NOVELA
LOS PUENTES
SUBTERRÁNEOS
JOSÉ ENRIQUE DÍAZ MARTÍN
Los puentes subterráneos:
Portero de noche, puta o Flor
Ante el hombre que fuma, el mar es un manto recamado de escamas plateadas que la luna revela. Lo mira sentado al borde de la roca, un monolito acostado que, caprichosa ceja caliza, cuelga a plomo sobre la caleta de piedras que se intuye allá abajo por el ruido a oquedad que asciende a ritmo de rompiente. De allí precisamente sube ahora el rumor del motor de una barca que llega y se detiene. El hombre no la ha visto venir. Ahora ese motor se ha parado. El tipo fuma un cigarrillo con dos dedos con los nudillos sangrientos. Dos dedos de una mano que sujeta una soga con los otros. La cuerda va hacia atrás, sierpe rubia sobre el lomo telúrico de piedra. Diríase que el hombre acaba de subir desde la misma playa rocosa y lo celebra fumando, o que se dispone a tratar de bajar de nuevo, si no fuera por su indumentaria: camisa blanca arremangada, zapatos de cordones, pantalón marengo con su raya, que desdice lo deportivo. Y si no fuera también porque la cuerda que huye por la piedra se hace, a unos dos metros de distancia, larga ligadura de un hombre derribado al que agarrota y ata ciñendo los brazos, las piernas, los tobillos, y desde estos, en correaje tenso que le dobla las piernas, ambas muñecas juntas. A la luz de la luna, este hombre, animalizado por semejante dogal y lacería, no se mueve, parece muerto, y la sangre que le baña la cara y mancha la cuerda es morada, casi azul, y brilla como fango al hacerse charquito en las concavidades de la rugosa superficie. Una sombra pasa por encima del cuerpo y no es notada hasta que se para de pie junto al que fuma, quien, sin volverse, habla muy bajo.
- Qué.
- Sigue durmiendo.
- Lo otro, joder.
- Ya lo he quemado todo, en un cubo. Y he traído la barca.- El que está de pie mira al atado.- ¿Crees que nos oye?
- Vamos a verlo.
El que fuma se ha puesto en pie y se acerca al hombre atado, que no se ha movido en todo el rato y parece no respirar. Está boca abajo. El que fuma se acuclilla y gira el cuerpo yacente hasta ponerlo de costado. Su cabeza cuelga con el pelo apelmazado por ese fango morado que se va acumulando bajo el cuerpo tendido. Tiene los ojos cerrados (o es la hinchazón de los golpes que le impide el abrirlos) y una mordaza penetra en su boca deformando su cara. Le quita la mordaza.
- Ya está-, le dice con la cara muy cerca. – Ya no hay nada. Puedes seguir con tu vida y yo con la mía. ¿Me oyes? – El otro emite un estertor. Al fin y al cabo, aún está vivo. Le pone otra vez boca abajo y comienza a desatarle las muñecas, luego los tobillos y las piernas hasta desenroscar totalmente ese trozo de cuerda, que queda suelto. Se lo pasa al que está de pie, que mecánicamente va enrollándolo en el antebrazo. El fumador, con paciencia, solícito, ayuda a incorporarse al hombre ahora solo medio atado. En pie, erguido, no parece tan deteriorado, no parece a punto de morir, aunque al recuperar humanidad, la sensación de humillación y daño moral aumenta vertiginosamente. El que fuma, que parece no notar esto último o querer ignorarlo adrede, o no ser capaz de percibirlo, le ofrece dar una calada de su propio cigarrillo, pero el otro lo rechaza con un latigazo de la cabeza y mira al mar. El que fuma no se ofende, lo imita en la mirada, tira de él y se colocan ambos al borde de la roca.
- ¡Vaya sitio! Es cojonudo, ¿eh? Y, total, ¿para qué? – Tira la colilla al abismo, pone su amistosa mano izquierda sobre la espalda del atado y lo empuja al mar. No se oye grito, únicamente, algún tiempo después, el golpe. Se da la vuelta y se queja, ya caminando tierra adentro: - Estaba harto de arrastrar a ese cabrón celoso.
CAPÍTULO 1º
Cuando pasó por delante del desvío de la carretera sabía perfectamente que sus problemas acababan apenas de comenzar. Un nombre es únicamente eso, un recordatorio simbólico de algo que no está. De un pueblo, por ejemplo. Del pueblo de su infancia. Pero dejar atrás ese nombre al pasar de largo por la carretera nacional era en su caso solo un anuncio de lo que vería pronto.
Avanzó entre colinas tupidas de árboles que a esa hora de la tarde tejían un entramado amarillo y pardo y lo vertían como una malla sobre la carretera. Tras la siguiente curva lo vio allá abajo, descendiendo hacia una hondonada interminable de las estribaciones de la meseta: un pueblo grande ya, casi una ciudad pequeña, casi cabeza de partido, con un centro histórico de color de la piedra de aquellos montes y una periferia poblada de poliédricas acumulaciones de casas modernas de ladrillo y pinturas rojas. Después las industrias de las afueras, los techos de las factorías, las chimeneas con su penacho de humo blanco. Y de pronto un talud de tierra lo tapa todo otra vez y la calzada gira alejándose. De nuevo el crujido de sombras del boscaje.
Aun cuando hubiese dejado atrás todo aquello, habiendo recuperado los árboles y la monotonía del bosque, volvería a ver aquel nombre al borde del camino un par de veces más. Por si quería volver. Por si quería considerarlo y echar atrás.
Una vez rebasó el tercer letrero, la tercera flecha parlante indicando un nuevo y último desvío para ir al pueblo, la carretera se despejó de distracciones y volvió a ser, ahora un poco más tupida, la red de sombras alargadas que proyectaba el bosque.
Ya no volvió a pensar en ello; y cuando vio las luces del motel, veinte minutos de rápida oscuridad en curvas más tarde, se detuvo bajo el luminoso como si fuera, de nuevo, un viajante cualquiera a cientos o miles de kilómetros de casa.
El conserje le dio a elegir. Le explicó que los cuartos con números más bajos estaban más cerca de la carretera, de la recepción y del bar y el restaurante aledaños. Los que tenían números más altos, más cerca del bosque. Estas habitaciones eran las más tranquilas. Eligió la número 20, la penúltima.
El cuerpo del motel era un largo pabellón corrido, tangente a la carretera. La recepción casi encima del asfalto, las habitaciones internándose en la oscuridad del follaje, el aparcamiento un triángulo blanco, de guijo y luz de focos altos, formado por el alargado edificio, la carretera y, al fondo, una línea de árboles. Aparcó casi delante de esta y, atravesando el guijo blanco crujiente iluminado como un campo de fútbol en la noche, entró en la segunda puerta desde el final. Todo era normal. Estaba limpia. Dejó sus cosas dentro, se duchó y, con el mismo traje, volvió a salir para cenar algo en el restaurante del otro lado de la carretera. Caminó agradecido por la grava blanca, en la noche que comenzaba a refrescar.
El motel se llamaba Flor, el restaurante, de Flor. Al fondo del salón del restaurante vio, mientras esperaba que le trajesen un filete de ternera con verdura salteada, una puerta de madera labrada sobre la cual un neón rosa anunciaba el Bar de Flor. No había nadie más en el salón profusamente iluminado, aunque había visto algunos turismos y un camión articulado ante la escalinata del restaurante. Entonces la puerta del Bar de Flor se abrió y salió el camarero con su cerveza. Tal vez a aquella hora solo tenían sin alcohol de grifo en ese bar. La puerta se cerró inmediatamente, pero tuvo tiempo de oír risas y ver algunos hombres en la barra. Al cerrarse, un opaco silencio impermeable se había instalado de nuevo en el salón.
Mientras cenaba, envidió un poco a aquellos hombres, pero era la primera comida decente que hacía en el día, tenía aún que confeccionar algunos pedidos, mandar algún mensaje y descansar. Cuando al rato apareció de nuevo el camarero trayéndole un helado, le pidió también un licor. Un poco avergonzado de sí mismo, esperó con cierta ansiedad a que el camarero volviese al bar por su copa. Lo hizo, y él aspiró con deleite el ruido de las voces masculinas, los brillos de las botellas, la sugerencia del humo del tabaco en la luz. Se cerró la puerta.
Cuando volvió a abrirse, tuvo, además, una revelación: tras el camarero, que se dirigía a su mesa con la copa sobre una bandeja, distinguió perfectamente el perfil abundoso de una mujer. Antes de que se cerrase la puerta, a ella le dio tiempo a mirarlo. Fue una mirada casual, fugaz, indiferente, pero le ocupó la cabeza vacía y cansada mientras, en la fría oscuridad del exterior, cruzaba la carretera para regresar a la habitación.
Se descalzó, se quitó los pantalones y la chaqueta y se arrojó a la cama. Sentado contra el cabecero encendió el televisor y buscó zapeando algo que valiese la pena. Aparte de los canales abiertos nacionales, sólo había un par de canales más: uno de teletienda y otro local que reponía una película antigua y mala, una policíaca, hiperviolenta, de los años setenta. Dejó ese canal, bajó el volumen y se levantó para conectar el portátil a la línea telefónica.
De nuevo en la cama, rodeado de papeles, estuvo tecleando en el ordenador sobre sus rodillas por largo rato, levantando a ratos los ojos de la pantalla y mirando, con o sin voz, aquel telefilm de policías salvajes para consolarse un poco de la soledad. Durante aquel largo periodo, oyó cómo iban arrancando algunos de los vehículos aparcados y se iban marchando.
De pronto, su maletín emitió un discreto zumbido. Sin prisa, dejándolo sonar, terminó lo que estaba haciendo, cerró la aplicación, apagó el ordenador, se lo quitó de encima y se levantó. Para entonces, el zumbido había dejado de sonar. Cogió el teléfono móvil que tenía en el maletín, volvió a tumbarse en la cama y tecleó.
Fue una conversación tranquila, en el tono distendido de la costumbre. Habló de su cena, de un dobladillo, de una cita doméstica. Cuando lo apagó, estaba sentado en la cama, a un metro del televisor encendido. No sabía cómo iba la trama. Dejó, impremeditadamente, el teléfono sobre la cama a su lado. Miró un momento más las imágenes antes de renunciar a comprender y levantarse para dirigirse al baño. Dejó la puerta abierta. Se sentó en la semioscuridad. Olía a pino. A su izquierda, sobre la bañera, había una ventana negra; lamentó que estuviera cerrada.
Asociado extrañamente al contacto de sus pies desnudos contra el mármol del suelo del aseo, vino el recuerdo, ya remoto en cierto modo, de un balneario húngaro en cuyas instalaciones habían disfrutado Elena y él de un fin de semana antes de casarse. Se sintió reconfortado por una seguridad tranquila. Nada podía salir mal o ser peligroso. Su mujer estaba en casa, su hijo dormía. Había justificado, un día más, el buen sueldo que le pagaban… Defecó. Al salir se dirigió al minibar. Entonces tuvo que arrepentirse, una vez más, de no haberlo revisado antes: estaba vacío. Con precinto pero vacío. Quizá no le apetecía tanto, pero le produjo desazón, y más cuando la experiencia le tenía avisado de que en lugares nuevos tenía que extremar el cuidado y la observación de ese y otro tipo de detalles. Alguien negligente le había jodido un poco un día que estaba siendo perfecto. Le dio pereza volver a vestirse y llamó a recepción. Se disculpó por molestar y comentó el caso. A su vez, el recepcionista se disculpó y prometió que enseguida le llevarían lo que deseaba. El hombre se mostró contrito, y aparentó diligencia, aunque tarde, al menos en tomar el pedido. Esto lo consoló y entristeció al colgar.
Se acomodó de nuevo en la cama y zapeó en busca de algo con lo que entretenerse. A veces comenzaban películas buenas de madrugada (hacía poco que había podido ver, por fin, durante un insomnio, La batalla de Argel); y siempre podía poner el canal de noticias.
Cuando llamaron discretamente a la puerta se dio cuenta, con sobresalto de durmiente, de que había cometido un error. Fue a abrir con un comienzo de neuralgia y palpitaciones. Casi le dio lo mismo que fuera la mujer del bar. Como la miraba guiñando los ojos, casi agachando la cabeza, ella pidió perdón. Preguntó si quería el pedido todavía. Sostenía la bandeja en las manos: una botella de whisky, una cubitera llena, tres botellines de agua helada, dos vasos. ¿Habría venido así cargada desde el otro lado, desde el bar? Sin cambiar la cara, hizo que sí con la cabeza y abrió más la puerta. También parecía llevar el pecho en las manos, o a él lo atrajo como si fuese parte de la comanda, o al menos de la bandeja. ¿Cómo se llamaba aquella santa que en los cuadros lleva los senos en una bandeja…? ¿Santa Águeda? Cuando se volvió a él tras depositarla, su mirada era agradablemente conmiserativa, humana; ni la indiferencia hostil de las camareras en aquellas circunstancias, ni la actuación salaz de las prostitutas pasilleras de los hoteles de viajantes, ambas apremiantes. Entonces se detuvo a observarlo un instante antes de salir o hablar, y él fue plenamente consciente de que le era carnalmente atractiva, de que sería una estupenda profesional, de su pelo moreno rizado, de su gloriosa falta de sostén, de su oferta todavía tácita, y de que no podía dejarla quedarse, de que no la dejaría quedarse.
- ¿Quiere que me lo lleve? Le dejo el agua y…
- No, no; déjelo, ya que lo ha traído.
- Se lo cobrarán, aunque no tome nada.
- Ya, ya; no se preocupe.
- ¿Quiere… que le dé un masaje? Lo que necesite… Le quitaré cualquier molestia.
Él solo sonrió a través de la cara de dolor u ofuscamiento por la luz. Se sentía halagado por aquellas atenciones. Vanidosamente halagado y al tiempo irónicamente asombrado de que, aun sabiendo de qué iba todo aquello, un hombre como él se sintiera gratificado en su masculinidad por una simple oferta comercial que se disfrazaba de invitación; pero lo cierto era que no estaba nada mal, y que para ser una puta de motel se estaba conduciendo con mucha elegancia. A ver: era una profesional del sexo porque su oferta estaba clara –no estaba tan loco como para pensar que una simple camarera madurita le estaba ofreciendo sus favores sexuales debido a sus atractivos ocultos- y aquello era un motel; no obstante, no era lo que él tenía, o conocía, por tal, por puta de motel. Había algo soberano en su actitud. Tal vez fuera eso, y no el simple ofrecimiento, lo que actuaba en él como un agasajo extraordinario e inmerecido.
- Te aseguro que… dormirás como un niño.
- Esta noche, no. Gracias.
Ella esperó dos sabios segundos junto a él, dejándose ver, dejándose desear, mirándole a los ojos como uno tiene que aprender a no mirar.
- Te arroparé antes de irme.
- Gracias, en otra ocasión.
No dijo más. Salió y él no quiso mirarla irse, así que cerró enseguida. Se sirvió un poco de licor puro y lo probó. La boca de la mujer habría sabido bien con aquel aroma alcohólico. Se descubrió echándola ya de menos. Sabía que había hecho lo correcto (no era un moralista, pero llevaba demasiado tiempo en la calle para no saber que hay aficiones que sin ser caras y destructivas de por sí, terminan costando lo suyo de un modo u otro), se sentía satisfecho y a salvo; quizá por ello, ya a toro pasado, en la seguridad del burladero, se arrepintió de haberla rechazado. Con las imágenes que de la mujer conservaba todavía en la memoria visual, imaginó una secuencia de escenas, gestos, palabras, detalles. Tuvo un comienzo de erección. Sabía que hacía trampa, pero ya, ¿qué más daba?
De pronto llamaron quedamente a la puerta. Y se asustó. Había formulado, junto al arrepentimiento, el deseo retrospectivo de haberla invitado. No era un compromiso, no había nadie allí para hacerle cumplir su palabra, ni para afearle su inconstancia, pero su seguridad se tambaleó. ¿Qué podía hacer ahora? Era parte de la profesión de ella saber cuando un tipo se iba a desmoronar, pero ¿cuál era su parte, la de él? ¿Quién iba a ser? Le invadió una profunda indecisión, una trágica sensación de haberse roto; y este tipo de cosas no es de las que gusta descubrir. Ni aun en la intimidad del fuero interno. Llamaron otra vez, con algo más de apremio; tanto que le cupo la esperanza de que no se tratara de una renovación de la oferta, sino de otra cosa (un aviso, una disculpa, un incendio, un accidente). Con este comienzo de alivio, fue a abrir.
Había una mujer negra, joven, que miraba hacia la recepción y el restaurante del otro lado con aprensión. Le brillaba la piel. Lo miró. Volvió a mirar con miedo hacia el lado iluminado, haciéndole esperar. Se arrimó a la puerta entreabierta y, por fin, hablo bajo.
- Chupar, follar, por el culo, por el coño, vamos. Todo lo que quieras por veinte euros, sin condón, con condón, las veces que quieras, beso negro, meto la lengua, mira – dijo, y sacó una lengua enorme y roja, puntiaguda, gorda. Seguía lanzando miradas furtivas al otro lado, como si temiera que la viesen. - Te la meto por el culo… Diez euros, tócame… Te corres en mi boca y me voy; rápido o despacio. ¿Sí? Sin problemas, solo chupo y me voy; y a dormir. ¿Sí? Me pagas después, ¿sí?...
Y entonces se apartó para dejarla entrar.
Había hecho su ruego y, desde el infierno, había sido escuchado. También sabía que el diablo es más humano, más transigente; y en su trato no exige tantas mentiras. Viéndola sentarse en la cama, pensó: “pero también más traicionero, más aleve y más vil”.
- Págame.
- Has dicho que después.- De pronto, estar descalzo y en calzoncillos no le resultaba tan agradable. Ella calzaba unas botas altas, de punta afilada y raída, y con tanto tacón que le doblaba los tobillos, le abría las piernas: si se inclinase le vería las bragas bajo la minifalda casi de cinturón, y debajo de las bragas, lo negro, lo rojo.
- Págame-, repitió, se puso en pie y con desenvoltura, ya sin miedo, se sirvió un largo trago de whisky y se lo bebió. Él le dio la espalda y se dirigió hacia el mueble del televisor, abrió el cajón, y mientras sacaba de la cartera los diez euros (había otros cuarenta, se alegró de no tener que gastarlos), preguntó en voz alta: “¿De qué tienes miedo?”. Al levantar la cara y vérsela a sí mismo (seria, pálida, aterrada en el fondo blanco de los ojos) en el reflejo del cristal de un cuadro costumbrista que colgaba sobre la tele y tenía ahora delante se hizo en su fuero interno, sin palabras, una pregunta semejante. Cuando se volvió con el billete en la mano, la mujer, inclinada hacia delante, había abierto el ordenador portátil, que estaba sobre la cómoda, y tecleaba sin ton ni son. No acudió al billete, ni aparentemente tampoco a lo que le decían, atenta solo al juego de colores y pantallas que producía con dos dedos escrutadores, romos, imprecisos, con toda seguridad muy sucios.
- Deja eso. Toma-, dijo él en un tono suficientemente cortante, pero la mujer siguió sin hacerle el menor caso. En cambio, dijo: “No le tengo miedo a nadie, ¡a nadie! ¿Te enteras? Pero aquí tienen sus putas y no dejan trabajar a las negras; porque si dejan trabajar a las negras, se quedan sin clientes, ¿entiendes?”.
- Toma, anda, y deja eso.
- ¡Cállate!-, le contestó. Él comprendió de súbito la auténtica razón, u otra más, por la que no las dejaban trabajar allí, o por la que no deberían dejarlas trabajar por allí, y también que aquella situación incómoda era, en parte, culpa suya, y que tenía que echarla de allí cuanto antes. Estaría llena de droga, o vacía teniendo que estar llena. Estaría loca. Pero de todo aquel desastre (la veía parpadear y obstinarse, sobajando, mancillando, envileciendo el delicado teclado sorprendido), lo que más le incomodaba y producía incertidumbre y desazón era no comprender qué esperaba del aparato sometiéndolo a aquel absurdo maltrato manipulativo. Y aunque lo más probable sería que no le causase ningún daño (al menos permanente o grave), podría bloquearlo, podría incluso borrar algo, y ni siquiera ella misma sabría qué había hecho ni qué buscaba. Tecleaba brutalmente, con cierto ritmo, como si esperase, cada vez más frustrada, oír un sonido melódico que no llegaba ni llegaría nunca –solo lo hacía el tono predeterminado que delata un error o una orden incorrecta, gritos desesperados del procesador como peticiones de ayuda que no podía considerar. Era el mono del cuento manipulando su violín. La imaginó intentando apropiarse de la misma manera de los conocimientos sobre el mecanismo de uso de un revolver. Se volvió rápido, abrió el cajón, sacó la cartera y agitó los cincuenta euros yendo hacia ella.
- Toma esto y lárgate. Vamos. Ahora mismo.
- (…)
- ¡Toma! ¡Mira! ¡Son cincuenta!- dijo, rogó casi, abriendo la puerta y agitando el dinero fuera del umbral. “¡Toma! ¡Son tuyos! ¡Deja eso, coño!
Entonces ella lo miró con asombro, con indignación, con ira –no sin miedo, no sin unas ganas locas de tomar una decisión definitiva respecto a ese individuo molesto que era él- ; detuvo los dedos y dijo con acento sardónicamente pedagógico: “Te he dicho que no me griiites”, y ejecutó una serie de acciones que parecía guardar un orden caprichosamente destructivo y demente: volcó la botella de whisky, arrojó el maletín abierto al otro lado de la habitación, se abofeteó la cara apretando los dientes, cogió de junto al ordenador el teléfono móvil (que por un momento quedó unido al cable de recarga) y se lo metió tal cual en la entrepierna, se puso el portátil bajo el brazo derecho y, levantando el otro puño con gesto amenazador, se dirigió hacia la puerta, desde donde él la miraba extasiado. Mascullando un insulto, cargó tímidamente sobre ella. Recibió un golpe en la cara que, de algún modo, tal vez químico, cambió su forma de enfrentarse con la situación. Al miedo y a la culpa los sustituyó un ánimo feroz y combativo. Un espíritu violento, un instinto de defensa y ataque al que se había cuidado, por educación, por decencia, de no dar cauce nunca, que desconocía casi desde la infancia. El contacto contundente con el cuerpo duro de la mujer, con su olor fortísimo (cayeron sobre el borde de la cama, ella le escupió, le pegó con la bota) quedaron en un segundo plano frente a aquella furia. Pero no sabía pelear. Llegó a colocarle un puño en el pómulo, luego intentó agarrarla por el cuello. Ella gemía agitándose, y se zafó alejándolo con un rodillazo en las costillas (las uñas de él dejaron un feo arañazo bajo su oreja, pero eso fue todo).
La mujer se puso en pie, tambaleándose un poco hasta alcanzar cierta estabilidad sobre los tacones. Levantó el portátil (hubo un impasse que ambos, sin darse cuenta siquiera, respetaron: ella, como realizando una especie de comprobación de daños totalmente desconocidos, abrió el aparato, lo miró y lo cerró otra vez, y él la miró hacerlo desde el suelo, con cierto interés, sin intentar aún levantarse ni impedirle huir), luego pegó un tirón al cable y se dirigió rápido hacia la puerta. La retuvo el pomo nuevo, demasiado duro y resbaladizo. La reacción de él, ahora sí, fue instantánea: al apoyarse en la cómoda para levantarse, su tacto encontró el grueso cenicero de cristal en que reposaban las llaves. Cuando estaba abriéndose ya la puerta, golpeó a la mujer desde abajo en la parte inferior derecha del occipucio. Cayó fulminada, empujando con el cuerpo hasta cerrar la hoja, y quedó quieta, boca abajo. Él, de rodillas a su lado, miró el cenicero, que permanecía limpio, y lo restituyó de donde lo había cogido.
Lo primero que quiso hacer, antes de que recuperara la consciencia, fue recuperar el ordenador, que había quedado bajo el cuerpo de ella. Trató de meter la mano por debajo de su vientre, pero no podía, entonces se puso en pie, la agarró del brazo izquierdo y tiró. Cuando la mujer encogió ligera pero perceptiblemente el otro brazo, con un aparente y débil ápice de voluntad, la soltó, tomó de nuevo el cenicero y lo levantó por sobre su cabeza. Entonces se dio cuenta de lo que hacía; de lo que había hecho sin dudar y de lo que sin duda haría si finalmente fuera necesario. De lo que estaba decidido a hacer si se veía obligado; significara esto lo que entonces para él significase. Le ordenaba, le advertía, le rogaba no obstante, mentalmente, que permaneciese quieta, que no intentara levantarse. Estuviera viva o muerta.
Conservó esa posición expectante, armada, durante larguísimos minutos, dispuesto a lo que fuese; recorriendo mentalmente las acciones pasadas y futuras, reales, posibles e improbables; pero dispuesto como nunca lo había estado a descargar un segundo golpe. Que finalmente no fue necesario.
Pensó dónde encontraría una cuerda para atarla antes de que se despertase. Se acordó del tendedero retráctil del baño y se levantó. No podía arrancar la cuerda, y no tenía cuchillo. Volvió junto a ella, buscó su bolso y miró en su interior: pintalabios, crema lubricante, calderilla, condones, una linterna, un mechero. Había también una navaja, pero prefirió el mechero. Volvió con él al baño, quemó la cuerda plástica hasta que se rompió y regresó junto al cuerpo. Juntó las dos muñecas lacias para atarlas. Entonces cayó plenamente en la cuenta de que tal vez no estuviera inconsciente. De que tal vez la había matado. Es decir: eso se hizo relevante cobrando su pleno significado: no había noqueado a un oponente, podría haber matado a una mujer. Y se detuvo. Tenía una herida que parecía superficial (al menos no había sangrado mucho) donde le había propinado el golpe. Se inclinó al otro lado, pegó la oreja derecha a la puerta y le miró la cara. Tenía los ojos parcialmente abiertos. No le cupo entonces la menor duda de que estaba muerta, de que le había quitado la vida.
