mensaje de teléfono móvil. Ni siquiera se atrevió a decirle esto último a su madre. Seguro que aquella rara mujer encontraría también razón para ello. Si era capaz de explicar sonriendo que su hijo dejase a su esposa porque al nacer había querido volver al útero de su madre, no valía la pena molestarse en hablar más.
Todos le habían parecido normales hasta entonces. Toda aquella familia. Hasta le había resultado comprensible (aunque no del todo admisible ni perdonable) que su suegro (¡Dios mío, aquel tipo había sido su suegro!) que su suegro le mirase el pecho – el escote, el volumen, el canalillo, el perfil, los pezones... – cada vez que tuvo ocasión. En otra familia habría podido ser un desliz incontrolable, una punzada de reconocimiento carnal, una torpeza moral inapropiada pero no del todo anormal, o subnormal. En aquella, ese gesto le hacía imaginar a aquel hombre calvo soñando con el pecho materno en un afán inconsciente de regresión a la lactancia. Recordó de pronto que su negocio familiar era la edición de textos clásicos poco conocidos: Persia, India, Presocráticos... Eso, el retroceso.
Devolvió la atención a la carretera monótona. Pasaba entonces por sobre un viaducto altísimo tendido en curva sobre un cañón de águilas y entre dos picos altos, romos y pelados por la intemperie, y vio cómo de la cumbre de enfrente se despeñaba voluntariamente la figura de un individuo y que, a poco de pasar, abiertos los brazos, por la cota de altura del puente que ella atravesaba, se abría de pronto la mochila que portaba y se desplegaba un paracaídas deportivo.
Extendió la mirada y vio otros paracaidistas que ya giraban, ya ascendían en el aire, ya bajaban despacio hacia el lejano fondo del cañón. Lo hacían lentamente, volteando con suavidad controlada y tranquila, contraviniendo con elegancia el, más que recuerdo y sugerencia, impulso tácito de aquellos cantiles verticales a despeñarse a plomo y sin esperar más. Sin embargo patinaban haciendo gelatina doméstica y transparente aquel vacío inhóspito que, estaba segura, fuera del coche estaría compuesto de gélida nada y ráfagas malignas como navajas. ‘Así descenderían los ángeles’, pensó cuando ya había dejado de verlos y volvía a circular por tierra firme entre cerretes como bultos amorfos. Así descenderían los ángeles al final de los tiempos sobre la tierra yerma tras el apocalipsis; en inocentes, pueriles sobrevuelos impunes, indiferentes a las radiaciones y los virus, como plumas de almohada que al fin se posan sobre el cuerpo asesinado contra el colchón, o tendido, como el suyo, encima de la cama conyugal abandonada por un útero materno imposible. Pensándolo bien, a casi todas las mujeres les pasaba eso con los hombres, sólo que a ella se le había dicho casi la verdad: todos volvían con mamá.
Recordó entonces a Ricardo, otra de sus relaciones largas, que no había llegado siquiera al matrimonio. Ricardo también era muy particular, y también tenía su metáfora, o su parábola explicativa estúpida.
Ricardo guardaba una muela, una enorme muela de tres raigones que, después de intentarlo todo para conservarla, había tenido que hacerse extraer por causa de unos nódulos infecciosos inter-radicales que resistían todos los tratamientos e ignoraban la renovada voluntad de los analgésicos. Aquel hombre inquieto, manual y de trato agradable y discreto había conservado la muela por curiosidad. Era un sujeto alto, huesudo, y, en consecuencia tal vez, aquel diente tenía un tamaño descomunal. Cuando se lo enseñó, lo hizo poniéndolo de pie sobre las tres raíces, y, repugnante encima del cristal, parecía un amuleto esotérico o un trofeo de cazador paleolítico. No lo había tirado, le dijo, por un raro apego superficial; después lo olvidó. Cuando volvió a toparse con él, años más adelante, decidió que tenía..., que le iba a conferir un significado simbólico. Si aquella gran pieza dentaria había vuelto a aparecer, aquello significaba (le costaba a ella misma recordarlo sin echarse, otra vez, a reír a carcajadas, oyéndole pedir paciencia para oír el resto de la historia) significaba que el ratoncito Pérez no se la había llevado ni le había dejado, como pago, la correspondiente moneda. Y eso mismo pasaba (dijo aquel Ricardo creyendo ir al fondo del asunto, con los ojos de cordero judío llenos aún de un fracaso profesional reciente) eso pasaba con todas las ilusiones, con todos los sueños, con todas las imaginaciones que nos halagan. Así que aquel diente se convirtió en prueba, testigo y recordatorio de que no hay que hacerse ilusiones con la vida, ni tener ni empeñarse en tener esperanzas voluntariosas. Para ella, y por eso se acordaba quizás ahora, aquel razonamiento había sido premonitorio; no así para él.
Ese era Ricardo, grande, frágil... y que al final la dejó por otra ilusión de esas de las que renegaba (o es que el reniego era una racionalización de las mentiras o un esfuerzo de autoconvicción). Se fue de casa dejándole (a ella) una nota en que le decía que no podía permitir que su vida se aburguesara en, por o con, no lo recordaba ya, una relación tan asentada (y aburrida, tuvo que decir, aunque no había tenido el valor necesario). Así que se iba, terminaba la nota, para no convertirse en su propio padre.
Este también orbitaba a su madre – pensó ella mientras conducía por aquel puerto altísimo y reseco – pero hacia fuera, huyendo. Y aun era posible que los hombres no dejaran nunca de dar vueltas en torno de sus madres; unos en órbita exocéntrica, otros endocéntrica, otros en trayectoria de cometa: alejándose y regresando indefinidamente.
Que se fueran todos a la mierda, pensó, mientras hubiera ángeles paracaidistas. Pero también hay ángeles / (recitó de memoria) que parecen paracaidistas deportivos, / planeador más piloto, / humano en ala delta... / Son criaturas gestadas / por la pura inocencia tecnológica... Le salió del tirón, pero no se acordaba del autor . Le gustaba aquella poesía que no se daba importancia. Intentó recordar más...: Acelerado aire era mi sueño / por las aparecidas esperanzas / de los rápidos giros de los cielos, / de los veloces, espirales pueblos, / rodadoras montañas, / raudos mares, riberas, ríos, yermos. / Me empujaban..., siguió recitando mentalmente, con gusto porque pegaba con su situación... y de pronto cayó en la cuenta de que lo anterior y esto eran de dos poemas distintos, e incluso de dos poetas distintos, ¡y que estos últimos versos, además, eran de Alberti! Se arrepintió de haber mezclado estos con los primeros, como si los últimos pudieran envilecer a aquellos de los ángeles paracaidistas... No le gustaba la poesía de Alberti, tan redicha, retumbando siempre tan adrede aunque hablase de chinches, tan buscadora de ecos y cosquillas...
Cuando estaba tratando de recordar la continuación del primer poema sintió un terrible golpe en los bajos del coche, y casi inmediatamente chasquidos mecánicos que fueron sustituidos por un rozamiento muy violento. Cuando logró parar el coche en el arcén, del capó ya había comenzado a salir vapor o humo denso con olor ácido y mineral. Detuvo el motor y permaneció unos segundos sentada, viendo cómo el humo salía por todas partes y se agolpaba fuera contra el parabrisas y las ventanillas delanteras como neblina de pantano. Comenzó también a filtrarse en el interior.
No lloraba. No solía llorar, pero tardó en darse cuenta de que el cigarrillo encendido había caído sobre la alfombrilla, entre sus piernas, a sus pies, y la fibra despedía un acre olor a quemazón química.
Recogió el cigarro, lo apagó y salió del coche. No fue todavía hacia atrás, lo evitó deliberadamente; se entretuvo mirando el morro del coche. Se iba formando un charco de líquido anaranjado muy fluido, y sobre él caía un hilo de otro más oscuro, opalino, más pesado y lento. El parachoques aparecía hundido, pero el daño mayor estaba justo debajo, en las entrañas del motor. Se inclinó con prudencia. De allí caían, además de líquidos, cables, manguitos rotos como arterias arrancadas y fragmentos de varillas y planchas de plástico y metal.
Se levantó resignada por aquello, y supo que ya no podría eludir lo otro por más tiempo, porque un leve quejido había empezado a oírse cuando ella estaba acuclillada por delante del coche.
Caminó hacia allá. Cuando el techo del coche dejó de taparlo, vio al animal tendido como en una pose de carrera. Supuso que trataba de cruzar cuando lo había atropellado.
Pasó un coche a su lado (no lo había visto aparecer, pues ella estaba en lo alto de un cambio de rasante y en curva) y se asustó. No debía de ir demasiado rápido, pero lo parecía. Pasó otro. Daba pavor sentirlos tan cerca, pero el perro no se movía. Al ir acercándose, pudo apreciar mejor su gran tamaño: era fuerte, huesudo pero fibroso, de pelo corto canela, con la cabeza enorme de mastín o perro pastor, y la envergadura de un gran danés. Gemía muy quedo porque parecía costarle respirar. No trataba de moverse.
Ella lo contorneó y se mantuvo a distancia, no por miedo a que le agrediese, sino por esa vergonzante aprensión, entre el asco, el pavor y la culpa, que nos provocan algunos cuerpos enfermos o moribundos, y más aún si lo están como fruto de un accidente.
Respiraba con dificultad, pero no presentaba muchas heridas ni erosiones externas visibles, y eso que aquel flanco izquierdo debía de ser donde había recibido el impacto. Debajo de la cabeza se formaba un pequeño charco de sangre muy roja, pero no se veía de dónde salía; el rabo parecía totalmente desollado y el cuarto trasero izquierdo, que quedaba muy arriba, adoptaba un violento giro que le hizo suponer que, bajo la piel tumefacta, músculos y huesos estarían totalmente tronchados, quebrados, desmembrados.
No estaba muerto, pero pensó que habría reventado totalmente por dentro, y que no tardaría en estarlo, pues cada vez respiraba más penosamente y, además, ya no se quejaba ni gemía.
Sin saber todavía qué hacer, lamentando con un dolor profundo la innecesaria agonía de aquel magnífico animal, caminó hacia el borde del asfalto, pasó por encima del quitamiedos y pisó la tierra negra. No estaba ya en un viaducto que franqueara un abismo seco, pero tanto al otro lado de la calzada como a este, bajo sus pies, el terreno era una empinadísima cuesta descendente de rocalla suelta hasta el comienzo, allá abajo, de otro montículo, y así hasta donde alcanzaba la vista. De allí (no podía ser de otra manera) venía el perro cuando ella lo había atropellado. De allí, pero... ¿de dónde?
Había recuperado la capacidad de oír, y percibió el soplido frío del aire a sus espaldas, empujándola aviesa y tercamente al abismo bajo sus pies. De por detrás de un alto macizo mondo no lejano, a la derecha, vio salir un lento paracaidista que dio un par de giros y volvió a ocultarse tras la pared.
¿De dónde había salido aquel perro? Se volvió y entrevió que el animal tenía un collar fino. Un antiparasitario; pero era invierno. Dios sabía cuándo se lo habrían puesto, haría cuantos meses, o años. También vio que un hilo de sangre salía de debajo del lomo roto del can y venía hasta el borde donde ella estaba, y allí se juntaba con el líquido encarnado o naranja, según la luz, que seguía saliendo del motor y que, debido a la inclinación del encintado, describía un ancho reguero en arco que venía corriendo hasta mezclar, en el borde de arena negra, su líquido con el del animal. Sobre el mate asfalto, aquellas cintas de colores cálidos: rojo sangre, naranja tornasolado, rojo mineral brillaban como delicadas joyas que se perdiesen.
Pasó interminablemente un camión con estruendo horrísono, y ella pareció despertar y recordar algo. Fue al maletero, sacó un estuche y extrajo de él un triángulo de señalización. Por el borde del asfalto caminó unos sesenta metros hacia atrás, desplegó el objeto y lo colocó en pie. Al volver caminando con la vista baja (aquel tramo de carretera estaba allí en pronunciada rampa) y levantarla de súbito, se sobresaltó y se detuvo de golpe antes de comprender: el tamaño, el color y la postura del perro hacían pensar por un instante, pero de modo hiriente, en un hombre desnudo, tendido y muerto. En un hombre, no en una mujer. Aquella postura penosamente obscena no le hacía pensar en una mujer. El animal, además, era macho. Si hubiera sido hembra, habría cubierto el cadáver con su manta de viaje. No sabía por qué... Al ser consciente de estar pensando esto, se sintió ella misma una perra, y al llegar al coche sacó la manta y volvió para cubrir al animal. Así también supo que estaba todavía vivo.
Puso el otro triángulo a unos metros del vértice trasero izquierdo del automóvil, encendió las luces de emergencia, sacó el bolso y la cartera con los papeles del coche y se alejó otra vez hacia el borde de la autopista.
Encendió un cigarrillo y llamó a la asistencia en carretera de su seguro. Facilitó todos los datos y detalles que le pidieron para autorizar el servicio y localizar el vehículo (le comunicaron que la grúa estaría allí en media hora), y luego llamó a la persona que la aguardaba en Zaragoza.
Se alegró de hablar con alguien y poder desahogarse contándole su situación. Fueron muy amables; se ofrecieron a mandarle un coche, pero ella declinó el ofrecimiento, sólo quería hablar y que la esperasen. Nada más.
Cuando iba a devolver el teléfono al bolso, se detuvo y miró el diminuto aparato. Tan sólo hacía una semana, su primera, tal vez su única llamada, habría sido para Eduardo. Él se habría hecho cargo de todo enseguida, y ella se habría sentido confortada por su ayuda, por su presencia, por su mera existencia, por su amor. Ahora le parecía que aquello había sido un sueño siniestro y absurdo.
Buscó con ansiedad en la memoria digital del aparato y borró de su vida a aquel sujeto y a su madre. También buscó al otro, a Ricardo, y lo borró también junto a su muela. Siguió repasando el directorio y borrando nombres olvidados, números que nunca marcaba ni volvería a marcar, números muertos. Y no se sintió más sola que antes.
Miró al perro. Aquel perro moribundo le llenaba más el corazón que lo habían hecho aquellos sujetos. Se prometió hacer todo lo que estuviera en su mano por salvarlo, y adoptarlo como propio si se recuperaba (ya había abandonado la idea de que tuviera dueño) o enterrarlo dignamente si fallecía.
Pasaban coches y camiones con aparente rapidez e indiferencia, pero como el suyo se descubría tarde en el cambio de rasante en curva y había allí un cuerpo tapado con una manta, algunos frenaban sensiblemente y los ocupantes los miraban alternativamente a ambos, al perro y a ella, como si formaran, junto con el coche, un grupo único con relaciones de significado complejas entre ellos, como un equipo actoral empeñado en la mímica de un único cuadro dramático. Y, curiosamente, a ella no le repugnaba la idea, y llegó a mirar a los ojos, con un sentimiento congénere del orgullo, a un grupo de cuatro hombres jóvenes que casi detuvo el automóvil para mirarlos a los tres, componentes únicos de una única escena de dignidad y muerte.
Se sentía un poco heroica, tristemente heroica, ridículamente triste, en aquella protuberancia épica y arrasada de una carretera y de sus vidas, entre picachos negros y romos, en una mañana gris, con un perro agonizante, una vida vacía y un vehículo con las tripas fuera. Sintió el frío otra vez, y resolvió entrar al interior del coche, pero pensando en el perro se quedó fuera.
Esta vez fue a verle y se inclinó en cuclillas sobre el cuerpo cubierto. Un ojo asustado la miró. Ella habló al perro con un tono calmante y se atrevió a acariciar su frente con el dorso de la mano. Mientras lo hacía, se vio las uñas largas al extremo de la palma alargada del mono que se hace la manicura.
Regresó al coche compungida otra vez. Encendió otro cigarrillo y anduvo arriba y abajo en aquella triste y frígida cumbre sobresaltada a ratos por camiones que pasaban a gran velocidad y a un metro escaso del cuerpo yacente. Cuánto miedo pasaría el animal allí postrado, oyendo a cada poco pasar aquellas enormes carretas de la muerte.
Consultó el reloj, pero sólo habían pasado doce minutos.
Entonces rebuscó en el maletero, sacó el mapa de carreteras y lo extendió sobre el capó. Buscó la página, la desplegó como pudo sujetándola contra el viento y localizó su situación. La grúa ya habría partido. Había bastado con proporcionar el dato más inmediato, que ella tenía a la vista en un panel de la carretera: Puerto de El Frasno, 785 m. , N II. El archivo informatizado habría buscado el punto y le había asignado la grúa libre más cercana. No tenía que preocuparse por más, sólo esperar.
Sin embargo miró detenidamente dónde estaba, y luego contempló el paisaje negruzco y montañoso que la rodeaba, sobre todo a su espalda, de donde provendría el perro.
En el mapa ese cuadrante de origen, ese flanco de la carretera, correspondía con el sudeste, pues la autovía ascendía en diagonal desde Madrid a Zaragoza dirección nordeste; pero tanto un lado como el otro parecían iguales, y el desértico panorama que vislumbraba por los cañones entre laderas casi volcánicas no condecía con el abigarramiento de nombres que leía por los alrededores del puerto en el papel.
Lo más cercano al sudeste era la localidad de El Frasno, y debía de estar a cuatro kilómetros, aunque ella no lo había visto al pasar. En la misma dirección sur, pero un poco más lejos, estaban Aluenda, Pietas, Inogés, Santa Cruz de Grío, y, ya a algo más de veinte, Tobed. Por el este, el más próximo era Alpartir, a – calculó - unos veintidós kilómetros de mapa blanco, sin calzada y con río de través.
Le llamaron la atención los nombres. Eran antiguos; sonaban a godos, iberos o latinos. Al norte de la autovía, que correspondía con el territorio que se veía a la otra margen, de por donde venía el viento, leyó, entre otros más vulgares o convencionales que no le interesaron, Saviñán, Morés, Purroy, Chodes, Arándiga, Sestrica, Sudencia. Mucho más al norte estaba la sierra del Moncayo, y por el sur la Sierra del Peco y la Sierra Modorra.
La grúa venía, le habían dicho, de La Almunia de Doña Godina, a veinte kilómetros carretera adelante; y aunque comprobó que todavía no había pasado la media hora, le pareció que se retrasaba.
Le encogían el corazón esos perros famélicos y afanosos que trotan por el arcén de las carreteras, que cruzan los campos entre pueblos y ramonean por las periferias urbanas. Miran a veces de refilón al coche que pasa junto a ellos sin dejar de trotar embarrados, con la lengua fuera, más o menos airosos o hundidos, vehementes o ahítos de zozobra, inventando una voluntad de destino para poder seguir avanzando. Había aprendido a no sentir escalofríos al ver cadáveres de perros, gatos, zorros, topos, pájaros despeluzados, despanzurrados, hinchados, destripados y manchados en la calzada; mas esos canes transidos y empeñosos poseídos por el intento de llegar a algún lugar en donde rendirse y caer muertos o girarse y ser atropellados, esa fatiga y aperreo que parecen constancia y obstinación y sólo son congoja y soledad le encogían el corazón.
Fue a ver al perro otra vez. La hemorragia había cesado. Cuando la vio inclinarse sobre él, intentó incorporarse entorpecido, y ella tuvo que ponerle las manos sobre el lomo – el contacto de dos temblores – para contenerlo. También le habló como a un niño, como a un crío enfermo. Recordó a su sobrino, a quien cuidaba en ocasiones, en cuya casa había ejercido de canguro cuando aún estaba estudiando en el instituto. El niño, excitado por la novedad, se resistía a ir a la cama, y sólo aceptaba marcharse a dormir si ella lo abrazaba ya entre las sábanas por largo rato.
Había algo que no había contado a nadie, no porque en ello hubiera nada pecaminoso o incorrecto, sino porque nadie lo habría entendido.
Una noche de verano especialmente calurosa, a la hora de irse el chico a dormir – en realidad dos horas más tarde - , ella llevaba puesto, de cintura para arriba, sólo un sostén liviano, y Jaime, su sobrino, entonces de tres años, que ya dormitaba remolón braceando contra el sueño en el sofá de la sala, pegado a ella, tenía el torso desnudo y sudaba. Despedía ese olor dulzón y lácteo de los niños, y estaba caliente y pegajoso, en un estado de duermevela y modorra cariñosa y carnal.
Lo llevó a la cama, entornó la ventana del cuarto en penumbra lunar, se tendió junto a él y lo abrazó. En un momento determinado, el niño introdujo la mano bajo el sostén y este saltó. El abrazo se hizo si cabe más sensitivo y cálido, más moroso, íntimo y maternal. Sentía el pecho del niño contra el suyo, la mano resbalosa pasar por su espalda como untada, y notaba con ternura la osamenta frágil de su sobrino bajo la delicada piel de lechón. Ni que decir tiene que ella, por entonces con quince años, no había tenido ni tenía ese tipo de contacto con nadie, ni por supuesto habría permitido que un chico de su misma edad la abrazase así. Se habría escandalizado si alguien hubiera asociado aquella caricia del niño que conocía desde la cuna con el abrazo de un adolescente de los de su edad, o de uno de los jóvenes de cursos superiores, por los cuales, y por su forma de mirarla, sólo experimentaba sincero rechazo y repulsión.
De forma totalmente impensada, como reflejo inevitable del rozamiento, sus pezones se endurecieron. El niño lo notó y de manera igualmente espontánea y natural, con espíritu inmaculado, buscó con la boca la punta de los senos en crecimiento y se puso a mamar. Mamó durante largos minutos antes de dormirse, y ella experimentó algunas de las sensaciones más dulces de su vida hasta entonces, y podría decir, pues ya lo sabía, de toda su vida. Aquello ocurrió durante algunas noches más de aquel verano, luego, no sabía bien por qué, no volvió a realizar aquellas tareas de guardería; nadie habló nunca de ello; y lo olvidó, o al menos permitió que aquel recuerdo, el recuerdo de aquellas sensaciones, se fundiese en el magma de esos otros tan íntimos, tan auténticos y entrañados, tan importantes para su ser interior, para su ser ahistórico, casi prenatal, como el olor de ciertas sustancias, el primer dolor consciente, el primer orgasmo nocturno, los miedos y deseos inconfesables hasta para sí misma; memoria tan fundamental que no emergía casi nunca a la superficie.
Seguía con las palmas de las manos suavemente posadas sobre el costillar del perro. Y mientras le hablaba quedo reflexionó confusamente - asistiendo al pensamiento, más que provocando su aparición - en la indefinible, incomprensible relación que mediaba entre: las miradas lascivas y/o lactantes de su próximo futuro ex suegro; su propia complacida, inocente y placentera pseudolactancia prematernal; el tacto inaugural de su sobrino, con la conciencia del primer gozo de la carne, y la caricia delicada posada sobre aquellas otras costillas, contra el temblón y doliente lomo canino.
Oyó un claxon y al volver la cabeza vio al camión de la grúa subiendo por la carretera, aproximándose lentamente, con el intermitente puesto, hasta su posición. La rebasó y se detuvo a unos metros por delante del coche.
El hombre bajó ruidosamente de la cabina y se saludaron junto al morro abollado. El sujeto estudió el estado del vehículo y finalmente se dispuso a engancharlo y subirlo a la plataforma en completo mutismo, mientras ella iba por los triángulos.
- Quiero llevar al perro.
El operario no había hecho ningún caso de lo que pudiera haber bajo la manta. Cuando ella habló, él estaba revisando, acabado el trabajo, si se dejaba algo por el suelo. Al rato de oírla se volvió y se la quedó mirando limpiándose las manos sucias de grasa con un harapo igual de negro.
- Habrá veterinario en Almunia, ¿no?
- Sí..., pero no vamos a Almunia – dijo el hombre, como si le costara explicar algo de sobra evidente y conocido – La casa oficial de su coche no está en Almunia... No es lejos tampoco... un poco más, como a treinta y ocho... llame si quiere... y además el perro no cabe en la cabina del furgón... déjelo, se está muriendo.
- Pues lo llevamos en el coche. Ayúdeme a acercarlo en la manta; haga el favor.
Pero el hombre no se movía todavía, como si no la hubiera oído. Se limpiaba las manos.
- Si esto pasa todos los días... aquí y un poco más arriba se tiran a los coches... Los perros se vuelven locos y se tiran a los coches, se lo dirá cualquiera por aquí... y el que pasa vivo, va al Jalón y se tira al agua y se lo lleva la corriente...
- ¿Me ayuda, por favor? – ordenó ella pidiéndolo y agachándose ya. Había dejado traslucir un poco de la dureza de su carácter, que tanto bien le había hecho en su mundo laboral, el único en que había sabido emplearlo.
Algo incómodo, pero doblegado sin queja, el hombre la ayudó a subir el perro a la manta y a llevarlo así hasta el coche. Después de meterlo en el maletero, ella preguntó cuánto tardarían y si allí donde iban había veterinario.
- Ahí va bien... una media hora... allí hay veterinaria, sí, y ella le dirá lo de los perros suicidas, si a mí no me cree... Cierre de golpe... Así...Vámonos.
La grúa arrancó y lentamente, con mucha precaución, se incorporó al carril. El furgón hacía un ruido asmático y pesado.
- ¿Le importa que fume? – preguntó ella sabiendo la respuesta. El hombre se volvió, la miró discretamente, sonrió como para sí y contestó que no, si le daba a él un cigarrito. La mujer aflojó un poco el rictus de la cara y se inclinó para dárselo. Él encendió el de ella y luego prendió el suyo y abrió un poco su ventanilla. Allí dentro olía a limadura de hierro, aceite y humo frío de tabaco. El salpicadero tenía la goma negra cuarteada por el sol y una cesta atornillada llena de albaranes con muchas huellas dactilares de grasa impresas. Ninguno se puso el cinturón.
Al poco de avanzar hacia el norte, pero todavía en aquel tramo cuesta arriba, tomó una salida que indicaba El Frasno, y que descendía haciendo curvas cerradas.
- ¿Adónde vamos?
- A Sudencia. Mire ahí, en el mapa, hacia el Moncayo – Le dio el mapa arrugado y abierto y le indicó con el dedo temblando mientras el furgón, la plataforma y su coche se agitaban al ir describiendo lentamente el trazado de un empinado tirabuzón de la calzada. Sudencia estaba al extremo de una pequeña carretera amarilla y nerviosa sin continuidad. Un lugar apartado de todo.
- ¿Y ahí está el taller oficial de Mercedes? – desconfió.
- Llame si quiere, ande.... – esperó un instante y luego siguió hablando - Mercedes, Saab, Volkswagen, BMW y alguno más. Había terreno, agua y perros suicidas, o sea, clientes. Antes de que empezase lo de los perros allí no había casi nada, pero por las cosas de la vida, hizo falta un taller para marcas y al tío Zomín se le ocurrió montarlo allí para los hijos. Hay uno que ha estudiado automoción y mecánica en Alemania. Allí van coches hasta de Calatayud y Torrelapaja... Tienen ya un nombre, una fama... Y entre perro y perro arreglan maquinaria, si tienen tiempo.
Al final de las curvas (cerradas, inclinadísimas y con un pronunciado peralte para quitar el miedo), al fondo del barranco, se descubría un caserío, pero antes de llegar, el furgón tomó un desvío a la derecha, dirección Saviñán y Soria. Y al poco entraron en un túnel estrecho, labrado en roca viva e iluminado apenas con bombillas vistas a lo largo de una única línea eléctrica, sin salidas de emergencia, túneles auxiliares ni señales ni nada salvo el hueco de medio punto y el cable del tendido sujeto con grandes escarpias. Parecía que entraban en una mina abandonada.
- ¡Esto pasa bajo la autovía! – le explicaba a voces el conductor, echando humo por la nariz. La trepidación del furgón retumbaba y hacía un ruido ensordecedor, pero no se le ocurría subir el cristal de la ventanilla - ¡Por aquí podrían pasar los perros, que hay luz, pero no: suben jadeando hasta arriba y se arrojan a los coches. Esperan a que pase uno y se tiran!... ¡¡Dicen que es cosa del agua, que el Grío viene contaminado de venenos que suelta la planta de Codos, que nadie sabe de lo que es, pero que está vallada y vigilan día y noche con focos y perros!!...¡¡Si el suelo es caro, no hay trabajo, y si es barato, te traen toda la mierda que no quieren por ahí!!...¡¡¡ Las cosas de la vida!!! – dijo vociferando debido al eco del túnel y también por el ánimo que se daba a sí mismo con los gritos. Veían la boca de luz allá al frente, y entonces añadió, afirmó, en voz apenas audible: “Usted es de Madrid”.
- Sí – contestó ella ya fuera de la oscuridad y del bramido de la roca, y calló. El súbito silencio de su interlocutor, entre impertinente y discreto, falsamente ausente, le obligó a seguir hablando de sí misma – Voy a Zaragoza por negocios. Soy... Trabajo para un grupo de bancos, analizando inversiones... en bolsa, y eso.
- Ya. Y por lo que se ve, eso da cuartos.
- Bueno... No está mal – contestó, y por primera vez se vio a sí misma como la vería aquel tipo: no demasiado joven, rubia, bien vestida, con modales, un buen coche... y la mirada fría.
- ...Perdone, era sólo una curiosidad, un comentario – se excusó al rato el hombre, aunque ella no había manifestado molestia por la conversación.
- Nada. No se preocupe. No me molesta – repuso algo azarada. Sí..., la mirada fría y carente de piedad, pensó sin autocomplacencia, y trató disimuladamente de mirarse en el retrovisor exterior de su flanco, pero lo que vio fue el costado gris de su automóvil, y no pudo por menos de pensar en el perro, encerrado en el maletero, tal vez sufriendo terribles dolores con el traqueteo del camión y aterrado por estar a oscuras, encerrado y sin saber qué le pasaba ni dónde lo llevaban. No se atrevió a pedir al conductor que condujese con cuidado. No lo hacía mal, y eran inevitables las sacudidas.
Al llegar a Saviñán torcieron también a la derecha. Esta vez pasaron por una calle del pueblo, y la gente los miraba desde las puertas de sus casas y los establecimientos. Era martes; sólo había ancianos y viajantes.
Saliendo del pueblo vio a la izquierda por primera vez el Jalón. En aquella parte el río era ancho y su caudal iba rápido pero liso, falsamente manso. La carretera seguía paralela al río a través de arboledas altas de chopos, álamos blancos y otros árboles de fronda muy verde y elevada que a veces unían sus copas cerrando y cubriendo por completo algún tramo de carretera como un túnel, pero enseguida volvía a verse el río, y al otro lado largas factorías modernas con sistemas de refrigeración grandes y plateados y altas y delgadas chimeneas con un hilo de humo blanco. También vio sauces, higueras y parcelas pequeñas de frutales verdes o en flor a la vera del río, y largos cañaverales casi tan extensos como las naves industriales de la otra orilla. A la derecha de la carretera se cerraba una zona de monte bajo con sotobosque húmedo.
Al llegar a un pueblo llamado Morés, cruzaron el río, animado de patos en las orillas, por un puente de hierro y hormigón, y lo dejaron atrás mientras avanzaban ahora hacia el norte. Entonces empezó la sierra; y las subidas.
Y las curvas de nuevo.
A la izquierda comenzaron a verse cantiles de caliza con manchas de verde polvoriento, a lo lejos altas praderas de piedra, y más allá picos romos como afloramientos de huesos gigantescos.
- Sierra de la Virgen – dijo el conductor mirando para allá, y un momento después continuó: - Yo soy de Calatayud, pero tengo que reconocer que esto... y el caso es que Sudencia tiene agua... un tributario del Aranda. Pero fíjese si será mala la tierra, que está casi tan seco como donde la he recogido. Y ya es raro, porque al lado están Oseja y Tierga, y Trasobares, que son como esto; así – señaló con el mentón - , de todo un poco: monte, páramo, alguna nava... – eso iba diciendo el conductor, pero todo alrededor parecía arrasado como por una tala salvaje, y más tarde sabría que había sido la ancestral sobreexplotación de los encinares lo que había dejado así todos aquellos parajes, como si fuera Marte, y algunos pueblos huecos cual cascarones vacíos; o llenos, acaso, de viejos enjutos agazapados como alimañas tristes. - Aquello de allí es Brea de Aragón, y detrás Illueca, ahí nos desviamos.
Atravesaron aquel pueblo, Brea, sin reducir la velocidad. No vio un solo letrero y comenzó a sentir un frío fino y todavía estimulante. Se imaginó que en alguna de aquellas casas de mampostería y tapial, de una única planta, habría un colmado penumbroso, con olor a saco de hojas secas, y dentro un mostrador de madera pulida por el sudor del uso donde fumarían tomando copas de orujo dos paisanos silenciosos y parcos de ademanes (hay una vieja sentada tras las cajas, y se sostiene la cabeza por la frente con una mano de nudillos hinchados y deformes); sonaría el lloro quedo de un bebé en una habitación al fondo después de un pasillo de baúles y hornacinas, pero sería una radio, un transistor gangoso que removería muy poco la densa y grisácea pasta de silencio desde una mesilla de noche bajo el rosario de garbanzos colgante de dos alcayatas enormes clavadas sin miramientos ni piedad en la pared encalada; sería un mensaje comercial al que nadie haría el menor caso.
Nada más salir de Brea se metieron por una carretera abombada, estrecha y sin pintar, sin un mínimo arcén que estableciese un margen civilizado. Atravesaban una dehesa seca siguiendo las revueltas caprichosas (sin causa aparente que las motivara) de aquella calzada prehistórica acostada en un tedio tan antiguo que ni siquiera aguardaba la distracción del tráfico, hibernada en cómodas curvas ceñidas a lomas pedregosas que no levantaban ni una de sus hojas, ni uno de sus pájaros, ni uno de sus ruidos de insecto para ver pasar el estrépito del furgón de la grúa. De pronto, lució a lo lejos un grupo de casas aupadas a un cerro y agolpadas en torno a lo que parecía un castillo.
- El castillo del Papa Luna – dijo el conductor señalando la construcción, que en contraste con el entorno parecía de brillante color naranja.
- ¿Salió un Papa de este pueblo?
- Ya lo creo; y uno bueno. Tan bueno que lo tuvieron que borrar de la lista.
- ¿Por qué?
- Era un hombre muy capaz... muy... serio... Dicen que era algo cabezón... No lo creo. Le hicieron Papa cuando la cosa estaba entre italianos y franceses, y era cosa de política. Se llegaron a nombrar tres Papas al mismo tiempo, lo que llamaron el Cisma. – Lo había pronunciado con detenimiento y énfasis, levantando el mentón. Se detuvo un momento y la miró, sin dejar de sujetar el volante, con gesto entre desconfiado y de ligera petulancia.
- Lo mismo la aburro con esto de...
- ¡No, no; de ninguna manera! Siga – Quizá trataba de impresionarla con aquella historia del héroe local, quizá tuviera incluso alguna importancia para él. Desde luego, eso era preferible a que siguiera interrogándola o fuera todo el camino lanzándole miradas obscenas.
- Bueno... pues este, el de Luna, don Pedro, que le pusieron su nombre y número de Papa y luego se los quitaron y se los dieron a otro, pues este Luna intentó hacerles entrar en razón; pero ganó la política, como siempre, y lo desterraron a Peñíscola ¡por antipapa, nada menos! Y cuando murió allí, después de unos años, lo trajeron aquí incorrupto, dicen, y con mucha pompa y circunstancia.
- ¿Y sigue ahí?
- No. Lo metieron en una urna de cristal y un cura italiano quiso destruir el cadáver, así que cerraron para siempre, creían ellos, el sitio donde estaba el cuerpo; pero los soldados franceses que trajeron los Borbones cuando una guerra, con la idea, creo, de que aquel cuarto ocultaba un tesoro, entraron a saco, y al ver que no había nada de valor, la emprendieron con el esqueleto y tiraron los huesos ya mondos por la ventana. Sólo se conservó un trozo de cráneo. Ya ve, italianos y franceses... – puso cara de asco y acabó como si escupiese: - gentuza.
- ¿Y está todavía en el castillo?
- ¿El qué?
- El cráneo.
- No. Que yo sepa lo llevaron a una casa de la familia, ahí, de por donde venimos, en Saviñán.
Ya estaban cerca, y se veía cómo el Palacio se asentaba sobre los restos de un gigantesco castillo anterior. Era un edificio esbelto aunque sólido, arrogante pero desconfiado, aparentemente rectangular, de altos muros con ventanas y una galería de arcos en la cornisa. Desde la carretera por donde pasaban se veían además tres torres, dos de ellas como parte de la fachada, abierta en el lienzo más largo de pared y con tres puertas superpuestas en tres niveles, pero todo montado sobre un altísimo risco y sobre la muralla exterior de la fortaleza, tan sólida que parecía formar parte de la caliza del promontorio, una rocalla que hubiera ido refinándose al ir ascendiendo siglo a siglo, estrato a estrato, piso a piso, hasta aquella alta galería de arcos de trovador y gasa, las puntillas culturales del tosco huevo frito celtibérico.
Circunvalaron la población, que se apoyaba por detrás en una nueva estribación de la sierra, y a la altura de un río (“Es el Aranda”, dijo el hombre), que cruzaron justo en su intersección con un torrente filoso que bajaba alocadamente por un socavón entre las peñas, saltaron a una calzada que atravesaba lo que parecía un apeadero abandonado.
Al final, tras la última construcción, una casamata de peones camineros, el carril que ocupaba el lugar de las vías iniciaba una subida en curva.
El firme era irregular. El asfalto parecía una lengua de lava que hubiera descendido ondulando por los barrancos desde lo alto de aquellos cerros pelados. Ella no dejaba de pensar en el perro, y miraba una y otra vez por el retrovisor para sólo ver el costado de su automóvil rebotando. El hombre constató que aquello había sido una vía del ferrocarril; después, una vez abandonada la línea, un criadero de polvo y cardos que iba siendo saqueado despacio de su hierro, su grava y sus traviesas (como si el olvido y el tiempo de abandono, pensó ella evocando vagamente su miedo a una vejez solitaria, provocasen la desaparición lenta de la materia); y por fin el carril había sido recuperado para carretera desde que venía pasando lo de los perros.
- Hay otra carretera que llega a Sudencia. Viene de Oseja y sigue a Tierga, por el norte, pero es aún peor.
Costaba creerlo. La pista era estrecha, y al salir de un recodo comenzó a discurrir casi colgando de la pared de un cañón, por una repisa sin protección alguna, cruzando a veces al otro lado del abismo por puentes de metal que temblaban sobre el fondo picudo, casi vertical. Allí se alojaba un arroyo ligero, muy abajo en la sombra; un cauce rápido y delgado entre rocas negras que sólo sacaba de las orillas algunos helechos delicados y apenas criaba en el agua fina unas pocas algas brillantes tendidas laciamente en las losas del fondo como cabelleras verdes arrancadas, y entre las cuales, al cruzar aquel último puente, distinguió el punto rojo de lo que sería un cangrejo.
Lo primero del poblado que vio fueron casetas diminutas, sin utilidad aparente, colgadas de las laderas casi volcánicas; luego un largo repecho, con el regato bajando agargantado por la izquierda, y por fin, a ese lado izquierdo también, casi sobre el arroyo, la antigua estación con el cartel: Sudencia de los Ángeles, en el único letrero de la pared enlucida de la obra. El edificio, hueco y cerril, resistía en pie al lado de un canal por cuya alma discurría el arroyo que venían siguiendo desde Illueca y que se marchaba a su nido rupestre encajonado por detrás de unos pabellones con las ventanas rotas: “La Metalúrgica”, dijo el conductor, y giró a la izquierda para cruzar la estación.
Saliendo de allí, desembocaron a un rellano a nivel y se quedaron asomados a un anfiteatro de casas apeñuscadas y asimétricas. Habían llegado a Sudencia, y ya parecía agotado su espacio: se encontraban en una gran plaza alquitranada, sin fuente pero con una gran giba debajo del asfalto, en el centro, que obligaba, se quisiera o no, a contornearla dando bandazos. Tenía una forma que recordaba remota y catastróficamente la de una estrella, pues se la veía más rota que abierta por muchas bocacalles que parecían anchas pero enseguida se convertían en diminutas callejas como túneles tortuosos, las cuales, además, tras las primeras casas, luego de tres o cuatro recodos, morían contra unos altísimos farallones de roca y buitres que destacaban muy próximos por sobre los tejados.
- Le llaman la Plaza del Pulpo, o de la Araña – dijo el conductor, embocando la segunda calle que salía, en ascenso, a la derecha de la plazoleta, para lo que tuvieron que plegar los retrovisores, pues rozaban con los salientes de las paredes de las casas – Dicen que todo esto era lecho marino, y que debajo de la plaza hay el fósil de un pulpo gigante, y que la cabeza es ese bulto del centro, que no pudieron volarlo ni a base de nitro. Cosas que cuentan.
Ella iba escuchando y viendo a un palmo, por las ventanas, el interior del primer piso de las casas. Paredes blancas combadas por la vejez, recovecos en sombra, escaleras pinas y estrechas, cuadros con fotos viejas, alacenas con tapetes de ganchillo, la esquina de una nevera y, de improviso, el rostro rugoso de una anciana... no, de un hombre, de un anciano, con la cabeza envuelta en un paño negro y la cara sobre el rojo sangriento de unos geranios. La sorpresa (de ella, pues el viejo no se inmutó) le impidió reaccionar, y así estuvieron, viéndose pasar, durante unos largos segundos, los dos acodados, cada uno en su ventana, los dos esperando a nadie, los dos mirándose como en un espejo aberrante.
De pronto, el camión dio un vuelco y apareció sobre una explanada en declive llena de coches rotos desperdigados y cerrada allá al frente por dos naves con los portones obscenamente abiertos al éxtasis de la fresca penumbra interior. Las edificaciones, que corrían paralelas y muy largas, morían contra la base de los farallones. En ese momento vio el primer coche moviéndose.
Venía hacia ellos, hacia la salida de la explanada, desde algún punto impreciso. Iba muy despacio y en su interior había dos hombres de mediana edad. Uno de ellos encendió un cigarrillo y se lo pasó al otro sin mirarlo, como después de una larga costumbre que, sin embargo, ella no podía imaginarse entre dos hombres maduros como aquellos, como su mismo padre, pues un gesto como ese, pensó, no es común en la sobria amistad entre dos hombres, al menos según su experiencia, no al menos en el mundo serio del que venía. Pasaron cerca, lentamente, por su lado, y el que ocupaba el asiento del acompañante la miró fijamente un segundo: su cara era cerradamente agraria, rudamente viril, y mansa aunque cejijunta y oscura.
- No me gusta esta gente de Sudencia – dijo el conductor, que no se había fijado en aquel coche y maniobraba entre carrocerías más o menos podridas.
- ¿Por qué?
- Han pasado demasiado tiempo aislados... no hablan – añadió, poniendo un gesto que le arrugaba la nariz entre el asco y la incomprensión. Giró el furgón y lo detuvo junto a la gran puerta del taller. Bajaron de la cabina y el hombre se encaminó hacia dentro después de pedirle que esperase por allí.
Ella caminó sin rumbo hasta el extremo del edificio. Veía cómo allí tres hombres estaban cargando una furgoneta blanca con cajas precintadas de mediano tamaño que sacaban de la nave por una diminuta puerta accesoria. Se acercó a mirar: cada uno salía con su caja, la aupaba a la camioneta por la puerta corredera lateral y volvía dentro por otra. Dos eran hombres de entre cuarenta y cinco y cincuenta años, fuertes aún, hermosos todavía, que a ella no le dedicaron más que una mirada hosca al principio, luego un total desinterés. El tercero era más joven, no tendría más de treinta, y se sacudía con coquetería inconsciente el pelo largo y rubio de la cara cuando se le pegaba por el sudor. Terminó por sujetárselo con una goma. Tenía los brazos muy fuertes. Vestía un pantalón de peto y una camiseta blanca, aunque el día era frío y había aparecido una nube negra y baja sobre las crestas que rodeaban el villorrio.
Aquel individuo no la contempló como los otros, con hosquedad, porque ni siquiera la miró. Ella conocía la reacción que solía provocar su presencia ante un grupo de hombres (el conductor le había hecho un par de buenos reconocimientos), por ello le desconcertó aún más la indiferencia de aquellos tres.
Terminaron de cargar el vehículo en silencio, cerraron la furgoneta y entonces ocurrió algo todavía más extraño: los dos hombres mayores besaron en las mejillas y abrazaron al joven, que se quedó observando cómo los otros subían a la camioneta, la ponían en marcha y, pausadamente, casi con disimulo, la movían hacia la salida del callejón. El joven dijo adiós levantando la mano, sonriendo beatífico, y, antes de meterse por aquella portezuela y cerrar, ahora sí, le dirigió a ella la primera y única mirada, tímida y huidiza, culpable o delincuente, de modestia, humildad o astucia, no lo supo muy bien.
En esto ya salía el operario de la grúa. Ella lo vio y regresó al portón.
- Vale. Todo arreglado. Se lo van a quedar y usté ya llama a la compañía y lo que sea... Si me firma aquí...
Mientras ella firmaba, el tipo le echó el último vistazo a las tetas. Ella quiso canjear un poco de lo que le ofrecía:
- Descárguelo con cuidado; recuerde que el perro está en el maletero – el hombre asentía – Por cierto: ¿nos llevará a mí y al perro al veterinario? Yo se lo pago aparte, si quiere. – El hombre sonrió e hizo un gesto que significaba que no faltaba más, que no se preocupara por ello.
Se puso a descargar el coche en la misma puerta del garaje. Entre tanto lo hacía, ella miró dentro. No se atrevió a entrar en la nave: el interior parecía totalmente oscuro, pero de debajo de la última línea de planchas de la vertiente derecha de la techumbre descendía una hilera de columnas diagonales de luz polvorienta y amarilla que apenas hacía brillar algunos capós; en algún lugar oculto destellaban de cuando en cuando los chispazos de un soldador, y se veían, al fondo a la izquierda, las luminescentes pantallas de dos ordenadores. Varias sombras cruzaban de aquí para allá con calma; había una radio puesta, y un mecánico cantaba ópera medianamente bien. No se atrevió a entrar y se entretuvo viendo los coches que había aparcados fuera, esperando ser reparados. Los más próximos a la nave, dispuestos en batería contra un murete bajo, eran de marcas de prestigio, la mayoría de lujo, y todos tenían la misma avería: un fuerte impacto en la parte baja del frontal. El más cercano a la puerta, sin embargo, era un automóvil modesto, nada nuevo, con todo el lateral izquierdo perversa y profundamente rayado, hundido, como si se hubiese raspado adrede contra una larga pared de piedra. De algún lugar de la panza (no del frontal, no de bajo el capó del motor, que no parecía dañado) le salía un hilillo de aceite rojo y denso como la sangre, que se dirigía haciendo meandros hasta el pie del murete. Era también el único que tenía el parte de accidente sujeto entre el cristal y el limpiaparabrisas. Leyó al paso los datos personales del asegurado, volvió la mirada para comprobar que nadie se ocupaba de ella, se aproximó el papel y continuó leyendo. Los daños del vehículo se describían con laconismo: “lateral”, aunque el dibujo que acompañaba e ilustraba la descripción no dejaba lugar a dudas: se veía rayado en el costado con tanta saña como el original. Lo siguiente era la narración de las circunstancias del siniestro:

Yo iba por San Braulio camino del polígono, a lo de Pancho, por mi derecha. Al girar en Costanilla se me vino eso encima, como las otras veces; y porque la vi, y salí bien..., pero ya la segunda se me fue el volante al verla tan joven, delante mía, tan de niña y las lágrimas no me dejaban ver, me levantaban y me movían la línea continua y los árboles del paseo y la vi otra vez al lado de lo del Lapa, sirviendo gasolina todavía aunque ya no hay ni gasolinera, y me llevé la esquina de la panadería, que se me había puesto delante
y así la veía las últimas veces, como cuando me perseguía por el pueblo con eso de que yo era el padre de su hijo, con la barriga a cuestas, cuando todo el pueblo sabía que se metía con todos, que se acostaba con todos, y luego venirme a mí con lo del hijo, con lo de la hija, esa que luego vi tantas veces por el pueblo. Pues ha pasao lo de las otras veces: que la he visto, que se me llenan los ojos de agua y me salgo y un día no va a ser el automóvil, un día que se me cruce y yo me eche a llorar voy a matar a algún vecino
hacen bien teniéndome compasión, aunque yo no quise tenerla de ella, que yo no quise creerla cuando dijo: esta es tu hija, y luego cuando la veía ya, a la criatura, digo, cuando la veía y la veo ya mayor por el pueblo, de niña, jugando, y luego de jovencita ir a la escuela y después irse a estudiar, que es que yo la seguía viendo, y a su madre de su misma edad, mirándome y llamándome cagón y dándome a mi hija sin que yo le hiciera caso, y luego la sangre me cantaba dentro y me decía que era mía, que era mi hija, y cuando su madre no me mira hoy por la calle, porque ya pa qué, y yo la veo como entonces, afeándome en las esquinas que no la crea, con esa barriga, y además no siendo yo tan buen partido, que bien podía haberle dicho pues sí, pues venga, me hago cargo, coño, y al que chiste le saco las tripas, josdeputa, aunque me persiguiera aquel demonio, que no me dejaba ni a sol ni a sombra, que me perseguía sin cesar y asomaba su jeta por cima del hombro de la niña; pues aunque tuviera que enfrentarlo y decirle: me hago cargo, joder; cagonmimuerte, y así no me vería yo tanto en el taller, y así no me vería tantas veces en las esquinas con ella de la mano y con la hijita, mirándome yo mismo con ellas desde la acera, que estoy ya harto, de verdá, de ir llenándome de las miradas de los yo mismo que no he sido. Un montón de tipos resentidos, aburridos, cansados y arrepentidos, y luego además los tristes, retrato mío, con la mano en la frente vencida por pesadumbres, que me observan y se creen con derecho, cuando me ven en baja forma o cobarde o desprevenido con el coche, a reprocharme, a afearme la conducta gritándome y levantando los brazos, con los ojos rojos y abiertos, y hasta a tenerme compasión con esa su risa tierna y torcida, que yo se lo consiento a los otros, a ti o a Juanma, o a Beto, o a los del grupo, coño, pero yo, de mí..., no tengo ni redaños ni tan poca vergüenza como para tenerme compasión a mí mismo; o se creen con derecho, esas imágenes mías, a reírse de mí señalándome y descojonándose de mí, cabrones, y hasta a levantarme la mano como un padre para amenazarme un coscorrón, que me muero de vergüenza, y me esperan con ellas por ahí, en las cornisas, en los rincones en penumbra, para distraerme de conducir y que me mate, eso ha pasao, Jacinto. Ténmelo para el santo que tengo que llevarle un bicho al procurador y también tengo que ir a recoger cartuchos a Tarazona.

Las últimas líneas le costó leerlas porque se emborronaban con las gotas que les caían. La mujer se dio cuenta entonces de que había comenzado a lloviznar. En ese momento la llamaron de la oficina y echó a correr, pues el chaparrón arreció de golpe y le empapaba la ropa y la cabeza, pero ya casi en la puerta se detuvo y regresó hasta el coche (el hilo de aceite rojo se disolvía en la lluvia), arrancó aquel parte del parabrisas y se dirigió, totalmente calada, hacia la oficina de cristales. Cuando pudo mirar la hoja chorreante, vio que la tinta se había borrado por completo, y, consternada, le contó lo que había ocurrido al empleado, que la miraba con amable incomprensión.
- ¿En qué coche dice que estaba?
- En el SEAT azul – señaló ella con el brazo. El hombre sonrió. Tenía la piel vieja y la cara lampiña y diseñada para la tenacidad y la modestia; el mentón seco y muy marcado, la nariz corta y afilada, en aguda pendiente, y los ojos semicerrados de paciencia y bondad inagotables; la miraba torciendo un poco el cuello, cabeceando lentamente, aceptando de antemano la fatiga que la mujer le viniese a dar a aquella su casa de reparaciones. Habló como si le doliese, mas aceptando igualmente ese dolor.
- No importa. A ese, a Goyo, lo conozco bien. Ese lo tiene a todo riesgo. A ese se le perdona cualquier cosa. Aunque hubiera atropellado aposta a Jesucristo, se lo arreglaría. – dejó pasar un segundo para que ella se hiciera cargo plenamente, y apostilló: - Ahora lo suyo.
Lo suyo era rellenar el parte de accidente. Fue por sus papeles a la guantera del coche y aprovechó para abrir el maletero: El perro la miró sin girar la cabeza, sólo moviendo el ojo. Parecía haber cesado de sangrar por completo. Se acercó el de la grúa y ella le pidió que esperase y regresó a la oficina.
Desde allí veía el coche abierto, y cómo se acercaban los mecánicos, siempre frotando algo entre las manos. Escrutaban dentro, cambiaban unas palabras con el conductor de la grúa y, sin mirarla a ella, seguían su camino. El empleado de la oficina, viéndola indecisa, la sentó ante una pesada mesa de oficina, le dio un bolígrafo y se le puso enfrente, en pie a unos metros y con los brazos cruzados, el cuello en curva lánguida, a esperar con resignación y sosiego que cumplimentase el formulario. Era delgado y bajo, y vestía de tergal y camisa blanca impoluta.
Olía a goma de borrar y a tinta.
Mientras escribía entró un mecánico sin hacer ruido. Era más grueso que el otro, pero sus gafas brillantes y su elegante corte de pelo hacían pensar que llevaba un traje bajo el mono de trabajo, no demasiado sucio. Dejó un papel, recogió otro, y ya salía cuando el empleado salió de su embeleso y lo interpeló:
- Don Roberto, - el otro se volvió desde la puerta - ¿puede decirme cuándo podría estar el coche de la señorita?. - Ella no había hecho aquella pregunta; ya sabía que no se lo arreglarían ese mismo día (no había más que ver los daños del coche), y que, por tanto, ya podía ir llamando al teléfono de asistencia en carretera para que le facilitasen una continuación de viaje y un vehículo de sustitución. Ella lo sabía y ellos también, y que lo único que faltaba era que el jefe de taller se lo comunicase a la compañía de seguros y al poco tendría un coche esperando. Por eso le extrañó la pregunta; pero más aún le extrañó la respuesta.
- No – dijo tranquilamente don Roberto, mirándola con generosidad pero sin codicia sexual ni malicia, solamente con generosidad y franqueza, como si estuviera respondiendo que ‘sí’ y le fuera especialmente grato hacerlo -, imposible. Esta tarde le miro el coche y se lo digo. – Y salió.
Hubo un silencio.
- Oiga, está claro que no lo van a arreglar – dijo, algo irritada, dudosa aún de si tenía que enfurecerse o le quedaba algo por entender, comenzando a sentir angustia -, se ve a simple vista; así que, para ganar tiempo, sería bueno que el jefe de taller o el encargado hablase con la compañía. Me están esperando en Zaragoza.
El empleado asintió comprensivo, perdonándole la ignorancia al tiempo que se apoderaba del parte de accidente y, torciendo el cuello, lo revisaba con un vistazo rápido, rapaz y delicado al tiempo.
- El jefe está fuera, viene esta tarde.
- ¿Y no hay un encargado? ¿No hay un taxi en el pueblo?
- Él lo lleva todo personalmente, y se ha ido en el único taxi. A Zaragoza, precisamente... ¿No quería llevar usted el perro a la veterinaria? – ella asintió – Pues llévelo tranquila, que en cuanto llegue se lo mando, sea la hora que sea, como si llega ahora mismo, la llamo al móvil y lo hacemos todo en un periquete... Aunque le viniese ahora el taxi, usted no se iría sin llevar el perro, ¿no? – tuvo ella que asentir de nuevo – Llévelo y no se preocupe – dijo.
Habían aparecido dos operarios al otro lado de la cristalera, dos hombres que la miraban seriamente con las manos en los bolsillos del mono; los reconoció: eran dos de los que habían estado mirando al perro. Los tres la miraban de frente, y había algo de común en sendas miradas. Sentía una vaga opresión. El empleado pareció decidir entonces que ya era suficiente: rompió su quietud, hizo un ademán cortés y la acompañó a la salida como si estuviera sacándola a bailar. La dejó junto a su coche y se hundió caminando, como un cura de regreso hacia el claustro, en la penumbra de la nave.
- ¿Qué?, ¿nos vamos? – Era el hombre de la grúa. Se alegró de verlo.
Sacaron al perro del maletero sobre la misma manta, sosteniéndola uno de cada lado. Pesaba, y estaba siendo incómodo subirlo a la cabina del furgón. Toda la operación era observada por media docena de empleados con las manos en los bolsillos o los brazos cruzados. Incluso se detuvo uno que barría un rincón perfectamente limpio: era el joven de pelo largo. El hombre de la grúa transpiraba, más por turbación, por estar siendo observado mientras subía a su grúa un asqueroso chucho herido que había provocado su propio atropello y un accidente, que por el ejercicio físico. Ella lo notaba, se lo agradeció y trató de ayudarle de la mejor manera posible; pensó incluso en recompensarle por el trago que estaba pasando.
Lo dejaron sobre el suelo de la cabina, a los pies de ella. El perro reposaba cuan largo era, y no hacía nada por moverse; tal vez sufriera, quizá tuviese miedo, tal vez no sintiera ya nada salvo la conciencia.
El conductor cerró su puerta y, ya en su sitio, tras el volante, suspiró mirando al frente. Estaba sudando copiosamente. Ella sacó tabaco y fumaron. Había dejado de llover, pero casi nada brillaba de humedad; apenas un par de charcos con la grasa luciendo irisaciones y algún cromado de los coches antiguos. La grúa arrancó por fin y el conductor miró por el retrovisor exterior y sacó por la ventanilla el brazo para despedirse. Ella observó por el de su lado y vio al delgado empleado de la oficina bajar la mano y volverse. Ya salían despacio hacia la embocadura del callejón.
- ¿Qué le decía el tío Zomín? – A ella le sonaba aquel nombre. Lo recordó de pronto: el gruista le había dicho que era el jefe, y a ella...
- ¿¡Ese era Zomín!? ¿¡El jefe?!
- El mismo.
- ¡Pare!... Me ha dicho que el jefe no estaba, que se había ido en el taxi.
- Bueno... , – dijo él, considerando aquellas palabras y sin pensar siquiera en detenerse – lo cierto es que el taxi no está... nunca está por la mañana, así que tendría usté que esperar igualmente, o hacer venir un taxi de Zaragoza, y tardaría todavía más. Ya es casi mediodía... y Genaro vuelve a comer a casa.
- ¿Quién?
- Genaro, el taxista. El único taxista. Trabaja en La Almunia, ahí al lado.
- ¿Y por qué me dice que no es el jefe?
- Para que no lo molestara usté, para que no se enfadase al enterarse de que no podía salir de aquí hasta la tarde, para que no se emperrase y le obligara a ponerle un coche, o... porque es de Sudencia. Esta gente le dirá una cosa por otra sólo por el gusto de hacerlo, para que no sepa tanto como ellos, para que no sea curiosa...¿No le he dicho antes que eran raros?
Mientras hablaban habían salido a la calle estrecha y se dirigían de nuevo hacia la plaza de la araña. Habían recogido los retrovisores y salieron dando ligeros bandazos a la explanada, que estaba llena de charcos negros por el reciente chaparrón. El dibujo de las lagunas permitía darse cuenta de que el firme no sólo estaba levantado por la giba central, sino que se alzaba aquí y allá en jorobas incomprensibles, e incluso se rizaba en peralte hacia las desbocadas callejuelas. Así dibujado por las lenguas negras de agua sucia le pareció a la chica un tremedal petrificado o como si una colada de lava hubiera en tiempos bajado del monte arrasando la población y cubierto a su paso un rebaño de tortugas gigantes o mamuts antes de endurecerse.
Entre los tumbos vieron aparecer otro automóvil: salió por la derecha del túmulo, en lo alto de una bocacalle al otro lado de la plaza, y se dirigió hacia ellos por la derecha; los dos hombres de mirada severa que lo ocupaban la vinieron mirando fijamente (o eso le pareció a ella). Al cruzarse, el conductor, indiferente a la calzada, se inclinó un poco para seguir viéndola a pesar de la diferencia de altura de los vehículos (le pareció incluso que cogía un bulto con la rueda delantera derecha para que se elevase el coche por ese lado y poder así verla mejor y por más tiempo). La parte de atrás del coche estaba llena de cajas como las que había visto cargar en la camioneta. Vio que en el precinto que sellaba las cajas ponía: JUGUETES.
- ¿Por qué conducen tan despacio?
- Por los baches – respondió el conductor girando el volante para intentar, inútilmente, evitar un bulto del asfalto que les hizo dar un bote muy violento.
- ¡Conducen por la derecha!... ¿Hay fábricas de juguetes por aquí?
El conductor no le contestó en esta ocasión, sólo la miró un momento de refilón y dio una calada a su cigarro. Ella debía callarse.
Llegaron al otro lado de la plazoleta dando costalazos (dos hombres con la gabardina mojada, de pie ante la puerta de un bar, los miraron pasar), doblaron la esquina de lo que el conductor había llamado La Metalúrgica y enfilaron una cinta de asfalto inesperadamente mansa, recta y arbolada.
Salieron por ella del núcleo urbano, dejando las últimas tapias traseras a la derecha. A la izquierda, detrás de la línea de árboles, se intuían el canal que encauzaba el arroyo y la alta roca.
- Enseguida estamos en lo de la veterinaria.
Circularon un par de kilómetros entre la fila de árboles y la roca a la izquierda y un interminable prado de hierba rasa y piedras a la derecha.
En un lugar determinado, la pared izquierda se fue separando de la carretera y se alejó hasta dejar de verse. Su lugar lo ocupó una sólida verja de hierro, y dentro un bosque cultivado y denso de árboles grandes y frondosos que parecían castaños; la acequia desapareció dentro de la finca. En sentido opuesto surgió entonces un coche de un cambio de rasante.
Lo ocupaban dos personas. Se acercaba tan despacio que parecía estar parado en medio de la calzada. Según pudo ver ella, ninguno de los dos hombres, de mediana edad, separaba la mirada de la carretera; ni siquiera lo hicieron cuando se cruzaron con ellos. No hablaban tampoco, y en el asiento trasero no había nada.
- Esta carretera lleva al polígono y a la ermita de los Ángeles...... ¿se ha dao cuenta de que este pueblo no tiene iglesia?... Pues no, ya se lo digo; sólo ermita.... Aquí nos desviamos – dijo el conductor, y puso el intermitente.
El furgón fue decelerando y, al llegar a la embocadura de una estructura de piedra que franqueaba el canal, a la izquierda, salió por allí de la carretera. A la cabecera, sobre el pretil del puente que cruzaban, había un letrero que anunciaba que estaban entrando en la finca LA CARANTONA. Desde su ventanilla derecha vio el ralo caudal al fondo del conducto anchuroso e, inmediatamente después observó que aquel terreno descendía por un palmeral en ruinas, con hojas muertas sobre el suelo arenoso, hasta lo que parecía un pabellón estilo colonial con la baranda tapada por persianas y aspecto de total abandono. El furgón ascendió en línea recta por un carril pedregoso perpendicular a la carretera, entre el sumido palmeral a la derecha y el denso arbolado de castaños del otro lado. Desde cierto punto pudo ya verse la casa arriba del camino ascendente: era grande, blanca, de piedra, de tres pisos y con una torre chata en medio centrada sobre el portalón, que lucía un dintel triangular en relieve. Ese dintel era lo único decorativo del edificio; el resto era cuadrado y ciclópeo, sin adornos. Transmitía la idea de que para quien la levantó era tan inevitable la grandeza como la sobriedad – como quizá el orgullo. El concepto de solidez no era bastante.
Al desembocar en el claro frontero de la casa, no se dirigieron hacia el portón central, sino hacia la derecha. Doblaron la esquina y vieron, al otro extremo del paredón, una parra dando sombra a un porche embaldosado, con una mesa y sillas de jardín. Se aproximaron lentamente. Por una puerta abierta bajo los pámpanos salía el run-run de una radio. El conductor detuvo la grúa muy cerca, entre la pared y, a la derecha, una zona en declive sembrada de corrales y jaulas abandonados y vacíos cruzada por un camino, ancho pero parcialmente invadido de maleza, que conducía, primero a través de las jaulas deshechas y luego entre palmeras enfermizas, al pabellón colonial de abajo. Al detenerse el motor, la mujer lo notó enseguida, pero fue el conductor quien lo dijo.
- Aquí siempre hace más calor que en el pueblo. Antes de que aquí estuviera la finca, le llamaban ‘la olla’.
- Un microclima.
- ¿Eh?
- Como un invernadero... Está cerrado y con agua... y...
- Sí, sí, eso será......Vamos con el perro.
Nadie salía, podía no haber nadie, pero no se atrevía a decir ni una palabra más. Bajaron al perro con todo el cuidado que pudieron, y lo llevaron hasta el porche. Allí, bajo la parra, la temperatura era agradable. El animal, inmóvil sobre la manta, los miraba a los dos con el ojo, pero no se quejaba. El conductor entró en la penumbra del edificio.
- ¡Isa!...¡Encarnacióoon!...¡¡Encarnita!!.......¡Un cliente!...¡Baja!
Hacía un calor suave y seco, y corría un aire fino e inconstante. No había moscas, pero sí hormigas: vio cómo una fila se había subido a la manta del perro y las pisó y dobló la tela. Cuando tocó levemente al perro, que la miraba, la piel canela sufrió un estremecimiento. El conductor salió al rato secándose los labios con la mano y, desde el umbral, se quedó mirando al gran perro tumbado a la sombra. Ella se había sentado en una silla.
- ¿Qué pasa? – dijo levantándose.
- Nada, nada. Estará por ahí, pero ya bajará. El coche está; así que estar, está. Yo me voy.
- ¿No se espera a ver si... – preguntó ella, con un poco de angustia en la voz, acompañándole hasta el furgón.
- Noooo se preocupe – contestó él, subiendo a la cabina de la grúa -, la veterinaria sale enseguida, y a usté le mandan el taxi en cuanto llegue. Antes de la hora de comer está aquí –dijo, arrancando el motor.
Lo vio conducir despacio hacia atrás. Cuando lo perdió de vista tras la esquina, aún aguardó sin moverse hasta que dejó de oír el motor del camión descendiendo por el carril de piedras hacia el puente. Deseó que hubiera ya alguien junto al perro cuando se diese la vuelta para volver sobre sus pasos; pero no fue así. Regresó hacia el emparrado con otro pedazo de desaliento y de extrañeza en los hombros y en la mirada, dispuesta a estrenar y gastar otro módulo de paciencia primaria, casi mineral. Lamentó no haberse puesto pantalones para conducir. El maquillaje, los pendientes y los zapatos estaban ridículamente fuera de lugar.
Al llegar junto a la puerta, se inclinó dentro, pero los muros, de sillares de piedra arenisca, eran demasiado gruesos, la oscuridad demasiado espesa viniendo del ofuscamiento del sol. Saltó un escalón y entró en la fresca umbría. Era una antigua cochera o cuadra, una estancia alargada, amplia y de techo alto. A la izquierda, junto a la pared más alejada, se alineaban grandes pilas de mármol, altas vitrinas con herramental muy brillante, dos bancos o mesas de exploración, la una verdaderamente grande y la otra mediana, y una tercera de oficina llena de prospectos, un teléfono y la radio encendida. En la esquina de aquel lado había además una nevera y una puerta con un cartel pegado con el símbolo de la radiación. En la pared del otro lado, a la derecha, una ventana iluminaba la barandilla de una escalera moderna de madera que subía empinada al piso superior. De frente a la puerta en la que permanecía de pie, al otro lado de la pieza, se abría una larga galería en arco, sin duda para caballerías o carros pequeños. que atravesaba todo el edificio y al cabo de la cual, junto con una parcela de terreno arenoso abrasado por la luz arenosa, se veía la parte trasera de un automóvil.
Ya se había acostumbrado a la luz, y se preguntaba qué habría encontrado de beber por allí el conductor, cuando oyó ruido arriba y salió a sentarse.
Mientras arreglaba un poco la manta del perro, oyó abrirse una puerta y que alguien comenzaba a descender por la escalera.
- Ya va, ya va.
Era la voz de una mujer que tardó en presentarse. Tendría unos cuarenta y cinco o cincuenta años. Vestía vaqueros y una camisa de hombre azul oscura. Tenía el pelo largo y sujeto a la nuca con una goma, aunque se le escapaban algunos mechones. No se teñía: lucía mechas castañas oscuras, otras casi rubias y largos y nutridos mechones completamente blancos. Envidió su valor para llevar el pelo así. Se había parado en el umbral, y se hacía visera con la mano mirando al perro. Le sudaba la axila hasta dejar un cerco en la camisa y llevaba los senos, que se adivinaban opulentos, sueltos bajo el algodón. Tenía manchas de sol en la piel del pecho, y un brillo de salud agraria en los pómulos altos. Era gruesa, pero los pantalones no se deformaban en los glúteos ni le sobresalía mucho el vientre.
- Buenos días – dijo, sin mirarla ni aproximarse a ella o al perro.
- Buenos días. Lo he atropellado en El Frasno, se me ha echado encima, y como me han traído aquí el coche a arreglar...
- ...
- ... no he querido dejarlo morir allí, en medio de la carretera. – dijo, sin que la otra se hubiera dignado responder, pero por fin se inclinó hacia el perro.
- ¿No se ha movido desde entonces?
- No.
- ¿Lo ha intentado?
- No, que yo sepa. A lo mejor ya sólo puede intentarlo en su cabeza – dijo. En ese momento, la mujer levantó la cabeza y, por primera vez, miró a la joven. Tenía los ojos dulces, pero sumidos en unas profundas ojeras que más tenían que ver con el carácter que con la falta de sueño o de salud.
- ¿Ha sangrado?
- Sangró un poco, creo que por la oreja, y luego dejó de sangrar.
Se quedaron las dos inclinadas sobre el animal, la mujer más madura palpándolo con delicadeza, explorando a veces con los ojos cerrados. El can mostraba un poco más de animación en los ojos, y tan pronto las miraba a ellas como ponía la mirada vacía hacia el frente y atenta a lo que sintiera en su interior. La joven habló también de la pata rota, y le contó pormenorizadamente cómo había sucedido y lo que le había contado el conductor.
- ¿Es verdad lo de los perros suicidas? – La otra la miró como si fuera a darle un diagnóstico fatal a una mujer completamente estúpida.
- Eso son tonterías... Gilipolleces... Hay que... habría que hacerle unas placas y administrarle algunos fármacos..., y aun así es probable que no valga de nada... – dijo, sosteniéndole la mirada interrogadora hasta que la joven de la falda comprendió.
- ¡Claro, claro...! Yo corro con los gastos. No hay cuidado.
- Bueno, pues... hay que hacerle unas placas y esperar. Puede que esté conmocionado y sólo tenga lo de la pata, o que tenga la médula machacada y no se pueda hacer nada, ...o que se esté haciendo el muerto de puro miedo. ¿Eh? – interpeló al perro -, ¿estás asustado, grandullón?... Lo mejor será darle un calmante nervioso, un analgésico y hacerle la placa. Agarre de ahí.
Lo llevaron con la manta al cuarto de rayos y lo instalaron sobre una enorme plataforma. La mujer le dijo, mientras se ponía un pesadísimo delantal de cuero, que en la nevera había cocacola y cerveza, que cogiese una y esperase fuera, en el porche.
La lata estaba casi helada.
Tomó el primer sorbo de refresco y salió a sentarse allí, bajo las retorcidas puntas de la parra, que se balanceaban al menor asomo de la brisa, y se quedó mirando el corral más próximo: era un cercado poligonal hecho de listones de madera mala sin pintar, un vallado sin puerta. Una de las tablas verticales, de las que tenían que estar clavadas al suelo, estaba totalmente carcomida por abajo, y era sostenida, oscilando en el aire, por las tablas, una a cada lado, a las que originariamente tenía la misión de mantener unidas y horizontales. El muñón arañaba a cada soplo de brisa el suelo arenoso, esforzándose por hacer pie y volver a las antiguas función y fortaleza, pero sólo conseguía socavar más la zona donde un día estuvo insertada y hacer un triste ruido de zapatos de ahorcado. Así dejan colgados a los galgos, recordó la mujer joven, para que toquen el suelo pero no puedan evitar su ahogamiento, con el único fin de hacerlo aún más lento y más agónico. Y ningún perro odia a su amo por ello. No saben lo que pasa. Como el suyo, como su víctima, cuyos huesos de fósforo (como los suyos, como los del resto de los vertebrados superiores, tan hermanos en lo lechoso y vitral de la mirada radiológica) estarían revelando allí dentro los estragos del atropello.
Pensó también en todo lo que le había sucedido a ella misma desde entonces, desde el atropello. Todo era extraño; y lo más raro de todo eran los hombres. Todo eran hombres. La única mujer que había visto era aquella que ahora escrutaba dentro de su perro. Vivía sola, apartada, en una especie de hacienda abandonada que había conocido tiempos mejores y se había quedado en monasterio unipersonal o eremitorio para una Santa Teresa demente o perdida para el mundo, o en frío y vacío palacio para una bruja..., pero cualquier de ellas que fuera sería laica, sin misterios divinos o infernales; una santa, lesbiana (¿no había mencionado a una tal Isa?) o bruja sin otra religión que la ciencia, sin más fes que la física, la química y la biología. ¿Y los hombres? Huidizos, obtusos, engañosos, cerriles, mudos, inmersos en actividades absorbentes e intransitivas dispuestas, al parecer, únicamente para machos que colaboran entre sí, trabajan con eficacia y se dan besos. Y el pueblo sin mujeres que hagan la compra o estén paseando o mirando, o murmurando en las esquinas mientras engordan... tan solo miraba aquel viejo con el pañuelo negro en la cabeza, atado en el mentón, desde la ventana del geranio de un color rojo sangre, ¿o eran los labios? ¿no había creído ver que ‘le tapaban’ la boca? ¿serían labios pintados?... los labios del viejo amante de un maricón muerto que espera, como esperan las viudas, a que llegue la muerte, cargadito de luto. Se imaginó ella entonces los ritos de la viudez con el cuerpo de un viejo: rosarios, lamentaciones, lágrimas silenciosas, anís dulce, risas de aquelarre... y todo esto en lugar de tabaco, garrota y dominó. Tal vez algún anciano con enaguas, pañuelo y faldumenta robase un cigarrillo y lo fumase con delectación viciosa en una buhardilla llena de humedad y colchones de paja ya en desuso, sentado en postura viril sobre un baúl, expulsando el humo por la nariz y mirando, con los ojos guiñados, cómo un dedo con la uñarra pintada desprende, de la punta del cigarrillo, la ceniza con una toba. Tal vez toda Sudencia no fuera sino una colonia gay que durante el franquismo se habría instalado allí, lejos de las miradas, lejos sobre todo de la represión y del odio, y había desarrollado diversas actividades industriales para hacer viable una comunidad a largo plazo. Tal vez los parentescos, como el de los hijos de Zomín, no fuesen sino parte de una compleja tapadera destinada a hacerse creíble y a ocultar (de aquellos que, como ella, por cualquier causa, tuvieran que recalar en el pueblo o entrar en contacto con alguno de sus vecinos) otro tipo de relaciones: lazos de aprendizaje o magisterio, maridajes de bolero y de tango, amistades viriles, tratos de amor correspondido o incluso inconfesables pupilajes; vínculos, en fin, desde iniciáticos, ancilares, socráticos, pedagógicos..., hasta disciplinarios. Y como la regeneración de la población sería imposible, una secreta red de pederastas con conexiones en Sudencia pero vida mundana seleccionaría, según un rígido cuadro de requisitos, a los candidatos destinados a rejuvenecer el censo: mancebos mal integrados en el mundo extramuros y, sin embargo, peritos en algún sector productivo o profesional cuyos integrantes resultaran útiles en la comunidad, con fidelidad a toda prueba y cierta estabilidad emocional (pero no demasiada), y todo esto con el ansia combinada de vivir su sexualidad y retirarse al campo. Entre el oteador, el agente de la Comunidad Griega Independiente, y la Oficina Central de Reclutamiento se cruzaría una serie de comunicados e informes, hasta que un sodomita cercano al candidato (quien podría o no saber que estaba siendo observado y finalmente postulado) se acercaba a su oído para verter en él la propuesta, sin duda, más importante y definitiva de su vida...
... O tal vez no. Tal vez no existía nada semejante a esa Comunidad Griega Independiente, o Cooperativa Gay Industrial, o Corporación de Amaneratis de Sudencia... O quizá sí.
Si no recordaba mal, solamente había visto a un hombre joven: el hermoso rubio de la camioneta. Todos los demás estaban en torno a los cincuenta. Quizás hubiese numerus clausus, o cuasi clausus; quizá la comunidad, antaño formada por jóvenes vigorosos y emprendedores (con algo de hyppies, y hasta de comunistas: no en vano la habrían montado en los setenta), hubiera aceptado una extinción lenta y orgullosa para mantener la pureza de un ideario y, quién sabe si también de unos amores; y aun puede ser que la presencia de aquel joven y la veterinaria constituyeran signos de degradación del proyecto inicial. ¿Y los niños?...
... Pues lo cierto es que tampoco había visto niños. Natural. Es posible que aquella fuese su mayor tristeza, individual y colectiva: el silencio de los jardines y los parques, la frustrada paternidad. De ahí los juguetes. La principal industria sería la construcción de juguetes: un montón de ogros buenos o de duendes paletos, grandes y poderosos trabajando con seriedad para el Santa Claus de sus ilusiones muertas, metiendo en las cajas anhelos incumplidos, ternuras secas y torpes abrazos increados junto con un muñeco que sigue todas las recomendaciones y cumple todos los estándares de la Comunidad Europea...
... Pero la llegada de aquel delicado Antinoo, de aquel duro David, de aquel Adonis rubio, de aquel Apolo redivivo, espontáneo, ingenuo y sabio, alegre y melancólico, tan poderoso como dulce, e ignorante tanto de su dulzura como de su poder, generoso y amable, y tan reciente... habría renovado más de una libido; se habrían desempolvado antiguas liturgias, e incluso inventado ritos para él...; e imaginó una fiesta de verano en un gran salón con tarima, la luz tamizada por persianas y visillos, y en medio unos quince hombres relajados, bebiendo con música, en calzoncillos blancos: aquí hay dos mirando con curiosidad a través de la cortina, sosteniendo cada uno un vaso con un líquido verde, y con la piel peluda levemente en contacto; otros bailan mirándose a los ojos y besándose: son musculosos y gruesos, algunos gordos, con la barbilla negra y olor a grasa y a sudor. Dos fuman puros recostados en un tresillo y se dirigen el uno al otro como diplomáticos: serían un médico y un abogado. “Ya viene, ya viene”, se agitan los de la ventana, y un murmullo de ojos se agolpa contra la puerta, que al fin se abre y deja ver y entrar al joven. Está completamente desnudo. Su piel es clara, su cuerpo está formado pero luce juncal, con la espalda ancha, el vientre liso, los glúteos redondos y el pene largo y pendulante, con el glande fuera del prepucio. Da dos pasos, se detiene y extiende los brazos. Los hombres que lo rodean se acercan a él con devoción erótica y besan su espalda, sus brazos, su pecho, con delicadeza; uno audaz separa sus glúteos e introduce la lengua. Nadie toca su sexo. Se oye un fru-fru y los que están por delante se apartan un poco. El joven mira hacia abajo y ve, acercándose a él de rodillas, a un hombre gordo ataviado con un vestido verde y largo de mujer, con la barba poblada y los ojos y los labios pintados. Se yergue de rodillas y toma todo el pene del joven con la boca. Las caricias de los demás continúan con la lengua y los dedos untados de manteca, hasta que el barbas no puede mantener aquella enorme polla en la boca y se retira. El miembro reluce baboso, rojo y erecto. Al verlo, el grupo de hombres emite ruiditos e intensifica sus frotamientos mutuos al tiempo que se apartan del camino del rubio, abriendo un pasillo hasta el fondo de la sala, donde un hombre está de espaldas, inclinado sobre una mesa pegada a la pared y cubierta de canapés de caviar y botellas de champán, ofreciendo los cuartos traseros, las piernas un poco separadas, la periferia del ano roja y brillante. El rubio avanza hacia él y lo agarra por las caderas. Cuando el de abajo lo siente, vuelve la cabeza; resulta ser el tío Zomín, que gime ansioso, sudando y haciendo movimientos pélvicos desesperados. Las botellas tintinean, pero mucho menos de lo que lo harán después. Se hace un silencio tenso, expectante. “Yo tomo”, dice por fin el joven, y penetra brutalmente al hombre. Comienza entonces un fortísimo movimiento de vaivén. Los demás se han arrojado unos sobre otros como posesos, se oyen sonidos guturales, jadeos y cachetazos. Algún insulto dicho con rabia. Aparece su majestad: la sangre.