Se quedó sentado en el vértice de la cama, mirando a la muerta (“quizá en África se pueda uno desmayar, o al menos permanecer grogui, o a lo peor en coma, con los ojos entreabiertos, así como lelos… No, seguro que no.”), mirándola y jugando inconscientemente a enrollar y desenrollar el cordel plástico blanco alrededor de tres dedos unidos de la mano izquierda; hasta que se dio cuenta de lo que hacía y lo desenrolló y tiró al suelo con precipitación y asco como si se tratara de una serpiente. Junto al empeine de su pie izquierdo estaba la botella volcada. La recogió, abrió la rosca y bebió un trago. Luego se levantó, y aprovechó que se había inclinado a dejar la botella sobre la bandeja para correr un poco la cortina de la ventana que había sobre la cómoda y mirar fuera. El aparcamiento seguía vacío, así como, hasta donde tenía ángulo visual, lo estaba el largo corredor cubierto al que se abrían todas las habitaciones. Alguna luz del restaurante, alguna también de la recepción del motel, se habían apagado. O eso le pareció.
Había comenzado a sudar. Pero no estaba asustado porque un tipo de pensamiento pragmático, duro, frío y, a su sentir, acabadamente viril se había instalado en el eje mismo de su capacidad de acción, y las recomendaciones de ese espíritu práctico comenzaban por recuperar el ordenador. Sí. Curioso nombre ese de ‘ordenador’ que se le ha venido a dar en España. Repasó mentalmente las denominaciones que recordaba del chisme en cuestión y creyó poder determinar que solo aquí, en España, a esa máquina se la llamaba así: El Ordenador. Parecía el cargo supremo de algún tipo de cuerpo u organismo judicial, policial o político de una fantasía imaginaria sobre un futuro imperfecto. Con el ordenador se ordena. Y él iba a ordenar: sus ideas, sus acciones, sus pasos. El aparato ordenador, en fin, le ordenaba recuperarlo bajo cierta promesa de salvación. Y para hacerlo retomó las muñecas de la mujer (al agarrarlas ya eran una cosa diferente de unas muñecas, eran un muerto, uno suyo de algún modo, así que tenía con él, con el cadáver, -ya no una mujer; ya solo su residuo- un compromiso de manipulación correcta. ¿Y cómo se manipula correctamente un despojo humano que guarda aún todo el parecido con el ser vivo? Con decisión, con vigor tal vez, con ánimo protector, con decoro, con respeto póstumo –ya no era una loca ladrona peligrosa, era un cuerpo humano deshabitado, o habitado por la severa rectitud de la muerte; La Muerte, compañera de Dios y de la Vida desde el comienzo de los tiempos, todo un pedigrí, un título de nobleza que hasta los anarquistas, los héroes, las pulgas, la locura -otro honorable huésped: La Locura- respetan o acaso deberían respetar-); así que Lo agarró de las muñecas y, levantándoLo, levemente, Lo apartó un paso y Lo depositó de nuevo con delicadeza. Luego ya era fácil: alzó el ordenador del suelo y lo colocó, derecho, sobre la cómoda; fue por el maletín, restituyó lo esparcido por el otro lado de la habitación y lo volvió a su sitio provisional; recogió el dinero esparcido por el suelo y lo reintrodujo en la cartera, que devolvió a su cajón; levantó del suelo las botellas de agua; recogió cables, llaves… ¿Qué más? Nada. Ahora estaba la cuestión del cadáver, que pesaba y se volvería rígido, y luego blando, y olería.
Se fue vistiendo para enfrentar el problema de un modo correcto. Volvió a mirar por la ventana: ningún movimiento, ninguna sombra. Tenía cierta aprensión de que hubiera alguna compañera suya por allí buscando clientes (de que, envidiosa, la hubiera estado mirando cuando entraba), pues de las palabras de la mujer se podía desprender que eran más de una las putas ilegales que trataban de trabajar por la zona y a las que no dejaban hacerlo las autoridades hosteleras o proxenetas de aquella área de descanso, tal vez la tan nombrada y mismísima Flor, si es que existía.
Concebía perfectamente hasta dónde llegaban las obligaciones que tenía con su propia vida, con su propia familia; estaba además en una delicada coyuntura laboral… Y por todo ello, que él supiera entonces, descartó una llamada inmediata a la policía. Ya habría tiempo. Por otro lado, al fin y al cabo tenía muchas posibilidades de quedar impune siempre y cuando aquello no hubiera ocurrido. Ya no podía hacerse nada por ella. ¿Qué se ganaría?, ¿quién le agradecería desperdiciar su vida echándola a perder por audiencias e instituciones, por calabozos y despachos, por abogados, funcionarios de prisiones y presencias venidas desde África? No ignoraba lo dudoso (entre discutible y vil) y lo poco original de esta composición de lugar; era un tipo de razonamiento de lo más común y previsible en semejante trance, diríase un clásico delincuencial o de psicología criminal. Y además, según reconocía él mismo, un clásico del cine negro que el mundo moral de la cinematografía hacía fracasar siempre, mas únicamente porque si no, no había relato. Pero él no era un relato. Es más, la narración de su vida, tal como la conocía y había venido construyendo, dejaría de poder contarse si hacía una estupidez innecesaria -acaso, sí, moralmente heroica o solo decente- debido a un sentimiento o a un poderoso cóctel de varios de ellos. Por todo esto decidió que seguiría las imaginarias instrucciones salvadoras del ordenador (el orden de y para la impunidad), y que sus actos no se saldrían ni una coma de esta línea de razonamiento autoindulgente y práctico, con un alto nivel de riesgo pero también con un gran premio, como una apuesta de black jack.
Siempre había considerado la autocrítica un valor que contribuía a la eficiencia y la eficacia, o sea, al éxito; pero esta vez no era así, esta vez la rechazó con determinación responsable y definitiva, como se aparta a un niño sensible, escrupuloso y honrado de la visión de algo, de un tributo, que ha exigido la vida comunitaria o la sabiduría de la tradición, sin hacerle daño pero con decisión.
Ahora bien, existía otra línea de pensamiento posible, la justiciera: había que apurar y agotar la responsabilidad -sí, se dio cuenta de que se repetía la palabra: “responsable”, “responsabilidad”, en las dos lecturas de los hechos, en las dos vertientes diametralmente opuestas del tejado a dos aguas de la causalidad, en dos líneas distintas de actuación; intuía lo que esto significaba, pero no, no tenía respuesta para la cuestión implícita en el contradictorio doblete: ¿tenía sentido hablar de responsabilidad en ambos casos… en el caso de la línea de pensamiento exculpatoria y que buscaba la impunidad tanto como en el de la versión justiciera de la moral más clásica que prohíbe matar y lo considera un pecado o un delito?, ¿acaso no se anulaban como cargas opuestas?, ¿no sería tal concepto: R-E-S-P-O-N-S-A-B-I-L-I-D-A-D una burda herramienta de los individuos para justificar cualquier cosa y seguir siendo felices a toda costa? Todo esto era muy vulgar. Además recordó que no debía hacer autocrítica y volvió al asunto urgente: había asesinado a una mujer y su cuerpo estaba ante él, en su mismo cuarto.
Pero no era tan fácil: había que colmar, decía la línea de pensamiento justiciera, el cumplimiento de la responsabilidad personal porque es el único camino para el restablecimiento del equilibrio, para recobrar o alcanzar la reintegración al seno de la comunidad, la salvación o el perdón. No se trataba de autocrítica. Estaba especulando. “Estoy especulando”, pensaba viendo el cuerpo. Inmóviles los dos.
Pero no podía soslayar la cuestión: ¿Cuál era la ‘salvación personal’ que se esperaba de él?
De pronto, se dio cuenta de que él no estaba pensando nada de esto, de que en realidad estaba a partes iguales paralizado por el miedo y excogitando a toda máquina el camino más expedito a la absoluta impunidad, al olvido y a la autojustificación para el olvido. ¿Quién pensaba entonces todo eso por él?
Como este discurso bobo transcurría en su propia cabeza (la única que lo sabía), el hecho de que hubiera estado dispuesto a descargar un segundo golpe mortal, la voluntad de asesinar, le hacía ante sí mismo responsable doloso (¡la palabra otra vez!) de esa muerte, victimario totalmente advertido y culpable, ejecutor malvado, pecador execrable, abominación del resto de los hombres. “Quede esto aquí”, pensó agotado.
Y finalmente estaba el sistema penal: Es feo eso de ser asesino de putas (por la espalda, luego no cabía alegar temor por la propia vida, o sea, legítima defensa; había ocurrido solo por impedir la huida de un ladrón, o eso tendría que decir él, lo cual no era tampoco muy airoso, aunque no hubiera habido intención de matar; a no ser que ella, durante el forcejeo, se golpease sola, cayendo hacia atrás, contra el borde de la cómoda…); no era nada bonito esto tampoco, no, eso era bien cierto, pero no habría intentado ocultarlo (en tal supuesto), sino que habría manifestado arrepentimiento (o cuando menos dolor o reconocimiento del hecho… “solo tiré del portátil para que no se lo llevase, y se le escurrió y… se dio con aquel borde que…”) o compasión al llamar de inmediato a la policía; poseía además un testigo que le mostraría ante el juez rechazando la misma oferta unos minutos antes, tenía un expediente impoluto (tal vez el de ella no lo estuviera tanto, ni su sangre tampoco), se trataba de un arma de oportunidad… o ni siquiera eso. Pero, ¿por qué le abrí? Fácil: llamó y yo pensé que era la camarera/prostituta que volvía por algo. No tenía por qué no abrir, pues nada temía. Luego estaba la cuestión de la navaja: podía aparecer por allí, constituir un arma intimidatoria. Habría que hacer desaparecer la cuerda y confiar en la verosimilitud y sencillez de la narración… (¿por qué robar?; era puta, no atracadora. Por la negativa, por desesperación, por confiar en que él no se atrevería a denunciarla para proteger su vida doméstica, quizá por las drogas, por su abuso o carencia, o por locura…).
Por ahí nada que añadir tampoco, solo había que hacer una elección (ya creía haberla hecho); pero ¿qué decir de eso de que estaba decidido a golpear de nuevo “si se veía obligado”, o sea, si ella lo obligaba viviendo? ¿Qué decir de que estuviese dispuesto a descargar un segundo golpe, y dispuesto “como nunca lo había estado”?; ¿“como nunca lo había estado”? ¿Qué significaba esto? ¿En qué otra ocasión había tenido propensión a ejercer una violencia extrema? ¿Se había sentido tentado alguna vez…? ¿Quién había puesto esas palabras en su cabeza? Y eso de ‘si se veía obligado’… ¡qué horror! ¡Y aún había que agradecer que estuviese efectivamente muerta y no fuera “necesario” golpearla de nuevo! Ambas afirmaciones distorsionaban su figura, deformaban su rostro. Iba a ocultar el crimen o accidente, eso ya estaba claro, había hecho su elección; pero nunca, en su vida anterior, había declinado la ocasión (pues no la había tenido) de actuar con fuerza mortal; o sea, que nunca la vida le había puesto en la tesitura de tener que rechazar un impulso asesino o violento, un impulso que, desde luego, no reconocía como suyo, como afín o frecuente o conocido de su conciencia, y menos aún esa tendencia, por lo menos retórica (de la retórica exculpatoria que tal vez fuese propia de la mente en su avatar más criminal), a hacer a la víctima culpable de serlo y solo, cruel y precisamente, por serlo (“me atacó, señoría… yo solo tiré del móvil para impedir que me lo robara y ella se soltó… parecía como loca”). La sombra apenas sugerida de esta culpabilidad de la víctima podía servirle como un vergonzante testigo de descargo que, en la sala de vistas, se cubre la cara con un velo, o sea, como puntal oculto de su defensa legal en el caso improbable de que optase por la línea de pensamiento y acción que había denominado penal. En tal caso tendría su lugar en una estrategia narrativa exculpatoria, un lugar y una funcionalidad decididamente externas a él mismo, pues de ningún modo podría corresponder nunca a su pensamiento espontáneo (creía estar seguro de no ser un cínico, ni siquiera cínico de ocasión) porque él, consigo mismo, de piel para dentro, no trataba de ocultarse los hechos o tergiversarlos para defenderse de la propia conciencia. Es decir, que lo de “como nunca lo había estado” y lo de “si se veía obligado”, no los reconocía como pensamientos propios, como oraciones elaboradas por su propia gramática reflexiva o verbal. ¿De quién entonces? De pronto, junto a la aprensión de no estar solo, de estar quizá siendo observado, asomó el absurdo de esa misma sensación: ¿cómo iba a tener esa o parecida percepción? Estaba nervioso, y corría peligro de convertirse en su peor enemigo. ¿Era tal vez el miedo el compañero indeseable que le provocaba aquella sensación, nueva para él, de bucle torpe? Todo estaba yendo bastante bien (¡atención!: ¿quién había pensado esto, él o el otro, el frío y amenazante otro?), así que no podía permitirse especulaciones inoportunas de aquel visitante. “Visitante”; aquella noche iba de visitantes, de huéspedes en nuestra vida, de aquellos organismos externos a los que servimos de anfitrión. Se calzó.
Por la ventana no se veía nada diferente de la otra vez. Si se había decidido por la impunidad, debía sacar los restos cuanto antes de su habitación. Le quedaban algunas horas de discreción nocturna antes de que mover aquel cuerpo sin correr serio riesgo de ser visto fuera imposible. Salió al exterior: hacia la derecha no tenía sentido; ¿dónde ir con el bulto arrastrando por el pasillo arriba?, ¿hasta la recepción iluminada, como en una película de terror o un drama sangriento? Ni siquiera de frente era hacedero, a no ser que metiera el cadáver en su coche (total, unos metros a campo abierto y la tendría alojada en el maletero). Pero aquella poca era mucha distancia bajo la alta luz de los focos del aparcamiento vacío, plenamente visible desde el zaguán del motel o desde el restaurante y club de enfrente, si es que a alguien despierto (portero de noche, puta o Flor) le daba por mirar. Hacia la izquierda quedaba poco corredor (en más densa penumbra cuanto más cerca de la pared) hasta una breve escalinata y la oscuridad del bosque. Recordó entonces que cuando maniobraba para aparcar, los faros de su automóvil, además de iluminar perspectivas de columnario hacia el fondo del bosque, habían descubierto una caseta, un cobertizo o cabaña diminuta, que ahora era invisible, a unos quince metros en el interior de los árboles. Sacar el cuerpo por ese lado era más discreto, fácil y rápido. Siempre y cuando le fuera posible ocultar el cuerpo y no simplemente dejarlo tirado. Sería una falta de respeto (pues era ‘dejarLo tirado’) y una imprudencia. Explorar esa posibilidad, además, no le llevaría más de cinco minutos (yendo él solo. Y si alguien lo veía, ¿qué iba a pensar?, ¿que era un insomne curioso, un fumador avergonzado o expulsado, alguien que hace tiempo?); con que miró por última vez por la ventana, cogió la llave, abrió la puerta (que chocó contra el cadáver, blando y pesado) y salió con aparente despreocupación pero lo más pegado posible a la pared, a la parte interior del corredor: solo los pies quedaban parcialmente iluminados por la luz blanca de uno de los focos del aparcamiento. Caminó los pasos que le quedaban (tratando de no hacer el menor ruido y de oír en cambio cualquier sonido, propio o ajeno), bajó los tres escalones y se refugió, sin parecer que lo hacía, tras el muro que cierra el motel. Cuando sus ojos se acostumbraron a las tinieblas arbóreas, vio un fantasma blanco, cuadrado, luciendo una leve fosforescencia, y que parecía gravitar, esperándolo, encarándolo como una puerta entre los troncos negros. Antes de comprender qué era, recordó una impresión parecida en su infancia, y del fondo de la edad le invadió la misma sensación de horror y maravilla. Con diez años, la luminosidad que brota del agua calda de una terma puede ser algo inexplicable. Se había escapado de su habitación en el balneario (diferente de aquel otro que visitaría en compañía de Elena muchos años más tarde), donde había acudido con sus tíos y su primo para ver de que se aliviasen los dolores de su pobre tía Feli, y al ver el pasadizo de los aljibes abierto se había aventurado hasta desembocar en la gran terma, iluminada desde el fondo por potentes lámparas ambarinas. Alguien salía del agua entonces, y la visión lenta de su figura desnuda de delfín se imprimió en su memoria con brillos indelebles. Eso había sido todo, pero había sido suficiente para recordarle la existencia de un submundo blando, cálido y acuoso del que en cualquier momento podía emerger la perversidad en forma de belleza. Caminó hacia la caseta tratando de no tropezar ni mancharse. Si el chamizo era visible, también lo era él desde el corredor a su espalda. Avanzó decidido hasta doblar la construcción y situarse en la cara oculta, que era donde estaba la puerta. El cobertizo tenía el tamaño y la forma de una caravana alargada, era de obra, enlucido de yeso y con la puerta de hierro cerrada con un pasador: estaba duro pero sin cerrojo. Empujó un poco la puerta con el hombro para que el pasador no chirriase a descorrerse. Cuando lo hubo hecho, fue abriendo la puerta lentamente hasta que el interior se manifestó de un negro aterciopelado y absoluto, denso y opaco; frío. Podía ser hasta un pozo, aunque no recibía ningún eco ni sensación alguna de humedad. Pensó en la linterna del bolso de la mujer, pensó en regresar por ella. Finalmente entró y cerró tras él lenta y completamente. Había que intentarlo: alargó primero la mano izquierda hacia atrás hasta alcanzar el marco de la puerta y palpó en busca de un posible interruptor. La pared era rugosa y parecía desmoronarse al tacto. Los dedos la notaban muy fría. Estaría sin duda horriblemente sucia y llena de microanimales nocturnos a los que su irrupción táctil no gustaría. Pero no encontró lo que buscaba. Amplió la búsqueda: primero aumentando el radio del abanico palpado en la pared (más suciedad, más frío, más imaginados bichejos), después avanzando un pie tímido y lanzando las manos adelante y arriba, buscando un cable que colgase con un interruptor de perilla (tocó los eslabones tegumentosos de una gran cadena que sonaron allí y en otro lugar –roñoso, alto- a donde fue a parar el efecto del movimiento), pero seguía sin encontrar lo que buscaba. Avanzó un poco más: el piso no estaba solado ni lleno de ramas, parecía tierra suelta. Arrastró un par de pasos en un frío terrible, sin asideros, a punto de perder el sentido de la orientación y del espacio, las manos siempre por delante. Por fin, las puntas de sus dedos de la mano derecha tocaron lo que resultó ser uno de los ángulos y soporte de una estantería metálica. Siguió el perfil de una de las bandejas hasta el tabique y allí tocó de nuevo. Junto al ángulo de la pared había una caja fijada al yeso de la que salía un grueso tubo de plástico rizado hacia arriba. Levantó la tapa y presionó el interruptor. Se hizo la luz.
Había temido que fuera demasiado intensa, y unos recién estrenados reflejos delictivos le hicieron mirar enseguida hacia atrás (la puerta parecía bien cerrada, sin rendijas delatoras) y hacia las paredes (tampoco parecía haber ventanas). Cuando los ojos se acostumbraron, resultó ser solo un fluorescente doble pegado al techo. La cadena pertenecía a una especie de cabria con raíles que había a gran altura: en algún momento, aquel artilugio había levantado motores. Ahora, el lugar se había convertido en un mero almacén trastero. Todo el lado derecho era estantería metálica hasta el techo mismo; en la pared izquierda se apoyaban todo tipo de aperos, herramientas, útiles (enseguida vio las palas en el piso y supo lo que haría) y piezas grandes de coche. Distinguió hasta lo que debía de ser una moto vieja al fondo, cubierta con una lona de color gris amarronado, como lo era todo allí dentro. El suelo era de tierra pisada hasta llegar al final, donde, justo delante de la motocicleta, había unas conducciones de agua o gas, o ambas cosas (codos de tubo, manivelas redondas y de manilla, tuercas rojas, arandelas verdes, números pintados en el metal) que salían y entraban otra vez en el suelo como raíces. Aquellos tubos tendrían que ser de algo, quizá un depósito de gas o de agua potable; tal vez no podría abrir un hoyo lo suficientemente grande allí dentro, tal vez a pocos centímetros de la superficie topase con el metal. En averiguarlo tardaría bien poco. No movería el cuerpo hasta que tuviera el hueco preparado, así ahorraría sorpresas y ese detalle sórdido de estar cavando de noche junto a un cadáver.
Eligió el lugar: la esquina del cobertizo según se entra a la izquierda, y se puso a excavar. El aire dentro se fue caldeando con el calor que desprendía su esfuerzo. Comenzó a sudar y se quitó la camisa. Paró de pronto, asustado, mirándose las manos. No estaban dañadas, solo rojas, pero buscó entre las cajas un trapo con que protegerlas, no por coquetería o extremo cuidado de su persona, sino por no infligirse señales que delataran aquel esfuerzo; al fin y al cabo, tendría que pasarse a pagar en la recepción, tendría que seguir trabajando y dando la mano a sus clientes.
No encontró obstáculos hasta haber ahondado como un metro. Entonces temió haber dado con el depósito, pero solo eran piedras, algunas del tamaño de sandías, una del de un torso humano que le costó sacar. Había que desincrustarlas. Las quitó como pudo, manchándose, arañándose pese a los trapos las palmas de las manos. Se rompió una uña. Había sido prácticamente inevitable, pero se enfadó consigo mismo. Era la clase de torpezas menores que no se perdonaba.
Cuando ya se había causado, por tanto, ciertos desperfectos, levantando la mirada desde el fondo del hoyo casi acabado (¿para qué ir más lejos? Tenía ya casi la profundidad de su altura), desde la profundidad de los pulmones jadeantes vio allá arriba el cabrestante, que le observaba oscilante e irónico desde el techo.
Se aupó a la superficie, de pronto urgente, furioso a su pesar, se limpió un poco, se puso la camisa, apagó la luz y salió al fresco exterior. Todo seguía igual. El negro bosque tenía una respiración húmeda y continua que parecía ir a echársele encima y le hacía pensar en el mar. Llegó al edificio en un escalofrío. Se sacudió lo que pudo del polvo tras la última pared y al subir la escalinata ya parecía otra vez tranquilo, casual, salvo por la cara brillante y los zapatos sucios. Alcanzó sin dificultad la puerta y la traspuso empujando el cuerpo. No lo miró, fue derecho al paquete de tabaco de la muerta (él lo había dejado hacía unos tres años). Lo encendió, aspiró e instantáneamente tuvo un acceso de tos y un apremio intestinal.
Sentado en el retrete, fumando en la oscuridad, no veía su ropa sucia pero se notaba toda la piel pegajosa y fría como de sapo.
No necesitaba mirar el reloj para saber que era muy tarde, o pronto ya, según desde qué día se mirase. Quedaba lo más comprometido, que era también lo único verdaderamente significante (por detrás, y a gran distancia, claro, del propio homicidio), y lo que exigía un nuevo y un tanto impúdico trato con el cuerpo muerto que había sido una mujer. Tras de mucho pensar en el modo de trasladarlo, la mejor manera que se le ocurría era sobre el hombro, como una alfombra o un saco. Aun así, lo primero que hizo al salir del cuarto de baño fue, tirando del cuerpo, que le resultó pesadísimo, subirlo a la cama y dejarlo tumbado boca arriba. No le miraba a la cara, pero sabía que tenía los párpados entornados, los labios un poco abiertos, como si fuera una borracha o una drogadicta que sintiera estar siendo manipulada pero no pudiera hacer nada. Le abrió las piernas (otra vez aquello que sin duda sería blanco y tras ello lo negro y lo rojo), se sentó en el borde de la cama, entre sus rodillas, dándole la espalda, tomó sus muñecas y, no sin dificultad, se echó el cuerpo sobre el lomo. La única manera de poder sujetarlo era encajando las axilas de la difunta en sus hombros. A tirones adoptó esta postura y se puso en pie; al auparla tanto sobre sí, la cara de la mujer se había instalado cómodamente en su hombro. De pronto entró en frío contacto con aquella barbilla fina, con los labios pulposos, con la helada mejilla blanda. La nariz ancha y gélida chocaba contra su cuello, su pelo, su oreja, su mejilla, y le llegaba un olor muy fuerte, que no sabía bien si era el que impregnaba la piel y la ropa de la mujer ya antes de morir o se trataba ya de los primeros compases de la sinfonía del hedor que empezaba a fermentar en su estómago, en sus pulmones, en sus intestinos, y a salir por su boca entreabierta, tan cerca del lóbulo de su oreja, tan próxima a su oído como en una última confidencia que se burbujea con la salivilla del final, la última voluntad post mortem, una hedionda petición póstuma que dentro de pocas horas no sería ya un susurro a su oído y a su nariz, sino un ebrio alarido de putrefacción que alcanzaría el olfato de todas las bestezuelas carroñeras de aquel lado del bosque; si no se daba prisa. Solo dio dos pasos y la soltó de nuevo sobre la cama. Se dijo que era inestable, que le rozaban las punteras por el suelo y luego lo harían por el bosque, señalando un rastro que él tendría que hacer desaparecer, que era mejor la primera idea: sobre el hombro; así que la sentó como pudo, inclinó el espinazo reverente ante ella, de frente, y la alojó sobre el hombro y la clavícula izquierdos, el lado de la pared. Era plomo. Tenía que haber comprobado el exterior antes de cargarla, pero ya era tarde. Abrió, echó un vistazo para asegurarse de que todo seguía igual y salió sin ruido. Antes de llegar siquiera a la escalerilla, el peso se le hizo insoportable. Era una mujer grande. Había sido una mujer grande y bien alimentada. Al bajar rabiando la escalera podía haber descansado un poco apoyándola en la pared, pero habría terminado escurriéndosele al suelo, y no quería dejarla caer, luego tendría que arrastrarla. Así que siguió caminando, bamboleándose hasta dar la vuelta al cobertizo. Había dejado el portón sin pasador, pero no le fue posible sujetarla por más tiempo, y primero la apoyó en el muro y después la fue dejando caer hasta el suelo. Jadeó un momento con el bosque, y eso le hizo sentirse acompañado. Ya repuesto, abrió la puerta y solo tuvo que empujar un poco el cadáver para que embocara la cabaña, pero moverlo ahora era más difícil. Tiró de una muñeca y así, del brazo, entraron juntos (él primero, halando, urgido amante joven, ella luego, arrastrada como una novia remisa que solicita de la fuerza, de la ansiedad de él para dejarse convencer de ingresar a la morada en que aguarda la yacija donde pernoctará, si todo sale bien, con su hombre amado), y cruzaron el umbral de la estancia de terciopelo negro que él había elegido para ella. No lo veía (la puerta estaba abierta, parte del cuerpo aún fuera, no podía encender la luz hasta que la hubiera depositado dentro completamente), pero sabía que el borde del hoyo estaba allí mismo. Se detuvo antes de dar los últimos tirones. No profesaba, ni siquiera nominalmente, ninguna religión, ni era supersticioso. No obstante, una forma de piedad mínima le impidió arrojarla sin más al pozo. Aquel enterramiento, aunque fuera culposo, clandestino, no era (quiso pensar él) el último capítulo de un crimen, de una infamia, de un insulto; aun así, no se atrevía a encender la luz hasta que la hubiera arrojado dentro. Tontamente, le deseó un buen viaje y, aunque sabía que ya era muy tarde, trató de cerrarle los párpados. La cara estaba fría, o simplemente fresca, fresquita. Tocó la córnea, fue consciente de que estaba tocando con la mano sucia la cornea seca y tuvo una violenta arcada seca. Tuvo el anuncio de otra aún más dolorosa y, con el tiempo justo, por encima del cadáver (clavándole la rodilla), y a pique de caer en el hoyo, vertió el contenido del estómago en la tumba con ruido repugnante. Sufrió otras tres, todas muy escandalosas, que parecían querer partirle el pecho. Allá fue la cena. Se incorporó y retrocedió hasta la pared, se limpió la boca. Un olor nauseabundo se difundió por la covacha. Tenía que encender la luz. Lo primero que hizo fue tirar del cuerpo un poco más hacia dentro para poder cerrar la puerta. Cuando hubo hecho las dos cosas, prendió la luz. Vio fugazmente el cuerpo (el brazo izquierdo levantado por encima de la cabeza, la boca entreabierta, la blusa descompuesta) estirado junto al recuadro abierto de la tumba. Recogió la pala del suelo y echó suficiente tierra para cubrir el vómito, pero el olor era más difícil de desalojar. Todo sería más penoso desde ese momento. Quiso darse prisa.
De pronto, cuando ya iba a empujarla, pensó (la anterior visión de la muerta le hizo pensar; quizá eran estas dos cosas las que quería evitar no encendiendo la luz: la visión y el pensar) que el mínimo homenaje que merecía el cuerpo de un ser humano al que se da sepulcro es un sudario. Eso sí era algo que podía hacer por ella. Se alegró de haber tenido aquella idea última, aquel recuerdo de ritos y de imágenes vistas. El cadáver estaba estirado al borde del hoyo, junto al montículo de tierra removida y las piedras. La mayoría de las estanterías, unas treinta, tenían las grandes baldas descubiertas, llenas de botes y piezas mecánicas herrumbrosas y trozos de cable y tubos y herramientas, uniformizado todo por una capa ocre de polvo terroso. Tres tenían por cima una lona. Buscó por rincones y cajas otras lonas guardadas o dobladas, pero solo estaban aquellas tres. Al tocar una de ellas, a la altura de su cabeza, la notó rígida, con el polvo encostrado. Desde luego era un riesgo tomar aquello y que alguien llegara a echarlo en falta y pudiera atar cabos; pero, dado el grosor de la costra y el grado de petrificación de las arrugas de la lona, era bastante improbable. Aun así, eligió la más apartada y menos visible. Estaba abajo, en la última balda de la última estantería, casi invisible tras el alto nudo de tubos y manivelas que había que sortear para encontrarse con un estrecho acceso entorpecido de sarmientos de acero retorcidos y por una fronda de latiguillos y cánulas y bordes puntiagudos y cables que hacía más dificultoso aún el angosto pasillo entre los tubos y la motocicleta. A la lona se accedía, además, apartando una perdiz con huevos disecada y una pulida llana de albañil. Al tirar de ella, cayeron al suelo unos cuadernos y una caja de galletas metálica. Los devolvió de donde habían caído y regresó con la rígida tela junto al cuerpo.
Le costó doblegar la lona, que tenía que desplegar para que diese suficiente de sí, al menos para la parte superior del cuerpo. Le bajó el brazo, se lo acomodó al costado. Puso el sudario junto al cuerpo. Sí, necesitaba de una cuerda. Se acordó del tendedero pero su recuerdo solo le hizo agobiarse más debido al tiempo transcurrido (en verdad, sentía que llevaba una eternidad conduciendo aquella situación, enfrentándose a ella). Buscó la cuerda y encontró un alambre largo enrollado. Le pareció bien. Rodó el cuerpo sobre la lona: si tapaba la cabeza los pies quedaban al descubierto. Pero esa fue la opción. Además, las piernas, hasta casi la rodilla, venían protegidas con las botas. Era más importante la cabeza. Sujetó el tejido habiéndole dado vuelta y media, pasó el cabo del alambre bajo la cabeza y lo ató al mismo alambre que salía por este lado doblándolo hasta hacer una pequeña trenza rígida alrededor del cuello. Tirando hacia acá del cable y abriendo unos grados el arco con función de abrazadera, pasó el lío de alambre no sin fatigas por debajo del cuerpo y lo sacó a la altura de bíceps por el lado de allá. Pasó la rosca de cable por debajo del mismo alambre en la zona del pecho y tiró en sentido contrario por arriba, así tensó la primera vuelta del cable y sujetó el cordón (que quedó cruzado sobre el esternón) para pasarlo, por el otro lado, nuevamente bajo el cadáver, y sacarlo por la parte de acá, por el costado, y haciendo la misma operación tensar la vuelta de cable anterior sobre el abdomen y tirar hacia él antes de pasarlo bajo el cuerpo de nuevo y sacarlo por el lado del hoyo para ejecutar el último giro de abrazadera a mitad de los muslos. Entonces su hijo le llamó.
“¿Papá, estás ahí?”
Aun sabiendo (“Papá, soy Jorge.”) que sólo se trataba de la grabación de llamada entrante desde el teléfono de su hijo (“¡Cógelo, anda!”) se sobresaltó como si aquel estuviera tras la puerta y fuera a abrir de pronto y a verlo inclinado sobre el cuerpo sin vida de una puta negra al cual iba a dar tierra clandestina poco rato después de matarla. Recordó entonces haberla visto guardarse el móvil en la ingle. Tuvo que deshacer las últimas vueltas del alambre (“Oye, ¡que lo cojas!”) para poder abrir la lona lo suficiente como para abrir las piernas de la mujer y, metiendo la mano bajo la lona y la falda, entre las piernas, entre los muslos fríos (“¿Qué estás haciendo? ¡Date prisa!”), buscar el aparato. Tocó la tela fina, el abultamiento craso del monte de Venus, se raspó las yemas de los dedos con el pelo hirsuto, mal rasurado y fuerte, sin encontrarlo, aunque estaba allí (“Papá, ¿estás ahí?”), sonaba allí. Tuvo que inclinar la cabeza (“Papá, soy Jorge”) y mirar por debajo (por fin observaba lo que tanta curiosidad le había despertado -“¡Cógelo, anda!”-: lo negro y lo rojo bajo lo blanco, que era luminoso y morado ahora). El destello morado salía del valle entre las nalgas. Metió la mano, apartó la tela, metió con mayor fuerza todavía la mano entre la fría carne prieta y sacó el teléfono.
“¿Diga? ¿Hijo? ¿Qué pasa?”
“Eso digo yo, ¿qué pasa?” (Era la voz semidormida, enfadada, de su mujer)
“¿Elena? ¿Qué ha pasado?”
“¡Tú sabrás! Has sido tú quien ha llamado a las cuatro de la mañana; y luego vas y cuelgas. ¿Es una bromita o te pasa algo?” Tanta manipulación del cadáver había acabado pulsando –con el culo- las teclas oportunas; una puta muerta, como en una película barata, acababa de llamar a su mujer con las duras nalgas trotacalles, o ya duras quizá de rigor mortis. La voz de su mujer no sabía si debía indignarse o preocuparse.
“Perdona. Me he dormido con el teléfono en la cama y al moverme lo debo de haber presionado. ¿He despertado al chico también?”
“A medias. Lo tenía cargando en la entrada y he venido corriendo. Creo que se ha revuelto un poco, pero no dice nada. ¿De verdad que estás bien?”
“¡Sí, si! Lo siento, he tomado algo de alcohol y me he quedado dormido sin darme cuenta. Vuelve a dormir. Perdona.”
“No te duermas vestido, ¿eh?”
“Descuida. Buenas noches.”
“Hasta mañana.”
Se quedó allí sentado, mirando el móvil cerrado como si viese en él el anuncio de lo que había estado a punto de ocurrir: en una novela más barata todavía que en la de la llamada, la mujer, antes de morir, habría preparado su venganza; y cuando encontrasen el cadáver, cosa que quizá ocurriese en un futuro lejano, aquel llevaría, metido entre las nalgas, el teléfono que había sido propiedad de su asesino. Ya imaginaba la escena: ‘¿No acababa de rechazar a la chica del club? ¿Por qué aceptó la compañía de la otra?’ ‘No, no; es que abrí la puerta y, en un descuido, debió de cogerlo de encima de la mesa.’ ‘¿Y no se dio cuenta?’ ‘Por la mañana. Pensé que lo había perdido.’ ‘¿Dónde? ¿No hizo una llamada aquella noche con ese teléfono? Debía de estar en la habitación, por allí, en algún lugar. Pero usted se fue de allí sin él y sin siquiera dejarlo dicho en recepción.’ ‘Era solo un móvil.’ ‘Con sus teléfonos, su agenda… No era solo un móvil. Tal vez le daba vergüenza decir en recepción: Oiga, una puta negra que entró en mi habitación me ha robado el teléfono móvil, por si llegaba a oídos de su mujer, o por si se ofendían por no haber aceptado a su chica. Eso sería más creíble, pero que lo dejó sin más… Piénselo y cambie su declaración, diga la verdad.’ Así sería la escena, o podría ser.
Permanecía sentado, pensando. Había estado a punto de dar sepultura a su único cadáver con su teléfono celular metido entre los cachetes del culo. Su único cadáver, su único homicidio, su único bache en una vida de trabajo, de tiempo laborioso, sin excesos, sin grandes alegrías salvo las de la infancia perdida, sin grandes emociones salvo las de la perdida infancia. Un homicidio más del azar que suyo; pero que le había tocado a él, como él le había tocado a ella. Mala suerte. Dos decisiones erróneas y mala suerte, mala combinación. Sería una ilegal. ¿Cuánto tiempo llevaría en España? Habría sido una niña en algún lugar de África, con barro rojo, calor, moscas, adultos sin futuro que, salvo su madre, si la había conocido, la mirarían con indiferencia, aprensión o codicia. Juegos miserables con muñecas que no lo parecen, ver cosas horribles, acostumbrarse a verlas, tener por amigo un mono, una cucaracha o una rata y mirar al pobre animal ansiando decirle algo, lo asustada que estás, que quieres ser como ella para no vivir con los hombres, o algo más vago y que se fue desvaneciendo a medida que fue pasando el tiempo y que se acumulaban cosas horrorosas como costumbres, deseos feroces, aburrimientos calcinantes. Y entonces, tal vez, la ablación, las violaciones, los desprecios, la decisión absurdamente ingenua, el viaje y de pronto estás delante de un sujeto que te regatea diez euros por humillarte, que te despreciará mientras te mancha y querrá perderte de vista enseguida, un individuo que posee su destino, un tipo con su propia vida y sus cosas, todas al margen de tu horror. Y así uno tras otro infinitos.
Estaba sentado, delante del cuerpo desatado, y sabía que no debía imaginar ni pensar nada de eso, sino comportarse de modo práctico. Al menos aquella vez en la vida. Sobre todo aquella vez. Ya tendría tiempo de sentirse culpable, o no, de arrepentirse, o no hacerlo, de tener que quitárselo de la cabeza, o tener que traerlo en ocasiones para no olvidarlo nunca, para estar prevenido frente al Desastre, que aprovecha el más mínimo error, la desatención más fugar: soltar la mano de un niño, distraerse conduciendo, pisar mal, hablar de más… para arrojar contra ti a sus perros de la muerte, de la enfermedad, del fracaso, de la desgracia. No dejarle cauce a la desgracia, cortarle el agua, no dejarla respirar, sofocarla de atenciones, mantenerla a raya con vigilancia. La pobre negra era la prueba y la víctima. Esta vez tenía que reconocer que la destrucción había caído del otro lado, y ella había pagado caro su error, pero podía haber caído del suyo con solo que la desdicha hubiera entrado en el cuarto con otro pie, con solo que él hubiera intentado llamar a la policía (no pudo, en esta ocasión, con su móvil, ya lo tenía ella metido entre las nalgas; y el teléfono de la habitación siempre había estado del lado de ella, a su vera, inalcanzable, colaborador necesario aunque pasivo en su infortunio, cerca de quien quería perder); con solo que se hubiera llevado el teléfono, el móvil o el fijo, a la oreja y ella lo hubiera golpeado a él en el occipucio con el cenicero, o con el canto del ordenador que ya tenía en las manos, y él hubiera muerto en el acto. ¿Qué habría hecho ella? Seguro que se habría ido sin más para no volver, no se vería en aquella situación tan rocambolesca, que viene de Rocambole o Rocambolé, con acento, o algo así, un personaje de folletín que, según su difunto padre, se metía en líos complicadísimos, extraordinarios y difíciles de creer; según eso, aquellas eran circunstancias dignas de él, y mucho menos de un vendedor de productos químicos. Allí quería ver a Rocambolé.
De pronto se hizo un vacío en su cabeza, volvió a ver delante de sí el despojo muerto y sin premeditarlo, puso las plantas de los pies en el costado del cadáver y lo empujó. Lo oyó caer con ruido sordo. Solo entonces guardó el teléfono, se puso en pie y empuñó la pala.
Trabajó deprisa. Fue dejando las piedras para casi el final, para endurecer un poco la tierra y dar sensación de que aquella tierra no había sido excavada ni removida. También, cuando ya consideró que ello no ofendía al cuerpo, se metió en el hoyo a medio rellenar y apisonó la tierra para compactarla con el fin de que no le sobrase mucha, y para que la de más abajo no se fuese asentando sin su control y terminase hundiéndose y revelando después el enterramiento. O más bien para que no se terminase hundiendo demasiado pronto, o revelándose enseguida; pues de que se llegaría a descubrir no se cabía ninguna duda, por eso debía esforzarse para que eso no ocurriese nunca, aunque eso constituyese una contradicción. Confiaba mucho en un trabajo bien hecho, pero nada en la suerte.
Cuando terminó, mientras dejaba el lugar como lo había encontrado, o casi (la pala limpia y en su sitio, el suelo nivelado e igual, el polvo como antes), tuvo que reconocer que si bien sentía todo lo ocurrido, cuando lo dejase atrás, y apenas ya entonces, no padecía aquella sensación de culpa que uno imaginaría si le contasen un suceso similar. Ciertamente, no le perseguiría el recuerdo, no le abrumaría, no le cortaría la respiración ni le delataría delante de otras personas, no le impediría dormir por las noches, no se soñaría enterrado vivo ni vería la cara de la muerta (por lo demás, de lo más vulgar en su raza) en los espejos. Y es que no habría corazón ni cabeza delatora. No se consideraba un hombre amoral ni un desalmado, pero ninguna de aquellas cosas ocurriría, o eso creía firmemente; quizá por la trabajada y prevista impunidad o por la moral de eficacia, la moral práctica que venía presidiendo sus acciones. Solo tendría que aclarar eso de que estuviese decidido a descargar un segundo golpe ‘como nunca lo había estado’ y ‘si se veía obligado’. Ya habría tiempo. Aunque, desde luego, ambos tópicos verbales o frases lapidarias le pegaban más a su generación que a la de ella. A la de ella, a la de la puta, de unos veinticinco años, le cuadraba más la sensación de irresponsabilidad por impunidad, que era lo que él sentía, y aquella impavidez de la moral utilitaria, a la carta, práctica, posmoderna. Aquello de sentirse movido a descargar un segundo golpe ‘como nunca lo había estado’, y que lo haría ‘si se veía obligado’ pertenecía al perfil del delincuente ocasional pero psicológicamente predispuesto (a veces personaje torturado) del cine negro clásico, un personaje inmerso en un mundo moral que, al haber sido interiorizado desde la infancia, le agrede desde dentro con eso que llaman culpa (o desdoblamiento o subconsciente) al haber pecado contra sus leyes. Nada de razones humanas u ocasionales o de la dura vida, únicamente morales o procedentes de su vicario laico, la ética ¿Y qué cine negro habría visto aquella tipa? En el mundo que había sido de aquella mujer no habría tantas contemplaciones ni tanta vana literatura. ¿Para qué vales? ¿Qué eres capaz de hacer? Hazlo. Y punto. O mejor: ¿Dónde han ido a parirte? Pues actúa en consecuencia. Puro determinismo con una pizca de la ley de la selva. Ahora a un tío ocurrente de la quinta de él le daría por pensar que le había intercambiado o robado el espíritu a la muerta, poco menos que estaba poseído por el alma de una puta de la generación de los móviles, los sueldos basura y las fulanas tiradas inmigrantes, y de ahí sacaría una novela de terror o angustia según la cual él empezaría, por donde le llevase su trabajo de viajante comercial, a hacer la calle disfrazado de furcia (con doble personalidad o no, desdoblado o no) y, suplantando la personalidad de la occisa, iría matando a todos los clientes porque en todos vería de pronto a su asesino (se vería a sí mismo: sería una forma de castigo y de culpa y de penitencia perversa, un bucle psicopático y sangriento). ¿Alcanzaría él a tocar a los puteros? ¿La llegarían a tocar ellos a ella/él? ¿Llegarían a…? ¿Adaptaría su personaje para hacerlo verosímil y convertirse en travestido viciosillo y fondón? Eso se le ocurriría a alguien de, como poco, cuarenta años y, como mucho, cincuenta; pero él solo quería volver a su cuarto, dormir y largarse dentro de unas horas.
Situado junto a la puerta miró que todo estuviese en su sitio (sin darse cuenta siquiera dijo, quedamente: “Hala, vámonos”), apagó la luz y abrió. De pronto, al girar hacia el hotel se sobresaltó. El aparcamiento estaba tomado por cuatro camiones enormes. Los habían dejado en batería con su coche, pero un poco más separados del porche y mirando hacia la carretera; una maniobra difícil. Delante de la última habitación, justo al lado de la suya, había tres tipos de pie, fumando y hablando bajo. Uno, vestido con un chaleco de esos de aventura, descendió los escalones, miró hacia el bosque (él se sabía totalmente protegido en la oscuridad, y aun así se estremeció un poco), se bajó la cremallera del pantalón y orinó largamente. De por entre las traseras de dos de los remolques salió un sujeto, otro de ellos, con una caja de cervezas sobre el hombro (cerveza caliente), seguido de la puta del club. Su llegada fue celebrada con gritos de júbilo que la mujer, muy atenta con los otros clientes de motel (atenta con él, único huésped), trató de refrenar chistándoles y mandándoles callar agitando las manos y llevándose un dedo a los labios. Habló un poco con ellos en el corredor (siendo sobada por unos y por otros sin que eso pareciera importarle ni distraerla del contenido de la conversación que sostenía a varias bandas) y entró en el cuarto con dos. Con dos. Los otros se sentaron en las breves escalinatas que daban hacia el bosque, abrieron dos cervezas y se pusieron a beber y charlar. Él regresó dentro y, sin ruido, cerró la puerta. No se veía nada; conocía el lugar, pero era incómodo, así que, a pesar de lo inconveniente que podía llegar a ser, encendió la luz. Tenía para, por lo menos, media hora, tirando muy por lo bajo, así que se dispuso a esperar.
No había nada para sentarse al lado de la puerta y por un sentimiento relacionado con el amor propio no quiso derrumbarse allí mismo, directamente en la tierra. Decidió buscarse un lugar cómodo y discreto para aguardar. Tras la última estantería, junto a los tubos, de donde había sacado la lona, había un hueco. Fue allí, y como tampoco había nada sobre lo que sentarse, sacó un par de cuadernos de los que había tirado antes, los colocó en el suelo de tierra y se sentó encima de ellos. Tenía el fluorescente arriba, casi en la vertical, y del nudo de cañerías brillantes o negras se difundía una casi imperceptible vibración que era un tercio temperatura baja, un tercio olor (tal vez emanado junto al frío) y un tercio ruidos diminutos que invitaban a no tocarla. Apoyado en la pared, estuvo un rato con las manos cruzadas sobre el pecho para no mancharse más, tratando de no pensar más en la muerte (comenzaban a invadirle emociones muy indiscretas, muy normales, muy desagradables).
Miró el reloj: solo habían pasado siete minutos; luego, aburrido, viendo los cuadernos, tomó uno y lo abrió. Era letra de niño, llena de tachaduras e irregularidades que a veces dificultaban la lectura. Leyó.
Yo estaba en el pueblo de mis padres con mi amigo Juan. Él había nacido sin un brazo. Era igual que todo el pueblo; algunos no tenían un trozo de oreja, o le faltaba alguna otra cosa de su cuerpo.
Entonces los niños que iban naciendo, nacían con todas las partes de su cuerpo, eso era muy extraño. Entonces Juan y yo fuimos a una montaña que era muy extraña porque nacían muchos árboles que eran muy altos y anchos, era como una selva, nosotros descubrimos una gran roca con forma de persona.
También descubrimos una fruta extraña que era muy dulce, pero te producía cortes en la cara; esos eran los efectos secundarios de la fruta. Al cabo de una hora vimos una casa abandonada que tenía muchas imperfecciones. Fuimos a ver cómo era por dentro y era muy extraño porque estaba encendida la chimenea y no había señal de alguien que viviera ahí. Entonces salimos y vimos a un perro con seis patas y tres ojos, y era muy extraño, porque nos tenía miedo. Entonces el perro huyó, y nosotros seguimos nuestro camino y nos encontramos con un pueblo pequeñísimo y había mucha gente pequeña. Al final todo quedó detrás por salirnos del bosque para irnos con nuestra familia.
El día siguiente Juan vino con dos amigos suyos que les faltaba una pierna a cada uno y fuimos a la casa donde el perro pero ya no se asustaba de nosotros y nos ladró y nos persiguió. Nos escapamos y nos perdimos en la selva hasta llegar al mar. Era muy extraño porque no se movía y era amarillo.
Cogimos una barca que había entre los cuatro, uno de cada lado, y la echamos al mar y llegamos a una isla. Nos gustaba mucho pero los amigos de Juan y Juan querían volver para que no les regañaran sus madres. Y cogieron la bici de la barca y se fueron. Fue muy raro que después de irse seguían allí. Decían que no sabían el camino. Y Juan y yo vimos que no les faltaba una pierna sino que la tenían escondida. La sacaron y no era humana. Nos hicimos amigos.
Entonces ya pudimos volver y los amigos nos llevaron en sus bicis, y al llegar a la roca con forma de persona Juan propuso ir al pueblo de la gente pequeña. Era muy extraño porque no se veía a nadie, solo una niña rubia que estaba atada a un árbol.
Le preguntamos por qué estaba atada. Por nada, dijo, unos ogros tienen secuestrada a la gente de mi pueblo y me han atado porque dicen que si no trabajo porque soy demasiado pequeña, me comerán para que sirva de algo. Y cuando estábamos intentando desatarla, llegaron los ogros. Y era muy raro que nos tenían miedo pero el perro no, así que tuvimos que salir corriendo. Luego volvimos y la niña rubia ya no estaba y había sangre. Se la habían comido. Nos asustamos mucho y nos fuimos.
Y les dijimos a nuestras familias que dos ogros se habían comido a una niña. ¿Y la niña era normal? ¿No le faltaba nada? No. Pues entonces no os preocupéis, nos dijeron nuestros padres, pero nosotros queríamos vengar a la niña.
Al día siguiente volvimos y nos propusimos buscar la cueva donde vivían los ogros para matarlos por haberse comido a la niña. Cada uno iba con su bici, e íbamos Juan, yo, y los otros dos amigos de Juan, Pedro y Anselmo, que tenían una pierna sobrehumana cada uno. Llegamos y vimos la sangre de la niña seca y seguimos un rastro de sangre que era muy extraño, porque se acababa en la calle y no había nada, ni cueva ni nada.
Nos escondimos a merendar y mientras merendábamos vimos que se abría la tierra y salían los dos ogros echando humo por la boca y el pelo. Se fueron al pueblo de la gente pequeña. Y mientras nosotros nos pusimos a explorar la cueva. Estaba llena de huesos de niña roídos y solo quedaban los huesos y el pelo rubio.
Entonces les oímos volver y nos escondimos detrás de una columna dentro de la cueva. Entraron echando humo. Olían a caca. Y el más grande llevaba colgada de la espalda una niña igual igual que la que se habían comido, colgando como una bolsa del mercado. La dejó en el suelo y estaba dormida.
Cuando despierte, dijo el ogro grande al pequeño, nos la comemos. ¿Y si nos descubren la gente pequeña? No pueden salvarla porque no pueden llegar hasta aquí. ¿Tienen protección de alguien? Hay uno en la Comisión del Pueblo que les enseña por dónde van los tiros para que no les den, pero aquí no pueden entrar. Estamos seguros. ¿Los jefes los van a engañar a todos? Hasta alcanzar La Cifra Secreta, y luego, si pueden, aguantan mientras preparan el puente. Sí, el puente subterráneo, dijo el ogro pequeño riendo y echando humo. Y dijo Como los pillen… Y el grande dijo muy enfadado Eres tonto, si les pillan nos pillan a todos, porque todos estamos dentro de la cueva. Tú también. O crees que te vas escapar, eh? ¿Qué te pasa?
Tranquilo, Toño, tranquilo, dijo el ogro pequeño echando más humo muy nervioso, que estamos todos dentro, pero esa Comisión puede ser un problema. Yo preferiría no estar solo. Entonces el otro se enfadó de verdad, se puso hinchado y verde y gritó Me cago en esto y en lo otro, Rodolfo, y era verdad que se cagaba porque olía muy mal. ¿No estaba hablado eso ya? dijo. Me estáis tocando mucho, y esto no es una broma dijo. Esto es lo que es. Y si se fastidia, lo pagarás caro ¿Qué? Lo que oyes, lo pagarás con tu vida. ¿Qué clase de ogro eres tú? Vale, dijo el otro agachando las orejas, pero es que era solo para sacar más dinero de los enanos. Ya no se puede hacer nada, dijo el grande, eso haberlo pensado antes, ahora mira este mapa del dinero y asegúrate de que está bien.