- He drenado el derrame interno y le he escayolado la pata. Aunque tiene algunas costillas rotas, la espina parece no haber sufrido daños, y no tiene ningún órgano reventado; pero no reacciona. No sé lo que le pasa. Le he metido de todo.
La mujer se había sentado a su lado con una lata de cerveza en la mano. Sobre la camisa llevaba una bata blanca con pequeñas manchas superficiales de algo que podría ser sangre en los puños.
Sólo al observarla levantar la cerveza y beber largamente fue recordando dónde estaba y desprendiéndose de aquellas enfermizas imágenes que, sin embargo, la había excitado sin que se diera cuenta.
Cuando bajó la cabeza de beber, la frente de la mujer brillaba perlada de sudor.
- ¿Se salvará?
- Si se muere..., lo mato – dijo con encono fingido y sonrió apenas.
La mañana estaba en su momento de más calor; la jornada, junto con el viento y la luz, parecía haberse detenido con el sol en su punto más vertical, antes de iniciar su lenta declinación hacia la noche. Miró el reloj: eran ya la una y media.
- ¿Espera a alguien?
- Me dijeron que el taxista me llamaría o vendría a recogerme antes de la comida.
- Sería la primera vez que Genaro hace algo como o cuando debe.
- ¿Qué quiere decir?
- Que es posible que... ¡Que no vendrá, vamos! Hágase a la idea. Al menos no tan temprano.
- ¿Temprano? – Preguntó con énfasis. La otra vio su cara de abatimiento.
- No se preocupe, le dejaré un coche... ¿Va a lo de Zomín, verdad? – Ella asintió, rememorando involuntaria y brevemente el papel de Zomín en la escena que se había imaginado – Pues me lo deja allí. Ellos llamarán a Genaro si usted da la lata lo suficiente. Pero ahora tómese eso tranquila.
El refresco estaba ya templado.
Lo que ambas tenían delante, lo que más se imponía a la mirada desde su posición compartida, justo detrás de la cerca rota que la joven había estado observando antes, era una inmensa jaula de hierro forjado en volutas y fina reja metálica. Tenía forma de templo indio, y cómodamente podría haber albergado una treintena larga de aves de gran tamaño. Ninguna de las dos tenía conciencia de haberla estado mirando fijamente, ni de que la mujer de la bata respondía a una pregunta implícita que se leía en los ojos de la joven.
- En tiempos, esa jaula roñosa contuvo cuarenta guacamayos, cacatúas y no sé qué más.
Su mirada era de ensueño, como si lo viese todo en el perfecto estado en que guarda las cosas la memoria.
- Todo estaba lleno de bichos: avestruces, cebras, antílopes pequeños... y hasta cocodrilos y monos. La clínica vino después... cuando ya no quedaba ninguno.
Levantó las cejas, considerando aquella paradoja, reconociendo su absurda comicidad pero sin sentirla.
- Esto debió de ser... muy bonito – comentó al rato la otra, a falta de mejor cosa que decir.
- Sí, sí que lo fue – le fue contestado con sinceridad y en tono neutro. Se notaba que había pensado mucho en ello, y que ya no quería seguir haciéndolo, por eso buscaba algo siquiera remotamente interesante en la lata vacía de cerveza. Cuando se convenció de que nunca lo encontraría, con pesar, dejó el recipiente sobre la mesa.
- Yo fui feliz aquí. Mucha gente lo fue. Pero las desgracias lo echaron todo a perder. Se acabaron la madera y el oro, y todo se vino abajo.
La rubia asintió, sabiendo que cuando la mujer había hablado de ‘desgracias’ no se refería ni al oro ni a la madera. No había manifestado rencor en ningún momento de la conversación, pero el sentimiento estaba presente, agazapado y vivo en algún rincón, más notable aún por haber sido esforzada y eficazmente escamoteado de la superficie. Miró a la mujer: parecía sentir dolor, un dolor que sólo acudiese a ella cuando se abstraía de aquel modo.
- No he visto niños, pero seguro que cuando usted era niña disfrutó mucho de esta finca.
El dolor no se quería retirar.
- Sí..., ya no hay niños; sólo cobardes y hombres que no valen para nada. Mire uno – dijo, sin emoción, y señaló hacia el frente, en dirección a la jaula.
En principio no vio nada, sólo hierro, tablas, y más atrás hojas secas y palmeras deshilachadas. Entonces el hombre se movió. Vestía de color gris. A través de los barrotes y la tela metálica vio cómo avanzaba encorvado por detrás del último corral, lentamente, con pie inseguro y la mirada puesta en ellas. Tropezó y se recompuso con rapidez.
Pasaban los segundos y se seguía deslizando por las sombras, desplegando aún una cautela ya inútil, puesto que había sido descubierto. Y lo sabía.
La joven no entendía lo que ocurría y miró a la mujer: aquella conducta solapada, inquietante del individuo, cuyo incierto propósito bien podía ser potencialmente peligroso, no despertaba en ella más que un leve y apenado fastidio que era casi como decir indiferencia. Evidentemente, lo conocía.
- Es mi marido – dijo, nada más.
La otra miró hacia allí de nuevo, esta vez con distinto interés. El sujeto siguió todavía por un rato fingiendo hurtarse de sus miradas, ocultándose tras las empalizadas y los troncos de las palmeras, hasta que esta conducta debió de parecerle a él mismo tan ridícula que la fue sustituyendo, con intención clara de disimulo, por una especie de paseo indolente. Dejó de mirar y de tomar precauciones, aparentando no recelar, no sospechar siquiera el estar siendo observado, mostrando incluso displicencia en el modo de caminar, haciendo ruido.
- Es mi marido – creyó necesario repetir, o repetirse, con una sonrisa que era una petición de piedad, aunque el rencor de fondo continuara estando allí.
La otra la miró y la vio llorando en silencio. Lloraba como sólo saben llorar las mujeres de cierta edad. Sacó del bolso un pañuelito malva y se lo pasó. El hombre también debió notarlo (estaba mirando, después de todo), pues su figura se detuvo de frente un momento. Ella pensó que iba a aproximarse al porche, pero finalmente no lo hizo.
- Suele merodear por la finca y entra en la casa cuando no hay nadie, o por la noche... Todavía duerme conmigo a veces, a escondidas, y hablamos... no es tan malo... No quiere que los demás del grupo lo sepan, no quiere que sepan que me quiere, que viene a verme porque no puede evitar echarme de menos...
El hombre hizo una seña, que la joven no entendió en absoluto y la otra pareció haber decidido no atender, y se encaminó resuelto hacia la izquierda, a la ladera rocosa que se extendía tras los corrales y la casa.
- Me confesó hace poco (mucho después, por miedo de lo que yo pudiera hacer) que cuando quiso entrar en el grupo, le exigieron que dejara de vivir conmigo, que dejara de verme a mí, la hija de Senabre, porque no era apropiado, o seguro, o conveniente... o qué sé yo; y él accedió. Por eso se esconde para verme, como un amante secreto – dijo, se secó la nariz y sonrió con tristeza -... ¿qué le parece?... el muy zorrastrón viene arrastrándose..., pero viene.
A la veterinaria parecía conmoverle que, en tales condiciones, aún fuese a visitarla; pero también lo despreciaba un poco. Lo consideraría un cobarde, un niño que no puede renunciar a robar dulces pese al miedo que le produce el posible castigo. Eso, al menos, pensó entonces la joven analista.
- Venga – dijo la mujer levantándose -, ya es casi hora de comer.
Entraron en el edificio, cogió al paso unas llaves y la condujo, a través del túnel de piedra, hasta el otro ala de la casa. Dentro, a lo largo del pasillo abovedado, hacía un frío de gruta. A los lados, las paredes casi rocosas del pasaje se abrían en puertas con escalinatas breves.
- Era para los carros y la calesa. Ahora meto el coche.
Pero el coche estaba fuera, al salir al otro lado, ardiendo bajo el sol cenital. Junto a la pared había una manguera recogida, una caseta de perro y un bote de basura tapado. Al otro lado del coche sólo más árboles. Abrió la puerta del coche y salió una vaharada de calor.
- Al salir de la finca se refresca enseguida... Suba... Vaya primero a comer al hotel de la plaza. Pida la factura por si luego el seguro se lo devuelve. Como... a las cuatro – calculó por aproximación – o las cuatro y media suele volver Genaro. Déjelo en lo de Zomín. Voy a cuidar al perro...
Se despidieron y ella arrancó el automóvil y salió a la fachada, pero antes de enfilar el carril que llevaba a la entrada, se dio cuenta de que no habían quedado en nada respecto al perro y, peor aún, de que no había pagado.
Detuvo el coche y regresó marcha atrás. Lo hizo lentamente, sin saber por qué. Cuando su ventanilla se puso a la altura de la boca del túnel, pudo ver la espalda blanca de la mujer saliendo de la galería por el otro extremo y hacia la izquierda, en dirección a la trasera de la casa y la ladera rocosa adonde habían visto dirigirse antes al hombre.
¿Qué había sido lo que había dicho?: “Voy a cuidar al perro”.
Seguro que lo hacía.
Se prometió volver por el animal y a pagar su deuda y condujo hasta la plaza del pueblo, la del Pulpo o la Araña, como la mujer le había indicado. Aparcó frente al hotel y entró.









Capítulo 2º
Las dos muertes de Baldomero Senabre. El Pacto.

El vestíbulo era una pieza cuadrangular con el suelo de mármol y sillones de cuero falso. En el mostrador, de madera barnizada, no había nadie; pero detrás de los ascensores, a la derecha, se veía indicada la entrada al restaurante. Ingresó a un estrecho pasillo, con una fila de mesas junto a la pared. Caminó hasta el fondo, donde, subiendo tres escalones, se accedía por una de sus esquinas a un salón resguardado, sin ventanas. Se sentó en el rincón más alejado de la entrada. No había visto a nadie todavía.
Había una televisión apagada enfrente de ella, sobre una mesilla de cristal, junto a una puerta tras la cual se oían ruidos de cocina. Sacó el móvil, los cigarrillos y el mechero. Estuvo a punto de llamar alzando la voz, y de quitarse los zapatos (el suelo brillaba impoluto, y los faldones del mantel, de un sufrido tono grisáceo, bajaban hasta abajo), pero en lugar de ello encendió un cigarrillo.
En realidad, no había pasado tanto tiempo. Apenas unas horas. Y estaba sentada y a punto de comer. No era tan malo. Podía enfurecerse, agobiarse, hervir de indignación, o también podía relajarse; nadie le echaría en cara la tardanza ni le agradecería su preocupación laboral. Decidió aceptar su situación; y esta, mágicamente, pareció aclararse, y que la sensatez y el sosiego hacían retraerse los tentáculos que extendían las circunstancias como los agravantes de un crimen.
Fumando miró la decoración: había floreros de suelo a cada metro de zócalo y en las esquinas (‘como en las iglesias’, pensó), y la pared lucía estampas y cuadros típicos de pueblo. En realidad, de pueblo eran sobre todo los marcos: ostentosos, barrocos, cuajados de molduras doradas, abrumadores y pesados. Las imágenes eran todas religiosas (evangélicas, hagiográficas, de culto, símbolos) o de festividades locales (también presumiblemente religiosas). Pudiera ser que aquel salón perteneciese a alguna cofradía.
Justo delante de ella, a los lados de la puerta de la cocina, había dos iconos de santos con leyenda en caracteres góticos debajo. Parecían antigüedades. Alrededor, por todas las paredes, entre otros lienzos de santos y martirizados, había pequeñas fotos en blanco y negro enmarcadas: un grupo de cuatro hombres vestidos de negro y con ese gris/moreno brillante en las caras que es el distintivo característico de las instantáneas rurales de principios del siglo XX; una pareja, también de hombres, ante una pequeña iglesia de aspecto románico y rupestre (quizá la ermita de que había oído hablar al de la grúa); un carro ornamentado con guirnaldas tirado por un asno con corona también de flores y un carretero sonriente, esta vez en color sepia... Lo que más destacaba, en la pared que prolongaba el pasillo por el que había accedido, al otro lado del salón, era una gran estampa enmarcada de un Cristo yacente visto de perfil. A tamaño natural. Parecía una fotografía, bien de una talla, bien de un... hombre tumbado. Era difícil saberlo. Resultaba turbador. El marco era tan grueso, separaba tanto la imagen de la pared, el cristal tenía tal brillo... que hacía pensar en una urna empotrada en una hornacina. Ponía algo debajo: “Aquí yace...”.
Se estaba levantando para ir a leerlo mejor, cuando asomaron cuatro hombres subiendo la breve escalera que traía de la calle.
La miraron de refilón sin decir nada. Ella se había dejado caer de nuevo en la silla, ocultando su intento, y les sonreía vagamente. Les sonreía a ellos, le sonreía al mantel, a los vasos vacíos... Se sentaron en la primera mesa, ocultando la imagen del Cristo, y (tal vez sólo de manera casual) lo más lejos posible de la mesa de ella. De pronto, se sintió una intrusa. Apagó el cigarrillo.
Los hombres se acomodaban sin hablar, se extendían la servilleta en la rodilla, se ponían cómodos dentro de la ropa, se aclaraban la garganta. Uno vestía un traje claro, los otros de modo aún más informal, pero los cuatro con corbata discreta. El que le daba la espalda, el del traje, se inclinó y comunicó algo en voz baja a los otros, que asintieron por todo comentario. Llegó entonces el camarero, directo a aquella mesa. Traía cuatro platos y un par de botellas de agua. Cuando hubo colocado los platos y abierto las botellas, apoyó la mano en el hombro del que estaba de espaldas y le dio un apretón afectuoso. Ambos se miraban, hablaban por turnos, y el camarero (delgado, dentudo, con el cráneo casi calvo muy abombado en el occipucio) sonrió cerrando los ojos un instante. Luego se fue.
No la había mirado ni una sola vez. Como si no existiera.
Sintió que quería ser atendida, que quería ser servida enseguida, que ya había tenido suficiente paciencia con aquel villorrio de mierda, con aquellos zombis palurdos... Sacó otro cigarrillo y lo encendió; expulsó el humo ruidosamente. Una vez desahogada se dio cuenta de que no bastaba con pensar una que estaba relajada; y tuvo que reconocerse a sí misma que no habría tenido nada que decirle, pues no había echado a la carta ni un vistazo.
Había dos hojas plastificadas sobre la mesa. La primera era la que buscaba: nada del otro mundo; nunca le había gustado la carne de monte, y el pescado sería congelado. Entonces se puso delante lo que en principio pensó que era la carta de vinos o de postres, y después algún tipo de declaración o texto literario barato sobre la solera del restaurante, su historia, su fundación, o sobre la cofradía o sobre una peña...
Tardó en comprender lo que ponía en el texto mecanografiado. Luego se puso a leerlo con crecientes asombro y atención.


EXAMEN DE CONCIENCIA
La confesión no es un desahogo, sino “un arrepentirse de todo pecado grave”.
Debes recordar, cuándo hiciste la última Confesión, si “fue una buena confesión” de no ser así; debes confesar todos los pecados graves, cometidos EN TODA LA VIDA.
Para hacer una buena confesión, debe haber cinco condiciones:
1º EXAMINAR LA CONCIENCIA: Recorriendo con la memoria, todo el Mal que hice.
2º DOLOR: Sentir pena en el alma de haber ofendido a Dios. Querer “no haberlo hecho” pensar que si se volviese a presentar ese “momento”, no lo haría. Es la “voluntad de no querer pecar nunca más”.
3º ARREPENTIRSE: Es el paso más importante, de este Sacramento, porque “ si no hay arrepentimiento de nada serviría la confesión”
Hacer el PROPÓSITO de cambiar mi vida; poniendo yo los medios, para “No volver a Pecar” en lo futuro.
4º CONFESIÓN: Decir al Sacerdote todos los pecados graves, con sencillez y sinceridad, “sin callar NINGUNO por vergüenza o temor” diciendo NÚMERO Y ESPECIE.
5º CUMPLIR LA PENITENCIA: Esta es dada por el Sacerdote. Se debe reparar el daño causado, y dar Gracias a Dios por el Perdón recibido.
¿Cuándo se comete pecado mortal? Se peca, mortalmente, cuando hay “materia grave” (de pensamiento, deseo, obra u omisión).
El haber “conocimiento y advertencia”, darse cuenta de que es ASÍ.
Y una “ completa libertad de hacerlo o no”
Isaías exclamó: “Te doy gracias Señor, porque estabas airado contra mí, pero ha cesado Tu ira y me Has consolado” (Is. 12,1).
Primer mandamiento: “AMAR A DIOS SOBRE TODAS LAS COSAS” ¿Amo a Dios de verdad? ¿Rezo todos los días? ¿Odio a Dios? ¿Obedezco a Dios, como lo enseña la Santa Madre Iglesia? ¿Trato de ser mejor cada día? ¿Practico la Superstición? ¿He consultado curanderos? ¿He maldecido deseando con odio en mi corazón, el mal a otra persona? ¿Practico brujerías, espiritismo? ¿He consultado adivinos; magia, maleficio; practico el esoterismo? ¿”Me he visto la suerte”? ¿Horóscopo, yoga, control mental, tarot, religiones orientales, culto Satánico? ¿Hice Pacto con el Diablo? ¿He “tirado mal”? ¿Practico el Ateísmo, es decir “abandonar la Fe” (no practicar la Religión)? ¿Comulgo en pecado grave? ¿No me gusta confesarme?
Cuando me voy a confesar ¿MIENTO o ME QUEDO CALLADO o CULPO a otros, ante una falta grave? ¿Callo esperando que, con mi silencio, el pecado “no sea”? ¿Soy soberbio? ¿Soy orgulloso? ¿Tengo vanidad? ¿Reconoces que todo lo que tienes, y eres, te lo ha dado Dios?
Segundo Mandamiento: NO JURAR EN VANO.

Estaba tan enfrascada en la lectura que no reparó en el camarero que ya esperaba junto a ella hasta que le preguntó con tono hosco y por segunda vez.
- ¿Cómo?
- ¡ Si va usté a comer! – el tipo miraba con reprobación o celo aquellas instrucciones plastificadas, como si lamentara que hubieran llegado a sus manos, o como si dudase de que ella pudiera llegar a entender por qué estaban allí y para qué servían. Luego compuso un gesto altivo: no daría explicaciones a una forastera, por supuesto que no.
- Sí, sí.
Tenía ya un plato vacío debajo del papel; los de la otra mesa comían con aplicación y en silencio algo que parecía una crema. Pidió un menú con pescado y una botella de tinto de Ribera del Duero.
- ¿Tinto?
- Sí.
- Vale... Hay que pagarla aparte.
- Sí, sí, ya lo sé. Pero tráigame también la cerveza del menú... Gracias.
Cuando se hubo ido, ella volvió a la lectura. Estaba de un mediano mal humor.
¿Por dónde iba?.........
Segundo mandamiento: NO JURAR EN VANO... ¿Te has burlado o criticado a los buenos católicos?...
... Estaba segura de que aquello era perfectamente ortodoxo, totalmente correcto desde la más aquilatada doctrina sacramental... y, sin embargo... le parecía tan marciano, tan en verdad esotérico, tan retorcidamente rebuscado, tan invasivo o cruel, tan obsceno... y qué decir de ese lenguaje insistente, de interrogatorio policial, articulado por esa puntuación tan entrecortada y espasmódica... mecánica... con pausas considerativas sorprendentes, como para atrapar el descuido del feligrés... las comas para pillar en falta... el punto y coma para descubrir un... disimulo... un error...
Tercer mandamiento: SANTIFICAR LAS FIESTAS. ¿Has sido culpable, que otros no vayan a misa?... ¿He “obligado” a otros a trabajar?...
... y esas elipsis violentas, que obligan al lector a buscar el sentido y acarrearlo él mismo, y esas comillas de resalte como las cejas admonitorias del curita... del curazo... del canalla que se cree con derecho a regañarte como a una niña, y además según unos criterios... rancios... desconocidos... que a veces no se pueden sino desoír o rechazar deliberadamente de puro estrambóticos y arcaicos... un repugnante cotilla que te pierde el respeto, que te mete la mano en el almario para sacarte la basura que abona la tierra de las flores de tu compasión y tu más amable comprensión y transigencia con los demás...
Cuarto mandamiento: HONRAR PADRE Y MADRE. ¿Respeto y obedezco a mis padres?... ¿Cuido y enseño a mis hijos, “como Dios quiere”, en la formación Católica, moral y buenas costumbres?...
... esas comillas acusadoras y malvadas... ese uso de las mayúsculas falsamente neutro, ferozmente objetivo... y, a pesar de todo...
Y a pesar de todo parecía un texto tan ortodoxo, tan templado... que tal vez...
Tal vez se había equivocado.
Vino el camarero con la cerveza y una cesta de pan. Ella dejó la hoja; pero cerca, para continuar leyendo una vez se hubiera marchado.
Tal vez se había equivocado. Quizá sólo fuesen gente muy religiosa, pertenecientes a alguna congregación de laicos comprometidos; uno de esos grupos ultras o radicales con nombre latino... fidelis, fidelia, gratia orbis... catecúmenos de base, más papistas que el Papa, que casi rigen su vida por las horas canónicas, tienen reuniones para preparar Pentecostés, van a Roma y Santiago de viaje, estudian y comentan las homilías firmadas por el Santo Padre y terminan pareciendo, todos ellos, sacristanes o caballeros de la Orden de Calatrava, y ellas hermanaprimacuñadatías del cura, o sus viudas... Aunque, bien es verdad que en la hoja todo figuraba en masculino.... sería el masculino genérico: EL PECADOR- EL PENITENTE... porque La Iglesia no necesita los votos de los ciudadanos y las ciudadanas, ni la cuota de los compañeros y las compañeras, ni el concurso de padres y madres a las reuniones de las asociaciones de padres y madres de alumnos y alumnas... Tal vez no hubiera feligresas ni compromisarias... casi mejor: en los coros parroquiales las beatas siempre quieren manifestar su entrega voceando en falsete de ángeles verduleros y barrigones. Los hombres son más comedidos mostrando su devoción vocal, los coros de hombres... pero... ¿de que iba todo eso?... ¡no se trataba de un orfeón ni de un monasterio, sino de un pueblo!... Quizás, al fin y al cabo, sí que hubiera entre ellos algo más que amor entre hermanos en religión... tal vez fuesen monjes mariquitas expulsados o no confirmados que no habían tenido el valor ni la ocasión de montar otro Palmar de Troya..., qué curioso eso del Palmar... con esos manteos y túnicas curiales que parecen adoptados para dar más herético morbo al alcohol sodomita y golfo... y esa ceguera obscena y táctil... y esas viejas celebrando entre curas afeminados... ¿dónde irán por las esquinas al sol de esa basílica de relapsos? ¿a beber quina Santa Catalina hasta tener boceras amarillas y tocar, por debajo del hábito, la tranca dura de los curas excomulgados, en trance mientras recitan borrachos el Trisagio?... Imaginó entonces una capilla en penumbra (¿no consagrada o directamente profanada?) con sólo velas iluminando las columnas y un sagrario de oro, y en el altar, rodeado de viejas de rodillas, un cura cincuentón con cara de notario invertido rezando con las manos alzadas, la cabeza abatida hacia atrás, los ojos entornados y fulminados por la belleza del caleidoscópico vitral del trascoro..., y con el cipote asomando recto y gordo por un ojal practicado - como en los camisones puritanos, tan caros a la Iglesia – en el centro de la sotana y bordado en oro igual que el resto de la prenda, cual parte integrante natural de esta liturgia sacrílega y blasfema...
...Ya se acerca el momento, el final del rezo; las viejas no pierden el miembro de vista y lo rozan con delicada unción, no vaya a perder el padre la concentración en los misterios. Lo tocan con los dedos rugosos como si fuera una reliquia...
...Ya se acerca el instante; el oficiante hace descender la enjoyada mano derecha, empuña el pene y se masturba con fuerza; luego baja la otra mano y agarra sin miramientos por el cogote frágil a la primera vieja de la izquierda, que abre la boca desdentada y gime; las otras se arriman y forman una fila de fauces comulgantes, juntándose mucho unas caras a otras para no perder una gota; el curángano jadea una vez, agacha y dirige la cabeza roja del rabo, y un chorro blanco, controlado por la presión de la mano, cae medido en la boca de la primera; luego da un poco a la segunda...
¿Cómo lograría el cura excitarse con esas momias? (eyacula en el pómulo de la tercera y la de al lado le relame la cara) ¿cómo...? Pensando... en otra cosa. Recordando... recordando las imágenes pornográficas con las que trafican... ¡Eso contienen las cajas blancas!: bajo el inocente rótulo de JUGUETES se distribuyen cintas de vídeo pornográficas que graban los mismos miembros de la Satánica Congregación de Monjes Homosexuales, o Diócesis Luciferina de Legos Calzapollas, o Productora de Videos de Sacroporno Gay... Lo de la corrupción y explotación económica de las ancianas habría sido un buen negocio. Hasta que se había muerto la última. Sólo entonces habrían recurrido a filmar sus ceremonias secretas... ¿Habría transexuales ocultos en gineceos con olor a mazmorra? ¿Harían sacrificios humanos? ¿Recibirían visitas de representantes de sectas homosecretas orientales? ...
... Buscó en la hoja... allí estaba todo: habían unificado el sexto y el noveno: No fornicar y No desear a la mujer (resultaba irónico) de tu prójimo en un único epígrafe:
¿He tenido pureza en la mirada, pensamiento, y en mi manera de ser? ¿Me he dejado llevar, provocando con mi coquetería, erotismo, pornografía? ¿Tuve relaciones sexuales antes de mi Matrimonio? ¿He tenido relaciones sexuales, o afectivas, fuera del Matrimonio? ¿Me he masturbado? ¿Sólo o con otros? ¿Hice algún acto homosexual? ¿He cometido INCESTO (relación sexual con familiar o pariente)? ¿Intenté o cometí VIOLACIÓN? ¿He hecho ACOSO SEXUAL o cometido ABUSO SEXUAL(esto es con niño o niña, o con ancianos indefensos o enfermos mentales)? ¿Seduje a alguien? ¿Cometí algún acto deshonesto con Sacerdote o Religiosa, ya sea coqueteando o provocándole? ¿He manoseado o excitado a otra persona? ¿Me visto indecentemente para provocar, con ropa ajustada, transparente, escotes o sin ropa íntima, etc.? ¿He cometido algún acto inmoral con animales? ¿Te complaces de conversaciones deshonestas y graves? ¿Vas a sitios de perdición? ¿Llevas a otros? ¿Has “deseado” a otra persona que no sea tu esposo?
¿Sería esa su diabólica actividad, su reto demoniaco y herético...? ¿Cometer todos los pecados del decálogo, con todas las variantes ‘de número y especie’? Desde luego, si su ídolo era el anticristo, no tenían sino que seguir en sentido opuesto las recomendaciones de la Iglesia. Siguió leyendo: No robar, no codiciar los bienes ajenos... Eso ya lo habían resuelto: habrían sacado a las viejas hasta el oro de los dientes, y a los demás les harían pagar cara la satisfacción de sus vicios e inclinaciones; lo justificarían todo, lo perdonarían todo, allanarían todos los caminos, alisarían todos los lechos, permitirían todas las aberraciones, y cobrarían cada una de ellas... No mentir: ¿qué se sabía de ellos? ¿no fingían ser lo que no eran?
¿Qué le quedaba?... No matar.