Y cuando se volvieron para ver el mapa, nosotros salimos para ir a avisar al pueblo de la gente pequeña, que eran enanos y eran esclavos de los ogros. Y se enfadaron mucho cuando supieron lo de las niñas rubias, y decidieron ir allí a matarlos y rescatar a la niña. Y los llevamos. Pero ya no había nadie en la cueva, ni siquiera el perro, y nos dijeron Nos habéis mentido, no volváis por aquí. Se fueron.
Y nos fuimos a casa, y al día siguiente volvimos a la cueva. Y fue muy extraño, porque encontramos a los dos ogros muertos, con sangre por el pelo, y uno de los ogros, el grande, estaba en el suelo, en un charco de sangre. El otro estaba sentado y echado para alante, encima de un carro que había en la cueva. Cogí una caja con el mapa y la Cifra y otras cosas y salimos de allí. Y nunca más volvimos. Fin.
No había más escrito durante varias hojas. Luego, encabezando un texto tan difícil de descifrar como el que había acabado de leer (le había recordado un poco la letra de su hijo; no la suya, hacía ya demasiado tiempo de su infancia), había un epígrafe rotulado con barroquismo infantil que rezaba: La fruta que te raja la cara. Pero ya no se animó a leerlo. Hizo un canuto con el cuaderno, sintiendo la flojera sentimental de la nostalgia sin saber por qué, y con él en la mano, alcanzó la caja de galletas. La abrió. Dentro se veía una cinta de casete negra, una navaja y una agenda de cuero con trabilla encima de unos papeles doblados. Al ir a tocar la agenda, algo rodó de un extremo a otro de la caja. Era un casquillo de bala, percutido, amarillo, que le recordó vagamente algo. Era la típica caja de tesoros infantil. Quizá faltaban la pluma, la cuerda, un calendario de bolsillo con chica, canicas, cosas así. Pero el casquillo era típico, tanto que él (recordaba ahora) había tenido uno colgando del cuello durante años, hasta que presumiblemente se lo tiró su madre. Lo curioso fue que en ese preciso momento tuvo la sensación inequívoca e instantánea de que le acababa de nacer no ya la nostalgia, sino el recuerdo mismo de aquel colgante, como si la visión del casquillo le hubiese dotado de una reminiscencia procedente de la biografía de otro sujeto o acabase de activar un implante de memoria ajena. Y eso, tan imposible como que hubiera, horas atrás, deseado descargar un segundo golpe en la pobre cabeza de la chica, le plantó una desconfianza irracional en el centro mismo del juicio, lo cual le pareció, de manera del todo incongruente, más auténtico, más suyo, más de verdad que los recuerdos propios. Sospechó, absurdamente, una presencia. Dejó la caja como estaba y se levantó. Había olvidado el tiempo por un momento, pero el tiempo había regresado. Se sacudió el pantalón y fue hacia la puerta.
Se aseguró de que no quedaban rastros de su paso visibles, apagó la luz, abrió la puerta y salió a mirar. Todo estaba tranquilo. Oscuro salvo el aparcamiento y el corredor. No se oía nada. Cerró la puerta con pasador y salió del parapeto de la caseta haciendo un arco por el bosque, de manera que aunque se alejaba hacia la trasera del ala de habitaciones, no abandonaba la protección de los árboles, por si acaso.
Veía ahora frente a sí un largo paredón con todos los ventanucos de los retretes. Todos apagados. Fue caminando en derechura hacia la ventana de los camioneros y los imaginaba desnudos o semidesnudos, grandes y grasientos, derrumbados por cualquier parte entre latas de cerveza vacías, y a la mujer, sudorosa también pero púdicamente tapada, durmiendo en un rincón libre de la cama, hecha un ovillo para no tocarlos. O quizá se hubiera ido (era lo más probable) hacía largos minutos.
Cuando estuvo bajo el ventanuco, escuchó. Varios tipos de ronquidos, nada más. Dio la vuelta al edificio y, procurando no hacer el menor ruido, subió la escalinata, avanzó por el pasillo, abrió la puerta de su cuarto y entró. En plena oscuridad, lo primero que hizo fue quitarse los zapatos e ir a encender la luz del baño. La prendió y regresó al cuarto a desvestirse. La ropa estaba perdida, y lo primero que tendría que hacer al llegar a Albacete sería mandar el traje a la tintorería del hotel. O mejor esperar; ponerse el de repuesto y esperar a llegar a Valencia, y allí buscar una tintorería diferente de la del hotel donde pernoctara, una de esas rápidas con un buen número de clientes anónimos.
Aunque podía haberla consultado con el teléfono móvil, miró la hora en su reloj (que guardaba siempre junto a la cartera y nadie había tocado en toda la noche. Y para el cual no había ocurrido nada fuera de lo normal. El aparato, por su parte, había seguido cumpliendo con su trabajo fielmente en la tiniebla del cajón, y ahora rendía su servicio sin darse importancia y sin fallar, sin saber nada ni querer saberlo): las cinco y media.
Llevó el terno al baño y lo sacudió enérgicamente para quitarle la mayor parte del barro y el polvo visibles. Después sacó el otro de la bolsa para trajes y guardó aquel junto con la camisa sucia. Dejó el limpio preparado junto con su muda. Se lavó la cara y las manos concienzudamente y se dejó caer en la cama. Se levantó (siempre con la luz del baño encendida), buscó los dos botellines de agua y se los bebió. Se tumbó, se incorporó a medias, buscó el mando a distancia, puso la tele, bajó el volumen. Se levantó, buscó el teléfono, puso el despertador a las ocho y media y se tumbó. Buscó postura, se adormeció en la luz de la tele. De pronto recordó algo: se levantó, localizó los zapatos, sucísimos, junto a la puerta, los llevó al baño. Primero los limpió con papel higiénico mojado y después seco. La taza del retrete donde estaba sentado se hallaba llena de papel, pero no se atrevió a tirar de la cadena (en realidad a presionar un fluxador) por no hacer ruido. Orinó sentado sobre la montaña de papel que ocupaba la taza. Regresó al dormitorio, buscó en su bolsa y sacó una esponjita de calzado untada con aceites y tintes. Enceró o embetunó el calzado y luego quitó el exceso y pulió un poco cada zapato con el pico o no tan pico de la sábana. Cuando se sintió satisfecho los llevó al baño y los dejó en el alfeizar del ventanuco abierto para no asfixiarse con el olor. También cerró la puerta del baño. Se tumbó en la cama. Revisó visualmente todo su entorno y mentalmente todo lo que había hecho y lo que tenía que hacer, evitando escrupulosamente todo lo referente a la chica muerta, que ya pertenecía al pasado. Entonces, de refilón pero indubitablemente, identificó el bolso de la chica sobre la cómoda. Maldijo, blasfemó, y blasfemando en murmullo repetido como un mantra salió de la cama, cogió el bolso y dio vueltas pensando qué debía hacer. No podía exhumar el cuerpo para enterrarlo junto a él, ya no; no podía salir ahora fuera y tirarlo por ahí, y menos arrojarlo desde el ventanuco del baño, porque para asegurarse de que nadie lo encontrara tendría que internarse en el bosque (y eran ya las…seis y diez), hacer un hoyo y enterrarlo, así que o salía desnudo o volvía a sacar el traje sucio y a manchar los zapatos. Nada, imposible. También podía esconderlo en el cuarto, pero no había tantos sitios, y sólo faltaba que en una limpieza a fondo o en una reforma saliese y fuesen atando cabos hasta llegar a él. Lo único que podía hacer era llevárselo y dejarlo o tirarlo por ahí, lo cual hasta podía ser buena idea. Lo dejaría perdido pero visible, escondido pero no inencontrable, en cualquier lugar semioculto de Albacete, y si lo encontraban, la buscarían en aquella ciudad.
Con una toalla sucia limpió, frotó, repasó y hasta lustró aquel bolso para borrar sus huellas, lo cerró bien, lo metió en una de las bolsas de basura de cortesía y finalmente lo introdujo en el fondo de su bolsa de viaje, junto a la ropa sucia, el jodido libro que nunca, pero nunca, nunca leía (El arte de la guerra. Estrategias ancestrales para ejecutivos, una gilipollez de un chino que le había regalado alguien creyendo hacerle un regalo práctico a la par que sofisticado, oh la la) y envases y envoltorios vacíos. Luego tendría que acordarse de tirarlo por ahí. Volvió a tumbarse. Entraba ya luz por la gran ventana del cuarto, cuya persiana había olvidado, como siempre, bajar nada más llegado al motel, pero no quería hacer ruido bajándola. Apagó la tele. Miró un rato la cambiante claridad del alba en la pared del otro lado de la cama, al costado izquierdo: detrás de aquella pared estaba el baño, con la luz encendida. Podía cerrar los ojos, pero no se trataba de eso. Se levantó y bajó la persiana con el menor ruido posible, que no fue poco. En una oscuridad bastante aceptable y cómoda, se dejó caer en la cama y dormitó o durmió profundamente o solo se olvido por un largo momento de sí mismo y de todo porque cuando sonó el despertador fue a ducharse de modo maquinal. Estuvo bajo el agua largo rato. Luego se vistió, llevó todas sus cosas al coche (en la habitación de al lado debían de seguir durmiendo los camioneros pero no se oía nada) y se fue andando a desayunar al otro lado de la carretera. Había algún coche delante de la cafetería. Entró en Flor y fue a sentarse en la barra. Pidió el desayuno y la prensa.
A su lado, un tipo miraba a la puerta como si fuera algo más que una puerta. No lo miró, pero lo veía de espaldas en el espejo y por el rabillo del ojo. El tipo se agitaba un poco, como si estuviera pensando en algo que lo desazonaba ligeramente; miraba de costado revolando los ojos, y le oía respirar entrecortadamente a su lado. Resultó que solo estaba reuniendo valor para hablarle.
- Perdone, ¿es usted de por aquí?
- Sí, más o menos, de un pueblo hacia el oeste, hacia Jaén.
Él no necesitaba orientarse, pero el tipo, observando la puerta, tuvo que señalar con el dedo hacia la derecha. Él asintió con la cabeza.
- Y para aquel lado Albacete-, dijo el otro.
Él volvió a asentir masticando. El sujeto dejó pasar un tiempo que él aprovechó para engullir.
- Es una carretera curiosa esta, con tantas curvas. Y tantos árboles.
- Es por el río. Sigue el cañón del río Jardín. Los meandros.
- Río Jardín-, dijo ponderativo aquel sujeto. Lo repitió unas cuantas veces, dejando unos segundos entre una y otra repetición. Él mientras había acabado y estaba pagando y pidiendo un vaso de agua. Se veía ojeroso en el espejo de detrás de la barra. Recogió las vueltas, dijo adiós (el otro tipo sonrió por toda despedida) y salió para dirigirse a la recepción del hotel. Tuvo que esperar que pasaran un par de vehículos para cruzar la carretera. Iban deprisa. No en vano aquella carretera, aunque pareciera casi un andurrial de comarca, era la nacional trescientos veintidós. Cruzó el asfalto al trote. Era cierto que era rara, toda trazada en curvas, siguiendo sin duda una antigua senda de carretas, sin poder saberse nunca, salvo si eras de la zona (y aun así siempre estabas expuesto a una sorpresa, desagradable o grata), qué te aguardaba tras la siguiente revuelta del camino. Alcanzó la recepción, pidió la cuenta, sí, sí, muy satisfecho, no, no se había enterado de nada, la gente tenía derecho a pasarlo bien, ¿no?, gracias, adiós. No le habían cobrado el agua ni el whisky por el escándalo que habían armado los camioneros. Aquello sería cosa de la mujer, porque un recepcionista no se atreve a no cobrar un servicio, eso seguro. Tal vez fuera la mismísima Flor. ¿La jefa revolcándose con cuatro camioneros? No era probable.
Arrancó el coche, bajó la ventanilla y se aproximó despacio a la calzada. Al otro lado, al pie de la escalinata de la cafetería, como si acabara de descender y disfrutase morosamente del fresco mañanero, estaba el sujeto del desayuno, que levantó el mentón al verle a modo de saludo. Él devolvió el gesto y aprovechó un claro entre coches para incorporarse a la carretera. Enseguida, a la primera curva, perdió el motel de vista retrospectiva. Puso la radio aunque sabía que habría muchas interferencias. Simplemente, condujo.
CAPÍTULO 2º
Aquel segundo día hizo, más o menos, lo que se había propuesto. No quiso esperar a Valencia: una vez instalado en una pensión muy recomendada por sus colegas, llevó el traje a una tintorería lo suficientemente alejada e hizo algunas visitas a clientes. La mañana había sido corta, así que la tarde fue larga de trabajo. Hacía calor en Albacete, y agradeció entrar al centro comercial donde estaba el traje, metido en una bolsa, esperando que lo recogiera. Pasó por delante solo para ver el horario. Como tenía tiempo entró en una tienda y compró tres camisetas, una para cada integrante de la familia. La de su hijo era negra, y figuraba la cara adusta de un bull-dog en serigrafía blanca. En ese color, en la espalda y más pequeño, tenía un ideograma japonés que, le dijeron, significaba perro feroz. La de Elena era color arena pastel y su ilustración era una pin-up que, gloriosas espaldas y caderas, se mira en un espejo. Una especie de Venus del espejo art-decó, muy modernista el marco del cristal, con mucha voluta, mucha geometría imperfecta inversa, y muy larga la camiseta para tapar cartucheras en la playa o en casa. La suya era gris, de pico, de algodón ligero. Se las envolvieron y se fue por el traje. Se lo entregaron y pusieron al lado una bolsita transparente. Lo revisó: impecable. Pagó en efectivo y cuando se iba lo llamó la pelirroja. Era por la bolsita, se le olvidaba, era el contenido de los bolsillos del pantalón y la chaqueta. La miró. Estaba termosellada. Aquella empresa llevaba sus escrúpulos hasta a precintar judicialmente los bienes personales que encontraban en la ropa que revisaban antes de lavar. ¿Y si encontrasen un arma? ¿Y si hallasen un dedo o una oreja cortada?
-¿No quiere comprobarlo?- No, dijo, con gesto exagerado de falsa confianza de antiguo cliente postizo, la agarró de un zarpazo y salió. Llegó a la escalera mecánica con escozor en la frente y en los ojos. Montado en el descendente escalón de la fuga, se volvió y la pelirroja, quizá porque no tenía trabajo en ese momento, lo estaba mirando.
Ya en el coche, aparcado en el sótano, abrió la bolsa: calderilla, un pañuelo (sucio de barro, no había pagado por lavarlo), la navaja de la negra y el cuaderno de tapas azules que había empezado a leer en el cobertizo y se había guardado, quién sabía por qué o para qué. Lo volvió a meter todo como estaba y regresó en coche a la pensión.
Era casi un hotel: un sitio cómodo, diseñado para las necesidades de los de la profesión: con máquinas de refrescos y comida preparada, sala de ofimática, zona de sauna y masaje, y cerca carreteras, restaurantes, gasolineras y bares con putas y sin ellas. Sacó dos latas de cerveza y dos sandwiches y subió a la habitación.
No bien cerró la puerta, abrió una de las latas y casi la apuró. Se quitó el traje (había empezado a sudar inmediata y copiosamente como resultado de la rápida ingesta de líquido) y, desnudo, terminó la cerveza y entró en la ducha. Estuvo largo rato bajo el agua, primero caliente, luego tibia y finalmente fría. Le dolió un poco la cabeza pero aguantó. Se secó y, aún en cueros, salió del cuarto de baño, buscó la bolsita de la tintorería y lo sacó todo vertiéndolo sobre la colcha. Después buscó, al fondo de su bolsa de viaje, la de plástico que contenía el bolso de la chica, la rasgó, abrió el bolso y metió la navaja después de limpiarla. Lo cerró, limpió el cierre que había tocado y lo devolvió a la misma bolsa de basura rota y esta al fondo de la suya. Poseído como del mismo impulso, se puso un pijama. Entonces respiró conscientemente.
Sentado al borde de la cama comió y bebió viendo el informativo regional, solo porque había una remota posibilidad, que no se cumplió, naturalmente, de que hubiesen hallado el cuerpo y lo estuviesen buscando.
Luego cambió de canal. Puso una versión moderna del Tenorio y, recostado en el cabecero de la cama, se puso a ver la función hasta que tuviera valor (aunque no sabía ni siquiera por qué lo iba a necesitar) para volver al cuaderno azul.
La obra se desarrollaba según los cauces más ortodoxos de la tradición hasta llegar a la escena del diván. El director de escena, o director artístico de la película, pues el uso de las técnicas cinematográficas, su particular utilización del espacio y la cámara habían convertido lo teatral en fílmico, había entonces sustituido el jardín, incluso los planos de doña Inés embelesada, por un espejo. La dama era apenas un bulto anulado por el miedo, el pudor, la ignorancia, y quien miraba atónito, embebido a don Juan, era el mismo Tenorio. A Javier, si bien le importaba poco, le pareció un gran acierto, porque don Juan se enamora de sus propias palabras, no de Inés, y como no se la folla, y es de Sevilla, y el crimen como que se ha enfriado, pues vuelve. Vuelve al cabo de los años; pero no por ella, sino a buscar la muerte, o sea que un barroco o un romántico dirán lo que quieran, pero don Juan busca la muerte en el amor, busca el despenamiento o destino para él que solamente puede ser el amor. El amor es la muerte que busca para ‘el-hombre-que-ha-sido’ (el que se fue, el canalla, el calavera); como que el único final justo de todo crápula egótico, su acabamiento como tal, es, o debe ser, el amor, la renuncia a uno mismo. El amor es el suicidio del personaje, o es un suicidio ‘de personaje’ pues abandona su papel, aunque no un suicidio ‘de hombre’ porque sigue vivo; es su premoriencia. Pero como ya es un amor inactual, tiene que venir el pasado a llevárselo: la estatua de don Gonzalo.
Mientras veía a don Juan siendo arrastrado a una sima por las manos de piedra, abrió otra vez el cuaderno de grapas y dos rayas. Buscó el segundo fragmento o capítulo y leyó en aquella encriptada caligrafía infantil, o no tan infantil: La fruta que te raja la cara.
Tuve un sueño, soñé que tenía que ir otra vez a donde está la roca con forma de persona. Era muy extraño porque yo no soñaba, así que se lo dije a Jaime y me dijo que el tampoco soñaba, y que era extraño soñar porque eso lo hacían los que no les faltaba nada, ni un brazo, ni la nariz, ni nada, y a todos nosotros nos faltaba algo. A todos menos a los que habían empezado a venir. Eran otros.
Y le conté el sueño pero no le dije que el señor del sueño me dijo que fuera otra vez a la roca a buscar la fruta que te raja la cara, porque si se lo hubiera dicho no habría venido.
Cogimos las motos especiales y atravesamos los árboles gigantes y nos perdimos. Y dos que paseaban nos dijeron que la roca con forma de persona estaba por allí, pero que se había caído al río y ya para verla había que meterse en el agua.
Pero como no queríamos mojarnos, cruzamos un puente, y desde el puente se veía la roca dentro del agua perfectamente y con el dedo que era una piedra más pequeña con forma de dedo la roca señalaba un camino que iba al monte y seguimos subiendo hasta que nos cansamos y dejamos las motos especiales. Entonces nos pusimos a buscar la fruta al pie de los árboles y encontramos unas cuantas muy rojas y vimos gente y las guardamos y disimulamos porque no queríamos que nos las quitaran.
¿Y ahora qué? dijo Jaime. Ahora nos las comemos, dije. Jaime no quería y yo comí una y no me cortó la cara, y otra y no me cortó la cara y a Jaime le entró hambre y se comió una y no le cortó la cara. Estaban muy ricas. Y entonces dijo: no es la misma fruta, y en ese momento se le cortó la cara, y era que esta fruta tenía efectos secundarios pero más tarde. Y fue muy raro porque nos alegramos, y veíamos la sangre y nos alegrábamos de que fuera la fruta que te raja la cara auténtica.
Casi nos las comimos todas y volvimos al pueblo. Y nuestros padres estaban preocupados, con que no les dijimos lo de la fruta. Pero cenando apareció mi padre con la fruta sujeta en su único brazo, y mi madre, con su único ojo lloró y dijo: Hijo, hijo, cómo nos has hecho esto, y en ese momento se me rajó la cara y mi padre lo vio, y por la ventana oí que a Juan se le rajaba la cara en su casa, porque se oyó su grito de dolor, y seguro que su padre le había encontrado la fruta y se la había quitado como a mí. Y estábamos contentos, y nuestros padres pensaron que eso no podía ser.
Y ya no fuimos más por la fruta que raja la cara Juan y yo. Y Carlos se fue a vivir con sus tías a Madrid y ya no volvió. Yo fui con Antonio alguna vez, y con alguno de los chicos nuevos a los que no les falta ninguna parte del cuerpo.
Íbamos en las motos especiales.
Desde antes de terminar el relato, ya venía notando que se le despertaban recuerdos que no creía que tuviese. Volvió aquella sensación absurda de nostalgia de algo que no ha ocurrido. Dejó el cuaderno, se tumbó y repasó mentalmente los últimos indicios de esos sentimientos fantasmales que parecían de otra persona y semejaban poseerle viniendo desde el mismo exterior del que procedían aquellas frases de curtido homicida (‘si finalmente fuera necesario’, ‘dispuesto a descargar un segundo golpe’) que pensó frente a la mujer antes de saber que ya estaba muerta. Una angustia indeterminada le atenazó entonces el plexo solar y tuvo que cambiar de postura, como si el espacio que ocupaba fuese poco para verse ocupado por dos o hubiese de pelear por obtener su nicho de existencia en el espacio/tiempo con otro yo palúdico y ansioso, otra primera persona pujante que de repente, al ser desalojada, se mantenía un lapso cernida como una amenaza que le exigía algo y le observaba antes de ceder y desaparecer. También cambió de tópico mental. Salió a una zona de sus pensamientos más o menos habituales en la cual se sentía mucho más cómodo. Volvió a respirar bien cuando se puso a jugar, a divagar haciendo marketing mental recreativo. Algo que el otro ‘yo’ no conocía. El otro yo; como un hermano gemelo idéntico al que se deja abandonado a su suerte en un orfanato endemoniado.
Al parecer, los dos colectivos a los que, como grupo diana, habría que dirigirse para vender navajas pequeñas y funcionales eran las putas callejeras y los chicos de once a catorce años. Nada de navajas multiusos para aventureros ocasionales, ni facas de vitrina Recuerdo de Albacete, por cierto. Se trataba de navajas baratas, de cachas de plástico, concha o madera. ¿Cómo sería? Hacía mucho tiempo que no lo hacía. Vamos allá. ¿Qué se ve? ¿Qué se ve…? Un callejón en el crepúsculo se va poblando de lumis. Sale vapor de las alcantarillas y los clientes llegan, negocian por la ventanilla del coche y se las van llevando, salvo a una. Música de blues, ruido de tráfico lejano. Se ha quedado sola. Primer plano: una cara agradable aunque pintarrajeada (secreto revelado: no se pintan de modo tan exagerado por mal gusto, sino con el fin de que tú solo veas esa máscara ordinaria de pinturas de guerra, y ellas puedan ir a la compra al día siguiente y tú, con tu carrito y tu familia, no las reconozcas). Primer plano, pues, de una cara serena camuflada bajo un antifaz policromo y vulgar, con gesto preocupado que se sobrepone al de golfa. Mira el reloj (es tarde), abre el bolso, saca la cartera, la abre y está vacía; salvo por una foto familiar (música tierna: mucho violín y eso): dos niños, princesa y angelito, de como doce años, sonríen con confianza, vulnerabilidad y pena a la cámara barata con que su “madre soltera” o “abandonada”, o “viuda” quizá (según la necesaria versión para la infancia), quiere inmortalizar el momento en una heladería de Benidorm, donde ella se los llevó de vacaciones sin maquillaje de batalla, solo a disfrutar de su parca familia (se la ve un instante, gozosa madre haciéndoles indicaciones con la mano: ¡juntaros un poquito! ¡Así!), aunque tuvo que salir una noche (no se ve en el anuncio, ni se grabó siquiera pero se sabe) a hacer media docena de mamadas porque el niño quería ir a Port Aventura y no le llegaban los ahorros. Cierra la cartera, levanta la vista (musiquilla de esa de tensión) y allí delante hay un híbrido de proxeneta pitillo, Drácula y Luis Candelas. La silueta se abre de piernas taurómaca y macarra. Primer plano de la cara (tenebrismo en escorzo): flaca y pringosa, untada de sudor politoxicómano y vil, barba patibularia y negra. Plano americano: el mismo tipejo hace el gesto internacional (es anuncio exportable) de exigir la pasta frotándose índice y pulgar de la mano derecha, calando un poco el hombro y la cadera para darle más inri dramático a la cosa; para imprimirle ritmo, vamos. Ella se asusta (cosa del todo natural): sus ojos de gacela putón se le ponen zambos y las piernas miran y buscan azoradas alrededor. En esto se oye chistar: de una nube de vapor sale una figura enjuta con pantalón ajustado, puntera de serpiente, tacón cubano y tupé rígido y soberbio. Sólo el contraluz impide ver la cara de este chulo oficial, que esgrime un filo que destella y deslumbra al aspirante, quien optando por la prudencia guiña, recula, se raja y huye. Ella respira de alivio y se apresta, anegada de agradecimiento, a recompensar al héroe y macró como sin duda se merece. Y en esto, un coche que al fin llega alumbra la cara de Heracles Callejero: ¡es su hijo! Abrazo filial. El del coche se impacienta y toca el claxon. Hércules le mira por encima del hombro de ella y levanta el labio para que el becerro motorizado vea brillar el colmillo como antes brillara lanceta de Albacete. La mamá le sonríe, le da un casto beso en la frente y él le pone en la mano la navajita con cacha verde y se la cierra como diciendo: “Mamá, no salgas sin ella; si hasta hoy me ha protegido de niños débiles que no se dejaban coaccionar o no tomaban en serio mis amenazas, desde hoy te garantizará el cobro de tus servicios a cabestros remisos y mantendrá a raya a esos rufianes amateur. Ve, anda; ve con Dios.” Y ella, efectivamente, se va con trote taconero hasta el coche del becerro que espera con la miel en los labios. Para terminar, el eslogan: a un plano del chico regresando a casa entre vapor y gloria se sobreimprime el siguiente mensaje: Protégete y protégelos. Navajas de Albacete.