- ¿Qué quiere de postre?
- ¡...!
- Hay tarta de chocolate tarta de limón tarta de Santiago natillas flan flan de huevo de la casa cuajada de la casa queso con miel macedonia de frutas mousse de limón bombón helado tarrina de helado de sabores sorbete de limón y fruta del tiempo.
- Café – repuso, viendo cómo le recogían el plato con el pescado casi intacto. Bebió otro trago de vino. Sin advertirlo, había mediado la botella. Miró hacia la derecha y no vio ya a los cuatro hombres; sólo la urna del retrato.
Ahora estaba segura de que era una fotografía de un hombre casi desnudo. Creyó ver incluso como se le alzaba el pecho al respirar... al cadáver resucitado de un hombre atractivo... Ya no le interesaba saber qué ponía debajo. Encendió un cigarrillo. Debía calmar su imaginación. Tenía que dejar descansar la botella.... Ella, que no bebía nunca.
Al dar la primera calada oyó la voz de un hombre.
- Beto, cóbrate.
Le sonaba aquel nombre, pero no recordaba de qué. Estarían esperando en el pasillo estrecho los cuatro hombres, o tal vez sólo quedase uno, para pagar al camarero.
Llegó Beto con el café. No venía solo.
Dejó la taza delante de ella y al marcharse tuvo que esquivar a aquel hombre. Permanecía al otro lado de la mesa, de pie, mirando a la mujer con ojos melancólicos y aspecto de oficial retirado o licenciado con deshonor: se mantenía firme a un metro del borde, cerrando las manos y con la audacia o inquietud justa para levantarse sobre la punta de los zapatos. Era alto y tenía un bigote entrecano y algo caído.
- ¿Sí?
- Soy José María Nucio – se presentó, extendiendo la mano e inclinándose hacia ella -, nos conocimos hoy, hace... un rato – le había costado decirlo.
- No lo recuerdo.
- En... la finca.
Reparó entonces en su ropa: vestía un jersey fino de lana gris oscuro sobre la camisa blanca sin corbata. El pantalón también era gris.
- Ya... ya sé.
A los dos parecía convenirles aquella distancia: ella no encontraba ninguna razón por la que debiera invitarle a que se sentara o se quedara, y él parecía no estar dispuesto a querer dar explicaciones para intentar sacarla del juicio erróneo que se había sin duda formado sobre él.
- Ella me manda decirle que el perro no morirá, pero que no sabe si podrá volver a moverse; está en coma o algo así.
- Vaya...
- Lo siento.
- Ya... Dígale que se lo pagaré de todos modos; que volveré a pagarle.
- Claro... De acuerdo – dijo como a punto de marcharse, mas aún tenía algo que decir, y esto por su cuenta – Debe perdonarla... La pobre no está bien... A veces dice y hace cosas un poco... fuera de lugar.
A la mujer le pareció notar un tonillo despreciativo, tan sutil como infame (puesto que se camuflaba de preocupación), en el modo con que aquel sujeto ridículo hablaba de su mujer... ¿cómo que decía cosas ‘fuera de lugar’?, ¿se atrevía a avergonzarse de su mujer un mamarracho que se iba escondiendo por ahí?, ¿que para entrar en un grupo de dios sabe qué había renunciado a vivir con ella? No podía resistirlo. El alcohol le dio el descaro que precisaba.
- Yo también estaría mal si mi marido tuviera que venir a verme a escondidas porque no le gusta a sus amigos.
José María Nucio dejó de mover las manos y los pies. Los hombros se le descolgaron levemente. La miró como si le costase verla; sin decidir qué hacer. Vencida la resistencia, dio un paso al frente y apoyó las yemas de los dedos en el mantel. Su rostro se había transfigurado por la pena en el de un abogado a quien no alegra, en el presente caso, tener la razón y haber ganado.
- ¿Lo ve?
- Yo no veo nada.
- De eso se trata, precisamente... Yo no soy su marido. Nunca lo fui. Nunca viví con ella. Me echaron de su casa. La apartaron de mí... ¿Puedo sentarme?
Lo invitó con un gesto. Como por arte de magia, apareció Beto junto a la mesa. El falso marido de la veterinaria pidió una botella de coñac y un... dos vasos.
- Permítame ofrecerle una copa... Es el mejor del mundo; mejor que el Napoleón, y es de un pueblo de Ciudad Real. ¿Se imagina?... – Ella aceptó, sin encontrarle mucho sentido – Fume, no me molesta... Querrá saber la historia completa, ¿verdad? – Ella no contestó ni con un gesto.
- Cuando Baldomero Senabre, el padre de Encarna, el hijo del indiano, resucitó, a nadie se le ocurrió pensar que eso... eso mismo, que resucitase, pudiera llegar a ser la causa de su muerte. Como lo oye: de su muerte y de tantas desgracias que vinieron después... que ya... venían de antes.
Beto se materializó con la botella y dos vasos gordos, pesados. Ella no había entendido nada. Nucio se llenó su vaso por la mitad y se lo bebió de un trago; luego llenó los dos y la animó a fumar; aquello, dijo, daría para un buen rato.
“El primer Baldomero Senabre”, comenzó, “el abuelo de Encarnita, se embarcó en La Coruña para las Américas a finales del XIX. Contaba unos veinte años y tenía el mismo conocimiento del mundo que tuviese la tropa de Pizarro o Cortés, pero también su ambición sin límites. Era tan duro y listo que terminó inmensamente rico. Se hizo llevar una mujer de su pueblo para poder confiar en ella, y criaron tres hijos varones. Tuvo infinitos bastardos de todos los colores, mas aquellos eran los herederos. Dos murieron a tiros, en reyertas de chulos y venganza. El único que sobrevivió, que hizo mucho más que eso, fue el que había recibido, junto con el nombre del padre, su carácter indomable y astuto.
“Aquello... América, debía de ser un paraíso para hombres feroces. Tenía minas de esmeraldas y oro, después petróleo, en Venezuela, copra en Cuba, caucho, tabaco... Siempre se hacía lo que el señor quería... Cuando tenía sesenta y cinco años, su preferida de veinte le dio una hija... Para esa época, Baldomero hijo tenía veinticinco, y venía disfrutando en exclusiva de un harén de veinte mujeres, la mayoría putas, que su padre le había comprado a los quince para que se desasnara. Pero sólo eran hembras... Aquella barragana de veinte, de nombre Urube, de su padre era algo especial: la mezcla de razas la había hecho un ejemplo de hermosura, solomillo gramo por gramo, si me permite, y la mezcla de sangres... un animal sexual que hasta le envidiaban los sucesivos golpistas y presidentes de la República de siete u ocho países de por allí. Una mujer de cama tan ardorosa y merecedora, tan auténticamente carnal, que aun estando grávida tuvo que compartirla con su hijo para que no se hiciera rendir honores por todos los braceros en edad viril de la finca y no tuviera él que matarlos a todos, con el consiguiente retraso de las tareas agrícolas. Entiéndame: él era un garañón de primera, pero ella no le iba a la zaga; además, él tenía sesenta y cinco años y ella veinte, y la preñez, al parecer, le calentaba el horno a la dama. Que jugara con mujeres no le importaba, se la mantenían encendida y distraída, y él participaba a veces con gusto, pero no consentía que aquella playa secreta la hollase un espolón que no fuera de su astillero. Sólo su hijo. Tanta combustión la mantenía lustrosa como una yegua consentida, y al viejo entero, ágil de cuerpo y despejado de mente... Con permiso”. Bebió su brandi, le sirvió más a ella (que no recordaba habérselo tomado) y siguió hablando.
“Rico, orgulloso, golfo, valiente, poderoso y conservador, cuando aquí acabó la Guerra Civil se puso en contacto con las autoridades del nuevo régimen para asegurar su posición y la de su fortuna en caso de regreso. Nadie sabe con total seguridad por qué su vuelta a España fue imposible: su fortuna sería muy bienvenida, pero él no. Alguien comentó que había pedido un título nobiliario y que los estúpidos generales de Franco no se lo quisieron dar porque no había vertido su sangre ni su dinero durante la contienda. Otros aseguran que su declaración de persona non grata se debió a que en su juventud había tenido contactos con grupos anarquistas y en su madurez como mercader trató con la guerrilla. Fuera por una causa o por la otra, ambas necias (un hombre como él habría pactado con el mismo diablo para asegurar la buena marcha de sus negocios..., y de hecho lo hizo: llegó a relacionarse con los nazis), el caso es que él no pudo repatriarse. Nadie vivo conoce su reacción ante aquella negativa: era ya muy viejo, en torno a los setenta, disfrutaba de excesivos privilegios para un hombre y, además, no se le había perdido nada por aquí. Yo no creo que lo lamentara sobremanera, ni demasiado tiempo; aunque nunca se sabe: el terruño... En definitiva, que se quedó con sus mujeres, sus hijos naturales, sus caballos, sus hombres... y mandó a su hijo.
“Por una casualidad, en un lote que el padre ganó o arrebató a otro español que hacía las Américas, había unos terrenos aquí en la sierra, con encinares casi hasta el Moncayo y una pequeña mina de oro. Esta comarca no es que sea precisamente el edén; pero el suelo era suyo, indiscutiblemente suyo, y el sentimiento de propiedad... es como el instinto de supervivencia de esa familia, oiga. Y lo mismo era en el hijo que en el padre. Su deseo de arraigo, como todos los suyos, era además implacable. Buscó entonces un sitio donde levantar una casa, y el lugar que disfrutaba de un clima más parecido al del trópico era la olla. Mientras se acondicionaba el terreno de la futura finca y se canalizaba el arroyo, se puso a buscar mujer y un arquitecto constructor. Se instaló en Zaragoza, a todo tren, comprando con facilidad voluntades, influencias y reputación. Desde allí llamó por teléfono a su padre.
“Había vivido treinta años con su padre, aprendiendo a mandar, viéndolo gobernar... ¿cómo se dice?... ‘sobre vidas y haciendas’, siendo el señorito a todos los efectos. Poseía ya el absoluto imperio de su padre y su carácter de hierro, irradiaba autoridad y seguridad en su poder, aunque en su caso el metal se veía refinado por el estudio, el trato mundano y el amor lobuno de su madre.
“Habló con su padre, sí... para quejarse. Después de los saludos de rigor y de ponerle al corriente del estado de los negocios y los proyectos, y de pedirle un flete de palmeras y otras plantas exóticas, le vino a decir que la gente era mal mandada, que no le obedecían, que hasta el más miserable peón se creía con derecho a dar su opinión; y que de todos los miserables, los peores eran los que vestían uniforme, que había que andarse con cuidado con los excombatientes, requetés, alféreces y gentuza de esa calaña, que confundían la valentía con la mala sangre, pero que, gracias a dios, también confundían el honor y los ideales con el oro y los intereses, y por ahí eran más manejables, aunque se había tenido que afiliar a un partido y llevar una escarapela para que le dejaran en paz, que ya veía de donde les venían las maneras a los milicos americanos; así que le pedía que le mandase, por lo menos, media docena de hombres de confianza para el cuidado de la casa y la finca. Y también se quejó de las mujeres. Las putas eran feas, tristes, torpes y malencaradas, y el comercio con ellas peligroso e incómodo.
“A su padre le dio un ataque de risa. Cuando pudo hablar, le comentó que tanto lo uno como lo otro eran rasgos típicamente españoles, y que ni catorce guerras civiles podrían cambiar eso. Le recomendó que siguiera buscando mujer, una de buena familia que comprendiera cuál sería su sitio en aquella casa y supiera parir, gastar, callar y guardarle la honra. De lo demás se ocupaba él.
“Y se ocupó... permítame.” , dijo Nucio, y bebió otra vez. También ella bebió, y encendió un cigarrillo. El hombre se la quedó mirando borrosamente hasta que se decidió a preguntar.
- ¿Cómo se llama usted?
- Diana.
- Diana... – repitió considerativo - Es de Madrid, ¿verdad?
- Sí.
- Sí... Y dígame, si no le molesta... ¿en qué trabaja usted, Diana?
- Soy analista bursátil, ¿y usted?
- Analista... Yo ahora soy perito; técnico del Ayuntamiento. Meee – hizo círculos con la mano – contratan para esto y para lo otro... ¿puedo? – sacó un cigarrillo del paquete de ella, lo encendió con torpeza, guiñó los ojos y reanudó su relato.
“Aquel primer flete vino a ser por el cuarenta y uno. Como no estaba terminada la casa, Senabre se instaló en una hacienda alquilada a las afueras de Zaragoza. Sobre todo (ahora le cuento) para no dar escándalo en la ciudad natal de la que iba a ser su mujer, la madre de Encarna, una señorita bien, educada, con la que Baldomero no tenía ni para empezar, pero que le abría las puertas de la alta burguesía aragonesa y catalana y prometía no darle problemas. De momento la damita había caído a sus pies, se había rendido, se había deshecho ante aquel ciclón tropical. Se fijó la boda a un año vista.
“Al principio de conocerla, Senabre había insistido en casarse enseguida, contra la costumbre y el decoro protocolario de la clase social de la que procedía su prometida, lo cual estuvo a punto de estropear el enlace y el negocio; pero la llegada del primer cargamento que le envió su padre le permitió fingir una paciencia que, por educación y carácter, no había tenido nunca. Le venían, además de un par de buenos capataces con sus familias y las plantas, cuatro mujeres: dos mulatas, una mestiza y una negra; dos jóvenes y dos maduras, pero las cuatro hermosas, experimentadas y... más que dispuestas... Usted ya me entiende.
“En cuanto llegaron, se encerró con ellas una semana, achacándolo, para eludir los compromisos sociales y comerciales, a unas fiebres tropicales recidivantes. Este pretexto de la enfermedad mal curada con recaídas intermitentes lo utilizó luego mucho en la finca: se recluía en el pabellón con Talita y las otras, y no dejaba acercarse a nadie con la excusa de no contagiarlo de aquel morbo incurable. Se suponía que ellas, sus criadas tropicales, lo habían pasado de pequeñas. Y en cierto modo, así era.
“Se casaron cuando estaba previsto. Y al año siguiente, ya viviendo en la casa, nació María de la Encarnación del Señor Senabre del Torcal, Encarna, que vendrá a tener ahora unos...”, calculó mentalmente, entornando los ojos ya enrojecidos “... cincuenta y tantos maravillosos años. En fin.”
“Baldomero había instalado en el pabellón a sus mujeres, y discretamente se aviaba con ellas cuando necesitaba un desahogo o tenía el día verriondo, y además ellas trabajaban en la cocina y el servicio doméstico. Doña Rebeca del Torcal, todavía por entonces ‘Rebequita’, no era estúpida, pero había recibido una educación católica, conservadora, pacata... y aunque al principio se había esforzado, dentro de su limitada capacidad e imaginación, por complacer a su marido (se casó con veintitrés años, y muy enamorada), terminó por comprender, entre humillada y humilde, aunque no sin larvada rebeldía, el futuro que le esperaba con un hombre que tenía su propio burdel en casa. Ella era la señora indiscutible, aquellas fulanas eran sólo la diversión, la expansión necesaria de un hombre fogoso, de una naturaleza volcánica. Así quería entenderlo ella. Además, la obediencia debida del sacramento matrimonial tal como lo profesaba por educación Rebequita, la paciencia, el aguante, el sufrimiento (y otras virtudes no menos cristianas, no menos victimarias) que le habían venido recomendando el sacerdote y su propia madre durante los meses previos a la boda le impidieron andar montándole querellas a su marido o ir por ahí lamentándose o tratar de prohibirle aquello cuando ya no le cupo la menor duda. Y se fue acostumbrando; pero también a tenerle rencor. No se lo dijo, no le dijo que aquello la humillaba y la ofendía, que era una falta de respeto. Y... ¡gracias que no lo hizo!: en América él nunca (lo había visto en su padre) se habría tenido que inventar subterfugios para... joder como un macho (perdone, pero así es como se veía y debe verse la cosa), jamás habría tenido que mentir ni arbitrar argucias para visitar una hembra, nunca se habría tenido que ocultar. Y menos aún con el paso de los años: si su padre conservaba su poder con cerca de ochenta años era en parte porque todavía podía elegir el momento y la mujer a la que satisfacer y con la que aliviarse. Por esta necesidad de ocultamiento, que lo humillaba en secreto, odiaba un poco a Rebequita y hasta la despreciaba. Así que... gracias que no fue a quejarse a su marido. Sin embargo, ella no pudo menos que terminar mandándole a su confesor con motivo de la comunión de Encarnita
“Las pretensiones de aquel capellán son fáciles de adivinar: que se deshiciese de aquellas mujeres, que se ajustara al seno de la familia católica cristiana; y sus argumentos también lo son: que la niña ya tenía conocimiento y acabaría por enterarse de que su padre vivía en pecado, que incluso existía el peligro de que le hablasen y hasta de que lo viese con sus propios e inocentes ojos infantiles, y ya sabía lo que el evangelio decía del que escandalizare a un niño; que un hombre de más de cuarenta años ya no tenía necesidad de esa promiscuidad, que si seguía conduciéndose así era ya por costumbre o por vicio...., en fin, cosas de ese estilo; y supongo que también esgrimiría otros razonamientos y persuasiones más... profesionales. No se sabe. Lo único que de aquella conversación trascendió fueron las irrefrenables, jocundas, gozosas carcajadas que se oyeron salir del despacho del amo, y que siguieron brotando a borbotones imprevisibles y festivos de regocijo infantiloide, casi impropios de un hombre serio como aquel, cuando ya se había ido el abate, durante toda la mañana y el resto del día.
“Esto no benefició las relaciones entre Baldomero y Rebeca. Ella fingió conformarse y él siguió haciendo su vida como hasta entonces. Pero este estado de cosas se alargó sólo unos pocos meses más, hasta que llegó Talita.
“Era un regalo de su padre. Cuando se presentó, con un criado viejo, tenía dieciséis años, el palmito de una princesa de cuento y los ojos de un dragón. Sigue vivo algún viejo aparcero que la vio asomar ese día: se presentó con el pelo suelto hasta el sacro y un vestido de gasa que se le pegaba a la carne de teca pulida, nada más...: era tan hermosa que daba miedo, y su sonrisa te convertía instantáneamente, fueras quien fueras, en un criminal o en un suicida. Su piel parecía fluctuar, ir madurando por momentos; se volvía urgente, primario poseerla hasta fundirse y convertirse en un perro lelo como todos los chuchos de la finca, hasta los más feroces, que venían a recostarse a sus pies como si fuese el seno de su madre o el lecho de su tumba. Las cuatro hembras del amo se prendaron inmediatamente de ella, y lloraban a solas cuando le concedía a alguna de ellas el privilegio de bañarla: la agraciada de felicidad, las otras de desesperación. Muchos años más tarde, en circunstancias que prefiero por ahora reservarme, una de aquellas cuatro mujeres me contó algo que... échese más, échese, y écheme a mí también un poco, por favor.”
Diana había vuelto a beberse el coñac y ya se rellenaba ella sola el vaso. Rellenó también el de Nucio y lo animó a seguir hablando con un gesto.
“A veces, Talita - me contó esta mujer -, les regalaba un espectáculo que... sólo sé que las volvía locas, y volvería loco a cualquiera... si es que es verdad... que no lo sé... a cualquiera menos al hombre más templado, que era Baldomero Senabre, que era el amo. Le explico: se subía a una mesa, se recostaba, abría las largas piernas desnudas y les mostraba (la falda se le subía hasta el vientre; nunca llevaba bragas) y les mostraba el sexo lampiño, cuyos gruesos labios comenzaban entonces a moverse (y, mientras, ella, canturreando, moviendo el cuello, entornando los ojos, sonriendo a la música secreta, mirando distraída por la ventana cómo se contoneaban las palmeras haciendo el ruido seco de las olas), comenzaban, decía, sus labios a moverse bien como alas de una mariposa, abriéndose y cerrándose lentamente, bien como dos gordos gusanos carmesíes que bailasen un ondulante, hipnótico y húmedo tango... de abajo arriba, de arriba abajo, separándose con hilos de almíbar, juntándose apretados...”
Nucio corrigió su postura en la silla y sonrió a la mujer algo azorado. Al mirarla mejor, pareció darse cuenta de algo.
- Perdone... La he incomodado...
- Nnno, siga – dijo Diana, pero se notó el rostro acalorado. Había sido por mirarla. Se había ruborizado. Desvió la cara a la derecha. Nucio siguió sus ojos y comentó:
- ¿Ve cómo respira?
- ¿Qué?
- El Cristo... se le alza el pecho al ritmo de la respiración... ¿Lo ve? – Ella se fijó, y así parecía; era cierto. Más que antes.
- El cristal es antiguo y hace aguas. Cuando usted respira, levanta ligeramente el torso, su vista atraviesa un viso del cristal y el pecho de la imagen parece dilatarse; al soltar el aire, el efecto es al contrario. Pruébelo – ambos lo observaron moviendo la cabeza -. El llevar uno dentro suficiente agua bendecida– añadió, señalando la botella de alcohol -, también ayuda. Más de uno se ha puesto a echarle cuentas o a pedirle perdón a gritos aquí mismo. Hasta hay quien le canta saetas... Salud – había llenado los vasos, levantó el suyo y se mojó los labios una, dos, tres veces hasta mediarlo – Talita... - dijo, saboreando el nombre -, cuántos trucos sabría...
“En fin: aquello se lo había enseñado su madre. Y lo más asombroso es que era virgen; la puta más puta de todas ellas, la más innata, vocacional, natural, ingénita reina de las ninfas de catre estaba tan entera como la manzana del paraíso; una doncella con más artes y ciencias, con más armas y letras, con más mares de rijo y sangre de Venus que la más lúbrica y sofisticada meretriz....- evocó o reflexionó nostálgico.
“Nada raro, por otra parte, que una mujer, aunque sea virgen, sepa sus... picardías. De no ser porque venía de manos del follador universal, y uno de los pocos hombres, junto con su hijo, que podía hacer justicia a una sacerdotisa o concubina o esclava como esa. Me dirá usted que, efectivamente, a su hijo se la daba, que él ya tenía más de ochenta años y querría que, puesto que él ya apenas podría, la disfrutase su heredero, y no pasara así de sus manos a las de uno o varios extraños; me diría que él ya había disfrutado de aquella otra, de Urube, y la había muchos años antes llegado a compartir con ese mismo hijo para alejarla de la vara de otros jinetes... Me diría eso y más, y diría bien; pero no fue por eso.
“Si hubiera sido por eso, la habría disfrutado él durante un mes, un año, lo que hubiera podido, y luego se la habría mandado; pero... ¿enviarla virgo? No. La despachó de ese modo por muy otra razón, y esa razón venía explicada en la carta que traía la niña como unas instrucciones de uso, y que le entregó el anciano custodio en propia mano al señorito Baldo.
“¡Cuántas desgracias trajeron aquella carta y aquella inconsciente niña súcubo, aquel alegre ángel de las tinieblas! En la carta, Baldomero padre explicaba a su querido hijo cómo había intentado defender a Talita primero de las iras de su mujer octogenaria, luego de la envidia de las otras ahijadas y finalmente de la lujuria de los hombres, que hacerlo había sido fácil mientras que era impúber, mientras su madre la criaba y educaba casi en secreto y mientras él, por su parte, las protegía a las dos; pero que ya, como se echaba de ver con sólo mirarla, se había llegado a hacer una tarea imposible destinada al fracaso. Había ya que tratarla y gozarla como mujer y como hembra, marcarla como propia y acostumbrarla a la propia montura, y de eso tenía que encargarse él, Baldomero hijo, ya que, por el bien de su alma, él mismo no debía hacerlo, puesto que se trataba de su hija: era su hija habida con Urube dieciséis años antes, y por tanto la hermanastra o medio hermana de Baldomero hijo.
“ ‘Si la sigo viendo y oliendo un día más’, venía a decir la carta (que Encarnita me ha mostrado hace poco, amarillenta y con la tinta desvaída y la letra antigua), ‘si la sigo viendo y oliendo un día más, terminaré por vencer el postrer escrúpulo, que cada atardecer que pasa es más endeble, y acabaré tomándola; y ya, con la edad que tengo (más de ochenta, ya sabe), he de ir pensando en la comodidad de la plaza que se me destine en el infierno; porque de ir allá tengo seguridad completa y ya barruntos en el sueño’. O sea, que se la quitaba de delante. Mas como sabía cuánto valía, se la mandaba al hijo, por si el no haberse criado ambos como hermanos (y el no serlo salvo de padre), tanto como el menor grado de consanguinidad entre ellos, y la por tanto menor gravedad del incesto seguro (casi eran más primos que hermanos, y la iglesia concedía dispensas para primos carnales), persuadían al heredero y lo animaban a vencer el tabú y, despreciando todo resto de melindrosa desazón moralista, apartando los últimos reparos de la conciencia del cobarde, ahogando el rescoldo del miedo supersticioso, la adoptaba de concubina reina, puesto que (seguía más o menos diciendo aquel papel) era el mejor momento para los dos (ella tenía, como ya le dije, unos dieciséis, él cuarenta y pocos) y ya veía (en esto insistía mucho, no sé muy bien si por orgullo de padre o en calidad de semental y experto) ya veía la calidad de lo que le mandaba; pero que no la tuviese en casa ni un día de más, porque si tardaba en decidir y al final se dejaba llevar de la carne y la tomaba sin tener tranquilo el fuero interno ni el juicio limpio y sereno, los remordimientos le acabarían amargando la vida y los placeres. Si en un día, aquel en que recibiera y leyera la carta, o a más tardar con el siguiente, no había logrado librarse de la comezón de que se iba a encamar con su propia hermana y de que eso estaba mal, le ordenaba alejarla sin dilación de sí y promocionarla para el matrimonio como hermana suya, con dote justa y a marido que a él le pareciese bien, y fuese bragado y de la misma clase que su propia mujer, con la única condición (a que se tenía que comprometer por escrito el futuro marido) de vivir lejos de su finca. ‘O acaso,’ terminaba la carta, ‘y que Dios me perdone por lo que voy a sugerirte, si diere señales de, con la libertad entrevista y la voluntad que acompaña a los años, querer hacerse mujer pública o libre, alegre o famosa, y ponerse a putañear por ahí, por España, como es fama que algunas lo hacen so capa de ser artistas, mándala matar en secreto para que no se malbarate, desperdicie y malogre, y no nos avergüence la sangre como padre y como hermano, y aun como hombres.’... Eso decía... ¿Qué le parece?...Sí, sí, beba... Naturalmente que no la mató... No dudó ni un minuto: la instaló en el pabellón y la convirtió en mujer y en su preferida esa misma noche.
“Aun sin conocer el vínculo de sangre que unía al amo con la nueva manceba, a partir de entonces a nadie se le escapó la debilidad (si es que a aquella frenética querencia puede otorgársele ese nombre tan frágil e indolente) que tenía el señor por la favorita, los privilegios de que esta disfrutaba (dentro, claro está, de su estatus de hembra de camastro) y la predilección que sentía por su trato frente al de cualquier otra mujer. Rebequita..., Rebeca..., la Señora, que ya iba teniendo edad para el rencor profundo, fue de las primeras personas en notar aquella privanza de la zorrita de la cabaña, y la que con más razones se resintió; como mujer preterida, como esposa celosa, por orgullo de clase... Creyó entonces poder castigarle exacerbando sus gestos de dignidad ofendida, uno de los cuales fue, nada más y nada menos, negarse a tener más hijos con él.
“Sabía que dar continuación a su estirpe mediante un heredero varón era uno de los anhelos de Baldomero, quien soñaba con arraigar su casa y su apellido en la Península a través de una línea sucesoria directa, y quiso presionarlo así, una vez más, para que dejase el serrallo del pabellón. Pero el metal del carácter de los Senabre era mucho más duro y rígido de lo que el orgullo femenino y de casta podían siquiera suponer. Amenazó seriamente con repudiarla por inútil si no se avenía a seguir tratando de darle su heredero legítimo, y con engendrar en la zorrita de abajo, como ella decía, uno ilegítimo al que reconocería para que heredase su hacienda incalculable y el nombre de Senabre.
“Eran dos órdagos muy graves; trágicos, en verdad. Y lo único que podía, cuando menos, alejar la catástrofe era llegar a un compromiso, ganar tiempo u olvidar que habían tenido aquella conversación. Lo dramático del asunto exigió que hicieran las tres cosas.
“Su mujer, que aún era aceptablemente hermosa, continuó permitiendo que Senabre, con una regularidad asombrosa, hiciera por sembrarle dentro al heredero. Baldomero, por su parte, que no era estúpido y conocía las complicaciones y el auténtico desvalor social de la bastardía, espació sus visitas al pabellón, recortó a sus habitantes algún privilegio sobrevenido y siguió impidiendo, bajo coacción o amenazas, que ninguna de ellas quedara embarazada de él ni, por supuesto, de nadie. Para compensarlas por aquel ostracismo en que se veían de nuevo obligadas a vivir, ciertamente como en harén o gineceo, les construyó el parque zoológico. Pero como no podía montarlo descaradamente para ellas, y como además quería en verdad a su hijita Encarna, y sabía que a esta le gustaban los animales, pensó otra cosa: lo convirtió en un regalo de cumpleaños.
“Se puso en contacto con su padre a fin de hacerle al corriente de todo lo ocurrido y para pedirle que le proveyera de animales salvajes (y en haciéndolo mostró su padre el alcance de su poder y lo mucho que se congratulaba de las resoluciones de su hijo), y, por su lado, mandó ir reformando los corrales para que en el siguiente aniversario de Encarnita estuviera ya instalado y habitado el pequeño zoológico casero; como así sucedió. Hizo comprar también una diminuta calesa y un poni rucio para que la niña se pasease por la finca entre los árboles del bosque cultivado o entre las palmeras y las jaulas de los animales del lado tropical.
“Así ganó algún tiempo y las mantuvo a todas contentas y entretenidas mientras él se dedicaba a los negocios, para los que, cada vez más a menudo, tenía que desplazarse a Barcelona. Si alguien reparó en que el paseo que vertebraba la zona de las jaulas bajaba también hasta el pabellón de las palmeras, bastaría con decirle que aquellas mujeres daban de comer a los que cuidaban a los bichos, o a las mismas fieras, o que las fieras las cuidaban a ellas, o se prolongaban en ellas, como creían las damas que doña Rebeca se había traído de casa de su padre.
“El parque animado era así la frontera entre dos mundos, un finisterre protegido por monstruos, una zona salvaje que sólo atravesaban los peones empleados en el zoo, el señor, a sus gustos, y Encarna sobre el asiento de su coche. Pero allí abajo (sobre las demás mujeres, sobre los braceros de la palma, sobre los alimañeros, sobre las mismas bestias) comenzaba ya a gobernar Talita.
“Por esto del parque, por otras muchas cosas, por afinidad, Encarna adoraba a su padre: lo veía trabajar con rigor monacal en su despacho, como un sabio a quien, sin embargo, no importaba detener la labor para abrazarla; lo observaba discutir y reír con hombres que venían a visitarlo trayéndole regalos, y cómo todos lo respetaban; lo acechaba irse y volver en su coche con chófer pero estar siempre presente en los compromisos familiares, donde se comportaba con cortesía, amabilidad y una elegancia de salón que sorprendía y encantaba a quienes lo habían supuesto, por habladurías, un sujeto imposible; y por la finca lo espiaba ayudando a los caballerizos, con gran escándalo de su secretario, o refrescando el patio con la manguera, o interesándose por la salud de los hijos de los obreros o de los animales; o lo avistaba, de lejos, sentado en el porche del pabellón, con los pies descalzos en la barandilla de madera pulida, relajado y tomando, rodeado de mujeres oscuras, sonrientes y cantarinas, bebidas de colores. Para Encarnita (que, no olvidemos, tendría por entonces, en aquella larga temporada de felicidad, entre los nueve y los quince años) era normal que todo el mundo estuviese loco por su padre. El que aquellas mujeres (las cuales, por otra parte, siempre se condujeron de manera excelente y digna con ella, según cuenta) manifestaran su admiración y amor por su padre con más abrazos y más besos que los demás de la casa – y siempre que ella se suponía que no estaba presente, ni cerca, ni lo veía siquiera – le parecía a Encarna perfectamente natural: ella también lo hacía.
“Yo la conocí por entonces, en el colegio, y era una amazona indómita y resuelta. Le costaba acostumbrarse a la disciplina escolar, pero don Baldomero había sugerido (y por una vez la madre estuvo de acuerdo) que debía socializar y refinar su trato. Y lo que decía su padre era siempre justo y bueno.
“Por aquellos años, también, había alcanzado ya una comprensión de la vida superior a la que tendríamos el resto de su promoción veinte años más tarde... (En los setenta, ella venía de vuelta; figúrese). Lo veía casi todo, y fue entendiendo cada vez más. Sentía sobre ella el amor de su padre y el de su madre, contemplaba sus virtudes y sus defectos, y comprendía sus respectivas razones sin prejuicios, y sus prejuicios sin necesitar de razones. Tuvo suerte además de que Rebeca fuera de tan buena familia que nunca aireó sus asuntos en público ni predispuso a Encarna contra su padre; ni a Baldomero le inquietaba tanto su mujer como para quejarse de ella ante su hija. En cuanto a los empleados de la finca, casi ninguno se atrevió a decirle nada que no hubiera descubierto y dicho antes la propia señorita; como mucho, ante la jovencita se cruzaban silencios, miradas, insinuaciones de cuyo sentido profundo ella ya solía estar al cabo.
“Encarna nunca había visto llorar a su padre hasta que llegó noticia urgente de la muerte del abuelo. Había muerto de repente, de un aneurisma cerebral, mientras cabalgaba en una partida de caza que ya duraba cuatro días, con cerca de noventa años. Baldomero no llegaría al entierro, pero aun así salió inmediatamente, solo, para América. Allí permaneció cerca de cuatro meses. Encarna asegura que cuando regresó no era el mismo. Seguía siendo un hombre fuerte y seguro de sí, pero hasta entonces no había tenido nunca aquel nuevo comportamiento taciturno. Sufría largos periodos de silencio, de tristeza seria y concentrada, y como para arrancarse la aflicción, de pronto, a cualquier hora del día o de la noche, levantándose de la mesa o saliendo de la cama de su mujer y atravesando la finca a la vista de todos, bajo el claro de la luna, iba a consolarse al pabellón, cuya posesión era una de las cosas que más le recordaban y vinculaban a su padre muerto, y donde era más rey que nunca, más amado que nunca, donde también bebía más de la cuenta. Talita tenía entonces veintidós o veintitrés años, y como resultado de aquella consolación desaforada, quedó en estado.
“Cuando hubo de enterarse, cuando se lo tuvieron que decir aterradas, a Baldomero no le cayó la noticia del todo mal. Siempre ufana ser capaz de engendrar, y no pensaba, supongo, ni de broma, hacer al bastardo heredero de nada ni, por supuesto, reconocerlo como hijo, si es que era un varón y no otra zorrita bastarda... (perdón). Tal vez Senabre prometiera, o dejara entender o creer demasiado cuando estaba borracho o encamado, o las dos cosas, y luego no tuviera coraje de negar lo dicho o sugerido; no era hombre de negar la palabra dada. No se sabe; sólo que, enterado del tema, bien pudo alejarla de allí, hacerla abortar, obligarla a ocultarse, mandarla de vuelta o lo que fuera, y sin embargo no hizo nada, y tal vez hasta se complaciera en verla ir engordando de su hijo y que eso, a su vez, le acercara a su padre muerto.
“No tardó en saberlo todo el mundo en la finca. Como en cualquier otra parte, allí los secretos era lo primero que se divulgaba. Y sin embargo, a nadie se le ocurrió irle con el cuento a la Señora. Repito que todo el mundo, allí, idolatraba a ese individuo; no querían verle reñir con su mujer, ni verle sufrir su furia, ni verlo debilitado por discordias domésticas. Era el capitán del barco. Perderían todos. El que no se alegraba por él de lo del embarazo, lo perdonaba, comprendía o envidiaba, además de estarle agradecido y respetarle como hombre y como amo, y la que no envidiaba a la caribeña, sentía al menos admiración reverencial por el señor. Cualquiera diría que, en un entorno así, el niño podía nacer, crecer, hacerse hombre y marcharse a su vida sin que su paso por la hacienda hubiera trascendido a los aposentos de la dueña. De no ser por don Salustio Expósito Rincón.
“Don Salus ya tenía setenta y ocho años cuando, en calidad de hombre de confianza del indiano, vino a morir a España custodiando la virtud de Talita y la carta del patriarca. Por entonces, siete años más tarde, envejecía y se iba muriendo lentamente recostado en su hamaca al sol, respetado e ignorado por todos, murmurando ensalmos y plegarias a los que nadie había prestado nunca atención. Hasta entonces.
“Había sido siempre un huérfano solitario, era casto y devoto de cierta religión americana, caribeña o africana; un culto supersticioso y mágico con ritos y ceremonias que don Salus no practicaba por falta de hechicero, pues él, al parecer, no estaba facultado para invocar a los espíritus. Esto le hacía parecer un beatorro pasivo de la secta; pero, por lo visto, sus dogmas, leyes y maldiciones los conocía perfectamente; y los temía piadoso.
“Tan pronto como se enteró de la preñez de la joven, se presentó en la cabaña, tiritando de fanático celo y de vejez, para exigir - con tan exigua voz y tan mísera presencia corporal, que más que ordenar un sacrificio, parecía estar mendigando un perdón - que malograsen al anticristo, que lo matasen en la barriga. Las cinco mujeres lo miraron con pena. ‘Ya se volvió loco el viejito’, debieron de pensar, tal vez dijeron, y lo quisieron mandar afuera con la recomendación de que se protegiese del sol con un sombrero. El viejo porfió: que el fruto del incesto era maldito y traía desgracias incontables, que el tabú defendía esa puerta de la entrada de los demonios en el mundo. Las dos mulatas y la negra se quisieron asustar y se abrazaron abriendo mucho los ojos, pero Talita, por muchas razones, y con su creciente autoridad, no quería ni oír hablar de maleficios ni tabúes ni abortos, y terminó teniéndolo que echar de allí ella misma de malos modos.
“El anciano se acurrucó a esperar el regreso del amo con los ojos fijos enloquecidos y un bisbiseo de culebra. Y en cuanto llegó, corrió (es un decir) a advertirle de los riesgos ciertos, inescapables, en que les estaba poniendo a todos aquella barriga. Le pintó un panorama horripilante, lleno de monstruos, sangre y sufrimiento moral y físico, le rogó, le lloró de rodillas con las cuencas ya secas; pero Baldomero Senabre hijo, ya un hombre de otra época, de otra educación, y otra cultura... Con la cabeza en otra parte... Lo trató bien, lo escuchó con paciencia, lo tranquilizó cuanto pudo, pero incomprensible, escandalosa, trágicamente, según entendía el carcamal, desoyó sus palabras. O sea, que no le hizo el menor caso.
“Y al viejo no se le ocurrió otra cosa que ir a contárselo (todo preocupado, todo compungido, todo tremente de fervor, todo ofuscado de demencia y de miedo) a la señora. Subió por primera vez a su gabinete, se plantó ominoso ante doña Rebeca y otras mujeres que andaban por allí, y se lo soltó con pelos y señales, genealógicos e infernales, para que la señora se hiciera cargo de la gravedad del desastre que se avecinaba... ¡Y ya lo creo que se hizo cargo!, y de paso notó enseguida que, salvo ella, todo el mundo en la casa sabía hasta los mínimos escabrosos detalles del asunto.
Ni su propia hija sabe qué le afectó más: si el enterarse de que su marido cometía incesto con su hermanastra, el que esta estuviera embarazada de su marido (quien en una ocasión la había amenazado con reconocer a aquel hijo si era varón. Lo pensara hacer o no, la cuestión era que lo había dicho), o el que la gente que la rodeaba lo supiera y nadie le hubiera dicho nada, ni siquiera sus criadas más directas. Mandó salir a todo el mundo y se encerró a reflexionar. De allí salió ya con las entrañas pudriéndosele, poseedora de un resentimiento maduro, frío y vidrioso, y decidida, de momento, a dos actuaciones: a arrojar a su marido de su lado definitivamente (de su cama, de sus aposentos, de su mesa, de su presencia, casi de su casa), y a tener con él una segunda conversación. De aquella segunda charla salió expulsado (no volvió a dormir en su cama) y comprometido a no reconocer a aquel hijo y a dictar de inmediato testamento a favor de ella, de doña Rebeca, y de su hija Encarnación, sin reservas ni codicilos ni mandas complementarias que incluyeran a aquellas mujeres ni a su vástago, si nacía. También se comprometió a echarlas de allí en un plazo de cuatro meses, si no quería que su familia de Zaragoza, el Obispo y el Comandante de la Guardia Civil (mi padre) se enteraran de todas sus abominaciones y lo metieran en la cárcel y lo arruinaran. Esto era a finales de los cincuenta, España era de católica que daba miedo, y un pronóstico como ese debió de causarle respeto al mismo Baldomero Senabre, que era como decir al mismísimo Satanás.
“Y entonces, yo me enamoré de Encarnita.
“Yo, naturalmente, casi nada sabía de lo que venía ocurriendo en la casa, sólo que cuando veía a Encarnita en la escuela preparatoria, el día se me iluminaba de pronto y nada contaba salvo ella. Aquí en Sudencia éramos pocos niños, era la posguerra y era en el campo. Mi padre era guardia civil y había hecho la guerra. La había ganado, claro, y por eso estaba un poco intoxicado. Creo que mi padre sabía lo de “las negras de Senabre”, como se las llamaba por el pueblo, y que hacía la vista gorda porque el señor Baldomero, el Indiano (aquí no se conocía al padre, que era el verdadero indiano; pues el hijo era más bien criollo trasplantado) porque el Indiano había dotado muchos servicios municipales y gastado dinero propio en mejorar instalaciones y espacios públicos. A nadie le interesaba meterse en asuntos ajenos. Y como además no había cura propio porque no había parroquia, en La Carantona se hacía la vida que se quería. Corrían bulos, pero yo no supe nada cierto hasta que Encarna, un día, me invitó a ver los animales.
“No sabría decir qué me emocionaba más, si ver al cocodrilo de dos metros o subirme a aquel cochazo negro con ella al lado.
“Me vinieron a recoger por la tarde. Fuimos hundidos en el cuero del asiento de atrás y cogidos ocultamente de la mano todo el camino hacia la finca, mientras el chófer moreno, Germán, sonreía haciéndome preguntas. Con solo cruzar el canal, ya se sentía el calor. Había gente trabajando en las palmas, y un montón de perros sueltos y corriendo de acá para allá o sacando la lengua en la umbría de los árboles.
“Usted ha visto la casa. Imagínese: yo únicamente conocía una casa cuartel de antes del treinta y seis. Encarnación estaba tan hermosa, tan desenvuelta, saludando a todos, soltándose el pelo negro y brillante, que yo no sabía dónde mirar y me tropezaba con todo. No era una niña como las demás, ni vivía una vida triste y miserable como la nuestra... Nos subimos al carrito de caballos con el poni tirando al trote y corrimos por el bosquecillo, por pasillos en alta sombra de castaños, seguidos y festejados por una docena de perros de diferentes razas. Nos detuvimos en un recodo (“¿Tu padre es cazador?” “No” “¿Y esos perros?” “Nada, que aparecen y se quedan”) y nos besamos. Le toqué el pecho por encima del áspero chaleco, y ella me dio un bofetón gozoso, riéndose. Hasta eso me gustó. Luego me dijo: “¿Quieres verlas?”, y sin esperar respuesta se levantó la ropa y me enseñó los senos. “Ya está”, se bajó rápido la blusa, cogió las riendas y salimos de allí algo mareados. Atravesamos la arboleda, salimos al paseo de entrada y subimos hacia los corrales y las jaulas.
“Nos cruzábamos con braceros que, invariablemente, saludaban con sonrisas a la señorita. Allá arriba estuvimos cerca de dos horas viendo los animales: hicimos gritar a los loros, un rebaño de antílopes pequeños como cabras estuvo comiendo trigo de nuestras manos, acaricié el lomo vivo, caliente y negro de un búfalo asiático cuya mirada hostil me hizo sentir incómodo, vimos avestruces, cuatro llamas, y un cuidador antillano con los dientes muy blancos hostigó con una vara al cocodrilo (“¿Y no se escapa?” “Sólo cuando no se lo ve, para que así no lo maltraten”), pinchándole la blanda barriga, para que abriese la boca e hiciese látigo con la cola mortal. Vimos de lejos el pabellón, pero aquel día no bajamos. Regresamos a la casa con el sol ya un poco declinante. Por el otro costado de la casa entramos a una gran cocina del piso bajo. Había una gran mesa central para que comiese el peonaje, el suelo estaba lleno de grandes cestas de legumbres, y decenas de gallinas colgaban muertas de ganchos de la pared. Unas mujeres serias como monjas que atendían los fogones y se movían como hormigas nos hicieron sentar y nos dieron pan con aceite y un tazón de leche merengada a cada uno. Encarnita me hablaba de ellas con cariño y como si no estuvieran o fueran sordas ( “Esta es Rita, es de Albacete, se casa en noviembre; aquella...”), y eso era normal, y agradable.
“Apareció al fin el chofer moreno para llevarme a casa. Ella sólo dijo “adiós”, me besó en la mejilla y subió corriendo una escalera.
“Fue el día más feliz de mi vida. Hasta entonces y desde entonces.
“Luego vinieron otros. Me venía a buscar en el coche o iba yo andando y entraba por la puerta de la finca tranquilamente, saludando a los braceros y los perros. Dábamos paseos en el carrito; le sacaba algún beso, algún achuchón, y yo me preguntaba cuándo me echarían de allí, cuándo se querrían enterar su padre o su madre de que un chico del pueblo se paseaba con su hija por la finca con las peores intenciones. Ella me decía que pronto me los presentaría; pero no lo hacía, y a mí, francamente, no me preocupaba. Ya sólo me inquietaba la posibilidad de... tocar a Encarna y de que ella me tocase. Estaba tan desesperadamente enamorado de ella que hasta mi inteligencia se apagaba cuando no estaba a su lado.
“Un día, entre los besos y las jaulas, me contó triste que sus padres no se hablaban, que ya no vivían juntos, que su padre llevaba un tiempo durmiendo en el pabellón del palmeral.
- ¿Con las negras?
- Sí. Oye, ¿y tú cómo sabes lo de las negras?
- Lo sabe todo el mundo. ¿Y tu madre le deja?
- Le ha echado ella. Ven.
“Nos acercamos por la parte de abajo, sin ser vistos, caminando de la mano entre las palmeras, hasta el pabellón. Tenía las persianas grandes de palo fino echadas por encima de la barandilla del porche que rodea toda la cabaña, de modo que no podía verse el interior; pero sí se oía música melódica y la voz dulzona y gangosa de un cantante negro de boleros. El sonido llegaba nítido y débil como si todas las ventanas, cubiertas con visillos que se agitaban con el aire, estuvieran abiertas. Nos acercamos casi hasta el primer peldaño de la escalera de la puerta, pero oímos una risa de mujer y retrocedimos.
“Volvíamos, sin decir nada, hacia el portón. Yo tenía que irme a casa. Encarna dijo: “Una está preñada”.
- ¿Una qué?
- ¡Una de las negras, jolín! Está preñada de mi padre, por eso mamá le ha echado de casa.
- ¿Y por qué no echa a la negra?
- Papá no le deja. Le gustan las negras, las cuida y se entretiene con ellas; y ellas le quieren. Además él es muy hombre.
- Ya.
- Se acuesta con todas. Es un cabrito y ellas unas perras en celo. Pero si le conocieras... Es de fuerte y bueno...
- Ya veo – dije triste, no sé por qué. Por envidia o por celos. Encarna lo notó y al despedirnos en el puente me dijo al oído: “Mañana lo hacemos tú y yo”.
“Al día siguiente, por la tarde, me presenté junto a la calesa con el corazón convulsionado. Podía haber entrado por el portón, como otros días, pero la culpa anticipada me hizo saltar la reja por el extremo sur, donde el canal era más fácil de vadear. Avanzando por el bosque se me unieron dos perros; y así, sobresaltando la penumbra fresca de helechos y cornejas, llegamos a la parte de atrás de la casa y al túnel donde estaba el cochecito. No tuve que esperar mucho. Me cogió del brazo sin hablar y me metió en la cuadra del poni, que olía a heno podrido y a meados. Nos apoyamos contra la pared más limpia, y al besarnos con los dientes oíamos patear al caballo, alborotado por nuestra presencia y nuestro amor. Por debajo de la blusa toqué su pecho estremecido, y cuando bajaba la mano por el costado me preguntó si la quería y me pidió que lo hiciera suavecito. Aparté un poco la braga de algodón y al rozar con la punta de los dedos una protuberancia velluda, hasta nosotros descendió una voz tranquilamente autoritaria.
- Ya está bien. Saca la mano. Sube a tu cuarto.
“Me volví aterrado. Allí estaba, surgiendo de un violento contraste entre la oscuridad y la luz, la madre de Encarnita. Era una mujer alta, con el pelo rubio recogido en un moño, la piel muy clara y ojeras tan profundas como la raya del mentón. Tenía los brazos cruzados. No acababa de llegar. Encarna intentó darle una explicación, pero era inútil. La echó de allí. Cuando se aseguró de que ya no estaba cerca, se volvió hacia mí, que no me había movido una pulgada. Aquella mujer siempre te miraba a los ojos. Los suyos eran azules, decididos y tranquilos.
- Tú eres hijo de Ramiro.
- Sí, señora.
- ¿Sabes lo que te haría tu padre si se enterase de esto?
- ...
- ¿Te figuras lo que te haría mi marido?
- ...
- Si tienes tanta necesidad... baja ahí a la cabaña de las negras; pero no vuelvas a tocarla, ¿entendido?
- Sí, señora.
- O mejor... no vuelvas nunca por aquí; no quiero verte ni aquí ni con Encarnación... Yo me entero de todo... Y te arrepentirás... Súbete la bragueta y vete corriendo. Ya.
“Encarna me había bajado la bragueta del pantalón sin que yo lo notara. Me la abroché, salí y corrí como nunca lo había hecho, sintiéndome un mierda y un cobarde, casi contento.
“Los días siguientes, en el colegio, casi no nos atrevíamos ni a dirigirnos la mirada. Ella me sonreía y yo pensaba que ya todo el mundo sabía lo que había pasado; pero, claro, no era así.
“Un miércoles llegó llorando. Sus padres habían tenido una fuerte discusión; se habían lanzado acusaciones y amenazas horribles, y su padre se había ido a la cabaña dando un portazo. Su mujer le había conminado para que cumpliera sus promesas y, lo primero, echara a las mujeres de inmediato. Había sido casi un ultimátum, y a Baldomero no se le podían plantear ultimátum impunemente. La cruel soberbia pirática de la sangre de los Senabre había salido a relucir entonces, y había amenazado con echarla de allí a patadas, con repudiarla. La había vejado a gritos y había hecho escarnio de su familia, tildándolos de arribistas y buitres. Encarnita no sabía qué podía pasar, así que quedamos aquella misma tarde en un recoveco de la arboleda de la finca.
“Cuando hube comido me escapé de casa y anduve perdiendo el tiempo por ahí, imaginando qué podía pasar si me cogían dentro, hasta que se acercó la hora de la cita. Salté la verja por donde la otra vez, y fui siguiéndola por dentro, tras la primera fila de gruesos troncos. Desde allí fui viendo llegar los coches.
“Por aquella carretera, la que va del pueblo a la finca y sigue hasta la ermita, cuyo asfaltado había pagado Senabre, nunca había circulado ningún coche salvo el del padre de Encarnita, y de pascuas a ramos, quizá, supongo, los automóviles de la familia de la señora, con matrícula de Zaragoza, y los camiones, claro. Estos de ahora eran coches de lujo, coches grandes y negros, unos con matrícula de Zaragoza y otros de Barcelona o de Madrid. Y entonces apareció también el Citroën viejo de los civiles. En ese iba mi padre. Y todos los coches entraban a la finca y subían hacia la casa. Estuve a punto de volverme. Había contado más de diez. Pensé que la madre de Encarna había hablado. Pensé en meterme en el maletero de uno de aquellos vehículos que fuese a Barcelona y allí subirme en un barco de polizón. Pensé en echarme al monte, al Moncayo. Pensé en presentarme como un hidalgo y decir: “La amo. Eso es todo”. Pensé un montón de gilipolleces, y al final fui al punto de la cita y seguí creyendo que no estaba allí, sino que era el centro de la mirada severa de un tribunal de veinte hombres, y que sus pensamientos más secretos eran para mí transparentes, y decían: “ Es un valiente. La ama y se enfrenta a nosotros... Debe de estar acojonado... es un soldado, un héroe sentimental.”
“Me dio tiempo de asistir a varias y diferentes sesiones de aquel consejo de guerra, o corte de justicia, o consejo de nobles imaginario, y a deponer largamente acerca de mis anhelos de valiente doncel católico, de arrojado caballero medieval; otras veces me encaraba desde la barra con mi padre, o con don Baldomero, que ocupaba un trono y lucía el porte de un monarca tranquilo y poderoso... y me fue posible protagonizar y salir airoso de tanta audiencia imaginaria porque Encarnita se retrasó mucho.
“Ya había más oro viejo y sombra que pardo entre los árboles cuando apareció demacrada, abrumada por el dolor. Su padre, dijo, se había muerto.
“Se abrazó a mí (que no sabía qué hacer y la besaba por el cuello) llorando sin consuelo, con el cuerpo recorrido de espasmos y un tembleque que hacía que se le fuera la voz en un gemido. Caímos al suelo, yo besándola, ella apretándome... hasta que abrió a la mía su boca babosilla y salobre y supe lo que tenía que hacer y lo que se esperaba de mí.
“Cuando acabamos, ella se quedó con un sollozo lacrimoso y sereno, trenzada a mí con las piernas y los dos brazos, con la pena disuelta o aplazada o conjurada. Para mí, aquella consumación fue un compromiso de amor inmarcesible. En ese sentido no miente cuando aún hoy mismo afirma que todavía somos marido y mujer, aunque luego ella lo olvidara durante años... En fin.... ¿Un trago?”. Bebió de su coñac y siguió con la historia.
“Se entró el fresco de la noche y nos pilló en el suelo, entre las hojas húmedas. Nos levantamos y, de la mano, me llevó a verlo.
- ¿A quién?
- “A mi padre”, me dijo.
“Había muerto en el pabellón. Al parecer de muerte natural: un derrame, un ataque, una parada... Era difícil acercarse porque había mucha gente y mucha iluminación. Ya de lejos se veía el interior encendido de la casa, y cómo pasaban ante la luz las sombras de hombres que paseaban por el porche y los canteros. Nos aproximamos por el arroyo y llegamos a suficiente distancia para distinguir, por la ventana, parte del interior luminoso del salón, donde estaba el cuerpo tendido sobre el tablero de una mesa, cubierto con mantas y sábanas hasta el comienzo del tórax, que lucía imponente y desnudo. Era la primera vez que lo veía. El rostro anguloso y serio, la barba breve y entrecana, el pelo largo y tostado cayendo en ondas al tablero y rebosando por el borde... parecían los de un guerrero dormido. Conservaba el color tostado y mantenía la mandíbula cerrada, en un reposo que semejaba fortaleza.
“De repente oímos algo detrás de nosotros y nos agazapamos. La sombra de dos hombres caminaba lentamente sobre las palmas secas. Se veían oscilar las brasas de los cigarros. Una voz preguntó si Senabre era de verdad tan rico como se decía por ahí. “Más”, contestó la otra.
- ¿Y las negras?
- Esas van listas. Está resuelto. Jacinto se las lleva a Barcelona y a putear como Dios manda.
- ¿Es verdad que se ha quedao clavao encima de una?
- Con la picha más empinada que el palo de la bandera –contestó la voz. De la otra boca salió una risa gorda y reprimida -; por eso ha habido que echarle encima tantas mantas. Rebeca ha dicho que se la corta antes de enterrarlo así.
- ¿¡No jodas!?
- Delante mismo del cura. Y hablaba en serio.
- No me extraña. ¿Y la niña? ¿Qué tal se lo ha tomado?
- No sé. Hace un rato la andaba buscando su madre para lo de la misa.
“Cuando aquellos dos tipos se hubieron alejado hacia las luces, Encarnita me agarró de la mano y salimos de allí dando un largo rodeo. Caminamos en silencio hasta el bordillo del canal. Al llegar me dijo adiós y se marchó. Yo me quedé un momento, hasta que dejé de oírla, y después seguí la obra hasta el sendero de grava, lo crucé, e iba caminando junto a la reja, hacia el extremo sur, cuando creí oír murmullos y sollozos y me detuve. Lo último que entendí fue: “¿Qué será de nosotras?”. Las tenía justo delante.
“Yo debía de estar un poco aturdido, atontado, y muy asustado, porque pregunté en voz alta: “¿Quién está ahí? ¿Encarnita?”. Las voces y lamentos silenciaron de pronto. Hubo un largo momento de vacío. Vi entonces surgir ante mí el bulto negro de una sombra con dos ojos llenos de un fuego blanco y amarillo.
- ¡VetedeaquiniñññootecorrrtolaCOLA!”. - Y corrí, por segunda vez corrí, ya lo creo. Salté la reja y llegué al pueblo y a la casa cuartel sin dejar de hacerlo. Cené con mi madre, que me contó parte de lo que ya sabía, y subí a mi habitación a pasar el insomnio.
“Oí llegar a mi padre y cenar comentando el sabroso escándalo que se había montado allá arriba; pero de mí no dijo nada. Les oí meterse en la cama.
“Estuve oyendo después el silencio tozudo y frágil de las puertas y la escalera, me noté respirar y escuché cómo, más allá de mi ventana, el viento nocturno agitaba las copas de los árboles de la parte de atrás.
“No aguanté mucho: con las botas atadas entre sí colgando del cuello salí por la ventana, recorrí el frío techo inclinado del cobertizo, bajé arrancando cortezas por el tronco del árbol y me lancé hacia allá.
“Cuando crucé por cerca del lugar donde había tenido el encuentro con las negras extremé el cuidado y agucé el oído, pero ya sólo quedaba un olor montuno provocado por el miedo, el llanto y el sofoco que habrían pasado.
“Desde lejos, el pabellón tropical parecía abandonado, estaba completamente oscuro, vacío y en silencio. Sólo de muy cerca, ya desde el mismo porche, se percibía el rumor de voces y se distinguía, contra las persianas y los visillos, contra las ventanas y el techo, el reflejo mortecino de las velas puestas en el suelo. Sobre la mesa donde había estado el cadáver había hatillos de ropa a medio hacer. Las mujeres se movían de aquí para allá portando cajas, telas... Aquella mudanza precipitada, aquel desahucio vergonzoso y nocturno, más parecía un robo, un saqueo o una huida. Es hasta posible que se hubieran propuesto expulsarlas (“trasladarlas”, en realidad) aquella misma noche... Para serle sincero, me obsesionaba la imagen de aquel hombre muriéndose con el falo metido dentro de una de aquellas negras (me habría gustado saber cuál era, y las observaba todo lo obscena y meticulosamente que me era posible), follándola y agonizando... sin que la mujer pudiera saber entonces por qué ponía en realidad los ojos tan en blanco y se le desencajaba así la cara...; pero al verlas de ese modo: miserables, pobres, degradadas y fugitivas... Y negras..., pues me avergoncé (aunque llevó su tiempo) y terminé por irme. Había decidido acercarme a la casa grande.
“Para ganar tiempo atravesé el zoológico. Me sentía observado a través del silencio fétido y rumoroso. Con el fin de evitar ser visto iba pegado a las jaulas y de pronto, entre dos tablas de una valla, vi salir la cabeza del búfalo de agua. Era un monstruo cornudo, con una mole negra y brillante por detrás; pero por alguna razón no sentí miedo, no había amenaza en el gesto del bruto, sólo curiosidad salvaje. Abría los hoyares, y me repasó el costado bufando a pocos centímetros de la ropa. Cuando se cansó de olfatearme, seguí mi camino fuera de la luz de la luna. Y un poco más adelante vi al cocodrilo de dos metros cruzando el paseo central con su escamoso lomo plateado por esa misma luz fría de la luna, regresando a su estanque no sé de dónde. No hice nada, únicamente me quedé quieto y esperé a que terminara de pasar, cosa que hacía muy despacio, con largas pausas de reflexiva o cansina inmovilidad. Desde aquel lugar ya se veía la casa. Sólo estaban iluminadas la puerta principal y una ventana en el segundo piso, donde sin duda se estaría desarrollando el velatorio. Allí, Encarnita, de rodillas, rezaría llorando o lloraría en silencio ante el cadáver de su padre, sin poder evitar levantar a veces la vista para mirarlo y tal vez preguntarse si su madre (a su lado, de fiero luto, severa y pálida, ojerosa y todavía bella) habría cumplido su promesa de cortar el pene de su padre o la erección habría remitido espontáneamente. O si bajo el elegante chaqué conservaría el envaramiento venéreo sujeto con cinta adhesiva a la fría ingle. Me reía yo solo allá abajo, escondido, viendo pasar y desaparecer lo que quedaba de la larga cola del lagarto en el agua negra de su charca, imaginando que se le desbridaba la polla y se le empinaba, sobresaltándolos a todos, pera recordarles a quién tenían allí de cuerpo presente.
“De cuando en cuando, mientras permanecí allí, llegaba un coche, del que descendía gente de luto y entraba en la casa sin llamar, o salía alguien murmurando y tosiendo y se marchaba en un automóvil silencioso. Aquella noche no podría ver mucho más, así que di la vuelta al edificio y me volví a casa.
“A la mañana siguiente, nada más despertar, noté dos cosas simultánea e intensamente: que necesitaba estar con Encarnita, consolarla, besarla, comprenderla, participar de su tristeza como había participado de su entrega, con la misma carnal intensidad, y que en casa se respiraba una indolencia extraña, ni festiva ni triste, como la aceptación de un descenso previsto, aunque no deseable, en el tono vital de los habitantes: no se oyeron gritos de ordenanza en el patio, el tiempo parecía hecho de un tejido más laso, menos tenso, y mi madre no había subido a mi habitación con el habitual apresuramiento agobiado y alegre. Cuando bajé medio vestido, estaba atareada en el fogón, y no lo dejó, como habría sido lo normal, para ponerme rápidamente el desayuno de estudiante. Siguió a lo suyo. Sólo dijo después: “Échate la leche y desayuna. Hoy no hay escuela porque hay luto oficial. Cuando te arregles vas a irme de compras”.
“Estuve toda la mañana llevando bolsas y pensando en Encarnita. Todo el mundo estaba con lo mismo, aunque callaban o cambiaban de conversación cuando yo aparecía. Algunos que sabían que yo andaba con la niña, o por lo menos que había ido a la finca unas cuantas veces, me miraban con curiosidad teñida de estupor o de pena; pero es muy difícil decir o suponer qué pensarían. Me cruzaba con amigos míos de la escuela que llevaban las bolsas de los mandados como yo, y no sabían si estar más contentos por no tener clase o por tener un tema de cotilleo tan interesante como aquel.
“Durante la comida, mi padre sólo dijo que el funeral sería al día siguiente porque quedaba mucha gente por venir; pero yo notaba que mi padre sabía mucho más de lo que hacía ver, y que callaba por decencia y decoro sobre todo ante mí. Luego, por la noche, hablaría con mi madre y comentarían los detalles que ellos suponían que yo desconocía. Me subí al cuarto, me tumbé en la cama con un libro abierto contra el pecho y dejé que pasara el tiempo.
“Cuando todo estuvo tranquilo, me escapé y eché a correr hacia allá. Tuve que esquivar a un grupo de chicos del pueblo que se agazapaba junto a la verja de la finca. Aquella hacienda siempre había disparado la curiosidad de la gente del pueblo, y en aquellas circunstancias, más de una señora de su casa envidiaría la desvergüenza de los muchachos para ir a fisgar desde la valla. Yo aborrecía aquel asqueroso acecho hipócrita y cobarde, ese escudriñar morboso y cruel; yo sólo pensaba en el dolor y el cuerpo y las lágrimas de Encarnación con el entregado e ignorante egoísmo de los adolescentes enamorados. Ni siquiera en su cuerpo como algo que tomar, sino como un brillante y enloquecido magma hormonal y sentimental al que irresistiblemente tendía el volcán de mi corazón y de mis glándulas por inercia majestuosa, como por una gravedad nueva de la sangre. Yo sólo sentía, más que pensaba en ella, cuando buscaba un lugar para cruzar la verja y avanzaba después entre los helechos y los árboles, que estaban ya a punto de rayarse de negro en el comienzo de la tarde. Un perro chico que no había visto nunca se me pegó queriendo jugar, ladrando, y le di un puntapié para alejarlo.
“Llegué al borde de la explanada y, desde detrás del tronco de uno de los castaños, observé la casa en silencio. Sólo había dos coches, que serían el del abogado y el del médico (ya le diré por qué), pero que bien podían ser también de alguien de la familia de la señora. Me preguntaba dónde estaría ella. Miraba ansiosamente las ventanas por si, presa de un impulso congénere del mío, Encarna se asomaba enamorada y vigilante... Pero no se asomó, así que me fui acercando a la puerta lateral, a la gran cocina de peonaje donde la primera vez comí con ella una rebanada de pan con mermelada”.
- Era pan con aceite.
- ...¿cómo?... – Nucio estaba como perdido, y sujetaba la botella de coñac y el vaso sin servirse. Diana repitió lo del pan con aceite mirando el reloj. Eran las cuatro.
- Ssssí,... pan con aceite... – dijo, vertiendo alcohol en los dos vasos. Vio cómo la mujer rubia se bebía el suyo de un trago, se lo rellenó, soltó la botella y bebió de su propio vaso. Ella encendió un cigarrillo y apoyó el mentón en la mano.
- ¿Y...? Estaba en la puerta lateral, a punto de entrar a buscar a la chica..., ¿y...?
- Sí. Llegué junto a la puerta lateral. Estaba entornada. De pronto me di cuenta de que no había visto a ningún bracero ni sirviente, y temí estar a punto de meter el hocico en el funeral del servicio; pero en la amplia cocina no había nadie. El fuego ardía, y había grandes calderos humeando aroma de estofado, pero nadie cuidaba el fuego. En algún lugar de la casa había un murmullo alto como de reunión acalorada, mas allí las gallinas desplumadas, los chorizos y las mazorcas colgaban en opulento, indiferente y rústico silencio, y todo guardaba un relajo tan poco dramático que era difícil creer que el amo único de tantas tierras, haciendas, almas y cuerpos y destinos acababa de morir, y además de la forma en que lo había hecho.
“Aquella calma hogareña y caliente parecía hasta pagana.
“Entonces se oyeron voces fuertes, se abrió y cerró una puerta de golpe y, descendiendo ágil por una escalera de piedra sin baranda que se volcaba en mitad de la gran cocina desde la izquierda, en blusón blanco, despechugado, juvenil dentro de sus pantalones negros y ceñidos de chaqué y de mortaja, apareció el mismísimo Baldomero Senabre. Cruzó por delante de mí sin verme, a unos cuatro metros de penumbra, se dirigió a la encimera junto a las ollas humeantes y, de una fila de botellas que había contra la pared, alzó una abierta y le dio un trago largo, ansioso, con los ojos cerrados. Al bajar la botella exhaló un suspiro de placer, notó mi presencia y me miró. Sin sorpresa, sin susto; yo creo que nada le daba miedo a aquel sujeto, y menos aún después de lo que había pasado. La dejó y se puso a escarbar por los cajones.
- No hay nada mejor que una buena botella de vino tinto – decía mientras rebuscaba con ruido entre cubiertos – para uno que vuelve de la tumba. Salvo quizá... – encontró lo que buscaba y lo alzó en triunfo -... otra botella.
Eligió una cerrada de la fila de la pared y comenzó a descorcharla. Era más impresionante todavía de como uno se lo imaginaba viendo su cadáver; parecía llevar su propio aire olímpico alrededor. Era como ver a Ulises a su regreso a Itaca. La abrió al fin. Estaba satisfecho.
- Amigo – dijo sonriendo con los ojos irónicos -, esto resucita a un muerto – y la levantó. Tenía el pecho y los antebrazos peludos y fuertes, la nuez prominente, y aun empinando el codo, con la otra mano apoyada en la cinturilla del pantalón, era elegante como un espadachín o un galán de cine de los años treinta o cuarenta.
“Seguía bebiendo cuando se oyó de nuevo abrirse la puerta y cerrarse de golpe. Ahora era la voz de Encarnita.
- ¡Papá! ¡Papá, no le hagas caso... Ven! – Apareció descendiendo a toda prisa y se lanzó desde el cuarto escalón, dando un grito, a los brazos de su padre, que apenas tuvo tiempo de dejar en pie la botella y abrir las manos. Giraron y ella me vio, saltó de los brazos de su padre y, corriendo, gritando, se arrojó a los míos y me besó. Me besó en la boca. Casi se me para el corazón. Estuve a punto de rechazarla de terror, pero todo ocurrió muy deprisa y, además, yo no parecía interesarle a Senabre, sólo miraba la felicidad de su hija. Me presentó a su padre por mi nombre y él me estrechó la mano. La suya era dura, cálida y seca, aunque deliberadamente gentil. Sería sin duda un excelente jinete.
- Era ca... ta...
- Catalepsia – la ayudó su padre.
- Eso, catalepsia, que parecía muerto pero no lo estaba – se calló un momento para dejar que las palabras agotaran todo su sentido y al fin me vio - ¡Has venido! ¡Has venido! – se lanzaba de nuevo a abrazarme cuando sonó otra vez abrirse la puerta al extremo oculto de la escalinata de piedra. Se oyó una voz gangosa de hombre, un murmullo intenso y persuasivo, tan atento a hacerse disuasorio como discreto: “(¡Déjale ahora, Rebeca, déjale! ¡Lo importante es que ha vuelto, que está vivo...no? Ya te firmará esos papeles luego)”.
- (¿Has oído lo que ha dicho?) – había sido la voz indignada, incrédula y feroz, y que yo ya conocía bien, de la señora. Los otros dos, a mi lado, se entristecieron. Yo creo que se avergonzaban de ella, o de ellos por ella, o las dos cosas. Me hubiera gustado decirles que estaba de su lado, que les comprendía, que compartía su entusiasmo... El hombre borracho volvió a hablar.
- Sí, lo he oído; pero escucha Rebeca: le aconsejaré como abogado, y Cosme como médico... en unos días las echará y firmará lo que quieras. Déjanos hacer, ¡por el amor de Dios!
- Pero, ¿has oído lo que me ha llamado? Era mejor sin testamento... – se oyeron los tacones en la escalera, y cómo comenzaba a vocear - ¡Baldo...! – pero no acabó de decirlo: apareció en lo alto de la escalinata y nos miró a los tres. Seguía de negro, con el solo alivio de un generoso escote. Detrás de ella apareció un hombrecillo calvo, con los faldones de la camisa por fuera y la corbata sobre el hombro. Miró a Senabre como disculpándose, lamentándolo, vagamente secuaz. Pero ya sólo contaba allí lo que ella dijera. No dejaba de examinarnos, alternativamente, con los ojos semicerrados.
- Encarna, sube ahora mismo a tu habitación – dijo, y esperó a que se cumpliese su voluntad. Encarnita nos miró fugazmente a su padre y a mí, pero subió la escalera a saltos, irremediablemente alegre. Nada podía empañar el gozo de recuperar a su padre. Yo lo comprendía; como comprendía la que se me venía encima. Le dijo a su marido, aparentemente calmada, que le concediera unos minutos antes de salir. Senabre asintió con la cabeza. Luego, ella, me miró.
- Debes saber – comenzó mirándome, aunque se dirigía a él (ahora ninguno de los tres me quitaba los ojos de encima) – que no hace mucho descubrí a este mozalbete abrazando en las cuadras a tu hija, con la bragueta abierta... Creo que llegué justo a tiempo. Le eché de aquí para siempre, naturalmente, y le prohibí acercarse otra vez a la niña, pero parece que este golfo, además de ser un ingrato y un desgraciado y asqueroso vicioso, es un sinvergüenza que sólo busca dañar a la niña y la ruina de nuestra familia... Ya le habría mandado dar su merecido, si no fuese el hijo del Comandante del puesto. Yo, por mi parte, mañana mismo se lo digo a su padre, y que se encargue él de darle un escarmiento; pero creo que ahora tú...( si es que no te parece bien lo que hacía con la niña, porque, dadas tus costumbres, bien podría ser que la culpa no fuese sólo suya, ¿eh?, y que hasta le animaras en su propósito)... pues ahora tú, creo yo, deberías tener con él unas palabras, ya que parece que, además, os conocéis – terminó; y se quedó observándome. Los tres lo hacían. Me pareció entonces indudable que podían aparcar sus desavenencias, por graves que estas fueran, para aplastar a un gusano como yo. Estaba fuera de discusión, e iban a proceder a ejecutarlo. Mi vergüenza era suprema: aquel hombre era casi mi héroe personal, y yo le había decepcionado, según las palabras de la señora, y le había traicionado y herido en lo más profundo; yo era una rata y aquel titán iba a machacarme con una fulminante justicia. Pero no sólo sentía un miedo cerval a aquellas manos, sino también una indignación inmensa, porque no era así, no era eso, ella lo había explicado mal; pero no me escucharían, y me echarían de allí con el imborrable estigma y negro futuro del criminal abominable. ¿Qué me haría mi padre? ¿Adónde podría huir?. Senabre me miró con severidad y se llevó las manos a la espalda. Bajó la vista al suelo. La alzó de nuevo: su mirada y su voz existieron entonces exclusivamente en función de la verdad, fuera cual fuese.
- ¿Qué tienes que decir a eso, muchacho? – preguntó. Y entonces ocurrió. Lo había ensayado tantas veces, lo había olvidado tantas también, que me salió espontáneamente, sin que yo interviniera en absoluto, sin el concurso de la voluntad de explicarme o evitar el castigo, sin repetir ni enfatizar las cosas para hacerlas creíbles o convincentes, sin muletillas, sin nervios, sin poner cara de pena ni de miedo, sin tartamudear ni atragantarme, sin mover las manos ni bajar los ojos, sin la falsa sinceridad del que finge ignorar lo que sabe o saber lo que ignora, como cantan un pájaro o un arroyo, como habla un niño.