De pronto, zumba el teléfono: es la alarma que le avisa siempre a las diez para que llame a casa. La conversación doméstica discurre por cauces preestablecidos por la costumbre, hasta se despiden como es habitual; pero en ese momento la novedad ocurre cuando su mujer Elena añade, fuera de libreto: “Y oye, José Javier Jumera de Jumilla, a ver si no bebes tanto y no te quedas dormido con la ropa puesta, que esta noche quiero dormir.” “Descuida, Sor Templanza, y adiós”, dice él. “Hasta mañana”, dice ella, y es como si anunciara: “Abrirás la ventana y un vendaval destructor arrasará tu vida”. En efecto, Javier se levanta de la cama presa de una inquietud desconocida, abre la ventana. Su habitación es alta: se ven tejados, alguna calle con iluminación nocturna y enseguida el oscuro campo manchego. Es una noche oscura pero nota que las luces de la ciudad se enturbian por el este. Algo huracanado, con agudo silbido, se le acerca furioso y concéntrico con progresión de embudo y, de repente le golpea como viento sólido la cara y lo arroja hacia atrás, volando su corpachón por el aire sobrecogido del cuarto silencioso hasta impactar contra el tabique sobre el cabecero de la cama. Cae en el colchón, entre hojas de árbol secas y toda clase de residuos volátiles que portaba el viento. El ventarrón remite, pero para entonces le ha llenado ya los ojos de arena y Javier vierte lágrimas de barro amargo sobre la colcha.
Es en esto cuando de verdad se levanta, se dirige hacia la ventana, la abre y la serena noche le trae las luces de la ciudad, intactas pero cristalizadas por las lágrimas que le deberían caer de los ojos y no caen. Porque no eran lágrimas; no eran nada; no había nada porque seguía estando solo y cuando estas solo no tienes que dar explicaciones. Cuando estás solo no hay juez, y si lo hay, si hay uno con tu cara de gilipollas es una marioneta fingida ¿Por qué entonces esa sensación absurda del vendaval? ¿La había tenido en realidad el otro?, ¿el que venía a ocupar su sitio a veces? Su pasado remoto (no se trataba del episodio de la negra, de la negra misma, sino de un cuerpo más grande y antiguo, más propio incluso y, tal como lo sentía, mucho más capaz de portar arrepentimiento y horror) acababa de mostrar su auténtica naturaleza: la de un cadáver mal enterrado que se alzaba ahora, garras y venganza, hedor y angustia, para tirar de él y arrastrarlo junto a sí a las tinieblas del infierno como a todos los canallas, como a todos los hombres que no se mueren antes de que les alcance la culpa, o el pasado disfrazado de culpa. Algo había en su pasado, algo todavía informe, más horrible que el crimen. Recordó algunos versos de lo que acababa de ver en la tele: “¡Aparta, piedra fingida!/ Suelta, suéltame esa mano,/ que aún queda el último grano/ en el reloj de mi vida”, le decía don Juan a la estatua, la sombra, el espíritu del Comendador mientras lo arrastra en cuerpo y alma al infierno. No podía ni creerse lo que le estaba pasando: que una mujer muerta no fuese apenas ya más que recordatorio, un símbolo, una metáfora de las minuciosas pesadumbres, apenas olidas, invisibles aún en la niebla del tiempo, de su pasado remoto: descarnada la carne, deshuesado el hueso, desaparecido todo antes de pudrirse o momificarse, huida la vida, los afanes y penas, la infancia en África, la pena de los padres, tal vez de un hijo, de unos hijos y hermanos, todos evaporados en la nada, en una figura. Todo eso que había sido real, lo sentía de súbito reducido a símbolo recordatorio de una cosa peor. Quizá ese recuerdo era su auténtico castigo. Quizá la impunidad era solo un sueño. Tal vez la impunidad aparente era una máscara de una penitencia mayor. De hecho, sentía como que todo le pasaba al otro, al otro yo que lo observaba tras el hombro. Tenía que deshacerse del bolso.
Se vistió de nuevo, sacó el bolso de la mujer y lo metió en la bolsa plástica de un comercio. Salió a la calle sin preguntarle al conserje y se puso a caminar por la primera calle. No tardó mucho en llegar a una zona residencial con árboles cuyas copas movía la brisa. Dio unas cuantas vueltas, pero no le gustó o no encontró lo que buscaba. Regresó. Pasó por delante del hotel y siguió en la otra dirección. Pasó por una zona de bares de copas, pero continuó hacia donde vio una noria. Las ferias solían montarse cerca del río. Pasó una feria iluminada: familias, gritos, luces, carpas y olor a fritanga, salió a un descampado con olor a cardo en que estaban aparcados los coches y grupos de adolescentes bebían y fumaban de lo que sacaban del maletero de los coches. Después de la última fila de coches no se veía nada. Pasó una alambrada floja y llena de huecos y a los dos minutos de caminar inútilmente por un herbazal salvaje, sin encontrar nada salvo escombro y matojos altos, decidió y logró regresar a las luces. Se encontró, a punto de pasar la alambrada, a un cuarentón apoyado con el brazo en ella, orinándose los zapatos, volcando la frente en el antebrazo con que se sujetaba en el alambre. Pasó la valla por el hueco de antes; el otro, con mirada cerril de borracho irascible, lo miró curioso. Hablar era inevitable.
- Busco el río-, dijo-, algún puente para pasar el río-. Sin saber por qué, seguía obsesionado con la idea de abandonar el bolso en un lugar apartado pero no inaccesible, difícil pero transitable, como bajo el puente de un río, para sugerir… que no había nada bajo el cobertizo del motel de Flor. Era absurdo, y el borracho lo miró como si estuviera al cabo del alcance de su estupidez. Habló con lentitud mantecosa.
- Aquí no hay río,… ni puente. Los suicidas… se van a Valencia.
Los dos se quedaron mirando donde debía estar el río y no estaba. El otro a ratos se miraba la orina caerle en los zapatos. Él pensaba en un nombre como si recordarlo fuese a hacer aparecer la cuenca y luego el cauce. El que fuera, el Júcar; le sonaba el Júcar, pero… “¿No hay río?”, preguntó de nuevo, tontamente.
- ¿De dónde coño eres?
- De Tuerto, en la carretera de Reolid.
- Eres paisano.- Constató el curda, esforzándose por pensar.- ¿Eso no está del lado de El Jardín?- Él afirmó con la cabeza. “¿Y no sabes que aquí no hay río?”, se extrañó el hombre sinceramente. Luego se miró el pene que tal vez goteaba.
Él puso primero cara de no haberlo comprendido (¿No había río? ¿Y el Júcar?), pero no dijo nada. Y después puso cara (que el otro no pudo ver) de haber fracasado en algo. “Es que del Tuerto,” explicó, “no se mira para acá, para Albacete, se mira pa Jaén, pa Madrid”. El otro movió la cabeza como compadeciéndolo y, de pronto, se le empezó a abrir una sonrisa como una cicatriz.
- ¡Pero miráis con un ojo solo!, ¿eh? -Se mofó al fin, y se echó a reír apretada y agudamente. Gordo, apoplético y mortal añadió, doblado de la risa: “¡A ver si va a ser por el ojo’l culo! Jjjjjjjj ¡Con razón no veis na! Jjjjj, j, j, j, j… ¿Eh? ¡El ojo’l culo! Jjjjj…
Le dieron ganas de matarlo, así que echó a andar y pronto estuvo rodeado de coches y de luz. Regresó hasta el hotel sin detenerse, pero cuando llegó no subió a la habitación, sino que se quedó en el bar. Había grupos alegres y parejas en las butacas, así que se sentó en la barra. Pidió ginebra con tónica. Tenía sed. Tenía la bolsa en la mano (la metió en la cajonera corrida que está bajo la barra, donde las chicas dejan el bolso para que se lo roben). Tenía el cuaderno en el bolsillo ¿Cuándo lo había cogido? No lo recordaba, pero tampoco lo necesitaba porque desde que un vendaval había arrasado su ventana intuía, creía…, sabía cuál podía ser el próximo cuento, lo podía escribir él mismo, allí mismo, con los recuerdos de que disponía, con los recuerdos que habían salido en tropel cuando el vendaval descerrajó la puerta del pasado, con las imágenes y saberes y palpos que se le habían ido recolocando durante la noche, muy a su pesar: El narrador diría (imaginó, como si leyese o recordase; serían recuerdos tan remotos que se creía con derecho a imaginar), diría…
Un día mi amigo Jesús, pero podía ser Jaime o Juan o Javier o José, pero fue Jesús porque no se pueden dar nombres; pues Jesús volvió de Madrid y fuimos a recoger la fruta que te raja la cara. Era raro que nadie fuera a recogerla en el pueblo, pues es muy rica y ayuda a disfrutar de que a todos nos falta un pie, o un riñón o una costilla. Los niños nuevos no están interesados, claro, porque tienen de todo. Eso sería extraño.
Y fuimos por el bosque de árboles gigantes o normales, y desde allí vimos el pueblo de la gente pequeña, que era pequeña porque estaba allá abajo, donde ahora ya no vive casi nadie y están arando y metiendo máquinas para nivelar y haciendo chalés y campos de golf. Y seguimos en compañía del perro, que nos quería comer el bocadillo y lo dejamos atrás pedaleando fuerte. Que vuelva al pueblo, dijo Joaquín, refiriéndose al perro. Vale, dije. Y llegamos al almacén de grano abandonado y allí mismo, por las zonas húmedas de los muros, habían arraigado los pámpanos de la fruta que te raja la cara.
Y cogí la primera fruta, que tenía la forma y el sabor de la boca de Jorge, o sea, la mía, pero no se pueden decir nombres. Y la segunda fruta eran las manos de José, o sea, mis manos, algo que no se puede ni se debe decir. Y la tercera fruta era la polla de Javier, o sea, mi polla, y esto ya es que es imposible de decir, y entonces llegó el coche.
Y nos escondimos.
Y se bajaron dos trols hablando del sol y de la sombra. Se fueron acercando hasta el portón por donde había entrado el coche, desde donde se veía el pueblo pequeñito. Qué bien se está a la sombra, eh, Costiza, o eh, Cosme. Pero el otro trol, ogro o tipejo no contestó, pero sí preguntó si de verdad el cobertizo era de su cuñado, y si estaba seguro de que no iba a volver. Seguro, Cosme, o Seguro, Rodolfo, dijo el pequeño, y añadió: ¿Y la Comisión de Obras no son del pueblo? Claro, dijo el grande. ¿Y van a dejar que les quiten el dinero y la tierra a los vecinos? Entonces el grande lo miró enfadado ¡Y tú qué coño… Vale, hombre, dijo el pequeño, pero si alguno de la Comisión se raja y larga... la que les va a liar. Como os pillen… Y el grande dijo muy enfadado Eres tonto, si les pillan nos pillan a todos, porque todos estamos dentro. De momento tú te quedas sin trabajo y lo mismo vas p’alante, le dijo el grande. O crees que te vas escapar, eh? ¿Qué te pasa?
Tranquilo, que sí que estamos todos dentro, pero esa Comisión puede ser un problema. Yo preferiría no estar solo. En Madrid...
Entonces el otro se enfadó de verdad, se puso hinchado y verde y gritó Me cago en esto y en lo otro. ¿No estaba hablado eso ya? dijo. Me estáis tocando mucho los cojones, y esto no es una broma, dijo. Esto es lo que es. Y si se fastidia, lo pagarás caro ¿Qué? Lo que oyes. ¿Qué clase de…?
Vale, dijo el otro agachando las orejas, pero es que estamos a tiempo. Era solo para sacar más dinero de...
Ya no se puede hacer nada, dijo el grande, eso haberlo pensado antes. Y ahora vigila que no venga nadie.
Y el grande volvió al coche y abrió una de las puertas traseras. Hasta ese momento no nos habíamos dado cuenta de que había alguien dentro. Era una chica. El grande se le arrimó, se bajó la cremallera y le dijo: No me manches el pantalón. Todo, dentro, ¿m’entiendes?
Luego se apoyó en el capó y, cara al sol, se fumó un cigarrillo mientras la chica le hacía lo que yo le hacía a Jaime, o sea, a mí.
Cuando terminó, la chica tosió un poco. El trol grande chistó al pequeño y cuando este se volvió, le tiró de una toba la colilla del cigarrillo y le dijo: Písalo. Luego se subió la cremallera y se inclinó hacia la chica, que había dejado de toser. Le cogió del mentón y le preguntó si estaba bien. Cuando ella cabeceó que sí, él le rajó la cara de una hostia. La chica quiso taparse con la mano, pero le dijo: Quita la mano. Y le dio un par de veces más. Por puro gusto.
Javier, o sea, yo, se puso a llorar sin hacer ruido.
El trol grande sacó un maletín del coche, llamó al pequeño, le puso la mano en el hombro y se fueron hacia un rincón con sacos hablando bajo.
Jorge y yo aprovechamos para escurrirnos fuera y salir corriendo hacia los árboles. Un coche venía.
Al día siguiente volvimos con Pedro y con Anselmo, y descubrimos que la chica no estaba. Y fue muy extraño, porque encontramos a los dos ogros muertos, con sangre por el pelo, y uno de los ogros, el grande, estaba en el suelo, en un charco de sangre. El otro estaba sentado y echado para alante, encima del volante. Salimos de allí y nunca más volvimos. Y Jesús, o sea Joaquín, o sea Javier, o sea, yo, me fui a Madrid y procuré no regresar. Y elegía rutas de trabajo que me alejaran del Tuerto lo más posible, hasta que no pude evitar volver al Jardín. Y ese es el fin hasta hoy si descontamos a la negra y su bolso.
Al terminar de inventar el último cuento, bebió un largo trago. Levantó la vista y allí estaba él, el tipo de la barra del bar de Flor, sentado solo ante una mesa, un poco fuera de lugar entre las otras ocupadas por grupos de amigos y parejas. Bebía lo mismo que él: Gin Tonic, y miraba a la gente y las butacas de cuero negro como si fueran algo más o algo menos que simple gente y simples butacas, o como si fueran fantasmas o estuvieran en otro plano de realidad, o como si el fantasma fuera él. No le había visto. O eso parecía el otro querer que él creyera, porque era difícil no fijarse cuando alguien entraba. Quiso salir de allí cuanto antes y llamó al camarero con un gesto. Al parecer, ese gesto sí que lo vio, porque se levantó de su butaca y se acercó a la barra con el vaso en la mano.
- Hola amigo, ¿cómo está? ¿Se acuerda de mí, del Jardín?
Javier asintió con la cabeza.
- ¿Me permite que le invite a otro?
- Gracias, pero me voy a retirar.
- Déjeme que le invite a este, al menos.
- No, hoy no.
- La próxima, entonces.
El tipo lo afirmó como si estuviese seguro –una seguridad cansina, paternalista, condescendiente- de que, en efecto, iba a haber una próxima vez.
- De acuerdo. Buenas noches.
El otro levantó el vaso y le sonrió premonitorio y melancólico, como si Javier le diese pena por algo, como si prever un hecho ineludible, un acontecimiento humano menor y de algún modo vergonzoso que se intenta negar le produjera compasión por anticipado y nostalgia por la anticipación.
Cuando ya iba a salir, el otro lo llamó. Javier se volvió inmediatamente. No había gritado, pero parecía que le había dicho algo claramente al oído. Le mostró la bolsa en alto y dijo: “Se deja esto”. Tenía esa asquerosa sonrisa de antes.
Mientras se acercaba a recogerlo de manos del otro, se dio cuenta que aquel tipo no sujetaba el paquete al peso, ni por las asas de la bolsa de plástico, sino de las asas del bolso que había en su interior. Era más difícil, pero lo hacía así.
Javier lo recogió de su mano, le dio las gracias y esta vez sí salió. Llegó a la habitación, se desvistió un poco mareado y se quedó de inmediato dormido sobre la sábana, en posición fetal, abrazado a una de las almohadas, que le calentaba el abdomen.
Al día siguiente no lo vio en la cafetería durante el rápido desayuno, ni tuvo que despedirse de él de ningún modo. Abonó la cuenta antes de subir. El coche estaba fresco de permanecer toda la noche en el aparcamiento subterráneo, y todavía se mantuvo así durante bastantes kilómetros. Puso la radio. Había salido muy temprano, y le produjo cierto alivio que, casi con el sol todavía saliendo por las bardas, todos los clubs de carretera de las afueras de Valencia parecieran naves industriales o simples casas abandonadas. Radio Turia le acompañó cordial hasta llegar al mismo centro urbano.
Se registró en el hotel y salió a hacer sus visitas. Comió mejor que en Albacete: aquello lo conocía bien. Logró olvidar su vida durante algunas horas.
Regresó al hotel a una hora razonable. Mandó algunos correos, algún fax. Hizo algunas llamadas desde una saleta del hotel mientras se tomaba un refresco. Un poco antes de las ocho, había terminado. Nadie se había fijado en él. Leyó prensa local y nacional, pero, como suponía, no anunciaban el hallazgo de ningún cadáver. En La tribuna de Albacete, un titular anunciaba: “Ahora los que faltaban: los socialistas a la sopa boba inmobiliaria”, haciendo un juego de palabras entre el plato típico de Albacete y su significado vulgar como expresión popular. Hablaba de cierto desarrollo urbanístico en Hellín. Diez años después, cien, mil, los que fueran, la corruptibilidad del ser humano seguía siendo una vergüenza de primera plana. O quizá era solo política.
Durante todo el día había llevado la bolsa con el bolso dentro en el asiento del acompañante, viéndola cada vez que entraba en el coche. No la miraría con más aprensión si dentro hubiera una cabeza humana. Observándola ahora, pensó si secretamente había deseado o deseaba que algún revientacoches valenciano le rompiese la luna para robárselo y así ahorrarle la molestia de hacerlo desaparecer, de tocarlo de nuevo. Pero no había ocurrido, y no estaba dispuesto a volver con él otra vez al hotel.
Mientras conducía por la ciudad sin un destino prefijado, le venían fragmentos de recuerdos como flashes o fogonazos, y cada uno de ellos, como un rayo en aquel incipiente ocaso, venía acompañado de un trueno moral de variable intensidad y cariz –ira, culpa, arrepentimiento, compasión, pena, cólera- según qué instante de los hechos del motel, o de su infancia, reverberase. No podía seguir con eso en el coche, porque le recordaba lo que quería olvidar, esto es, aquello de lo que quería desvincularse totalmente, aunque bien sabía que en lo íntimo nunca se desprendería de ello. Pero el sentimiento que más le invadía, uno para el cual no encontraba nombre, era el deseo de que aquello no hubiera ocurrido, un deseo diríamos que negativo, que se quería negar a sí mismo por cuanto solo así, no siendo, podría remotamente lograr que lo que había sido no fuera.
Habiendo conducido sin dirección precisa por un rato, se encontró sin haberlo premeditado en los aledaños de lo que llamaban Ciudad de las Artes y de las Ciencias. Entró bajo una arcada donde pudo aparcar. Con la bolsa en la mano caminó entre columnas, y finalmente se dirigió, por un paseo junto a un estanque cuadrado en que se reflejaba el incendio del anochecer, hacia un enorme edificio redondo que parecía un templo a dioses desconocidos o un monumento a la medusa fragata portuguesa, o al ojo. En ese momento salía mucha gente de aquella y de otras construcciones cercanas: un ojo más pequeño, una raspa de pescado gigante, un esqueleto. Aquella más próxima, de la que no dejaba de salir gente sobrecogida, aparecía profusamente iluminada por dentro, como al término de un culto religioso. Rondó las puertas como si acechase la salida de alguien, y en un momento determinado trató de entrar. Había pensado dejar abandonada la bolsa junto a una papelera o en el servicio. No le dejaron ya: faltaban quince minutos para que cerrasen las instalaciones y los guardias de seguridad arreaban a los ocupantes hacia las salidas. Se hizo pues multitud y paseó entre la gente que se alejaba de los edificios.
En un plano estático vertical vio el mapa de los edificios del complejo. Los nombres, en valenciano o catalán, eran mucho más sugerentes que en castellano, sonaban lo sofisticados y a la vez naturaloides que parecían: L’hemisferic, L’oceanográfic, L’umbracle. Así, con un ocaso rojo reflejándose en los canales junto a los edificios, y su luz interior que cada vez era más notable y vistosa, todos los edificios visibles, blancos y nervudos, eran osamentas de animales prehistóricos que hubieran venido a morir a zona pantanosa y fuesen ahora utilizados por aquella raza de humanos para hacer fuegos dentro, tal vez hogueras para sacrificios, pero todos ellos sin víctima ya, salvo una ecuánime sangría económica que no aparentaba serlo por efecto parabólico de lo limpio que estaba todo. Precisamente esa parecía ser la cosa: la espectacularidad física y cultural de los objetos, junto con su condición de inmaculados, atraía a pesar de su condición de aras sacrificiales: la exacción era indolora porque se convencía al pechero de su voluntariedad. Era como si aquel entorno fuese objeto y escenario solo de ritos geométricos, y que esos espacios permaneciesen absortos en su propia simetría porque así, en pleno éxtasis de vértices y aristas, no huele la sangre derramada. Y entre el aire y la piedra cristaliza una perfección pitagórica llena de coches de seguridad privada y previo pago de una entrada que no era nada barata.
Lo miró todo en la distancia variable, indiferente, de la mosca que sobrevuela. Y visto así, sin entrar, para él terminaba resultando solo un parque temático dedicado a la Ciencia Ficción y recortado de las portadas de los discos de YES, aquel grupo de rock sinfónico-utópico de los setenta que a él le gustaba oír, ya extemporáneamente, cuando estaba en Madrid después de que ocurriese todo aquello de su pasado absurdo.
Regresó al coche, con todavía la bolsa en la mano, por una pasarela sobreelevada desde la que el público, antes de marcharse del cementerio de elefantes, se hacía una foto. La gente probaba a hacerse una imagen con la ciudad esta detrás, pero no salía, siempre dejaba de verse algo; y era que el cuerpo humano (no digamos los cuerpos humanos si eran varios) tapaba algo. El sujeto que se suponía que era el protagonista de una instantánea cuyo pie decía: “Yo estuve allí” se interponía siempre en la visión de algún elemento del paisaje, de la composición de volúmenes arquitectónicos, escorzos y reflejos. Luego probaban a obtener la foto sin personas y sí, ya sí, ahora era todo perfecto y simétrico y geométrico, geográfico y geomántico. Siempre había gente en la pasarela porque costaba decidirse: o se rompía la perspectiva con una forma humana o se quedaban sin recuerdo personalizado pero con la foto perfecta. Generalmente hacían una doble exposición: con y sin personaje. En cualquier caso, le parecía que siempre había demasiada gente para dejar el bolso.
Por sobre donde había dejado el coche había un jardín sombrío, el umbráculo o L’umbracle. Se le ocurrió que podría dejar allí la bolsa y se acercó.
Había gente aún, videoclientes que se resistían a marcharse a casa o al hotel o que daban cuenta de los bocadillos que, en previsión de los precios prohibitivos, alguien les había aconsejado traer y ellos devoraban con la doble satisfacción de que la entrada a aquel jardín era gratis también. Los bancos y recodos estaban ocupados por ancianos en zapatillas deportivas y adolescentes ruidosos y sucios que se besaban o tiraban cosas al suelo. Aun así, encontró un rincón vacío junto a unas palmeras amenazadoras y se sentó. Depositó la bolsa tras de sí y miró el reloj: ni entendió la hora. Jubiladas al trote le sonreían desvaídamente al pasar. Dejó pasar unos minutos mirando a la nada y se levantó para marcharse.
Comenzó a alejarse hacia la salida con tranquilidad cuando alguien siseo. Siguió caminando indiferente. Alguien chistó y, sin poder evitarlo, se dio la vuelta. No era a él. Una mujer gorda, no queriendo gritar pero sí advertir a unos compañeros de autocar, trataba de llamarles la atención sobre una flor gigantesca con forma de pene. También él miró hacia donde la mujer señalaba. Tras el sugerente botón de aquella flor, pues no era otra cosa que el cáliz no abierto aún, percibió una cara masculina que se ocultaba. No le dio importante pero siguió mirando aquel enorme capullo encarnado. De modo indirecto, pues miraba el prodigio, volvió a verle aparecer y ocultarse. Era posible que lo mirase a él, pero más probable aún que mirase a cualquier otro, o no mirase a nadie y simplemente estuviera allí, viendo aquello y haciendo unas risas o unos asombros. ¿Qué buscaba si lo miraba a él? Vio su perfil huidizo, sin cara, antes de volverse y caminar hacia el coche. Ya no se volvió más, por mucho que le picase una imaginada mirada por la espalda. Iba pensando si tenía datos suficientes para creer que le sonaba aquella cara.
Llegó al hotel ya de noche.
Dejó el coche abajo y se detuvo un momento en el bar. Pidió una bebida en la barra y se puso a mirar la televisión. Cuando se la trajeron, bebió largamente. Se sintió mejor. Una felicidad diminuta pero muy necesaria se le fue extendiendo en olas excéntricas por las piernas y por los brazos. Le agradó la humedad del vaso en la palma de la mano. Aquel bar no olía tan mal como otros muchos en que había estado. El camarero era discreto y eficaz. La clientela estaba dedicada a sus propios asuntos. Entonces lo vio: un tipo en la sombra al otro extremo de la barra. No lo había visto al entrar; quizá no estuviese allí cuando él entró, o ya estaba y, mirando la tele, se le había pasado por alto. Le sonaba, pero era incapaz de decir si era porque lo acababa de ver mirándolo en el umbráculo o porque era el mismo sujeto de la otra noche. Parecía una duda absurda, pero así era la cosa.
Tanto mirarlo, su mirada se cruzó con la del otro y hubo de mover un poco el mentón a modo de reconocimiento y saludo. Había dado un primer paso, así que no tuvo nada que objetar cuando el tipo de Albacete se acercó con la copa en la mano. En cierto modo, ya eran viejos conocidos. Eso ocurre en la vida de los hoteles cuando ves a un mismo sujeto en un par de ocasiones y, por la razón que sea, has de entablar una conversación.
- Un día largo, ¿eh? - Lo había dicho del modo más neutro imaginable. Nada que objetar.
- Ya lo creo,- contestó, e hizo, como en la otra ocasión, un gesto al camarero para que se acercara. Una cosa era dar una réplica cortés y otra ponerse a intercambiar confidencias con aquel tipo. Tenía demasiados años de experiencia a sus espaldas como para entrar en esa dinámica de copas y amigotes. Además, se iba haciendo la hora de hablar con su mujer.