- Yo la quiero. Quiero a Encarnita y ella me quiere a mí. No hay mal en ello. Quiero estar con ella, hablar con ella, pasear con ella, comer con ella y besarla. La besé porque la quiero. Quiero que sea feliz y estar siempre con ella y feliz. Yo no quiero hacer daño a nadie. Si me lo explican, igual lo entiendo, eso de hacerle daño a ella y a ustedes. Y ya no lo hago más. Pero querer no es malo, ¿no?
“Se me quedaron los tres mirando un poco tristes, creo; un poco olvidados de sí mismos; tan compadecidos como fríos ante aquel discurso ingenuo pero poco inocente, en el fondo dramatizado, aunque no mentiroso, y, en el mejor caso, tan sincero como desvariante. Fue Senabre quien habló entonces.
- No, no es malo querer a alguien, pero no intiméis demasiado cuando estéis solos, eso sí puede llegar a ser malo; ¿me entiendes?
- Sí.
- Y el pajarito, siempre en la jaula, o te lo corto ¿entendido?
- Sí... Perdón.
- Bueno... Ahora vete a casa y no te preocupes de lo de tu padre. Venga. – Di la vuelta y, al llegar a la puerta, me volví.
- Señor - los tres ya se encaminaban escaleras arriba, y sólo se volvieron a medias, no sé si cansados de oírme - ¡Señor!... ¿Puedo volver otro día?
- ... Sólo cuando seas invitado. Nada de esconderse.
- Sí, señor..... ¡Gracias, señor! – grité cuando ya desaparecían, y salí corriendo con intención de volver a casa. Pero no era tan sencillo.
“Descendí por el ancho camino pedregoso (sin esconderme, a la vista de todos los testigos que no había, consciente de mi espalda y de mi paso, solitario, teatral y romántico), y cuando tuve la certeza de que ya no se me vería desde la casa, salí del carril y me interné entre las palmeras en dirección al pabellón. Desde una distancia de iglesia, ya rayada la arena por un columnario de penumbra azulada, observé a las cuatro mujeres fumar sentadas en las escaleras del porche (sentadas con las piernas abiertas, no se me olvidará nunca), rodeadas de fardos de tela blanca y de colores. La cortina de cuentas de la puerta de la casa se desplazó y salió Talita recogiéndose el pelo hacia la nuca. La postura le pegaba el vestido amarillo al vientre y a los pechos. Todavía era enjuta, no parecía preñada. Sólo entonces, al moverse en el sitio sin desplazarse, como si hubiera permanecido mimetizado en el pardo de la sombra, vi al viejo Salustio al pie de la escalera. Estaba rígida y dolorosamente apoyado en el poste de la barandilla de los escalones, como un cocodrilo a quien costase mantenerse derecho. Comenzó a hablar cuando llegó Talita, y su timbre era un estertor agónico que la fumadora más próxima tuvo que poner en voz alta para que se enterasen las demás. Repetía lo que mascullaba Salustio como un corifeo burlón, imitando el tono apocalíptico y roto del anciano (estaban contentas, ya sabían que no había muerto, aunque todavía no conocían lo que sería de ellas). Según dijo aquella negra, don Salus afirmaba que había tenido una conversación con Germán, el chofer, quien le había contado que El Resucitado había tenido una fuerte discusión con La Bruja y con otros hombres. Al parecer, El Resucitado se había despertado de la muerte solo, en un cuarto encendido de velones. Saltó del ataúd y no había nadie para recibirlo, que los maldiga Cumbayó, así que salió de la capillita y caminó hasta el final del pasillo, donde, en un salón, hablaban quedo, bebían y fumaban hombres y mujeres de la familia y allegados, atendidos por un único asistente, Germán, pues al resto de la servidumbre se le había prohibido subir. Senabre se había apoyado entonces en el quicio de la puerta y, alzando la voz, había dicho que puesto que nadie se acordaba de llevar de beber al homenajeado, se había tenido que levantar él para ir a buscarse algo. Se oyeron copas romperse contra el suelo, dos o tres caballeros compusieron gestos de espanto, una dama gritó, y los demás se quedaron alobados, antes de reaccionar y acercarse a tocarlo y pedir champán y más luz. La señora tardó más que los demás en comprender que el amo estaba de vuelta, después se puso colorada y optó por desmayarse, para disimular el bochorno que sentía por haber dejado solo el supuesto cadáver, y por que se descubriese así. El grupo que estaba en torno a ella, gente de su propio círculo, tampoco supo comportarse muy bien, y se mostraron más solícitos con la falsa desvanecida que con el auténtico resucitado, que ya iba por la tercera copa y andaba mirándose en el espejo el traje mortuorio que le habían confeccionado a toda prisa, haciendo poses que resultaban cómicas (con su médico tomándole la tensión y el pulso mientras lo hacía y pareciendo un sastre para la vida, un enterrador a la inversa) y contando a la vez, a requerimiento de algún amigo tan guasón como él, qué había visto en su viaje al más allá. “He estado en el infierno”, dijo, con tal seriedad que todo el mundo se calló “, como estaba previsto. Pero me han echado de allí de malos modos, porque mi sitio lo había ocupado ya una tropa de ingratos y abogados”. Todo el mundo rió, pero a nadie se le escapaba que Baldomero tenía bien presente que cuando salió del ataúd no había allí nadie velándolo, ni siquiera su viuda, ni siquiera su hija. Se acercó a Germán y le preguntó por los criados. Fue informado de que se les había prohibido subir. “Me alegro de verlo vivo, señor” “Lo sé Germán, lo sé. ¿Y la niña?” “Ya no podía ni rezar, ni respondía cuando le preguntaban, y don Cosme le puso un calmante y la acostaron” “Bien hecho. Dale la noticia a los criados, saca vino, jamón, champán y lo que quieran, que luego bajo a saludarlos” “Están velándolo todos en ausencia y se alegrarán” “Lo sé. Venga, ve”. Fue a avisar y regresó enseguida.
Ya se oían los gritos y la música desde el patio cuando llegó. Pero algo había cambiado allí arriba. Todo el mundo estaba de nuevo circunspecto, y se oían voces airadas que salían del despacho del señor. Germán llevaba el mensaje de transmitir la alegría inmensa con que habían recibido abajo la noticia, y la petición de que se asomara al balcón para que lo vieran y recibir el saludo del personal; pero se detuvo a la puerta sin atreverse a entrar, escuchando involuntariamente. El señor se había enterado de que ya se había dado la orden de expulsar a las mujeres del pabellón de inmediato. Estaba furioso. Revocó la orden, pues sólo él podía tomar una decisión sobre ellas. Preguntó si se habían tomado otras decisiones en su ausencia. Nadie respondía, y Senabre dijo el nombre del abogado. “Vender..”, contestó este como si le doliera la garganta, “Vender algo en América”. Casi de inmediato se oyó la voz de la señora: “Fue decisión mía”. El que se hallaba más allá de la muerte estaba también más allá del enfado: “Nada; romperlo todo; las cosas quedan como antes”. “Pues testa, Baldo”. “¿Y tiene que ser hoy? ¿Tiene que ser ahora? Ya testaré con más tranquilidad”. La voz de la señora se hizo entonces profunda, rencorosa, rabiosa: “Me prometiste sacar esas golfas de la casa y no lo haces ni me dejas hacerlo; no me dejas tampoco tomar ninguna decisión beneficiosa para...¡¿Quién coño está gritando en el patio?!” Germán vio la ocasión, llamó y entró sin esperar invitación. Contó lo del personal de la finca y la casa y transmitió la petición al señor, quien asintió con la cabeza, se levantó sin protocolo, abrió el balcón y salió fuera saludando con los brazos en alto. Se oyeron vítores y gritos. En ese momento, mientras Germán cazaba una fugaz mirada terrible que la señora lanzó disimuladamente al abogado, Senabre sufrió una pérdida de sentido, y, con el tiempo justo para eludir la mirada de los del patio, cayó desmadejado en brazos del médico, quien había sido el único, junto con Germán, que se había precipitado a recogerlo. Se recobró enseguida. Abrió los ojos, miró al médico y le sonrió. La negra dijo que el viejo decía que Germán pensó que había sido una prueba de lealtad. Se puso en pie como si no le hubiera pasado nada y dijo que saldría un rato. La señora insistió, de pronto preocupada, en que regresara a dormir en su cama, por la niña, no fuera además a darle por ahí otro mareo y no hubiera nadie para atenderle. El médico se mostró de acuerdo, y él prometió volver para amanecer en su casa. Pero antes, para fastidiar a la Bruja y a tanta sabandija, ordenó al chófer que mejor se llevase a la gente al salón grande, que sacasen allí la comida y la bebida, que él iba por la niña.
“Allí estaba, en el salón de ceremonias, con toda la servidumbre y la gente de la finca, bailando y bebiendo, con la niña feliz y abrazada a él medio dormida, cuando apareció la señora a moverle pleitos.
“Cuando terminó su relato, el viejo Salustio cruzó el aire con la mano temblorosa de saurio enfermo y la negra dijo: “así fue”. En la escalera de madera del pabellón, las mujeres se miraron entonces sonriendo y moviendo la cabeza.
- ... Así que ya no nos tenemos que ir, ¿eh, viejo? Y va a volver esta noche a terminarme lo que empezó, ¿eh, mal agüero? ¿Qué tienen que decir tus religiones de todo esto, santón del demonio? – El viejo se agitó al contestar, y a punto estuvo de perder el apoyo de los débiles brazos. Yo apenas le oía murmurar, y me acerqué demasiado.
- ¡¡Quién anda ahí!! – No bien oí el grito, salí corriendo, haciendo, según me parece aún, un ruido ensordecedor de hojarasca y jadeos; y detrás persiguiéndome los gritos, que parecían gruñidos, que parecían carcajadas, que parecían rugidos... sin parar hasta casa.
“Aquella noche, el cuartel andaba un poco revuelto. Mi padre se felicitó durante la cena de que no hubiese muerto don Baldomero, que era todo un benefactor del pueblo, porque de su mujer, que cada vez tenía más mala sangre, no había mucho que esperar, y más valía que no se quedara sola, pues que si de ella dependiese... otro gallo nos cantaría a todos, y que se estaba volviendo una auténtica bruja. A mí, aunque no dejaba de pensar en que El Resucitado iba a volver aquella noche a terminarle la faena a la negra, ni cesaba de verlo con la imaginación allí encima culeando en blanco y negro, me hizo gracia que un Comandante de la Guardia Civil, y además mi padre, coincidiera con un viejo devoto de hechicerías africanas en la forma de motejar a doña Rebeca.
- ¿y tú, de qué te ríes?
- ...
- Pobre mujer – apostilló mi madre, mientras mi padre no dejaba de mirarme -, a ver si no se va a volver mala con lo que tiene encima.
- Por cierto, ¿tú no andabas con su hija?
- He ido a merendar a la casa alguna vez.
- A la casa.
- Sí.
- ¿Dónde andas todas las tardes?
- Por ahí.
- Pues a ver si andas menos por ahí y estudias más.
- ...
- ¿Eh?
- Sí, padre.
“Luego subí a la habitación, me senté a la mesa con los libros abiertos y me puse a pensar en Encarni, en Senabre, en la Bruja, en las negras fumando despatarradas, en que ya me habían pillado dos veces y en que, de todas formas, tenía que volver sin falta a ver acabar a don Baldomero la tarea. Cuando mi padre, al entrar en mi cuarto, y satisfecho de que su última orden se cumpliese tan puntualmente, me mandó apagar ya la luz y meterme en la cama, lo hice vestido y esperé.
“Salí como la otra vez y me fui escondiendo por las esquinas y los patios traseros hasta cruzar la carretera y saltar la reja. Ni una sola vez (ahora que pienso) se me ocurrió que el centinela de guardia podía descubrirme por los tejados y pegarme un tiro, o darme primero el alto y después, como yo, que era un inconsciente, trataría de huir para eludir una bronca de mi padre, con su buena ración de bofetones, pegarme el tiro igualmente. No pasó; y llegué sin novedad a la arboleda.
“Había siempre tres perros grandes, lentos y tristes emboscados entre los castaños. Salían de noche a rapiñar de la basura o de la comida de las fieras y regresaban luego a la espesura para pasar el día escondidos. Aquella noche, como otras, también me reconocieron, vinieron a olerme sin ladrar, se restregaron un poco y se marcharon. Yo descendí al lecho medio seco del canal y, pisando limo putrefacto, mojándome las botas en el hilo de agua, me moví hacia el norte. Cuando pasaba bajo el puente, tres automóviles lo cruzaron por arriba en dirección hacia la casa. Seguí por aquel albañal hasta donde calculé que podía salir y trazar un trayecto corto transversal hacia el pabellón. Trepé por allí hasta el borde y me fui acercando de palma en palma hasta tener enfrente el flanco oriental de la cabaña, el que da la espalda a la casa grande y a las ráfagas de aire cáustico que venían a veces del zoológico.
“Se oía música de baile americana. Era la última vez que se oiría música en aquella cabaña. Ya no estaban los fardos de ropa en el porche, junto a la escalera. Continuaba habiendo la luz difusa de las velas, pero la cocina, cuyo ventanal daba al extremo norte, se hallaba muy iluminada. Me acerqué entre las palmeras hasta un alto montón de hojas de palma recogidas, desde detrás del cual pude ver allí a tres de las mujeres atareadas con la comida, bromeando, siguiendo el compás del jazz americano con las caderas. Tenían los dientes muy blancos. Estas no eran negras del todo. Eran las dos mulatas y la mestiza. Eran las menos negras, como si dijéramos. Faltaban la más negra, la que tradujo a voz en grito lo que les contaba el viejo, y Talita. Ignoraba si Senabre estaba aún por llegar o estaba ya dentro, ultimándole la faena a la negra tetuda en presencia de Talita, o empeñado con esta en presencia de aquella, o acostado con las dos.
“En esto se abrió la puerta lateral y, desplazándome por detrás del montón de hojas, retrocedí justo a tiempo de ver salir el perfil de un hombre de la casa. Salía fumando y se apoyó en la barandilla. Era Senabre, con el torso desnudo y una manta de flecos anudada a la cintura como un pareo. Por el camino de arriba pasó un automóvil (alguien se iba de la casa), y por un momento iluminó las copas desflecadas del palmeral.
Le oí expulsar el humo, y luego salió Talita y se abrazó desnuda a su espalda.
- Quédate.
- ...
- Quédate, amor.
- Te he dicho que no puedo. Se lo he prometido. Por la niña. Además, hay mucha gente arriba... ¿Tienes los papeles que te he dado?
- ¡Pero si no te va a pasar nada! ¡Fue por abusar!
- Guárdalos y no le digas a nadie que los tienes. Si pasa algo ya sabes lo que debes hacer.
- Sí amor, pero quédate un rato, te tenemos una sorpresita. Verás...
“No pude escuchar nada más porque mi oído acababa de percibir un murmullo de hojas detrás de mí. Volví la cara y vi a la negra dirigiéndose justo hacia donde yo estaba. Venía componiéndose la falda. Nunca se me había ocurrido que el retrete no estuviera en la casa. Entonces caí en la cuenta de haber visto una caseta viniendo del canal. O me veía o me pisaba. Al levantar la mirada de su ropa me vio y se detuvo. No se asustó ni dijo nada. A la luz de la casa la vi sonreírse: negra, opulenta y brillante. Yo estaba de cuclillas tras el parapeto de hojas. Se acercó y se puso en cuclillas frente a mí. Iba descalza y sus pies eran anchos y gruesos. Estaba un poco gorda, pero su postura era elegante, y se la veía cómoda. Me miró por toda la cara antes de tocarme el pómulo, la boca... y, mientras, hablaba bajo con murmullo profundo: “Así que eras tú, ratón.... Querías ver a las negras, ¿eh, rufián?”. Llevaba un vestido ligero estampado de flores que en la sombra parecía de ramaje. Sin dejar de mirarme a los ojos, sonriendo, sin dejar tampoco de tocarme las orejas, el pelo... se desabrochó con la mano izquierda los dos botones altos de la ropa y se sacó, uno a uno, los dos enormes pechos, que quedaron, grávidos, pendulantes y gordos, colgándole entre las rodillas. Luego cogió mi mano derecha y me hizo tocarlos. Tenía las tetas tersas, blandas y calientes, y eran enormes y pesadas. Olía fuerte. Me pregunté si llevaría bragas. Usé también entonces la otra mano. Cuando apreté los dos duros pezones, se estremeció y, apartándome las manos y abrochándose, murmuró: “Ven a verme una tarde de estas, galán; porque si no vienes, voy yo a decirle a la señorita que su guapo enamorado es un sucio mirón y tocón”. Se levantó y se fue.
“Se va a reír usted, pero en ese momento, olvidando totalmente el susto de la muerte de Senabre, e incluso olvidando que ya me habían pillado dos veces y que si me pillaban otra no tendría salvación, en las únicas dos cosas que pensaba eran, primero, en ver a Encarnita, para contarle orgullosamente mi reciente encuentro con la negra y, en el mismo acto, y con la misma perentoria y sincera emoción, pedirle perdón por ello y besarla y reconciliarnos ya siendo yo un “hombre de negras”, como su padre, y, segundo, en volver a tocar, oler y lo que fuera a aquella mujer de color. Y las dos cosas con una intensidad arrasadora, con una urgencia imperiosa, con una exigencia que no recuerdo haber sentido nunca más en mi vida.
“Caminé hasta la casa aturdido. Necesitaba intentar ver a Encarnación pese al enorme riesgo de poder ser descubierto a las tantas de la noche después de haber sido dos veces expulsado. Todos los presentes en la casa estarían pendientes de ver regresar a Baldomero, así que tenía que acercarme muy por el sur. Crucé el paseo de grava por bajo del cambio de rasante y me interné en el bosque de castaños de indias. En ese momento un automóvil bajaba por el sendero desde la casa, y las luces iluminaron por un instante el claro del arbolado por el que yo avanzaba.
“Durante el efímero paso de la luz, vi que aquel calvero entre los troncos era la guarida de los perros semisalvajes de la finca: estaban agrupados en lomos de sueño junto a la base de los árboles. Algunos que yo conocía levantaron la cabeza. Creí ver que uno de los tres merodeadores nocturnos se incorporaba. Me oculté de los ocupantes del vehículo. Era el coche del médico, viajaba solo. Al desvanecerse el sonido del motor, noté en el dorso de la mano el hocico frío de aquel perro. Le acaricié el lomo y avanzó junto a mí por medio de aquella extraña lobera. Pues se tenía la sensación de que sus habitantes no formaban una manada. Por alguna razón todos habían elegido aquel abrigadero como cubil o dormitorio común, pero entre ellos había grupos distintos: por un lado estaban los tres merodeadores nocturnos, que parecían disfrutar de cierta autoridad, ya que estaban instalados en la zona más alta; luego estaba la media jauría de chuchos diferentes que, con la lengua siempre fuera, seguía al carrito de caballos; también los que a todas horas parecían deambular solos o en pareja por los senderos de la hacienda, rumiando padecimientos y pesares; estos y los pedigüeños se acostaban un poco en la periferia de la manida, después vi a los que acompañaban a los braceros... Y así seguían hasta que, a la salida del claro, aquel guía me abandonó y regresó a su vigilante cama en el refugio.
“Llegué a la casa por el sur, como había planeado. La puerta de la cocina del peonaje estaba cerrada, y aunque en el primer piso había una ventana iluminada, los visillos permanecían corridos. En la explanada frente a la fachada había siete automóviles; pero ya no estaban ni el del abogado ni el del médico de la familia. Todos tenían matrícula de Zaragoza. Reconocí cinco del pueblo: el notario, el dueño del Casino, el de la Metalúrgica, un constructor...
“De súbito sonó un cerrojo en la parte de atrás. Me desplacé lateralmente y vi abrirse una brecha de luz en el perfil de la pared alta y sin ventanas. Luego se fue abriendo un rectángulo amarillo entre el terreno inculto de atrás, y por fin salió alguien que, por su actitud, trataba de no hacer ruido: era doña Rebeca. Sostuvo la puerta y fueron saliendo ocho hombres y alineándose junto al muro. Yo los veía de perfil y conocí a algunos, ya le he dicho; iba con sus hijos pequeños al colegio; a otros no los había visto nunca. Cuando salió el último, la señora fue estrechando la mano y abrazando a cada uno de ellos larga y sentidamente, como en un ceremonioso y doliente pésame. En silencio, fueron dirigiéndose a sus coches sin abandonar el cobijo de la pared. Con el último sujeto, muy grueso, parlamentó todavía largamente. El hombre la tomaba de las manos y se las agitaba, como dándole ánimos. Se despidieron con un obispal beso en la frente de la señora, que entró y cerró la puerta. Los otros habían ido arrancando y haciendo moverse sus vehículos, y, salvo el primero, que iluminaba el camino descendente, los demás no prendieron los faros: iban detrás, a poca distancia. El último automóvil esperó por el gordo. Este subió en el asiento del acompañante y también partieron.
“Era muy tarde. Encarnita estaría dormida, y quién sabía cuándo volvería don Baldomero, teniendo en cuenta que las negras le tenían preparada una sorpresita; así que volví a casa.
“Al poco de acostarme (según me pareció), una serie de timbres atronó el cuartel. Mi padre atendió el teléfono, se vistió y salió. Era sábado, y era muy temprano. Me quedé remoloneando en la cama, y pude oír, junto con los primeros trinos de los pájaros, cómo varios coches atravesaban el pueblo en ambas direcciones. Bajé a medio vestir. Mi madre, envuelta en una manta, con la mirada perdida, estaba sentada en la mesa de la cocina y sujetaba con las dos manos un tazón de café con leche al que iba dando sorbos. Pregunté qué pasaba.
- Don Baldomero, que se ha muerto otra vez... Anda, ponte desayuno. No vuelvas a la cama que luego tienes mal cuerpo y me tienes que hacer un recado.
“Desayuné de prisa, subí a vestirme y, en un descuido de mi madre, salté fuera del cuartel. Como casi nadie lo sabía todavía, las calles estaban tranquilas y solitarias. Sólo me crucé con el panadero y el tonto, el cual, como no trabajaba, aprovechaba y se levantaba temprano hasta los domingos. Me adelantó un coche que no reconocí, y cuando llegué, después de asegurarme de que no me veían, salté la verja y me interné en el bosque. Atravesé el hondón de los perros, que no me hicieron el menor caso, y llegué a la última línea de árboles y arbustos. Allí delante estaba el Citroën de mi padre, aparcado en desorden pero junto con los demás.
“Me estaba preguntando dónde estaría Encarnita cuando la vi salir por el portón de acceso de la cuadra. Detrás iba un criada con una taza blanca y mucho apuro. Encarna se sentó en un tocón viejo, mirando al suelo, con los brazos colgando. La sirvienta le puso con delicadeza y prisa el recipiente entre las manos, le acarició el pelo unas cuantas veces y regresó al interior de la casa por la puerta de la cocina. El tocón estaba en medio de la nada, y tuve que tirarle piedrecitas y chistarle un buen rato hasta que fue consciente de mi presencia entre los árboles. Se levantó, dejó la taza intacta en el muñón y caminó hacia mí. Recuerdo que me abrazó más huérfana que cariñosa, desconsolada, pero menos triste quizá que abatida y confusa y quebrantada.
- Ahora sí que se ha muerto.
- ¿Cómo lo sabes?
- Por el aspecto que tiene. Está como viejo y pálido. Los ojos se le han hundido; y aunque le han cerrado la boca, parece que la tiene abierta, de lo sumida que tiene la cara. Tiene los labios rajados, y además huele.
- ¿Huele?
- Sí. No paran de quemar perfume en su cuarto, pero el olor es muy fuerte. También lo están maquillando.
- ¿Qué?
- Estaba tan ceniciento, con las ojeras y los labios tan oscuros, que le están pintando. Parece un payaso o un muñeco. Pobre papá.
- ¿Qué ha dicho don Cosme?
- ¿El médico? ¿Cómo sabes que se llamaba Cosme...? Ya no está. Mamá ha hecho venir al médico desde Zaragoza.
- ¿Tan pronto?
- Ya ves. Al parecer ya estaba de camino cuando lo llamaron. Venía por otro asunto.
- ¿Y cuándo ha muerto?
- De madrugada. ¿Quieres verlo?
- ¿Me dejará tu madre?
- No sé; pero ya no parece él.
- ¿Qué quieres decir?
- Parece hasta que ha encogido.
“Cuando salíamos al raso, mi padre surgió por la puerta principal en compañía de un sujeto muy gordo, tal vez el individuo de la noche anterior. Me quedé quieto, pero me vio, y me llamó autoritariamente con la mano. “Me tengo que ir”, dije; “Adiós”, contestó Encarnita con los ojos de otra persona. El Comandante me aguardaba con la portezuela de atrás abierta, y cuando me dijo: “Anda, entra, entra”, supe que la bruja había hablado con él de mis encuentros y mi relación con Encarna, tal y como había amenazado que haría.
“No estaba equivocado. Así que llegamos a casa y se cerró la puerta tras nosotros, me echó la mayor bronca de toda mi vida. Por colarme allí y abusar de la confianza de los señores. Naturalmente, no me dejó hablar. Al principio mi madre temía por mí, y trataba de aplacarle y sofrenar su enfado; pero según avanzaba la reprimenda, aquel hombre, mi padre, se iba enfureciendo más y más, excitándose más y más, hasta hacérsenos extraño y darme pena. Llegó a enconarse tanto, llegó a ponerse en tal estado, que mi pobre madre pasó de intentar defenderme de él a preocuparse por su salud y por su vida. No le pasó nada, y a mí tampoco; salvo que se me castigó cuatro semanas sin salir del cuartel. Esto de los arrestos le gustaba al Comandante; tanto como disponer de la vida y destino de los demás. Hizo que el profesor viniera a tomarme la lección por las tardes. Un día le pregunté al maestro por Encarnita. Me dijo que no había vuelto a la escuela, que se la habían llevado fuera, no sabía dónde. Me recomendó que no volviera a pensar en ella. Yo creía que la habían llevado por mi culpa.
“El último día de sanción, mi padre subió a mi cuarto mientras estudiaba. No habíamos vuelto a hablar desde el rapapolvo. Se sentó en la cama, a mis espaldas, y comenzó a hablar: dijo que esperaba que hubiese reflexionado y olvidado todas aquellas tonterías. Yo creía que se refería sólo a mi amor por Encarna. Me dijo entonces que no volviera jamás a pensar en ella ni en lo que había pasado o había visto, que algún día, tal vez, sabría agradecerle lo que había hecho por mí. Que lo más importante, resaltó, era que olvidase todo lo que la niña me hubiera dicho sobre la muerte de su padre, que era una jovencita fantasiosa con una imaginación impresionable y había pasado por un trance muy difícil. Le oí levantarse de la cama, se acercó por detrás y me pasó la mano por el pelo. Nunca lo hacía.
“ - Hijo, no olvides que tu padre es un hombre honrado -, dijo, con emoción dura y patética, y añadió: - Dentro de dos meses te irás interno a un colegio de Barcelona. Un colegio bueno, de pago, que podrás disfrutar gracias a la generosidad de la señora (así lo dijo). Aprovecha la oportunidad que te dan. Luego irás a la universidad y estudiarás lo que quieras. No eches a perder el sacrificio que he hecho por ti... Y ahora a dormir.
“Al día siguiente, a la salida de la escuela, me escapé a la finca. Habían pasado cuatro semanas. Ya no quedaban perros sueltos, sólo un viento insolente y alto entre las hojas. La cabaña estaba cerrada y en silencio. Al final las habían sacado de allí. Subí al porche de madera. Olía dulzón y podrido, y había moscas pegadas a la madera o reptando por los cristales. Traté de mirar dentro, pero las cortinas estaban echadas y el interior que descubrían las rendijas estaba como coagulado en un silencio oscuro, quieto y retraído. La puerta se encontraba cerrada, y, al forzarla, una vaharada casi táctil de hedor a descomposición me expulsó trastabillando hasta abajo y me provocó el vómito al pie de la escalera. Subí de nuevo tapándome la nariz. Al asomarme observé que todos los muebles, el suelo, el techo, las lámparas, estaban cuajados de moscas grandes, negras y absortas como diminutos murciélagos ahítos o monstruos hibernados en aquella hedionda penumbra. En una esquina, sentado en una mecedora, vuelto hacia la puerta, con el sombrero puesto, estaba el cadáver del anciano Salustio Expósito Rincón con la boca negra y abierta, los orificios nasales negros y abiertos, los ojos entornados, hundidos y como soñadores dentro de un vidrio blanquecino, y el pellejo seco y nervado de vetas azulencas y lleno, bajo las orejas, de protuberancias moradas y purulentas como escamaciones de carroña. Iba vestido como para una fiesta (traje claro, corbatita de lazo, camisa alegre), reposaba las manos talladas de palo negro sobre los brazos del asiento, y tenía la pierna izquierda levantada, extendida y descansando encima de una maleta de cretona amarilla y de cartón atada con una larga cuerda.
“Me dio otra arcada y salí corriendo. Di la vuelta a la construcción para ponerme a favor del viento, y allí, en el suelo, entre las palmeras, vi unos montículos de tierra removida. Conté tres grandes, como para enterrar a un ser humano, unos doce pequeños y uno realmente gigante. Tal vez hubiera más. Entonces, al alzar los ojos y seguir caminando, creí comprender: La mitad de las jaulas y vallados del zoológico estaban vacíos.
“Los animales que quedaban estaban inmóviles, y parecían famélicos, tristes, moribundos. El olor tampoco era aquí agradable. Los monos permanecían acurrucados, adormilados por el hambre, indiferentes ya, en medio de pellas de excrementos y charcos de orines colonizados por insectos. Cuando doblé la esquina de un cobertizo, me encontré con el cocodrilo en mitad del sendero. Se volvió a mirarme y prosiguió su lento caminar de suburbio en dirección a un establo donde aún se oía moverse alguna bestia. Estaba muy lejos de su charca, pero se movía confiadamente; parecía saber que ya no había nadie para vigilar o castigarlo. Por mi parte, fui abriendo las cercas y puertas que veía, por si allá afuera, vagando por la hacienda, tuvieran aún los bichos que no habían muerto y todavía podían desplazarse una última oportunidad de sobrevivir. El búfalo no estaba en su recinto, cuyas cancelas estaban abiertas. Pensé, ingenuamente, que habría muerto o se lo habrían llevado a otro lado. Los avestruces habían podido sobrevivir comiendo porquerías: raíces, despojos de animales pequeños, insectos, hojarasca, corteza..., y se apresuraron a salir corriendo cuando abrí la puerta del corral. La inmensa jaula-palacio de los pájaros tropicales era sólo un colchón reventado de plumas, mosquitas, picos abiertos y garras contraídas como arañones muertos. Llegue a la última linde y escalé, por primera vez desde ese lado, el pequeño terraplén hasta el borde del nivel de la casa.
“Por medio de la explanada hocicaban lentos el poni de Encarna y dos onagros, escarbando y husmeando la grava, ramoneando los arbustos que habían crecido apenas aquí y allá. En cuanto me vieron, vinieron hacia mí con un trote modesto pero alegre. Me olieron las manos vacías, solicitaron la limosna de una caricia, y se alejaron de nuevo, rebuznando su hambre y su soledad. El poni estaba mucho peor que los burros salvajes.
“En esto me volví hacia la casa y la vi. A la viuda. Estaba sola tras los cristales de la más alta ventana. Me miraba sin hacer nada, seria, perdida de luto, con aquel gran escote de pico que hacía brillar la blanquísima piel de su pecho de piedra.
“Me fui y no volví más... hasta que...”. La mujer joven, que desde cierto momento del relato había parecido adormilada, lo interrumpió de golpe levantando una mano sobrecogida.
- ¡¿De verdad que los mataron?! – Nucio estaba vertiendo el último resto de coñac, repartiéndolo equitativamente entre su vaso y el de ella. Bebió antes de hablar. Tenía la mirada lánguida. Su bigote hacía rato que había dejado de parecer marcial, para pasar a ser un lacio y melancólico atributo vagamente mongol. Una sonrisa chafada le pasó por la periferia de la cara. Se recompuso un poco antes de seguir.
- Tardé... Tardé mucho en encontrar a Celinda en Barcelona, pero mi devoción carnal me ayudó. ¡Celinda... negra nodriza de lujurias... Dios la tenga en su gloria!... En fin... Como se habían propuesto, de aquí las habían llevado a un piso en el barrio chino, como pupilas de un establecimiento. Pronto, sin embargo, y gracias a lo que fuera que Senabre le diera a Talita aquella noche, o a otro dinero entregado con anterioridad, e incluso puede que gracias a sus propios talentos, se instalaron por su cuenta en una torre de las afueras, protegidas por los mismos que las habían expulsado. Yo estudiaba ingeniería industrial becado por la viuda de Senabre, y me gastaba parte de mi asignación en acostarme con las negras del mismo difunto. Con todas menos con Talita. Y con la mestiza, que se suicidó a los pocos días de llegar a Barcelona. Talita gestó, parió y crió a su hijo apartado del tráfico de la casa, en una zona aislada, siendo visitada sólo por algún escogido de entre los firmantes del pacto que frecuentaban la casa, y quizá por alguno de los hijos de estos. Los demás..., los otros, los que no iban, eran los que tenían la única lujuria del poder y el dinero; y mi padre... mi padre ni sabría de su existencia ni le habría interesado. Era un hombre casto, y en el fondo inocente. Creo que nunca se consideró uno de ellos. En realidad, no lo fue nunca. No participó en el plan del crimen, ni supo que se iba a cometer, ni fue de los originales suscriptores del pacto de beneficio y de silencio. He llegado a pensar que ni siquiera habló con la viuda de Senabre, ni antes ni después. Se dejó comprar bien barato: nuestro futuro, el de mis hermanas y el mío, garantizado casi con sólo que hiciera la vista gorda o no se diera por enterado. Mi padre era un hombre honrado, aunque demasiado bien educado o adoctrinado o domesticado; era un perro fiel que no pidió nada para sí. Mucho más tarde, mi madre, viuda y vieja y enferma, me confesó que mi padre, llorando, le contó que los abogados de la viuda estaban dispuestos a hacerme encarcelar por estupro, ya que, abusando de la confianza de la familia, y a escondidas, había tenido contactos íntimos con la menor, de resultas de los cuales ella había quedado en estado. Para no comprometer el futuro de la niña, se la llevaría fuera a tenerlo o a abortar, todo en absoluto secreto, pero además yo tenía que desaparecer de la circulación, olvidar todo lo que hubiera podido ver yo o decirme ella, y no tratar de verla nunca más. Y mi padre tenía que dar por bueno el diagnóstico del médico de la familia Del Torcal y aceptar aquellas becas de estudios o dotaciones para sus tres hijos. Y lo hizo. Se creyó todo el cuento de la preñez (o quiso creérselo) y aceptó. Era tan honrado, tan decente, que incluso puede ser que hubiera venido viendo con malos ojos la promiscuidad en que vivía Senabre, y que considerase que su muerte había sido merecida (o llegase a convencerse de que lo pensaba, para no verse en el espejo del cobarde). Los otros nueve, incluyendo a la viuda negra, eran señoritos de toda la vida, pero Senabre era un advenedizo incestuoso y fanfarrón. Los otros eran decentes y él no. Y mi padre, aunque parezca asombroso, era sensible a esas cosas. Además, los otros le daban miedo, y Senabre no. Todos los demás sacaron tajada, y grande, mi padre sólo perdió el honor.
- ¿Qué había sido de ella?
- ¿De quién?
- ¿Dónde se llevaron a Encarna? ¿Estaba embarazada? – Nucio sonrió cínico al mantel y volvió a ponerse la máscara de la seriedad.
- Por Celinda primero, y luego por confesión de la propia Encarna, he llegado a saber que le habían hecho creer que por su culpa, por su ligereza, yo había sido desterrado del pueblo. Era muy inteligente, pero también muy joven. Aquello le hizo sufrir mucho, según me ha contado. Pero no era estúpida; ató cabos y llegó a comprender y conocer lo que había pasado con su padre. Siempre había tenido sospechas, aunque no le había dado tiempo de manifestármelas en aquella última ocasión en que nos vimos; pero al empezar a estudiar medicina entendió por fin que a su padre lo habían envenenado. Estaba en Madrid, y comenzó entonces a hacer una vida disipada y de excesos para castigarse y, sobre todo, para castigar a su madre. Tras de muchos disgustos y placeres, se casó con un tipo repugnante que le sacó todo el dinero, la dejó embarazada, esta vez de verdad, y la abandonó; y todo: casarse con aquel individuo que la obligaba a hacer cosas inmundas, quedarse embarazada de él, abandonar los estudios... porque el sujeto de marras desagradaba, y con razón, a su madre.
“Doña Rebeca no pudo resistir más vivir sola en aquella casona, rodeada de traidores carroñeros y criadas viejas prestadas por su familia de Zaragoza (ya que había despedido a todo el mundo al poco de la muerte, por ser testigos o por ser infieles o por recordarle lo que había sido y ya no era) y se había instalado en Barcelona. Es curioso: mientras yo malgastaba el tiempo derrochando billetes como el hijo de un duque y sólo haciendo como que estudiaba, en la misma ciudad, y con todo el lujo que podían permitirse, instaladas como dos reinas desterradas, vivían la legítima y triste viuda y asesina, y la concubina golfa y tropical, la una sufriendo desaires continuos de su hija y heredera y la otra criando a su bastardo con todo el mimo imaginable para que llegase a ser un diseñador de moda y chulo de putas famoso y perverso que proveía de droga a todos esos escritores catalanes. Y yo emborrachándome y follándome a las unas con el dinero de las otras y limpiándome luego con el honor manchado de mi padre – dijo sin un exceso de énfasis, sonriendo con cinismo borracho y autocompasivo.
“Pero terminé la carrera”, siguió. “Había tardado diez años. A la viuda yo le había estado costando un dineral, y bien habrían podido apretarme las clavijas, pero aquel dinero seguía comprando el silencio de mi padre y el mío, me tenía lejos de Sudencia, y aún cabía la posibilidad de que el alcohol y la mala vida me corrompieran tanto que llegara a ser una piltrafa inofensiva. Casi lo consiguieron, o lo conseguí, según se mire... Yo no me sentía tampoco muy orgulloso, ni muy limpio, por entonces. Había perjudicado a dos personas que quería, y enjugaba en putas y coñac el extraño privilegio de recibir dinero sucio por ser un peón sin importancia... Hasta para encontrar trabajo tuvo que ayudarme mi padre.
“A través de sus conocidos y camaradas se me contrató para supervisar la construcción de instalaciones que el ejército español realizaba en diferentes países centro y suramericanos para sus gobiernos militares. Desde la comodidad de residencias con servicio y con guardias veía pasar revoluciones y torturas, ideologías, bombas, agentes, mentiras, detenciones... y yo, que por mi edad debería haber estado en el otro lado de las líneas, o por lo menos deseando estarlo, como Encarna desde Ibiza o Cadaqués, disfrazada con esos vestiditos de flores de las hippys, estaba gastando los buenos dólares que les sobraban a los golpistas de sus expolios en el mejor alcohol y las mejores putas de América. Parecía que mi destino era ser siempre el beneficiario de crímenes ajenos. No participar ni saber, ni odiar ni planear nada, ni ver ni hacer la sangre; sólo vender dignidad y silencio, como mi padre
“Pobre hombre... Enfermó y murió todavía joven. Yo (merecidamente, todo hay que decirlo) fui perdiendo el favor de los que me habían ayudado por su amistad de guerra con mi padre. A partir de cierta época, me pasaba meses enteros en hoteles de mala muerte de ardientes ciudades centroamericanas, con la única compañía del alcohol barato y las mujeres gordas y compasivas que siempre hay en esos estercoleros, esperando un contrato de saldo para reparar una central eléctrica en la selva, protegido por matones sanguinarios, o reconstruir un cuartel bombardeado por la guerrilla. También terminó enfermando mi madre. Por ella, por una carta suya, me enteré en Bogotá, donde llevaba tiempo trabajando para una compañía de telecomunicaciones americana, de que Encarna había regresado, sola, con una hija, a la casa de arriba. Me contaba que se habían encontrado en una calle del pueblo y que Encarnita le había preguntado por mí, manifestando sentimiento por aquellos años pasados.
“No sabría decirle qué pesó más en mi decisión, si el agotamiento de esa y de todas las etapas de mi vida, el agravamiento de la enfermedad de mi madre, que vivía aún en la Casa Cuartel, y sola (pues nunca quiso irse a vivir a casa de sus hijas casadas), o aquellas palabras sobre Encarna: el caso es que volví. Tardé más de un año, pero finalmente lo abandoné todo (lo poco, y cada vez menos, que podía todavía abandonar, y antes de que eso poco me abandonase a mí) y regresé. Me alojé con mi madre.
“Ya le he dicho que entre aquellos ocho hombres se había suscrito un pacto de silencio, como cómplices y beneficiarios del crimen. No la incluyo a ella, a Rebeca del Torcal, la señora, la viuda, porque sus razones, al menos en parte, no fueron de índole económica, y sobre todo porque ella fue, contra lo que pudiera pensar antes de ejecutarlo, quien más perdió con el asesinato. Además de ser, muy probablemente, la única autora material. Mi padre, a su modo, también estuvo fuera, todo lo fuera que pudo, de aquel acuerdo, y aun creo que su presencia en el pueblo, vagamente admonitoria y hostil, siempre les puso muy nerviosos, y le aborrecían sordamente por constituir un recordatorio continuo de su fechoría y, lo que era muchísimo peor, un riesgo constante, pues la debilidad de su compromiso con los confabulados, y sus escrúpulos, nunca superados del todo, le hacían vulnerable a un imprevisible ataque de pundonor moral o profesional. En cualquier momento podía descargar su conciencia en los oídos equivocados. (...) Debieron de alegrarse cuando murió y yo ni regresé para el entierro.
“Cuando me instalé aquí, muchos de aquellos hombres seguían vivos, unos en la zona y otros en Zaragoza y Barcelona, y ejercían (y aún ejercen) un dominio casi absoluto en todos los sectores económicos, administrativos y profesionales de Sudencia y su comarca. Ellos o sus hijos; quienes así como habían heredado los réditos y beneficios del crimen de sus progenitores, habían heredado el pacto, el miedo, la cautela y la culpa de los padres, y también el recelo hacia mi padre y hacia mí.
“Llegué con algo de dinero, y enseguida reanudé mis relaciones con Encarnita. Fue una época bastante feliz. Pero el dinero se acabó, y sólo disponíamos del magro retiro de viudedad de mi madre y de unas rentas de Encarna, también poco. Los buitres Del Torcal habían exprimido bien a la de Senabre. Así que busqué trabajo. Para entonces me estaban esperando.
“Dos años antes había regresado ella, como ya le he dicho, y no había perdido ocasión de hacer saber a todos los integrantes de aquel grupo de ocho hombres que se iba encontrando, que sabía la verdad, que conocía los nombres de todos los encubridores y cómplices del asesinato, que sólo merecían su desprecio más absoluto, y que encontraría el modo de vengarse.
“Al volver, como digo, yo había comenzado a frecuentarla inmediatamente, a la vista de todos. Unos meses después me presentaba yo, nada menos que el hijo del comandante Ramiro Nucio, en sus despachos en busca de trabajo. Le resumo: de entrada, me hicieron ver claro que no era bien recibido, que no conseguiría un contrato de trabajo en cien kilómetros a la redonda. Pero que si persistía en quedarme aquí y, por tanto, en querer ganarme la vida desempeñando un empleo que sólo ellos podían proporcionarme, tendría que aceptar sus condiciones. Tendría que entrar a formar parte del grupo firmante del pacto con mayor compromiso de con el que había sido capaz de hacerlo mi padre muerto. Ellos creían (con razón, aunque ese conocimiento no era objeto de manipulación ni de excesivo interés por mi parte, ni tampoco de especial inquina o sentimiento moral) que yo, al igual que Encarna, lo sabía todo; no que tuviera sospechas, sino que lo sabía a ciencia cierta, y que mi petición de trabajo se basaba en esa información como en una amenaza para ellos, y que por tanto era una especie de velado chantaje, como aquel al que habría venido sometiendo mi padre a la viuda durante años, nuestras “dotaciones de estudios”. Y quedó claro que no estaban dispuestos a dejarse chantajear. Una parte del acuerdo consistiría, pues, en que yo firmara un documento que incluía a mi padre y a mí en la preparación y ejecución de aquel crimen. La otra parte era no volver a tratar a Encarnación.
- ¿Qué hizo usted?
- Acepté. Firmé el papel por triplicado.
- ¿Aceptó? ¿Por qué aceptó? ¿Por qué no cogió a su madre, a Encarna, y se fueron de aquí? ¿Por qué no los mandó a tomar por el culo?
- Mi madre estaba muy enferma, y no habría querido moverse de su hogar de toda la vida. Aun así, podría haberla convencido; eso no era problema. Pero Encarna es una Senabre. Esta es su tierra, de la que quisieron echarla, y no había nada que hacer.
- Podía usted haberse ido con su madre. No le debía nada a Encarna. Pero firmar ese papel... Aceptar las condiciones de esos cabrones... – Diana no lo comprendía y miraba con extrañeza a Nucio, quien se irguió en la silla, cómicamente serio, para beber, sacramental y mágico, el último sorbo de licor de su vaso. Luego lo depositó con delicadeza sobre la mesa, antes de volver a tomar la palabra. Se esforzaba en no comportarse como un borracho, y en ese intento lo parecía todavía más.
- ¿Recuerda que le dije que aquel primer abrazo fue para mí un compromiso pasa siempre? ¿O no se lo dije?... Bueno, pues lo fue. No sé si solamente por el amor que nos teníamos, o también como restitución sentimental por creer durante demasiado tiempo que se la habían llevado por mi culpa, y viceversa, o por no haber sido capaz de levantar una relación digna con nadie en todos aquellos años de... exilio y fracaso. No me importa saber por qué; el caso es que para mí seguía y sigue siendo una promesa válida. Además, ella guardó también aquel... afecto. Estuvo casada, sí; tuvo un hijo, sí; pero aquel marido formó parte de una huida, de una autodestrucción, de una venganza, no fue un encuentro auténtico, ni el resultado de una emoción... amorosa... normal. Usted lo sabe: las mujeres pueden y saben hacer ese tipo de cosas por rencor o venganza, ¿verdad?... De una manera tortuosa, ella continuó sola por mí, me esperó, y yo la esperé... a ella. De eso no se huye. El papel que firmé, muerta mi madre, no me preocupa en absoluto. Y además – dijo, y sonrió beodo, con una picardía inocente, aflictiva y alcohólica – la veo a menudo... ¡a escondidas!... que era... al fin y al cabo... lo que más me gustaba.
- ¿Lo sabe Encarna? ¿Sabe lo del papel?
- No, ¿para qué? Ella es feliz así. Y hemos llegado a sacarle gusto a mi supuesta... degradación. Sé lo que es la verdadera degradación, créame; y esto, no lo es. Lo parece, pero no lo es. Lo parece... – se levantó de la silla, perdió el equilibrio y se desplomó pesada y torpemente hacia atrás. Al ruido catastrófico de la caída de sillas y cubiertos, se unió el de un jarrón de flores que se rompió, y que además dejó un charco de agua y los tallos verdes esparcidos por el suelo alrededor de la frente de Nucio, quien entreabrió desde el suelo los ojos enrojecidos y acabó su frase: - ... pero no lo es.
Al momento llegó Beto y, sin una queja, sin mediar palabra, lo ayudó a levantarse. No miró a la mujer joven ni una sola vez, pero de su actitud se desprendía claramente que la hacía a ella responsable de que Josemari se hallase en tal estado. Ella se había levantado enseguida, pero notándose inestable, se había quedado donde estaba, aferrada a la mesa. Hubiese querido explicarse, pero nadie le hacía caso. Nucio había conseguido al fin volver a sentarse en su silla, y se hallaba un poco apartado de la mesa, apuntalado con las manos en las rodillas, mirando al suelo, aparentemente pensativo. Beto estaba inclinado sobre él, sacudiéndole la chaqueta casi con deferencia o el cariño mudo y devoto de los familiares que llevan mucho tiempo a cargo de un enfermo difícil e incurable. Sólo cuando Nucio, todavía cabizbajo, la miró con lánguida autocompasión, el camarero quiso darse cuenta de que ella estaba allí. Habló volviéndose sólo a medias.
- Ahí encima le han dejado la llave de una habitación. Ya me pagará esto luego.
- ¿Una llave?
- Sí – contestó esquinado, con fastidio o indignación – Esto es un hotel, ¿no? Suba a la habitación si quiere descansar un poco hasta que llegue Genaro – Como ella mostrase incomprensión y no se moviese todavía, Beto, ahora mirándola con insolencia y acercando demasiado su cara fina de gárgola, olorienta a rancio y calamares, le gritó - ¡Es gratis! ¡No se preocupe! – A su parecer, eso debía de dejarlo todo claro.
La mujer fue recogiendo sus cosas de la mesa tratando de conservar la compostura. Salió de detrás de la mesa colgándose el bolsito y pensando qué podía decirse en aquellas circunstancias; pero apenas pudo despedirse de Nucio levantando una tímida mano, porque aquel camarero cerril, protector, casi maternal, parecía querer impedir a toda costa que se comunicasen e interpuso el cuerpo entre sus miradas.
Fuera, sobre el mostrador de Recepción, reposaba una llave unida por una argolla a una incómoda tarjeta de plástico con el número grabado: 116. A su espalda se encontraba la puerta del ascensor (antigua, como industrial, de caja fuerte o montacargas de hospital); pero estaba casi segura de que su habitación estaría en el primer piso, y ya veía la escalera frente a ella; temió, además, caer al suelo si se daba la vuelta o meter el tacón en la ranura de la caja del ascensor, así que enfiló los peldaños enmoquetados. Trataba de mantenerse erguida, y se sujetaba discretamente apoyando y arrastrando el brazo derecho por la pared, aunque se daba perfecta cuenta de que subía dando tumbos.
Al llegar al rellano giró a la derecha, muy ceñido a la esquina y buscó la primera puerta. Su número era el 102. Era fácil. Puso toda su capacidad de atención en caminar pasillo arriba a pesar de que la pared no siempre estaba donde ella la buscaba. 104, 106, 108... Allá al frente apareció un ventanal por el que entraba un terrible chorro de luz que la deslumbró. Permaneció quieta, confusa: sólo quedaba una puerta más en aquel lado del pasillo. Tardó en comprender lo que pasaba. Se apoyó de nuevo en la pared y, rodando hacia atrás sobre sí misma, giró hasta volverse completamente. Se estabilizó, cobró conciencia de su posición y caminó en dirección a la escalera. Poco antes de llegar, a la derecha, encontró la puerta con su número. Tuvo que buscar la cerradura con las dos manos. Entró y cerró con alivio a sus espaldas. La soledad reconfortaba. No le importaba tanto hacer el ridículo delante de sí misma. Casi ni merecía ese nombre tan infamante: “ridículo”... No, ella estaba tocada pero lúcida... lúcida.
La penumbra olía a cáscara de limón. Se despojó del bolso, los zapatos y la falda antes de arrojarse sobre la sábana. Estaba fresca. Justo frente a la cama, al otro lado del cuarto, se veía el vano oscuro de la puerta del baño. Sintió un escalofrío de humedad y baldosines, y también algo más intenso que no identificaba. De pronto, reconoció unas agudas ganas de orinar. Se levantó y corrió al aseo a sentarse. Dejó la puerta como la había encontrado. No había encendido ninguna bombilla, pero veía un poco gracias a la difusa luz procedente del dormitorio, de la persiana mal cerrada. Desaguó largamente. Por la puerta de par en par veía la ventana con ranuras de luz contra las cortinas blancas con flores color mostaza, y al pie de la ventana, con el respaldo iluminado a contraluz, un sillón sencillo de terciopelo rojo, aunque la poca claridad y el contraluz hacían, en realidad, rojos solamente los perfiles de los brazos y del respaldo. Las bragas le entorpecían los tobillos y se desprendió con gusto de ellas. Hacía un calor húmedo allí dentro. Se quitó la blusa y la arrojó volando sobre una banqueta de la sombra. A su izquierda, a la altura del hombro, encontró el frescor de la loza del lavabo. Levantó ese brazo y lo apoyó.
Había acabado. Sentía el habitual prurito mínimo en la vulva, pero no buscó con la mano el rollo higiénico. Frotó superficialmente el sexo con la mano derecha. Cuando notó la humedad ya era tarde para el papel, porque había cerrado los ojos y colocado la frente sobre el antebrazo izquierdo.
Aun así, siguió viendo el sillón rojo; un poco más rojo, tal vez. Estaba ocupado por una mujer casi desnuda. Era ella misma; estaba allí sentada mirándose en el baño. Pero mirándose con los ojos abiertos. Se trasladó mentalmente al sillón y desde allí se veía sentada en la taza del váter, con el brazo siniestro apoyado en el lavabo y la frente oculta en el hueco de ese brazo. Y la mano diestra entre los muslos. La mujer del cuarto de baño, como ella, sólo llevaba puesto un sostén blanco.
Sin abrir los ojos, la del retrete vio que la otra también se lo quitaba: el broche de la espalda, una hombrera, la otra. Descargaron entonces cada una dos senos naturales y pesados, aunque no grandes en demasía. “El sujetador es un arco mágico que sujeta y ciñe el Universo”, recordó Diana de los juegos lésbicos de la universidad, y sonrieron las dos. Con los ojos cerrados, la Diana del baño vio cómo la otra, igual que ella, se pellizcaba un poco los pezones, pero enseguida recuperó la otra postura corporal (el brazo siniestro apoyado, la cabeza caída, los ojos cerrados, la diestra en la entrepierna, presionando con suavidad), y la del sillón de color guinda también llevó la mano derecha al mismo lugar y se presionó.
Su muñeca conocía bien los movimientos, sus dedos se volvieron audaces, por eso se entregó aún más confiadamente a la visión de la que estaba sentada en el sofá, quien giró la cabeza a la derecha y vio abrirse la puerta a la luz roñosa del pasillo. Cuando se cerró, había tres hombres dentro, aún en la zona oscura. El primero que se acercó, entrando su cuerpo bajo el claror de la ventana, fue Nucio. Iba completamente desnudo salvo el bigote lacio. Su cuerpo era delgado, con el vientre bajo y redondo ensombreciendo más el vello púbico. Desde el baño, Diana, con los ojos cerrados, vio interponerse a Nucio entre ella y la Diana del sillón. Las nalgas de Nucio eran sumidas, las caderas escurridas y tan huesudas como la espalda, marcada de costillas y vértebras.
Con su mano derecha seguía explorándose, y supo que debía conceder más todavía a su ‘yo’ del sillón, y trasladarse a ese yo para poder ver el pene de Nucio, a quien la del sofá tenía justo delante. Su escroto colgaba repleto, par y desigual, como la bolsa de canicas de un escolar mirón, pero su pene no aumentaba de tamaño con suficiente rapidez. Ella sintió la obligación y el reto de estimularlo.
- Ya estás aquí, perro... ¿Te ha visto subir alguien, impotente borracho? – Nucio sonrió y negó con la cabeza, como ese escolar tímido y mirón gozosamente cogido en falta lúbrica. Dio la vuelta por detrás del asiento y se colocó a su costado izquierdo; así, la Diana del cuarto de baño podía ver (con los ojos cerrados contra el brazo siniestro) a la otra sentada y con un hombre muy blanco y muy desnudo a su lado que (¡hasta eso podía distinguir!) se tomó el falo largo y flojo por la base y lo agitó hasta que el apéndice adquirió bastante grosor. Luego comenzó a golpear con él el hombro izquierdo de Diana: Plas, Plas, Plas, Plas. Ella lo sentía como si la golpease con un pescado, con una trucha babosa y de sangre caliente, con una bacaladilla, una japuta, una cría de marrajo o una de aquellas anguilas que vio una vez, cortadas y muertas, que se movían. Para no encontrarse todavía el miembro de Nucio enfilado a su boca, tan cerca de sus labios (algo que, más temprano que tarde, tendría que suceder), no volvió la cabeza hacia ese lado cuando el hombre comenzó a hablar.
- Llamarme perro es decirme que me humillo, que carezco de dignidad y de valor, (Plas, Plas), pero entre los hombres... (¡Mira para adelante! ¡Mírate allí meando en el retrete y metiéndote el dedo, guarra! ¡Y cállate!) ...entre los hombres, el humillar la cerviz tiene otras lecturas... Antaño, el jefe guerrero no temía a sus hombres (Tú tampoco me temas; tampoco me tengas miedo, zorrita... ¡Ya chuparás!), pues había obtenido su puesto por sus méritos en el combate, y podía enfrentarse a cualquiera de ellos y matarlo, por eso no necesitaba humillarlos: los dejaba permanecer de pie y armados ante él (Plas, Plas), y mirarlo a los ojos. A medida que el príncipe fue haciéndose menos militar y más cortesano, más poderoso también y, paradójicamente, más débil de cuerpo y de coraje, a medida, pues (Plas, Plas), que se fue volviendo más vulnerable, hasta llegar casi a la indefensión, más temió de sus súbditos, (Plas, Plas, Plas, Plas), más miedo le daba su presencia, más riesgos entrañaba su cercanía y su contacto visual, pues, como todo el mundo sabe (Plas, Plas) ver una pieza durante una partida de caza es ya casi haberla despellejado (Plas, Plas). Por eso, si el príncipe tiene suficiente poder para imponerlo (Plas), impone una postura que haga imposible el tiranicidio. Las formas de sumisión simbólica (Plas, Plas) responden, más que a la devoción o al respeto, a la seguridad del sátrapa. Conque, (Plas), en función de esa peligrosidad, (Plas, Plas), se fueron creando por un lado las reglas de protocolo palaciego y por otro las atribuciones divinas del soberano. Cuanto más aumentaba la delicadeza del regente, (Plas, ¡Mira para adelante, bonita, o te caliento!), mayor era la humillación a que debían someterse los súbditos en su presencia. Ante el emperador más frágil, el súbdito ha de mantener la frente contra el suelo, y así ¿cómo va a poder atentar contra su vida... ¿eh?...(Chupa un poco... Así... ¡Déjalo!... Plas); si tiene que permanecer postrado, con la nariz en el polvo y las palmas extendidas igual que un reo, ¿cómo podría agredirlo? La suprema humillación del sujeto es el supremo reconocimiento de su potencial peligrosidad para la integridad física (la única que cuenta, cerdita, Plas) del principito (Plas, Plas... Ahora sí, ahora mira hacia aquí y toma mi polla con la boca.. así... sin dientes... ¡basta! Plas). Ese miedo ritual reconoce, pues, la fuerza hostil virtual de cualquier muerto de hambre. La crueldad del príncipe, por su parte, da a esta situación realismo y contendido moral. Algunos monarcas (¡lámela un poco!... Assíí... ¡ya!) comprendieron el origen de la necesidad de la ficción de la devoción de los súbditos (No te distraigas, cerda, Plas), y cuanta mayor devoción se empeñaban estos en mostrarles, mayor sensación de mentira, de miedo y soledad sentían ellos (Plas, Plas). El rey con la paranoia de persecución más acusada, que llegó hasta la locura y tuvo que abdicar, fue aquel que sintió con certeza que el corazón de uno de sus cientos de millones de siervos conocía el secreto de tanta humillación protocolaria (Plas... lame los huevos, puta... hasta el ojete... a ver si se calienta ya tu amiga la zorrita frígida del baño... asssííí... ¡basta!... ahora para adentro), aquel que sintió que un mierdecilla conocía el secreto de tanta divinización de gerifaltes y monarcas, y que, por tanto, se sabía más fuerte que él... No necesitaba ir a verlo ni mandarle cartitas como ese cagón del personaje de Kafka... Anda, mira a tu derecha; quiero presentarte a más perros.
Dejó de sentir el relieve del glande entre los labios y la lengua y movió la cabeza hacia la derecha, como le habían indicado. Ya estaban dentro, y eran muchos.
La Diana del retrete, con los ojos cerrados y la cadera ya tensa de excitación vio que a la otra, sentada en el sillón de perfiles rojos, la rodeaban hombres desnudos con ingles oscuras y bultos gordos: músculos, escrotos y pollas. Más atrás, junto a la pared del fondo, vio penumbras de hombres gordos masturbándose. Dos de ellos se lo hacían recíprocamente. Vio cómo la otra alargaba la mano izquierda.
Y la del sillón tocó el pene erecto y rojo de un hombre un poco grueso. Levantó la mirada y reconoció el brillo de las gafas y el corte de pelo elegante de don Roberto. Olía a goma de borrar y tinta de fotocopiadora. El otro cuerpo a su derecha era delgado y tenía las manos a la espalda. Este, el tío Zomín, la miraba lampiño y abacial, recogido y paciente, con el cuello tronchado en una curva resignada. Pero movía la pelvis, y el saco genital, fláccido, le golpeaba contra los muslos pálidos y peludos. Por entre el uno y el otro (Nucio seguía a lo suyo: Plas, Plas, Plas) vio cómo el hueco de la puerta se llenaba con la presencia del hombre joven y rubio de la melena. Era muy hermoso, y dejó la caja blanca en el suelo antes de entrar bajo la luz. Se acercó con sonrisa de golfo (y de la sonrisa sólo eran visibles los bordes colorados), y al plantarse frente a ella sacudió para atrás la cabeza y se movieron las guedejas doradas. Se sujetaba el falo descomunal y nervudo con la mano derecha, apretándolo por la base. La Diana del sillón, con la polla de don Roberto ahora en la boca y estimulando la de Zomín con la mano derecha (la del baño seguía tocándose con esa derecha, y había sentido ya los primeros húmedos heraldos), temió y deseó a un tiempo que el joven la obligase a tragarse aquel miembro enorme, pero no lo hizo: le separó las piernas, se arrodilló ante ella y le pasó dos veces la lengua de perro por la vulva. Luego otra vez, y la del retrete vio, con los párpados abatidos, cómo la del sillón giraba los ojos y ponía la espalda tensa a medida que la boca del propietario de la melena se encarnizaba con su coño. Y sintió un breve espasmo que la avisaba y parecía poner en conexión sus ovarios con los riñones. Una gota de su líquido cayó en el agua y vio, con los ojos cerrados, cómo el joven de culo prieto y ancha espalda de perfil colorado levantaba las piernas de la otra y la penetraba brutalmente.
La del sillón dio un grito (como pudo, con un pene en la boca) y sintió primero dolor y al poco fuego. El rubio habló al ritmo de su cintura.
- VOY a prepaRARte para BALdo SeNAbre... aaaSÍ... aaaSÍ... aaaSÍ... puTÓN... guaRRÓN...
Y así continuó unos minutos, perfoRANdo, horaDANdo, martiLLANdo, y Diana saboreando carne latiente, tocando carne de pulpo, viendo sombras y bultos blanqueninos, oliendo anos y sudores, sintiendo ya salpicaduras en la cara.
- Ya viene - oyó
- Ahora conocerás el secreto de Senabre.
Se apartan todos menos el rubio, que sigue bombeANdo; y la Diana del sillón ve asomar por la puerta el cuerpo luciente de Senabre.
“¿Qué Senabre?”, le pregunta la del cuarto de baño a la otra sin dejar de frotarse, con los ojos cerrados, con la boca sellada. “Los dos, que son el mismo”, se le responde. “¿Cómo es?” “Tiene el cuerpo del Moisés de Miguel Ángel y la cabeza de Sean Connery. Es inmenso y hermoso” “¿Y la polla?” “La polla es como la de Rocco Siffredi” “¿Qué hace?” “Brilla caminando hacia mí. Es una aparición, un ectoplasma. Es un espectro: su cuerpo se transparenta un poco... se pasea por delante de mí y... ahora te veo a través de su vientre cristalino, te veo agitarte en el inodoro. Ya está aquí... Rodeando todo su cuerpo, a un centímetro de su piel hay como un aura luminosa y azul que sólo se ve interrumpida por su pene perfecto, que atraviesa esa aura provocando que la energía mude su color en la zona de contacto: su falo santo atraviesa el aura azul desgarrándola a través de un ojal con el borde de luz amarilla, como bordado en oro. Y al salir fuera del aura protectora, la polla no irradia ya esa luz azul (ahora es fluorescente y blanca como un cetro bendito), pero manifiesta su secreto.” “¿Cuál es el secreto de Senabre? No lo veo desde aquí” “El aura de luz permite ver su carne de cristal antiguo, y a través de ella te veo convulsa en el retrete, pero su sustancia fantasmal me deja distinguir además su esqueleto de fósforo, que ríe y que danza, que se pavonea marionético y petulante, medieval y lunático, y también me permite vislumbrar su secreto...” “¿¡Cuál es!?” “... un hueso liso y alargado dentro del falo.” “¿Cómo?” “Tiene un hueso longilíneo a lo largo del cipote que presta solidez a la uretra cuando esta lo haya menester; y cuando no..., tal vez se repliegue, eso ya no lo sé.” “Pero ¿qué dices?” “No es tan raro. Algunos animales lo tienen.” “¿Es calcáreo y rígido o cartilaginoso?” “No sé, será cartilaginoso, le pega más... ¿Te corres?” “No sé. ¿Qué te hacen ahora?”
La Diana del sillón siente que don Roberto por un lado, de un brazo y una corva, y Zomín y Nucio por el otro la levantan en volandas mientras se dispone Senabre. Al rubio le suda el pecho duro y sigue que te sigue, ahora de pie, empuJANdo y meTIÉNdole aquel prodigio hasta que Baldomero, que sonríe desde atrás, transparente y heroico, tétrico y cachondo, famoso y lúbrico, le toca el hombro para que le deje ese sitio. El rubio entonces saca lo suyo húmedo y brillante con los perfiles rojos, de color de picota, le abre a ella el sexo con la mano (con la misma que lo hace también la mujer del retrete, sintiendo ya el principio del fin) y escupe dentro, dos veces, antes de apartarse definitivamente y ponerse a sujetarla en vilo junto con los demás, al lado de don Roberto, para que Senabre pueda acoplarse con ella así de pie.
Por fin se acerca, y el aura azul entra en contacto (una frescura eléctrica) con la cara interna de sus muslos de bordes de color encarnado. La Diana del retrete ha descargado la cisterna, y como el breve frescor que asciende no es bastante, hunde la mano en el agua que baja por la loza y con ella se embadurna la vulva: es la punta del pene frío la que hace entonces contacto, como una barra de metal o un caño de agua viva, con los labios que se mueven como gusanos enloquecidos, con la vagina que se contrae haciendo ventosa. Un estremecimiento premonitorio comienza a recorrer el vientre de la del retrete y... entonces sonó un timbre.
“¡¡Entra cabrón, entra perro!!”, dijeron las dos Dianas a los dos Senabres, ansiosas, suplicantes, con rabia, pero todos los hombres habían quedado paralizados por la realidad, congelados por la sorpresa, y se habían vuelto a mirar el teléfono de la mesilla de noche. El gruísta, que se estaba haciendo una paja al lado de la cama, hizo ademán de ofrecerse a cogerlo, pero Senabre le hizo un mínimo ademán para que abandonara la idea, no había nada que hacer. Senabre, seductor, poderoso, experto y duro, necrótico glorioso, cinematográfico, renacentista, pornográfico y lírico, espectral, onírico e irónico, no deja de sonreír; mas ha esbozado ya con el mentón y las cejas un gesto de irónica pena y de abandono, y el pene frío y vertebrado se retira hacia la inexistencia fantasmal.
“¡¡No, no; joder; para, detente, entra!!” Pero es inútil.
La mujer joven despegó la frente del brazo siniestro y, abriendo un poco los ojos, vio el sillón vacío y colorado y el borde de la colcha. El timbre seguía sonando. Era tan irritante que se precipitó a la otra habitación y se arrojó sobre la cama estirando el brazo.
- ¿Diga?
- ¿Oiga?
- Diga.
- Soy Genaro, el taxista.
- ...
- Estoy aquí abajo, en Recepción. Cuando quiera, baja y nos vamos.
- ...
- A Zaragoza, ¿no?
- Sí... vale... esto... ¿hay alguien del hotel por ahí?
- No... espere... – mientras aguardaba miró el reloj: eran la cinco y media. Se sentía mareada, con el cuerpo cortado. Una voz de mujer se puso al otro lado. Ella preguntó si le podían subir un café. “.... sssí, claro; ahora mismo”. “Muchas gra...”, no tuvo tiempo de acabar. Corrió al cuarto de baño y vomitó un líquido con la textura y el color de un jarabe de ciruela, pero fétido y salpicado de diminutos fragmentos de pan y pescado blanco; casi todo en la taza. Se lavó la boca. Como ya estaba desnuda, entró en la ducha, abrió el grifo, se sentó en el fondo y dejó que le cayera encima el agua muy caliente, luego muy fría. Después le trajeron el café. Eran las seis y cuarto cuando abandonaba la habitación.
En el vestíbulo se presentó el taxista, cogió los bultos de ella, se enteró del destino y salió para esperarla en el coche. No se disculpó por llegar tan tarde, y ella no quería hablar, no deseaba que el tipo se tuviera que inventar cualquier excusa estúpida y tener que ir escuchando batallitas todo el camino. Sólo se alegraba de salir de allí. Pagó la cuenta de la comida y el café, y pidió la factura para el seguro.
Fuera ya del edificio, bajo la marquesina del hotel, sintió de golpe el frío de la tarde desapacible. El día se había estropeado definitivamente, y los charcos sinuosos de la Plaza de la Araña reflejaban un cielo bajo y encapotado. Dos tipos con gabardina la miraban desde el otro lado de la plaza; ella los veía a la izquierda del perfil cuaternario de la prominencia central, que bajo aquella luz parecía un siniestro túmulo mortuorio. Más que la cabeza de un pulpo o una tortuga, pensó que parecía el enterramiento de uno de los elefantes de Aníbal que no hubiera podido resistir aquella desolación hasta llegar a Roma. Le habían dicho que iba a un circo. Ya, vaya circo.
Subió al coche, un Mercedes negro muy confortable, que supo rodear la plazoleta por donde no había bultos ni baches. Pasó ante los dos tipos que la miraban, y luego junto a la fachada de la Metalúrgica, y atacó la bajada por el desfiladero con extremada suavidad. El hilo de agua metálica entre las rocas allá abajo, al fondo de la garganta que comenzaba al borde de la carrocería, no era tan amenazador como desde la alta cabina de la grúa.
Se puso cómoda para hacer un par de llamadas. Llamó a su jefe directo y al que lo sería en Zaragoza, al seguro del coche y finalmente a una amiga de Madrid. Se había descalzado. Hablaba con los ojos entornados de asuntos ajenos a aquel viaje. Se extendió sobre su separación de Eduardo, acerca de los motivos reales y los imaginarios. Hicieron hasta planes para las vacaciones. Ella y su amiga soltera irían a Cuba.
Cuando cruzaban el Aranda y ya se veía Illueca, con su castillo en lo alto del cerro, todavía hablaba con ella, y le contó lo que le habían dicho del Papa Luna y de su duro cráneo. Pero su amiga Elena tenía que atender a la puerta, y tuvo que colgar.
Atravesaron Brea y los desiertos antiguos encinares y llanuras de piedras y algún pinar hasta llegar a Morés.
A mitad del puente de hierro y hormigón por el que cruzaban el Jalón, la mujer miró por la ventana el cauce del ancho río. Debía de haber llovido río arriba, porque el agua bajaba impetuosa y de color chocolate, como el inmenso lomo de una gigantesca lombriz. Un bulto atrajo su atención: parecía una bolsa gris llena de aire, pero en realidad era un perro ahogado. Apartó la vista cuando ya había distinguido los ojos abiertos del horror y las patas rígidas de juguete infantil o globo aerostático.
A pesar de que la carretera era lisa y recta desde ahí en adelante por un buen trecho, y de que corría por el interior acogedor de túneles verdes, no pudo quitarse el pellejo hinchado de la mirada. A su derecha, al otro lado del río, cuyo caudal marrón y recrecido corría paralelo a la carretera, se alargaban las modernas factorías, una tras otra, iguales y distintas, brillantes de tubos de aluminio y estilizadas de altas chimeneas como espigas con su fino vellón de humillo blanco en la punta.
Al ver el letrero de Saviñán, se acordó de lo que le había contado a su amiga Elena acerca del último resto del cadáver del Antipapa.
- ¿Sabe usted dónde está la casa de los Luna?
- ¿Cómo?
- La casa de la familia del Papa Luna, donde conservan el cráneo, aquí en Saviñán, ¿sabe cuál es?
- No; pero si quiere paramos y pregunto.
- ... Nnno, siga; da igual.
Vio un par de casonas antiguas por donde iban pasando, y otro par a media altura de un altozano; pero ya le daba igual. Desde la salida del pueblo tardaron unos diez minutos de paisaje abrasado y polvo en alcanzar las paredes peladas y las rocas a través de las cuales se abría camino el túnel. A la salida se veía ya El Frasno a lo lejos, así que tomaron a la izquierda el desvío a la carretera nacional, a la que se accedía por aquel carril que ascendía haciendo tirabuzones casi verticales que le pegaban la espalda al cuero del respaldo: era como elevarse del suelo en un avión. Se arrepintió de haber dicho a los del seguro que regresaría personalmente a por el coche. Le habían ofrecido llevárselo a Zaragoza o a Madrid, y que, mientras, ella utilizase un vehículo de sustitución. Aquella póliza, desde luego, valía lo que pagaba por ella. Pero había declinado aquella fórmula porque debía regresar a pagar lo del perro y a recogerlo. Saliendo de aquella cueva a bordo de un Mercedes que parecía despegarse del suelo y querer volar, se arrepintió de haberlo hecho.
El coche llegó a la incorporación y entró al carril derecho sin detenerse y sin tirones. Poco a poco, el automóvil fue adquiriendo la velocidad de crucero, el máximo permitido, y trazó todavía un par de largas cuestas en curva, entre picachos romos, antes de iniciar un suave descenso.
- Nos vamos a quedar sin perros... ¿Qué buscarán?– dijo súbitamente el hombre. Diana se incorporó por cortesía: “¿Cómo dice?”.
- Mire – señaló el hombre con la barbilla. Un perro venía galopando por el arcén derecho en dirección contraria a la que ellos traían, subiendo hacia El Frasno, volviendo la cabeza fina y fanática insistentemente hacia el otro lado de la autovía. Justo cuando el conductor se cambió al carril más a la izquierda para evitar lo que parecía que iba a ocurrir, el perro saltó al asfalto con decisión y comenzó a cruzarlo en diagonal. El Mercedes lo había podido sortear, pero por el carril central, unos metros más atrás, venía un turismo granate que no pudo esquivarlo a tiempo. Diana había decidido no volverse en el asiento para no seguir con la vista el curso del perro por la luneta trasera; pero oyó el frenazo y el golpe, y vio el desagrado reflejado en los ojos del conductor, que había seguido mirando por el retrovisor.
- Pobres perros, dan pena como si fueran personas – dijo, y siguió conduciendo con calma y en silencio hasta Zaragoza.




























Capítulo 3º
La otra veterinaria y el almacén de juguetes.




Se había acostumbrado pronto a su vida en Zaragoza. Sabía lo que se esperaba de ella, conocía su tarea y disponía de toda la ayuda y los equipos necesarios. Empleaba muchas horas en cotejar documentos y analizar informaciones contradictorias aparecidas en distintas direcciones especializadas de internet. Además debía formar, o al menos informar, a los técnicos de la entidad que tendrían que desarrollar ese trabajo cuando ella se fuera, instruirlos en nuevos procedimientos y recursos algunos de los cuales no estaban aún en castellano. Se asombró (sin quejarse a nadie: no estaba allí para revelar o crear problemas, sino para solventarlos o acaso impedir su aparición futura) del nivel de incompetencia idiomática de los expertos y ejecutivos locales. Ella había realizado parte de sus estudios enteramente en inglés, había tenido que adquirir nociones de alemán y francés, y nadie, en el nivel internacional en que se desarrollaban ese tipo de actividades, lo consideraba extraordinario, ni, por supuesto, ella tampoco. Este desconocimiento, así como la escasa capacidad de atención de sus colaboradores, fueron considerados por ella como circunstancias laborales.
Trabajaba diez y doce horas diarias en muchas ocasiones, pero las dietas eran cuantiosas y el trato que le dispensaban sus compañeros era muy atento y cariñoso. Algunos días en que la jornada era más corta o cómoda iba de compras, hacía visitas turísticas, acudía al gimnasio y la piscina del hotel o pasaba la tarde tomando café irlandés en la cafetería del lobby, leyendo una biografía del Papa Luna que había comprado el primer día en que se dio una vuelta por los alrededores.
Estando sentada y hojeando el libro en una de las butacas de ese lugar, a los treinta días de haber llegado, la llamaron por teléfono. Era del seguro, para comunicarle que su coche estaba reparado. Quedaron en que dejaría el automóvil de sustitución la misma mañana en que fuera a salir de la ciudad, y que allí mismo, en la estación, le estaría esperando un taxi para llevarla a Sudencia a recoger su vehículo. Al colgar, pensó que tendría que comprar una jaula enorme para poder llevar al perro hasta Madrid.
A la mañana siguiente se lo comentó confidencialmente a su secretaria provisional (que no podía sentirse más halagada por aquella muestra de confianza), y esa misma tarde la voluntariosa joven la acompañó a un gran centro comercial y compraron la jaula; era plegable, de aluminio, con una plataforma negra de fibra de vidrio a modo de suelo. Sólo pesaba seis kilos, y llevaba correajes y hebillas para sujetarla donde fuera. La chica fue incluso tan amable como para llevársela a su casa a fin de probar que cupiese por la puerta de un coche grande como era el de su marido. Estaba tan contenta como si en realidad le estuvieran haciendo el favor a ella.
Desde la primera noche, sus compañeros, colaboradores y ocasionales subordinados y alumnos se empeñaron en sacarla por ahí a cenar, a tomar copas, a bailar. Se sentía el invitado de honor y a la vez una atracción. Las chicas querían contrastar sus experiencias con los hombres con ella, como si en Madrid o Londres algo fuera distinto, como si ella lo fuera.
Se cuidó mucho de revelar ninguna intimidad, correspondió con lugares comunes y reticencias a las confesiones de sus nuevas amigas de toda la vida, y logró que no se notara. Pero se reía con ellas. Le hacían sentirse un poco en casa. Ellos también eran simpáticos, y hasta trataron de amenizarle aquel mes metiéndose en sus bragas. Cuando rechazó directamente un par de ofertas directas y todas las demás insinuaciones, a alguien le dio por decir que era una jodida bollera. No obstante, se ganó su respeto. Fue seria, muy profesional, muy dura y eficaz, mas a dos días de marcharse hizo llevar por sorpresa tres enormes bandejas de canapés y una docena de botellas de cava a las oficinas para (les dijo ruborizada, con una timidez de buen tono) agradecerles lo bien que la habían recibido y tratado y lo fácil que le habían hecho el trabajo. Fue todo un éxito: “¡Qué maja!” “Después de todo, no es tan ogro” “Ha sido un placer conocerte. Y podría haber sido aún mayor si tú....” “Ja, ja,... ¡anda, ganso!”. Fue felicitada en persona por sus jefes eventuales y, telefónicamente, por su jefe en Madrid.
La penúltima noche se retiró temprano alegando que necesitaba descansar, preparar las maletas y revisar documentos. Siendo como era tan ordenada y previsora, a nadie le extrañó que quisiera hacer todas aquellas cosas dos días antes de la partida.
Lo cierto es que tenía una cita con uno de los monitores de la zona deportiva del hotel. No le gustaba especialmente. Sí, era fuerte, musculoso, joven, simpático sin llegar al exceso... (una vez lo vio salir del trabajo: su ropa era vulgar, su conducta anodina, se subió a un coche viejo, probablemente tuviera una novia...), tal vez fuera hasta resultón; pero creía poder estar segura de que no tendrían casi nada en común, de que no podrían hablar de nada. Sería algo físico que, si todo salía bien, no tardaría en olvidar. Desde luego, ella no había premeditado nada por el estilo. Cuando pensaba en ello como un desquite por el abandono de que había sido víctima, se sentía fatal. Así que prefirió considerar que aquella cita era sólo una prueba de que volvía a estar en la arena. La persuadieron, además, la codicia de su mirada y el convencimiento de que el chico trataría de quedar lo mejor posible, la certeza de que dejar muy alto el pabellón es una especie de orgullo o pundonor imperativo de esta clase de tipos en esas situaciones. Por eso, cuanto el chico se ofreció (con esa mirada entre juguetona, fatal y teatralmente libidinosa) a darle un buen masaje relajante en su habitación (allí en el gimnasio había cabinas, pero no se trataba de eso, claro), ella le preguntó sólo si era bueno haciéndolo, sabiendo de antemano (habiendo aceptado ya en su fuero interno) que respondería que sí, que por supuesto, y que ya le diría después, que nunca había tenido quejas.
Se presentó a la hora convenida, y estuvo bien: aplicado, imaginativo, lo suficientemente duro y apropiadamente delicado. Previsiblemente incansable. Sólo tuvo que pararle los pies en una ocasión: “No, eso no.......... Déjame”. A partir de ese momento fue más gentil, hasta demasiado comedido, y tuvo ella que volver a activar el poco de salvajismo que deseaba de él.
Mientras él se duchaba después, ella hizo algo indebido: miró sus cosas. En la bolsa de deportes había, además de ropa sucia, textos universitarios de Historia de las Civilizaciones y un archivador con hojas rellenas de una letra pareja y fina. La cartera no era de lona, ni tenía pegatinas de artes marciales; no contenía entradas viejas de conciertos de rock, trozos de hilo, pelusa ni la foto de una chica, sólo carnets universitarios, uno de un videoclub y tarjetas de crédito. También algún resguardo de cajeros automáticos o de pagar la gasolina. Cuando dejó las cosas porque el grifo de la ducha se había cerrado, recordó que no le había oído decir ‘polla’, o ‘coño’ o ‘cómetela’ ni una sola vez. Casi lo echó de menos. Ella fumaba, pero le gustó que él no lo hiciera.
El chico salió del cuarto de baño con una toalla anudada a la cintura, y le volvió con pudor la espalda para vestirse. A ella no se le borraba la sonrisa satisfecha y tierna de la boca. Estaba sentada a los pies de la cama, con sólo un albornoz echado por encima de los hombros, viéndolo recoger sus cosas y con el sentimiento de haber sido injusta, de que debía restituirle la dignidad que le había quitado antes de conocerlo, aunque él no lo supiera; si bien... si bien tal vez él... (no quería subestimarlo de nuevo ni con el pensamiento)... tal vez él ya hubiera podido imaginárselo; pudiera imaginarse que ella lo había desde el principio considerado y usado como un mero objeto sexual, un pedazo de carne magra y deseable, y puede que hasta no le importase, que le gustase y lo aceptara como juego. De pronto, la risa que le bailaba siempre al joven en los labios (también entonces, mientras se vestía y la miraba mirarlo) ya no era de autosuficiencia juvenil, de petulancia sexual ni de arrogancia de seductor (o al menos, no del todo), y contenía asimismo un sincero aprecio por las cosas, una inteligencia valorativa, tal vez una sencilla simpatía de carácter y alegría de vivir. Así que ella lo hizo lo mejor que pudo: al despedirse de él en la puerta lo besó con delicadeza en los labios y le dio las gracias llamándolo por su nombre.
Al día siguiente ocurrió lo habitual en las despedidas de empresa: comida de convivencia, larguísima sobremesa con el consabido intercambio de direcciones, teléfonos y promesas, momento de reconciliación también con aquellos con los que la relación no fue todo lo cordial que hubiera sido de desear, breves y cautelosas incursiones en lo privado, últimos cotilleos, últimas audacias de palabra y de obra (esto entre los viejos conocidos), los chicos sin chaqueta, aparecen los puros de la risa y las bromas, y luego a algún local de moda. Los dejó allí, divirtiéndose, y volvió al hotel a descansar.
Al llegar se llevó dos agradables sorpresas. Había dos ramos de flores en la zona de sala de la suite: uno grande, ostentoso, en verdad muy bonito y equilibrado, con una tarjeta firmada por el director gerente local, redactada por la secretaria, quien a su vez había encargado el ramo, que había sido compuesto por el florista y pagado por la empresa. Y otro que consistía en una simple docena de rosas amarillas sin tarjeta, que sin duda el joven monitor había logrado hacer entrar en el cuarto por su amistad con las chicas del servicio de habitaciones.
Se bañó viendo las flores iluminadas por el resplandor de cueva de la tele. Se hizo traer dos infusiones y se acostó. Al día siguiente no pasó por el gimnasio a despedirse, pero regaló el ramo grande a la empleada que se presentó a hacer la habitación mientras ella desayunaba; el otro se lo llevó consigo.
El conductor contratado por el seguro la ayudó a trasladar sus bultos personales y la jaula plegada al taxi. Ella colocó a su lado las rosas amarillas y partieron. Eran algo más de las nueve, la mañana era fresca y el sol, todavía bajo, iluminaba con alegría modesta y helada el camino, los objetos y los lugares por donde iban pasando. Entornó los ojos y el verde se difuminó como si se hubiera sumergido en agua marina.
Recordaba que también a Eduardo, su futuro próximo exmarido, lo había juzgado precipitadamente al principio. Lo que le parecía descuido personal resultó ser una encantadora inclinación al despiste y a la desatención de lo accesorio; su torpeza, timidez; su silencio y la ausencia en él de opiniones fuertes, simple prudencia y desprecio de lo improvisado. Las ediciones que corrían a su cargo siempre eran las más cuidadosas y elogiadas. No se conformaba, en su trabajo, con algo menos que la excelencia. Por ahí, por ese perfeccionismo, había atraído lo suficientemente su atención como para encontrar interesantes sus complejas contradicciones personales. Todo eso había sido cierto, y de alguna manera seguía siéndolo; pero ella lo había traicionado por el furor que había despertado en ella una ruptura inopinada y, según ella, inmerecida, por el dolor de la expulsión del recinto donde habita la felicidad. Había hablado de él con desprecio y rabia en su conversación con su amiga Elena, ridiculizando a su familia y a aquella subnormal de la madre, pero incluso mientras hablaba así dentro del taxi que la había llevado cuarenta días atrás en dirección a Zaragoza, se daba cuenta de que estaba difamando una relación que no había sido en absoluto un episodio cómico o ridículo. Se arrepentía de haber hecho, para su propio uso terapéutico, una caricatura con aquel matrimonio. Sólo tenía que pensar en una escapada a Ibiza, dos años atrás, para comprender que estaba ensuciando y falseando su propio pasado si sólo se quedaba ahora con las últimas desazones y los más evidentes errores de aquel hombre. Porque a veces, durante aquel viaje (aunque el viaje fue solamente un tiempo juntos, no unas vacaciones al uso) sintió ese modo de conexión, de sincronicidad emocional, que los unía. Algunos gestos, aquellas miradas que parecían decir: “¿Lo notas?”, eran del tipo que a una la lleva a compadecer a los que no han conocido una comunión como esa, y que puede empujarte a declarar, por ejemplo: “Cuando llega lo sabes, lo sientes... no puedes hacer nada por engañarte y decirte que no, que eso no romperá tu matrimonio, tu familia, tu vida, y no puedes porque sabes que lo hará, y que tu felicidad, la única real, se cifra en que ese amor rompa tu vida por la mitad; es al revés de la situación de tantos matrimonios, tal vez el tuyo mismo antes, en que lo único que puedes hacer, y haces, es engañarte y decirte que sí, que ‘sientes’, que tu matrimonio está a salvo porque sientes ‘eso-que-no-puedes-dejar-de-sentir’, que tienes que sentir por cojones, porque si no tu matrimonio y tu vida son una broma, un fraude. Todo eso se acabó cuando lo conocí.” Y luego resulta que el hecho de que eso sea (en ese momento, y en tu boca) verdad no significa nada más que eso: que fue verdad y fue real como lo fue para todas las parejas que lo sintieron y luego dejaron de sentirlo, que será verdad en el futuro para otras, que la bioquímica amorosa no respeta la inteligencia. Se resistía a pensar que ese: “tú eres especial, tú no eres como los otros, entre tú y yo hay algo que no tienen los demás“ era sólo una fábula absurda que se inventaban la naturaleza y la cultura para hacernos perdurar; pero no podía evitar sentir que la ecuación: “lo percibo, siento la emoción, luego es verdad” estaba en el origen de la ceguera, del sufrimiento y de la mentira del sueño del amor. Pero sin ello...¡qué absurdo permanecer! ¡Qué absurdo no marcharse siempre, no estar siempre marchándose, no estar siempre siendo ‘el que se va’! ¿De qué se quejaba tan amargamente? En el fondo, de no haber previsto que no sería ella quien se marchase. ¿Qué importaba que hubiera sido a través de un SMS? ‘Yo no merezco esto’, gritó para adentro; ‘Yo merezco más atención y un mejor trato. ¿Cómo se atreve a despacharme así?’, vociferó en silencio. Pero, en realidad, ¿qué importaba? La tragedia era la disolución del amor en la pasta de los días, las alas rotas. Quien se fue no era ya nadie. No era un contrato civil, no era un acuerdo diplomático, no había que respetar las reglas del marqués de Lansbury ni la Convención de Ginebra. El amor es romper relaciones con el mundo, echarse al monte, renegar de tu padre y de tu madre, traicionar la amistad. Y si no queda ya, aunque se quiera que persista, si no hay ya ese fuego que todo lo abrasó, ese viento que todo lo arrasa hasta los cimientos, ya es otra cosa que no merece conservarse, ya es el cemento del miedo, ya es la soledad otra vez. ¿Qué alegó para salir así corriendo? Que no quería aburguesarse. Buena razón si ya ha aparecido el miedo porque ha muerto lo otro... Ya no era nadie quien se fue. No es que retrocediese, como dijo su madre, es que avanzaba. Su madre le quisiera cobarde, y ella misma también lo había querido cobarde cierta vez, había deseado que fuera timorato, lo había deseado con desesperación: ‘que sea cobarde, San Judas, que sea cobarde y que no se vaya de mi lado’; pero ya no, ya no valía.
Cuando se acercaban al puerto de El Frasno no pudo evitar mirar donde había visto caer al último perro. Ya no había mancha, ni otro rastro alguno tampoco en el arcén. Había llovido algo entre tanto. Tampoco se veían por allí perros jadeantes. Salieron de la N II por una vía de servicio menos abrupta que la que descendía por el otro lado y había que tomar viniendo de Madrid o subiendo desde abajo, desde el poblado de El Frasno o desde Saviñán. Cruzaron esta localidad muy deprisa. Ella se había propuesto ir mirando las casas desde el coche, por ver si identificaba la residencia de los Luna, una fotografía de cuya fachada aparecía en el libro del Papa Luna que había ido leyendo a ratos; pero lo encontró demasiado fatigoso.
De pronto, aquel viaje se le antojaba agotador y triste. No quería volver a ver perros atropellados o flotando en el río (cuando en Morés cruzaron el Jalón por el puente de la otra vez, ni se le ocurrió volver a mirar fuera) ni quería conocer ejemplares humanos cuyas historias luego le pesaran como si ella los hubiera asistido en sus tragedias. Los contactos que había tenido en Zaragoza, todos ellos, le habían hecho concebir la posibilidad de restablecer su trato con el prójimo de un modo más sencillo, limpio y fructífero: dar y tomar, ceder y recibir, aceptar el roce y el contacto, incluso la colisión, y salir de la zona de ese toque con una elegante sonrisa, con una experiencia nueva, tal vez con un amigo... o con un recuerdo... Y no hacer del tiempo entre los hombres la ocasión del mayor infortunio, ni ser víctima, ni testigo siquiera, de dramas estúpidos y tristes. E inaceptables desde su nueva condición de ligereza, desde su nueva plataforma de liviandad, desde la levedad grácil (que tanto bien le hace al cutis) del desapego. Y tal vez, con suerte, aparecería algún buen compañero en la vejez... o antes; pero no más obligatoriedad de la reedición (innecesaria) del papel de Julietamelibeahelenamedeayerma y hasta Atenea traicionada por Zeus (creía recordar). Conocía las horribles erupciones de odio que tomaban ocasión de lo más fútil, las encarnizadas escabechinas de sentimientos por una tapa de váter o un capuchón del tubo de dentífrico o una tapa del bote del café, por un gusto no compartido, por una receta que se convierte en pócima y veneno. Había participado con odio en sangrientas degollinas del otro atacándole por el resquicio en que es más débil, por donde la piel del alma es vulnerable o tiene más viejas cicatrices; y degollinas que se originaban en un diminuto detalle (la puerta de la nevera, no responder inmediatamente al aceptar una propuesta sin importancia aparente, no llamar cuando se llega tarde, o llamar desde un bar) , detalle que enmascara las desazones negadas por el amor, las ocultaciones generosas de los propios sentimientos negativos porque no son “esto maravilloso que tenemos y que envidian los demás”. Por una vez, un mensaje telefónico la había librado de esa larga construcción de la desolación, de su dolor irreparable, de su terrible insensatez, ¿y eso le reprochaba, que su adiós no hubiera dado lugar a esas escenas de hedentina conyugal?
Las carreteras rurales estaban casi vacías. En un lugar despoblado y arisco, cualquiera a lo largo del tramo entre Brea e Illueca, un zorro los miró pasar desde el pie de un arbusto cercano del asfalto.
Cuando llegaron a Illueca y fueron contorneando la población, y contemplando así la fortaleza anaranjada del Antipapa desde diferentes perspectivas, ella pensó en el pobre Don Pedro, que seguramente creyó, desde su generoso orgullo de pedernal, desde su razón y moral berroqueñas, desde su vivienda sobria y rupestre, que en Roma sólo necesitaban un poco de orden y algo de fe, y se encontró con una sucia reyerta callejera para llevarse al agua propia el gato de la tiara. Franceses, italianos , urbanistas, clementinos... todos a la greña, repartiendo puñaladas en un cuarto oscuro, buscando bulto que rajar, y el único que llevaba el farol del derecho iluminándole la cara era de Aragón, un tal Pedro Martínez, así que le obligan a ser Papa (es de creer que por ser el portador de ese quinqué para iluminarlos a todos), aun contra su voluntad, y luego, como es el único al que se ve, van y lo acuchillan. Querían a alguien que les iluminase no el camino correcto para salir de allí, sino a la víctima, la yugular del contrario aunque hermano en la fe, y se encontraron un verdadero capitán de la Iglesia. Habían acertado por casualidad, era el hombre más digno para asumir el papado en unos momentos tan convulsos y ricos de la historia de Occidente, y cuando se dieron cuenta de su error, ya era tarde, y tenían un Papa con sentido del Estado, de la política, de la Iglesia y de la Historia. Había que ir a por él. Y va la Iglesia y lo expulsa y lo borra de la lista de Papas (según había leído, el nombre que él había adoptado para su apostolado, el de Benedicto XIII, le fue concedido luego a Pedro Francisco Orsini, un dominico simplón que fue ordenado en 1724. Seguro que cuando el fantasma de Don Pedro se enteró en el castillo de Peñíscola de este nombramiento un poco absurdo se le llevaban los diablos de la rabia; no por orgullo herido ni por soberbia, sino porque el tal Orsini era un incapaz, y tan bondadoso y papanatas que le engañaba todo el mundo y le forzaba la mano quien se lo proponía). Y va la Iglesia, que es un hontanar de desastres y paradojas, y da casi el mismo tratamiento a uno de los pocos hombres que han justificado y dignificado el trono de San Pedro y a un payaso golfo y milagrero que se pasea por el Palmar de Troya canonizando fascistas muertos y alardeando de haber sido nombrado Papa directamente por Dios. El autor no lo decía en el libro sobre el Papa Luna, pero ella había llegado a estimar que este, Don Pedro Martínez, sí que había sido elegido por Dios, que para algo era omnisciente. Y en el exiguo limbo de los no-Papas españoles, en ese raro exilio despoblado, se encontraban el “Papa” Clemente, “la voltio”, autoproclamado Gregorio XVII, y el auténtico Benedicto XIII, el Papa Luna, Don Pedro Martínez de Luna, dos aportaciones ibéricas y dispares a la historia de las instituciones europeas y ecuménicas. Y en esa mirada que se cruzaran, en el diálogo inconcebible que mantuviesen, habría tanta españolidad como en la pareja de Don Quijote y Sancho. ¡Dos Papas expulsados hablando en castellano sobre lo humano y lo divino! ¡El Príncipe y la Corista! ¡Qué gran pareja tragicómica! ¡Qué gran viaje para la Historia Universal de la Literatura: Pedro y Clemente buscando su papado por la España actual! ¡Qué conversaciones! ¡Que polémicas!: “Que no, Don Pedro”, regañaría el de Sevilla, “que no es un contubernio del Gran Dinero con los Poderes del Príncipe de las Tinieblas para convertirnos en alfeñiques sin voluntad ni criterio; ¡quite allá, bobín!, que es sólo que la hermana modelo de la novieta de un empresario se entiende en secreto con un actor que antes era chapero; ¡que no te’nteras, asaúra!”. “¡Por Dios, Gregorio, repórtate!”, gruñe bajito el enjuto Don Pedro sin separar los dientes. Suena un timbre y la sala de Palacio donde se encuentran, y que ha alojado una multitudinaria recepción, se va vaciando de guapos lacayos a los cuales Clemente, ¡ay!, ya no puede mirar. Invidente y rechoncho, da el bracete al de Luna, desprendiendo de paso alguna pluma de extranjis lateral, y ambos dos, con la misma corona triple y la capa pluvial, de espaldas y de frente, parecen los espectros de un matrimonio gay de pueblo disfrazado de carnaval. Y entonces, allá al frente se abre sin ruido una puerta doble y aparecen a lo lejos los reyes; detrás, alisándose el traje, trotan los líderes de los principales partidos y luego viene una cohorte de tiralevitas y secretarios. Al fondo, detrás de ellos, el pasillo por el que se acercan relumbra de bujías y murmullos. Se adivina un salón. (“¡Y pa que te’nteres, saborío...!”), susurra caliente y zumbón Clemente al oído de su pareja mientras esboza una sonrisa excesiva y tontimonárquica, pero de pronto para de hablar y hace un esguince de cadera y rodilla como si le hubieran dado un tironcito del escroto (aunque apenas se nota bajo la dalmática púrpura). Se recupera del estremecimiento y continúa: (“¡Pa que te’nteres!: ¡que no llevo nada debajo!”). Don Pedro pone rígido el brazo con el que presta apoyo a su colega. Le dan ganas de chafar la nariz a aquel majadero; pero él sabe comportarse ante los grandes señores de este mundo (que están a un paso). Sólo por el estiramiento del cogote y el acelerado parpadeo se adivinan sus pensamientos: “¡Señor Cristo Jesús! ¡Primero aquellos intrigantes de los romanos y ahora este Calvario!”.
-“Santo Padre”
-“Majestad”
-“Santo Padre”
-“Cálido Joven...”.
Inventando estas cosas, sonriendo en su interior, le sorprendió la voz del taxista. Ya habían llegado a la Plaza del Pulpo, y el hombre preguntaba dónde estaba el taller: ella se lo fue indicando por las callejuelas estrechas y en cuesta, hasta que desembocaron en el repecho en que se abría la entrada del solar lleno de automóviles rotos aparcados y ordenados en filas. Al fondo, por encima de los coches, se oscurecían los dos portones (abiertos como cuencas vacías) de las largas naves con el techo a dos aguas, y más allá, por detrás, cerraban la visión los farallones de roca pelada con buitres volando en círculo bajo el cielo blancuzco. A medida que avanzaban por el pasillo central, fue mirando por si veía su automóvil, pero tuvieron que llegar hasta los edificios para verlo, aparcado el primero contra el murete, donde había estado el SEAT con la horrible rozadura en el lateral. Parecía como nuevo. A su lado, en cambio, había una buena docena de coches también caros con un fuerte impacto en algún punto del frontal. El que estaba pegando puerta con puerta con el suyo lucía un enorme boquete como una herida abierta y gangrenada, y aún goteaba un fluido rojizo que a ella se le antojó sangre del perro atropellado.
Estacionaron al abrigo de la pared, junto a una carretilla mecánica, al costado del edificio, y ella se dirigió a la oficina acristalada. No se veía a nadie dentro, pero entró. No había ni un solo papel sobre las mesas de acero gris y superficie de cristal: Archivadores, máquinas de escribir antiguas y pesadas, bandejas vacías, lámparas de mesa, grapadoras de seta... pero ni un solo papel. Salió y se internó en la penumbra de la nave. Hoy no había sol cayendo en columnas doradas.
El olor a limadura de metal, aceite y combustible fue lo primero. Luego, cuando la vista se le iba acostumbrando, llegó el eco de sus pisadas y la música de un transistor: un aria de Verdi. Algunos ruidos mecánicos invadieron el aire sin que fuera posible decir de dónde procedían. Al extremo del cobertizo, en la esquina derecha, había un hombre volcado sobre el motor de un coche. Buscaba dentro con una lámpara fluorescente de mano y se movía como si estuviera siendo devorado. Al otro lado, junto a la puerta donde ponía RECAMBIOS, dos pantallas de ordenador iluminaban ese rincón de un modo íntimo y vibrátil.
Cuando iba por la mitad de la nave y sus ojos le permitían ya leer las matrículas de los coches ante los que pasaba, y ver a las tórtolas dormir sobre las vigas metálicas que sostenían el techo, distinguió a la izquierda, detrás de una pila de neumáticos, una puerta entornada. Del otro lado de la puerta procedían voces de hombre. Se acercó y metió la cabeza: había grandes pilas de cajas blancas. Parecían todas iguales, y todas tenían precinto sencillo, sin marca comercial, donde se repetía en negro la palabra: JUGUETES. Las voces habían callado y no se veía a nadie por allí.
Ante cada pila de cajas había una en el suelo con una hoja pegada. En la que tenía delante ponía CONGO escrito con rotulador. Avanzó un poco más. El letrero que identificaba la segunda pila decía: COLOMBIA. El tercero rezaba: USA SUR. Entonces oyó cómo se abría una bisagra a su izquierda, en la zona delantera de la nave. Era la puerta de metal accesoria desde la que había visto cargar la camioneta la otra vez que había estado allí. Simultáneamente a la apertura de la puerta, el que la abría gritó: “¡¡Pajarilloooo!!”. Ella escuchó entonces un cerrojo a su derecha, y se volvió justo a tiempo de ver al hombre joven de la otra ocasión, el de la camiseta blanca y la melena, ocultarse tras una puerta de mampara, y luego sacar un poco la cara y observarla desde allí.
El otro gritó otra vez ese apodo mientras sujetaba la puerta abierta de par en par, aunque sin mirar todavía hacia dentro. Y entonces ella decidió ir por el chico y encontrarle antes de que el otro pudiera verla o prevenirle; ir en su busca, sí, buscarle y preguntarle qué estaba pasando allí, qué era todo aquello..
Caminó con prisa hacia la mampara. Y cuando estaba a punto de llegar, salió del interior de aquel cuarto la figura elegante, como de jesuita o diplomático vaticano y gay, de don Roberto, quien la miró con tranquilidad, cerró con calma pero irrevocablemente a su espalda e interrogó: “¿Me puede decir dónde va tan corriendo?”.
- Mmmme estaba orinando y no había nadie para preguntar.
El hombre observó su azaramiento y sonrió. “Venga, yo le muestro”. Salieron fuera, a la nave principal, y el hombre le señaló una puerta al lado del mecánico volcado dentro del capó de aquel coche. Ella dio las gracias, fue y se encerró a tranquilizarse. Después de todo, sí que hizo pis. El cuarto de baño estaba limpio, y de la luz del espejo del lavabo colgaba un tarro de ambientador con forma de tulipán. Mantuvo las muñecas mucho tiempo bajo el choro del agua fría.
Cuando salió, vio allá al fondo, en la entrada, el contraluz de tres hombres que la miraban: don Roberto, Zomín y el taxista, que se hurgaba en los bolsillos y arañaba el suelo con la suela del zapato. El camino hasta allí se le hizo interminable.
Llegó pidiendo perdón.
- Nada, nada; no se preocupe. Pase y me firma el conforme.
Entró otra vez en la oficina. Sobre la mesa estaba la factura que tenía que firmar para que el seguro se hiciera cargo, y a su lado, alineado con la hoja, un bolígrafo. Nada más. Entraron los dos hombres tras ella. Leyó por encima (aunque tardó mucho, porque miraba sin comprender y tenía que releer desde el principio; pero ni aun así se enteró de mucho), rubricó y se levantó para salir de allí. Los dos la estaban mirando con una sonrisa muy rara, como si supieran algo, como si hubieran tenido noticia de su fantasía sexual del hotel.
Ella miró inquieta hacia la puerta y no vio al conductor; además oyó cómo el taxi arrancaba y el ruido se iba alejando. Y Zomín, el tío Zomín, extendió entonces la mano, con la palma para arriba, en dirección hacia ella, y sonrió únicamente con la boca.
¿Qué quería de ella? ¿Qué le exigía moviendo los dedos así? ¿Qué pensaba que había cogido? ¿Tal vez una muestra de una de las cajas? ¿Una cinta de video? ¿juguetes con bolsitas de cocaína? ¿Fotos? ¿Quién pensaban que era? ¿O es que quería llevarla a algún sitio? ¿Quería... que le diese la mano!? ¿Qué harían si se negaba... si echaba a correr? ¡No podía, el otro obstruía la puerta!... O tal vez... ¿Dios mío, era eso!... Azarada y roja abrió el bolso y devolvió el bolígrafo dorado. Salió apresuradamente fuera y comprobó que el taxista, en efecto, se había marchado. Escuchó pasos a su espalda.
- No se preocupe. Mientras estaba en el aseo hemos metido las cosas en su coche. Revíselo si quiere. Si echa algo en falta, nosotros estamos de testigos (Don Roberto estiró el pescuezo). Es que el hombre tenía prisa.
En algún momento del viaje había premeditado que cuando se echara al tío Zomín a la cara le afearía que se hubiera hecho pasar por uno de sus empleados para quitársela de encima; había pensado incluso amenazarlo con informar a la compañía de seguros...; pero no hizo nada de eso: dio las gracias y, sin revisar nada, montó en su automóvil y salió de allí lo mas rápido que le permitió el decoro que le quedaba.
No le había servido de mucho refrescarse las muñecas. Estaba sudando. Abrió la ventanilla y enseguida sintió cierto alivio. Salió a la Plaza del Elefante de Aníbal, como ella la había bautizado, y sin problemas pasó junto a la Metalúrgica para tomar el tramo de asfalto viejo que la llevara hasta la hacienda. Tampoco le había servido de mucho (se dio cuenta cuando ya se deslizaba entre los árboles, a punto de girar a la izquierda y entrar en la finca por el puente de piedra) el haber hecho el propósito de olvidarse de todas aquellas historias y salir de allí pitando hacia su nueva vida de ligereza, desapego y excursiones con perro, de desprendimiento y distancia respecto de las tragedias absurdas con las que se cruzaba. ¿Qué le iba a ella con eso de las cajas? Seguro que lo único que conseguiría sería meterse en líos. Se propuso ser más prudente y más constante en sus decisiones, y también se tuvo un poco de pena (mientras ya ascendía por el paseo de grava y descubría la casa cuadrada y blanca), porque sabía lo poco que le duraría ese propósito. Tal vez, pensó, los propósitos empeñados en cosas vanas o que contradicen nuestro carácter no deban formularse nunca, o no deban cumplirse aunque se formulen, y quizá ese sea el origen de todas nuestras tragedias: los buenos o los malos designios que no se pueden cumplir, ni tampoco dejar de formularse. Y luego la vida va por su propio lado. Así que están los que se dejan dirigir por el impulso vital, sin ponerle trabas, y estos son los trágicos o los heroicos, y luego están los que lo contradicen con normas, directrices, morales, intenciones... que son los dramáticos. Los líricos son los que no han tenido que decidir.
Al llegar arriba giró a la derecha y dio la vuelta a la esquina que ya conocía. Había alguien junto a la puerta, bajo el toldo y la parra. Pensó que sería la veterinaria llamada Encarnación porque vestía una bata blanca. Estaba sentada con algo entre los brazos.
Ya al ir acercándose pudo distinguir mejor al niño. Al abrir la portezuela notó enseguida el calor, el bochorno húmedo impropio de la estación pero característico de aquel lugar. Había como calima, y una luz blanca y cernida muy agresiva para los ojos.
Llegó donde la mujer daba de comer puré al niño que tenía en el regazo. Era más o menos de su misma edad, aunque morena. Por la bata blanca podría haberse pensado en una puericultora o una niñera al cuidado del pequeño; pero en aquel sitio... y por la seguridad manual milimétrica, casi intuitiva, con que trataba al bebé, resultaba evidente que ese trataba de su hijo, el cual se distraía ahora, apartaba la cara, tenía el contorno de la boca manchado de amarillo.
- Buenos días.
- Hola. Buenos días. Perdone que no me levante; si no le doy algo ahora...
- Claro – sonrieron las dos – Vengo a recoger un perro. – La otra hizo memoria, amablemente, aunque sin verdadera necesidad; quería ser cortés en su hogar. Porque aquella era su casa. Nadie se comporta así en domicilio ajeno. En tu propio domicilio no le preguntas nada a nadie: si no conoces tú lo que te piden, es que o no existe o no está en la casa o, simplemente, no es la casa. Y menos en aquel lugar.
- Aquí ahora no hay ningún perro.
- Lo atropellé en El Frasno y lo traje aquí, hace seis semanas – La joven madre quería comprender, se esforzaba; mientras tanto metía una cucharada mediada de papilla amarilla en la boca del bebé, le rebañaba las comisuras y volvía a hacérselo tragar. – La veterinaria lo dejó ingresado para curarlo, si era posible, y yo quedé en volver a recogerlo.
- ¿Qué veterinaria?
- La dueña de todo esto – La morena sonrió, irónica, casi comprendiéndolo todo ya.
- Yo soy la única veterinaria aquí.
- Pero... perdone, ella... examinó al perro, le hizo unas placas... parecía saber lo que hacía. Se llama Encarnación.
- En eso no le mintió – la mujer dio comida a su hijo moviendo la cabeza con fastidio por lo que había oído. Parecía estar a punto de aclararlo todo, y que ese todo no le agradara en absoluto – Es mi madre... A veces... le da por ahí – se avergonzaba un poco (tampoco demasiado; no se la veía una persona muy aprensiva), se sentía incómoda con aquello, pero no dejaba de dar cucharadas de alimento a su hijo- No creo que hiciera daño a su perro. En ocasiones me sirve de ayudante, y además estudió unos años de veterinaria, aunque lo dejó. También estudió algo de medicina, y también lo dejó... Lo lamento; yo estaba de viaje – acabó, disculpándose y disculpando de algún modo a su madre.
- Vaya. Pensé que... – comenzó Diana, señalando las jaulas y vallados vacíos, aludiendo vagamente al animado pasado del recinto -... gustándole tanto los animales, habría abierto ella la clínica.
- Sí, le gustan, pero la clínica se abrió mucho después de que el parque se vaciara y fuese abandonado.
- ¿La montó usted?
- Sí. Estuve trabajando un tiempo fuera ... – comenzó, y fue hablando mientras dejaba la cuchara, recogía un teléfono móvil de sobre la mesa, tecleaba en él y se lo aplicaba a la oreja sin soltar a su hijo, con una pericia manipuladora producto tal vez de la costumbre de tener animales vivos en los brazos, o incluso de otros hijos -...; así que me decidí y me vine para acá y monté esto... ¿Mamá? – dijo mirando el babero del niño. Después de regañarla con cariño pero firmeza, le preguntó por el perro... – (‘Esta bien’) , le murmuró a Diana tapando el auricular – Vale, mamá, yo la llevo a recogerlo... Anda... Sí... Adiós, mamá – y colgó. – Perdone. Ya ha oído. En cuanto termine de dar de comer a este diablo, la llevo a recoger el perro – dijo, y al verla abrir el bolso inequívocamente, añadió, levantando la mano con la cuchara: - ¡Y olvídese de la factura, por supuesto!
- Pero...
- ¡No hay peros... verdad cosita? – terminó con otra voz, mirando a su hijo, haciéndole una carantoña que el bebé agradeció con una carcajada.
Estuvieron las dos un largo momento contemplando al niño con una sonrisa boba colgada de la cara, estáticas y extáticas. Esto las vinculó de algún modo. La madre del bebé invitó a Diana a sentarse.
- Vaya disgusto que se llevaría. – Diana asintió - ¿Le hizo mucho al coche?
Diana relató el accidente. Aseguró que la avería, a pesar de tratarse de un coche nuevo, un capricho que no había terminado de pagar, había llegado ya a aquellas alturas a ser lo de menos. “Los coches se arreglan”, comentó. Además, tenía un seguro a todo riesgo, aunque suponía que el arreglo habría costado una fortuna. Lo más penoso, sin discusión, había sido la presencia del perro, del dolor del perro, su sangre. La madre del niño, entonces, la sorprendió con una observación de rara dureza, máxime tratándose de una veterinaria.
- No es una muerte tan mala. Algunos se lo tienen merecido. ¿Usted no cree que hay personas que merecen sufrir?... Pues algo parecido. Yo no creo que todos los perros vayan al cielo. No van a ningún sitio. Se pudren. Y nosotros igual, salvo que de entre nosotros, son muchos más los individuos los que merecen sufrir. ¿Quiere tomar algo?
Diana declinó el ofrecimiento, pero siguieron charlando amigablemente. Observaba y escuchaba hipnotizada. De alguna manera, envidiaba aquella combinación de delicada y segura ternura con su hijo y la frialdad, el realismo y el más feroz sentido común que manifestaba en asuntos que se podrían considerar ‘sensibles’. Al rato de escucharla creyó haber comprendido por qué aquella mujer ejercía esa fascinación sobre ella. Ese control era algo parecido a lo que quería para sí; un control que no estaba reñido con la cordialidad y la sensibilidad, pero tampoco con la imposibilidad de engañarse a una misma, con la vigilancia constante de la verdad de uno mismo y de los demás. Debía de ser exigente y duro convivir con la veterinaria. ¿Se había comportado así ella, Diana, con sus parejas? Ninguno se lo había dicho. Sospechaba que no llegaba a semejante descarnamiento. No carecía de ironía, pero no alcanzaba aquel sarcasmo alegre y sanguinario. Aparentemente alegre. Y despreocupado. Cuando la conversación flaqueaba, miraban embobadas al niño, y encontraban allí unos segundos de comunión. Bien que fugaz.
- ¿Es el primero?
- Sí, el primero. Me costó un trabajito enganchar a su padre... – Diana se reía, pero ya no se preguntaba por qué la había elegido a ella, una extraña, para contarle tales cosas - ¡En serio!... quería largarse... el mamoncete!! – ronroneó, volviéndose y dirigiéndose en tono divertido al bebé, que redobló su risa para ellas. Hablaban, miraban al niño (que seguía haciendo burbujas con la comida) y sonreían lánguidas de maternidad.
- ... tuve que emborracharlo. Le hice tan feliz aquella noche que cuando a las dos semanas se agotó el efecto de los polvos mágicos y quiso volver a hablar de que no se sentía libre, de que quería comprarse una moto o yo qué sé... ya tenía yo en la barriguita noticias para él. ¿Eh, Jonás? – al pringoso bebé le pareció estupendamente.
- ¿Cómo se lo tomó?
- Al principio, mal, como puede suponer. Yo le habría matado si él me hubiera hecho una cosa así. Luego lo fue aceptando... Es un buen chico... Con otro tío no me habría atrevido; pero él... – no lo parecía, pero aquella hesitación era un homenaje a su marido. Diana creyó entenderla: hacía mofa de lo que le tocaba el corazón con el fin de no enternecerse; ese era su objetivo: mantener el control - ... él se ha portado como un hombrecito, ¡después de haberse portado como un machito!... Le dejé una salida, claro, (con trampa, por supuesto), pero hizo lo correcto... ¡menos mal! Yo no podía esperar más; se me pasaba el arroz... ¿Usted tiene hijos?
- No, y no creo que los tenga ya.
- Vaya, lo siento.
- No importa, lo acepté hace mucho – mintió Diana. No dejaba de pensar en la edad que tendría Encarna cuando...
- Perdone, su nombre es...
- Isabel.
- Isabel... – no sabía cómo formularla, pero tenía que hacer la pregunta de algún modo – Oiga, Isabel... Si yo... quisiera tener un hijo, ¿cree que sería posible todavía? ¿Fue duro para usted?
- No, en absoluto. ¿Qué edad tiene?
- Treinta y siete.
- Yo me quedé embarazada con treinta y seis, y todo fue bien. Sólo tener un poco más de cuidado al ser un embarazo de riesgo... ¡por ser el primero, no por la edad, ¿eh?!... pero nada... ¡Anímese!
Diana se sonrió, miró al bebé, al que su madre limpiaba la cara con el babero, y reflexionó antes de hablar. No le cabía casi ninguna duda.
- Verá... Cuando estuve aquí, hace un mes, conocí también a Nucio.
- ¿Quién? – preguntó la madre de Jonás, aunque resultaba palmario que la había oído y que sabía de quién se trataba. Le cambió el gesto, se hizo un poco desconfiado o aun hosco. Se estaba colocando un paño blanco sobre el hombro. Luego puso al bebé contra sí para que expulsara el gas ingurgitado o vomitase, y le golpeaba suave y sosegadamente la espalda.
- José María Nucio. Era el novio de su madre cuando ella se fue de aquí... En realidad, les separaron; y... a su padre, al de él, que era Guardia Civil en el pueblo, le dijeron que fue porque... la había dejado embarazada. Y... si se echan cuentas...
- ¿Le ha dicho él eso? ¿Le ha dicho que es mi padre? – preguntó con ferocidad fría y contenida, con sincero asombro también, palmeando a la vez con suavidad la espalda de su hijo, a quien mantenía todavía sujeto sobre el hombro.
- ¡No, no! Para él (y si no me mintió sobre lo que realmente pensaba), para él era sólo un cuento para asustar a sus padres. Me dijo que luego su madre se casó y ese marido, el que sería su padre de usted, acabó yéndose. Pero...
- ¿Sí?...
- ...Pero por la edad de usted y la de su madre... tal vez... Además, ellos se siguen viendo. Él viene por aquí. Yo lo vi, y su madre me lo contó.
- ¿Le dijo que era mi padre?
- No, me dijo que era su marido.
- ¿Qué? – Era tan increíble que pensó que no la había oído bien.
- Así lo llamó, “marido”.
- Mi madre no estuvo casada nunca, nunca, ¡entérese!...
- Yo...
- ...y menos con ese baboso borracho. Ese no es más que un pobre tipo que la sigue como un perro, que se humilla por ella, y al que mi madre a veces usa – explicó con ira, no se sabía hacia quien. El niño aún no eructaba.
- Es usted injusta con él. Él ya me aclaró que tampoco era su marido. Estuvimos un buen rato hablando en el pueblo, en el hotel, y me contó la historia de sus abuelos... Que él se tenga que andar escondiendo es una de las consecuencias de aquello. Él es tan víctima como su madre. Sólo era un niño.
- ¿¿Qué historia?? – preguntó la madre de Jonás. Este eructó al fin, y arrojó un poco de crema sobre el paño y el hombro de su madre. Ella le felicitó como si hubiera hecho un salto mortal, le limpió y lo colocó en su sillita al lado de la mesa. Luego se volvió a la mujer rubia y le pidió que le refiriese la historia esa de los abuelos.
Mientras Diana lo hacía, la mujer mecía en silencio el cochecito de Jonás. El bebé, al que en ocasiones estaban ambas mirando conciliar el sueño al mismo tiempo mientras la historia de los Senabre se desarrollaba en el aire, como si nadie la relatase y nadie la escuchara, como si simplemente ocurriera en sus oídos, se fue quedando plácidamente dormido con los puñitos cerrados contra el pecho.
Cuando Diana acabó de contarle lo que Nucio le había narrado un mes atrás, la joven veterinaria se levantó de su asiento para alejar unos cuantos metros el coche de su niño. Lo tapó con cuidado, regresó a la mesa y encendió un cigarrillo que había sacado del bolsillo de la bata. Diana también fumó.
- ¿Y quién dice que le contó a él todo eso?
- Parte lo vivió él (dijo), otra parte se lo habría cotilleado la mujer negra, que habría estado en contacto durante años con algunos de los supuestos cómplices, y el resto su madre, Encarnita, cuando reanudaron aquí sus relaciones.
- Pues verá... Es una historia... interesante; pero es falsa. Es un montón de mentiras; es posible incluso que algunas sean piadosas, que otras sean interesadas, y que el resto haya sido inventado para que cuadre todo. A mi madre puedo encontrarle alguna razón para inventarse todo esto. Ella... la pobre... no está bien, y se protege manipulando la memoria, cambiando las cosas de sitio; pero ese Nucio... no quiero ni imaginarme qué gana con esto. A mí nadie me ha hablado de las negras esas del pabellón.
- Pero el pabellón está ahí abajo....
- Sí, pero...
- Y su madre salió de aquí... en estado.
La mujer morena tardó un par de intensas caladas al cigarrillo en decidirse a hablar, a ordenar un poco aquellos recuerdos, aquellas medio verdades y el resto de patrañas.
- Verá... esa es la única verdad de esa... fábula. Bueno..., eso y que mi abuelo fue asesinado; y lo del incesto... pero está todo cambiado.. Fue peor aún.
- Entonces... Nucio sí que podría ser su padre.
- No lo creo, no creo que le dejaran. Pudo ser cualquiera, menos un niñato de mierda. Pudo ser hasta mi abuelo, pero también pudo ser otro, porque se la follaron muchos hombres.
- ¡¿Su abuelo?! ¡¿Su propio padre?!
- Eso es; el mismo que fue muerto, y que lo fue a manos de su propio padre.
- ¿El indiano? ¿El padre de su abuelo Baldomero volvió a España?
- Ya lo creo... Él levantó los negocios, levantó la casa... él trajo a su hijo.
- Y luego... ¿lo mató?
- Mi bisabuelo Salustio... (sí, Salustio, como el romano) mató a su propio hijo, a Baldomero, porque violaba a su propia hija... ¡a mi madre!... y además se la ofrecía a sus amigotes... Desde que era una niña...¡qué cabrón!... La emborrachaba o la drogaba, la llevaba al pabellón, y allí la forzaba a tener relaciones con él y con un grupo de hombres.
- ¿Qué grupo? ¿Siempre en el pabellón?
La madre de Jonás no comprendió al principio la pregunta, luego miró a aquella extraña rubia con sorpresa y con asco. Al final se le disparó la ironía distante de una ceja.
- ¿Le interesan mucho los detalles?
- ¿Eh?... – ahora, quien no encajaba la pregunta era ella - ¿Oh, no! Perdone... lo sient... Es que... ¡uf!... al decir usted grupo, yo pensé en... en esos del pacto que... Lo siento, créame.
- Lo hacían desde que tenía siete u ocho años. Primero sólo él; después hacía numeritos con sus amigos... Se descubrió precisamente por lo del embarazo. Es posible que... intentaran culpar a ese Nucio para distraer la atención... pero la niña se confió a su abuelo y... pasó lo que pasó. Fue al despacho de su hijo consentido y corrupto en compañía de su nieta y le pegó dos tiros allí mismo, delante de mi madre. Ya para entonces ella debía de tener un terrible sentimiento de culpabilidad, como ocurre cuando los niños sufren malos tratos, y cuando vio que su abuelito mataba a su padre por unas palabras que habían salido de su boca, y aunque ya tenía dieciséis años, tuvo un terrible shock y dejó de hablar. Dejó de estar con los demás.
“Luego, durante el juicio, no quiso o no pudo hablar tampoco de lo que había ocurrido en el despacho, de lo que se dijo antes de la muerte, ni de lo que había venido pasando en el pabellón durante la mayor parte de... su vida consciente. Siempre guardó silencio o quiso olvidarlo o lo olvidó. Lo borró de su memoria o lo conservó en fragmentos inofensivos. Luego, cuando ha necesitado un pasado, lo habrá reconstruido a su gusto, inventándose esa otra versión, o mil versiones, y esa le habrá llegado a ese tipejo, ese Nucio asqueroso... ¿Sabe lo que hacen juntos? ¿Quiere “detalles”?
- No.
- ¿Quiere saber hasta qué punto corrompió aquella iniciación a mi madre?....
- No.
- Mejor... En fin... Las empresas se fueron viniendo abajo, los acreedores fueron echándose encima, los abogados se llevaron cuanto pudieron y se acabaron hasta la madera y el oro de estos montes.
“Con el anciano abuelo y cabeza ahora de familia en la cárcel (porque no quiso hablar tampoco; no dijo ni una sola palabra durante el juicio; no buscó eximentes ni dio explicaciones a la sala ni ante el juez en privado, ni permitió que se le dispensara una buena defensa. Y todo por el sentido del honor y porque se sentía responsable de las acciones de su hijo, fíjese); con su querido abuelo, pues, en la cárcel, con su madre, mi abuela Rebeca, enloquecida de dolor y de rabia, renegando a grito pelado de aquella sangre de bárbaros procedentes de la selva, con un bebé sin padre entre los brazos, y habiendo sido además víctima de esas vejaciones desde la infancia, con tanta culpa encima... casi perdió la cabeza completamente. Yo no lo recuerdo apenas, pero, según parece, pasé mis primeros años en Suiza, en un sanatorio lleno de chicas alegres y de vacas, jugando con mi madre como si fuésemos hermanas...” Acabó, y la escudriñó con dureza: “¿Son suficientes... “detalles” para usted?”. Diana rehuyó su mirada. Mientras la morena encendía el mechero maquinalmente una y otra vez, ella sacó de nuevo su paquete de tabaco y encendió un cigarrillo; después extendió el paquete hasta donde estaba la veterinaria sentada.
- ¿Y quién le contó todo esto? Su madre, no, desde luego.
- ¡Vaya...!- sonrió Isabel, mirándola con asombro, encendiendo también un cigarro. Estaba sinceramente atónita por la inagotable curiosidad de aquella mujer - ... Parece que de verdad quiere todos los detalles... ¡Es increíble!.
- Lo siento... Yo...
- Vale, vale; espere – se levantó, fue a comprobar que Jonás seguía durmiendo, regresó y preguntó a su vez (ya con una ironía sin violencia ni desagrado) cuál era la pregunta.
- ¡Ah, ya! – se respondió a sí misma – No, no fue mi madre. Fue el abogado de la familia. El único a quien se confió el abuelo para que alguien guardara memoria de la verdad de lo que había ocurrido, por si a él le pasaba algo. Y le pasó. Murió al poco de ingresar en el penal.
- ¿Era un hombre gordo?
- ¿Quién... mi abuelo?
- No, el abogado
- Ya no lo estará tanto como entonces; murió hace muchos años ¿Lo... conoció usted también? – El afilado filo de la sorna había vuelto a silbar...
- De oídas – ..., pero la ironía iba ya de un lado a otro como un lenguaje; casi como un juego - ¿Le creyó usted?
- ¿Por qué iba a mentirme?
- Bueno... En la... versión de Nucio, como usted la llama, el abogado gordo de la familia de su abuela habría tenido una implicación directa en el crimen. La suya sería, podría ser, al menos, por tanto, una versión interesada... y autoexculpatoria.
- Pero... ¡eso es un puro disparate! Ese hombre estaba a punto de morir y tenía casi noventa años cuando me lo contó. Y lo hizo porque así se lo había pedido mi abuelo hacía muchos años, que me lo contase lo más tarde que pudiese, pero que lo hiciera, precisamente para que quedase testimonio de la verdad de lo que pasó; y para que yo no muriese sin saber... – No acabó la frase. - Nunca hubo ningún documento que narrase esta historia, precisamente porque no debía conocerse. Y usted dice que un abogado que manifiesta una lealtad así a su cliente muerto fue cómplice de un crimen no descubierto e inventó todo eso para encubrirse... ¿y para qué contármelo con un pie en la tumba? No comprendo cómo alguien pueda urdir una trama así... y todo para encubrir un crimen que ha quedado impune porque se desconoce. Dígame: ¿para qué?
- Porque su madre sabía la verdad y podía contarla.
- ¡¿Mi madre?! – se había enfadado, y Diana no había podido evitarlo - ¡¿Qué verdad?!... ¡Espere! ¡Sí, sí sé para qué puede inventarse alguien una historia como esa!: ¡para aparecer como mi padre y sacarle algo de dinero a la familia a costa de la locura y del olvido de una pobre mujer que fue violada sistemáticamente de niña! ¡Qué le parece?
- Pero Nucio no ha pedido nada.
- Todavía no, ¡y que no se le ocurra!; no ha tenido valor siquiera para empezar reivindicando mi paternidad. Es un cobarde y un flojo y un baboso, y si fuese en verdad mi padre biológico, me daría más asco y me causaría más desprecio y náusea todavía... Se merece que mi madre le haga esas cosas... ¿Sigue sin querer saber lo que hacen?
Antes de que volviese a contestar que no, sonó el distante y largo claxon de un coche. Debía de estar abajo, entrando en la finca por el puente.
- Es mi marido. Le dejaré al niño e iré con usted a recoger al perro – dijo la mujer levantándose. El bebé también había reconocido el sonido, y desde el mismo instante en que sonara, había comenzado a hacer ruiditos guturales y a mover los brazos y las manos. – Enseguida salgo – añadió, y se fue empujando el carrito hacia la puerta de la consulta. Casi a la vez se escucharon las ruedas de un coche sobre la grava, y cómo ese ruido se alejaba conforme el automóvil se dirigía al otro costado de la casa.
Al poco salió de nuevo, ahora sin bata. Vestía igual que su madre. Vaqueros y camisa azul; pero con sostén. Además era más delgada, y su pelo era mucho más negro. Subieron al coche e hicieron la maniobra hacia atrás.
- Ahora en el puente tire a la izquierda. Yo le iré guiando hasta que lleguemos al polígono.
Bajaron lentamente por la ancha cuesta de piedras blancas. Allí a la derecha, entre los castaños, estuvo, según le había contado Nucio, la cama de los perros, y allí a la izquierda... Vio, por entre las palmeras tristes y casi desplumadas, una esquina negra de la techumbre del pabellón; un vértice elegante y puntiagudo que visto así, en escorzo, desde lo alto y entre las hojas verdes y aplastadas, parecía pertenecer al alero de una pagoda.
¿Habrían comenzado allí los tocamientos? Tal vez no. Probablemente, no. Quizá cuando, en el cuarto de juegos de la niña en la casa, entre muñecas y objetos de madera, él, Senabre, a gatas y en camisa, dejara subirse a su espalda a su hija pequeña (todo entre gritos alegres, sonrisas de niñera y “¡Arre, arre, caballito!”), y las piernas flacas y el culito ligero de la niña entraran en suave y cálido contacto con la espalda de su padre; sí, seguro que entonces él reconoció con gusto esa presión y gozó con ella. Quién sabe si, harto de la sexualidad abrumadora de las negras (pero, ¿habían existido las negras en realidad?) o insatisfecho y vengativo por haber sido ya expulsado del (¿aburrido?) lecho conyugal (si es que lo había sido), o sin razón alguna, sin excusa, un día llevara un poco más lejos ese roce y, en ausencia de testigos, en medio del juego, desde ese día en adelante fuera enseñando a Encarna el fruitivo y secreto tacto de unas manos explorando en un cuerpo. Sería al principio excitante y fugaz, superficial y grato; quizá también esto último para ella. Tal vez la niña no comprendiera al comienzo por qué tenía que callar aquellas caricias placenteras; pero sería como comer chocolate a deshoras o abrazar a los perros de la finca, cosas que, sin saber ella por qué, le prohibía su madre, y que sin embargo su padre, su cómplice, su héroe le inducía a realizar como un elemento más de ese lado recoleto y dulce de la vida que le había enseñado a ir descubriendo o creando como un jardín privado.
Sí, probablemente en los primeros tiempos fueran agradables, leves y fugitivos roces de los dedos, de los labios, de la lengua en lugares ocultos, para ella placer soso y cosquillas, olor y gusto a orines: “Papá, ese dedo me da caca”. Quizá ella empezara a conocer el cuerpo de su padre, el tacto de sus pieles íntimas, el sabor, los sabores... Pero eso así no podía durar; no sería suficiente para un varón de cuarenta años.
Habría llegado entonces el momento de que la niña aprendiese a montar a caballo, de comprarle un bonito traje de amazona y un caballo viejo y tranquilo, de instruirla, de conducirla al paso hasta lo espeso de los árboles, de que se fortaleciera su grupa, de que se le fuese haciendo la costumbre de sentarse a horcajadas, de hacerla al ritmo y a las acometidas del trote en sus muslos de alambre... y él a su lado, observándola sonreírle con devoción, con un amor y un rendimiento totales; y después de los primeros golpes, después de los primeros escozores (“Me duele el culito, papi” “Bueeno; para y descansamos” “¿Tienes pupa aquí?” “Por ahí... sí... ¡qué bien!” “¿Te gusta?” “Ssssí... Papá”), vendrían las primeras caricias profundas y los primeros chantajes (“¡Ay, me duele papi!” “Es al principio cariño, luego ya no duele” “¡Ay, duelee... prefiero con la boca!” “¡Cállate, mi amor, sé bu... buena con papá! ¿N... no quieres a papá?”) y el comienzo del temor y por fin la culpa (“¡Duele, duele!” “Y si no me obedeces, va a doler más, ¡¡caramba!! Molesta porque no te estás quieta y tranquila... después ya verás, vamos a ser los más felices del mundo... luego esto te gustará tanto como a papá...; pero los otros no lo entenderían, y te acusarían de cosas horribles, así que es mejor que no se lo digas a nadie, ¿entendido?” “Sí, papá.”). Allí, entre los árboles, se desarrollarían los primeros acoplamientos. Para él serían experiencias con una elevadísima carga de excitación, debido a la conciencia de culpa, o de pecado, y a la exaltante experiencia del poder de uso sobre aquel cuerpo frágil y mancillable, sobre aquella niñita que lo adoraba y siempre era obediente y sumisa, y no quería nada. Tal vez obtuviese asimismo satisfacción de esa ignorancia o inocencia, y creyera que una parte de esa ingenuidad que se volatilizaba era absorbida por él a través del contacto, o puede que quisiera creer desesperadamente que disfrutaba de un privilegio que le devolvía a la condición de inmaculado... nada se podía saber porque, ¿cómo era realmente Senabre? Desconocía si era simple y brutal o sofisticado y decadente. En el fondo, poco importaba.
Pronto la anatomía de Encarnita se habría ido adaptando, el daño físico se habría ido mezclando y enmascarando con otras sensaciones, y el moral escondiendo, los habría ido metabolizando sin saberlo, y habría ido aprendiendo a comportarse junto al ansia viril de un hombre: sin inhibiciones, sin límites, sin el peso de saber qué estaba ocurriendo en realidad.
Durante algún tiempo también la habría visitado de noche en su habitación, o al abrigo del vapor en el cuarto de baño, o la llevaría a su biblioteca, un recinto inviolable con cuero viejo y olor a puro, y al cruzar después su mirada durante las comidas, la complicidad, infantil y lúbrica a la vez, entre el padre y su hija habría pasado, a los ojos de los demás, por un juego inocente: (“Pero, ¿qué os pasa a los dos? Anda, dejar de reír y seguir comiendo”).
Y más adelante, el pabellón. Allí le provocaría el primer orgasmo de su vida, y ella daría por bien empleados su dolor, su miedo y su amor por su querido padre, por el mago de la libertad y de las sensaciones milagrosas. A veces, durante los años de mayor intensidad y consenso en sus amores (ella tendría nueve, diez, once años; él en torno a cuarenta y tres), se portarían como amantes clandestinos: una sola mirada, un único roce, y ambos sabían ya dónde debían ir al caer de la tarde. Y tras un coito completo, ella le diría, por ejemplo, mientras se limpiaba antes de ponerse las braguitas: “Papi, quiero que me traigas de esas piruletas grandes cuando vayas a casa de mis tíos; y una muñeca; y unos guantes rojos de lana de esa finita; y quiero que convenzas a mamá para que me lleve el viernes con ella... pero no la beses como el otro día. No la beses como a mí”.
Los celos habrían aparecido antes que la pubertad (“¿Quieres a mamá tanto como a mí?” “No, cielo, no quiero a nadie como a ti” “¿Haces estas cosas con mamá?” “Las hacía cuando la quería de este modo y tú eras muy pequeña” “¿Y esto?” “¡¡...!! ¡Nnno, esto nunca lo he hecho con ella!” “¿Y ella te hace... esto?” “¡Ah! ¡Vale ya, suelta!”), y con los celos vino el comienzo de la maldad y los comportamientos aviesos. Ella vivía en el miedo (a que dejaran de quererla, a que los descubrieran, a que alguien se enfadara con ella...), aunque no lo sabía, y comenzó a manifestar esa energía oscura actuando de manera perversa y caprichosa con su madre y con algunas de las santas niñeras que la cuidaban; pero no soltaba prenda. Había aprendido a guardar secretos y disimular la desazón y la soledad por pavor al mayor de los sufrimientos: perder el amor de su padre, ese espejo que la convencía día tras día de lo maravillosa y adorable que era.
Antes de que tuviera la primera menstruación, la instruyó en rudimentos de fisiología femenina. Pero lo más importante para él era que la niña no se asustara, que no achacara aquella sangre a una herida provocada por su maldad o por el pene de su padre, que no asociara aquella efusión con el dolor pasado, y que no pensara esa unión a través de la culpabilidad escamoteada; pero sobre todo que no contara sus temores a nadie. “Tu madre o alguna mujer de la casa tratará de explicarte esto que yo te he contado. Déjala que lo haga. No digas que yo te lo he explicado ya, que lo sabes; hazte la tonta. Se supone que son las mujeres quienes tienen que aclarárselo a las niñas, y se pondrían muy tristes si supieran que ya lo sabes, y querrían conocer por qué, y eso no nos conviene, cielo. ¿Entendido? Tú como si lo oyeras por primera vez”. Y fingir, y disfrazarse, y esconder el dolor y el placer, la felicidad y la tristeza. “Sí, papa, como quieras”.
Y, sin saberlo, a ejemplo de Senabre, todo el mundo ponderaba lo guapa que era, insistían en ello sin prudencia ni medida, y ella se lo hacía repetir una y otra vez a sus criadas, a sus tías y a su madre, paseando sonriente ante ellas, y la ingenua (que no inocente, ya no) coquetería de una niña sería, en aquel ámbito húmedo, prodigioso y carnal de la cabaña en que todo (también ella) era más intenso, un ferviente estímulo para la lujuria de su progenitor.
Un día tal vez estuvieran en el pabellón, él sentado en un sofá, sonriendo desnudo, empuñando su pene, y ella bailando sin ropa ante él, con los ojos y los labios pintados, delicada y blanca, de formas escurridas y falsas pestañas moras, y al ir a sentarse sobre su padre, ambos habrían descubierto un hilo rojo en la vulva lampiña. Senabre la habría rechazado entonces con suavidad (“Anda, ponte un pañuelo tuyo, vístete y vete a decirle a tu madre que estabas jugando y te ha bajado”); pero ella no lo habría comprendido así (“¿Por qué? Tú dijiste que no era malo, y la tita me lo dijo también. ¿Por qué no quieres? Ya soy una mujer ¿Es que ya no me quieres porque soy mayor?”), y habría comenzado a llorar rimmel contra el pecho de su padre, rogándole que la quisiera como antes, que se limpiaría muy limpita.
Por una vez, él sintió compasión de la niña. Estuvo a punto de llorar por él, por ella, por su infancia robada, viéndola temblar y arrojarse sobre él, viéndola tan desolada. A continuación, y como ella insistía en que su padre le demostrara su amor como le había enseñado que se hacía, la introdujo en el sexo anal.
Y mientras, le explicaba que eso era lo normal cuando las mujeres tenían el periodo. A ella le bastaron esas palabras, casi hasta le redujeron el dolor.
De todos modos, aquella primera regla fue muy molesta para ella. Vino acompañada de punzadas desgarradoras. Guardó cama y estuvo constantemente acompañada por alguna niñera o por la madre. No volvieron a encontrarse en el pabellón hasta pasados diez días.
Cuando se presentó en la puerta de la cabaña, con el pelo suelto hasta el sacro y un vestido de gasa, tendría el palmito de una princesa de cuento, y su sonrisa te podría convertir instantáneamente, fueras quien fueses (comprendería de súbito su padre) en un criminal o en un suicida. Su piel parecería fluctuar, ir madurando por momentos; se volvió urgente, primario poseerla. También tendría (para alivio, confirmación y descargo de su padre, según él quiso entenderlo) ojos de dragón.
Encarnación entraría entonces y se subiría a una mesa. Se recostó y abrió las piernas (“¿Ves papi?, estoy lista) y mostró (la falda se le subía hasta el vientre; nunca llevaría bragas... allí dentro) mostró su sexo de muñeca, cuyos finos labios se comenzarían a mover, en la imaginación sedienta de su padre, como alas de mariposa o gusanos gordos y rojos (mientras ella quizá canturrease moviendo el cuello, entornando los ojos, sonriendo a una música secreta... “le dijo el bar-quero: las niñas bonitas no pagan di-nero”... y mirando distraída por la ventana cómo se contoneaban las palmeras y hacían el ruido seco de las olas).
Contemplando aquello, desprendiéndose ya de la ropa, Senabre habría dejado de ver delante de sí a su propia hija. Ya sólo tenía enfrente a la puta más puta de todas ellas, a la más innata, vocacional, natural, ingénita reina de las ninfas de catre; a la que había ya que tratar y gozar como a una hembra de su propiedad, o como, simplemente, una propiedad y una golfa.
Aquel día fue particularmente obsceno en su forma de hablar y de tratarla, y no lo rebajó con caricias ni con halagos. Cuando ella se asustaba un poco de ese abuso verbal o de la violencia de las manipulaciones de su padre, él le decía que ya era una mujer, y que así se hacía entre adultos, que seguía siendo un juego, sólo que más valiente, pero que no temiera nada, que ese pronto salvaje también estaba dentro de la naturaleza de los hombres y las mujeres, y que si se le dejaba salir, como si se tratara de un juego entre fieras, daba más fuerza al placer y no dañaba luego en otras actividades de la persona (“¿Yo soy malo? ¿Crees que soy agresivo?” “No, papá” “Porque sé dejar salir así, como haciendo teatro, el impulso natural, y luego ya me quedo en paz y soy simpático; y gano mucho dinero siendo simpático, y te compro cosas.” “¿Y con quién jugabas así antes de jugar conmigo? ¿Con mamá?” “¿(...)?” “¡Dime!” “Verás, hay mucha gente que no lo hace así; pero son pobre gente con el espíritu débil, triste y cobarde. Tú y yo somos de corazón fuerte. Por eso somos mejores que ellos y disfrutamos de estos juegos... y a callar... ¡Toma!” “¡Ay!” “Cállate, putita, o rompo tú cu-li-to”).
Cuando terminó aquel día, y comprendiendo tal vez que debía elevar la apuesta y el nivel de compromiso y corrupción de aquella pequeña zorra que había sido su hija, sacó un fajo de billetes de la cartera y se lo entregó diciendo: “¿Ves?, los hombres fuertes ganan dinero, y las mujeres fuertes deben ganarlo también. Toma, guárdalo en el fondo de aquel jarrón chino grande, pero no lo saques jamás. Si quieres dinero para dulces o pinturas o regalos, me lo pides. Este: ni tocarlo. Es un símbolo de lo que merece un corazón fuerte”. La niña, ya vestida otra vez, con su faldita azul por las rodillas y los zapatos de hebilla, habría tomado el dinero, habría ido hasta la esquina del dormitorio del pabellón y, levantando la mano (pues el jarrón chino sería aún más alto que ella), dejó caer las estampas, sus primeros billetes de banco, en su oscuro e insondable interior.
Ya era toda una señorita puta, y bien buena y tragona; ahora sí que era una posesión que merecía la pena de compartir con los amigos, pues estaba seguro de que no le decepcionaría, de que no le dejaría nunca en mal lugar ante ellos. E imaginó una fiesta de verano...
- Cuidado: ahora se acaba el tramo bueno – advirtió de pronto la veterinaria a su lado. Habían salido de la finca hacia la izquierda, y habían recorrido unos pocos kilómetros en línea casi recta a lo largo de los cuales parecía haberse ido desecando el contorno. También hacía más fresco. Al terminar la finca por el norte contra los contrafuertes de un monte de pedernal, el cauce del arroyo había vuelto a encajonarse al fondo de una garganta muy filosa y dejado de verse. La carretera había subido entonces en derechura por una loma y ya se veía el cambio de rasante.
- Allí donde la caseta reduzca la velocidad, porque a partir de ahí es una pista de arena.
Habían llegado a un cruce: a la izquierda, la calzada que traían seguía en dirección a lo alto del monte; pero de frente otro carril saltaba a la arena y avanzaba un corto tramo hasta el borde del cerro, pareciendo continuar por el otro lado. Tenían que tomar este último.
Al salvar la altura, se vio cómo ese camino de tierra descendía hacia un páramo imprevisible y pelado salpicado de cerros testigo, una hondonada rasa y desértica hasta el horizonte de cuyo subsuelo hubieran emergido unos conos gigantescos como chimeneas petrificadas de una antigua actividad volcánica o bocas de un hormiguero monstruoso. Bajando por la ladera de la estribación serrana en que se hallaban, el monte que dejaban atrás se veía mucho más alto y vertical.
Por el centro del páramo corría amarillo lo que parecía el ancho cauce seco de un río antiguo o de una repentina, periódica y violenta avenida de aguas. La pista de tierra por la que circulaba el vehículo bajó hasta colocarse a un costado de ese cauce, cuyo lecho plano, marcado por la riada en la llanura seca, avanzaba en curvas anchurosas. Rodaban paralelas a él, descubriendo cerretes uno detrás de otro y contorneando sus laderas pinas y baldías o con las filas verdes y apretadas de la repoblación forestal.
Al fondo, por entre los cerros, se descubría a ratos el horizonte de una lejana pared de roca que parecía una falla tectónica, sobre la cual se distinguían blancas hileras de molinos de viento que, aun en la distancia, se adivinaban colosales. Ella conducía más y más al oeste, sin comprender.
- Luego volvemos a la sierra. Damos toda la vuelta y volvemos. La carretera que hemos dejado continúa hasta el polígono y la ermita, pero pasa por un barranco y le ha caído una piedra enorme que se ha encajado y ha bloqueado el paso. Así que hasta que la quiten, hay que ir por aquí... – iba explicando la madre de Jonás, asida al agarradero que había sobre la puerta del acompañante para amortiguar el efecto de las sacudidas. El pelo le caía sobre la cara, y Diana no reconocía en su rostro detalles que le recordaran a Nucio. El coche iba despacio, pero levantaba una cortina de polvo amarillento que se arremolinaba detrás de la ventanilla, y aunque esta permanecía cerrada, el gesto agudo, la oscilación de los mechones, su mirada de lejanía, daban al semblante de la hija de Encarnación un sesgo audaz en el que, en cambio, sí que asomaba la valentía de su madre. Pero nada del otro.
Hubo una luz de interés en los ojos de Isabel y señaló hacia el frente.
- ¡Mire, por allí! ¡Están pasando!
Era un grupo de rebecos o corzos que cruzaban raudos por detrás y entre dos cerros cónicos que parecían pirámides. “Van de sierra a sierra por la zona desértica, para que no les molesten”.
Si le quitaba algo más de veinte años, podía ver a la joven Encarnita; y le costaba admitir que un espíritu tan libre y poderoso se pudiera haber convertido en el juguete de su padre y de sus amigos. Pero, al fin y al cabo, había sido una niña.
Imaginó una fiesta de verano en el gran salón con tarima del pabellón. La luz tamizada por persianas y visillos, y en medio seis u ocho hombres relajados, bebiendo, en calzoncillos blancos; aquí hay dos mirando con curiosidad a través de la cortina, sosteniendo cada uno un vaso con un líquido ambarino; son musculosos y gruesos, algunos gordos. Tienen en torno a cincuenta años. Dos fuman puros recostados en un tresillo y se dirigen el uno al otro en términos tales que parecen diplomáticos o letrados, y mientras, dos negras, de rodillas ante ellos, rozan primero sus miembros con delicada unción y luego comienzan a practicarles sendas felaciones; ellos abaten la cabeza hacia atrás y entornan los ojos, fulminados por el placer. “Ya vienen, ya vienen”, se agitan los dos de la ventana, y un silencio de lujuria se adhiere a la puerta, que, al fin, se abre y deja ver a Senabre, quien apoya suavemente las manos sobre los hombros de una niña con falda corta de peto, calcetines blancos y coletas. Se separa de ella, entra y se pavonea ante sus amiguetes, medieval, petulante y famoso. Hace entrar a la niña y cierra la puerta. Todo está preparado.
La niña está instruida: da dos pasos, se detiene y extiende los brazos. Al ver esto, el grupo de hombres emite ruiditos de complacencia y gula y se comienzan a frotar el calzón al tiempo que los que están por delante se apartan, haciendo pasillo. La joven mira hacia abajo y ve, acercándose de rodillas, a las dos negras, que al llegar hasta ella la acarician y besan con ternura suave, emitiendo murmullos tranquilizadores y halagadores que la sosiegan enseguida, y mientras la van desnudando. Una de ellas separa sus diminutos glúteos e introduce la lengua. Eso le hace gracia y cosquillas a la niña, y saca el trasero hacia atrás como en broma. La untan bien de saliva y se apartan. La rodean hombres ahora en cueros, con ingles oscuras y bultos grandes y gruesos: músculos, escrotos, vientres, pollas. Y más allá, junto a la pared del fondo, ve las penumbras de dos hombres muy gordos masturbándose recíprocamente.
Hasta el momento de entrar, la niña estaba completamente segura de si misma; pero ha aparecido por un resquicio el viejo miedo. No esperaba lo que lee en los ojos de aquellos hombres. Ya la soban con dedos fuertes. Busca con los ojos a su padre y lo ve al fondo, por entre los que están ya sobre ella sacudiendo sus penes: Baldomero está en el extremo del salón, junto a una mesa con botellas. La observa sonriendo pudiente, experto y animoso, confiado y calavera, abyecto y dulzón. Sostiene una copa de champán en la mano, y las dos mujeres negras le lamen la base del miembro erecto, que entre las dos caras oscuras reluce arrogante, baboso y rojo.
De súbito percibe cómo la toman en volandas y la sientan en un sofá. Está rodeada de hombres con el vientre redondo; tan grande, tan redondo, que ensombrece más el negro vello púbico. A algunos los había visto por casa, en recepciones, comidas de negocios o fiestas, saludando con cortesía a su madre, serios, y este recuerdo enciende muy en el interior de su alma infantil un farol de turbación y pudor. Aquel hombre gordo de delante no tenía la misma cara que cuando estaba vestido de chaqué, que cuando hablaba con sus tíos, con su abuelo; y ahora, despeinado, sacaba la lengua y su escroto colgaba repleto, par y desigual; pero su pene no aumentaba de tamaño con suficiente rapidez, así que ella, como le había enseñado su padre, sintió la obligación de estimularlo, aunque estaba a punto de romper a llorar. Otro dio la vuelta por detrás del asiento y se colocó a su costado izquierdo. Era un hombre muy blanco que se tomó el falo largo y flojo por la base y lo agitó hasta que adquirió bastante grosor. Luego comenzó a golpear con él el hombro y la cara de la niña. El gordo la chistó: “¡Chsss! Mira para adelante, niña, o te caliento. ¿Qué te parece mi trucha caliente...?... ¡lámela un poco!... ¡assííí...!”. “¡Basta!”, dijo una voz a la derecha, y, al volverse, vio un miembro enfilado a su boca, pegado ya a los labios: “No le tengas miedo, zorrita”. Lo tomó con la boca y con asco. En esto se oiría la puerta y entraría otro hombre. “Ya estás aquí perro...”, oyó decir a su padre desde muy lejos, “¿Te ha visto bajar alguien, impotente borracho?”. Todos rieron. Ella liberó la boca un momento y llamó a su padre. “¡Chupa y calla!”, le dijo otro hombre que había aparecido a su derecha, y al volverse hacia él, vio cómo este alzaba la pierna derecha y la pasaba por encima del sillón hasta poner delante de ella... “lame los huevos, puta... hasta el ojete...”. Cuando se retiró aquel sujeto, ella tenía ya arcadas malolientes y los ojos como cristales rotos. Esto sigue un rato mientras todos la tocan, le hacen chupar y sorber y le meten los dedos en el cuerpo hasta que dos hombres, uno de cada lado, pasándole el brazo por la corva y el otro por detrás de la espalda, la levantan en vilo para que otro, que está de pie, le lama el sexo liso y después la penetre brutalmente. Ella grita y grita. Por un momento todos ríen, y el de delante saca lo suyo húmedo y brillante con los perfiles rojos, de color de picota (ha aparecido su majestad: la sangre), le abre el sexo sin apenas relieve con la mano y escupe dentro dos veces. Luego le introduce un dedo en el ano y escupe también allí, haciéndolo entrar y salir. Ella ve llegar a su padre: “¡Papá, duele, duele, dueleee!” “Pero, ¿Qué dices?”. Todos ríen. “Ahora se va a sentar debajo el señor notario, que tiene la escopeta recortada...” siguen riendo “... y así no te rajará mucho el culito”. El que acaba de llegar, al que han llamado “impotente borracho”, dice “¡voy!” y se abre paso, ya en cueros, entre los demás y las negras, que siguen lamiéndolo todo desde el suelo. Se sienta en el sillón. Los que la están sosteniendo la hacen descender sobre el notario y ella siente cómo la invaden. El tipo huele a sudor y trata de meterle la lengua en la boca. Su aliento huele a vino. Su barba sin rasurar araña la espalda de la niña. Otro tipo se le viene encima y le entra con dolor por delante. Su cabeza con coletas cuelga lacia del brazo del sillón.
Entonces cierra los ojos y se arroja al silencio y al vacío de un espacio interior desconocido y yerto, pero donde no hay humillaciones ni olores ni dolor. Un calvero desabrigado y mustio en el que no se escucha nada porque no hay aire.
Al sentir que una mano le atenaza sin miramientos por el cogote frágil, abre los ojos. El hombre que la agarra también empuña su pene con la enjoyada mano derecha y se masturba con fuerza. Las dos negras se han acercado a gatas, y mientras una le acaricia la cara y le dice lo guapa que es y la envidia que le tiene, la otra mete dos dedos en el ano del que la está agarrando por el cuello, que jadea una vez, dirige la cabeza roja del rabo a la cara de la princesita Encarnita y derrama un chorro caliente por su boca y su pómulo. Las negras viejas se arrojan sobre ella y le lamen y relamen la cara. Su aliento huele a incienso y fruta podrida. Se oye un insulto soez dicho con rabia.
Para entonces, ella había dejado de sentir y de estar allí. Permanecía sola en un lugar muy profundo donde los ruidos, los gestos, las voces y las aflicciones de la intemperie no llegaban salvo como el eco leve del recuerdo de un sueño. Era un jardín más remoto, más tranquilo, sin plantas ni personas, pero donde se respira no aire, sino un ozono que sólo huele a electricidad y a agua. Y abajo, el agua es sin pensamiento.
- ¡Tenga cuidado, por Dios! – oyó Diana desde el otro lado de ese cristal cerrado, y de súbito regresó a la superficie de la conciencia. Dio un volantazo justo a tiempo de evitar caer en el socavón amarillo del cauce seco, y frenó al borde del terraplén, que desde allá arriba, desde el labio fino de guijarros cortantes, se veía como de unos setenta u ochenta centímetros de profundidad. El coche se caló. La nube de polvo que venía tras ellos les alcanzó y envolvió el automóvil por unos instantes. El lecho dejado por el violento aluvión de caudal de aquellas aguas ocasionales y salvajes era mucho más ancho y hondo de lo que parecía desde lejos. Diana sintió miedo, alivio y vergüenza, y apoyó la frente en los antebrazos, que sujetaban con convulsa fuerza el volante.
- (Lo siento, lo siento, lo siento) – murmuró, con tal grado de arrepentimiento que la otra no comprendía. Se preocupó por ella.
- Tranquila... ¿Está usted bien?
Tardó en responder. Dio tiempo a que el polvo se posara de nuevo.
- Ssssí... gracias. Lo siento, me he despistado – Después de un instante, arrancó el motor y volvió a la pista lentamente. Siguieron rodando, ahora más despacio, junto a la fila de guijarros que marcaba el borde del terraplén. Habían ido derivando imperceptiblemente hacia el oeste. El lecho seco parecía dirigirse hacia el extremo occidental de la falla por encima de cuyo horizonte se veían las hileras, lejanas y blancas, de los molinos.
- Enseguida el camino se separa de este cauce. Estése atenta: gira a la izquierda y vuelve a la serranía – avisó la veterinaria, y antes de que abandonaran definitivamente aquella región (ya se veía el desvío, ya lo tomaban a la izquierda y afrontaban la subida hacia el monte), habló como para sí misma: “Esto fueron dehesas y encinares llenos de corzos, águilas y conejos... pero hacían falta barcos y soldados para la muerte... para el rey... Ahora hacen aquí películas de marcianos... Lo único que nos queda... es el viento, y ahí está – señaló con la barbilla los molinos que ya iban quedándose a la derecha y a la espalda -, la Compañía Eólica General vela por hacerlo rentable... pero para ellos.
- ¿Quién utiliza este camino cuando la carretera está en uso?
- Los cazadores; sobre todo los furtivos. Hay un par de furtivos en el pueblo que cazan algunas piezas para los caprichosos que quieren carne de monte en época de veda y están dispuestos a pagarla caro a quien se la lleve; que son los pobres diablos..., los diablos... pobres.
Entraron en la serranía por un camino forestal desbrozado en el zanjón de un barranco. En cuanto comenzaron a ascender, entre paredes de arenisca roja y pedernal, comenzaron a aparecer matas de brezo, jara y aliaga, y recodos con campos pequeños de romero. Abrió la ventanilla: el aire era más húmedo y fresco. También llegaba con fuerza el olor a espliego. El firme era ahora compacto y oscuro. A partir de cierta altura, el camino salió a cielo abierto y ella se dio cuenta de que rodaban por las crestas de un espinazo serrano (giba tras giba, cada una más oscura que la anterior) cubierto de una densa capa parda de enebro, piorno y sabina.
- Detrás de estas lomas está la zona de alumbramiento del arroyo de Sudencia. Allí cerca está el polígono.
- ¿Cómo se llama?
- No tiene nombre: sólo “polígono”.
- No, digo el arroyo.
- Tampoco.
En determinado momento, la senda volvió a descender, a encajonarse entre enormes rocas y, finalmente, a circular por el fondo en sombra de un angosto desfiladero. La pista se estrechaba y llenaba de barro. Había rodadas de muchos neumáticos y arañazos en las cercanas paredes de roca y tierra compactada; sobre todo en las caprichosas y cerradas curvas que, hacia la derecha, hacia la izquierda, subiendo en ocasiones un corto tramo para luego bajar con sobresalto, iba describiendo el camino. El barro del firme dificultaba la conducción, que durante un rato fue muy lenta.
La pista se precipitó entonces, de pronto, por un corto pero temeroso y abrupto terraplén hasta un lecho con una somera capa de agua. Al detenerse, vieron que en aquella fina lámina de agua se reflejaban las pareces de roca de la hoya en que habían caído. Delante justo, cruzando al otro lado del socavón redondo, la carretera salía de aquel lugar totalmente nivelada, pero anegada como una zona pantanosa. Parecía un río, el comienzo de un río, aunque tuviera menos de un palmo de profundidad. Inconscientemente, Diana se resistía a poner el coche en marcha. La otra la miró sin comprender de momento.
- Siga. No cubre. Ya salimos.
Puso de nuevo el automóvil en movimiento y avanzó despacio por la lámina de agua. Iba rompiendo la superficie, que parecía un cristal azogado y reflejaba las paredes de roca y tierra negra.
- ¿ Y por aquí vienen camiones?
- Ha llovido, por eso está así. Sin lluvia es mucho más cómodo... aunque lo cierto es que la mayoría de los transportistas llevan inmovilizados varios días. Por aquí sólo vienen los que viven en el pueblo y trabajan en el polígono. Y estos días también algunos camioneros. Muchos pernoctan en las cabinas, pero otros prefieren dormir en el hotel del pueblo donde usted comió la vez pasada.
Diana pensó fugazmente en los pasillos del hotel llenos de tipos grandes y fuertes, pero no tenía la cabeza para aquello. Le daba la sensación de que iba gobernando un bote que descendiese por el cauce denso y tranquilo de un río de líquidos dormidos. El agua terrosa, pesada como aceite, con una inaudita propiedad espejeante, iba reflejando las paredes del barranco de lodo y pedernal y las raíces retorcidas y oscuras que brotaban del barro y quedaban expuestas como tripas fosilizadas de algún enorme vientre emasculado. Eran las de aquellos árboles cuya copa tapaba, en el borde superior del cañón, la abertura al cielo blanco y bajo. Y su color de crema agria se reflejaba en el agua sucia, que iba ondulando al paso de las ruedas a medida que negociaban con lentitud las curvas, como si esas pequeñas y lentas olas procediesen del estremecimiento de la larga panza de una inmensa culebra blanca que avanzara bajo la quilla, bajo las ruedas de su coche. Mirando aquel reflejo recordó cómo había visto el Jalón (implacable, violento, desquiciado) a su paso por Morés, y cómo el pellejo hinchado de un perro muerto (que aquella inmensa anaconda de agua y lodo llevaba incrustado en la barriga) abría, desde más allá de la vida, los ojos atónitos y horrorizados. ¿Qué significaba “mores” en latín? Era algo... No lo recordaba; pensó mirarlo cuando pudiese; pero (si el perfil sonoro de los vocablos conservaba algún aliento remoto) era un buen nombre para aquella ávida anaconda color siena, o para esta culebra pálida por cuyo vientre blando (el pellejo y reflejo en el agua somera de la parte del cielo que se descubría desde el fondo curvado del barranco), por cuyo lecho ellos se movían en su embarcación; sí, era un buen apodo para aquella serpiente alba por cuya panza fofa circulaban despacio a bordo de su vehículo; una barriga cenicienta que, de pronto, comenzó a ensancharse (como una garganta de cobra) en un gran círculo blanco, en un reservorio de mercurio lechoso que se iba vertiendo en una gran laguna de espejo que hacia los flancos se precipitaba en las montañas, en dirección a lo más profundo del reflejo. Y al fondo de ese espacio blanco reflejado, vio un extraño caserío con erráticas formas de vida subacuática.
- Ya estamos – señaló la madre de Jonás.
Al levantar Diana los ojos de aquel hipnótico reflejo del charco, vio al extremo, detrás de la extensión somera de agua estancada por la que todavía iban casi navegando, los rectángulos de los almacenes, las industrias y los camiones.
Se encontraban en algo parecido a un circo glacial o al antiguo lecho de una laguna alpina, rodeados por laderas montañosas más o menos pobladas de árboles. El polígono se apiñaba en uno de los flancos, justamente enfrente, al lado contrario de por donde había salido.
Terminaron de atravesar el charco despacio, rompiendo definitivamente el encanto de su reflejo, y salieron a un rastro de rodadas profundas de camión que, según avanzaban, iba secándose y haciéndose pellas de barro y arenilla hasta llegar a la primera calle asfaltada, cuyas aceras se veían llenas de largos camiones estacionados.
- Siga recto... toda esta calle hasta aquel luminoso y allí a la derecha.
Fue subiendo la calle entre edificios industriales.
Cuando, al pasar, podía verse algo del interior de los almacenes entre dos trailers aparcados, Diana se asombraba del inusitado volumen de mercancía que se apiñaba en los muelles de carga, arracimada en estantes colosales y bajo grandes letreros de destinos geográficos. Aquel polígono industrial estaba en medio de la nada, y sin embargo estaba viendo largas naves con baldas repletas de... cajas... blancas.
Los camioneros, mientras sus remolques eran cargados o descargados por los operarios de las grúas mecánicas, las cuales iban y venían por las plataformas con su zumbido eléctrico, fumaban en grupos reducidos, escupiendo en el centro, riéndose a gritos u observándolas a ellas al pasar (dentro de su coche) con unas expresiones indescifrables. Todo normal. Entonces, ¿por qué tenía ella esa sensación de extrañeza? Los grandes vehículos de transporte internacional cargaban incluso pallets enteros de aquellas cajas blancas envueltos y protegidos con una película de vinilo para sujetar quizá la torre de embalajes, o para preservarlas de la lluvia y la curiosidad.
El luminoso donde tenían que girar a la derecha pertenecía a un bar lleno hasta los topes de hombres que parecían charlar, que bebían y fumaban mirando al exterior por los ventanales. Aquella otra calle estaba tan arracimada de camiones como la primera, y los nombres de las empresas, cuando podían leerse en un letrero sobre o contra la fachada, no decían nada sobre la actividad industrial o comercial de la firma: William Clowson International, T. P. Trial, González y Redondo S.L., Juyplasa...
- Métase a la izquierda por delante de ese camión azul – le indicó la veterinaria.
Ella lo hizo lentamente.
Subió el pequeño escalón de la acera y se encontró en la entrada de un corto callejón que se separaba en dos alturas: un ancho ramal bajaba y otro subía, como si fueran dos tramos de escaleras antes de poner los peldaños en las rampas. Por la derecha, el asfaltado del callejón se elevaba en cuesta por el lateral de un edificio hasta morir en un rellano frente a un portón de cristal; el carril izquierdo descendía hasta un muro ciego donde había estacionada, mirando hacia la calle, una camioneta blanca de alquiler. Allí abajo a la derecha habría tenido que estar la puerta del garaje, pero no había nada parecido.
- Aparque debajo, delante de esa furgoneta, yo subiré a recoger al perro.
Al ir acercándose a la camioneta, vio que en el asiento del conductor había alguien, un hombre joven, delgado, con patillas pobladas, que bajaba la mirada hacia algún objeto que tuviera en el regazo. Parecía estar leyendo o concentrado en el escrutinio de algo cuando ella se detuvo delante y tiró del freno de mano. Debido a la disposición del terreno, las cabinas quedaban casi a la misma altura. El sujeto alzó un momento la vista de lo que hacía, las miró a las dos, una por una, y volvió a lo suyo.
La veterinaria salió del coche prometiendo tardar lo menos posible, y Diana se volvió en el asiento para verla caminar hasta el comienzo de la cuesta, girar y subir por la otra hasta la puerta.
Transcurrió un minuto muy lento: a su izquierda, a unos veinticinco centímetros, sólo tenía cemento, a la derecha, a pocos metros, un paredón de hormigón de como veinte metros cuadrados, con un cartel borroso a una altura imposible y un rincón de lagartijas y humedad en la parte inferior, y de frente el radiador de la furgoneta y aquel hombre, a quien ella evitaba mirar sin saber por qué.
Puso la radio. Buscó inútilmente una emisora que no tuviera interferencias, y finalmente la apagó. Se acordó entonces de que tenía que transportar al perro dentro de la jaula que llevaba sobre el asiento trasero, y de que debía montarla.
Salió del coche como pudo sin mirar al ocupante de la furgoneta y, caminando de costado por el estrecho pasillo entre aquel flanco del coche y la pared, salió por detrás y dio la vuelta. Pudo abrir entonces la puerta trasera derecha y se inclinó sobre la jaula recogida. No le fue difícil desplegarla, afirmarla con cuatro sencillos mecanismos de presa y sujetarla al asiento y a los reposacabezas. Ocupaba casi todo el espacio útil del asiento trasero. Salió, cerró el coche y se quedó apoyada en la puerta mirando hacia arriba, hacia la parte visible (la superior) del portón de cristal por el que habría desaparecido la veterinaria, esperando, ansiando verla salir en compañía del perro. Ahora podía leer el nombre del negocio; estaba sobre aquel portón, en letras recortadas y grandes de plástico rojo: PANCHO. PUERTAS Y MOLDURAS.
Lo repitió mentalmente una, dos, tres veces, aburrida, hasta que sus ojos giraron un poco a la izquierda y volvieron a encontrarse, en ese paredón, de frente, en lo más alto, con aquel cartel. Después no sabría decir si aquella búsqueda ocular, y todo lo que vino después, fue un acto totalmente involuntario o si intervino algún tipo de intención o propósito.
Trató de leerlo. Estaba como a seis metros del suelo y tenía el tamaño de una bandeja.
Cuando fue capaz de conjeturar, más que leer, lo que parecía decir, no podía ni creérselo. Caminó adelante y atrás todo lo que pudo, reculando y torciendo el cuello, colocándose, haciendo equilibrios, para poder leerlo mejor, y al final, en postura forzada, volvió a entender lo mismo que antes. Miró a los lados impremeditadamente, como buscando a alguien a quien contar su asombro, y entonces vio la camioneta.
No se había dado cuenta de que, para descifrar el cartel, para encontrar un punto de observación más favorable, había ido descendiendo hasta casi el fondo del callejón, y al volverse ahora había comprobado que se encontraba por detrás de la puerta del conductor de la furgoneta blanca de alquiler, y que esa puerta estaba entreabierta.
Decidió ignorarlo y regresar al coche; pero al ir subiendo la cuesta pudo ver, a través de la rendija, que aquel hombre estaba precisamente examinando el interior de una de aquellas cajas blancas.
Mientras ella, como de pasada, sin torcer la cara ni levantarla, intentaba descubrir qué había dentro, qué estaba él tocando, qué leía u observaba con tanta concentración aparente, el hombre agarró de súbito la manija de la portezuela y la cerró de un rápido y enérgico portazo metálico, un portazo violento y ofendido. Diana se asustó un poco: nadie tenía que decirle que a aquel sujeto no le había hecho ninguna gracia estar siendo observado, aunque él la estuviera escrutando ahora a su vez a ella a través del retrovisor externo de la furgoneta. Ella no había querido curiosear, y ¡seguía sin desear mirar!, pero lo vio (lo observó otra vez) en el recuadro del espejo, mirándola con helada aspereza, con una indignación preñada de amenaza. Así que siguió caminando deprisa hasta lo alto de la rampa del callejón, y continuó hasta la acera, al borde de la calle; allí sacó un cigarrillo y lo prendió.
De frente, al otro lado de la calle, había un bar. Era muy pequeño. Estaba en los bajos de una oficina de fletes y aduanas. En la pared inferior sólo parecían pertenecer al establecimiento un ventanuco cerrado y una puerta estrecha encima de la cual, rotulado en la cal con mayúsculas sencillas, un letrero decía: BAR LOS AMIGOS. De aquella dirección, sin duda, llegaba a veces el desagradable olor a fritura que la alcanzaba por momentos.
Cuando sonó un claxon justo detrás de ella tuvo un sobresalto; incluso le pareció después que había dado un pequeño brinco ridículo. No había oído a la camioneta arrancar y subir la rampa. Y estaba allí, parada, a su lado, a menos de un palmo. Cuando ella terminó de apartarse, el vehículo se movió lentamente por delante de ella. El conductor, el joven (en realidad, no tanto) de patillas había bajado el cristal de la ventanilla y sacado un brazo arremangado y flaco, con el que parecía abrazarse a la puerta. Pasó ante ella despacio, mirándola; y cuando su cara estuvo más cerca y se le podían distinguir las arrugas de la piel en la comisura de los ojos marrones que la miraban, frunció los labios de tal modo que ella sintió casi el contacto de aquella boca, y desde luego tanta indignación y rubor y miedo como si en verdad la hubiera rozado o pasado la lengua por la cara.
La camioneta acabó de salir al alfalto, giró a la derecha, e iba descendiendo la calle (sin ser capar ella de dejar de observar los vidrios de las puertas traseras, la matrícula de Sevilla, el nombre de la empresa de alquiler de furgonetas y vehículos industriales), cuando se oyó una potente detonación sorda.
Había sonado por detrás de los edificios a su espalda, a unos pocos kilómetros, no demasiados. Al volverse pudo distinguir, por sobre el tejado de un edificio al fondo, hacia el sur, cómo se elevaba una fina columna de humo negro.
Recordándolo después, creyó haber comprendido que no había sido una sola detonación, sino dos o tres explosiones muy seguidas, casi simultáneas, que habían prolongado el sonido como si se hubiera tratado de un largo trueno. El fuerte olor a fritura se hizo entonces mucho más intenso.
Miró detrás de sí. Una larga fila de hombres iba saliendo del bar. Echaban un vistazo al humo, se despedían de los otros con sobriedad y tomaban cualquier dirección; alguno incluso daba una carrerita. Mirando calle abajo, vio que lo mismo ocurría en el otro bar, el del cruce: los hombres salían, iban hasta la esquina a mirar el penacho de humo, que ya se iba disipando, cruzaban la calle y se iban encaramando a las cabinas de los camiones aparcados cerca.
Oyó a continuación el característico sonido ahogado de los grandes motores diesel arrancando.
Un primer transporte pasó por delante de ella: largo, lento, alto, con los sistemas neumáticos silbando.
- Nada, no hay nada que hacer – dijeron a su espalda: era la veterinaria, que ya llegaba sonriendo hasta ella procedente del almacén. – Cuando hemos encontrado una cuerda para atarlo y lo hemos cogido, ha sonado esa explosión y se ha vuelto a escapar a esconderse. A ver quién lo atrapa ahora. – la miró de otro modo (¿con fastidio tal vez? ¿se salía aquello de sus planes?) y siguió - Venga usted. A usted la conoce.
Comenzaron a caminar hacia allá. “Está muy bien,” (Ahora se refería al perro) “, parece totalmente restablecido. Mi madre tiene buena mano”.
Atacaron la rampa.
Mientras, por detrás, más camiones habían comenzado a moverse.
Entraron. A la izquierda había un mostrador pequeño tras el cual una chica muy joven y muy maquillada (que se sentaba ante la pantalla de un ordenador como podría haberlo estado ante una lámpara, una piedra o una esfera armilar) no las miró siquiera. Ellas siguieron de frente y, atravesando un arco de mampostería, entraron a un almacén con pilas de planchas de madera por todos lados y listones redondos de variadas medidas sujetos, a diferentes alturas, a los muros. Como cientos de barras de ballet.
Olía a serrín y a trementina. Una sierra eléctrica trabajaba invisible en algún rincón de la penumbra.
Ellas continuaron cruzando en línea recta, dejando atrás el ruido de la sierra, por un pasillo abierto entre grandes planchas y, desde cierto momento, entre docenas de puertas de madera puestas a ambos lados en batería. Se abrían unas puertas a otras al parecer indefinidamente, como en una pesadilla donde el único lugar que mereciera la pena atravesar o proteger no dispusiera de puerta y fuese, precisamente, el pasillo central por el que caminaban.
Hacía rato que no se escuchaba la sierra, por la distancia o porque se había detenido. Aquel largo corredor acabó sumergiéndose en un túnel con las paredes casi de piedra llenas de viejos contadores eléctricos y de teléfono que marcaban incansablemente los pasos y los vatios que en ese momento se gastaban vete a saber dónde.
El túnel murió bruscamente en una cortina de cintas de plástico de colores que daba a un patio embarrado, lleno de huellas de perro marcadas en el suelo arcilloso, y hasta con un par de lo que, a una distancia de unos cuatro metros, parecían comederos, y que estaban volcados (y ella habría dicho que desde hacía bastante tiempo y mucho olvido) junto a la pared de ladrillo que cerraba el patio por la izquierda.
De frente, al otro lado del patio o corral había otra construcción: como una vieja cuadra pintada con incongruencia de blanco. Se dirigieron allí por una senda en la tierra que habían ido haciendo cientos de miles de pisadas, y que unía los dos edificios.
Al ir a entrar habían oído risas y voces femeninas, pero cuando traspasaron el umbral del portón entornado, que sólo tuvieron que empujar, todas callaron. Bajo un techo alto y envigado, del cual colgaban docenas de fluorescentes a media altura, había cuatro largas mesas, transversales al pasillo lateral izquierdo por el que ellas dos avanzaban. A cada flanco de las mesas había una fila de mujeres con las batas iguales, de color azul claro, que, en cadena, iban llenando, colocando, revisando, cerrando, precintando y finalmente llevándose hacia un rincón de la cuadra las cajas blancas que la primera de cada mesa, al otro extremo de la cadena de trabajo, montaba y dejaba abierta sobre el tablero a disposición de la siguiente, quien comenzaba a llenarla de lo que sacaba de grandes cajas deformes y de fardos.
Las obreras habían dejado de hablar. Mientras hacían su trabajo lanzaban suspicaces miradas de soslayo a aquellas dos mujeres (más delgadas, más jóvenes) que avanzaban una tras otra hacia el fondo lleno de objetos amontonados.
Alguien había olvidado una caja de las blancas abierta en mitad de su camino. Diana se esperanzó con la posibilidad de ver su contenido. La tenía delante, a unos pocos pasos... cuando una operaria abandonó su puesto, se inclinó sobre la caja y lo primero que hizo fue taparla cerrando las solapas y precintándola con prisa. Luego la alzó, se la apoyó en la cadera y esperó allí firme a que pasaran por delante de ella aquellas dos extrañas. A Diana le recordó la actitud del camarero llamado Beto protegiendo a Nucio de ella misma. En la mirada de aquella mujer, una cuarentona gruesa y sana, todavía joven en relación con las demás, había hostilidad, miedo y hasta odio.
- Ahí está – señaló entonces la veterinaria una gran caja de cartón que había en un extremo. Era del tamaño del embalaje de una lavadora. Estaba cerrada con cinta adhesiva y le habían practicado con pulso torpe una abertura que recordaba remotamente un arco de medio punto; era la puerta, de la cual ahora salía una cuerda. Sobre el boquete, unos brochazos con pintura marrón daban nombre al habitante de la rudimentaria caseta: YORCLUNI.
- ¿“Yorcluni”?
- El actor. – Diana todavía tardó un poco en comprender. Al fin lo hacía. Se habría sonreído, pero sabía que las estaban observando. – Dicen que este es el único macho que se ha acercado a ellas con el interés exclusivo de entretenerlas a cambio de comida.
- Ya. – Diana pensó que eso era sólo porque ellas no eran perras. Isabel habría estado de acuerdo con ella.
- Al parecer le han cogido mucho cariño, y el perro, por lo general, es simpático... y hasta guapo.
- Ya puede serlo, ya – apostilló Diana, y no pudieron menos de esbozar ambas aquella sonrisa negada con anterioridad. - ¿Quién le puso ese nombre?
- Al parecer, la chica que nos ha puesto esa mala cara en el pasillo. Ya saben que nos lo vamos a llevar.
Diana se acuclilló ante la caja. Al fondo vio al perro alebrado. Los ojos brillaban observándola, como si él también presintiera que se lo iban a llevar; o tal vez esto lo pensó Diana después.
- ¿Cómo lo sacamos? – preguntó Diana, eludiendo todavía tomar la decisión.
- No sé. No me ha parecido agresivo cuando lo he visto antes fuera... estaba paseándose, sonriendo y jugando por aquí... recibiendo caricias... Tire de la cuerda, a ver.
Ella se inclinó y lo llamó tímidamente. Recogió la cuerda y tiró, también con suavidad; pero el perro seguía sin moverse.
- Déle la mano, que la huela – instruyó una voz a sus espaldas. Era la cuarentona de la mirada hostil, la que lo había bautizado con aquel nombre lleno de ilusión y fracaso. Diana introdujo la mano todo lo que pudo, hasta que notó que el perro la olía con aprensión antes de lamerla. A la vez, aquella mujer un poco gruesa y ahora triste decía: “¡Sal, Cluni, bonito!”. Diana se apartó y el perro salió. Cuando estuvo fuera se sacudió. Ella se emocionó al contemplarlo tan ágil y tan sano a pesar del miedo. No pudo evitar el recordar la última vez que lo había visto: paralizado sobre la manta, ensangrentado, con el ojo asustado... Así, de pie, se parecía más aún a un gran danés, o entre dogo alemán y podenco, aunque el color canela lo asilvestraba un poco. Su piel de pelo fino no parecía tan apagada ni tan pellejuda como la otra ocasión. Estaba más fuerte, aunque seguía delgado. Quizá fuese así.
El cuarto trasero izquierdo lucía un costurón muy largo y el rabo hacía un quiebro a mitad de recorrido, si bien no cojeaba ni parecía resentirse del accidente. Pero lo mejor era la expresión de su cara: parecía sonreír contento, infantil y fuerte, como ciertos hombres maduros y experimentados, como un sobrino cada vez más viril, como el actor cuyo nombre llevaba... Daba gusto verlo. Comprendía a aquellas mujeres.
Había acudido a donde la operaria más joven le llamaba, y después, moviendo el rabo torcido pero largo (flap, flap), se había ido paseando por todas las mesas, recibiendo más caricias y agitando más el rabo quebrado (flap, flap, flap). Volvió donde estaba Diana y se frotó contra su pierna. Tal vez lo hiciera con todo el mundo, pero ella quiso pensar que la había reconocido... Como su salvadora, claro. Iba arrastrando una larga cuerda de nailon blanca y verde, y cuando Diana recogió el extremo e hizo sentir ligeramente al perro la tensión, este se la quedó mirando sin saber qué podía significar aquel juego de la cuerda.
- ¿Nos vamos? – La veterinaria había sentido la obligación de romper aquel impasse: nadie decía nada; todos se miraban sin saber bien cómo continuar.
- Claro – contestó Diana. Tiró del perro, y este la siguió dócilmente hasta la puerta del patio. Allí se detuvo y se resistió un poco a la cuerda, haciendo leve fuerza hacia atrás. Esto obligó a Diana a acuclillarse de nuevo junto a él. A las operarias, que ya parecían saber la historia del atropello, de la cura, de la preocupación de aquella chica de Madrid, de su honrosa decisión de adoptarlo, les costaba reprimirse para no llamarlo. Se diría que alguna incluso lloraba.
Cuando se levantó, el perro parecía ya algo más conforme o convencido. La siguió mansamente, pero ya sin mover el rabo.
Atravesaron el túnel y el almacén de maderas y salieron a la gris intemperie. Mientras descendían la rampa alta en dirección a la calle, la madre de Jonás comenzó a despedirse.
- Bueno... Yo me quedo por aquí, que tengo que resolver unos asuntillos... buen viaje.
- Gracias por todo.
Se estrecharon la mano. Antes de alejarse, la hija de Encarnación Senabre añadió aún algo más.
- Escuche: mi madre me pidió que le rogara que se pasase a despedirse. Ya habrá vuelto de la compra y estará en casa. Tal vez quiera decirle algo del perro o darle las radiografías o el informe que... hiciera ella. Aunque yo veo muy bien al animal – agregó mirándola significativamente, y luego mirando al perro y examinando junto con Diana la larga cicatriz del costado -; es fuerte, y no... parece acordarse siquiera. Pero que cojeara sería lo de menos... quizá de viejo... pero es lo de menos, después del golpe que se llevó. Pocos lo cuentan... ¡Bueno!, - se irguió y volvieron a darse la mano -, lo dicho, buen viaje.
- Adiós.- La veterinaria le había dejado claro, lo más que podía tratándose de su madre, que ya estaba en su mano volver a pasar o no por La Carantona, pero que por ella era un acto perfectamente prescindible.
Bajó la rampa hasta el coche procurando no tirar del perro. Se imaginaba que todavía era aquel animal débil que había atropellado (aunque era más que evidente su buen estado físico; por lo cual sentía también – por eso y por las largas y lentas hechuras del animal - que paseaba algo así como un pura sangre); si bien sabía (y esto era lo que, según pensó después, trataba de ocultarse a ella misma) que lo que manifestaba el perro entonces era tristeza, no dolor.
Llegaron al coche. Abrió la portezuela de atrás y la de la jaula. El animal esperaba pacientemente, mirando a veces hacia atrás. Cuando ella se apartó y le indicó la entrada de la jaula, el animal primero lo consideró, y luego se aupó sin aparente esfuerzo, dio un par de vueltas por el interior y se tumbó. Su cuerpo interminable ocupaba en obliguo todo el suelo de la jaula. No pensó que reconocería el coche por el olor; cosa que no ocurrió, al menos de manera evidente. Cerró aquella puerta y al volverse miró por última vez hacia arriba: ahí estaba aquel letrero absurdo. Lo leyó una vez más: “ASÍ COMO TÚ HAS PODIDO ENTENDER ESTE LETRERO, NO DUDES DE QUE DIOS LEE EN EL INTERIOR DE NUESTRAS ALMAS”.
Entró, arrancó el motor y fue ascendiendo la cuesta marcha atrás. El perro se había desentendido totalmente de cualquier cosa que no fuese esa melancolía que había empezado si no a sentir, pues nadie puede saber lo que sentía o venía sintiendo el perro, sí a mostrar de manera ostensible a la salida del taller donde las obreras embalaban Dios (QUE, AL PARECER, LO CONOCÍA Y VEÍA TODO) sabía qué cosas.
Al llegar arriba y detenerse para asegurarse antes de saltar a la calle, vio una escena extraña a pocos metros. Una escena que le provocó cierto apuro; pero no por lo que allí en sí ocurría, sino por lo que ella, en un primer momento, había pensado que pasaba, o por cómo había interpretado (o por haberse creído con derecho de interpretarlo o de juzgar) lo poco que estaba sucediendo: la madre del pequeño Jonás e hija de Encarnación Senabre, a unos cinco metros del coche, miraba a los ojos desde muy cerca y pasaba una mano cariñosa por la mejilla de un hombre joven. Se trataba del hermoso hombre rubio que ella había visto en aquella primera ocasión cargando cajas y sudando, después barriendo y luego escondiéndose tras una mampara del taller de reparaciones de Zomín (sin contar la escena imaginada en la habitación del hotel, que a su pesar se contaba y hacía presente ella solita). Llevaba el pelo recogido en una cola de caballo. Era mucho más alto que ella, y sin embargo bajaba la mirada y sonreía con timidez, mansedumbre o pena (¿por qué pena?) ante la caricia (persuasiva, comprometedora, disuasoria, consoladora, seductora, no era fácil decirlo) de la joven y guapa y desenvuelta veterinaria que se había quedado por allí porque tenía un asuntillo que resolver, y que debió de ver por el borde del ojo el coche de Diana saliendo del hoyo, porque volvió enseguida la cabeza. Le hizo señas de que esperase un momento, besó al joven de la melena en la mejilla que no había acariciado y caminó hasta el automóvil de la rubia madrileña del perro. Se agachó en la otra ventanilla.
- Ya han volado la piedra que obstaculizaba el camino. Tardarán poco en limpiar la carretera. No hace falta que regrese por el páramo; sólo siga a los camiones. Adiós.
Diana se incorporó, pues, a la fila de trailers y, aunque le producía cierta incomodidad ir encajonada entre dos enormes camiones, pronto pudo abrir unos metros la distancia de seguridad para gobernar más a gusto.
Todos conducían hacia el sur, y muy rápido para aquellos volúmenes. La carretera descendía trazando algunas curvas, pero estaba lo suficiente bien asfaltada, y era ancha.
Al pasar un recodo se descubría una larga techumbre: era la ermita; grande como una iglesia pero muy sobria, con un aparcamiento nivelado anejo que se encontraba medio lleno de coches. Más que perteneciente a un templo parecía el estacionamiento de vehículos de un centro comercial o de un restaurante de carnes a la brasa, o de un puticlub. Al cruzar por delante de las filas de coches aparcados vio que uno de ellos era la furgonera blanca de alquiler. Podía haber sido otra, todas serían iguales; pero ella supo enseguida que aquella era la misma.