- Hoy me dejará que le invite.
El camarero aguardaba. Él no había dicho ni que sí ni que no, pero el tipo lo cargó todo a su habitación. Le dejó hacer. Al fin y al cabo, era una promesa, y además pronto sonaría su alarma y tendría la excusa perfecta para desaparecer, así que dejó que ocurriera. El individuo insistió cortésmente para que se terminara la copa y se presentó como Marcos Pellicer, vendedor de maquinaria pesada y de obras públicas. Dijo llevar una semana sin hablar prácticamente con nadie, y que agradecería charlar un poco con alguien del oficio. Resultaba, joder, que ninguno de sus antiguos clientes estaba donde se suponía que debía estar, o era que se escondían de él, porque no entendía nada. Eso pasaba a veces, comentó Javier.
- A mí, y perdona, nunca. Jamás.
Resultó que era la primera vez que hacía aquella ruta después de muchos años. Llevaba veinticinco o veintiséis años sin pasar por allí. “Veintiséis” murmuró alguien dentro de Javier. Era el tiempo que llevaba él exiliado, o huido, o simplemente sin... Entonces oyó, u oyeron, si es que el sujeto de su interior estaba también escuchando, algo que les sobresaltó.
- Digo yo si será por lo de Soto.
Soto, o Soto de Villaverde, que era el nombre completo, era o había sido un pueblecito con una laguna y un poco de sierra entre Villaverde, El Jardín y El Ballestero, cerca de El Tuerto. Era precisamente el pueblo de los enanos en el cuento, el de la gente pequeña porque se veía desde un altozano. Y ya casi no existía. De pronto, esa voz interior, tal vez la voz del otro, le instó a que preguntara qué era lo de Soto.
- ¿Que qué es lo de Soto?-, se repreguntó enfático el que decía llamarse Pellicer. Él se sobresaltó: no recordaba haber hecho la pregunta. No al menos en voz alta.
- ¿Que qué es lo de Soto? La mayor estafa rural de España de antes de la famosa ley Miranda. Les compraron el pueblo con su propio dinero. Pagaron inclusive los gastos que costó montar el chanchullo con que se les arruinó. Como en China: les hicieron hasta pagar la bala de su tiro de gracia. –Levantó las cejas y arrugó la nariz, bebiendo un sorbo, el así llamado Pellicer. Un tipo entrañable. -Compraron voluntades primero con promesas y luego con comisiones, y llegaron después ofreciendo a la gente duros a peseta. Les llevaron la maquinaria que nos compraron a nosotros con algo de su propio dinero, y desaparecieron. Visto y no visto. Todos pringaos, todos callaos. La estampita a lo grande. Cuando se enteraron, los vecinos no se podían mirar a la cara unos a otros; todos habían picado por avaricia. Sólo se dejaron atrás dos muertos que nadie reconoció como suyos. Ni una sola prueba, ni los casquillos de las balas con que los mataron. Por poder, pudieron haber sido ejecutados hasta por el guardia municipal del pueblo desahuciado y no se sabría nunca. Yo era por entonces un aprendiz, y el vendedor con el que iba, después de una reunión en el Ayuntamiento, me obligó a hacer las maletas a toda prisa y salimos zumbando de allí. Yo creo que todavía nos lo tienen en cuenta.
- ¿El qué?
Pellicer no entendió al pronto la pregunta. Luego no quiso seguir disimulando y se echó una sonrisita antes de admitirlo:
- Pues que no les recomprásemos la maquinaria. No podíamos. Ellos querían tapar algún agujero o salvar los muebles, pero les remitimos al mercado habitual de segunda mano y nos lavamos las nuestras. ¡Menuda jugarreta! Me queda el consuelo de que yo no tomé ninguna decisión. –Bebió y chascó la lengua; Pellicer entrañable- ¿A usted los escrúpulos le han impedido hacer alguna vez una buena venta? No sabría decirle cuándo me arrepiento más, si cuando la hago o cuando dejo de hacerla. ¡De veras! Hay veces que un hombre… ha de hacer ciertas cosas, ¿no es verdad? –dijo, y miraba a los ojos de Santisteban como esperando confirmación o apoyo. -¿No es verdad?- Luego se sacudió.- Y además, ¡qué coño!, ¡que espabilen!
En eso sonó la alarma despertador de su móvil. Muy serio, la detuvo, se limpió las manos con una servilleta, agradeció la invitación, se excusó y se despidió del que decía llamarse Pellicer, que lo vio irse con media sonrisa.
Ya en el ascensor, no quiso deliberadamente conceder la menor trascendencia a la última pregunta de Pellicer. En cambio, dio en querer recordar el aspecto de aquel segundo automóvil de su infancia. ¿Era institucional o privado? ¿Podía ser de la policía local? Cuando se conocieron en la barra del restaurante de Flor, Pellicer le había dado la impresión, por sus preguntas, de que era la primera vez que pasaba por allí. Es más, de que parecía haber caído del cielo, pues a pesar de haber llegado de algún sitio en una de las dos direcciones, parecía desconocer dónde se encontraba. Ahora resultaba que ya conocía la carretera. Pensó fugazmente en bajar a pedirle explicaciones (¿acaso quería entablar conversación y no encontró ningún modo mejor?, ¿por qué deseaba hablar con él? ¿Qué había visto? ¿Qué sabía? ¿Qué podía saber o haber visto?) , pensó en ponerle contra la pared y preguntarle de paso algún dato más acerca de aquel crimen, pero sospechaba que tenía todas las respuestas que necesitaba.
Habló con su mujer. Ella notó que estaba cansado, aliviado, triste. Se lo hizo saber. Una vez, hacía ya tiempo, le debió de notar tan agobiado o triste o necesitado que le dio su autorización expresa para hacer “cualquier cosa” que fuera preciso para recuperar un poco de tono vital. “Nunca me tendrás que dar cuenta de lo que yo no sepa”, llegó a decirle. En esta ocasión sí que inquirió por ese algo. Verdaderamente afectada por su timbre de voz, no le preguntó, con ironía o condescendencia como en otras ocasiones, si había bebido, o si había tenido un día malo o algún disgusto, sino ya directamente qué le pasaba. Y él habló. Lo estaba deseando. Se acordó, mientras hablaba, de lo que le había dicho Pellicer sobre estar una semana sin hablar con nadie. Le contó que acababa de conocer a un tipo, y que aquel sujeto acababa de ayudarle a recordar, a darse cuenta de que de niño, o no tan niño, había sido testigo de un crimen y tenía pruebas que ayudarían sin duda a identificar a los culpables, de que era tal vez la única persona en el mundo que podía llevar a los asesinos ante la justicia.
- ¿Y qué vas a hacer?
- No lo sé.
- ¿Cuándo fue eso?
- Cuando era niño, un jovencito. Justo antes de irme del pueblo.
- ¿Te fuiste por eso? ¿Por miedo?
- No, por eso no.
- ¿Por qué fue?
- …Mi padre descubrió que era homosexual.
-… ¿Quién? ¿Tu padre?
-…No, yo. Descubrió que tenía relaciones con mi mejor amigo y me echó de casa, a su modo. Me alejó de él. Me quitó de en medio para siempre. No volví a verle. Ya sabes que no fui a su entierro.
Entonces el teléfono hizo un ruido raro, ronco, y después emitió dos pitidos cortos. Cuando lo miró, la pantalla se veía ocupada por una cuenta atrás: …5, 4, 3, 2, 1, 0… Y de pronto, a quince centímetros de su cara, el móvil estalló. Primero notó cómo las partículas (metales, plástico de la carcasa, cristal del visor) del teléfono se incrustaban profundamente en su cara y sus ojos, justo antes de que la fuerza expansiva y el calor le desprendiesen la piel del rostro, licuaran sus cuencas y le clavaran la mandíbula inferior, rota, en la glotis. Para entonces ya había muerto su cerebro, aunque su corazón siguiese latiendo un par de segundos, desconcertado, eléctrico todavía. Con la cara volatilizada, por los agujeros desalojados y expeditos que dan acceso al cráneo penetró la fuerza explosiva y abrasó y desintegró casi instantáneamente todo el tejido cerebral, que se agolpó, como una masa inerte desprendida, contra el occipucio. Desaparecieron las orejas hacia la pared, y estaba a punto de desarraigarse la cabeza cuando oyó al otro lado: “¡Oye! ¿Estás ahí? ¿Me has oído?... Pero, ¿qué te pasa? Te noto raro”.
- Nada, que estoy en la cama y me estoy durmiendo. No he parado en todo el día y acabo de cenar abajo. ¿Qué tal?
- Bien. Mañana viene mi madre a hacer la comida y a comer con Jorge.
- Que se quede un poco, a ver si el niño estudia o está jugando.
- Eso le he dicho… Javier.
- ¿Qué?
- Javier, perdona, pero te lo tengo que decir.
- Pues dilo.
- Tu pueblo está por allí, ¿verdad?
- Sí.
- Tu padre murió ya. A lo mejor deberías pasar a ver a tu madre; debe de estar muy vieja ya. No sé lo que os pasó, pero es mejor arreglar las cosas cuando hay tiempo…. ¿Qué me dices?
- …Ya veremos.
No se dijeron nada más importante. Puso la tele, encendió el ordenador y trabajó un poco. Hacía lo que le impedía hacer a su hijo. Incluso a veces ponía también música en la habitación y trabajaba así, pensando qué anotar en la agenda, viendo imágenes inconexas y mudas, y oyendo música clásica o ligera o jazz. Ahora rellenaba pedidos y en la otra mitad de la pantalla partida elaboraba un informe de gestión con sugerencias para el director territorial.
Había logrado olvidar completamente las conversaciones con Pellicer y Elena cuando en el fondo oscuro de la pantalla de cristal líquido, por debajo de sus formatos de página, vio el reflejo de un rostro pálido y consumido que estuviera primero como a un metro tras él, sobre su hombro derecho, y luego sobrepuesto a su cara. No hizo caso de la sombra y siguió a lo suyo. No obstante, en otro plano cuyas ocurrencias no interferían para nada su trabajo frente al ordenador, se mantenía un tenso careo del cual le llegaban ecos inconexos…
“¿Qué quieres?... La máscara sonríe: Ya lo sabes. Te comportas como si… No tiene ningún sentido… ¿Quién está hablando? Eres tú... Lo he borrado todo...Te lo agradezco... ¿Por qué te ríes? No me río; es… mi cara siempre;…sus exigencias... No la reconozco. Es que no sueles mirarla. Tu cara, digo. Sí, lo sé. ¿Qué vas a hacer? …necesario… ya sabes… Vuelves a…”
Notó la invasión germinar poco a poco y difundirse desde el epicentro de sí mismo: una ola tenue de amargura y debilidad que quisiera desalojarlo para hacer sitio a otro, uno que esperaba, tranquilo y criminal, ocuparlo pronto. Tal vez la máscara pálida fuera la sugerencia simbólica imaginaria del otro, su heraldo icónico, la tarjeta de presentación de un verdugo, el hermano gemelo maligno de los cuentos. ¿Cuál de los dos fue el abandonado? Esperó a pie quedo, tranquilo, fuerte, pensado en aceites pesados y sulfato ferroso. La oleada pasó, calentándole de paso la cara, y la entidad que la traía se le quedó mirando con envidia y rencor, y mucho menos tranquila por haber perdido aquella oportunidad inmejorable de alojarse en él y expulsarlo. Se levantó.
Después de orinar, pulsó la palanca de la cisterna. Y observaba cómo aparecía el ruidoso torbellino del agua cuando surgió una pregunta aparentemente por sí sola: ¿dónde se encontraba el sentido perdido? Esa falta de sentido de las cosas le roía el corazón. Su vida corría el peligro de convertirse en la cubierta de un barco fantasma, y él en su mascarón. ¡El sentido…! Pues con absoluta lucidez sabía que para despejar aquella presencia, aquel hiato entre dimensiones, debía resolver esa incógnita, y solo esa. Pero no desconocía tampoco, tan seguro estaba de ello como de lo anterior, que si atendía aquella llamada del pasado o simplemente del significado, todo volvería a suceder, y eso… eso no era una solución aceptable. Preguntar por el sentido era preguntar por el pasado; por tanto, no había arreglo viable, ni pregunta ni respuesta, salvo, acaso, cuestionarse si al pasar por El Jardín, y aún antes, al aceptar aquella zona como territorio laboral, al transigir o elegir volver a aquella comarca sabía de algún modo que se produciría esa especie de bucle: si te mueves, no estás, no eres; si estás y te reconoces, no hay movimiento y te atrapa el reflejo… Aunque…, quizás…, hubiera un modo ¿Era el sentido perdido denunciar aquel crimen antiguo?, ¿resolverlo?, ¿saber? ¿Lo era decir, informar, revelar la verdad, lo secreto?... Y por otro lado: ¿Qué era la verdad? Por dura que fuese, ¿cuál era la verdad última de lo real para él? ¿Residía la verdad en el sentido y su búsqueda o, aliada aquella con la energía vital, en el viaje, ¡siempre en el viaje!, ¡no mirar atrás!? ¿Cuál era su verdad? ¿Existía tal cosa? ¿Lo era caminar adelante, seguir y mantener a raya al portador de recuerdos y olvidos, al otro; o rebelarse y revelarlo todo, incluso a uno mismo? ¿Debía al fin resolver la partida planteada en el pasado y aceptar la destrucción del espejo y la cárcel, o seguir camino y aceptar una nueva costra en su dura piel de hombre culpable o pecador? ¿Qué tenía más sentido? Por otra parte: ¿Qué es el sentido?, ¿qué allanaría abrir un acaso espurio nuevo acceso al sentido? ¿Qué garantiza el tener sentido? ¿Se parece a tener razón? “Solo creemos”, reflexionó confusamente, “que el estadio de contener o transmitir un sentido, según nuestra tuerta lucidez, es mejor que su ausencia. Y lo queremos creer porque somos nosotros quienes dotamos de ese sentido, que es totalmente ajeno a ellas, a las cosas en sí. Cuando alcanzamos el sentido, imaginamos una iluminación, un significado para el Universo, y sólo hemos introducido un orden diminuto en nuestro caos. Cuando cometemos una y otra vez el mismo error, dice un corolario de la “Ley de tener Sentido”, es que tal vez no lo sea. ¡Menuda solución!”… “¿Y si todo esto no fueran sino patrañas inventadas?” “¿Quién está ahí? Cállate, hazme el favor… Además, ya he tomado mi decisión”. El agua del retrete estaba de nuevo en calma y la cisterna, llena de nuevo, había dejado de sonar como una fuente oculta. Una vez restituido el olvido, regresó a la pequeña silla y a la mesa.
Se aclaró la garganta con un buche de agua, sacó el cuaderno y buscó el siguiente texto. Se titulaba El tesoro de los trols. La letra era distinta. Ya no era tan de niño.
Érase que se era cuatro mugís que iban por el bosque. Eran muy diferentes entre ellos, pero siempre iban juntos porque habían nacido debajo de la misma alcachofa. Uno de ellos era muy alto y delgado, otro muy grueso, casi redondo, otro diminuto como un comino, y el cuarto era casi transparente, como de cristal o de agua. Habían salido a buscar novedades y jugar y fueron elegidos por el destino para dar con la entrada de una cueva de trols. Casi no podían entrar del mal olor que había allí dentro. Entre la neblina de la cueva, se separaron unos de otros y siguieron caminos diferentes. Cada uno cogió por un túnel, pero todos encontraron parte del tesoro que los trols habían robado a lo largo del tiempo.
El delgado, que casi daba con el techo de la caverna, halló un monedero lleno de oro que, por muchas monedas que sacases, no se acababa nunca; pero tenía una condición: no podía hablar de su existencia con nadie ni compartir el oro ni lo con él comprado. Lamentó profundamente aquella condición, pero ya estaba pensando cómo ocultarlo a la vista de los demás. El gordo, por su parte, dio con un espejo en el que se veía reflejada la verdad de lo que le ocurría y se le ocurría en cada instante a cada uno de los otros tres amigos; pero tampoco podía compartir su hallazgo con nadie. Se alegró y temió por todos, envidió y compadeció, y se llevó el espejo por si le era útil para ayudar indirectamente a los demás. El pequeñito también encontró su objeto del tesoro: era una lente, y si mirabas a través de ella, veías el futuro de los cuatro. Cuando vio lo que sería el futuro, se echó a llorar de compasión por todos ellos y de pena. Pensó en prevenirles de los males por venir, mas en ese mismo momento la imagen de la lente cambió y vio cómo recaía sobre sus cabezas un mal infinitamente peor que el primero como resultado de la maldición según la cual no podía prevenir a ninguno de nada ni revelar a nadie su futuro ni la virtud de la lente ni su existencia. Cuando lo comprendió y decidió no hablar, la imagen cambió de nuevo y dejó de ser horrible para ser solo un poco triste, humanamente triste. Se dijo entonces que si una decisión así podía cambiar el porvenir de los cuatro, sería posible mejorar sus destinos sin desvelar su secreto, y se quedó con la lente. El mugí casi transparente descubrió, a la vez que los otros pero en otra punta de la cueva, un cuarto objeto de los escondidos allí por los fétidos trols: un libro en que se explicaban los porqués de las vidas de los cuatro, por qué les habían ocurrido ciertas cosas y por qué les ocurrirían otras. Era también una información intransferible y secreta. El mugí translúcido se sentó en una piedra, lleno de asombro, y leyó durante horas y horas. Al principio quería salir y hablar a gritos, pero a medida que pasaba el tiempo, tenía menos ganas de despegar los labios.
Pasó mucho tiempo. Finalmente, la neblina de la cueva se fue disipando y fueron capaces, cada uno por su lado, de regresar a la boca de la cueva. Allí se abrazaron largamente, llorando de la alegría de encontrarse y también, cada uno, por lo que había descubierto y tenía o sabía. Estaban mudos, abrazados, sin saber cómo seguir viviendo, cuando apareció un mensajero de Palacio y les dijo que traía una estupenda noticia. Uno de ellos había sido designado como heredero de la corona del reino de los mugís. El actual rey les convocaba en la sala del trono para comunicarles cual de ellos era el elegido, y les pedía que se presentasen al día siguiente a primera hora de la mañana. Se felicitaron y gritaron, pero lo justo solo para disimular frente a los otros, pues en realidad estaban compungidos. El fingimiento era tan evidente, que el mensajero se extrañó de que los amigos mostrasen una alegría tan tibia al oír la feliz noticia, teniendo en cuenta que la elección de uno de ellos, amigos inseparables y generosos, haría la fortuna de los cuatro. Contestaron que así lo harían y despidieron al mensajero, que hizo propósito, nada más llegar a Palacio, de contarle al rey la poca efusividad con que habían recibido los cuatro amigos la noticia. Por su parte, ellos quedaron en encontrarse en un lugar al amanecer para ir juntos al recinto real y se retiraron a sus madrigueras a descansar. O eso dijeron, ya que, en realidad, cada uno se dedicó a reflexionar y usar su hallazgo como mejor supo.
A la cita por la mañana solo acudieron dos de ellos. El tercero decidió desaparecer del reino y a aquella hora ya estaba a millas de distancia. Dejó su objeto del tesoro donde lo encontró. El último decidió desaparecer de la faz de la tierra, y se arrojó a una sima sin fondo abierta en las montañas, llevándose consigo su pieza del tesoro de los trols.
Los dos que quedaban no fueron a la audiencia real y el rey, enfurecido por el desplante, mandó prenderlos. Cuando los llevaron a su presencia y le refirieron, abrumados de dolor, su historia (la parte que podían contar), el rey entendió, como pudo, aquel triste suceso y se compadeció de los amigos. Y aun en tales circunstancias, decidió seguir adelante con su propósito y nombrar sucesor a uno de los dos que permanecían a su lado en el reino.
¿Quién es el nuevo rey? ¿Quién se fue para no permanecer allí y dejó en su sitio su hallazgo como si nadie lo hubiese encontrado jamás? ¿Quién se suicidó para no seguir en el mundo y se llevó su tesoro para que no cayera en manos de cualquiera? ¿Quién es el traidor?
El día siguiente se levantó temprano y despachó en unas horas el trabajo de dos o tres jornadas para poder regresar, vencidos sus temores, al hostal de Flor antes de que fuera muy tarde. En todo fue extraordinariamente diligente. Daba bocados a un bocadillo entre una visita y la siguiente. Agilizó el trámite hotelero con el fin de no permanecer mucho tiempo en las zonas comunes del establecimiento, por no encontrarse con el llamado Pellicer. Aún podía haberle proporcionado algo más de información, pero le parecía siniestro. Se alegró de perderlo de vista. Esta ya habría sido suficiente razón para pagar con gusto, en un mismo día, dos plazas hoteleras.
Ya con la tarde vencida, recorría de nuevo la carretera de El Jardín. Era la peor hora para conducir, con un sol bajo de frente e intermitencias de sombra opaca. Así recordaba que tenían el sol aquellos que, en todo tiempo, iban a perder las batallas, ya fuera por artimañas de sus enemigos, ya por inquina de Apolo o Marte o por una mala jugada del azar. Pero no sufría aprensión o congoja insuperables, no veía malos augurios, anuncios estos y aquellas de la pronta derrota, según describían esos mismos autores clásicos; ni siquiera por volver al lugar del crimen. No había corneja ni diestra ni siniestra, que es la misma corneja, como bien sabe todo el mundo. Su ligereza, sin embargo, no debía por menos de reconocer él mismo, podía ser la más cierta y temible premonición de desastre, pero las amenazas del acaso o del destino justiciero aparecían ante sí desvitalizadas, faltas de la capilaridad del peligro, si se las comparaba con la necesidad que El Otro, la Sombra, le había traído de resolver un pasado olvidado con más denuedo si cabe del que había puesto en enterrar el cuerpo de una mujer asesinada. Y parte de esa resolución pasaba por afrontar un encuentro con su madre, tantos años después.
El recepcionista se acordaba de él y le ofreció la misma habitación. La aceptó y preguntó si la última estaba ocupada. No, ni la antepenúltima tampoco. El empleado se sonrió y él se permitió un breve comentario alusivo en el sentido de que esperaba que aquella noche no hubiese mucho tráfico de camiones, pues estaba cansado y deseaba dormir. El otro dijo que haría lo que estuviera en su mano para que pudiese hacerlo.
Ocupó el cuarto, se duchó y estuvo pasando pedidos y viendo el informativo de la televisión local hasta que le entró un poco de hambre. Se vistió y salió.
Esta vez cenó crema de calabacín y algo de merluza con setas, acompañado de cerveza sin alcohol. No se interesó por los ruidos procedentes del bar del otro lado de la puerta labrada, pero eligió una mesa frente al ventanal desde la cual se dominaba, en el ámbito de la luz de los focos, todo el edificio del motel, ambos aparcamientos, la carretera y a los lados los primeros árboles del bosque circundante. Había cuatro coches en el aparcamiento de la otra margen, cerca de la recepción. Él también había dejado el coche cerca de la recepción, no sabía por qué. No vio ninguna sombra sospechosa rondando las habitaciones ni oculta tras los troncos. El cobertizo no era visible. Antes de salir del restaurante, compró una botella de agua. Le sonó el aviso cuando cruzaba la carretera ahora solitaria. Cuando estuvo de regreso en la habitación, se sentó en la cama y llamó. No le costó mantener la conversación habitual. Trató de que su tono de voz le mostrase relajado.
- ¿Dónde vas mañana?
- Quedo en Valencia. Tengo todavía que hacer.
- ¿Y de lo de tu madre?
- Ya veremos.
Se entretuvo con la televisión e intentó dormir un par de horas, pero estaba demasiado nervioso, pendiente de los ruidos de su alrededor y de jirones de evocaciones que, auténticas o apócrifas, provenientes de su pasado o del de aquel ente desconocido que se empeñaba en ocuparlo le asaltaban en forma de visiones, sentimientos, miedos infantiles, gozos inefables y breves.
Cuando le pareció que la noche se había aquietado, se movió. Con la luz apagada, vigiló durante largos minutos el pasillo, el aparcamiento, las puertas, esquinas y ventanas de todo el complejo. Una vez convencido, salió y ganó rápidamente las escaleras y la invisibilidad de la tiniebla circundante. La respiración del boscaje no se hizo esperar en sus oídos. El cobertizo tampoco presentaba cambios de cerca. Descorrió el cerrojo y abrió la puerta: ningún olor extraño salvo el aliento de vacío, de descomposición minerovegetal y de pozo que ya conocía. Cerró tras de sí y encendió la luz. Todo seguía igual. Nadie podría ver nada sospechoso. Nada hacía pensar ni remotamente que allí hubiera un cuerpo enterrado, que alguien hubiera metido allí la pala, o que se hubiera removido un solo grano de la tierra o un peñasco del tamaño de un cerdo. Contorneó el lugar del enterramiento y se dirigió al fondo, tras el nudo de tubos, que seguía difundiendo aquella vibración mínima y especial. Se acuclilló donde había estado sentado, apartó la llana y la perdiz, y sacó los cuadernos y la caja de galletas metálica. La abrió. Allí estaban: la cinta de casete, la navaja, la agenda, los papeles doblados y el casquillo de bala. Metió los cuadernos dentro y revisó por si se dejaba algo. No. Al dirigirse a la puerta fue borrando sus huellas. El regreso a la habitación transcurrió sin incidentes.