Capítulo 4º

El tedio de los Ángeles o las cuentas de Dios.

Desde luego, la carretera se había visto despejada con gran rapidez.
No supo, al pasar, dónde habían sido las explosiones ni donde había estado el pedrusco. No había residuos ni señales ni peones trabajando ni maquinaria por los que conjeturar el lugar exacto donde habían volado con dinamita una gran roca desprendida de algún sitio remoto.
Llegó pronto a la valla de la finca y al tramo de carretera que seguía el canal hasta el portal de acceso. En cuanto giró en el puente y entró, el ruido de los camiones con los que había hecho parte del camino se vio amortiguado por la vegetación y quedó atrás.
Enfiló hacia la casa. Sabía que a este lado, allá en lo espeso, a la derecha, estaba el pabellón, y no pudo evitar mirar en aquella dirección buscando su delicada estructura de marquetería caribeña. Fugazmente vio entonces una ventana encendida y la figura de un hombre apoyado y fumando en la barandilla del porche. Su visión era difusa y se encontraba muy obstaculizada por los troncos y las hojas de las palmeras, pero habría jurado que no era Nucio.
Sintió de pronto un violento vaivén en el coche, que se alzó rampante por el firme empinado, y tuvo que volver la mirada al frente y atender a la conducción: aquel era el lugar en que el pavimento de la breve calzada, burdamente adoquinado con cantos rodados semihundidos o ya peligrosamente sueltos, pronunciaba su cuesta. Era como conducir por el cauce seco de un torrente, con grietas y cantería suelta.
Llegó sin novedad hasta arriba y aparcó donde siempre. Antes de que alcanzara caminando la puerta, Encarnación salió por ella secándose las manos. Ambas sonreían.
- ¿Cómo lo ha visto?
Por un movimiento unánime y espontáneo, Diana se había dado la vuelta y ahora ambas caminaban hacia el coche.
- Muy bien; totalmente curado. Tengo que darle las gracias.
Ya habían llegado. Diana había abierto la puerta de atrás y se retiraba para que se viera bien al perro, que se limitó a entornar un ojo. La madre de la veterinaria abrió entonces la jaula (con un sentimiento íntimo de desagrado por parte de la otra, que percibió aquel acto, a su pesar, como un exceso de confianza) y acarició a Cluni, que pareció definitivamente triste o conforme y se limitó a mover tibiamente el rabo roto (flap..., flap..., fffflap...). “Ya se acostumbrará”, diagnosticó u opinó la mujer del pelo multicolor mientras cerraba la puerta de la jaula. Cerrando ella a su vez con cuidado la del coche, comprendió que ese comentario quería decir en realidad que le costaría acostumbrarse a vivir en otro lugar, con menos espacio (¿por qué con menos espacio? ¿qué sabía aquella mujer?) y con ella, que lo atropelló y ahora se cree en la obligación de prohijarlo aunque no quiera... (¡sí que quiere!), aunque nadie quiera... (pero, ¿por qué?). Antes de que la situación al pie del coche se resuelva en despedida, la veterinaria aficionada le pide que espere un momento. “Venga”, añade, y va dentro por la puerta de la consulta.
Diana ha llegado esta vez a la mesa de camping y se detiene, mirando al lugar que ocupó el cochecito de Jonás. Recordando.
La mujer no tarda. Trae una bolsa que, según le muestra, contiene placas radiográficas, un informe manuscrito y algunas cajas de medicinas.
- Por si le nota usted algo.... que se queja, que cojea... algo, o tiene algún problema posteriormente y tiene que llevarlo al veterinario.
- Gracias – Diana toma la bolsa y sonríe, de veras agradecida; quiere reafirmar su agradecimiento: – Todo esto habrá costado un dinero. Dígame cuanto le debo. Por favor. – Encarnación no se desconcierta con facilidad, pero le gusta tener claras las cosas.
- ¿No... ha hablado de eso con mi hija?
- Sí, algo me ha comentado... Pero han tenido ustedes gastos... y usted, por lo que he visto, ha hecho con... Cluni un buen trabajo. – La otra pone cara de querer ir a protestar; ella quiere reforzar su argumento: La falta de un diploma no es excusa, razona, para no pagar un servicio bien hecho, un interés tomado, una bondad como esa, y más viniendo... renuncia a lo que iba a decir, se corrige, sigue: – Dicen que sólo el que ha sufrido sabe ser generoso. Verá: - aclara - no me importa que no sea usted veterinaria. Ha cuidado de él, y probable... ¡no!, seguramente le ha salvado la vida. Y yo quiero agradecérselo. Eso es todo – Ha sido terminante, y ya está comenzando a abrir el bolso cuando la otra pone su mano sobre la suya y la presiona.
- ¿Sabe...? – comenta sonriendo -, ya lo ha hecho..., y de sobra.
- Pero...
- Ha sido un placer conocerla – insiste en el apretón. La ha ido empujando suavemente hacia su coche - ; vuelva alguna vez. Adiós. – Y acabó así, de modo irrebatible. Y ya hacía ademán de volverse cuando oyó lo que a continuación dijo la joven rubia de Madrid.
- ¡Adiós!, dé recuerdos a su hija y a Nucio. Al entrar le he visto en el pabellón, pero no sé si lo veré ahora al salir.
Se detuvo en seco y se volvió con el cuello torcido y la cara dificultada por el asombro, una sorpresa que era difícil de interpretar.
- ¿Qué? ¿Que ha visto qué?
- En el pabellón. He visto a alguien... a un hombre... He pensado que sería Nucio, pero... pero podría ser... cualquiera.
La hija (y tal vez amante) de Senabre cayó en la cuenta de algo, o entendió algo (aunque Diana no supo qué) y se comenzó a mostrar inquieta, contrariada, casi enfadada. La otra creyó que había metido la pata y, abochornada, se despidió precipitadamente.
- Perdón. Lo lamento mucho. Adiós.
- ¡Espere! ¿Qué lamenta?
- Nn...no lo sé muy bien; haber dicho eso de Nucio, haber sacado el tema... del... pabellón. Lo siento; no comprendo cómo he podido ser tan desconsiderada. Isabel me ha contado... – La abuela de Jonás se la queda mirando apenada.
- Usted no ha sido desconsiderada. Yo sí que lo he sido con usted.
- ¿Usted?- Diana estaba sinceramente desconcertada. La otra seguía mirándola como con lástima.
- ... ¿Cree que era necesario que le diera las radiografías, el informe... todo eso? El perro está bien. Yo lo sabía ya. La hice venir para saber si mi hija continuaba contándole a la gente la patraña esa de la... violación, de las violaciones. Ha sido así, ¿verdad?
Diana puso la cara más neutra y fría que pudo, pero le sirvió de bien poco.
- Lo sabía – afirmó la mujer, desviando brevemente la mirada, sentándose en el capó del coche, arañándose una mancha de algo parecido a papilla del muslo del vaquero – Hace años que no tenía ocasión de hacerlo. Por aquí viene poca gente nueva. Me costó bastante convencer a su marido de que era una historia inventada; pero..., ¿sabe?, no era capaz de soportar más su mirada de conmiseración y piedad norteamericanas... ¿no se lo había dicho?... Sí, su marido es yanki, rubio, bienintencionado, comprensivo, conservador... y quizá hice mal diciéndole que su esposa era una inventora de fábulas, pero todo hombre tiene derecho a saber con quien se acuesta, ¿no cree?... además no soportaba esa mirada, esa forma de tratarme como a una vieja o una enferma crónica e imprevisible, de sonreírme como a una niña... como ha empezado usted a sonreírme hace un momento, con esa mezcla de asco, pena y simpatía.
- Lo siento. Le aseguro que...
- No siga, no es culpa suya. Sólo que Isabel ha encontrado alguna excusa para soltárselo.
- Yo le he dado la excusa.
- ¿Cómo?
- Sí. De alguna manera, por algo que dijimos – estaba disculpando a Isabel, pero a la vez se estaba excusando, cuando sabía perfectamente que aquella historia le había sido contada por su curiosidad de asistir a esas extrañas vidas, de oírlas e imaginarlas, de meter la nariz para luego sentirse envilecida por olfatear las miserias de los otros y aliviada por olvidar las suyas o creer que no existían -, por algo que dije y salió la conversación de su padre y le comenté algunas cosas que me contó Nucio cuando usted le envió a decirme que el perro se salvaría.
- ¿Eso le dijo?... No, yo no lo envié; pero ya imagino el tipo de cosas que le estuvo contando. Josemari no me preocupa, es un pobre hombre; aunque sí me afecta que mi hija siga con eso de las violaciones y el incesto. Y lo peor es que, para ella, para su salud moral, tal vez haga bien: siempre ha preferido creer en lo que le contaron, en la versión del incesto y todo eso, antes que creerme a mí; y le resulta fácil, porque me cree una demente y una enferma que ha elegido evitar el dolor contándose a sí misma una historia... diferente de la verdad. Siempre me ha preferido víctima antes que libertina. Yo me perdoné; algo que ella no parece capaz de hacer. No comprende que alguien elija haber sido culpable cuando puede escoger ser víctima inocente. Es demasiado joven o está demasiado bien educada. En eso parece que su esposo es verdaderamente su padre.... ¡Palabra!.
- ¿Libertina?
- Bueno..., verá... ¡no para mí, claro!... pero no sé cómo lo... ¿cómo calificaría a una jovencita que decide iniciarse en el sexo (no ‘consentir’, sino ‘decidir’, ¿estamos?) decide iniciarse en el sexo con hombres maduros, de la edad de su padre...?
- ¿¡(...)!?
- ... Sí. Yo lo hice. Era muy precoz para mi edad, y decidida. Y ya sabe usted que con quince años una ya es toda una mujer... si no es estúpida. Yo tenía el alma, la inteligencia y el cuerpo de una mujer. Yo cité a mi primer hombre, un chófer guapísimo, y joven (sólo treinta años), que había venido con un gobernador civil, en el pabellón. Luego hubo otros chóferes. Encuentros esporádicos, de gran potencia; hasta que me di cuenta de que los hombres con éxito, los hombres seguros de sí mismos, los hombres maduros... tenían algo más que ofrecerme. Eran mucho más fascinantes y experimentados. ¡En todo! – aclaró levantando las cejas, con nostalgia y también ironía. Luego continuó – Aquel descubrimiento coincidió con el periodo de mayor actividad empresarial de mi padre. Tenía reuniones casi diarias con sus amigos, socios, asesores y colaboradores más estrechos, y algunos llegaron a vivir temporadas en casa para estar siempre disponibles. – Se detuvo, reflexionó un momento en lo que iba diciendo. Luego continuó: - En esa forma de hacer a la gente sentirse privilegiada al usarla me parecía mucho a él... era nuestro carácter... Ellos debieron de terminar por sentir hacia mí, a pesar del miedo insufrible que les debía de causar la idea de insinuarse a la hija única y menor del gran hombre, un interés correlativo al que yo mostraba por acercarme a ellos; lo debieron de notar en mi cuerpo ya conocedor, en mis ojos... No tardó en llegar el momento en que uno de ellos se atreviera a seguirme hasta el pabellón y a tratarme como a una mujer. Para ellos... yo había sido algo menos, y ahora era algo más. Luego se corrieron la voz unos a otros, según yo se lo había pedido. Se cerró el círculo de... admitidos, y los encuentros, una vez con cada uno, en ocasiones con dos o tres al tiempo, se fueron programando y haciendo habituales. Les hubiera gustado tratarme siempre como una zorra arrastrada, pero el miedo cerval que tenían a mi padre les impedía hacerlo más allá de los momentos precisos; antes y después de la golfería yo era una princesa... o una diosa... que, no por casualidad, era hija del mismísimo y poderoso Zeus.
En un principio (continuó hablando, sin mirar a Diana, evocando con sencillez aquellos recuerdos tan poco habituales) no hubo nada más que eso. Algo simple y controlado, “aunque imagínese”, puntualizó con gracia, “el largo número de interpretaciones que pueden hacerse de una situación como esa. Sobre todo a posteriori. Sobre todo desde fuera”.
Siguió contando que se acostó con todos aquellos hombres porque había querido, por curiosidad, por iniciarse, por gusto, sin maldad (si algo así podía decirse), y esperaba que ella, Diana, la entendiese. Aquel era el sueño de muchos hombres maduros, como le habían confesado aún jadeantes y había comprobado ella misma con los años, y también el de algunas jovencitas, como era su caso. Hasta ahí, todo normal. Pero cuando ella había querido dar por terminado el experimento, ellos no habían aceptado, los muy cabrones, querían seguir y seguir indefinidamente. Estaban encelados. Y comenzaron a importunarla. Ella sabía que era una situación muy inestable, que en cualquier momento la fiebre les podía hacer creer que tenían derecho sobre ella o, ya enloquecidos, que podían forzarla a continuar mediante el chantaje. Ella sabía todo eso, y dejó pasar el tiempo sin provocarles, sólo evitándolos, confiando en que dejar la lujuria un mes actuara de la misma manera que en el refrán. Eran amigos de su padre, ¡por todos los santos!, y también ellos, a pesar de la codicia, y de la costumbre adquirida de la carne joven, sabían que tenían que ser prudentes, ya que tenían mucho más que perder que ella...; y finalmente su resistencia, y sin duda el terror, terminaron por disuadirles: comenzaron a hacerse a la idea y a volver a ver en ella a la hija del jefe. Poco a poco.
Por la misma época en que esto estaba ocurriendo conoció en clase a un jovencito de su edad y se enamoró de él como una chiquilla, como lo que era y no podía dejar de ser por mucho que fuera por ahí abriendo las piernas, ya que su corazón seguía virgen; y aquel sentimiento era tan gozoso que no lo ocultó, y llegó a presentar al chico en casa; eso sí, como un amigo... (“¿Era Nucio?” “¿Cómo dice?” “Que si era Nucio ese chico.” “Ah,... Sí, sí; era él”)... Otro muchacho de clase la cortejaba... la rondaba más bien, pues o era tímido o idiota, si bien parecía totalmente colado por ella... la perseguía como un perro; pero ella lo ignoraba. Era amigo de Josemari, un vecino pobre o algo así, algo bruto. Ella eligió a José María. Paseaban por el parque, se besaban en la espesura... pero ella sabía (...aparte el amor, claro estaba; el sentimiento que era como una droga dulce, aparte de eso, claro...) ella sabía cómo paraban aquellos calentones tan sentimentales como carnales, y estaba ansiosa por darle todo lo que sabía y tenía.
Aquella tarde, su madre debió de percibir la tensión amorosa en las miradas de la parejita, sobre todo en las de su hija, y decidiría seguirlos. Les pilló en la cuadra del poni, cuando ya el muchacho, que sin duda creía que le había tocado la lotería, y que, conociéndole como le había llegado a conocer más tarde, no comprendía cómo no se había ya corrido tres veces en los calzoncillos antes de bajarse los pantalones, iba sin más a penetrarla. A ella la echó de allí de malos modos, y... como luego se enteraría... ella... la madre... viendo al chico allí empalmado...
- ... se le ofreció allí mismo, en la cuadra, en secreto, para que a mí no me tocara.
- ¿Cómo? – Diana se había quedado con el cigarrillo y el mechero en el aire, uno en cada mano.
- Que se bajó allí mismo las bragas y se hizo follar por Nucio como si fuera un coño de sustitución... Y esa fue sólo la primera vez, porque la misma operación, ya sin mi concurrencia, se repitió en más ocasiones, allí en la cuadra o un cuarto de plancha o de pie tras una puerta oscura. Sin una palabra; sólo coño-polla, un metisaca rápido y ‘a casa, chaval’. La única condición que le puso la muy cerda fue que no tratase de verme más en... privado, que no intimase conmigo... ya comprende; y como yo le quería de verás, y sabía lo que le podía dar, lo feliz que lo podía hacer y lo afortunada que yo sería de dárselo, tan enamorada como estaba de ese chico tristón, y como veía que él me rechazaba... por culpa de lo que le hubiera dicho mi madre, de aquello con lo que le hubiera amenazado, pensaba yo, pues... empecé a desesperarme y a odiar a mi madre.
- No es para menos.
- Me dirá usted que ella podía simplemente haber alejado a José María con amenazas. Y es cierto. Que no tenía por qué follárselo. Se preguntará usted que qué sacaba ella de los tristes polvos rápidos de un muchachito delgado... Buenoooo: la carne es... antojadiza, y esa ya sería una razón buena y suficiente para la mayoría de la gente; pero es que mi madre, al parecer, perseguía además otra cosa: tener un hijo varón. Sólo me había tenido a mí, y papá quería desesperadamente un heredero varón. En alguna ocasión, en medio de la ofuscación de una pelea, ya muy frecuentes entre ellos, había hablado hasta de separarse de ella y casarse con otra mujer más joven que se lo diese. Mi madre se propuso tener ese hijo, al precio que fuera. Y utilizando a Josemari, a quien el miedo, y lo absurdo de la historia, no le permitirían nunca contarla (pues como no podía probarla, no le creerían, y sería acusado de infamias y calumnias), mi madre conseguía además preservar mi honra, según ella creía. ¡Pobre mamá! No contó con algo que ella ya tenía olvidado: el verdadero amor... Tanto apreté a Nucio una tarde, con lágrimas, tirones, gritos, hasta dándole hostias, que acabó contándome la verdad... no sé todavía si por debilidad o arrepentido de haberlo hecho o de haberme mentido, o por amor, porque él también me quería, ¿sabe?.
“Me salieron calenturas del disgusto, de la indignación, de la furia, de la ira rabiosa. Pensé la peor venganza; para él, y para ella. No estoy orgullosa de contarlo, pero resulta que fue así. Ya da igual... – dijo con un hilo de voz. Luego siguió en un tono mate, como si se repitiese a ella misma la misma historia de siempre:
- Usted recordará que he mencionado antes que otro chico de clase me importunaba con sus... requerimientos amorosos. Era amigo de Nucio, y aún más estúpido que él. Yo pienso que me perseguía porque el otro lo hacía; pero él creía realmente que estaba loco por mí, cuando, en realidad, estaba loco a secas, todo el mundo lo sabía, y lo sabe, y hacen de él lo que quieren..., ya entonces lo hacían;... yo lo hice. Pues bien: a la primera ocasión que lo vi husmeando por el bosque de castaños, me lo tiré casi sin que se diera cuenta ni creyera en la realidad de lo que le estaba pasando; y lo hice además cuando estaba ovulando.
“No tardé en saber que estaba en estado – añadió la madre de Isabel, e hizo una pausa mirando al suelo; como si, paseando con la memoria por los corredores de una vieja casa familiar, hubiera cruzado frente a un gran espejo y se hubiera visto reflejada tal como entonces era. Luego devolvió su atención al relato.
“Había logrado quitarme de encima a los amigos de mi padre, mis amantes del pabellón, y había echado de mi lado sin contemplaciones a Nucio, que siempre ha aceptado bien los castigos, y al otro, a quien no me costó mucho asustar de muerte con la figura de mi padre. Y entonces escogí mi escenario y mi público para revelar que estaba preñada... pero que lo estaba de Nucio, el único, ¡pobre!, que no lo había catado. Así, mi madre no podría reaccionar como le habría gustado, y tendría que comerse nuestro matrimonio, le gustase o no; y Nucio, por haberme traicionado, tendría que casarse conmigo y tragar con el hijo de otro si no quería que se supiese lo de mi madre con él, y que mi padre los matase como perros. Los dejaba sin capacidad de maniobra y me salía con la mía.
“Elegí un día en que mi padre estaba ausente por negocios. Porque había un riesgo auténtico de que matase a Josemaría, y lo más cierto es que yo no quería que lo hiciera, de lo cual era muy capaz. Pero sí que mis declaraciones y las de mi madre se le comunicasen palabra por palabra; por eso hice mi revelación durante la cena, con el abuelo, mi madre y unas cuantas camareras presentes.
“Yo creía tenerlo todo previsto y prefigurado: el disgusto consiguiente y ritual (y el íntimo encono de mi madre, aunque eso era secreto), los sofocos y gemiditos, el no saber qué decir, tal vez un bofetón, o más, y gritos,... y después se habría ido a buscar al padre felón, se le habría obligado a confesar (bajo demasiadas amenazas como para que pensara en defenderse con la verdad, con una verdad tan... espinosa), y se le habría... invitado a comprometerse... A Senabre, entre tanto, se le habría hecho regresar de inmediato con cualquier excusa, y al llegar él todo asustado y enterarse del desaguisado, el abuelo o un fraile o el abogado o el médico, siempre según el guión, se habría interpuesto para que no acabara con Nucio. Y lo habrían refrenado con eso de ‘repórtese, contenga la santa ira, don Baldomero, que parece que hay amor, que los chicos se quieren, y esto tiene arreglo en el Sacramento’. Luego un cura, los anillos, y aquí habría habido paz y después habría habido gloria. Pero no fue así.
Encarnación puso una mirada muy triste y Diana supo que estaba llegando a lo más penoso, para ella, de la historia. Se había llevado la mano a la boca (los dedos rectos y en fila, como una batería defensiva) en un gesto inconsciente, y la mantuvo tapada hasta que hubo reunido suficientes fuerzas para hablar. Una fuerzas que debieron de ser muchas, pero que disimuló enseguida con una máscara de desparpajo.
- El abuelo era un viejo llorón y borracho al que ya casi nadie respetaba, a fuerza de oírle autocompadecerse por haber regresado a España cuando en Venezuela era tan feliz; pero papá le profesaba todavía un gran respeto. Le había conocido en épocas mejores. Nunca se habían mentido. A las criadas se les suponía fieles a la familia y a sus secretos. Mi madre lo quiso suponer en un grado irreal y heroico, antiguo o medieval, como creo que le habían enseñado en su casa. Una tontería.
“Cuando solté la noticia, mirándola a los ojos, se puso roja de furia y comenzó a insultarme y a perder el control verbal. Me tachó de perdida y de golfa, de puta y de marrana, de indigna de haber vivido con aquellos privilegios y de haber recibido una buena educación, de llevar su apellido y el de su padre, pero que eso se podría solucionar. De momento, ya no heredaría el principal de los bienes de la familia porque ella estaba preñada también, y ese hijo varón colmaría el deseo de su padre de tener un heredero, y yo dejaría de importarle y de ser su hija porque me repudiaría por asquerosa... Nadie, en casa, le conocía aquel carácter... Echaba casi espumarajos por la boca... Me lo había puesto en bandeja. Yo no sabía que ella estaba embarazada. Ya no éramos una madre y una hija discutiendo... “¿Y qué me dices de ti?”, comencé, y a voces, desde el otro lado de la larga mesa, la acusé de adúltera; que ella bien sabía que aquel hijo no era de mi padre, sino de Nucio, mi novio, quien me lo había contado a mí y así se lo diría a cualquiera bajo juramento; de Nucio, mi propio novio, a quien obligaba a acostarse con ella como condición para dejarlo visitarme.
“El abuelo sólo lloraba ya, y yo estoy segura de que el servicio al completo, en todas las dependencias de la casa, desde las cuales se oirían los gritos, se había quedado petrificado en las posiciones en que estuviesen, y con la boca abierta, al escuchar aquella acusación. Y más debieron de abrirla cuando mi madre, entrando al trapo de mi provocación, y enloquecida como una bruja, vociferó que ella haría eso y más, que haría todo cuanto fuese necesario para darle un heredero a Senabre, y que ese hijo, legítimo o bastardo, heredaría el apellido y la fortuna de la familia y me destruiría, y que mi futuro marido, “ese jovencito”, era una nulidad sin carácter, indigno de toda mujer salvo quizá de mí, y que lo poco de hombre que tuviera, hubiese tenido o acaso estuviera destinado a tener en su vida “ese niño” se lo había quedado ella. “Y, que lo sepas, yo no le obligo a nada”, añadió. Le contesté entonces (sin saber ya lo que decía, y sin conocimiento directo, pues, como le dije antes, yo no había tenido relaciones con Nucio) que estaba equivocada, que no sabía calibrar a los hombres, porque yo, le dije, lanzada como antes ella a una espiral de dagas y puñales de sangre y de venganza, yo, que me había tirado a todos los amigos de papá, lo recordaba muy por encima de la media, y que cuando fuese mi marido e incluso desde antes, desde ya, desde ese mismo instante, se despidiera de tocarlo nunca más, que si no rendía con ella lo que debía era sin duda por ser ella una vieja repugnante.
“Cuando llegamos a ese punto sin retorno, algo nos deslumbró. A una camarera, de puro tembleque, se le había caído contra el suelo una sopera llena de consomé humeante que no había acertado a sostener por más tiempo ni a dejar antes sobre la mesa. De pronto regresaba el tiempo y todo estaba salpicado, humeante y sucio de grasa. Aquel destello de ruido fue como si chocásemos de golpe con la realidad; como si hubiéramos caído en la realidad desde una altura inconsciente y primaria de fuego, veneno y destrucción. En aquel mismo instante supimos que había ocurrido algo inaudito, que habíamos cometido algo atroz, horrendo; pero nunca imaginamos que eso pudiese llegar a cambiar el rumbo de tantas vidas y a acabar con tantos destinos.
La abuela de Jonás parpadeó para recuperar la mirada y miró a la mujer rubia: “¿Comprende ahora por qué a mi madre y a Nucio les interesaba una versión de la historia en que mi padre fuese un hombre vicioso, adúltero, golfo, despótico, insaciable, sin escrúpulos e incluso incestuoso?... ¿Comprende que a Josemari le complazca una versión en la que él es apartado de mi lado con mentiras, y en la cual ambos somos inocentes?... ¿Entiende que mi madre, y después mi hija, y otros muchos, hayan preferido que yo sea una víctima de abusos antes que la responsable, al menos en parte... por imprudencia, por soberbia, por ignorancia, por petulancia, por indiferencia ante los sentimientos de los demás... de tantas tragedias y pérdidas y orfandades y tristezas?... ¿Lo comprende ahora?.”
Sí lo comprendía, por supuesto; y aun habría entendido que, en aquellos años, hubieran querido encerrarlas en un manicomio, e incluso que unos cuantos años o siglos antes hubieran hecho todo lo posible por quemarlas vivas... Lo comprendía, sí, pero no dijo nada; se limitó a dejar pasar un momento lleno de las brisa de los castaños, falsos o auténticos, para que limpiase un poco aquel aire de gritos y aquellos vapores de consomé y horror.
- ¿Y qué pasó después?
- Todo – contestó la mujer.
Después de unos segundos de silencio, concretó el significado que para ella, y en esas circunstancias, tenía aquella palabra: No bien hubo regresado Baldomero Senabre hijo (asustado, aunque nunca lo suficiente), su padre le puso al corriente de los hechos. Nadie vio esa primera entrevista; pero, al parecer, cuando acabó de poner en antecedentes a su hijo, el indiano salió del despacho y regresó al poco acompañado de las dos camareras que lo habían oído todo, para que corroborasen su testimonio. Senabre, escéptico mas ya envuelto en una cólera fría y torva como el filo de un hacha, asaltado por una historia impensable que estaba entre el despropósito, el absurdo y la peor de las catástrofes, amenazó a las camareras con algo mucho peor que el despido si aquello que dijeran era inventado o no se ajustaba a la verdad. Lo contaron por separado y con total coincidencia, y juraron que así lo habían oído. Hubo que calmar a una de ellas, que, trastornada, gemía y pedía alternativamente perdón y justicia sin cesar, cual si el haber asistido a aquella escena entre madre e hija y el tener que relatarla entonces ante la parte ofendida le hiciese a ella a la vez víctima y responsable de que se hubieran abierto las puertas del infierno.
- Una vez oído el relato de los hechos, mi padre nos convocó a través de la otra camarera, que conservaba aún cierta presencia de ánimo. Cuando llegamos, por diferentes caminos, a las dependencias de mi padre, nos encontramos, por primera vez, todas las puertas de aquellos aposentos (salas de reuniones, biblioteca, oficina del secretario personal, cuarto de descanso y, propiamente, su despacho) abiertas de par en par, y a él sentado al fondo tras la mesa, fumándose un cigarro, aparentemente tranquilo. Nos hizo entrar y sentarnos. Allí estaban el abuelo, ridículamente solemne, de pie, en un rincón y con alzacuellos, y su asistente letrado, que parecía encontrarse allí en calidad de testigo. Entonces nos pidió serena pero inexorablemente la verdad. “O por lo menos lo que pueda y deba repetirse y lo que yo deba saber de ella”, aclaró; “pero ni una sola mentira más, por favor. Conservemos algo de dignidad”. Mi madre, a quien miró significativamente en primer lugar, admitió que estaba esperando un hijo ilegítimo. Y quiso explicar el supuestamente amoroso propósito de... su intención de... su secreto sacrificio por... ; pero él la mandó callar con una ferocidad desconocida para mí. Y para ella, según creo recordar. Luego me miró. También confesé estar en estado. “¿De quién?”, preguntó. Yo también había previsto un interrogatorio como ese, y en esa escena imaginada yo decía el nombre de Nucio y todo venía a suceder como lo había preconcebido; el disgusto, la búsqueda inmediata del seductor, la promesa a punta de amenaza, el cura somnoliento, la boda apresurada, el bebé que siempre reconcilia... ¡y el caso era que estábamos los actores previstos, incluso en los lugares previsibles!... pero en nuestra actitud desde el comienzo, dentro de la serie de circunstancias que habían concurrido con nosotros desde el principio, se había colado un visitante inesperado. Circulando entre todos los que habían intervenido, había un ingrediente hediondo, un elemento corrompido o corruptor con el que yo, estúpidamente, no había contado; como si el virus venial (sí, sigo pensando que había una mayor parte de humano, de bienintencionado, incluso de inocente, en el comienzo de todo aquel dolor; así que lo que después vino no fue... sino otro montón de disparates igual de humanos e inocentes, ¿comprende?, no, seguro que no...) pues como si aquel virus venial que había desencadenado la infección hubiera mutado para entonces en un microorganismo mucho más dañino y resistente, un virus cancerígeno e invasivo cuya virulencia sólo se había puesto de manifiesto al contacto con aquella simple pregunta: ¿de quién? Déjeme explicarle: la propia autonomía de la perversión moral de mi madre la había, paradójicamente, salvado: se había equivocado, iba a expiar y ahí quedaba cercenado o erradicado el mal. Además estaba mi padre; tenía razón: después de tantos engaños, no se merecía un solo embuste más. Si yo daba el nombre de Nucio y después, caso de ser preguntada sobre mi afirmación de haberme acostado con sus conocidos y socios, faltaba otra vez a la verdad diciendo que lo había dicho sólo por despecho, por venganza, por causar más dolor a mi madre, encubría la traición de sus amigos y permitía que siguiera entregando su confianza a aquellos felones, y que se consolase de nuestros actos sollozando en sus hombros y descargase su indignación y su tristeza en sus oídos perjuros, y que lo viesen humillado los mismos ojos alevosos que me habían visto desnuda y abierta, y lo reconfortaran las bocas babosas que me reclamaban lascivias. Si yo mentía por simplificar, por aminorar el dolor, me convertía en cómplice de aquellos judas; ¡de hecho los convertía yo misma en judas, cuando ahora sólo eran golfos que se follaban a la hija de su mejor amigo! Me convertía, más que en cómplice, en artífice de un ludibrio repulsivo, de una mofa sucia y bellaca a sus espaldas. ¡Entiéndame! ¡Quiero que me entienda!: esto a que me refiero era totalmente independiente del hecho de que yo... practicara sexo con ellos. Para ellos, yo era la hija puta de Senabre y punto. Podía vivir con ello; pero no podía consentir que mi padre, a quien yo quería y respetaba, se convirtiera en el hazmerreír de una caterva de perros desleales, en objeto de escarnio por parte de un grupete de señoritos de pueblo, en la coña de una jauría de chulos, y saber además que había participado en la ejecución de semejante vileza. Conocía a aquellos tipejos con los que me encamaba, y sabía que si yo salvaba su pellejo, no dejarían de cachondearse de nosotros el resto de su vida, y de rezar dando gracias a Dios de que la hija guarra de Senabre fuera, además de puta, cobarde, y de no verse obligados a saldar cuentas con mi padre. ¿Comprende? – preguntó (o exigió, más bien, comprensión). Descansó un momento para recuperar el aliento y, sin esperar respuesta, continuó:
- Mintiendo, yo habría quedado más o menos impune, Nucio terminaría pagando su delito y el de los otros, y si se libraba de este último y mi padre me hubiera casado con él, ya me encargaría yo misma de hacerle pagar caros los suyos propios, y ningún otro daño, ninguna otra porquería saldría a la superficie; pero no pude permitir que la mentira se enseñoreara así de todos nosotros, que fuera encumbrada por nuestro poco ánimo, por nuestra ruindad y nuestro egoísmo, por nuestro deshonor... Había que poner coto, alguien tenía que frenar el avance de aquella infección, y me había tocado a mí. Sólo hice una concesión a la impostura antes de salvar lo que nos quedaba, y tan sólo aboné esa moneda a la mentira para apartar a un pobre infeliz y librarle del huracán de nuestro apellido. Afirmé, pues, que no sabía el nombre del padre, pero que podía ser cualquiera de sus amigos, pues había tenido relaciones con todos ellos. Consentidas, aclaré, para evitar que se le ocurriese hacer una barbaridad. Esta última precaución fue del todo inútil. “Bien”, musitó él, dio una calada al puro y bebió a gañote un largo trago de una botella de ron añejo que guardaba para ocasiones especiales. Mi madre intentó hablar otra vez, pero la calló con un rugido tan terrible (no había terminado de engullir el licor, y las fauces le salpicaron alcohol dorado y denso por la barba y el pecho de la camisa como un borbotón de sangre o una erupción de baba), un grito tan horroroso y delirante, que sólo en él vislumbramos la violencia de su furor. Pero hizo por calmarse. Pensó durante largo rato y luego, dirigiéndose a mi madre, comenzó: “Mi abogado...”, pero se detuvo de pronto y me miró con una mezcla de aprensión, suspicacia y severa expectativa. Yo supe de inmediato de qué se trataba y tuve que bajar la cabeza. “Un abogado que designaré en breve”, se corrigió y continuó con aplomo después de un instante reflexivo destinado a la comprensión, al asombro, a la aceptación, “redactará la separación de mutuo acuerdo y tu renuncia a todo derecho sobre mis bienes o los bienes de la familia Senabre, y te hará llegar los papeles a la casa de tu familia en Zaragoza, donde fijarás tu residencia oficial desde mañana. Respecto a ti”, dictaminó señalándome, “se te asignará una renta para que puedas atender a tus necesidades el resto de tu vida. Podrás vivir en esta casa hasta la mayoría de edad, o marcharte de inmediato, me es indiferente. Si decides quedarte, se te asignarán unas habitaciones y alguna ayuda personal de manera que, aunque tengamos que vivir bajo el mismo techo, no nos veamos obligados a compartir el espacio, la mesa o el servicio. Lo último que te pediré...” Le costaba mucho hablar mirándome. Ahí perdí para siempre los ojos de mi padre. Continuó y dijo que lo último que me pedía era.... será, dijo, “que pongas en un papel... en este papel”, exigió, arrancando una hoja de una libreta y tendiéndola sobre la mesa, “los nombres de tus... compañeros de diversión. Pero no ahora”, advirtió, viendo que yo me levantaba y me inclinaba hacia la hoja de papel, “ahora no, por Dios; ahora marchaos”.
“Nos fuimos de allí; y aquella fue la última vez que vi a mis padres tal como los había conocido.
“Lloré durante muchos días. Sola. Mi madre se fue al día siguiente con medio equipaje y nunca más regresó a esta casa. Cuando volví a verla fue en Zaragoza. Su embarazo estaba ya muy avanzado y su barriga era muy notable, por mucho que intentaba ocultarla e ignorarla. Fue una entrevista muy triste y poco cariñosa; a la larga, un error. Me echó la culpa de todo, y yo, rota por la compasión y la pena, pero con el odio aún vivo (como en ella) por el veneno que nos corría por las venas de la memoria, la culpé de haber cometido adulterio sólo por venganza contra mi padre y envidia de mí, y no, como ella trató de alegar siempre, para darle un heredero varón. “Ni siquiera por lujuria serías capaz de hacerlo, porque sólo tienes alma para hacer daño, no para desear”, añadí con encarnizado e injusto regodeo, viéndola derrotada, y ese es uno de los peores recuerdos que llevaré conmigo a la tumba, porque... – farfulló emocionada, con los ojos agrietados - ...porque había sabido ser madre a pesar de todo. – Guardó silencio un momento y luego, inesperadamente, agitó la cabeza para alejar aquel fantasma y volvió, más tranquila, a lo que restaba del relato.
- Mi padre también dejó la casa al día siguiente del de la reunión del despacho; pero así como ella se había retirado a la guarida familiar de Zaragoza a, como se dice, lamerse las heridas y rumiar su rencor, él abandonó su bastión para una rápida y fulminante expedición de castigo. Mientras un despacho de abogados contratado al efecto producía documentos y documentos, papeles y papeles a marchas forzadas, Baldomero Senabre, recabando la ayuda de unos pocos fieles y de amistades íntimas y deudores de favores no contaminados, hizo a aquel grupo de traidores todo el mal y daño legales e ilegales de que fue capaz. Una rabia fiera y abrasadora lo mantuvo en tensión durante meses. Según me enteré después, el aborrecimiento no le dejó ni dormir ni descansar durante aquel tiempo. Habría obtenido mejores resultados si hubiera sido capaz de esperar y acometer su venganza con cálculo, tiempo y frialdad, disimulando y poniendo buena cara a los falsines a quienes iba a acogotar mientras en secreto preparaba para ellos el cadalso, pero habría sido una pretensión absurda pedirle a aquel hombre que depusiera su codicia de destrucción. Cargó con ardor a bayoneta calada y cara descubierta. Tan ansioso de vida que se había mostrado hasta aquel día, ahora lo estaba de muerte y sangre de los traidores. No podía esperar. Aun así, les hizo mucho daño: de resultas de sus maniobras, tres de ellos se quitaron la vida, otros tres vieron, sin poder hacer nada para impedirlo, cómo se mancillaba irrevocablemente su prestigio profesional y social, y los dos restantes perdieron, además de sus fortunas, sus familias. Entonces, cuando su ansia vindicativa ya estaba parcialmente satisfecha, y él ahíto de la sangre y las lágrimas de sus víctimas, y francamente agotado, cayó.
“Le sentí regresar una noche, como un general que regresa del frente, y encerrarse en sus habitaciones. Por la tarde del otro día lo vi de lejos. Hablaba con los encargados del zoo, que no tardaría en ser desmantelado. Estaba muy delgado, macilento y pálido. Sólo continuaban en tensión y vigilantes sus ojos encendidos, pues el cuerpo, antaño hermoso y enérgico, estaba flaco y desmejorado, débil a ojos vista. Dos asistentes nuevos, que yo no conocía, estaban siempre atentos y pendientes de él. Pero si su cuerpo necesitaba de soporte, su coraje siguió siendo un monstruo fibroso e inclemente, aunque ya no era la suya una voluntad de construcción y crecimiento, esa energía genesiaca que lo había caracterizado siempre, sino una obstinación para disolver y desmontar, un designio aniquilador que, a falta de objeto externo, terminó revertiendo hacia el interior de su organismo y lo fue devorando igual que... un cáncer. – La mujer se detuvo entonces, mirando al frente con los ojos guiñados, como si estuviese viendo las células cancerosas a través de un microscopio de recuerdos -. Y hablando de cáncer, ¿tiene un cigarrillo? – Diana sacó tabaco y fumaron. Se habían apoyado hace rato en el capó del coche, y al cambiar de postura y alargar la mirada hacia atrás, creyó ver algo moverse por detrás de las jaulas vacías. Supo o pensó que debía de callarlo.
- ¿Qué había sido de Nucio?
- Nucio... – hizo memoria. Pronto lo ubicó – Nucio, que ya se había eclipsado unos días antes de mi escena con mi madre, volvió a asomar a escondidas un par de veces mientras mi padre estaba fuera, y lo eché de aquí. Cuando regresó mi padre, él también volvió a hacer su... aparición (por llamarlo de algún modo). Yo no lo quería mal, a pesar de lo que me había hecho. Quería perderlo de vista, pero no deseaba que le hicieran daño, así que le dije que mi padre sabía lo de él con mi madre, y creía además que era el padre de mi hijo, y que, por tanto, no pudiendo casarlo conmigo, no dudaría en matarlo enseguida si lo veía. Trató de protestar, y hasta de insultarme; pero le falta carácter hasta para eso. Esta vez parece que se fue. Tal vez lo asustaran o convencieran también los ojos que tenía mi padre por entonces, y que se le podían distinguir sumidos y malignos aun desde lejos.
- ¿Su padre llegó de verdad a saberlo?
- ¿...?
- Lo de su madre con Nucio.
- Lo oiría, se lo contarían; aunque seguramente no lo creyó. Incluso ahora es difícil de creer. Y si lo hubiera llegado a saber, creo que no le habría hecho más daño. Se le veía a Josemari un pobre diablo, un monigote, no un seductor. Además, mi padre estaba muy cansado.
“Para cuando nació mi niña, ya era un inválido. Había frenado los proyectos empresariales en marcha, lo había malvendido casi todo y había despedido a la mayoría del servicio y de los empleados exteriores, como si quisiera cortar todas las amarras con el mundo. Habiéndose asegurado una renta y algunas residencias, congeló su vida como lo estaba su alma desde hacía un año. No mostró el menor interés en conocer a su nieta, aunque se mantenía informado a través de la camarera. Se pasaba las tardes frente al balcón de su despacho, mirando las copas del bosque de castaños de Indias, oyendo el oleaje de sus frondas al viento. Yo, cuando lo supe, comencé a mi vez a pasear a la niña en su carrito por debajo de sus ventanas. Sé que me oía hablar con la niña, y sé que alguna vez, cuando la oyó reír conmigo o con Felisa, sonreía bajo su manta y bajo su máscara de patriarca asirio, delante de su té siempre caliente y sus periódicos ingleses. Tenía poco más de cincuenta años, los que yo tengo ahora, y ya era un viejo. Vivió algunos meses más, en secreto pendiente de su nieta.
“Una tarde, ya anochecido, cuando nosotras ya nos habíamos retirado y estábamos bañando a la niña, oímos una detonación lejana, y mucho más tarde carreras en el piso de arriba. Le habían disparado en el pecho. Cuando los únicos dos hombres que para entonces quedaban en la finca, el chófer y el jardinero, quisieron salir con linternas en busca del agresor, ya era tardísimo y no encontraron nada. Entonces cogieron el coche y fueron en busca del médico... de “otro” médico. Estuvo toda la semana entre la vida y la muerte. Mi madre no vino, y llegamos a pensar que cualquiera de los perjudicados, de los muy humillados y ofendidos por su venganza de hacía más de un año ya, cualquiera de ellos, había contratado a un sicario. A casi nadie le conmocionó, ni le extrañó, ni se hicieron muchas averiguaciones ni pesquisas para dar con el asesino. Nadie se lo tomó a la tremenda, tal vez ni siquiera él mismo, cuya alma agonizante llevaba tantos meses arrastrando una sombra consumida. Y aunque no me dejó estar presente en su lecho de muerte, más por el dolor que le causaría verme tras haberme perdido (y además queriéndome como me quería cuando era una niña), que para castigarme, me hizo llegar una breve nota manuscrita, casi ilegible, en que... me perdonaba y... y entonces se murió. Y me quedé... sola.
Por la esquinas de la casa corría un vientecillo que hacía remolinos de polvo y de andrajos vegetales. Diana, por discreción, distrajo la cara de la de ella, dio un par de pasos por la grava y finalmente miró dentro del coche. Cluni, al verla, levantó un poco la ceja para estudiarle el gesto e hizo un silencioso y lento ‘flap’ con la cola, que se le quedó un poco levantada contra una de las rejas de la jaula. Encarnación tiró la colilla del cigarro a un par de metros y se secó los ojos con las manos. Luego las dos miraron la colilla, que se quedó allí, invisible entre el guijo blanco, humeando flácidamente.
- ¿Y el padre de Isabel?
- ¿El padre?... Ya mucho antes, cuando estalló el escándalo, y como seguía colándose en la finca sin importarle o sin entender todavía lo que podía pasarle, le dije en secreto que el hijo que esperaba era suyo; pero entonces se acojonó, se puso a fingir que no me creía. Era sólo pura cobardía, y yo casi lo preferí: no quería que le hicieran daño, ni tenerle cerca tampoco. Cuando nació la niña, y sólo por darle un padre a mi hija, y porque me sentía terriblemente sola, por la época en que iban a matar o habían matado ya a mi padre, insistí de nuevo por un tiempo; con discreción, en secreto. Me lo encontraba por la calle, teniendo yo a la niña todavía en la barriga, o ya después llevándola en brazos al pediatra, y el cagueta salía corriendo o huía doblando las esquinas como si yo le hubiera amenazado de muerte, en plena calle, en público, o como si hubiera visto un fantasma. Además, es un mierda, posiblemente un enfermo; ¿cómo podía pensar un cagón así que yo iba a reclamarle a gritos la responsabilidad de un hijo, como si yo fuera una costurera comida por la miseria y él un chulo de taberna? ¡Pero es que era su hijo...! A ver... Y, lo que es más asombroso para mí: ¿cómo llegué yo a rebajarme a exigirle una paternidad de papel a un gallina y un perdedor como era y es ese sujeto? Sólo se me ocurre, para entenderlo, para entenderme, que él parecía otra cosa por entonces, no era tan feo, y que yo me hallaba, y me sentía, demasiado sola... Gracias a Dios, nunca logré convencerle de que hiciera frente a lo que había hecho; se habría muerto del susto, y yo de asco.
“Cuando Isabel estuvo lo suficientemente fuerte, nos fuimos una temporada de vacaciones. Al regresar, ya me sentía mejor, y no volví a pedirle nada a ese tipo. A Isabel le dije primero que su papá se había ido muy lejos, y cuando fue algo mayor, que no sabía quién era su padre. Las mujeres somos a veces tan estúpidas que ella habría sido capaz de intentar reconciliarse con él, o de perdonarle, o de acogerle y cuidarle en la vejez. Yo sé que es un perro, como todos; pero hasta el corazón más duro puede ablandarse y tener compasión con quien no lo merece. Yo fui dura por ella. Yo seré dura por ella.
Diana pensó que resultaba extraño que la hija de Senabre siguiera protegiendo a la joven pero resuelta madre de Jonás, cuando estaba claro que Isabel, según ella misma había comprobado, no necesitaba que nadie fuese dura por ella; y recordó lo implacable de palabra que se había mostrado la veterinaria en relación con Nucio por la sola sospecha de que pudiera ser su padre no reconocido. Encarnación no conocía a su hija; lo cual era perfectamente normal, y hasta natural aun en circunstancias y familias menos extrañas.
Se acordó entonces de los términos fantásticos en que estaba redactado el parte de accidente, y del nombre que figuraba debajo. Era el texto de un enfermo, de alguien cuya obsesión se había convertido en paranoia y en fantasma, o viceversa; pero lo cierto era que en el papel se contaba cómo una mujer, en distintos momentos de su vida, se le ponía delante con la que decía que era hija de él, y cómo él no la reconocía hasta que ambas se habían convertido en espectros con el paso del tiempo y el enconamiento de su locura. ¿Y que había señalado el tío Zomín respecto a ese individuo? Que al propietario de ese automóvil se le habría perdonado cualquier crimen. ¿Por qué?
Entonces, Diana dijo aquel nombre en voz alta.
“¿Cómo?”, preguntó la mujer, aunque el nombre había sido perfectamente audible. Se había detenido en el gesto y la miraba para escuchar mejor. Diana volvió a decir el nombre: Goyo, y agregó: “Es el padre de Isabel, ¿verdad?”. La mujer, sorprendida en su seguridad, en su alcazaba, en su recinto sagrado, ganó el tiempo que pudo mirando a Diana a la barbilla, parpadeó largamente una vez, dos, tres, y por fin extendió la mano. La lista joven de Madrid se la estrechó muy blandamente.
- Cuide del perro – dijo la mujer sin dejar de sacudir el brazo de la otra, y ambas volvieron la cara hacia el asiento de atrás. Tras el cristal y la reja, el chucho hizo unos cuantos flap desganados – Ahora está triste, pero se le pasará. Déle cariño. Tal vez tenga memoria de cosas que no le guste recordar, y por eso se le ve así de melancólico en ocasiones. Nos pasa a todos. Cuando estaba aquí en casa también le pasaba. Sólo con las chicas del taller se animaba un poco, por eso se lo llevé; pero usted debe llevárselo, y debe irse y no volver nunca más, porque si en dos días se ha enterado de cómo se llama ese infeliz..., Dios sabe de qué no se enteraría en un par de semanas. Adiós – repitió, sonriendo sólo como máscara, y, dándose la vuelta, comenzó a caminar lenta y pesadamente hacia la casa.
Diana subió a su coche, maniobró y comenzó a bajar con precaución el ancho paseo de piedra blanca sobre lecho arcilloso. Desde lejos, allá abajo, casi llegando ya a la cancela abierta y al puente, vio la espalda de un hombre que andaba por la margen izquierda del palmeral en dirección a la salida.
No se detuvo ni volvió la cara cuando oyó el automóvil acercarse; seguía su camino trazado hacia el exterior de la finca.
Ella lo había reconocido y se detuvo a su lado. Nucio no tuvo más remedio que volverse. La miró con sus ojos derretidos por la costumbre de la pena y tan lacios como las guías de su bigote de mongol afligido.
- Suba – invitó aquella mujer rubia que ya debía haberse ido. Nucio dudó un poco.
- No voy al pueblo, voy a la ermita – comentó. Lo cual significaba que todos allí creían saber que ella se iba, que regresaba a casa.
- ¡Ah! – Diana no se había decidido todavía. Aquel villorrio iba a tener razón, al fin y al cabo.
- Buen viaje. Adiós – se despidió él, y volvió a alejarse de la puerta del coche.
- ¡Nucio! – El hombre se detuvo de nuevo. Tardó en volver la cara – Suba. Le llevo de todos modos.
El hombre, sin expresión salvo la pesadumbre de su carácter, contorneó el coche y lo abordó lentamente, como alguien no acostumbrado a ir en automóvil. Una vez sentado, se puso las manos en los muslos y miró al frente. Diana no le habría molestado para decirle que se pusiera el cinturón de seguridad, pero sabía que le sería necesario en las curvas. Como ella había temido, Nucio pidió perdón y obedeció como si hubiera hecho algo malo; luego volvió a poner las manos sobre los muslos y a observar delante la carretera. Hasta que hubieron salido, girado a la izquierda y avanzado unos doscientos metros no abrió la boca.
- Lo siento.
- Olvídelo. Yo muchas veces no me lo pongo. Tardé en acostumbrarme.
- No; me refiero a la escena del restaurante. Fue indecorosa.
- ... Olvídelo también, y con más motivo. Yo aguanté hasta llegar a la habitación; pero lo mío fue todavía peor... Estaba bueno ese coñá.
Cuando llegaron al final de la recta, junto a la caseta y el comienzo de la pista de arena que cruzaba el desierto, tomó hacia la izquierda, siguiendo la carretera asfaltada que ascendía hacia el monte. Tras un recodo, apareció un trailer articulado por delante de ellos, subiendo las cuestas cansinamente, ocupando todo el ancho del asfalto, y ella tuvo que colocarse detrás y esperar conduciendo despacio, sin visibilidad tras la mole algo larvaria y circense del camión.
- Es usted... una persona de palabra.
- ¿...?
- Dijo que volvería por el perro y ha vuelto.
- Pero no me han dejado pagar los gastos médicos; ni siquiera las radiografías. Y cuestan un dinero.
- A Encarna siempre le han gustado los animales. Es una veterinaria... intuitiva. Cuando las demás niñas jugaban con muñecas y trapos, ella curaba patas rotas y alimentaba crías de antílope con biberón. Isabel es vocacional, y no le gusta ver sufrir a los animales. Tampoco vive de eso; creo. Además es raro que llegue hasta aquí uno de los perros de El Frasno. Que llegue vivo – aclaró sin pasión.
- Oiga, ¿qué cree que les pasa a los perros?, ¿por qué hacen eso?
- ¿El qué?
- Lo del puerto... tirarse a los coches.
- Y al río.
- ¿Cómo?
- Sí; también se tiran a los ríos que encuentran, y se ahogan.
- ¿Por qué? – Nucio la miró con lo que, en él, podría ser una tenue burla asombrada.
- No lo sé; nadie lo sabe... ¿Ha visto lo que rodea a Sudencia y a estos pueblos?
- Un poco.
- Tal vez sea por eso: Quizá piensan que es mejor acabar con todo que andar aperreado por un desierto.
- Pero a los perros eso no les importa. Quiero decir que vivir de ese modo no les preocupa; no les gustará, supongo, pero se adaptan, se buscan la vida, sobreviven o mueren, pero no buscan la muerte; es lo que hacen: sobrevivir. No tiene sentido. ¿Puede ser por los vertidos tóxicos de la planta de Codos?
- Entonces, ¿por qué pregunta?, - repuso con un poco de mal talante. Pareció que ya era para él inevitable manifestarse un poco impaciente o irritado, pero como no tenía suficiente carácter como para lucir su exasperación sin complejos, ni para dirigir hacia ella un arranque franco de ira, refrenó el disgusto bajando la cabeza, plegando el tono y recogiendo pelusas imaginarias de la tapicería - ¿por qué pregunta si ya se ha hecho una opinión, si ya lo tiene claro? Le aseguro que ocurre; tenga sentido o no. Será algo ancestral, telúrico, o astrológico... o una casualidad. Y en Codos yo sólo he visto un montón de antenas repetidoras de teléfono. Aunque si la radiación electromagnética provoca cáncer en los niños de ese colegio de Zaragoza o Valladolid, bien puede volver locos a los perros.
Las aguas habían vuelto a su cauce. A pesar de la intriga que provocaba en Diana aquel amostazamiento sin apenas motivo, no abandonó la pesquisa, sólo dejó pasar un par de curvas antes de preguntar de nuevo.
- ¿Y no ocurre en otros lugares?, ¿solamente aquí?, ¿allí arriba? ¿Por qué? – La miró de lado desde la tarea de las pelusas.
- ¿Cómo lo sabe? – objetó con encono sordo y debilitado - La casualidad es que usted esté aquí, no que los perros sean idiotas o estén desesperados sólo en este sitio o en mil... ¿Conoce a los perros indios?, ¿a los coreanos?, ¿a los rusos?
- Eso no tiene nada que ver. Que ocurra en otros lugares no... lo hace comprensible.
- Eso... eso es cierto – afirmó. Se dejó mecer por el vehículo y luego, con un ápice de zumba lenta y sin gracia, añadió: - Es... ¡misterioso!
La trataba como una niña. Parecía haber decidido no responder a sus preguntas con sentido común, no tomársela en serio para no perder la paciencia. Como si aquel interrogatorio sólo mereciera una respuesta sarcástica, una burla. Ella se mostró decepcionada y triste. Dejó de hablar.
Y al rato Nucio se aburrió de fingir lo de las pelusas.
- Mire... lo siento. No sé lo que me pregunta. Hable con Isabel. Ella es veterinaria; lo mismo sabe algo que... hable con ella.
El camión era lentísimo. Buscó música en la radio, pero sólo salían interferencias.
- ¿Le gusta la música? – preguntó buscando a tientas una cinta en la guantera de la puerta.
Sí, le gustaba... Sí, cualquiera... Esa estaba bien.
Sonaron algunos compases transparentes y líquidos de violín. Bajó el volumen.
- Oiga, Nucio, ¿se acuerda de nuestra conversación?
- Sí.
- Dígame: aquellos hombres que usted vio salir aquella noche por la puerta de atrás de la casa... ¿eran amigos de Senabre?
- Sí, muchos de ellos eran amigos suyos o de la familia, o tenían negocios con él. Senabre los estaba haciendo ricos a todos, muy ricos – explicó Nucio. Luego miró de soslayo, al parecer divertido, a aquella mujer tan curiosa y comentó: - Veo que sigue pensando en aquello.
- A ratos. Es una historia... interesante.
- A ratos.
- Sí, a ratos.
Conducir tras el camión era aburrido, pero daba tiempo para pensar.
- ¿Conoce... los Ángeles de Sudencia?, ¿los ha visto? – preguntó Nucio, con lo que, en su caso, podría denominarse el espíritu juguetón y amable del anfitrión arrepentido de una falta de hospitalidad. O tal vez simplemente trataba de evitar que ella volviera a tomar la palabra y la iniciativa.
- No
- ¿Ni sabe por qué se llama así este pueblo?
- No
- Antes sólo se llamaba Sudencia, y era una pedanía de Illueca. Cuando le concedieron el estatuto de municipio independiente, coincidió con el descubrimiento de los ángeles, con su fama comarcal, con sus supuestos milagros... el milagro; en definitiva: la riqueza, cuyo único hacedor había sido en realidad Baldomero Senabre; pero hasta quisieron robarle ese prestigio para dárselo a unas ... insulsas figuritas..., y por eso el pueblo, cuando lo fue, recibió el nombre de Sudencia de los Ángeles.
- ¿Qué ángeles son esos?
- Ahora los verá – contestó, con intención de crear interés, pero con el resultado de parecer áspero y desabrido. Habían llegado a la entrada del aparcamiento de la ermita, cuyo edificio ahora le resultó incluso más grande que al pasar de largo un rato antes; y el estacionamiento más rebosante de coches – Aparque atrás, que siempre hay sitio.
Por detrás del alto y limpio edificio nuevo, en efecto, había muchas plazas vacías, y aparcaron sin dificultad. El coche quedó solo junto a un bordillo, rodeado de plazas vacías pintadas con rayas blancas en el rico asfalto aterciopelado. Luego caminaron en silencio a lo largo del muro liso hasta la entrada principal, y, empujando la puerta de madera maciza, entraron.
Se encontraron, casi a oscuras, en ese diminuto zaguán trapezoidal (con paredes de madera, lleno de avisos, carteles pastorales y un corcho con el horario de las misas) que impide la entrada al recinto de la pagana luz del sol y de los ruidos del exterior y parece también querer proteger la atmósfera general del templo y predisponer al que ingresa para el cambio de estado espiritual. Corrieron la cortina y, franqueando otra puerta más fina, entraron por la izquierda. La luz allí era tamizada, suave, y procedía de diversos puntos de luminosidad colorida y difusa que daban una densidad cavernosa al ordenado vacío de la piedra. El aire frío de la roca retenía congelado ese olor antiguo de inciensos y de ceras.
Aquel lugar conservaba también ese silencio cristalizado propio del eco de las iglesias de los pueblos, como la reverberación de su coro de niños y de viejas; pues aunque lo llamaban ermita, tenía el tamaño y la disposición de una iglesia clásica: la nave central tipo basílica con dos arquerías laterales armadas con arcos de medio punto peraltados, que eran los primeros que cerraban el impulso de las altas columnas, las cuales seguían hasta intercambiar sus nervaduras en la bóveda. Las arcadas daban paso a cada lado a un conato de claustro, a un pasillo (colateral) en penumbra con recoletas capillas como alvéolos iluminadas por vitrales o bombillitas disimuladas tras los mantos de yeso, las urnas de alabastro o los perfiles de maderas oscuras de los reclinatorios.
El humo de las decenas de pequeñas velitas votivas que ardían ante la plataforma del altar ascendía en fina neblina hacia el resplandor amarillo de la cúpula enturbiando la visión de los oros viejos del retablo y del marfil oscurecido de la piel cetrina del gran Cristo central, que le recordó la imagen yacente de la urna del restaurante del hotel. Pero lo que más le llamó la atención fue que en la mitad trasera de la nave, la más cercana a ellos, y que habría debido estar, como las primeras filas frente al altar, ocupada por bancos de iglesia, lo estaba por tres largas y grandes mesas como las que había visto en la trasera del almacén de maderas, pero de tonos más nobles y apagados. De mejor calidad, pero colocadas en la misma postura transversal.
Iban casi de lado a lado, de arcada a arcada de la nave; tenían la superficie de los tableros llena de papeles y carpetas e iluminada por flexos de oficina bajo cuyo breve haz blanco trabajaban con gran concentración cerca de dos docenas de hombres y mujeres jóvenes seglares.
Diana y Nucio se habían ido decantando hacia la arcada lateral de su izquierda. A este extremo de cada mesa había un terminal de ordenador. Ante la luminosidad templada de las pantallas tecleaban tres tipos vestidos como empleados de banca.
Ella conocía un ambiente similar, el de las exclusivas bibliotecas privadas de ciertas instituciones inglesas, pero aquello no era una biblioteca de incunables, sino una iglesia consagrada, y además las tareas que allí se realizaban (creyó poder interpretar por el tipo de papel, los gráficos, los listados...) parecían tener más que ver con la labor de los consultores financieros, los despachos de abogados o una auditoría de cuentas que con investigaciones paleográficas o archivos antiguos. Y seguía siendo una iglesia: había una luz bajo el Cristo y viejas en los primeros bancos.
Pasaron junto al extremo de la primera mesa. Nucio había empezado hacía un rato a murmurar señalando el trazado de la nave como un guía de turismo, pero Diana no dejaba de pensar en las mesas y no le prestaba la debida atención. Ahora venía hablando de planes de infraestructuras, excavadoras, hallazgos indiciales... Ella se inclinó discretamente sobre la espalda industriosa y trajeada del sujeto que se desempeñaba ante el teclado del primer ordenador. Pudo ver una carta, en francés, con formato de fax, antes de que el tipo se moviera incomodado y que Nucio la atrajera (o distrajera) agarrándola del brazo y llamase su atención sobre la primera de las tallas de piedra.
Diana vio entonces algo que no había distinguido antes debido a que las columnas de las arcadas carecían de iluminación propia, o de interés frente a las mesas.
Ante cada columna de sustentación, casi adosada a ella, se levantaba una columna trunca, un pedestal o basa, de unos dos metros de altura, sobre cada una de las cuales había una imagen de piedra erosionada. Había en este lado una fila de cinco pedestales, con una figura cada uno, uno por cada columna de sustentación, y otros cinco al otro flanco de la nave; diez pedestales y diez figuras, todas distintas entre sí, pero, como resultaba asimismo evidente por la factura, por el grado y modo de erosión, por el tamaño y hasta por lo homogéneo de las diferencias, las diez pertenecientes a un mismo conjunto o grupo escultórico.
Ahora se encontraba justo delante y debajo de la primera de ellas. Tendría como medio metro de altura, a partir de los dos de la peana. Se veía el poro de la piedra arenisca erosionada, los ángulos rebajados por la acción de los elementos (¿qué elementos? no lo sabía, sin duda se lo habían dicho y estaba distraída) y del tiempo, la superficie como dulcificada, y sin embargo era posible distinguir todavía la caída y los pliegues de la ropa: no se trataba de un sayal de monje, pues el ropón estaba ceñido a la cintura y sólo llegaba hasta por debajo de la rodilla. De aldeano o siervo tal vez (¿pajes? ¿esclavos? ¿esclavos que merecen estatuas a la manera griega?). Nucio seguía hablando, diciendo que las obras de nivelación y allanamiento del terreno para el polígono se habían estancado durante meses mientras se las ingeniaban para sacar los arcones que no habían sido pulverizados por las excavadoras, pero que había sido imposible recuperarlos porque la madera podrida se desmenuzaba al solo contacto de la mano. Por lo menos, y salvo las inevitables filtraciones, los arcones habían protegido bastante las figuras, que habían podido ser recuperadas como las veía.
- ¿De qué época son? – Preguntó Diana en voz alta.
Su presencia había llamado la atención de los que se inclinaban bajo la luz de las lámparas de oficina, y un hombre joven con barba rubia y jersey de lana gruesa y marrón, tras observarla largamente con torpe carencia de disimulo, había recogido unas carpetas y había abandonado la nave por detrás del retablo, por el ábside.
- No se sabe. Se pensó en los lares y penates romanos, pero son demasiado grandes y forman una colección. Tampoco son evangelistas ni apóstoles ni padres de la Iglesia. Se ha llegado a la conclusión de que nunca hubo más de diez, además no tienen emblemas, símbolos, signos, nombres ni rastro alguno de a quién o qué representarían. Por eso mismo se sabe que tampoco son santos. También lanzó alguien la teoría de que eran las diez potestades o virtudes herméticas, algo relacionado con el ocultismo; pero se rechazó de plano: aquí la gente es muy católica. Ni fenicias ni etruscas tampoco, si lo estaba pensando. Lo más probable es que sean visigodas; pero... A falta de cosa mejor, la gente empezó a llamarlas ‘ángeles’. Lo que impide una datación más exacta es, además de la falta de indicios ni rasgos, esas extrañas posturas que adoptan. Son... insólitas. Este – dijo señalando la primera figura, que se llevaba una mano de piedra a la frente inclinada -, como ve, es el Ángel del Cansancio, o así han dado en nombrarle. También se la denominó del Arrepentimiento y de la Tristeza, pero ha prevalecido el agotamiento.
Aunque el resto de la estatua era rígido, hierático, muy románico, la pose conservaba la frescura y la impronta del ademán vivo cazado por una instantánea fotográfica de un modelo que ignora que lo es. Aquel hombre atribulado (porque todos eran varones, tal vez el mismo hombre, con seguridad ataviado con el mismo atuendo) transmitía una sensación de intimidad y realismo a pesar, o tal vez gracias a la sobriedad en el gesto: el púdico (aunque irrefrenable) echarse la mano a la frente cansada de un hombre solo en cualquier esquina del mundo y aun del tiempo. Nada monacal ni severo, acaso sólo humilde, sabiamente humano, había en la modesta, pudibunda rigidez de la cintura, los pies y el brazo izquierdo; nada teatral en la frente vencida un poco hacia el lado del brazo y la mano parcialmente abierta que la sostienen. Y era sorprendente, inexplicablemente fiel a la anatomía invisible (bajo el manto de piedra igual que bajo la máscara de los desempeños sociales y civiles) de la preocupación familiar cotidiana, del súbito cansancio o dolor por sobrecarga de preocupaciones o trabajo del hombre doliente que ha de parar (puede parar) solamente un instante para reconstruir el presente y poder soportarlo. Todas las tareas y pesares del hombre corriente estaban condensadas en la mano entreabierta que sustenta; con los dedos levemente combados para así con las yemas llevarles un contacto sedante a los senos del lóbulo frontal, dedos que regalan certeza y compasión, y que secreta, discreta, modestamente dicen: “Lo sé. Calma. Yo estoy aquí para reconfortarte. Yo estoy aquí para el consuelo fugaz de este duro trance de la labor para la muerte”. Su rostro, invisible en la sombra de los dedos, era precisamente aquella mano que soporta y consuela. Diana compartió sin querer algo de aquella pesadumbre.
Nucio la rozó suavemente en el hombro y ella se dejó conducir unos metros hasta hallarse bajo la siguiente columna, el siguiente pedestal con su estatua.
Él continuaba hablando y gesticulando como lejanamente inspirado, sin mirarla. Al parecer, no se había descartado que fueran figuras alegóricas de sentimientos o actitudes, pero se desconocía la utilidad que se les pudiera dar en la antigüedad, ya se tratase del siglo dos antes, o después de Cristo. Tal vez fuera la misma, apuntó, que se les daba hoy, como recordatorio para los exámenes de conciencia, las confesiones y los sermones del cura.
- Esta, por ejemplo – señaló refiriéndose a la segunda imagen, que a bote pronto parecía asustada -, es particularmente apropiada para la contrición. Le llaman el Ángel del Santo Reproche, y, como ve, está bien situado. – Con un gesto del cuello había indicado a través del arco siguiente un confesionario que, en la penumbra de la nave lateral, se agazapaba contra el muro exterior, entre dos capillitas.
Esta segunda talla levantaba en el aire los dos brazos hasta la altura de las sienes. Sólo conservaba una mano, que se abría escandalizada por la inicua conducta ajena y parecía estar dirigiéndose hacia la cabeza. La boca permanecía abierta. Podría haber sido también una expresión de enorme pena o de catástrofe, como esas que se ven en la televisión tras un bombardeo o un atentado, pero el torso iniciaba una inclinación hacia abajo y hacia la diestra que convierte al gesto en admonitorio al tiempo que lo refrena, que contiene y retiene el reproche merecido por lo terrible, por lo inaudito, con una contrafuerza compensatoria que puede ser la comprensión o la compasión o ya, incluso, el perdón anticipado. Esa dulzura que compromete la rígida verticalidad y dureza de la amonestación ablanda también la piedra del pecador. “Reconoce tu error”, decía la estatua, “asómbrate de ti mismo, y abre el cauce a la corrección como yo dejo paso a la compasión que vendrá, que ya viene, por la que ya me cargo de tu culpa para expiarla”.
- Este tercero es el Ángel de la Compasión – dijo oportunamente Nucio refiriéndose a la escultura de la próxima basa -. También le han puesto de la Risa Tonta, y el Ángel Bondadoso... pero se ha quedado con el otro nombre.
Aquella roca tenía las manos unidas en nudo contra el pecho, y aunque casi tenía borrado el rostro, se intuía una sonrisa de esponja; quizás debido a una grieta o mancha o veta de la piedra, o por la inclinación del cuello, que a ella le recordó a alguien.
- Todas miran para abajo – apuntó.
- Sí. Observando el ángulo de la mirada, se llegó a la conclusión de que en su origen estuvieron expuestas a una altura similar a esta en la que han sido colocadas aquí. En la mayoría de ellas se observa esa... voluntad de comunicación. No existen solamente para ser observadas con impunidad, no sólo realizan su pose olímpica, o ejemplar ,o judicatoria, o alegórica, simbólica, representativa o lo que sea; dirigen su atención al observador, le acusan, le inquietan, le... incluyen. En el arte religioso es muy raro ese acto de generosidad, ese esfuerzo por... conectar. Se llegó a dudar incluso de que fueran imágenes religiosas, o relacionadas con lo religioso (¡un menestral! ¡o un paje o un esclavo! ¡tal como ella pensaba!), y por eso no fueron reclamadas por la Iglesia ni incluidas en ninguno de los catálogos conocidos... Algunas de las esculturas, además, sostienen actitudes que con dificultad pueden ser interpretadas como ‘de culto’, o manifiestan una devoción poco menos que dudosa. Venga... – caminaron hasta el siguiente.
Diana volvió un momento la vista hacia el interior de la nave. Ellos dos ya estaban en la parte delantera del cuerpo central del templo, y, en efecto, había un par de ancianas sentadas en un banco sin quitar la mirada arrugada de la cara del Cristo. Por allá atrás seguía la actividad silenciosa en torno a las tres mesas. En algún lugar zumbaba una máquina: una fotocopiadora o una impresora laser.
- El Ángel de la Risa – anunció apartándose -; como ve, no muestra mucha piedad por aquel que se le coloca debajo. De hecho, la original sufrió algunas agresiones con palos y zapatos, y hubo que hacer tallar esta copia y guardar el original bajo llave.
La estatua representaba al hombre de la túnica corta riéndose de su contemplador: el brazo derecho se extendía recto e inmisericorde en dirección al que observaba, y de la manga sacaba un largo antebrazo terminado en un índice que ella sintió llegar con insolencia y golpearle como un ultraje. Con la otra mano, la imagen se sujetaba la barriga. El cuerpo se combaba hacia atrás, al borde del desequilibrio, en un arco exagerado que partía en los talones, se dibujaba en las corvas, recorría la columna y tronchaba el cuello de tal manera que le veías aún la boca abierta (el paladar oscuro y cavernoso), pero ya no los ojos, puestos en la vertical; así que bajabas la mirada y aquel dedo ofensivo te volvía a zaherir mofándose de tus más íntimas vergüenzas. Diana se comenzó a sentir vejada y maltratada por la inmerecida y ofensiva injuria de aquel dedo, y concibió deseos de partírselo. Nucio debió de notar algo, porque cuando ella frunció el ceño, por las guías del bigote le retozaba una sonrisa incomprensible. Fue entonces ella a hablar, y Nucio detuvo su intento con la mano.
- Espere – recomendó -; siga mirando... respire hondo y mírelo otra vez.
Ella volvió a observar la estatua. La forzada posición hacia atrás resultaba hasta antinatural; había levantado el sayo o jubón por la parte de delante y descubría el bulto genital, y además, la postura era tan extrema que, de hecho, la figura se estaba cayendo, lo cual se percibía en la incipiente apertura de los hombros y el esfuerzo retroactivo que se descubría sobre todo en la pierna derecha, ligeramente desplazada hacia atrás, buscando una mejor sustentación, y en la tensión de ese talón de Aquiles. El muy payaso se estaba cayendo de culo y ¡venga con las carcajadas!... y presumiblemente seguiría riéndose en el suelo, de lo que fuera de lo que se estuviese partiendo de risa. Y una vez aterrizado, también (podía imaginarlo), se reiría de su propio traspié.
Y entonces, Diana notó cómo los músculos de su cara se iban relajando. Sí. Era cierto. Aquel dedo apuntaba certeramente a algo muy ridículo, ciertamente risible: señalaba a la fuerza que había fruncido su ceño, a la furia del ego, a la iracunda debilidad de la autoimagen, a ese miedo vestido de irascible y severo respeto por uno mismo que nos impide reírnos de nosotros mismos. Sí, ese dedo tieso, tantas veces, al parecer, denostado, tocaba justo en la fibra sensible de la médula de la identidad, que al defenderse con violencia, era más ridícula y risible todavía. Sólo cuando aparecía la ironía, la aceptación, aquel dedo comenzaba a hacer cosquillas. No se reía de nuestras vergüenzas, pecados y defectos, de lo que nos hace sentir vulnerables o disminuidos, sino de la importancia que le conferimos a ese edificio, de dolor y recuerdo, que levantamos en el lugar más sagrado de nuestro interior con la ayuda de un ‘yo’ pequeñito y muy serio y todos los errores que hemos cometido y todas las ideas y fracasos que hemos acumulado como material de construcción. Y cuando dejaba de hacer cosquillas, aquel dedo seguía su camino hasta pinchar la vejiga de toda aquella inmundicia embalsada, que salía entonces provocando una liberación en la zona abdominal. No era dolor lo que denunciaba aquella mano en la barriga de la estatua, era el reconocimiento de la ceremonia de libertad que se celebraba en el plexo solar. Cuando sintió las agradables vibraciones de felicidad que ensayaba su diafragma, volvió la cara divertida a su acompañante, que, una vez obtenido el efecto deseado, la arrastraba ya hacia el último pedestal de aquella ala del templo.
- Por no esperar como usted ha hecho – iba contando Nucio, refiriéndose a la figura anterior o del Ángel de la Risa -, un cazurro le rompió el dedo al original de un garrotazo. Pero todo el que sube hasta aquí tiene que probar, aun a riesgo de que perdamos... otra vez... ese dedo..., y tengamos que pegárselo otra vez. – Después señaló la siguiente figura y lo presentó: - Este es menos risueño: es el Ángel del Castigo.
La efigie, más rígida y vertical, más intransigente ya desde la propia concepción formal que las anteriores, más angulosa, alzaba el puño por encima de la cabeza y amenazaba con descargar un golpe como una puñalada de sacrificio. Cuando se estaba ante él, se comprendía la naturaleza inexorable del castigo merecido y no redimido. Nucio añadió que también lo llamaban el Ángel del coscorrón, y el del azote; aunque resultaba evidente que aquellas advocaciones lenitivas, y otras con que le motejaran, eran tan solo argucias (por otra parte inútiles) para no enfrentarse con el terrible peso de su última y definitiva falta de clemencia.
- Este da auténtico miedo – Se dejó decir ella.
- ¿Por qué? – Era una pregunta inesperada, y rara, viniendo de alguien que conocía tan bien las esculturas.
- Pues porque no parece ni remotamente dispuesto a perdonar... No da tiempo ni para arrepentirse – comentó viendo aquel puño que ya había iniciado su trayectoria punitiva.
- Bueno...; por eso no le llaman ‘El Ángel del Perdón’, sino El del Castigo... Hay cosas que no se pueden perdonar. Mire esa multitud.
Ella se dio la vuelta. Ahora, en efecto, había más gente alrededor de las mesas. Salían de la parte baja del ábside, por ambos lados y desde detrás del retablo; cruzaban ante el altar evitando pisar la tarima, persignándose los que no llevaban los brazos ocupados con carpetas, bolsas o cajas, y se instalaban en cualquiera de las sillas que había libres en torno de las mesas desplegando su material. Algunos continuaban hasta la puerta principal y salían.
Entonces vio, por el pasillo del otro lado, por la otra nave colateral, a un grupo de hombres en traje paseando. Los veía de forma discontinua a través del intercolumnio: caminaban con lenta resolución, con las manos en la espalda. Habríase dicho un claustro político o pagano, una lonja de negocios, una academia antigua. Tras los cinco hombres, a un metro siempre, caminaba un joven con una de las cajas en brazos.
De súbito, uno de los hombres que conversaba se volvió, abrió la caja que el otro sostenía, miró dentro, revolviendo su contenido, y regresó con el resto y con algo nuevo que decir. Eso no le asombró a ella tanto como el reconocer a tres de los hombres que charlaban: uno era don Roberto, el del taller, el que parecía llevar un traje bajo el mono (ahora lo comprendía. A medias); los otros dos habían estado comiendo junto a su mesa en el hotel.
- Mírelos – insistió Nucio-. Ya estamos todos.
Pero fueron los hombres quienes los miraron a ellos dos. Y por un momento parecieron extrañarse, o hasta disgustarse, de verlos allí dentro; a ella, o a Nucio, o a los dos.
- Sí – decretó Nucio, y los desafiaba con la mirada -: ahora sí que estamos todos.
- ¿Todos?
- Yo no vengo nunca. Todo esto está muy bien, pero no va conmigo. Hoy estoy aquí por usted, y como han venido Hurtado y los demás, pues estamos todos, los vivos y... los muertos.
- Sigo sin entenderle.
- ¿Ve a esos chicos que se afanan haciendo cuentas en las mesas?... Muchos de ellos son nietos o sobrinos o ahijados de alguno de los firmantes del pacto; y por aquí andamos también los hijos, yo incluido.
- ¿Y los padres?
- También están. Esas dos – comentó sin moverse, en referencia a las dos viejas extasiadas en la marmórea belleza de las carnes del crucificado – son las viudas del notario, don Esteban, y del hermano de uno de sus cómplices, un industrial llamado Feliciano Roncón.
- ¿Y dónde están... ellos?
- Ahí detrás – declaró mirándola a los ojos, sin inmutarse ni darle la menor importancia -; venga conmigo.
Diana sintió un estremecimiento al decidir seguirle; temía que la llevase a la cripta, o a ver un museo de viejos moribundos, decrépitos o agonizantes jugando al dominó desde detrás de las mascarillas de oxígeno y rodeados de enfermeras mulatas. Porque, si estaban vivos, debían de ser viejísimos. Se imaginó también que los tenían momificados en urnas de cristal que una vez al año, por Todos los Santos, paseaban a hombros por el pueblo con antorchas necrófilas; que su sangre se licuaba por San Judas; que los mantenían frescos con menstruo de doncella...
... pero Nucio la condujo sólo hasta el fondo de la nave lateral, donde, a través de una puerta sencilla, entraron en la sacristía.
Había una lucerna alta, apaisada, angosta, que recorría toda la pared izquierda, la que daba al exterior, al aparcamiento, y que iluminaba, allí frente a ellos, un armario grande de estilo modernista, y justo debajo de la ventana, a su izquierda, un aparador antiguo con útiles de culto tapados por un lienzo bordado demasiado pequeño. Pegado a la pared de la derecha había un imponente trono de madera maciza con asiento de piel, y a su lado un espejo renegrido de cuerpo entero. Tras el espejo, semioculto de la luz, había un gran retrato de grupo enmarcado sólidamente. Era una fotografía del tamaño de una orla, con cenefa de honor, y de la clase que había visto en el comedor del restaurante del hotel.
El pie de foto rezaba: Fundación del Patronato Arqueológico de Sudencia.
La instantánea, en blanco y negro, parecía haber sido tomada en un salón o despacho municipal, porque tras el grupo de personajes había una pared blancuzca decorada con sobriedad castrense: en lo alto, un crucifijo, debajo, una foto de Franco, y una bandera nacional con el águila asomando incompleta por la derecha. En el centro, como a cinco metros de la cámara, de borde a borde del cartón, se veía una fila de personas posando, y a sus pies una fila de figuras más o menos sucias o herrumbrosas. Eran las esculturas de los ángeles. Había restos de barro por el suelo de baldosas, lo que podía significar que las acababan de traer de la excavación. Así dispuestas: en el suelo, en la distancia, húmedas o sucias, y además en aquella impronta vieja en mil tonos de gris, las estatuillas, la verdad, decían bien poco. No así los rostros de la hilera de personas que posaban detrás. Eran también diez: nueve adultos y un niño, nueve varones y una mujer. No necesitó que Nucio le aclarara ante quienes estaba, al menos algunos de ellos. En el centro simétrico de la imagen, una mujer rubia, de aspecto aristocrático y gran nariz, sonreía encantadora mientras ponía las manos con guantes sobre los hombros del niño que tenía delante (el único que rompía la formación y se adelantaba), quien también sonreía pero bajaba la vista a sus pies, sin duda preocupado de no tirar ninguna escultura. Tendría entre doce y catorce años. O tal vez más, y tan solo estaba un poco canijo... Un momento... ¡...! ¡Quizá fuera el mismísimo Nucio! ¡Y aquella mujer que le ponía las manos...! Resultaba turbadora la posibilidad de que aquel chico hubiera tenido relaciones carnales con esa hembra madura..., y fea..., que tenía detrás. ¿Sería eso?
- ¿Quién es el niño? Su cara me suena.
- Fíjese en el hombre que doña Rebeca tiene a su derecha, a la izquierda en la foto.
Era un individuo enjuto, con perilla, de sonrisa ladina y desagradable, lucía cuello duro y pechera almidonada, un atuendo trasnochado incluso para el años de la foto. Había dulcificado un poco la cara para la ocasión, pero debía de ser un tipo venenoso. Le encontró al fin un remoto parecido con Zomín, el dueño del taller.
- Lo ha visto ya, ¿eh?... Es Zomín. En padre, claro. Y el niño es su hijo, el Zomín que usted conoce.
Ahora sí lo reconocía, pero aquellos gestos se le quedaban tan lejanos...
- ¿Era amigo suyo?
- Eeeeeh, sí. Entonces, sí. Éramos niños – La cosa estaba clara, y ella no tenía interés en meterse por ahí, conque siguió buscando por la imagen.
- Ya.... ya... Y este de aquí, si no me equivoco, es su padre.
- Sí.
Al extremo derecho de la foto, casi expulsado de ella, se veía un uniforme oscuro, con insignias brillantes en el cuello de la guerrera. El hombre, destocado, con las sienes rapadas, no trataba de sonreír, pero sí posaba, mostrando su uniforme y su responsabilidad, aunque a nadie, dentro de aquel cuarto de hacía cincuenta años, y en plena dictadura, parecía importarle que él estuviese en el extremo, ya casi fuera del encuadre. No se parecía a Nucio, mas era quien le había dado el apellido.
El resto eran hombres maduros, provincianos, de buena posición por entonces. Desde luego, ninguno de ellos había participado en las labores de exhumación de las estatuas.
Al que venía después del comandante Nucio en la imagen se le levantaba un poco la comisura derecha de la boca en un ademán socarrón o chulesco. Tenía los pulgares en los bolsillitos del chaleco. El tercero tenía el sombrero puesto, y no se le veía la cara bajo el ala de detective de película. El otro tenía los ojos muy azules y abiertos, y ricitos claros aureolando las orejas; parecía ario o eslavo, un caníbal inocente, un lobo del norte. No sonreía. Luego venían Rebeca del Torcal y los Zomín. El siguiente era serio y delgado, con bigote, y parecía hacer pareja con el penúltimo, tan severo como el anterior, pero con la barba afilada como un caballero del Greco. Parecían hacer pareja porque tenían el cuerpo ligeramente girado cada uno hacia el lado del otro, quedando así como en escorzo, creando un diminuto espacio interno entre y para los dos. A no dudar, tendrían escrúpulos de relacionarse con los demás (quizás fueran el notario y el médico, o el notario y el abogado, o el médico y el abogado; ya no tenía la menor importancia); les daría asco estar con aquella gente, mas allí estaban, haciendo posturitas, y habrían posado igual con un montón de putas, moros y maricas borrachos si con ello estuvieran ciertos de sacar una buena suma de pesetas. El último era gordo. El Gordo. Diana supo inmediatamente quién era aquel tipejo de sonrisa golfa y obscena, de vientre, más que prominente, arrogantemente conspicuo. Tras los párpados semicaídos podía esconderse cualquier cosa. Aunque lo que más destacaba en él eran los labios: gruesos, satisfechos, ahítos de golosa felicidad. No comprendía cómo Isabel, tan lista, había creído a un individuo así; seguramente porque deseaba hacerlo.
- ¿De cuándo es esta foto?
- De finales de los cincuenta.
- Senabre todavía estaba vivo – Declaró pensativa, pero pensó que debía permitir que el otro lo considerase una pregunta, o por lo menos una conjetura, así que le miró.
Si era cierta la versión de Encarnita (lo cual aún estaba por ver) y si, como afirmaba Jose María, en aquella foto estaban todos los firmantes del supuesto pacto, ella sabía que Senabre debía de estar vivo por entonces: todavía no habría empezado la persecución.
- Sí, lo estaba, aunque por poco tiempo. Andando ese tiempo, este grupo de gente resultó ser el que suscribió el... ‘acuerdo’; por tanto, está viendo un buen manojo de futuros asesinos; una buena cuadrilla de angelitos. De hecho, yo he llegado a pensar que fue en las reuniones del Patronato donde se empezaron a forjar los primeros lazos de amistad (ignoro si ya con intenciones criminales) entre ella y estos hombres. Al margen de Senabre, claro; a espaldas de Senabre pero coincidentes todos por entonces en estar beneficiándose de él, como comensales, parásitos o carroñeros. Eso les unía más que el Patronato y las estatuillas.
- ¿No me dijo que eran ocho sin contar a su padre?
El perito ocasional miró el marco de cerca, aunque sabía de sobra quienes estaban retratados.
- Sssí, es verdad; no estamos todos en la fiesta. El que falta vivía en Zaragoza, y no tuvo nada que ver con las excavaciones. Mi padre... pues... estaría por allí; o le convocarían como autoridad.
- Ya, claro... Esto... ¿era amigo de Senabre? – Ni Encarnita ni su hija Isabel habían mencionado al comandante de la Guardia Civil, pero eso no significaba que no estuviera allí, que no tomara parte en las juergas, en las de verdad.
- Podría... Podría decirse que sí. Con el tiempo se fue haciendo asiduo de la casa.
- Como todos estos hombres.
Lo había dicho como de pasada, como reconociendo algo evidente; pero fue entendido en sentido pleno, como en realidad había sido pensado y mencionado.
- Sí, desde luego. Ya se lo dije – El tono de Nucio había sido hosco esta vez. Se había separado de ella unos pocos centímetros para observarla mejor, para ver su expresión. Tal vez se asombraba de encontrar incómodas dudas entre sus propias filas. Diana trató de aparentar que esas vacilaciones quedaban resueltas de un plumazo por ese indignado gesto de Nucio; pero no iba a renunciar tan fácilmente.
- ¡Es verdad! Perdone ¿Qué tal le fue después?
- ¿A quién? – le había logrado desconcertar otra vez, distraerle un momento de esa semilla de desconfianza, lo cual era ya casi un triunfo.
- A su padre; ¿cómo le fueron después las cosas?
- ¿”Después”? ¿Qué quiere decir con eso?
- Verá: he oído decir que a algunos de aquellos que... suscribieron el pacto... no les fueron muy bien las cosas.
Nucio se relajó ostensiblemente. Eso sí que no se lo esperaban; ni él tal salida de pista, ni ella aquella reacción. La mujer no supo si debía sentir alivio o preocupación por aquel súbito cambio de actitud de su interlocutor. No quería perderlo; no todavía.
- Usted me está hablando de la maldición – dijo de pronto, simulando, sin poder evitarlo (quizá inconscientemente), la ominosa seriedad de un cuento de miedo para niños ,pero sin gracia.
- ¿Maldición? – A Diana le vino el recuerdo de la maldición asociada al incesto. El recuerdo de Talita y del cadáver de Salustio, fracasado guardián de las puertas de los infiernos. La muerte de Senabre. El tortuoso paso de la superstición.
- La gente que cree que el descubrimiento de las esculturas trajo la prosperidad a la comarca de forma milagrosa, tiende a imaginar que, como compensación, hizo recaer también una maldición precisamente sobre aquellos que directamente se hicieron cargo de hacerlas extraer de la tierra. O sea, estos que ve usted aquí.
- ¿Por qué lo creen? – Se hacía la tonta; ahora era parte del juego.
- Porque todos ellos sufrieron alguna desgracia por aquel tiempo: ruina, disgustos familiares, accidentes, muertes, juicios por fraude o por estafa...
- ¿Y el que no formó parte en las excavaciones, ese de Zaragoza?
- Era de la familia Del Torcal. Deje... – rememoraba – Murió de un ataque cardiaco.
- Sin tener nada que ver con las estatuas.
- Sin tener nada que ver con las estatuas. La gente es muy milagrera y eso de la maldición daba prestigio a las estatuas. Sobre todo porque se limitaba a los exhumadores (los ricos, que de ese modo pagaban su deuda inmemorial con los pobres y se ganaban el perdón y el afecto del pueblo) y era inofensivo para los otros. Y así, el resto de mortales podía disfrutar de las bendiciones recibidas sin padecer como contrapartida la visita... de la fatalidad. Cosas del... folklore.
- ¿Y usted qué piensa?
Le extrañó su pregunta. A ella no su reacción: iba dos movimientos por delante.
- Es una sandez.
- ¿Nunca se le ha ocurrido pensar que..., igual que el milagro atribuido a las estatuas lo habían realizado los buenos oficios de Senabre, la maldición también pudo ser cosa suya; que fue sólo venganza? – Nucio sonrió pensando, preguntándose si aceptaría ese reto que le parecía estúpido de puro simple. Por eso aceptó.
- Una vez muerto, sí sería ‘posible’, si uno cree en la venganza de los espectros – contestó, burlándose y también forzándose a sí mismo a seguir la partida, si bien no parecía muy interesado en ella -; pero... ¿qué me dice de las desgracias que ocurrieron estando él aún con vida?