Dejó la lata sobre la cómoda y fue al baño a quitarse y limpiar someramente los zapatos. Regresó, desencajó la tapa y sacó los cuadernos. Ya sabía que eran del tipo que utilizaban entonces en el colegio: cuadritos o dos rayas, dos grapas, cubiertas azules sin inscripción de marca alguna, pues los fabricaba la misma orden religiosa que, en sus colegios, obligaba a comprarlos a los alumnos; y, en este caso, ningún nombre, sólo la misma letra cambiante, dibujos de héroes musculosos, ángeles, torres, lobos. Los dejó aparte y tomó la cinta de casete: caja negra, sin adhesivos, inútil sin un reproductor que ya no incluían las instalaciones de los automóviles. El casquillo de bala percutido de nuevo le llenó de fantasmas informes el recuerdo. Era un tesoro típico de niño, como lo era la navaja; tal vez su memoria de aquellos dos objetos fuese apenas una reminiscencia cultural y no algo relacionado con él mismo; y sin embargo... La agenda estaba llena de números de teléfono. Algunos de los apellidos asociados a ellos habían sido y aún eran hoy relativamente famosos en el mundo de la política, y de las finanzas. Hasta él lo sabía, totalmente lego en esos asuntos. Había una relación de fechas y citas, largos números de cuenta, cifras asociadas a nombres e iniciales. Estaba seguro de que si cruzaba aquellos datos e iniciaba una búsqueda seria en internet, obtendría información interesante. Los papeles doblados eran circulares informativas de una empresa inmobiliaria con oficinas en Madrid y Lisboa y varios ejemplares idénticos de un contrato de compraventa de terrenos a falta solo de rellenar con los datos concretos. También había un plano cartográfico de la comarca totalmente pintarrajeado y lleno de fechas y de cifras. Regresó a los cuadernos: Había mucha elucubración angélico criminal, fantástica, pseudonarrativa, con personajes del imaginario infantil viviendo tras las nubes, sobre ellas, parejitas de héroes adolescentes cuya amistad supera objetos mal iluminados durante huracanes en La Mancha, listas de objetos, de nombres, alusiones a días concretos y a sujetos ficticios que realizan acciones absurdas. Y un texto sin título que comenzaba:
Ayer nos subimos al palomar. Más alto que nunca. Fuimos subiendo agarrándonos a los huecos, llenos por dentro de tufo de mierda de paloma, con los bichos revoloteando y dándonos aletazos en las orejas. Arriba nos agarramos y vimos la máquina alisadora retirando ovejas como el quitanieve quita la nieve de la carretera. Y después trajeron la vía y la pusieron y vino un tren largo con vagones de madera, como de circo. Uno de nosotros se cayó palomar abajo y yo dije sujetaros metiendo los brazos hasta los hombros, y los otros dijeron vale y lo hicieron y el tren se quedaba allí esperando y se fue llenando de gente pálida que se iba, incluido el que se cayó palomar abajo, que le llevaban en camilla y miraba para nosotros sin decir nada para que no nos pillaran, pero yo sabía que estaba enfadado porque no le habíamos dicho que metiera los brazos como nosotros para no caerse. Lo subieron al tren para llevarlo al hospital, pero el tren no salía y nos fuimos a verlo. Era muy grande y se estaba oxidando. Ya no había gente dentro del tren, se habían marchado, solo quedaban algunos dormidos o muertos. Al pie de unos hombres de negro llenos de sangre recogimos cuatro casquillos de bala y nos los repartimos con la promesa de no contarle aquello a nadie. Los demás se asustaron y se fueron a casa, y yo hice como que me iba y volví a ver si veía a mi amigo. Ya era un tren abandonado y lo recorrí recogiendo cosas que se habían olvidado: un pañuelo de vieja, un calcetín, un paquete de tabaco, un mechero, una navaja, un boli de oro, una agenda, un reloj de oro, dos sobres con dinero. En un rincón lleno de sacos había un maletín. Lo cogí y metí en él todo lo que había encontrado. No vi a mi amigo, y pensé que gastaría el dinero para ir a verle al hospital, pero luego no fui. Fin.
Fin, decía; pero aquel no podía ser el fin. Ya no. Recordaba aquel palomar.
Apagó la luz y se durmió enseguida. Por la mañana temprano cogió el coche y se dirigió hacia el este. Al cabo de un rato, vio a lo lejos el primer cartel de El Tuerto, la entrada más antigua, por la alameda. Era también la más directa para él, y la más discreta. y la tomó. El camino, una vieja carretera muy estrecha, descendía entre sauces, alisos y nogales en suave pendiente, dibujando lentas curvas entre huertos y terrenitos baldíos. Era la vera del río. Luego de cruzarlo, invisible entre cañaverales, por el puente romano, comenzaba a subir la carretera y la tierra se iba secando. Tras un recodo se salía abruptamente a la empinada cuesta de la alameda y a cincuenta metros las últimas casas, las primeras, las más viejas, levantadas con piedra de monte, como allí se decía. Dejó el coche ahí mismo, en la cuesta, y al abrir la portezuela recibió el impacto del olor a humo y a campanas. Conforme subía aquella Calle del Jabalí, le volvió bruscamente la memoria de los tazones de leche olorosa, del envigado de madera húmeda, siempre con la amenaza oculta de los mohos, de los odiados gatos en un rincón de la escalera, de la goma de borrar, de su madre. Caminaba con disimulo criminoso, mirando los balcones y las gárgolas de las esquinas de las pocas casas con blasón de aquel villorrio agazapado y orgulloso, fingiendo un interés turístico, un desconocimiento valorativo que estaba muy lejos de sentir. De pronto vio su imagen reflejada en el cristal del escaparate de lo que entonces era, y hoy seguía siendo, la mercería de la Señá’Ncarnita, que tendría mil o dos mil años, y comprendió que sus precauciones, su aprensión, eran totalmente absurdas: nadie reconocería en aquel hombre con el rostro cansado y ropa de oficial de notario al niño que se fue para no volver más. Alzó la vista: sobre la torre abandonada del edificio de contratación de aparceros se alzaba, insólita, una antena de telefonía móvil. Mirando aquello alcanzó lo alto de la calle, y del otro lado, en la hondonada, se reveló el verdadero perfil del pueblo, aunque quizá no su carácter. Según descendía el cerro, las casas iban adoptando la piedra labrada, el ladrillo, el yeso, el hormigón. Al fondo, allá abajo, donde cuando él se marchó no había más que prados y el campo de fútbol, se levantaban edificios de pisos. Vio en la distancia luces de semáforos y un luminoso comercial. En mitad del llano, grúas y cuadrículas anunciaban nuevas construcciones. Una vieja de luto pasó a su lado y le masculló los buenos días nos dé Dios. Respondió y la vio marcharse lentamente. Decidió continuar y se hundió en una calle lateral muy estrecha que le devolvía el eco de sus pisadas en los cantos viarios. Aquella calle, la Calle del Conde, le condujo en suave descenso hasta la explanada de la iglesia, de adoquines concéntricos. La ermita seguía siendo el edificio de sobriedad románica, de piedra y teja, y frío, donde lo bautizaron. Trató de contornearla por el Callejón del Fraile, pero estaba cerrado con una valla de obra y hubo de ir por el flanco sur. Ya venía oyéndolos desde hacía unos minutos, pero ahora los vio. Tres adolescentes probaban sus motos de campo en las escalinatas de la parte baja. Subían y bajaban una y otra vez los escalones. Atronaban sin ningún recato, pero nadie les reconvenía ni apareció por allí mientras él pasaba a escasos centímetros de los manillares. El viejo orden había claudicado totalmente, al menos en la calle. Dio la vuelta a la iglesia y embocó la Cuesta de Recoletas, su calle, la calle de su infancia, la calle donde estaba la casa en que aún residía su madre. “La casa de Madre”, se oyó pensar, con respeto, a su pesar. Era aquella, vertical, gris, encajonada entre otras casas iguales, verticales y profundas; un portón y dos ventanas, una encima de la otra. No se veía un alma, pero sabía que lo veían, que lo observaban. Caminó todo lo decidido que pudo y trató de abrir la puerta, pero no cedió. Cuando él era niño, aquellas puertas permanecían siempre abiertas, excepto por la noche. No había timbre, sólo una aldaba. Le dio pena del silencio y sacó el teléfono. Llamó y oyó el timbre antiguo. Como suponía, su madre conservaba el mismo número de teléfono. El número de teléfono, como el número de la calle, como sus ocupantes, eran entonces algo adscrito a la casa, a aquella casa en particular, como parte de los elementos edilicios. Sonó y sonó al otro lado. No había peligro de que saltase el buzón de voz o el contestador automático. Antes se cansaría su aparato que aquel pesado terminal cuyo timbre reconocía a través de la puerta y de los años. Retumbaba a lo largo de las estancias, aisladas y oscuras, frescas, laberínticas como el estómago de una vaca petrificada. Casi reconoció las lentas pisadas de su madre viniendo desde el fondo de la casa. Pasando ante la puerta. Dirigiéndose al despacho de padre.
- Dígame.
Al oírla, un dolor antiguo, teñido de la tristeza infantil que no se cura, del rencor amargo tan difícil de desarraigar, le ata la voz, le presiona el pecho, le calla.
- ¡Dígame!
- ¿Doña Justa Valverde?
- La misma, dígame.
- Soy inspector de Hacienda. La llamo para hacer una comprobación patrimonial de rutina. No es nada importante; si me atiende lo resolvemos enseguida.
- Diga, diga.
- ¿Tiene usted papel y lápiz para apuntar?
- Espere.
(La oye con ternura hurgar en la gaveta murmurando su asombro.)
- Ya.
- Necesitamos la declara… Espere: ¿está usted cómoda? Voy a dictarle una lista de documentos y es mejor que se siente.
- Ya estoy sentada, dígame, pero yo no sé… En fin.
- (…)
- Diga.
- ¿Está sentada?
- ¡Sí, si! Dígame.
- Madre…, soy Javier.
(Se hace un silencio. Y de ese silencio, de cómo se resuelva, depende el resto.)
- Hijo.
(El tono de la voz lo es todo.)
- Hijo.
- ¿Cómo está, madre?
- Hijo... – se sorbe los mocos; ya está llorando. La deja llorar.- Mi niño, Javier, ¡qué ganas de abrazarte!... Tienes, familia, ¿eh?... La tía me cuenta… me contaba, la pobre… Mi niño… Mi niño… Mi niño…, ¿cuándo… vas a venir?... o voy a Madrid… tu padre se fue ya… ¡Ay, mi niño! Tú no sabes…
- Madre, venga a abrir.
- ¿Qué?
- Venga a abrir la puerta.
- ¡Ay! –suelta el teléfono y al momento se oye apresurarse a sus zapatillas. Descorre los cerrojos. Se abre la puerta con chirrido y de la penumbra brota abajo un rostro lechoso que guiña o es la edad. La mirada de la mujer manifiesta extrañeza una décima de segundo pero enseguida, como la vista le traiciona, renuncia a los ojos y solo atiende a un sentido más profundo; escucha, huele, abraza. Abraza: “Hijo”, y se disculpa: “Perdóname…, hijo…, ya sabes cómo era tu padre”. “Sí, madre”. “Perdona”, repite, y se queda allí, a mitad del umbral, blanca en bata gris brotando de la penumbra, hechura de la sombra doméstica. La sombra: un cuerpo gelatinoso que se extiende desde su espalda y la mantiene atada en el espacio y en el tiempo. Le agarra y se siente succionado por un recodo de la niñez o del tiempo. De la mano le lleva por corredores que se muestran infinitamente más caducos, más baladíes, más estrechos que en las formas del recuerdo infantil que conforman las mismas paredes del olvido. Le entra en un diminuto cuarto de frescuras o humo de brasero, le sienta en las mismas sillas de madera, se acurruca junto a la ventana de tronera y mira la labor. La toca con dedos de gallina que escarba y dice que la tía Pruden, Dios la tenga en su gloria, le contaba a veces por teléfono cómo le iba, si comía bien, si estudiaba, si… (se traba la mujer en la congoja que se anuda al tabú),… si seguía con aquello o se echaba novia… se alegró mucho, muchísimo, cuando le contó que se echó novia. Fue la única vez que se atrevió, después de aquello, a hablar de él a su padre, pero que ya sabía de lo que estaba hecho aquel hombre, que dijo que había visto y oído lo que había visto y oído, y que para él ya no existías, figúrate, hijo, qué ogro, qué animal, qué bestia, ojalá que ahora lo esté purgando. Calla un largo instante de profundo resquemor y de odio. “Tengo fotos”, dice entonces, y de la mesita donde reposa el mantelete a medio hacer, levantando el tapete de ganchillo, saca del cajón un sobre sobado y lo pone sobre la mesa. Mientras él las ve (su primo Pablo y él, con el pelo largo y chaqueta vaquera con solapas, delante de un póster de los Rolling que tenían puesto en la habitación a mediados de los ochenta; otra con sus primos y primas en la comunión del menor; una borrosa de cuando fueron a Cáceres de acampada; dos del día de su boda con Elena…), mientras las va viendo con despego, ella le cuenta cómo las recibía de tapadillo de manos de la hermana de su marido, con cuanta ansiedad esperaba y recibía noticias suyas. Luego se hace el silencio.
Que su padre le impidiese hablar con o de su hijo o verle no lo explica todo. Por supuesto que no. Y ambos lo saben. Existía el teléfono, existía la intercesión de la tía Prudencia para haber podido transmitirle unas palabras, existe el asombro de un casi niño que se queda sin madre, sin hermanicos, que cambia de mundo y que se agazapa y se esconde, existe aquello de lo que no se habla, existe el tiempo. Existe la voluntad de olvido.
- ¿Has desayunado?
- Tengo un hijo; pero no llevo fotos.
- Ah, bueno.
- Me gustaría ver mi habitación.
- Sube. Yo ya no tengo piernas. Tus cosas están en el baúl. Estoy haciendo un estofado para comer.
La escalera estrecha, pina, con el mismo olor de madera enterrada, la puerta frágil, de pomo fino. A la izquierda, el armazón de la cama con el colchón bulboso doblado y atado, a la derecha el armario oscuro con dos espejos biselados, y de frente, en el suelo, bajo la ventana, un baúl de madera que no conoce. Lo abre: naftalina y tela. Quita el paño que cubre lo demás: pilas de ropa de niño plegada en posición fetal, de zapatos paralizados en rictus de desuso, de libros de texto inactuales y cuadernos de aquellos del obligatorio azul de la orden religiosa. Al fondo, unos cuantos juguetes, y entre ellos un cofre de madera: canicas, piedras de colores, un escarabajo seco deshecho y una tira de cuero de la que cuelga un casquillo de bala. Casi había estado decidido a no encontrarlo, a estar equivocado y no saber más. Aclarar cosas era complicarlas a veces. Pero no, no era un recuerdo apócrifo. Él vio los cuerpos y huyó con los demás. Tampoco quería encontrar el viejo magnetófono de mesa regalo de su madre para el curso de inglés que aquella maestra tan persuasiva se empeñó en que hiciera, pero allí estaba. Seguro que su padre responsabilizó en parte a esa profesora, siquiera inconscientemente, de su desvío, pues ¿qué niño escuchaba cintas de hombres hablando? ¿Qué decían aquellas cintas? Ya era imposible saberlo. No había ninguna en el baúl. Él sí tenía una. No quería seguir buscando y alzando recuerdos como codornices agazapadas. Se guardó la gargantilla elaborada de cuero y de casquillo y, con aquel otro aparato colgando, pedigüeño, inútil y servil, de un asa diminuta, descendió otra vez, en medio de un intenso olor a estofado, al cuarto de labor. Se oía a lo lejos el siseo de una hoya a presión.
- Me voy, madre. Luego vengo por esto, -dijo, y dejó el reproductor de casetes (decepcionado, plano y humilde) acostado sobre una mesa baja a la misma entrada.
- ¿Vienes a comer?
- Sí. Claro.
- Trae vino si quieres, que no hay.
Salió de la casa con un leve mareo. Algunas de las tiendas que recordaba estaban cerradas. Paseando por entre las piedras, se tenía la certeza de que tras aquellos muros apenas quedarían unos cuantos ancianos. Salió a la Carrera del Príncipe con intención de saltar a la parte nueva y buscar un supermercado o una tienda de todo a cien, y se encontró pasando por su portal. Allí vivía o había vivido el otro. ¿Qué le habría pasado? Le constaba que sus padres también se habían enterado, y que presumiblemente el resto del pueblo también. No se sabía cómo, pero a cuanta más profundidad se enterraba un secreto, más lejos llegaba pronto su revelación. Así que renunció a llamar y siguió caminando. No temió que alguien lo reconociera por la calle. No todavía. La vecina del frente de su madre tardaría aún un tiempo en extender el rumor de su visita.
Salió a la parte nueva, pero buscó en vano un establecimiento en que tuvieran pilas alcalinas. En su búsqueda se topó con un edificio redondo, de ladrillo rojo, con la cubierta asimétrica, sin apenas ventanas. Resultó ser la nueva biblioteca municipal. No llevaba la cinta, pero podría enterarse de si tenían reproductores de cintas magnetofónicas.
Todo era funcional, concéntrico, situado a distintos niveles, y estaba vacío. La chica de préstamo, aupada en una tarima circular central, le informó de que ya no tenían aquel tipo de equipo. Vio pantallas de ordenador y pensó que tal vez podría curiosear acerca de aquel crimen y aquella estafa de Soto de Villaverde. Para consultar en una terminal, le informaron, debía sacarse el carné de la biblioteca. Dio su DNI a la bibliotecaria y aguardó. Después de mirar su documento, aquella mujer lo observó con poco disimulada suspicacia. “Es una foto vieja”, explicó él.
- ¿Javier?
- Ssssí; ahí lo pone.
- ¿Javier de las Recoletas? ¿Javi? Soy Sandra, Sandra Bosque.
No la reconoció, o más bien sí, dentro de aquella mujer baja y gruesa, de tez ahora enrojecida por la emoción. Salió fuera del mostrador y se abrazaron. Siguió la puesta al día de rigor: residencia, hijos, familia, estudios, conocidos… No la recordaba tan resuelta. Dejó a una adolescente tímida, que lo observaba todo con ojos grandes y acuosos, como a punto de llorar, y encontraba una mujer pequeña, burbujeante, gusto clásico en la ropa y manos ágiles, ardua de poner en movimiento pero un proyectil con la debida inercia. Enseguida había sabido que no quería haberla encontrado.
- ¿Qué querías consultar?
- Unas páginas de mi empresa, a ver si han hecho unas modificaciones de la web.
Lo acompañó a los monitores, se sentó, tecleó una clave y le pidió la dirección. Apareció la página y ella se lo quedó mirando con una sonrisa.
- Ahí es, gracias. Cuando termine lo cierro normal, ¿no?- Sin deslucirle la sonrisa, ella se levantó y regresó a su puesto.
Estuvo tonteando por la web sin nada que mirar: los productos, las buenas intenciones, las fotos con el ángulo bueno… también en aquella empresa había entrado con renovadas ilusiones, y se había encontrado con la misma miseria… en fin… vida laboral. Al menos allí ganaba más dinero que en otras compañías. Consultó la parte privada donde tenía su correo, leyó un par de noticias y… volvió la mirada a Sandra Bosque. ¿Podría ella, desde su monitor de control, visualizar las páginas que consultaban los internautas que usasen aquellas instalaciones? Se temía que sí, y hasta que no entró un grupo de chicos que, dijeron, iban a estudiar, pero en realidad se pusieron a hablar y curiosear por las esquinas hasta tanto ella se llegaba a poner un poco de orden en sus vidas, no se sintió con libertad para entrar en los archivos históricos de la prensa local.
Todo lo que le había dicho Pellicer era cierto. Los que se habían fugado con la pasta eran un tal Juan Pérez de Montalbán, oscuro abogado de Madrid, y otro sujeto cuyo nombre falso era Manuel Peralta Muñiz, que no existía, y que bien podía seguir viviendo en España y disfrutando del dinero estafado, no se sabía cuanto, pues sin haber formalizado las compras del terreno, lo habían vendido a cuatro constructoras que eran también instituciones financieras, en la nómina de accionistas mayoritarios de dos de las cuales figuraban nombres del antiguo régimen, de banqueros propietarios de tierras y de nobles asociados al mundo del derecho y el tráfico de armas. Cuando de verdad compraron el terreno, lo hicieron por precios irrisorios, y lo saldaron sin control como lotes particulares que, como se descubrió más tarde, habían ido a parar a hombres de paja, testaferros o empresas acreedoras o subsidiarias de propiedad indirecta de algunos apellidos fuertes de dos de las cuatro compañías presuntamente víctimas del engaño, que fueron precisamente las dos que antes se rindieron y dejaron de pleitear. No se les pudo imputar nada, a pesar de las sospechas. Un verdadero expolio que vació un pueblo entero, lo destruyó. Cuando intervino la policía judicial ya se habían quitado la vida algunos vecinos. Además, cuando se ejecutó el interdicto cautelar sobre todos los bienes en litigio, se congelaron cuentas bancarias en las cuales los vecinos habían depositado el monto de las ventas, con lo que estos se quedaron sin medio alguno de subsistencia mientras duraba el pleito, que fue largo y penoso. Los dos muertos del pajar eran peones menores, uno picapleitos y el otro ex militar, a quienes no se pudo relacionar con nadie de la trama, salvo y solo, por relación causal necesaria y por indicios, con el fantasmal Manuel Peralta y con Pérez de Montalbán, quien alegó, como era de esperar, un total desconocimiento de la ilegalidad de la operación, en la cual ejercía de agente comercial y garante exclusivamente de la corrección jurídica de la redacción de los contratos, que, claro, era escrupulosa. La persona que le pagó e hizo el encargo era otro fantasma, y además sin nombre. Montalbán fue el único que cumplió algo de cárcel. Cuando ingresó, totalmente sereno, seguía sosteniendo su inocencia. Le tuvieron allí algunos años, por si se ablandaba y cantaba, supuso Javier, y luego lo soltaron. Desapareció de la vista. Se retiró a descansar, dijo el portavoz de la familia.
Cuando acabó, borró el historial de búsqueda y apagó el terminal. Fue a despedirse de Sandra pero ella le obligó a entrar en su garita, desde donde vigilaba el fingido silencio de los estudiantes. Le hizo sentar y recordar el pasado. Le habló de muchos compañeros de colegio, pero no de él, del otro. Luego bajó la vista y murmuró: “Y luego está…”. No acabó la frase. Él la miró con la cara inocente de la ignorancia. Bosque creyó que era una tapadera, y al verle con cara de estar fingiendo el no poder imaginar siquiera, sonrió con una ternura de cotilla bienintencionada que creía necesario dedicarle por superioridad y por lástima. Después volvió a mirarse las rodillas como si fueran sus hijos y se dejó anunciar, untando bien las palabras en ese típico sirope envenenadamente maternal: “Lo sabíamos todos. Bueno, todos no, solo las chicas. Bueno, algunas.” Y como él (tan opaco, tan poco femenino, tan decepcionante en su egoísmo de emociones y confidencias, algo típico de varón aunque no -había pensado ella hasta ese momento- tan de gay) seguía sin sincerarse, habló de corrido, molesta por su falta de confianza con alguien tan, pero tan discreto como ella.
- Poco después de irte, a su padre le tocó la lotería en dos ocasiones, figúrate: va de viaje a Lorca y compra dos décimos que luego caen que caen; le viene a visitar un amigo de Santander y le deja cuatro del segundo. Todo en un año, en ese año. Compraron tierras que luego han valido una fortuna, justo esas, qué casualidad tan poco casual que casual, ¿eh? Se hizo abogado, se casó y tuvo hijos, como tú. Se afilió al PP. Lo que oyes. ¡Si ellos supieran…! Y ha estado cuatro años de alcalde. ¿Qué te parece? Luego han ganado los otros; ¡que ya está bien que bien!
- ¿De quién me hablas?- No fingía. Era algo más complejo, como no creer que el pasado sobreviviera o fuera algo actual. Aquel hombre del que hablaban no era ya su amigo. Su trayectoria lo confirmaba. Solamente aquello de la lotería despertaba acaso algo de su interés. Podía haber blanqueado así el dinero del maletín: comprando billetes premiados. Lo de las tierras también podía tener algo que ver con la agenda o el plano cartográfico.
- De Diego, de Diego Andoaín, de tu Diego. ¿No me digas que digas que desde entonces no lo has vuelto a ver, ni has vuelto a saber de él ni nada que nada? Tiene el bufete a la vuelta de la esquina.
- ¡Ah, Diego!
- Siempre juntos. No sé cómo dejasteis que os separaran. ¿Qué pasó?
- Me mandaron a estudiar a Madrid, con mis tíos. Se les murió una hija y el chico se quedó solo. Oye Sandra, qué alegría- dijo sin énfasis- saber de vosotros. Y he entrado por casualidad. Iba buscando dónde comprar pilas.
- ¿Pilas?... Un poco más abajo hay un chino.- lo miró levantarse- ¿Ya te vas? Vuelve luego y nos tomamos algo. Salgo a las ocho. ¿Estarás por aquí?
- Quizá. Pero ya sabes: las madres...
- Sí, sí, claro que claro.
Y se despidieron sin más para no volver a verse nunca más, de eso estaba seguro que seguro.
Al doblar la esquina se encontró con un portal porticado con varias placas de bronce atornilladas al marco de piedra: dentista, pediatra-logopeda, procurador y bufete. Aquí era. Llamó y le abrieron sin más. Arriba la gran puerta cedió y la secretaria, una mujer de mediana edad, fiable, seria, le dejó esperar unos segundos. Luego le preguntó. No, no tenía cita. Dio su nombre y razones personales para el encuentro con el cabeza de cartel. Le dejó sentado y se fue en silencio.
Antes de oír aquella voz de hombre al fondo del pasillo, ya había comenzado a sentirse mal. El techo se abarquilló de pronto y sintió distintas presiones en los pies. El sistema gravitatorio pareció cambiar de pronto y se sintió irresistiblemente atraído hacia el ventanal. Pensó en un terremoto pero nada se movía. Oyó la voz, irreconocible, y le asaltó la dolorosa ansia de una arcada sin anuncio. Ya regresaba la mujer. Dispuso del tiempo justo de abrir la puerta y vomitar sobre los primeros peldaños de la escalera alfombrada. El hueco de piedra, cableado en el centro por un ascensor lleno de cromados, potenció con su eco la fuerte arcada. Se avergonzó de que hubiera sonado tan espeluznante. Bajó unos peldaños trastabillando por encima de la fétida plasta. Cuando ya se formaba la primera réplica de aquel sismo fisiológico, la secretaria salió al rellano. Se miraron. Lo sorprendió la segunda basca. Tratando de controlar el enfático y bestial gesto del torso, de la cara, de la garganta, de la boca, pero incitado ahora todavía más por la náusea, proyectó, con horrísono eructo, la segunda carga biliar sobre la alfombra. Ella se llevó la mano a la boca y regresó dentro, momento que él, aún poseído por los amagos, aprovechó para bajar a trancos la escalera, salir y desaparecer calle arriba lo más rápidamente que fue capaz. Olvidó por entonces las pilas.
Buscando lo conocido, acabó en la pétrea plaza circular de la iglesia. Trató de encontrar alivio al amargor en el caño de la fuente central, un simple tubo que sale de una piedra y procede directamente de un acuífero, pero el afloramiento y la alberca redonda que a su alrededor ejercía de vaso y asiento en las esperas estaban secos.