- Tal vez se enteró de lo que preparaban.
Aquello era demasiado. Nucio movió negativamente la cabeza y se dirigió a la puerta de la sacristía. Ella lo dejo así; no quería importunarlo más, ni desmontarle su versión de los hechos, en la cual parecía creer sinceramente. Eso estaba claro: la historia de Nucio (la muerte de Senabre se habría decidido y ejecutado, literalmente, “de la noche a la mañana”, sin tiempo para filtraciones) era una versión sincera; lo cual (bien lo sabía ella) no significaba nada de nada, salvo que tenía derecho a ella; tal vez, incluso, algunos de los hechos habrían ocurrido del modo como recordaba, creía o imaginaba aquel sujeto. Pero ella, por su parte, no dejaba de tener curiosidad, conque se quedó frente a la instantánea y obligó al otro a regresar a su lado desde la puerta.
- ¿Qué le pasó al padre de Zomín?
- Se suicidó. Una depresión, o algo así.
- ¿Y a su padre?
- Ya le he dicho que no formaba parte del grupo... Mi padre figura en la foto como representante de la autoridad, y su pertenencia al Patronato era no-mi-nal, representativa. Na-da-más.
- Sí, sí... claro... perdone – contestó, siguiéndole fuera esta vez; pero aún recordaba la alcohólica conversación del restaurante, según la cual, el comandante había sido de los únicos pocos verdaderamente damnificados por la muerte de Senabre. Ella no sabía si la pérdida del honor podía ser considerada un siniestro provocado por la maldición, si no como daño directo, al menos en calidad de efecto colateral, como maleficio indirecto. Pero si sólo había sido eso, podía estar segura al menos de una cosa: de que el benemérito padre no se había pasado por las armas a la jovencísima Encarnación.
En la nave central nada había cambiado, si acaso que había un número ligeramente inferior de personas gravitando alrededor de las mesas, y que uno de los ordenadores se encontraba desocupado, con un salvapantallas de paisajes. Las dos viejas, además, se habían esfumado.
Cruzaron hacia la otra arquería por delante de la tarima del altar. Ni Nucio ni ella se giraron para mirarlo. Le mostró la sexta estatuilla haciéndose a un lado y levantando apenas los brazos, cual un maestro de ceremonias aburrido. Algo se traía entre manos.
- Permítame que sea un poco malicioso, y que le presente... a su ángel patrón: el Ángel de la Curiosidad.
No era para tomárselo a mal: se habían emborrachado juntos; y en algunas cosas parecían estar del mismo lado, si bien le sería difícil decir qué cosas ni qué lado fueran esos. Tal vez el descreimiento... Además, y pensando ahora en la estatua que tenía delante, no era un ángel de la guarda tan malo, después de todo: el mismo sujeto del sayo de piedra al que Diana ya había cobrado un asomo de afecto, y al cual había hasta puesto el nombre de ‘Pedrito’ en su fuero interno.
Pedrito, Pedro, en esta ocasión adelantaba los hombros tirando desde el cuello e inclinaba la cabeza rotándola un poco, como un cachorro de perro al que le extraña un ruido o un insecto, también como si la mejor parte de su naturaleza se hallase interesada en algo. Un ‘algo’ que Pedro señala o examina también con los dedos índice y corazón de la mano derecha; algo bastante próximo a sus ojos (a la altura de un pasaje difícil en un grave volumen puesto sobre su atril, o a la de un país remoto dibujado en el mapa curvo de una esfera armilar, a la altura de un mensaje grabado en la corteza de un árbol por un adolescente, o a la del pezón del pecho de una joven, o a la altura justa de la nariz del niño que esa misma mujer sostuviera, años más tarde, en vilo ante su padre). Levantaba el mismo brazo con que, dos figuras antes, apuntaba certero a lo risible, y sólo una, amenazaba rígido y fatal; pero ahora esa extremidad, con su mano semiabierta en dos dedos que tientan, hurgan o acarician, se hallaba más recogida, era más gentil, más flexible, y se la veía plegada como un capricho mineral. Antes Pedrito, Pedro, había sido un anciano intransigente, ahora era el eterno muchacho que descubre las cosas.
Esta figura no miraba al contemplador, pero permitía que se preguntara, desde este lado del objeto, desde abajo, por aquello que había despertado el interés de Pedro, fuera lo que fuere. Cualquier cosa, todas las cosas.
- ¿Me he equivocado? – pregunta Nucio. A ella le resulta ya un poco cargante, y va a contestarle, pero entonces, por detrás del mismo Nucio alto y fosilizado, más allá de la basa de la estatua curiosa y de las columnas gemeladas que se abren en dos arcos, ve por el intercolumnio de la izquierda aparecer el perfil de una niña de unos tres años: recorre la nave lateral en penumbra tirando de un carro dentro del cual viaja una de aquellas cajas abierta. Desaparece tras el grupo de piedra, y reaparece a la derecha por el vano siguiente, indiferente y mecánica: niña... carro.
La siguió con los ojos hasta que, tres arcos más allá, salió a la nave central y se metió, apartando a empujones a dos hombres, diminuta y obstinada, debajo de la primera de las tres mesas.
Diana se quedó conmocionada.
Sin aparente motivo, aquella visión la había trastornado más de lo que ella misma era capaz de aceptar o comprender.
Se dejó conducir frente a la otra estatuilla sin apartar los ojos del bulto articulado e infantil que veía moverse por debajo de aquel tablero, entre decenas de piernas de los individuos que se hallaban inclinados sobre la mesa, sentados ante ella o que caminaban a lo largo de sus bordes.
La presencia de aquella niña tenía algo de terrible o incongruente. No sabía si lo extraño residía en que arrastrase una de aquellas cajas o en que circulara por allí, entre aquella gente, con total normalidad (pensó ‘normalidad’, pero también pensó ‘impunidad’, aunque lo rechazó enseguida), como si tuviera el hábito de hacerlo.
Cuando se volvió a Nucio, este había desaparecido. Buscó por el entorno inmediato, pero no estaba. Se arrepintió de haber sido maleducada con él; no le había prestado atención: seguro que había estado tratando de explicarle aquella estatua y ella sin mirar ni escuchar, sin siquiera disimular un poco de interés. Se hallaba sola ante la basa de la talla que hacía el número siete, e ignoraba su advocación.
El ángel Pedro extendía su mano abierta y oferente. El resto de la forma transmitía sensación de serenidad perfecta: equilibrio de masas, recuperación (quizá excesiva) de la simetría perdida en las estatuas anteriores, la misma sonrisa de esponja ya conocida. La humildad se aglutinaba en torno al semblante; pues no parecía mirar a la cara de ningún contemplador (ni hacia abajo, como al niño que no alcanzara a poder saber lo que se le oculta por juego o crueldad; ni al frente, a los ojos del otro adulto como diciéndole: ‘Mira lo que te doy por ser yo generoso, muéstrate agradecido’), ni tampoco a la propia mano que ofrece (¡de sobra sabe lo que da!), sino perdida ligeramente por encima de ella, en la zona interpersonal por donde vaga la bondad. Se sorprendió a sí misma lamentando no ver el contenido virtual de la mano; aunque pudiera barruntarse la sospecha (y aun tenerse la certeza) de que se encontraba y se había encontrado siempre vacía. Pero, de hecho, no se veía la superficie cóncava de la palma. La causa de que no la mostrara es que era del todo innecesario, puesto que allí no había nada que ver, y esto por la sencilla razón de que allí estaba... todo. Todo lo que se da, todo lo que se necesita, todo lo que se pide, todo lo que se brinda.
“Dar nos convierte a la vez en deudores y acreedores de gracia, en padres, hijos y hermanos unos de otros. Es para lo que estamos aquí. Toma lo que te doy y comprende.”, oyó que decía Pedro, pero a través de una voz de mujer. “Es el Ángel de la Caridad. ¿Le gusta?”.
Al bajar la mirada, vio frente a sí a Nucio, que sonreía llevando abrazada por el hombro a una mujer bajita, inexpresiva, peinada como un hombre, con gafas redondas de montura dorada. Traía en las manos el espíritu del recogimiento y, además, un estuche cúbico de madera que apoyaba contra el abdomen. Nucio se la presentó como Natalia.
- Encantada.... Sí, me gusta – La otra cerró los ojos y asintió. Enseguida quiso coger el mando. A Diana no le dio tiempo a preguntarse por qué aquella mujer estaba allí y le hablaba.
- ¿Es usted... católica?
- Fui bautizada, nada más.
- ¿No va a la... iglesia?
- No.
Haciendo una seña de significado poco claro, Nucio había desaparecido otra vez. La mujer hablaba como si fuera inventado las palabras, como si, una a una, resultaran el producto de un proceso de decantación creativa casi somático. Resultaba angustioso verlo. Y apenas comprensible, de puro hipnótico. Pero, paradójicamente, parecía también que aquellas palabras no tenían destino en el universo del significado: sólo ser emitidas con cierto sufrimiento, como si se tratase de frases robadas de la tumba de una lengua extinguida, y cuyo significado no se nos alcanzara.
- ... así que, un conocimiento práctico de la verdad es todo cuanto se requiere para entrar en Nuestra Iglesia.
- Perdone, ¿qué decía?, ¿qué verdad? – A Diana le volvía la idea aquella del satanismo. Pensó fugazmente en la niña que había visto, pero no podía volver la cara para buscarla con los ojos.
- Ama... a Dios sobre todas las cosas y al prójimo... como a ti mismo.
- (¡!) Estoy demasiado ocupada como para andar amándome a mí misma... Verá:... es que llego a casa muy cansada. En cuanto a los demás... van a tener que esperar – La otra no quiso dejarse incomodar.
- Escuche – y Diana escuchaba -: Debemos cesar de vivir en la... esfera del yo, que es la del mal, porque... – en ese momento sonó una campanita. Dio tres toques espaciados, y los que estaban en las mesas se levantaron, recogieron algunas cosas y se encaminaron a la cabecera, bajo el ábside, a la parte de atrás del retablo. Cuando acabaron de salir, entró otro turno, y sus integrantes, hombres y mujeres igual de jóvenes y de mediana edad, fueron ocupando los sitios que los salientes habían dejado libres. La tal Natalia seguía a lo suyo: - ...y empezar, por tanto, a... vivir en el seno del Elemento Divino de la Humanidad como... – sufrió un poco, y acabó: - como un Todo.
Nucio no regresaba.
- Eso... es mucho vivir, hermana.
- ¡¡No soy monja!! – aclaró con imprevisible entusiasmo, un entusiasmo casi indecoroso también, por excesivo, o tal vez por falso y como negativo: se trataría de una novicia renegada y luego arrepentida, una viuda o soltera o lesbiana a quien han cerrado el camino al monjerío, una casada a la que se le despertó la beatería con tres hijos y otro en camino - No soy monja, no; pero sé que si no estás en... – padeció un poquito - en posesión del Amor hacia el Bien... – y siguió regurgitando lenta y dolorosamente aquellas elucidaciones como si vomitase una larga y gorda lombriz - ...más te vale entonces permanecer sumido en la ignorancia, porque así pecarás ignorantemente y no serás... responsable de tus actos; pero aquellos... – tenía un poco cara de tortuga, y Diana continuó escuchándola como si oyese hablar a uno de esos animales sabios de las fábulas - ...aquellos que conocen la verdad... – cloqueaba - ...y que la desprecian a causa de su mala voluntad, son los que... sufrirán, puesto que cometen un pecado imperdonable.
- (...)
- Totalmente... imperdonable – Insistió como esperando algo.
- ¡...! Están malditos, ¿no?; ¿quiere decir eso?
- Puede decirse... así.
- Es, pues, cosa de encontrar la verdad, ¿no?
- Y de practicarla; porque... – hasta le oía ya la ridícula voz de pito de los dibujos animados – ...porque no se puede llegar a laaa Verdad por mera especulación intelectual. Y con sólo el raciocinio. No. Si laaa Verdad de una cosa no es experimentada y confirmada por medio de la práctica, no sirve de nada. Unaaa Caridad que sólo existe en la imaginación, permanecerá imaginaria, a menos que se exprese por medio de los actos. La Caridad, ¿sabe?, es laaa virtud más completa e importante, la que más nos une con Dios. La Caridad...
“Vaya, era eso”, pensó, “solamente se trata de caridad, sólo viene pidiendo limosna”. Creyó comprender entonces el sentido de la caja que sostenía contra el cuerpo. Sería una hucha. Pensaba esto mientras seguía oyendo esa voz aflautada de dibujo animado, que iba ahora acompañada de ruidos imaginarios de salivación o chasqueo de la lengua. Le veía ya hasta una diminuta cofia y una nariz de pico de tortuga. ¡Y todo aquel discurso por unas monedas...! ¡Le daría incluso algún billete si lo dejaba ya!
- ... y acompaña necesariamente (“¡tsch!”) al... Estado de Gracia. Vivifica (“¡tsch! ¡tsch!”) y da forma, en fin, a todas las... demás virtudes.
Ahora tenía detrás a Nucio, aunque no sabía cuándo se había materializado. Ya estaba (no sólo por esa razón) más tranquila. Más impaciente también, y más recompuesta y afilada:
- Está bien eso de la caridad; parece un buen negocio... para alguien. ¿Qué me dice de la justicia?
- La... Caridad bien entendida, como nos enseñó Pablo... sexto (“¡tsch!”), incluye en sí la Justicia, y la supera. Verá (“¡tsch! ¡tsch!”): las cuatro... Virtudes...
Se oyó cómo se descorrían los cerrojos de una puerta, cómo se despegaban los bastidores, y un portón de doble hoja que había permanecido disimulado por unas molduras en la pared entre dos capillitas de aquella nave lateral se abrió desde fuera dando paso a un invasivo, ofuscante, fresco rectángulo de luz solar. Unos brazos fuertes comenzaron a descargar cajas. Era él. Era el Adonis rubio, y no estaba la veterinaria para robarle su interés con marrullerías.
- ... y frente a ellas, las... Teologales son sobrenaturales (“¡tsch!”), donadas (“¡tsch!”), infusas... ¿entiende ‘infusas’?.
- Sí, sí, hermana, siga – acertó a decirle con una sonrisa fugaz y de ocasión. Antinoo entraba y salía de la luz.
- ¡Que no soy monja! – advirtió de nuevo, todavía divertida, pero ya con mucho menos entusiasmo que la otra vez – Bueeeno; en fin: las... Teologales son, por orden...
Iba dejando las cajas en el solado de la nave lateral. Levantando con ellas una torre blanca y perfecta.
Al enderezar la espalda tras haber depositado una de las cajas, la vio por casualidad, sostuvo su mirada, y se alegró. A Diana se le había parado la respiración con aquella mirada fija, de animal confiado y de confianza, y cuando a él se le alegró la cara el corazón le saltó en el pecho. Estuvo a punto de dejar sin transición de fingir que escuchaba a sor tortuga e irse caminando hacia él, y así mismo estuvo a punto (creyó) de que le fuera revelada la razón última y profunda por la cual había vuelto sin quererlo allá arriba con un mongol triste y un perro melancólico. Pero Apolo salió por la puerta y no volvió más. ¡Salió corriendo! Hasta podía haberse pensado, por aquella súbita reacción, que al verla le habían dado ganas de... marcharse, que su cara le había recordado algo: que tenía que marcharse a toda prisa. Pero ella no quiso sacar esta conclusión; era absurda. Sería otra cosa.
Nucio le tocó la cadera disimuladamente para recordarle las obligaciones de la conversación.
- ... y eso es porque la... Justicia es humana, mientras que la... Caridad (“¡tsch!”) es Divina. La... Caridad es amar por Dios, sin otro objeto que Él mismo. Se ama a... Dios (“¡tsch, tsch”!) a través del prójimo, y a este por amor a Dios. Es la... Caridad la única Virtud que alcanza a Dios ya en esta vida.
(Sí, pero ya nada era lo mismo.)
- Los dioses son muy esquivos, madre – aseguró triste, seriamente – Así que yo me conformaría con que fuera la justicia lo que se alcanzase ya en esta vida
Aquella pobre mujer acariciaba el estuche de madera y bendecía a aquella joven rubia y descarada con la amable mirada que reservaba sólo para emergencias. E interiormente se repetía las bendiciones como un mantra que le diese serenidad: Señor, dame paciencia... Pero ya no aguantaba más: “Madre”, la había llamado “madre”, otra vez.
- ... Ya... Es un buen comienzo. – Se desinteresó de ella en ese mismo instante - Adiós. Adiós Josemari – Se volvió y caminó deprisa hacia el trascoro.
- Hasta luego, Natalia.
- Adiós hermana... (¡No le he dado limosna!)
- (Ella no la esperaba. No se preocupe. Le gusta hacer proselitismo, y aquí con los naturales de Sudencia... no tiene público ni ocasión; digamos que predica a conversos) ... Bueno, ¿le enseño las que quedan? Son el Ángel de la Prudencia, el de...
De pronto, quería salir de allí.
- Prefiero irme.
- Como quiera.
Ya se dirigían a la puerta pasando junto a la torre de cajas y frente a la puerta abierta. Sólo se veía a un hombre descargando de una furgoneta unas pocas cajas que quedaban. Ni rastro de Antinoo; únicamente cajas de cartón blancas.
- ¡Espere, espere! ¿Qué es todo esto?
- ¿El qué?
- Las cajas, las mesas, los papeles... toda esa actividad... ¿qué hay en las cajas?
No comprende por qué a Nucio le alegra la pregunta. Tanto que parece haberla estado esperando o recordarle algo divertido. Se va a la primera de las mesas.
Está hablando con un sujeto delgado y maduro que lleva las gafas en la punta de la nariz. Le ha convencido de algo. Ya regresa. Al pasar por la torre de cajas, recoge una y se la trae.
- Como es para usted, ábrala – El tipo de las gafas no deja de mirarla. ¿Lo conoce? El de la furgoneta ha terminado, y también la observa mientras cierra la puerta de dos hojas. De súbito, la penumbra recupera su lugar en el templo.
Ella deja la caja en el suelo, corta la cinta de embalar con una llave y la destapa. Palpa entre el relleno de tiras de papel y tarda en encontrar algo con cierta dureza: una bolsa de plástico prensada con algo dentro. Sus ojos están tardando en volver a darle imágenes. Ha sacado el paquete de plástico y lo mira: puede decir que es blanco. Se le viene a la memoria el nombre que dan a cierto estupefaciente: polvo de ángel. ¿Por qué le dejarán que lo vea? Porque no confían en que pueda escapar. Tal vez ya habían decidido su muerte antes, cuando ella volvió a subir con Nucio. Podía haberse ido y así continuar su vida; pero decidió regresar sin saber por qué. No había sido en busca de Adonis, sino a cosechar su muerte. Tal vez Apolo-Dionisos se hubiera alegrado tanto al verla porque en su muerte ritual (la de ella) él sería el oficiante, o porque sencillamente le dejaban que se encargase él del trabajo sucio. Le tenía afición, le gustaba, y habría pocas ocasiones de darse impunemente y en solitario un festín de sexo, dolor y sangre. Resultaría ser particularmente cruel, y no dejaría pasar la ocasión de divertirse y sacar el mayor partido a las almas y los cuerpos de los dolientes. Ahora mismo habría ido corriendo a preparar el lugar, a disponer los instrumentos, el hierro, el plástico. Se atrevió a desear que antes, cuando aún estuviera entera y consciente, quisiera su hermoso verdugo obtener todo el provecho y placer sexual posible de ella. Quizá después, si hubiesen llegado lo suficientemente lejos y alto y profundo, aceptara el sufrimiento extremo, el horror y la muerte como un precio o una liberación. Mi carnicero, mi amor, mi destino.
Ya va viendo mejor. Palpa el envoltorio: lo que hay dentro parece prensado al vacío o deshidratado. En mitad del rectángulo blanco ve un sello redondo con algo morado. Da la vuelta al plástico y lee: RAÚL.
- ¿Le gusta el fútbol?
- No mucho. ¿Qué es esto?
- Regalos para un niño. Bueno, esa caja es mixta, para niño y niña. Siga mirando.
Hay también una muñeca de trapo y lana, un caballo verde con ruedas de madera, unas zapatillas y una caja de pinturas de cera.
- ¿Qué niños?
- Cualquiera, pero pobre. Esta caja iba para Angola.
- ¿Caridad? ¿Juguetes?
- Sí; lo pone en la cinta adhesiva. Aunque prefieren decir ‘compromiso’, y no ‘caridad’; salvo Natalia, que entiende las cosas a su modo.
- ¿Prefieren? ¿Quiénes lo prefieren?
- Todos, hasta los viejos; el pueblo entero.
- ¿Todo el mundo está metido en esto?
- Casi todos. Empezaron muy pocos, un pequeño grupo, al parecer. Yo no estaba aquí. Ahora participan todos: particulares, instituciones públicas y empresas.
Levanta la vista de la caja: Allí está aquel hombre, sonriéndole con las gafas en la punta de la nariz, y detrás hombres jóvenes y mujeres en edad de salir de copas o estar criando ya su primer o segundo hijo, atareados con gravedad y paciencia en rellenar de amor el infinito pozo de la iniquidad.
- ¿Y por qué lo mantienen en secreto? ¿A qué viene tanto secretismo?
- No se trata de secretismo, no nos escondemos... no se esconden de nadie – Ahora le tocaba el turno de asombrarse a ella, y de hacerlo notar. Nucio terminó aceptándolo – Bueno... Sí, algo sí que se esconden; ¡tiene su explicación!; pero sobre todo se trata del principio de no-publicidad.
Diana no parecía comprenderlo. Y se lo dijo.
Al parecer (según le habían contado a él mismo cuando se incorporó hacía dos años) después de muchos debates, y en parte por razones evangélicas largas de devanar, se había terminado optando por aquel modo de no-publicidad. Aquella sensación de... opacidad (“clandestinidad, da sensación de ser una actividad ilegal, clandestina”, apostilló ella. “Bueno, está bien”) ... aquella sensación de clandestinidad u opacidad había hecho recelar (“con razón”) recelar, decía, a muchas personas y empresas; se habían perdido muchos posibles contribuyentes que no se fiaban si no lo veían anunciado o presentado en televisión, “¡como si no se desviaran fondos en las ONG’s, y hasta de instituciones con más solera y más conocidas!; en fin...” Tampoco se interesaban por su organización los que sólo perseguían mejorar su imagen empresarial o personal a costa de repartir las sobras con los necesitados. En cambio, sus contribuyentes eran fieles, estaban convencidos, y no buscaban aparecer como generosos, ni siquiera ante sí mismos.
- Esa es la primera condición de la generosidad: dar sin conciencia de generosidad. La segunda, para esta organización al menos, es que la caridad tiene que ser secreta. No ya discreta, sino secreta, anónima, de autor desconocido. En el caso de los contribuyentes eso se cumple siempre, ya que ninguno de ellos dice que lo es a nadie, ni su nombre se hace público, salvo en condiciones excepcionales o de necesidad mayor. Entre nosotros, como ve, no puede haber ese secreto, y como todos saben que los demás son generosos, y cada uno lo sabe de sí mismo, podría haber peligro de autocomplacencia, de felicitaciones, de orgullo, presunción y hasta ocasión de comparaciones; por eso se extrema la sobriedad de trato y de manifestaciones externas. Estos hombres y mujeres no hablan de ello entre sí más de lo necesario, y desde luego nunca con extraños. Hacen lo que han de hacer y punto. Ni siquiera el cura lo menciona en sus homilías.
- Todo eso lo entiendo. Es raro pero lo entiendo. Pero, ¿y por qué la hostilidad?
- ¿Qué hostilidad?
- Desde que llegué al pueblo la primera vez, toda la gente se ha comportado conmigo de un modo suspicaz. Como si ocultasen algo de mí personalmente, como si yo constituyese un peligro o estas cajas blancas fuesen... ¡eso: objeto de un tráfico ilegal! Me han puesto mala cara siempre que había una caja cerca.
Otra vez la alegre extrañeza, otra vez se daba Nucio cuenta de algo. A su pesar, Nucio lo entendía.
- Verá..., y perdone si lo que le voy a decir la molesta, pero puede que usted... no les guste. Aquí nadie se cree obligado a ser amable. Salvo Natalia. Algunos de ellos incluso se privan de la búsqueda de su... propia... (cómo lo diría...): bienaventuranza, de su propia salvación por el aprovechamiento de los niños.
Ella hizo un gesto de incredulidad, luego de incomprensión.
- Cuando invierten y especulan en bolsa – explicó entonces él - , sólo buscan el beneficio, y saben que alguien pierde lo que ellos ganan. También cometen (a escala menor, claro) tráfico de influencias, fraude fiscal...; no les gusta hacerlo: ‘el fin no justifica los medios’ y todo eso, hasta hay una especie de jurisprudencia o reglamento católico que impide hacer caridad con lo obtenido por medios ilícitos; todo eso lo saben, lo sabemos, pero sus pecadillos compran juguetes. Además... – dijo, y sonrió - usted tiene pinta de inspector de Hacienda... Sí, sí, no ponga esa cara. Piénselo: estas personas no saben qué aspecto tiene un analista bursátil, ni siquiera saben qué es eso; pero sí saben qué es un inspector de Hacienda, cuánto se parece usted a uno de ellos, y lo caro que les podría costar su presencia otra vez en el pueblo.
- Voy a pasar por alto la comparación; pero es que además yo llegué aquí por casualidad, por un accidente.
- Aquel inspector de Hacienda también; pero antes de atropellar a aquel perro (igual que usted) ya tenía previsto venir hasta aquí a... investigar. Desde entonces son más precavidos, hacen las cosas mejor, son eficaces y sigilosos, son discretos, pero siguen temiendo a los forasteros.
- Pero, ¿por qué exactamente?
- ¿Ve toda esa gente trabajando?... Están de baja, y cobrando de la Seguridad Social. Sí. Desde el principio, cuando la mayor parte de la población se comprometió con las actividades de la organización, se evidenció que no bastaba con trabajar unas horas del tiempo libre, así que, por turnos, los trabajadores se iban tomando días libres sin cobrar. Como los captadores de contribuyentes tenían cada vez mayor cartera de donantes, y los cauces de distribución eran cada vez más complicados y costosos, la carga de trabajo de oficina, gestión, reparto, etc. era cada vez mayor. Entonces a alguien se le ocurrió el truco de la “baja técnica”. Los empleados de las empresas de Sudencia se daban de baja por enfermedad y, mientras cobraban el paro para sostener a sus familias, trabajaban clasificando, empacando, distribuyendo o llevando el registro o la contabilidad. Esto le puede extrañar, pero es que todo el mundo forma parte del... proyecto, incluso las empresas radicadas en el polígono, que aunque buscan el lucro en un mercado capitalista son de gente de la zona que se benefició de lo mismo que los demás... ya sabe. De hecho, muchas de las empresas son de juguetes; nacieron ya en parte para esto – dijo, señalando las mesas. La observó, y pareció esperar un poco a que ella fuera colocando las piezas en su cabeza.
– Sigo – avisó -: Normalmente, cuando eso ocurre, cuando un trabajador se da de baja, el empresario pierde y se resiente la producción. Aquí los empleadores estaban en el ajo, por decirlo así, lo sabían y, por tanto, podían preverlo, así que incluso lo gestionaban y lo prefiguraban sobredimensionando las plantillas. El puesto que sobraba era el que estaba de baja, aquí o repartiendo o en el almacén o donde fuera. A los transportirtas que llevaban cargas muy lejos se les proporcionaban bajas por piernas rotas, infecciones respiratorias... El fallo fue que los partes de baja eran demasiado regulares, y todos iban firmados por el mismo médico. En la Seguridad Social desconfiaron, mandaron a aquel hombre y cazó a media docena. Gracias que no los pilló a todos. Se vieron forzados a explicarle por qué se hacía eso, lo trajeron aquí a la ermita, estuvo en los talleres y en las fábricas... pero aun así hizo su informe y llovieron las multas. Al médico lo expedientaron. Desde entonces son más desconfiados y cuidadosos con los de fuera de la comarca. Una de las labores que se hacen en estas mesas, además de contactar con los contribuyentes, acordar calendarios de recogida y entrega, elaborar revisiones contables, recabar permisos de diferentes países, concertar reuniones con diplomáticos, etc., es pergeñar los complejos horarios de trabajo y trenzar una red fiable de emisores de bajas laborales. Para esto han trabajado mucho. Hay un grupo de captadores (quienes, para poder viajar, ya han de estar previamente de baja o en paro por diversos motivos, claro, o ejercen de auténticos viajantes de artículos de juguetería) que además de buscar discretamente más contribuciones, estudian a diversos especialistas médicos hasta que están más o menos seguros de su posible reacción, y cuando los han tanteado y sondeado según un protocolo que en la... agencia han aprobado, les hacen la propuesta de colaboración solidaria. Así han compuesto un listado de doctores adeptos y otro de causas de incapacitación temporal. De vez en cuando, de un modo lo suficientemente aleatorio para que ningún inspector pueda relacionar los casos con los médicos y las dolencias, y a estos con Sudencia, un propio gira visita a ese médico o a esa doctora y recaba su firma para unos cuantos documentos: informes falsos, bajas y altas. El médico los firma y deja de tener contacto con nosotros durante meses. Nadie lo puede así relacionar con el pueblo. Esto requiere una coordinación y unas estrategias muy complejas, y se ha llegado a hacer uso de unos patrones informatizados para dar impresión de azaroso y casual a lo que, sin embargo, está, digamos, superorganizado. Y algo parecido ocurre en el otro extremo del proceso, en la entrega. Pero la entrega, como puede suponer, es muy agradecida y estimulante, cualquiera se encargaría de entregar juguetes a los niños, ¿no? Pero esos de las mesas... – comentó, refiriéndose a aquellos hombres afanosos, a aquellas mujeres serias, ordenadas, eficaces y oscuras que daban su tiempo y su vida sin esperanza de recompensa ni agradecimiento de nadie - , esos sí que son la élite, los mejores, la vanguardia....y puede que me esté mal el decirlo, porque yo me mantengo bastante al margen de todo esto. Tal vez no sea quién para hablar de ellos.
- Y esto, ¿desde cuándo funciona?
- ... Más o menos desde que se descubrieron las tallas, según me han contado. Empezó a aparecer dinero en el cepillo, y el cura inauguró un primer grupo de compromisarios cristianos. Luego, al parecer, se reunió el Patronato... los de la foto, y fundaron lo que llamaron “Compañía del Santo Sacramento” – Nucio y ella todavía estaban dentro de la ermita. Habían ido entrando abuelas y parejas mayores y se habían ido acomodando en los bancos de delante; un acólito con ropajes blancos litúrgicos había salido en un momento dado de la sacristía y había repuesto el cáliz en el sagrario y encendido una vela a su lado. Desde entonces, ella había estado mirando todo aquello con ecuanimidad antropológica. Cuando oyó aquel nombre: “Compañía del Santo Sacramento”, le lanzó una mirada interrogadora.
– Sí. Le explico: por lo visto, ese fue el nombre de una sociedad secreta francesa de piedad y caridad patrocinada por la nobleza a mediados del XVII. Tuvo mucho poder e influencia, estaba muy extendida y era... laica.
- Ya... ¿y por qué, con una organización como esa que me ha descrito, no son más ambiciosos, no... ayudan a las comunidades de los niños con... escuelas, pozos, casas...? ¿O también lo hacen?
- Usted se ha contestado.... lo ha dicho.
- ¿Qué?
- Eso sería ‘ambicioso’.
- No me lo diga: la modestia también es preceptiva.
- Aconsejable.
Seguía llegando gente endomingada y sentándose en los bancos delanteros. Se habían encendido algunas luces tenues sobre la tarima del altar.
- Ya veo. Es... fascinante. Sólo hay una cosa... ¡dos, dos cosas!... que no comprendo. El Patronato lo constituyeron los nueve individuos que, según usted, habían participado en el envenenamiento de Senabre. Lo habían hecho por codicia. Y van, al cabo de unos meses..., ¿y fundan una institución de caridad?
- Bueno... quizá les quemara aquel dinero ganado con el crimen, tal vez tratasen de borrar aquella culpa con el sacrificio de parte de su dinero. Lo mismo se creyeron lo de la maldición, o sus viudas lo creyeron, o pensaron que tenían que salir de aquel círculo de: “enriquecimiento, desgracia, prosperidad, muerte...”, y que este era el mejor método para hacerlo. Quizá tratasen de expiar su pecado o limpiar su alma... A los niños y a mí nos da igual. También la pretensión de la mafia americana, y, supongo, también de la europea, es, al cabo y la vejez, limpiar las manchas de sangre de sus negocios y hacerse honrados y legales. Y perder así el miedo. Puede que estos buscasen perdón o redención, u olvido. Natalia dice que la naturaleza de la expiación y sus efectos son tan incomprensibles y tan profundos que escapan a nuestro entendimiento de hombres. Y que la única manera de escapar las terribles consecuencias del pecado es por medio de un sustituto que satisfaga las demandas de la justicia divina. Tal vez pensaron que Dios les ponía delante la única expiación digna de su pecado.
- ¡Amén!
- Sí, Amén.
Había toses y un bisbiseo de rosario en los bancos.
- Es raro eso que dice; pero es posible: estaban arrepentidos y quisieron enmendar su error. Vale. Pero entonces, ¿por qué le hicieron firmar aquel papel? ¿Por qué le obligaron a admitir que había participado en el asesinato de Senabre?
- Para asegurarse mi silencio, ya se lo dije. Tenían todavía miedo. Ellos sabían que yo estaba enterado de todo, y querían así conjurar un peligro.
- ¿Está seguro de que ellos lo hicieron para asegurarse su silencio, de que ellos tenían miedo y sabían que usted estaba enterado?
- Del todo, y si no: ¿qué interpretación puede tener que me hicieran firmar esa carta?
- Tal vez creyeran que era usted quien había matado a Senabre.
Nucio tarda en comprender, la mira indignado. Ha sonado una campanilla y los de las mesas han empezado a recoger.
- ¿¡Yo!? (¡Lo envenenó su mujer con algo que uno de ellos le dio! ¡Lo mataron ellos!)
- ¿Y si Senabre no hubiera muerto asesinado? Y suponiendo que lo hubiera sido, ¿y si no lo hubiera sido por veneno? ¿y si no lo hubieran hecho ellos?
- ¿Cómo? ¡¿Qué está diciendo?!
- (Cálmese; nos van a echar)... ¿En qué terminos estaba redactada la hoja que le hicieron firmar?
- Me hacían decir que admitía haber participado directamente en la muerte de Baldomero Senabre el día de tal y tal.
- ¿Con fecha y todo?
- Sí. Y aquel tipo me dijo que no pensaban hacer uso del documento si yo era prudente y discreto.
- Y eso usted lo interpretó como que debía callar para siempre lo que sabía de la muerte por envenenamiento de Senabre.
- Claro. Y eso era.
- Ya... y junto con el trabajo que le facilitaron... ¿le ofrecieron algo más? ¿le dieron alguna tarea especial?
- Sí. Por aquella época me mandaron llevar en mi coche unas cajas de juguetes a varios hospitales. Me contaron lo que era, y a mí me pareció bien. Era por los niños. No me costaba hacerlo. ¿Qué tiene que ver con lo otro?... Y si ellos no lo hubieran matado, como usted dice: ¿por qué iban a pensar que yo lo había hecho? ¿Por qué, además, me hacían entender que con aquel documento entraba en el grupo a todos los efectos de responsabilidad, y que mi compromiso era de por vida, y debía ser mayor que el de mi padre?
- Tal vez se refiriesen a la “Compañía del Santo Sacramento”, a esta especie de organización benéfica secreta, a este grupo clandestino, y no al supuesto grupo de cómplices y asesinos que usted cree. Quizá el que confesase un crimen que ellos creían que había cometido era la única condición que, como cristianos, le ponían para dejarle entrar en la organización secreta de caridad, a la que no identificaron con su nombre en el documento que usted firmó precisamente por el principio de discreción y no-publicidad; y quizá le exigieran un mayor compromiso que su padre con la Compañía porque, como usted mismo me ha confesado, el comandante sólo se integró en la Compañía y el Patronato nominalmente y como representante de la autoridad. Hay que reconocer, además, (y perdóneme que se lo diga) que al intentar protegerse a ellos mismos y su grupo haciéndole firmar ese documento autoincriminatorio, tenían algo de razón.
Nucio se había quedado sin palabras para expresar lo dolido que estaba, lo confuso. Tantos actos llevados a cabo sólo por convicciones fraguadas en aquellos años y por aquellos hechos, tantas decisiones tomadas en función de la autocompasión y la autoindulgencia, tanto tiempo considerándose la víctima..., y aquella recién llegada le escupía a la cara que no lo era tanto, ni mucho menos. Pero, ¿quién se creía que era?
- Pero, ¡por Dios!, ¿qué quiere decir?, ¿que yo lo maté?
- No lo sé. No lo creo. Pero ellos desconfiaban de usted. Lo consideraban un asesino (cálmese, vamos a suponer que ellos no fueron y que creían que lo había hecho usted), ¡un asesino! ¡fíjese!, y aun así le dejaron entrar en una institución secreta de... justicia social y caridad infantil en la que se manejaba dinero y se cometían fraudes... Sólo querían asegurarse su silencio respecto a la Compañía. Que no les saliese... rana. Y... perdóneme otra vez, pero desconfiaban con razón, puesto que me acaba de contar el secreto mejor guardado de Sudencia, y hace solamente dos días que nos conocemos (...)
Se había oído de nuevo la puerta de la sacristía. Cuando apareció el cura, ya todos los que antes habían ocupado las mesas habían pasado y se habían sentado en los bancos libres. Se levantaron junto con los de las primeras filas. Nucio miró nervioso hacia allá. Se comenzó a oír el eco rebotado de la voz gangosa del sacerdote.
- Me va a tener que perdonar – dijo, pero mirándola tranquila, concentradamente a los ojos, para que ella entendiese que no quisiera seguir manteniendo aquella conversación, que le trastornaría demasiado continuar con ella, que hubiera preferido, incluso, no haberla comenzado siquiera. Ella se apresuró a agarrarlo del brazo y componer un gesto de ruego y de disculpa.
- (Perdóneme. Yo sé que no lo hizo, sólo trato de comprender... ¿Puedo hacerle una pregunta más?)
No lo dijo, pero aceptó a medias las disculpas de ella. Volvía a ser un hombre débil, triste y amable.
- ¿Usted es cazador? ¿Había mucho cazador por aquí?
- No, nunca lo fui. Lo eran Zomín padre y algún otro de los del... pacto, o patronato. Zomín hijo también iba a cazar con su padre, y con los chicos de entonces, yo y los demás; pero sólo él y otro más tenían escopeta; sus padres eran aficionados y gente de posibles; el resto mirábamos, o nos dejaban tirar a una rata, por probar. Quedará algún cazador todavía. Tengo entendido que sí. No sé si Zomín siguió.
- ¿Sabe que es casi seguro que Senabre muriera de un tiro de rifle? (¡Espere, caramba!) Los del grupo pensarían que lo había hecho usted porque le habían prohibido ver a Encarnación, y sobre todo porque ellos, que eran quienes más cuentas pendientes podían tener con él, o más beneficios sacarían de su muerte, no lo habían hecho. Además, poco después de la muerte, usted, hijo del comandante de la Guardia Civil, desapareció. Podría interpretarse como una huída.
Nucio volvió a mirar a los congregantes: se habían sentado, y había dado comienzo la lectura del Evangelio por parte del monaguillo. Era evidente que a Nucio le molestaba integrarse tarde al culto, y más aún parecía fastidiarle hallarse donde no quería estar. Daba pena verlo.
- Ya le he contado cómo fue todo. ¿Alguna cosa más?
No iba a ver a aquel hombre nunca más en su vida. Podía probar con algo más. Después de todo, él tenía derecho a conocer lo que corría por ahí, y ella, curiosidad por saber si él tenía algún barrunto de lo que, probablemente, había ocurrido de verdad. Así que le preguntó por su amigo, el del parte de accidente. Le preguntó si supo que Goyo veía a Encarnita por la misma época en que él iba a visitarla a la finca.
- Sí, se venía a la casa conmigo, escondido. Parecía que iba detrás de ella, que le gustaba, como a todos; pero nunca lo dijo; no tenía sentido hacerlo; era mi novia y... Encarna nunca le habría hecho caso.
- ¿Está seguro? Yo he oído otra cosa.
Nucio no podía ya ni creer lo que estaba oyendo. Se le esbozó una sonrisa de evidencia, burla, y acaso de desprecio.
- Si lo conociera bien, no diría eso. ¿Cómo iba a ser él? Está chalado; ya estaba mal de la cabeza cuando éramos unos críos. Si él le ha dicho que tuvo algo que ver con ella, le está mintiendo.
- Pero Encarnación se fue de aquí embarazada... (¡Espere, déjeme hablar, se lo ruego!), calcule la edad de Isabel ...¡y usted sostiene que no es el padre!, o ¿es mentira? Al menos es posible.
- ¡No, no! A Isabel la tuvo con el playboy ese francés. Verá: esa persona que usted ha dicho está trastornada. La gente le soporta y le escucha por compasión. ¿Lo conoce?
- No.
- Entonces, ¿quién le ha dicho esa tontería? Si le viera, comprendería lo que le digo. Siempre va diciendo por ahí que le persiguen... fantasmas, y cosas así.
- ¿Usted le contó que... ‘para usted’ era mejor no volver a aparecer por allí, por la finca, que usted corría peligro si quería verse con Encarnita, que tanto Senabre como su mujer, la madre de Encarna, le habían echado de allí y... le habían amenazado por su relación con ella?
- Éramos amigos... Puede ser... Hace muchos años de eso... Puede que lo contara de pasada.
- ¿A quién?
- Pues... a los chicos, a él, a Roberto, a Beto, a Genaro, a Zomín, a Cantarilla... chicos del pueblo – Negó con la cabeza al recuerdo de la conjetura de ella. Seguramente pensaba que toda aquella conversación había sido inútil y dañina; quizá se arrepintiera de haberla subido a ver a los Ángeles - Tengo que irme. No puedo hablar más con usted. Buen viaje.
- Lo sé. Gracias por todo. Adiós.
Él no volvió a hablar ni a mirarla. Le dio la mano con flojedad de ahogado reciente y caminó tristón, con los hombros humillados, hacia el extremo del oficio por la nave lateral derecha. Mientras Diana salía de allí haciendo el menor ruido posible, estuvo casi segura de que Jose María Nucio no se sentaría en toda la ceremonia, de que permanecería en pie, apoyado desoladamente en una de las columnas, semioculto en la zona oscura de uno de los arcos laterales, con la vista puesta en el suelo, y que quizá no se atreviese siquiera a comulgar. En el vestíbulo de madera recordó la caja en el suelo: entró de nuevo a recogerla y, apresuradamente, salió.
Fuera hacía fresco. Un largo camión bajaba del polígono muy rápido, controlando la velocidad de descenso con los frenos eléctrico e hidráulico, silbando como una locomotora. Se abrazó a la caja y, con el cuello encogido y la vista en el suelo, giró la esquina y fue siguiendo el muro hasta que, a la mitad del edificio, levantó la cara y lo vio apoyado con las dos manos en el marco superior de una de las portezuelas traseras de su coche. Lo veía de perfil, fortísimo, inclinado hacia delante, pero el pelo largo le tapaba la cara, así que no podía conjeturar si le hablaba al perro, si sonreía o si permanecía mudo, impasible y sereno. Cluni se había levantado de su postración moral más que física: veía el perfil de su cabeza pegada al cristal. También veía el rabo , que se movía (flaflaflaflafla) con una rapidez (y, por tanto, una alegría) que no le conocía. Le caía bien a los perros, por lo menos al suyo, lo cual era un augurio más que favorable. ¿Le hablaría, o sólo sonreiría aguardándola? No fumaba esperándola. Otra buena señal. Aquiles la aguardaba pacientemente y a ella le cantaba el corazón. Sin darse cuenta se había detenido al ver el cuadro, y le costaba interrumpirlo, romper su belleza dándose a conocer. También le daba miedo. Era casi una primera cita. Serían las primeras miradas, las primeras palabras que le oiría. Su hermoso obrero, su soldado. No cometería el mismo error que en Zaragoza: no le juzgaría demasiado deprisa, no le subestimaría precipitadamente para arrepentirse después y verse en situación, ya, de deberle algo: el respeto perdido; no, la relación avanzaría en pie de igualdad, sin prejuicios ni prisas... ¡oh!, sí, con prisas, mírame ahora, sonríeme como antes, hazme feliz...
Comenzó a moverse, a ser atraída de nuevo, y a la izquierda de su campo visual apareció otra figura: era Zomín. Tampoco la había visto. Estaba de espaldas, junto al muro, protegido del fresco viento por un vértice y un esquinazo. Miraba a Hércules con los brazos cruzados, extasiado como ella lo había estado hacía un momento. Recordó aquellos lazos griegos y magistrales en que había pensado nada más ver tantos hombres solos, hombres besándose; recordó a Aristóteles admirando a Alejandro, a Adriano besando los fríos pliegues de la piel de su hermoso Antinoo. Lucharía.
Pero Aquiles, al volver con una sonrisa el rostro hacia Zomín, la vio, mudó el semblante, y se apartó del coche como si le hubiese dado corriente. Algo no iba bien: ¿cómo podía pensar que ella se enfadaría viéndole jugar con su perro? ¿viéndole apoyado en su coche? Zomín notó el gesto del chico y volvió también la cara hacia ella. Pero Zomín (¡astuta maricona mentirosa!) sí que le sonreía. Caminaba incluso hacia ella.
- ¿Todavía por aquí?
- Ya ve; no he querido irme sin ver sus famosos ángeles.
- ¿Y le han gustado?
- Son... interesantes.
- ...Ya – Zomín no había dejado de sonreír, auque sólo con la boca. Para no mirarla a ella, y puesto que no podía evitar, cuando lo hacía, revelar su retorcida suspicacia, la desconfianza que le transmitía aquella jovencita sabihonda, volvió la atención a Espartaco, que rondaba el automóvil con timidez infantil, mirando a Cluni, saludándolo con la mano pero disimulando su interés por el perro (de un modo del todo inútil, palmariamente inapropiado, que fue ridículo en un adulto como Nucio, allí en la finca cuarenta días antes, pero que, por alguna razón desconocida todavía para ella, resultaba encantadoramente ingenuo ahora en Adonis), y a la vez que disimulaba para ella, jugaba con el chucho al escondite: haciendo esguinces tras un seto de arbusto, agachándose para cruzar de un lado a otro de la carrocería y sorprender al perro por la espalda, hurtando el cuerpo tras un árbol muy fino, que no podría tapar su atlético torso hasta dentro de cincuenta años, por lo menos... Y de vuelta al disimulo cómico, mirando para el lado en que ella estaba con Zomín pero sin que pareciera que los miraba. Zomín chasqueó la lengua en señal de disgusto o pesadumbre inevitable. Arrastró unas cuantas chinas con el pie antes de empezar a explicarse.
- ¡Lo que le gustan los perros a este hijo mío!. Fíjese cuánto se había encariñado con este suyo, que cuando yo decía de subir, quería subir conmigo sólo por jugar con él en el patio de lo de Pancho. Habrá que comprarle o traerle uno enseguida, para que no se apene. Como es él, el pobre, tiene pocos motivos... Es algo especial, ¿sabe?
Iluminada de súbito por la vergüenza, comprendió lo que quería decir Zomín observando el gozo limpio y juguetón, coartado y exultante de su hijo. Recordó también aquella primera mirada asustada en el taller, los besos, la inconsciencia de su belleza, la alegría en su cara al deducir que si ella (la mujer rubia que lo observa, lo llama, lo intimida y le es absolutamente indiferente) estaba aquí, el perro no podía andar muy lejos. Y acertó, mucho antes y mejor que ella: reconoció signos fiables que le condujeron a su amigo y su felicidad. Hombre-niño con suerte. Pensó en ser su juguete, en que la tomara para jugar como jugaba con el perro; pero ya casi no tenía ganas ni ilusión por mostrarse frívola o golfa. Ella estaba fuera. Eso era todo.
- Todos hemos tratado de consolarlo; hasta Isabel lo ha intentado, y ha tratado de convencerlo de que el perro era de usted, y de que tenía que llevárselo. Pero ya ve...
En cuanto ella y Zomín, hablando, daban la espalda al coche, o simulaban no mirar para allá, el chico se acercaba al cristal, pegaba la cara entre las manos, e incluso tanteaba las manijas.
- He subido a ver las tallas pero también.... Verá, creo que cumplí mi deber al salvar al perro. Lo había atropellado yo, así que... era de... justicia, ¿no? – Zomín asentía levemente, sin querer comprometerse - Pero mi piso de Madrid es muy pequeño y... va tan triste en la jaula... Tanto la veterinaria como su madre me aseguran que el perro esta ya sano, que está feliz y que lo cuidan bien ahí donde las chicas. Estoy pensando... dejarlo. Con la condición de que lo cuiden, y si eso... y si es lo mejor para él, claro – dijo, señalando con la barbilla el coche, dejando deliberadamente sin especificar a que ‘él’ se refería,
Zomín tardó unos segundos en hacer más amplia y franca la sonrisa. Era un hombre, no podía hacer gestos excesivos de contento, pero se le doblaba el cuello y hacía esfuerzos por controlar el dibujo de la comisura de los labios. “Señorita... ¿señora o señorita?” “Señorita” “Señorita, pues. Me parece... es una decisión... acertada, creo, y una buena obra cristiana con mi hijo que le agradezco de todo corazón. Y no se preocupe por el Cluni, que nunca hubo perdiguero de damas tan bien servido, como dicen por aquí”. Se quedaron ambos mirando con delicia la timidez del chico. Ya no había por qué mantenerlos separados.
- ¿Es seguro soltar al perro por aquí? ¿No se irá a la carretera?
- ¡Qué va! Venga – Zomín caminó por delante de ella hasta el borde del aparcamiento por el fondo trasero. Ella volvió la vista por un momento y vio al chico y al perro observándoles desde fuera y dentro del coche; expectantes. Desde el borde del aparcamiento liso y asfaltado, que hacía como meseta, bajaba un terraplén hasta el cauce rocoso de un arroyo. Lo cruzaba un puente antiguo de piedra muy estrecho y con el pretil alto como el pecho de un hombre – Es el arroyo de Sudencia. Al otro lado del puente romano todo son dehesas y monte bajo hasta la trasera del almacén de Pancho. Es un coto, pero no hay peligro, sólo liebres y algunos ciervos. Cuando vengo a la ermita el chico se me escapa corriendo a sacar al Cluni. ¿Pensaba soltarlo ahora? – Diana afirmó con la cabeza. Ya iban hacia el coche – Pues los va a ver corriendo como gamos.
Cuando llegaron al coche, el chico se fue deslizando hasta el lado opuesto del vehículo, decantándose entristecido en dirección al muro de la ermita.
- ¡Teo! ¡Teodoro, hijo, ven! – el joven se fue acercando con desconfianza huraña e irresoluta. Era más joven, más fuerte, más guapo aún de cerca, y sus ojos no delataban su peculiaridad. Hablar de minusvalía o subnormalidad no era exacto, no era apropiado, eran apelativos toscos, prejuiciosos. Ni siquiera la denominación más políticamente correcta: ‘disminuido psíquico’, era oportuna. Era perfecto tal cual era. Era hermoso y perfecto en todos los aspectos. ¿Quién dice que todos debamos alejarnos lo más posible de la inocencia para poder morir? – Esta señora va a dejar a Cluni en lo de Pancho... – el chico no podía creerlo o entenderlo, por la razón que fuera. En cambio, Cluni lo comprendió (¡¡flaflaflaflaflaflafla!!) en cuanto ella dejó la caja blanca sobre el techo, abrió la portezuela del coche y se puso a manipular los cierres de la jaula. Fue difícil tenerlo quieto para desatar el nudo de la cuerda – ¡Que se queda aquí! ¡Que te lo deja para jugar! – le repetía Zomín.
Cluni saltó del coche como un cohete amarillo y, ladrando de gozo, se abalanzó sobre Teodoro, que ahora sí entendió lo que su padre le había dicho. De pura felicidad abría la boca y se quedaba sin respiración.
“¡Anda, dale un beso a la señora, que te ha dejado a Cluni para ti!”
Ella estaba a punto de hacerse la modesta modosa, la señora mayor y lista que no quiere sacar los colores al niño de la casa (a pesar del mucho interés que pone su madre - padre en este caso - en que no deje de hacerlo) y ya prefiguraba el gesto denegativo con la mano y lo que iba a decir: “Déjelo, déjelo que juegue. ¡Anda, Teo, ve con Cluni, que se escapa!”; pero no le dio tiempo. Con el perro subiéndosele a saltos (que su membrudo corpachón en camiseta blanca apenas percibía), se acercó a ella, la tomó delicadamente de la nuca y un hombro y la besó en la boca. Sin lengua, pero con los labios ligeramente separados y húmedos. No tuvo ocasión de mostrarse tensa, remisa o incómoda. Tampoco lo intentó. Al ver que él cerraba los ojos, los cerró también a su vez, e instantáneamente se relajó. Primero sintió el aliento fresco y enseguida el éxtasis. Un órgano en ella notó que le entregaban algo, que se lo confiaban... como un secreto o un privilegio. Y también ella confió el suyo más profundo. El tiempo perdió un eslabón.
Cuando el beso hubo acabado y la boca de él se desprendió, ella había comprendido lo que buscaba y qué echaba de menos. Su corazón había conocido qué era lo que anhelaba las veces que había querido amar a un hombre, y cuando le había permitido acceder a su reducto más íntimo. El sexo con amor o sin él era lo de menos, ¿qué coño es eso del amor?, follar se justificaba con sólo que el acto conllevase una millonésima parte de lo que le inundó con ese beso, con sólo que se hiciese con un miligramo del anhelo correcto, de la búsqueda verdadera, del sentimiento auténtico, de la entrega y el desapego auténticamente libres e impersonales. Ese beso le había concedido más que cuarenta relaciones con éxito o fracasadas, que cien orgasmos rastreros o estelares, que mil horas de conversación conyugal.
- Eso lo ha aprendido de las películas americanas. ¡Qué demonio de chico! – dijo Zomín en alguna parte disculpándose, disculpando a Teodoro.
Teo abrió por fin los ojos y le sonrió; ella le devolvió la sonrisa. Cuando la soltó, disimuló como pudo, pero estaba congestionada. El perro seguía saltando sobre su espalda; así que el chico se volvió, lo alejó de un empujón y salió corriendo por el aparcamiento, con el animal a los talones, dando vueltas alrededor del coche, volviéndose para empujarlo de nuevo o amagar con cogerlo del rabo.
“¡Iros al campo, hijo!”, gritó Zomín. El chico bajó corriendo el terraplén en dirección al río, cruzó el puente con el perro ladrando a la zaga, y se metió por detrás de un bosquecillo. Se oían moverse ramas, y ladridos de vez en cuando.
- Enseguida estarán persiguiendo liebres. (...) ¡Qué feliz lo ha hecho usted! ¡Cuánto se lo agradezco!, de verdad... Si su difunta madre pudiera verlo... – se volvió hacia ella; pareció reflexionar - Le pido disculpas por lo del taxi, por lo de los dos taxis... tenía mis razones, pero es una guerra que a usted ni le va ni le viene, y quizá la perjudiqué por... confundirla con otra persona. Así que, le pido perdón.
- Perdonado. Sepa que me fui quejando de usted por todas partes... – Zomín todavía sonreía falsamente incomodado por su proceder incorrecto - ,pero me han explicado un poco el asunto – Comentó, señalando la caja con un movimiento de cabeza - Lo justo para saber que estoy de su lado. ¿Es suyo el coto?
Se quedó paralizado, con la sonrisa, falsa o no, congelada en la cara, mirando sin ver un horizonte de sotos y ladridos. Cuando, mal que bien, hubo digerido lo que Diana le acababa de dar a entender y de confesar, fingió que regresaba de una distracción.
- ¿Eh?, sí; estaba mirando... Sí, bueno..., de unos amigos. Por eso le digo que están seguros. Si no soy yo, sé cuándo hay alguien. Aquí no vienen furtivos.
- Van por el desierto de abajo, por el páramo, ¿no? – La miró. Ya no era el mismo hombre.
- ...Ssssí, por allí van...
Decir eso había sido descubrir demasiadas cartas; pero no quería que aquel sujeto se hiciera de ella una idea equivocada, y además aún tenía una oportunidad, sólo una, y no pensaba desaprovecharla.
- ¿Sabe?, antes, en la foto, le he confundido por un momento con su padre.
- Ssí; se parecía a mí; o yo me parezco a él.
- Tuvo que ser terrible – Nuevo susto para Zomín, pero ella no podía permitirse el perder más tiempo.
- ¿El qué? – preguntó con falsa ignorancia. Lo haría para averiguar lo que ella supiera u ocultase, o para arañar unos segundos y pensar algo mientras tanto. Estaba en su derecho: podía esconderse y simular que no había nada que saber, que él no podía ni debía suponer que ella supiera nada porque, de hecho, no había nada; pero permanecer escondido le obligaba a no moverse: ni huir, ni enfrentarse a ella de ninguna manera, sólo podía responder a cara de perro, y eso era lo que hacía.
- Perder a su padre tan pronto. Y de esa manera – hasta a ella le dio miedo estar llegando tan lejos. Era como sacarle una firma a un anciano demente y moribundo; aunque no podía permitirse olvidar quién era el supuesto demente, y que todavía no estaba muerto, ni mucho menos.
- ¿A qué se refiere? – Seguía escondido; pero, además, la sondeaba a ella. Diana sintió que se estaba desestabilizando la situación. Podía perder el control. Zomín no era Nucio. Había un lobo tras aquella mirada de coyote ladino.
- Lo siento; no debí mencionarlo – Había que hacer algo, y rápido. Se asomaría un poco, a ver qué pasaba - Voy a serle sincera: desde que llegué, me ha intrigado un personaje de por aquí: Baldomero Senabre. Es casi una leyenda, un mito; ¡pero fue real! ¡yo he estado en su casa! ¡A veces no puedo ni creérmelo! Todo el mundo me cuenta historias sobre su vida y su muerte: amantes, riquezas, posesiones diabólicas, venganzas... Y resulta que según una historia de esas, murió asesinado por... canalla. Según esa versión, el tal Senabre era un mal bicho, que hizo tanto mal que la gente llegó a pensar que llevaba la desgracia por donde pasaba, que era como una maldición, y que eso se vio confirmado porque cuando alguien lo mató de... de un disparo de rifle, cesaron las desgracias.
- ¿Y? – Estaba incómodo, mirando para el otro lado del torrente. No había ya ladridos.
- ¿Qué oyó usted por entonces, cuando era niño, como de la edad de la fotografía?, ¿qué pensó?, ¿qué piensa de esa... historia?
- Mire yo... ¿dónde diablos...? – se movió en dirección al torrente, saltó al terraplén y corrió asustado hacia el agua. Llegó trotando al puente y allí se detuvo para escuchar. Era difícil de decir si lo que se empezó a oír eran lamentos o gañidos de perro, o simplemente el silbido del viento. Fue cuando ella lo alcanzó.
- Usted tuvo que pasarlo muy, muy mal... oír cosas terribles... ¿Quién lo mató? – Zomín avanzó hasta la mitad del puente y se volvió apretando las mandíbulas. Ni él mismo sabía lo que iba a hacer: no demasiado, ni demasiado poco. Tenía que echarle algo a aquel perro para concentrarse en pensar en su hijo: joven, alegre, fuerte, pero... especial.
- ¡No lo sé! Sólo sé que hizo daño a mucha gente, y que aquella muerte, asesinato o no, impidió que siguiera haciéndolo. Además, se dijo que su muerte fue natural, por agotamiento o algo así.
Un ladrido solitario y lejano. Otros dos. Por lo alto de la loma pelada aparece una liebre, baja hasta el río, duda, regresa, pero ya aparece el perro ladrando y corriendo tras ella, y detrás Teodoro, que tira una piedra al conejo que dribla al can y vuelve a la espesura. El chico les saluda con la mano y vuelve a desaparecer tras el perro que persigue al conejo saltimbanqui, agotado y enloquecido hasta más allá, otra vez, de la cresta del cerro. “¡Guau! ¡Guau!”, suena con júbilo a lo lejos.
Saca tabaco y ofrece, pero Zomín ya no fuma. Se apoya en el alto pretil y mira el agua. Había pasado lo peor, y Diana pensó que tenía que hacer algo por él.
- ¿Cree que a veces Dios se encarga de hacer justicia por su cuenta, cuando ve que los hombres tardan mucho en hacerla?
- Tal vez. Pocas veces.
- Y es posible que Dios elija a un inocente para administrar su justicia.
La miró un momento por encima del hombro. Una de esas miradas de las que no se podrían soportar más de dos en toda una vida.
- Quizá.
- ... ¿Inocente... como un niño?
Y ahí iba la segunda mirada. Aquello había acabado. Tenía que acabar, o algo indecible ocurriría. Allí en el puente se percibía más el aire frío. Desde allí no se oía la carretera, sólo el zumbido del aire serrano en las copas de los árboles y al atravesar los cañones de roca. Tampoco se les oiría a ellos desde arriba, ni desde ningún lado.
- Es muy fácil dejar de ser inocente por cuenta propia...; aunque no, no creo que los inocentes tengan que hacer justicia ni pagar las deudas a sus padres ni a nadie, pero a veces ocurre: hacen cuenta propia la que era... de otros.
Se vio entonces regresar por lo alto de la loma a los dos cazadores frustrados, cansados y contentos. Llegaron jadeantes: Cluni se tumbó con la lengua fuera y babosa; Teodoro se dejó caer en los brazos de su padre, que lo acogió con cariño. Se incorporó de nuevo e hizo una serie de gestos y muecas graciosas que interpretó su padre. Sí, se había escapado metiéndose en una conejera..., ya, que habían hecho un hoyo muy grande, muy grande..., pero... no la habían encontrado; que la próxima vez la cogerían. “Claro, hijo”, afirmó Zomín abriendo los brazos, “Ven”.
Lo apresó y lo retuvo fuerte contra el pecho. El chico cerró los ojos con embeleso y también abrazó a su padre, que parecía a punto de llorar o de intentar sofocar al chico. Por un momento, Diana lo envidió y compadeció al mismo tiempo. Zomín tenía todavía algo que aclarar, lo hizo desde el abrazo: “Los niños no tienen culpa de los crímenes de sus padres; mas a veces los pagan, y en cambio otros no expían sus propias culpas, aquellas por las cuales dejaron de ser tan... inocentes. Todo... circula, ¿verdad?... Pero no sé si a eso se le puede dar el nombre de justicia... Adiós. Que le vaya bien” – acabó y le volvió la espalda acariciando la cabeza del joven.
Diana subió la cuesta oyéndoles hablar del perro, de las liebres... Cuando llegó arriba, la gente estaba regresando a sus coches y marchándose una vez acabado el oficio. Entre el mediano tumulto, localizó el suyo por la caja blanca sobre el techo.
Nucio la había conducido a la ermita para que viese las estatuas, pero como pasajero en su automóvil, así que se creyó en la obligación de aguardar allí por si aparecía para que lo devolviese al pueblo, a pesar de sospechar que no volvería a acercarse a ella.
Esperó hasta que todos estuvieron a bordo de sus coches y no quedaba nadie de pie en el aparcamiento. Sin duda la había visto esperándolo. Y había hecho su elección. Bien; era mejor así. Metió la caja dentro de la jaula del asiento trasero y se colocó en la fila de vehículos que abandonaba el estacionamiento con lentitud.
Aún salían algunos de la iglesia. Vio a Natalia y a un par de tipos de las mesas, pero no a Nucio.
Ya estaba cerca de la entrada. Y desde allí reconoció a Isabel. No hizo nada para llamar su atención, porque no quería decirle que si aparecía Nucio tendría que bajarlo; pero la veterinaria la vio cuando ya iba a subirse a otro coche. Compuso una cara de extrañeza, se despidió del otro conductor y fue a su encuentro. Antes de dirigirle la palabra miró en la jaula. “¿Dónde...?”
- Suba y se lo explico.
Además de que seguían bajando camiones del Polígono, la vía de salida era de un solo carril, con lo que se vieron retenidas por un buen rato. Mientras hablaban sin salir de allí, Diana temía aún que Nucio saliese por la puerta de la ermita y la viese. Lo temía y lo deseaba.
- Sí, creo que ha sido una buena idea dejar al perro. No se preocupe, lo cuidaremos bien. Yo no me atreví a sugerírselo, pero el chico estaba muy triste. (...) ¿Y le han gustado las estatuas?
- No he visto nada igual. Es una lástima que no sean más conocidas.
- ¡No diga eso! Se las llevarían. ¿Y... lo de los juguetes? – lo dijo como de pasada, mirando a un lado y otro de la carretera a la que se estaban incorporando ahora, como si algo dependiera de su visión, como si condujera ella, disimulando la importancia que daba a la pregunta que acababa de hacer. Tal vez fuese alguien importante en la Compañía. No había por qué asustarla.
- Muy generoso y muy bonito; de verdad. Le deja a uno sin palabras esa... dedicación. Nos vamos volviendo egoístas y... se le olvida a uno lo fácil que es hacer feliz a un niño. Ya sabe.
- Sí, ya sé; pero parece que ese no es su caso. Ha hecho feliz a un... niño grande. Y además había salvado antes al perro. Los ha hecho felices a los dos, ¡y más de lo que pueda imaginar!. Es usted toda una casamentera de parejas de hecho.
- Un requisito más para la perfecta solterona.
- ¡Soltería, divino tesoro! Hágase con un maromo de veinticinco. Se pirran por las maduritas.
- No. Voy a hacer lo mismo que hizo usted: localizar la pieza, los polvos mágicos, una barriga y confiar en que no huya. Una jugada maestra.
- Dicho así... ¡suena fatal! – cacareó, simulando escandalizarse.
Diana había empezado a estremecerse de risa. La nieta de Senabre la miraba y no podía creérselo: la rubia no podía casi ni articular palabra: “Lo...lo es.”
- ¡Dios mío! – teatralizó la otra, absolutamente satisfecha, accionando los brazos, doblando las muñecas, gesticulando como en un melodrama de cine mudo - : ¡soy un pedazo de zorra! ¿Qué voy a hacer?
Se estuvieron riendo un buen rato.
Paraban y de nuevo les entraba la risa. Rieron hasta casi desembocar en el tramo liso y recto de la carretera, casi llegando abajo y a la finca. En la última curva vieron a lo lejos un automóvil azul incorporándose a la carretera desde la pista de arena que subía desde el páramo. Se colocó en su mismo carril, unas decenas de metros por delante de ellas.
Aminoraron la velocidad y esperaron a que se distanciara para no tener que tragarse el denso humo gris que despedía. Cuando llegaron a la bifurcación, un reguero morado seguía como un rastro al seat azul claro que acababa de salir por allí. Era el mismo coche, sin duda. Nunca se atrevería a decirle que el conductor de aquella cochambre podía ser su padre.
- Hace como un mes vi este coche con esa misma fuga en el taller. Espero que no sea líquido de frenos ¿Convendría avisarle? ¿Le hago señas?
- ¡No; ni se le ocurra!. (...) No es aceite ni líquido de frenos; es sangre.
Diana se limitó a abrir mucho los ojos con aprensión.
- Es un cazador furtivo. Lleva un ciervo o un gamo en el maletero. Tiene hechos agujeros en la chapa para que desagüe la sangre y luego no huela el coche. Dura poco. Mire, ya no cae.
Era verdad. Tal vez cayesen gotas, pero el rastro era ya indistinguible. Cuando llegase al poblado no caería nada. La veterinaria lo había contado como si fuese algo habitual y admitido, una costumbre que ella no aprobara pero contra la que no quisiera, supiera, pudiera o mereciese la pena hacer nada. Quiso saber por qué.
- ¿Y eso no es ilegal?
- ¡Pues, claro! – le fue contestado, como a una pregunta estúpida con respuesta evidente. Y después ni una palabra más.
Diana la había escuchado, la había mirado también de refilón (con la misma falta de resultado), e hizo entonces aparecer un silencio de extrañeza; incómodo; lleno de incomprensión y aristas después de la risa compartida. Lo mantuvo abierto hasta que la madre de Jonás se precipitó sobre él.
- El daño mayor se hizo hace mucho tiempo. Por aquí sólo queda algún paladar caprichoso que quiera carne de monte fuera de temporada, ya se lo dije. Este (dijo, señalando con un ademán de liviandad y desdén el coche azul que todavía las precedía) ya mata poco. Goyo es un pobre diablo, sin oficio ni beneficio, no tiene otra forma de ganarse la vida. No sabe hacer nada; aparte de asustar a los niños. Más de una vez le han calentado por eso – Por delante del coche seguía flotando una neblina acre del aceite quemado. Redujo aún más la velocidad.
- ¿Está loco?
- Probablemente. Pero es servicial e inofensivo..., ¡si no le tocas la paranoia!
- ¿Cuál es?
- Que le persiguen los fantasmas.
- ¿De quién?
- ¿Cómo que ‘de quién’? Los fantasmas; sólo ‘los fantasmas’. (...) Los ve por todos lados, advierte a los niños contra ellos, se pone a gritar en mitad de la calle... y le gente se lo perdona, y le hace encargos porque es buen cazador... ¡Hay que joderse!... Uno de los médicos que colaboran en la caridad dijo de ingresarlo, pero la gente lo escondió. Lo protegen. Como si fuera hijo adoptivo de Sudencia. Y en cierto modo... sí que lo es: es huérfano de padre desde niño. Todos ayudaron a criarlo. Es una historia bien triste; verá...
Oyéndola hablar así de aquel pobre diablo (‘diablo pobre’, le había oído llamarlo en otra ocasión), le resultaba vertiginoso imaginarse cómo reaccionaría si alguien le comunicara, fuera de toda duda, que aquel cazador furtivo paranoico y hombre del saco era su propio padre. Y que incluso no era imposible que también fuera el matarife de su abuelo. ¿Cuándo se le habría manifestado la ‘enfermedad’? ¿Desde cuándo lo era? ¿Cómo... ¿en qué circunstancias había nacido esa manía persecutoria? Si por aquel entonces se sintió (y no sin algo parecido a un motivo) perseguido o acosado por el padre de Encarna embarazada, y por la misma Encarna, bien podía haber decidido... defenderse; y de ser cierto que ya de niño estaba loco, quizá no hubiera sido suficiente matar; quizá en su cabeza se repite interminablemente el acoso de que fue objeto, o la culpa del crimen, que ha convertido a los hostigadores en fantasmas; tal vez en su cerebro tortuoso trata de convencerse de que aún no lo ha cometido, puesto que todavía le persiguen. Es seguro que era un carácter obsesivo: cuando consiguió a Encarna como por magia creyó tal vez estar viviendo una vida fantástica, y, de pronto: reniega de él, se queda embarazada, le pide que desaparezca si quiere salvar la vida, le informa de que su padre ha enloquecido, y se entera de que su ansia de venganza es tan carnicera que está destruyendo a diestro y siniestro hasta que encuentre al seductor. Zomín le cuenta que su padre llora y los hombres que visitan a su padre están sobrecogidos, le cuenta que dicen que no comprenden cómo un hombre solo puede hacer tanto daño, que únicamente un demonio puede estar aniquilando a la vez en dos sitios distintos...; y con ese monstruo aún vivo, haciendo estragos cerca, una mañana se encuentra por el pueblo a Encarnita y, para su sorpresa, le dice en voz alta: “Estoy preñada y sola, ¿qué vas a hacer?”, y otro día: “Terminará notándoseme la panza, y entonces ¿lo vas a reconocer?”. Y así un día y otro día, sintiendo en el cogote el aliento rancio de la alimaña carnicera. Una tarde pide prestado el rifle y lo mata... Todo el mundo lo sabe, pero en el fondo le están agradecidos y lo encubren. Tal vez sea un pobre enfermo, una piltrafa, pero desde aquel crimen todo le es perdonado. (...) Aunque..., por semejante razón, Nucio mismo podía haberse creído obligado a acabar con Senabre: también él estaba, o imaginaba estar amenazado de muerte, y no sólo por haber (falsa aunque verosímilmente) dejado encinta a Encarna (¡cúanto le debió de doler que se entregase a otro, y no a él...! tanto, que se inventó que la había conseguido para consolarse; ¡y acabó creyéndoselo!), sino también (y esto sí era cierto, aunque arduo de concebir) por haber hecho lo propio con su madre, Rebeca, la mismísima esposa de su héroe (¡y cuánta culpa, cuánto miedo, qué vergüenza por esto!). Y luego le quitaban a Encarnita cuando (supone él) sus amores iban por buen camino. Había que dar caza y muerte a don Baldomero antes de que acabase con él. ¿Y por qué se negaba a creer – haciendo incluso trampas en las cuentas - que Encarnita quedó por entonces embarazada?, que se fue grávida de Sudencia? ¿No podía aceptar que otro... se tirase a su novia? ¿Era eso? ¿Empezó a mentir y mentirse desde entonces?; porque, desde luego, era un mentiroso creativo y experto... ¡vaya historia esa de las negras!, ¡y la del veneno!, ¡y...! Aunque aún no era totalmente seguro que no fuesen más o menos ciertas. Quizá existió un grupo de mujeres de cama. No sería la primera vez. Por otro lado, es posible que no mienta en otra cosa: tal vez dedujo bien y los del Pacto tenían ya pensado lo del veneno pero no les dio tiempo, o la bala entró en un organismo ya envenenado de muerte por un ingrediente nuevo agregado a su té: quizá el sátrapa se apoyó aquella noche en la barandilla de piedra del balcón buscando el aire que parecía faltarle a sus pulmones, sintió un ligero desvanecimiento y, de repente, una detonación lejana y al momento el impacto en el pecho, doloroso y caliente... pensaría quizá en un ataque al corazón hasta que, girando sobre sí mismo antes de caer, se viera, a la luz del cuarto, la escarapela de sangre... no sería capaz de gritar porque ya su cabeza estaría embotada y torpe por el tóxico... se le doblarían las rodillas y, debilitado por la tensión de la venganza (y quien sabe si también por el veneno que le hubiera venido administrando poco a poco un agente de los conjurados que habría continuado a su servicio), se desmadejó lentamente hasta el suelo. Después Nucio huyó, protegido por su padre... O quizá no fue así, quizá fuera más simple: tal vez, pensando como un adolescente, estimó que Senabre merecía la muerte por impedirle seguir viendo a su amada, o incluso creyó que debía vengar la pérdida del honor de su padre. O tal vez el Comandante estaba más metido en el Patronato, el Pacto o lo que fuera de lo que Nucio se ha enseñado a admitir, y por tanto iba también, como los otros, a ser objeto de la represalia de Senabre... (¡Y lo mismo se folló a Encarnita! ¡Su propio padre se tiraba a su novia... y luego ella quedó en estado y se lo endosaban a él! ). Durante un tiempo quizá fuera intocable como oficial condecorado, incluso para un diablo como Senabre, pero se acercaba el momento en que el uniforme no sería capaz de protegerlo. El Comandante Nucio lo sabía, y debió decir algo en casa, o el chico notó un insólito y humillante miedo en el semblante de su padre, y, sintiéndose corresponsable de esa vejación, hizo lo único que podía hacer para salvarlo antes de que él también cayera, como el padre de su amigo Zomín... (...) Zomín... Este, como los otros, podía perfectamente ser el asesino, y su motivo el más potente y sencillo: el desagravio de la sangre paterna. Además, se podía deducir de sus palabras que después de la muerte de su padre y de la de Senabre, no importa si inmediatamente o mucho más tarde, Zomín hijo llegó a saber que su progenitor no era todo el trigo limpio que ve un chico con quince años. Él, por lo menos, no lo vio entonces. Pero el padre tenía sus pecados, y sus cuentas pendientes con el amo, y pagó con la vida por ellos (quitándosela a sí mismo; era un cobarde; seguramente nunca admitió haberlo merecido; echaría la culpa al odio o la codicia de Senabre; y ‘eso’ mismo que encendió el ánimo vindicativo de su hijo fue lo que más le debió de doler a este cuando se enteró de que su padre no había sido ni un cordero de sacrificio ni un chivo expiatorio, tal como protestaba sin duda ante su familia entre lagrimones ojerosos durante las angustiosas jornadas previas a su desahuciada entrega al martirio de la autoinmolación, sino un animal mucho menos blanco que un cordero, y más depredador y astuto que un chivo), pero al convertirse en víctima comprometió a su hijo en su desquite; le hizo contraer la dramática obligación (a que tan aficionados son los jovencitos) de vengar su muerte. Así, creyéndose acreedor ante Senabre del derecho a cobrarse una vida por la de su padre, era este, desde la tumba, quien, de algún modo, descargaba (cobarde hasta después de muerto y enterrado) sus pecados en los afeminados y frailunos hombros de su hijo y le hacía enjugar sus deudas, heredar una culpa, desequilibrar de nuevo la balanza del karma. Él, matando, quedó en deuda (mayor cifra en el ‘debe’) por su padre, así como el nacimiento de Teodoro, y tal vez la muerte de su esposa, las entendía él como pago de sus propias y personales culpas (un trágico aumento en el ‘haber’) sobre las cabezas de sus dos inocentes. Y si no, ¿a qué había venido ese rollo del puente? ¿Qué crimen del padre estaba pagando el hijo... o, mejor, estaba pagándose EN el hijo llamado Teodoro? ¿No era su ‘peculiaridad’... (no su belleza, no su perfección, no su beso) ...el supuesto terrible castigo por ese atroz y sangriento crimen de Zomín? Era una barbaridad; pero, al parecer, así lo entendía aquel hombre. (...) Y con tantas razones y ocasiones, o más, que aquellos tres muchachos, había al menos una mujer y ocho hombres, y detrás habría media legión de interesados, buitres, damnificados, familiares y ratas afilando su odio, y cerrando la marcha otra posible media legión de sicarios, verdugos y asesinos ultimando la higiene de sus armas en la penumbra, todos decididos a acabar con Baldomero Senabre, y que pudieron matarlo setenta mil setenta veces por el veneno, el fuego o con puñal. “Mi nombre es legión”, decía en las cuentas el diablo al que había convocado Senabre con sus grandezas y miserias. Hizo falta un titán multicéfalo para matar a otro también con muchas dimensiones y caras; una gigantomaquia en la que, tal vez, hubiera habido un David esgrimiendo una honda con percutor...
- Ya estamos llegando... ¿Qué le ha parecido Sudencia? Un sitio raro y una chica curiosa, el hambre con las ganas de comer.
Regresó de sus imaginaciones confusa, con la nube de humo todavía delante del parabrisas. A la derecha corría ya la verja de la finca.
- ¿Quién le iba a decir que vería y haría tantas cosas sólo por haber atropellado un perro?
- No hable así. ¡Pobre animal!
- Él se lo buscó.
- ¡¿Cómo?!
- Si no se pusieran delante, no los pillarían.
- ¿Me está diciendo que es cierto que los perros se arrojan a los coches? El de la grúa estaba convencido, pero su madre me dijo que era una gilipollez. ¿Y usted lo cree?
- ¿Qué era una gilipollez?
- La leyenda esa de los perros suicidas.
- Eso sí es una gilipollez; pero lo cierto es que los perros parece que van a El Frasno a arrojarse a las ruedas de los coches.
- No entiendo.
- Suben hasta allá arriba, pero no para suicidarse, sino para cruzar al otro lado. Lo que ocurre es que la gente no cuenta a los que pasan, y lo que ve no puede interpretarlo de otra manera. Para un observador humano es evidente (y para los mismos perros lo sería, si no estuvieran como están) que intentar, sin más, cruzar por allí es prácticamente un suicidio; así que, si algo no tiene sentido, o es aparentemente antinatural, o inexplicable, es que es voluntario, o misterioso, o las dos cosas, y entonces se trata de locura. No pueden creer que los perros sean tan estúpidos; que ¡tantos perros! sean ¡tan estúpidos! No lo son. Es algo más complejo.
- ¿Es por la planta de Codos?
- ¿Qué sabe usted de Codos?
- Hay gente que cree que allí se vierten productos tóxicos al agua: los perros la beben y sufren una especie de rabia fugitiva o... suicida que les lleva galopando hasta el puerto. Otros creen que desde allí se emite tal cantidad de ondas electromagnéticas que el sistema nervioso de los perros salta por los aires, con idéntico resultado: están tan desquiciados que se tiran a los coches. Las dos versiones acusan a ese lugar. Y si quitamos lo del suicidio..., queda una huida desesperada, y sin... voluntad de muerte. Es... verosímil.
La veterinaria la miraba con interés y sonreía.
- Lo cierto... es que lo de Codos es... misterioso: – en su voz había algo de sorna - Está aislado, tiene un gran valla electrificada, perros ladradores, guardias mordedores y un montón de luces y antenas. Seguro que los paisanos hasta ven salir y llegar helicópteros del recinto. ¡Y por la noche! (...) Pero es sólo un observatorio del ejército del aire: telecomunicaciones, señales y eso. Y si fuera por las ondas electromagnéticas, aquello ya no sería una instalación militar, sino un manicomio peligroso. (...) No es de lo que huyen, sino lo que les atrae lo que los mata.
Habían llegado casi a la entrada de la finca. Con la excusa de dejar de respirar el humo del coche de delante, Diana aproximó el suyo a la cuneta y lo detuvo.
- ¿Qué quiere decir?
- ¿Recuerda haber visto al venir, al otro lado del Jalón, entre Morés y Saviñán, una fila de plantas industriales? – Claro que las recordaba: se alzaban al otro lado de la carretera, por encima del río; y su perfil brillante y moderno, cuando no había cañaverales ni árboles en la orilla, se reflejaba como mercurio inquieto en el agua a veces navegada por patos. Recordaba las altas chimeneas y la línea baja y uniforme de los tejados – La mayoría – continuó - son industrias alimentarias y laboratorios farmacéuticos. Uno de ellos tiene una división de veterinaria. Esa es la que difunde por el aire feromonas caninas. Según dicen, están investigando para sintetizar y manipular las hormonas con fines de control reproductivo: inhibidores o potenciadores del celo en las perras y en las hembras de otras especies de animales domésticos y de granja. Las feromonas son muy volátiles, y de allí no dejan de salir en ningún momento. Pero si sólo fuera por las torres de refrigeración, apenas tendríamos ansiosos a los chuchos del vecindario, porque uno con experiencia puede olfatear y reconocer a una perra en celo a un kilómetro, ¡dos como máximo!. Pongamos que las feromonas, con eso de las chimeneas, llegasen a Saviñán: todavía median muchos kilómetros hasta El Frasno. Pero es que además, como sabe, El Frasno es sólo un paso, un obstáculo de muchos en un largo viaje. Por el puerto los perros únicamente ‘cruzan’, porque vienen desde mucho más lejos: de La Almunia, de Aluenda, de Pietas... Yo tampoco lo comprendía hasta que pensé en los camiones.
- ¿Qué camiones?
- La experimentación bioquímica tiene ciertos peligros potenciales. Para minimizarlos existe un complejo protocolo de medidas anticontaminación. Hay que destruir los residuos en hornos especiales. Y en la comarca no hay ninguno, así que tienen que llevar los contenedores supuestamente herméticos a Zaragoza o a Guadalajara. En camiones.
“Al principio se toman muchas precauciones, todos los conductos y tanques están nuevos, pero... ¡vaya...!: ellos saben que no trabajan con el ébola, así que se relajan..., los contenedores siguen pareciendo recién comprados..., además esos efluvios no se ven, ni se huelen como el gas o el benceno, ¡siempre que no seas perro...! Conque un día se derrama un poco de líquido asqueroso de un bidón en el asfalto del muelle de carga y no le prestan atención, o sí se la prestan y lo lavan (y extienden) con la manguera. Los camiones maniobran, salen, y se llevan el afrodisiaco canino impregnado en los neumáticos empapados. Cuando salen de aquí van dejando un rastro tal, que cualquier chucho con que se cruzan piensa... ¡sabe, siente, en realidad! que en ese último camión se llevaban a la perrera a todas las fulanas en celo de la provincia, y que él tiene que rescatarlas, o que ese vehículo lleva a la lavandería la ropa sucia del paraíso musulmán, y que por tanto las huríes no pueden andar muy lejos.
“La señal se va debilitando, claro, pero son muchos camiones, muchas ruedas, muchos días reforzando el rastro hasta El Frasno y de allí en todas direcciones; y no hay que olvidar que alguno de los camiones lleva un frasco de esencia, tal vez con grietas o quizá mal sellado, destilando pura ambrosía, y que no sería raro que se manchase uno de los pallets de madera, ¡que no se queman!, y esos pallets regresan a la planta, donde sigue habiendo fugas, chimeneas, corrosión, descuidos...
“Todo perro que capte esa huella tendrá que seguirla sin opción, ciega, frenéticamente, pase lo que pase; para él es como si un cielo psicodélico se abriese en ondas multicolores y lo llamasen desde arriba: quedan abolidas todas las dudas, el miedo, el hambre, la incertidumbre en cuanto al destino o la tristeza y el dolor; al fondo de esa luz, de ese banquete olfativo se encuentra la satisfacción pura, la recompensa suprema, su misión en la vida: Dios en la forma del coño de una perra con todos los matices de todas las razas, las edades y los tamaños. Si usted fuera un perro, sabría de qué le estoy hablando: sería como tener a Afrodita delante a cuatro patas. Si fuera un hombre también lo sabría.
- Vaya... ¿Y por qué todos tratan de cruzar por El Frasno? Si es por el rastro en la carretera, ¿por qué no pasan por el túnel?
- ¿Quién le ha dicho que no pasan algunos por el túnel? Pasan los torpes, los lisiados, los viejos, los que se equivocan, los que han perdido facultades o nunca las tuvieron. Ningún perro sano y listo busca feromonas en el suelo, sino en el aire, que es por donde se transmite el olor, y este olor concreto desciende por estos valles como una inmensa ola o una avalancha. Así que los campeones, lo mejor de cada casa, suben por la carretera o ascienden a trompicones por el monte pelado hasta el lugar, en el puerto, donde rompe el frente del viento cargado de promesas. Se trata del viento dirección sudeste, un viento constante que nace en el Moncayo y desciende encajonado entre las estribaciones de la sierra. Todo esto – explicó Isabel, señalando el territorio visible: lomas y montes en torno a una cuenca gigante - , hasta abajo, es un valle, o una cadena de valles fluviales. Por ahí rueda el viento. El viento es el mensajero. Sin el viento... nada de esto ocurriría, por muchos contenedores que se rompieran. Es el cierzo, o el Moncayo, como lo llaman en otros lugares.
- ¿Y los que pasan?
- Los que pasan... – repitió pensativa – Esos tienen peor suerte. Aquí las recompensas se reparten al revés, justo al contrario de como desearían los perros... y los hombres. Los fuertes quedan en el puerto: un golpe seco y carne de cuneta. Los que cruzan, por abajo o por arriba, creen que están más cerca... Los débiles y viejos que lo hicieron por el túnel aún pueden morir atropellados, pero posiblemente sufrirán heridos mucho tiempo, o los matará la gente a tiros o a garrotazos para que dejen de meterse en sus cocinas en busca de comida, o se morirán de hambre y frío, o ahogados en el río. Los más recios y listos de entre los fuertes, los aparentemente afortunados, verán pasar estos cadáveres y seguirán, aunque debilitados. Ya perciben el aroma más cerca, ya olfatean el olor a marisco de las sirenas. No se sabe cómo llegan, si a nado o atravesando puentes, pero todas las semanas arriba al aparcamiento del valhala farmacéutico un nuevo can grande y famélico. O a la zona donde se acumulan los detritos y las bolsas, o a los muelles, o a los desagües, o en invierno a los tubos de la calefacción... Los empleados los ven cuando salen a fumar fuera, o a tirar la basura de la cafetería: apenas escondidos, entre temerosos y acechantes, de pie y muy quietos, con los ojos cansados y fijos. Todas las semanas aparece un nuevo ganador, que se recuesta pesadamente después de rondar interminablemente alrededor de los edificios arañando todas las puertas y portillos.
Diana pensó en Cluni y se le encogió el estómago. Tardó en atreverse a preguntar por estos últimos que llegaban. Isabel parecía saber que acabaría preguntándolo.
- Si tienen suerte, mueren pronto de hambre o congelados. O están tan agotados que se ahogan intentando beber del río. No suelen tenerla... Hasta hace unos meses, yo me encargaba de algunos. Estos también eran afortunados. Pero dejaron de llamarme. La semana pasada me puse en contacto con la gerencia. Me dijeron que... ya que estaban allí..., y ya que aquello era un laboratorio de experimentación farmacológica... – Su preocupación por Cluni se hizo ahora ardiente.
- ¡Dios mío, pobrecillos! ¿Y Cluni?, ¿estará seguro Cluni aquí tan cerca? ¿No será mejor que me lo lleve? ¡Le traigo otro a Teodoro!
- ¿Y ese otro que le trajera....? No se preocupe. Cluni sigue de suerte: este viento va en una sola dirección: al sudeste. Si ese chucho huele las ganas de una perra lo será de verdad. O será una loba de la sierra, o una de esas que tanto lo acarician en el taller. Posiblemente esa gordita que se puso tan chula.
La sonrisa hizo su aparición y se extinguió. Tanto el coche azul como su bruma gris de aceite quemado habían desaparecido. Hacía rato que habían dejado de pasar vehículos por la carretera. Habían abierto las ventanillas, y se oía crujir las copas de las palmeras como un oleaje continuo; aunque las palmas se agitaban apenas al otro lado de la verja de hierro. Mientras arrancaba el coche, Diana se fijó otra vez en la margen izquierda de la carretera: eran dehesas con encinas solitarias y piedras blancas como huesos mal inhumados: lomos de tierra antigua, indiferente, experta en dejarse peinar siempre del mismo viento y no hacer nada.
Condujo hasta la cancela del puente. “No entre más. Dé la vuelta aquí en el rellano.” Fue imposible convencerla de que se dejase llevar hasta la casa. Había un buen trecho en cuesta. No importaba, quería caminar. No, no estaba dispuesta a permitirlo. “Al final, voy a tener que enfadarme”, gruñó Isabel irreductible, con un tipo de cortesía berroqueña que a ella se hizo pensar en el Papa Luna. Salió del coche. Diana también se apeó y fue a su encuentro. Se abrazaron.
- Si nos visita otra vez, le enseñaré la sierra, la llevaremos al Moncayo.
- Donde nacen los vientos.
- Eeeeso es.
Diana dio la vuelta por delante del coche. Pero se volvió.
- Oiga, Isabel...
- ¡Ya me extrañaba a mí!
- ¿Los castaños... – preguntó señalando los árboles - ...son falsos o castaños ‘castaños’?
- Hay castaños de indias y también de verdad, de los que dan castañas de comer. Los árboles se diferencian, pero los frutos no, así que no se pueden recoger del suelo. Si te equivocas te puedes llevar una amarga sorpresa; además las otras son tóxicas, dan sueño y gastroenteritis. Pero aunque no se pueden comer, las cataplasmas de semillas del castaño de indias son buenas para las varices y las hemorroides. Unas alimentan y otras curan; la cosa es no equivocarse. Y son iguales por fuera, así que hay que probarlas.
- Como todo
- Ya lo creo.
Giró el volante y se incorporó a la carretera, ganando velocidad rápidamente. Isabel le decía adiós con la mano y ella tocó el claxon. Después dejó de verla por el retrovisor. Se imaginó que tal vez la madre de Jonás lo había preferido así para tener tiempo, durante la subida, de olvidar su visita y sus conversaciones. Todo había quedado como estaba antes. Ascendería hacia la casa abrazada a sí misma, posando bien el pie entre las piedras sueltas y los cantos rodados. Supo también que lo haría por la margen derecha, por donde bajaba Nucio, inevitablemente imantados por el pabellón y sus secretos, y que se detendría a mitad de la cuesta, siendo ella invisible aún desde la casa y habiendo ya desaparecido del campo visual de los que pasaran por la carretera; y entonces miraría a la derecha.
Allí al fondo, entre las palmeras resecas, visible apenas, intuiría la decrépita techumbre combada del pabellón, su figura anacrónicamente exótica, su oscura gravedad ondulada... y reanudaría la marcha con el propósito firme de haberlo demolido hasta los cimientos para cuando Jonás tuviera uso de razón.









Capítulo 5º

Los cambiantes reflejos en el agua

Abajo, el agua es sin pensamiento. Sólo agua. Desde allí, desde el fondo en silencio, se ve el perfil del puente con reflejos metálicos ondulantes, aunque su sombra es oscura. Ha aparecido la cabeza de un ser al borde del pretil. Ahora otra. A veces arrojan comida, es bueno estar atentos. En efecto, algo ha caído y yo estoy cerca. Doy un coletazo y me lo trago.
- ¡Tooma gallo, hijoputa!
El otro chico regurgita un gargajo y escupe también a la corriente entre los peces plateados. Al volverse, ve que el primero ha sacado un cigarrillo y está frotando la rueda de un mechero de yesca. Salen chispas, se prende el cordón. El chico, alto para su edad y delgado, con el pelo peinado a flequillo y largo por encima de las orejas, sopla y reluce la brasa. Se pone el cigarro en la boca y lo enciende. El otro, más bajo y delicado, lo observa hacer.
- ¿Nunca te pilla?
- Como reparte tabaco entre la tropa, no los lleva contados – Da una calada tragando el humo a fondo y le pasa al otro el cigarrillo. Este fuma y tose.
- Eres una mierda Pajarillo. Trae – le intenta quitar el cigarro, pero el otro se resiste alargando el brazo con violencia: “¡Quita, cabrón, o lo tiro al río!”. Mirando para fuera da otra calada. Esta vez ya no tose. Se lo devuelve.
- ¿A qué hora quedaste?
- A las cinco.
- Pues ya deben de ser pasadas. Yo he salido de casa a las cuatro y media.
- Te juro que le dije a las cinco. Dame otra – el alto le pasa otra vez el cigarrillo y se entretiene haciendo roscos con el humo que le quedaba en los pulmones.
- ¿Y dijo que lo iba a traer?
- Sí. Y balas – contesta, el bajo.
- Eso habrá que... ¡míralo!
Por el altozano donde mucho más tarde levantarían la ermita, ha aparecido un muchacho. Lleva un fusil en la mano, y varias liebres colgando de un gancho del cinturón. A medida que se va acercando se ve mejor la mancha de sangre que las liebres van pintándole en la pernera al caminar. Su ropa no es formal como la de los otros, es de campo, parda, vieja y manchada; pero es el más apuesto: tiene el pelo negro y rizado, y las pestañas muy largas. No sonríe. Los otros sí. Cuando llega, y antes de hablar, el alto le pasa el cigarrillo, que él se acerca a la boca con la mano izquierda manchada de una costra de sangre seca. El otro ha murmurado bajito: “Hola Goyo”, y se ha puesto a darle palmaditas suaves en el hombro, casi caricias. Sin mirarle, separándose sólo un poco el cigarrillo de los labios, advierte: “Vale ya, Pajariiiiillo”, y el chico bajo deja de tocarle.
Sujetándose todavía el cigarrillo junto a la boca, pero sin fumar, Goyo baja los ojos a su mano derecha y mira el máuser como si acabara de encontrarlo allí o de acordarse de que lo llevaba. Lo levanta sin mirarlo y se lo pasa al chico alto, que no sabe por donde agarrarlo.
- Cógelo, no muerde. Está descargado – dice, y se apoya de espaldas en la piedra a fumar, mirando cómo los otros dos admiran el arma.
- ¿Y tu madre no te dice nada? ¿Sabe que lo tienes?
- Lo trajo su padre al acabar la guerra. Ella coge las liebres y las guisa y punto.
- ¿Es verdad que lo fusilaron por rojo?
- Eso dice, pero lo mismo es que se hartó, como mi padre – tira la colilla del cigarrillo al río, se yergue y, sin contemplaciones, arranca el rifle de manos de los otros, lo manipula con rápida pericia de feriante, saca un cargador de la faltriquera, lo introduce, lo fija de un golpe, tira del cerrojo y lo suelta.
- Ahora, si os ato juntos, puedo mataros a los dos de un solo tiro. Y dos maricones menos. ¿Qué os parece? ¿Eh? – dice, apuntándoles alternativamente a la barriga.
- Y un hijoputa más – dice el alto, desafiante, poniéndose delante de la boca del arma y agarrándose el paquete genital con la mano derecha – Eres un rojo sin cojones, hijo de un rojo sin cojones y nieto de un rojo sin cojones. ¡Fúmate eso, Rey de los Maricones!
El otro le apunta a la cara: “Te tendría que volar esa cara que tienes de chino”, masculla con encono.
- ¿Te ha explicado tu madre por qué tienes el pelo negro y cara de moro? – le provoca el otro, con las dos manos ahora agarrándose el saco genital y moviendo la pelvis - ¿O es de mono?
El bajo se ha mantenido al margen, de espaldas, indiferente a las acostumbradas bravatas de los otros, escupiendo al río. Ahora se da la vuelta y, poniendo teatralmente los ojos en el cielo, suelta la noticia.
- ¡Para los chulos que haya por aquí y me quieran escuchar: el señor de la casa ha traído nuevas putas! – Los otros lo miran y deponen inmediatamente sus actitudes anteriores.
- ¿Estás seguro?
- ¡Quiero un truja! – los otros se miran. El alto saca un cigarrillo (“Es el último, cabrón; como sea mentira, te mato, ¿me has entendido bien?, te arranco la cabeza”, va diciendo mientras saca el mechero, hace brasa y se lo pasa al otro. El pequeño enciende el cigarro, expele con satisfacción el humo a la cara de los otros y confirma: - Es verdad, gilipollas. Mi padre llevó al médico en su coche para que les mirase el coño, que no tuvieran infecciones.
- ¡Ese tío...! – empieza el alto con rabia.
- Se las folla a todas, el cabronazo.
- Todo el mundo le odia. Hasta sus amigos. Yo sé que le tienen hasta miedo. Mi padre me ha dicho que no me acerque a él, y que ojalá una mala peste se lo llevase.
- ¿Eso dijo? ¿Tu padre?
- Te lo juro.
- ¿Viste cómo se la chupaba la negra esa? El mamón...
- Hay que matarlo – dice uno. Los otros se lo quedan mirando en silencio, pero sin sorpresa – Tenemos que matarle o no somos hombres.
- Mátalo tú, idiota.
- Los tres.
- ¿Cómo los tres?
- Lo echamos a suertes, y al que le toque, tira; pero vamos los tres.
- ¡Pero tú estás tonto, joder! Aunque estemos los tres, si uno aprieta el gatillo, es a ese al que enchironan luego.
- ¿Y quién lo iba a decir, lis-to-de-los-co-jo-nes?
- Cuando te empiecen a dar hostias, cantas como un canario.
- ¡Ya está!
- ¿‘Ya está’ qué?
- Ya lo tengo: apunta el que le toque, pero el gatillo lo apretamos los tres. (...) ¡Sí, coño! Trae.
- ¡Cuidaaaao, que está cargada! ¿Qué quieres?
- Le tiramos a algo desde aquí. A una rata.
Otean el río a un lado y al otro del puente. No hay ni un solo ruido ni movimiento, ni un único animal salvo los peces.
- Olvídalo. Es una tontería. Vamos a mirar a las negras y a hacernos una paja.
- (¡Allí, allí! ¡Mira! ¡Agachaos!)
De uno de los árboles de la margen, aguas arriba, se han bajado dos ardillas. Van avanzando en tramos cortos y nerviosos hasta subirse a unas piedras negras que hay al borde del agua. La que va primera se inclina y bebe. Los chicos se han escondido bajo el pretil. Por señas acuerdan la postura y se van levantando y asomando muy poco a poco.
Goyo porta el arma. La tiene apoyada en la ancha superficie de granito viejo del pretil, y ahora apunta. Los otros están uno a cada lado, echados tan encima de él, que tiene que sacudirse para que no lo abracen y atosiguen. Introducen los dedos en el anillo protector. Tienen sitio de sobra, pero los índices se presionan y rozan promiscuos en busca de un milímetro del metal del gatillo.
- (Atentos. Yo apunto y cuento. A la de tres. Con fuerza pero sin tirones)
- ¡...!
- ¡...!
La ardilla se ha retirado. Ahora bebe la otra. La primera, en su vigilancia. parece haberlos visto; pero no hace nada. No está segura.
- (Uno........, Dos.........., ¡Tres!)
Se oye el disparo y simultáneamente un chasquido entre las piedras junto al río. El animal que bebía ha dado un vuelco y ya no se lo ve. La otra ardilla ha regresado corriendo al árbol.
Gritan, salen del puente dando saltos de excitación. Recorren unos metros por la orilla y miran.
- ¡Joddder!
El bicho está muerto, con las tripas fuera. Hay salpicaduras de sangre y pingajos por todo el lecho de arena en que ha caído. El agua se ha empezado a teñir de rojo.
- ¿Queréis el rabo? – pregunta Goyo poniéndose en cuclillas. Zomín, al que ha llamado antes ‘Pajarillo’, y Nucio, de rasgos vagamente orientales, miran a Goyo levantar un andrajo sanguinolento.
- ¡Déjalo! Vamos a echar a suertes. El que salga, apunta.
Allí, sobre los restos de la ardilla, ejecutan un juego de suertes infantil. El juego incluye una breve canción como un estribillo. Lo cantan al unísono. Observan el resultado en las manos, lo comprueban como tahúres.
- Te toca.
- Vale.
- ¿Vamos ahora?
- Mejor esta noche. Cuando nos crean dormidos.
- Sí, es mejor; pero ahora vamos a ver a las nuevas putas y a hacernos unas pajas.
- Vale.... – Ya regresan al puente - ¿Os he contado que una vez le toqué las tetas a una?
- En sueños. Yo en sueños las monto por el culo. Tú, como eres un mariconcete, sólo les tocas un poco las tetas y ya te corres en el pijama. ¿Y tú, qué las haces en sueños?
- Me corro en su cara, les arranco las tripas y me las como.
- Suena bien. Lo tengo que probar.
Uno se detiene a mitad del puente y mira el agua. El hilo rojo apenas sale del recodo donde han quedado los despojos. Sólo tinta un poco el agua de la corriente que llega hasta el puente.
- ¿Qué haces?
Ha sido la voz de un hombre. De pronto, el cauce comienza a mermar con gran rapidez, las sombras doradas de los peces desaparecen espasmódicamente aguas arriba y no vuelven, surgen cuatro piedras redondas como setas. Eran negras pero enseguida son marrones, grises, blancas porque se están secando. El cauce ha ido mermando, lo sigue haciendo, y torciéndose como una culebra, erosionando y profundizando el lecho hasta ser apenas un canalillo estrecho de agua rodeado de finas hebras de hierba que salen de repente, siguen creciendo enhiestas como cuerdas de fakir todas a la vez, se tuercen, se agostan amarillentas, se arrugan ya marrones y desaparecen como polvo. Todo esto ocurre innumerables veces y una sola vez innumerable hasta oírse otra voz.
- Nada. Miro el río – responde este otro hombre del puente - ¿Se ha ido ya?
El que descendía el terraplén desde la ermita ha llegado ya junto al otro. Es más alto. Se pone a mirar aguas arriba, como el primero. Tiene bolsas bajo los ojos, tristeza alcohólica y un bigote algo sucio.
- Sí. Al final preguntó. Le dimos la que estaba preparada. Tenías razón – reconoce con una sonrisa, mirando alrededor - ¿Y el chico?
- Se ha ido ya al almacén. Al final la he convencido para que le dejara ese chucho.
El otro asiente, se sube la solapa del chaquetón y se la sujeta en el cuello. Está impaciente por algo. Al fin lo suelta.
- ¿Qué vas a hacer?
El otro tarda en responder. Levanta las cejas. Piensa que no puede hacer otra cosa.
- Sí; hay que hacer algo. En el fondo es culpa vuestra, pero a ella le gusta demasiado meter la nariz.
- ¡A mí me tenía hasta los cojones con tanta jodida pregunta! – Se adivina una alegría secreta bajo esta indignación fingida: ha logrado eludir la culpa como los niños: ‘No he sido yo, fue él’... ‘...fue ella’.
- Sí, ha metido la nariz demasiado – repite el hombre bajo, sin dejar de mirar al frente, como si el del bigote mongol no hubiera dicho nada - Aunque se lo haya creído todo, contaría lo de las estatuas a todos sus amigos y se llenaría esto de turistas. Dije hace tiempo que teníamos que habérnoslas llevado de aquí – Su tono no ha sido de enfado, pero sí un poco duro.
El otro está contrariado (todavía es posible que reciba un rapapolvo): cabecea rítmicamente, en corto, y da pataditas en el suelo de piedra: “Tuve que traerla para enterarme de lo que sabía. Fue un error llevarla a recoger el perro; ya se lo he dicho a Isabel”, se lamenta, excusándose de nuevo. “¿Qué vas a hacer?”, pregunta de nuevo, un poco reticente.
El bajo tiene el mentón seco y muy marcado, con arrugas horizontales debajo de las orejas. Es delgado y luce un flequillo muy juvenil para su edad y su piel. No ha contestado nada. El alto vuelve a tomar la voz: “Dime, ¿qué vas a hacer?”.




Madrid, diciembre 2003








- Sí – le interrumpió el fraile -, su sangre es noble; no es el ser abyecto que vos decís, mi señor. Es mi hijo legítimo, y Sicilia puede enorgullecerse de pocas casas más antiguas que la de Falconara. Pero, oh, señor, ¿qué es la sangre? ¿Qué es la nobleza? Todos nosotros somos reptiles, miserables criaturas pecadoras. Tan sólo la piedad puede diferenciarnos del polvo del que venimos y al que debemos volver.
- Cortad vuestro sermón – le advirtió Manfredo -. Olvidáis que ya no sois el fraile Jerónimo, sino el conde de Falconara.
El castillo de Otranto
Horace Walpole





Yo no sé qué tiene el aire
que azota nuestro Moncayo,
que hace a la mujer más hembra
y hace a los hombres más bravos.
Letra de una jota aragonesa






NOTA DEL AUTOR

Tiempo después de la redacción y oportuna edición de esta novela, falleció el Papa Clemente. Al parecer, por el Palmar todo sigue igual, o parecido: hay un sucesor, un simulacro numerado de Vicario de Cristo, recóndito contable disfrazado; pero yo ya tengo a mis dos Papas reprobados en igualdad de condiciones (muertos y míticos) para realizar su alucinatorio viaje de conocimiento. La pérdida de actualidad de los sucesos narrados beneficia su acualización.
Por otro lado, leí no hace tanto en prensa dos sueltos que contaban cómo en un pueblo de nuestra geografía, un alcalde gay invitaba a los homosexuales que lo deseasen a instalarse en aquel lugar, en la seguridad de que allí podrían encontrar un clima favorable, de hospitalidad y aceptación, en que desarrollar sus proyectos vitales. El éxito, hasta hoy, ha sido moderado; pero hace cuarenta, treinta, veinte años inclusive habría sido, a no dudarlo, una experiencia imposible. La coincidencia entre la realidad y la ficción, la aparente imitación de esta inventada por parte de aquella real, la verdad formal de la fábula revela paradójicamente la inverosimilitud de esa fábula.
Esos dos hechos, que me movieron a diversas reflexiones sobre lo que hace perdurable o caduca a una novela, sobre la verdadera naturaleza de la historicidad, sobre la oportunidad o el peligro del engarce del relato en el tiempo, y también, y en relación con lo anterior, acerca de la supuesta imitación recíproca entre la realidad y la ficción, y en torno de la controvertida noción de mimesis y la no menos confusa de verosimilitud, me sugirieron la peregrina (yo quise creer que apasionante) idea de invitar a Diana a un último viaje. No me contestó al teléfono, lo cual no era extraño, dado lo absorbente de sus ocupaciones. Lo intenté unos días después, pero sólo me respondió de nuevo el contestador. Abandoné, no sin pena, la idea de tenerla de acompañante en aquella incursión en la memoria mutua.
Sudencia seguía igual: más polvorienta y cutre; una sensación que ya experimentaba entonces, mientras escribía la novela, cuando a cada regreso en busca de testimonios o datos parecía igual que antes y a la vez más sumida en polvo y degradación, sin que hubiera en ello contradicción alguna. Tal vez su naturaleza fuera ese irse consumiendo, como la de otros espacios es la frescura que se agolpa de madrugada en los portales, el olor a manta vieja o la percepción de asistir a un momento anterior del propio lugar. Lo que peor suerte había corrido eran la finca y la casa.
Ni al polígono ni a la ermita me fue posible llegar: la carretera había desaparecido. Se veía su arranque en el suelo, pero el mismo alfalto había sido levantado, dios sabe con cuantos esfuerzos mecánicos o dinamiteros, y en su lugar se cerraba la doble valla de una explotación agropecuaria. Un cartel anunciaba reses bravas, aunque yo sólo vi liebres a lo lejos. El camino del terraplén se veía sencillamente imposible: era ya solamente una pared de roca. Al fondo seguían estando los molinos. Creí notar que incluso había más.
Tuve que dejar el coche en la cuneta polvorienta, puesto que el puente de hormigón que atravesaba la canalización del río bajo la entrada de la finca estaba derruido, sumido sobre el cauce ahora seco. Apenas había árboles a ambos lados, ni palmeras ni castaños. Puestos a imaginar, el puente desmoronado lo habría hundido un aparatoso camión cargado con los troncos talados de aquellos árboles ausentes. Por eso (no pudo completarse la operación por fractura del firme) tal vez permanecían en pie los más lejanos al portón, que eran también los menos accesibles debido a la pronunciada elevación del terreno, que ahora hasta mitad de la cuesta era un desolado terraplén agrietado.
Como ya había supuesto, no quedaba nada del pabellón. En realidad, no se veía a la derecha, donde había crujido antaño el palmeral umbroso, ni una sola pared (ni un único ladrillo o montón de escombro) de los edificios destinados a la servidumbre o los animales: arriba sobrevivía una línea de palmas ante el cerro rocoso.
También sólo en lo alto, al final de la calzada de piedras permanecía la casa, blanca y cuadrada, nunca antes tan parecida a un mausoleo.
Mientras subía, inesperada y tal vez indebidamente estremecido, recordé que mi intención inicial había sido la de componer una novela más intimista, de valores o sueños. Este pensamiento, o su emoción, me llevaron a pensar en uno de los referentes reales de mis personajes.
Cuando por azar conocí a Nucio (por electrizada intermediación de Diana Senabre), pensé inmediatamente en Andreas Kartak, el santo bebedor de Joseph Roth, imán de milagros y protagonista tierno de esa hermosa redención literaria del perdedor por intercesión del bebercio. Pero también pensé en el propio Roth y en el insólito prologuista, Carlos Barral; los tres unidos alrededor de una cuba de vino y su celebración más o menos constante. Estos dos últimos compartían además con Josemari Nucio (el nombre que quise ponerle a su deformado trasunto de la ficción) la cualidad de ser de carne y hueso, algo nada desdeñable si lo que uno pretende es que nos cuenten una historia (la suya, la de otros) y no contar nosotros la suya, o al menos antes de fabular nosotros la suya (o la de otros). Pronto me di cuenta de que la ebriedad era en lo único en que se parecían el curda real y el del apólogo. El que nos relató era tremendo -o tremendista, que no sé aún cuánto había sido así de truculento (o más bien gore, sin argumento, obsceno) y cuánto había añadido la desaforada inquina narrativa de aquel borracho. Todos las personas involucradas en la saga salían de su relato manchadas de sangre o de pecados inenarrables, eran hombres y mujeres profundamente desagradables, abyectos, deleznables, de comportamiento ilógico, errático, rostros cerrados por pasiones tristes, vulgares e intermitentes, zurcidos por secretos hediondos o confesiones estúpidas como sacos cosidos. No había materia ni modo de plasmar la novela que hubiera querido escribir. El intimismo ético o sentimental como motivos poéticos eran devorados inmediatamente por la catástrofe. Hice - ya se entienda esta afirmación como que lo es de humildad o de soberbia -..., hice lo que pude.
La casa estaba cerrada a cal y canto, y un polvo fino de erosión y olvido cubría las grietas y se acumulaba en montones de arena al pie de los sillares. Caminé al par del muro lateral hasta el portón del garaje (lo que había sido siempre la supuesta consulta de la veterinaria). Estaba abierto y dentro, entre el polvo y los restos vegetales que habían ido depositando allí los remolinos del viento de la tarde, se oxidaba un automóvil abandonado, sin ruedas, rota la luna posterior y con la puerta del acompañante de par en par. Aparte de eso manchas de aceite y trapos. Me acerqué al marco y presioné el timbre, sin olvidar que era de esos que no oye el visitante, quien tiende por tanto a perder pronto la esperanza o a insistir innecesariamente en la llamada, con la consiguiente vergüenza cuando aparece el morador rogándonos que, por favor, dejemos de presionar el pulsador. Uno no debería sentirse apenas culpable, pero sin embargo lo hace. Es un timbre que selecciona a los extraños: o los expulsa o los sitúa ya de entrada en una situación de inferioridad. Antes de que se inventaran los porteros automáticos con videocámara o los teléfonos con identificación de llamada, esos timbres identificaban a los desconocidos. Y también a los residentes, invariablemente huraños, reservados o de frágil intimidad.
Aguardando que bajara alguien o el tiempo suficiente para saber que no había nadie, dejé la mirada resvalar por el interior de la cochera. Fui entonces comprendiendo que tanto la rotura de la luna como la ausencia de las cuatro ruedas eran hechos irrelevantes. No así la puerta abierta. Permanecí incómodo un momento.
De súbito me asaltó la certeza de que aquel coche había pertenecido a Diana (aunque yo le había conocido otro distinto hacía sólo dos años), y de que la relación entre el hecho de que ya no fuera de su propiedad (de que ya no pudiera desempeñar los servicios asociados a ese vínculo, de que ya no se dieran las dóciles condiciones de ese parentesco) y la portezuela abierta me causaba un tipo de aprensión cercano al pánico. Simultánea e instantáneamente me sentí paralizado y en peligro.
Sin esperar el tiempo restante que alguien tardase aún en llegar lentamente desde el lado opuesto de la casa, me di la vuelta y me dirigí como pude hacia la delgada línea de árboles y sombra. Me repuse protegido tras un tronco esquelético, pero comprendí que no podía permanecer allí. Miré por última vez el coche y... por detrás del capó, surgiendo de la sombra, tal vez del suelo, vi aparecer la figura de un hombre bajo, con barba, que permaneció un instante contemplando el hueco de la puerta, y después retrocedió balanceándose. No se balanceaba, sino que cojeaba. También supe de pronto que no se levantaba del suelo, sino del lugar donde estaban, o estuvieron, los restos de Diana (y esto, que yo mismo estaba creyendo anotarlo en sentido figurado, se impone a mi imaginación en la literalidad más horrorosa). Aguanté inmóvil un momento insoportablemente largo, temiendo que el hombre aún estuviera allí, vigilando desde la sombra, y cuando reuní el valor suficiente salí de mi parálisis y eché a andar entre la sombra rayada y rala hacia el extremo más alejado. Cuando estuve lo suficientemente lejos, salté al terraplén. Tropecé y caí, dañándome dolorosamente la rodilla derecha.
Con la sensación de tener un puñal clavado en la rótula alcancé la parte baja de la finca, crucé el canal entre abrojos y salí de la finca por una brecha de la valla metálica.
Mientras cojeaba en dirección al coche, pasó un todoterreno y tres hombres me miraron desde las ventanillas. Venían de donde yo sabía que no había ya carretera. Agradecí al cielo que no parasen.
Alcancé mi vehículo y... cuando pude ponerlo en movimiento, yo era solamente respiración, miedo y dolor. Aún lo soy cuando escribo.

Junio 2006, Sabiñán y Madrid.

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