- El pozo está seco. Hace años que no hay agua.
Lo había dicho un hombre aún joven y ya con cierto sobrepeso que caminaba hacia él con las manos en los bolsillos de un elegante y caro traje gris. Se acercaba caminando despacio, y sin que participara la casualidad en ninguno de sus movimientos. Cuando llegó a su lado, puso del todo deliberadamente un pie en el brocal y miró a la casa de enfrente. Tenía los ojos muy azules y los rizos rubios repeinados brillantes sobre la ancha frente. Su perfil era noble, de patricio relajado. Encajó los hombros de modo juvenil y dijo, mirando el caño seco con cejas soñadoras: “Otra promesa incumplida”.
- Perderéis otra vez.
- Quizá; pero no por eso.
- Falta de convicción.
- Falta de tiempo.
Javier paseó la mirada por las casas que encerraban la plaza: fachadas opacas, sin poros, sin resquicios abiertos en apariencia. “Por aquí nada parece haber cambiado”, dijo en voz mate, sorda, como poniendo voz a la piedra.
- Aquí arriba no… Para la zona de El Arenero y los prados no dejamos de hacer casas. Hay siete bancos y dos centros comerciales en tres manzanas.
Lo miró. Su rostro ya no era tan puro, pero seguía teniendo los mismos pujos ególatras e imaginativos. Transparentes como el vidrio, frágiles como el cristal. Ese vuelo de la ilusión en el agua de los ojos le había dotado siempre de un encanto muy persuasivo; sin embargo, el Javi de hoy dijo: “Déjalo. Ya no estoy empadronado aquí.”
Cualquier roce de las suelas de los zapatos en los adoquines aflorados era recogido por el eco y paseado, exhibido por las fachadas. Con algo de premeditación inconsciente, procuraban no moverse, no hablar alto, no desafiar con la mirada los balcones colgantes, los aleros de tejas verdecidas.
- ¿Has visto a tu madre?... ¿Has venido a llevártela o solo de visita?
Javier escupía de vez en cuando para quitarse la hiel que se le escondía en la lengua. Escupitajos secos, testimoniales, diversivos. Le molestaron las implicaciones de aquella frase. ¿Acaso no había sido expulsado? ¿Acaso el otro no había quedado en casa e impune? Pensaba con ferocidad pero su gesto, el de ambos, era lento, contenido, casi indiferente.
- ¿Te quedaste con el dinero?
Diego se quedó mirándolo quieto, paralizado y tranquilo. Él prosiguió:
- ¿Hiciste llegar los papeles del crimen a la policía?
Diego pensó un momento mirándose la puntera del zapato; luego pareció recordar algo y dijo, como saliendo infantilmente de un trance sin propósito: “Ven, sé donde hay agua”, y echó a andar hacia la iglesia. Él lo siguió unos pasos atrás. Cuando llegaron al Callejón del Fraile, apartó ruidosamente la valla de obra y le indicó que entrara.
- ¿Y el guarda?
- No hemos puesto. Nadie se atreve a pisar por un cementerio.
- ¿Qué?
- Sí. Debajo de los adoquines del callejón aparecieron enterramientos de hasta el siglo xv.
Siguieron, entre antiquísimas lápidas rotas, el sendero, blanco de yeso, apisonado por un pequeño volquete que se veía, amarillo avispa, contra el verde de la hiedra que vestía el alto muro de la pequeña ermita y ahora camposanto, y entraron en la sacristía por una puerta lateral. Muebles de palo de rosa cubiertos de polvo, un espejo velado, sacos apilados junto a otra puerta. Diego le hizo atravesarla y entrar en la nave. Cerró tras él. Le condujo hasta el primer banco y regresó a la sacristía. El templo estaba completamente vacío salvo por el eco vibrante. La única luz eran cuatro velas que lucían: dos bajo el cristo del retablo y las otras dos a los lados del sagrario. Diego volvió con un botellín de agua helada y se sentó a su lado, mirándole beber.
- ¿Qué significan esas velas?- Diego las miró.
- Que Elvis está en el edificio. ¿Por qué me lo preguntas?- Había cogido la botella húmeda de las manos de su antiguo amigo y bebía ahora él.
- No sé,- dudó Javier-. Tu familia siempre fue muy católica. Tú has sido alcalde por el Partido Popular. Tienes dinero. ¿Ves como lo sabías?
- Mezclas las cosas.- dijo, y se limpió pulcramente las comisuras de la boca con dos dedos pulidos.
- Como todo el mundo.
- Desde luego,- murmuró el ex-alcalde y apartó un pelo de la frente del otro, que lo miró frunciendo el ceño pero sin rechazar la caricia. La mano atusó el pelo sobre la orejilla y fue a alojarse, cálida, sobre la nuca. Como en un sueño, Dieguito atrajo la cabeza de Javier y lo besó en la boca cerrando los ojos. El vendedor ejerció una leve presión hacia atrás y fue liberado al instante. El otro se cubrió la boca con la otra mano y, desde allí, comenzó por pedir perdón. También le retiró la mano del occipucio. Todo el mundo le pedía perdón aquel día cuando ya ni lo exigía ni le era necesario oírlo.
- Lo siento. Tal vez tú no…
- No pasa nada. Pero no, yo ya no.
Ambos miraban las baldosas.
- ¿No has vuelto a hacerlo desde entonces?
- No. No con… hombres. Estoy casado, tengo un hijo.
- Yo también; pero ya ves…- dijo, y se volvió para mirarlo fugazmente, con una vergüenza presumida de bastante buen tono, muy mundana y un tanto frívola.
- Eso es práctica habitual en tu partido, ¿no?
- Eso es una maldad poco cristiana.- Le avisó con el dedo, sonrió y se puso serio, hasta un poco dramático en las comisuras de los ojos.- Cuando era más joven era fácil: iba a un bar de Valencia de cuando en cuando. Ahora, desde hace unos años, con lo del cargo y eso, es imposible para mí. Soy prácticamente célibe.
- ¿Tu mujer lo sabe?
Diego lo contempló, desconociéndolo.
- ¿Y la tuya?, -repuso, dolido. Luego pareció ablandarse.- ¿Tú crees que fue cosa de niños?... Yo hubiera seguido contigo. Lo de Valencia… no es lo mismo; no tiene nada que ver.
- ¿No dices que ya no vas?
Diego lo miró abriendo mucho los ojos, con un conato de ilusión que Javier no entendía aún.
- ¿Estás celoso?- se esperanzó aquel, no sin un escrúpulo de asombro, alejando la cara para mirar su gesto desde la apropiada distancia escrutadora; y sonrió con sorna medio irónica, medio ilusionada, sin que se pudiera saber muy bien hasta dónde llegaba la ilusión y dónde le frenaba la burla, protegiendo los flancos. Aprovechó el momento de desconcierto de Javier (que estaba pensando pedirle que no dijese tonterías) para tomar su cara con las manos y besarlo otra vez. Javier giró la cara.
- Tienes miedo. Siempre tuviste miedo.
- Eso no es verdad. Y, en cualquier caso, los hechos parecen haber confirmado mis supuestos temores.
- ¿Qué quieres decir?
- Mi padre, agricultor comunista, me echa de casa. Y no he vuelto a estar con un hombre; por lo tanto, no me gustaban. Tú sí, tú sabías lo que querías. Además, tu padre, católico, apostólico, romano y notario, no solo no te echa de casa, sino que te paga los estudios. ¿O fue esa misteriosa lotería quien lo hizo?
Diego se puso serio.
- ¿De qué estás hablando?
Javier se arrepentía de haber sacado aquello. Era una sospecha absurda y paranoica que solo utilizaba para hacerle daño, para distraerlo de la vergüenza del beso o del deseo, para castigarlo por esa humillación.
- De nada. Olvídalo.
- No, dilo; atiéndeme. Aclaremos las cosas-, requirió, buscándole el mismo fondo de la mirada.
Javier habló mirando al Cristo.
- Sé que volviste por el maletín, y que había dinero. Y luego va tu padre y le toca la lotería. Dos veces. Y, lo que es peor, o mejor: te perdona. ¿O te perdonó por cristiano? ¿O porque yo no estaba?- Conforme iba hablando, se arrepentía de lo que decía. Diego se recolocó con una sacudida muscular el cuello y los hombros antes de hablar con gesto apenado pero firme.
- Tú no sabes lo que hizo mi padre. Y lo del dinero es una gilipollez. ¡A quién se le ocurre! Según tú, compré el perdón de mi padre; como una bula. ¿Y dónde dices que estaba ese dinero?
- En el maletín de los muertos. ¿Te acuerdas, al menos, del maletín de los muertos de Villaverde? Debiste volver cuando nos fuimos todos asustados de lo que habíamos visto y lo cogiste. Nosotros les vimos esconderlo, pero los del otro coche no. – Diego lo miraba con cara de incredulidad, de incomprensión, de comienzo de elaboración sonriente de la distancia que preside la compasión que nos merecen los orates y el miedo al contagio que nos dan. -¡Está bien, no pongas esa cara! Tal vez no hubiera dinero. Dejemos eso. Importa poco. Lo que sí hay son documentos, pruebas, que pueden llevar a los autores de aquel crimen y de aquellas estafas a la cárcel, o por lo menos a las páginas de los periódicos.
- Para.- El político estaba alarmado. -Y tú tienes esos documentos.
- Sí.
- Que salieron de ese maletín de los muertos.
- Sí.
- Junto con el dinero que le tocó a mi padre en la lotería.
Iba a decir también que sí pero antes miró a Diego. En su cara había algo muy desagradable. Desagradable y falso; bien lo sabía. Para que Diego no creyera posible ni necesario mentir más, él tuvo que hacer (“me veo obligado”, pensó, sintió) lo que hizo a continuación. Fue decir:
- Y junto a tus cuadernos, en que lo cuentas todo.
El abogado no se esperaba aquello. Miró a la Virgen o a su penumbra, pues no tenía ninguna vela encendida y dentro de la hornacina se adensaba la sombra.
- Tal vez hablaba de ti en esos… ¿cuadernos, dices?
- ¡Sí, tus cuadernos!, ¡de esos del cole! ¿No te acuerdas de haberlos escrito?
- Tal vez hablaba de nosotros, pero eso no te importa. Nos vemos al cabo de… veinticinco años, y me hablas de estafas, crímenes, lotería. – Dejó pasar unos instantes. Luego dijo:- Me gustaría recuperarlos. Creía que los había perdido.
- Pero son una prueba.
- No, no lo son. Solo los cuadernos. Lo otro si quieres te lo quedas y vas con ello a hacer pasar un buen rato al juez, o a hacer perder el tiempo a algún periodista que te dé oídos. Solo lo mío. ¿Me lo darás?
Javier pensó un poco; inútilmente; así que se levantó. Era hora de irse.
- Claro.- Había tomado una decisión, y ya habló más decidido: “Por supuesto. Mañana te los traeré”.
- Gracias. ¿Dónde estás parando?, ¿en casa de tu madre?
Se dirigían a la puerta y salieron al exterior de un día cubierto pero iluminado con esa luz cernida que agrede los ojos.
- No, en un motel llamado Flor.
Diego pareció considerar su respuesta; pero luego dijo:
- ¿Vamos a comer?
- Imposible, tengo que comer con mi madre.
- ¿Y cenar?
- … Si ando por aquí…, por casa, me pasaré por tu oficina.
- Me gustará charlar contigo.
- ¿De qué?
- De… tu matrimonio, por ejemplo. A mi mujer, -dijo evocando, guiñando los ojos de ironía y perspectiva, de maldad tal vez, de autocompasión, de autoconfesión- le apetece a veces un vasito de mi sangre para desayunar, si ha dormido mal, o por la noche, para no dejarme descansar con tanta queja, tantas órdenes, tantas querellas y preguntas. ¿Qué tal la tuya?
Pensó en no contestar. Quizá no estaba preparado para la confidencia, para la reanudación de una amistad como la suya antigua a través de aquella u otra temática clásica entre hombres; además, había otras cosas por medio. Así que nunca supo por qué lo hizo.
- Elena prefiere la caída de la tarde para esas cosas. La vida se le acaba a esa hora y solo me tiene a mí a su lado.
No había sido un acierto. O sí. Sin embargo, Diego cortó radicalmente.
- Venga. A las ocho.
- Bien.
- ¿Cena y polvete?
- Tus muertos.
- Por aquí andan.
Se despidieron sobriamente y tomó el camino de casa de su madre. De pronto tuvo que ralentizar su paso porque tenía la sensación de que ante sí se abría un acantilado inmenso contra el que golpeaba un huracán de lava. Se volvió. Asombrado y confundido, lo vio alejarse lento de espaldas. Desde luego que le debía devolver aquellos cuadernos. Era una forma de acabar con ellos y con todo aquel tema. Estaba dispuesto a olvidar todo lo referente al pasado remoto para poder concentrarse en olvidar el más reciente. Ya no se sentía con fuerzas para leerlos completamente. Le extrañó que Diego, conteniendo los secretos que contenían, tan potencialmente perjudiciales para un político, y tal vez más para un político de derechas, no tuviese los cuadernos consigo ni supiese dónde se encontraban. Quizá su padre se lo confiscara todo, se apoderase de su presente, de su pasado, de su futura memoria, tal vez de su sexualidad, igual que se había quedado con su dinero. Quizá le dijera que todo lo hacía por su bien, y para poder proteger a la familia, al apellido, y para ser capaz así de perdonar a su hijo. Yo me encargo de tu futuro y de tu olvido, le diría, y lo haría: lavaría e invertiría el dinero y haría desaparecer el resto de objetos. Quizá también lo hizo desaparecer a él, indirectamente: o te llevas de aquí al maricón de tu hijo, o no te compran la cosecha en la puta vida más. Y le echaron. Y asunto resuelto. Pero, ¿cómo habían ido a parar a aquella caseta?, ¿se había olvidado de ellos la misma persona que los había ocultado allí?, ¿los había erróneamente dado por destruidos por el tiempo, igual que él a su pasado? ¿De quién era aquel motel? ¿Quién era Flor?
De súbito, se detuvo en mitad de un callejón de piedra. Olía a cazuela de pescado. Ladró un perro. O quizá, pensó, era que ignoraba la ubicación de los cuadernos porque no eran suyos. Cabía dentro de lo posible que él no fuera su autor, y que aquello relatado lo fuera por otro de los cuatro chicos que estuvieron presentes en los hechos. La recreación o interpretación con significado sexual de la fruta que te raja la cara la había hecho él, Javier, no estaba en los cuadernos; la había hecho él traduciendo, tratando de explicarse y explicar algo cuyo significado tal vez no fuera ese. Puede que tergiversando los recuerdos, suyos y de otros, él mismo se había narrado un cuento que, supuso, era el sentido de lo que podría leer si lo seguía haciendo en los cuadernos, y si estos, en efecto, fueran de Diego. Desde el principio pensó que aquellos dos amigos que iban a buscar la fruta que raja la cara eran Diego y él. ¡Dios, en qué estaba pensando al acusarlo? Se avergonzaba de sí mismo, un poco. Pero si no eran los cuadernos de Diego, ¿de quién eran?, ¿y por qué los quería? ¿Por qué le había hecho creer que eran suyos? Era absurdo, y le entró una necesidad febril de ir por ellos y llevárselos y aclararlo. Quería terminar con ello cuanto antes.
Todavía era pronto. Según recordaba, en su casa, en la de su difunto padre, se almorzaba tarde. Pasó de largo por delante de la casa y se dirigió a su coche.
Condujo sin pensar en nada concreto; si acaso con la sensación, más que la idea, de que desentrañar aquel pequeño misterio de la autoría de los papeles despejaría un poco la resolución de lo demás. Lo demás era demasiado para ponerle nombre, y aquella diminuta incógnita se resumía, creía él, con mayor probabilidad, en por qué no sabía Diego dónde habían estado descansando sus papeles.
El aparcamiento del motel estaba lleno de camiones, así que dejó el coche frente al restaurante, al otro lado de la carretera.
Abrió la habitación con la llave que conservaba y miró bajo la televisión. Allí, en un hueco, estaba su bolsa de viaje, en cuyo trasfondo había estado el bolso de la negra y ahora estaba la lata. Pero no fue hacia ella. La miró, cruzó la habitación sin reflexionar en lo que hacía y siguió hasta el cuarto de baño. Sin mirarse en el espejo desenroscó el frasco de colutorio y embocó un buche ardiente. Aguantó con los ojos cerrados a que el líquido obrara su función desinfectante y vertió el contenido de la boca en el lavabo. No le pareció suficiente y tomó otro. El amargor de la hiel vomitada era demasiado intenso, o ahora el contacto de los labios del otro habían reanudado el flujo de otra hiel cuyo acerbo gusto era aún más difícil de desalojar de la lengua. En esto oyó la llave en la cerradura de la puerta de entrada. No se asustó, solo se quedó quieto, expectante. Oyó cerrar suavemente la puerta y que dejaban las llaves en el cenicero de cristal. Entonces vació la boca sin ruido, retrocedió dos pasos y se asomó. El conserje abría con cuidado los cajones vacíos de la cómoda y los volvía a cerrar. Supuso que estaba en presencia de un intento de hurto. Era desagradable, inoportuno, pero había que ponerle fin.
- ¡Qué hace!
El otro sufrió un espasmo, una descarga eléctrica y se quedó quieto. Con los ojos muy abiertos. Sin mirarlo.
- Debería darle vergüenza.
El tipo, al fin, reaccionó lentamente, mirándose las manos.
- No, no.
Cuando comprendió lo que su huésped suponía, se permitió incluso una media sonrisa. Pero seguía envarado, inerme ante su propia mentira.
- Es que no encontramos un mando a distancia, y la limpiadora creía haberlo visto en esta habitación. Lo siento, creía que no estaba. Perdón.
Ya salía por la puerta cuando Santisteban lo llamó.
- Oiga.
- ¡…!
- ¿Ya no quiere el mando?
- Seguro que no está.- Y se iba de nuevo.
- ¡Oiga!- Se volvió de nuevo.
- ¿Tiene pilas?
- ¿Eh?
- ¡Pilas, pilas alcalinas!
- Sí, sí; en recepción.
Cuando se hubo ido, pensó un momento y fue por el coche. Después de recoger todas sus cosas y de meterlas en el atestado maletero, se acercó caminando a la recepción. Pidió las pilas que necesitaba y la cuenta. El empleado no fue capaz de decir ni una palabra más, abochornado o aliviado, o ambas cosas, pensó él. Ni lo miró siquiera.
De vuelta a El Tuerto aparcó en el mismo sitio y, con las manos en los bolsillos, se dirigió a su casa. Antes de entrar compró un frasco de vino oscuro en una bodega que era también el domicilio del botillero. Le sirvió masticando un bocado de la comida que hacía con su familia en el cuarto trasero. Se oía un televisor encendido. Don Paco no lo reconoció.
Su madre se levantó nada más entrar él y trajo el puchero a la mesa. Patatas con liebre. Sabían un poco a humo o a quemado, pero no lo estaban.
- ¿No come, madre?
- Ya he comido algo; come, come tú.
Bebió ella, sin embargo, un vaso de vino que le sirvió su hijo y se puso a mirar a ninguna parte con un brazo cruzado sobre el pecho y la otra mano tapándose la boca. Iba de luto. Le preguntó por su vida. Sabía que se había casado y lo del hijo. Hablaron de trabajo, de la familia de Madrid, qué buena gente. Luego le puso al día de las tierras, de sus hermanos, de la enfermedad de su padre. Hizo un silencio y habló de nuevo:
- Dieguito me arregló la pensión cuando murió. Él no quería saber nada con el chico, pero conmigo se ha portado estupendamente. Estupendamente.
Habló de las dificultades de la herencia allanadas sin coste por el abogado, de lindes y del registro de la propiedad, de escrituras. Y todo con la misma mirada. Dos lagrimones, dos regueros de lágrimas mejor, le caían mansos por la cara curtida, todavía no muy llena de arrugas. La dejó llorar un rato sin interrumpirla. Había una sutil armonía entre la mesita redonda, el ancho alfeizar de piedra, las persianas verdes medio enrolladas, el vaho del estofado y las lágrimas de su madre; así que no la interrumpió hasta que empezó a suspirar, a querer parar ella misma y decir algo.
- Ya, madre.
- ¡Cuanta pena, hijo! Tenía que haber desobedecido a tu padre.
La miró, la contempló con frialdad impremeditada, pero dijo: “Estoy bien, madre. No importa”, y volvió al plato y la ventana.
- Si pudiera volver el tiempo atrás…
Se quedó escuchándola decir aquello con el vaso lleno ya en los labios, tocando el agrio vino negro con la punta de la lengua. “Haría lo mismo, madre”, pensó, y se trasegó el vaso.
- Si pudiera volver atrás, hijo, me enfrentaba con tu padre y lo que fuera. ¡Qué desgracia hacerle caso! ¡Mamarracho! Con lo que sé hoy, me lo hubiera enfrentado, hijo, te lo juro por lo más sagrado.
- Lo sé madre. Beba un poco.
Algo le alivió oírselo decir a su hijo. Para eso estaban allí.
Cuando terminó le preparó café. Chupando el azúcar de la taza, como cuando era pequeño y no había vuelto a hacer, dijo que tenía que irse. Prometió que volvería pronto para que dejara de insistirle en quedarse. Tenía que trabajar, dijo. También le dio sus números de teléfono.
- Necesito el radiocasete.
- ¿Qué?
- El magnetófono.
- Llévatelo, es tuyo. ¿Quieres llevarte algo de comida?
No, no quiso. Salió de la casa más mareado que la primera vez. Deseaba tumbarse, pero no quería hacerlo en ninguna de las camas de aquella casa. Llegó al coche casi bamboleante. Entró y quiso poner las pilas enseguida para escuchar la cinta, pero se le caía la cabeza. La pronunciada inclinación de la Calle del Jabalí le pegaba el lomo al asiento. Con las últimas fuerzas inclinó hacia atrás el respaldo antes de quedar profundamente dormido.
Se soñó sentado ante el volante. En aquella postura debería ver el borde de la torre con la antena, o al menos el techo de su automóvil, y sin embargo, sin cambiar de postura, de espaldas, veía hacia abajo cómo la calle se convertía en alameda, y cómo la alameda se sumergía de la bruma del río. Y de la bruma del río salió la mujer negra y subía trabajosamente la cuesta, apoyándose en los troncos blancuzcos. Vestía igual que había sido enterrada. Cuando se acabaron los troncos de los árboles y no le quedó con qué ayudarse a escalar, tuvo que cruzar la vía para apoyarse en el muro de la primera casa. Caminaba atormentada, pero se diría que sus dificultades motrices, sus balanceos y tropiezos, se debían exclusivamente al hecho de calzar aquellas botas de tacón imposible y tratar de atacar con ellas aquella rampa. A medida que, no sin fatigas, la figura se acercaba mirando aún, por la inclinación, hacia el suelo, el aire del interior del vehículo fue cristalizándose, haciéndose un hierro frío que le pegaba las extremidades, el abdomen, el torso contra la tapicería adhesiva. La mujer llegó a situarse a la altura del coche, asida como un lagarto a la pared de la casa frente a la que había aparcado en línea con la calle, y entonces levantó la mirada y de un súbito salto se encaramó al costado del vehículo, a la aleta trasera. Movió los labios, pero él no oía nada. Supo que tenía que bajar el cristal de la ventanilla para entender lo que quería decirle, y que eso dejaría a su merced al que dormía. Solo lo bajó un poco y ella, que había ido escalando por la carrocería, se arrimó a la rendija, torció la cabeza y dijo: “Hay tiempo”. Cuando sintió su aliento en el cogote se despertó de golpe.
Se recobró con una bocanada de ahogo insoportable y se quedó quieto, sometido por un sudor denso que como cuerdas segregadas o una baba vibrante y fría envolvía su cuerpo y conectaba la incipiente migraña con la rígida estructura del asiento. Mirando al techo del vehículo, sin ver aún más que el recuerdo translúcido de la mujer hablando a través de la rendija de la ventanilla, el mundo exterior se abrió paso en forma de luz y latidos del corazón.
Unos minutos después, ya más sereno, fue capaz de enderezar el asiento. La calle del Jabalí seguía igual, esclerotizada en el esfuerzo ascendente de la piedra, coronada por las vigilantes almenas de una torre que traía de siglos el gesto adusto, acostumbrado al mando, del dueño de haciendas y destinos, el mismo que presumiblemente había puesto la moderna antena de telefonía móvil en el minarete de tan viejo poder.
A su lado, sobre el asiento del acompañante, estaba el magnetófono: paciente, humilde, haciendo voluntad propia de todos los caprichos humanos. Amoldándose con gusto a su uso humano del tiempo, había compartido su soñoliento éxtasis de arrepentimiento y terror como una mascota fiel e impertérrita que hubiese aguardado el regreso del joven amo durante todos aquellos años; presto, pasivo, vacío de todo sino de la obediencia. Desalojó los cadáveres babosos, salobres, fofos de las antiguas pilas e introdujo las nuevas. Después sacó el casete negro del bolsillo interior de la americana y lo dispuso en su sitio. Solo faltaba apretar el pulsador. Lo hizo y escuchó, susurrado, lo siguiente.
“Ahora vas a escucharme atentamente, porque no te lo voy a volver a explicar: Hay un cadáver. Él podía haber optado por hacerlo desaparecer, por enterrarlo, por ejemplo, y lo piensa, pero finalmente decide dejar el cuerpo tal cual, caído. En un universo paralelo, lo entierra. En este decide que el hecho se presente como muerte fortuita. Pero nosotros queremos ir más lejos. La víctima está en el suelo, el accidentado está tirado. Porque ha sido un accidente, un homicidio por accidente, por azar, por destino. El matador se ha visto forzado porque la víctima ha inventado casi ese final. ¿Me estás entendiendo? ¿Me sigues?...”
Javier sufre un sobresalto y para la cinta. Recuerda que la cinta no estaba en el inventario que se hace del contenido del maletín en los cuadernos. Si esto es así, ¿quién la puso allí?, ¿cuándo? ¿Cómo era posible que en aquel registro de audio se hablase de su crimen? Otro crimen, ¿cuál?; ¿una fantasía?, ¿una señal?, ¿de qué? Javier acepta el absurdo prodigio de la casualidad con un desinteresado descreimiento. No tiene nada que perder. Rebobina la cinta y la pone de nuevo, atento a todos los detalles, mirando al frente con mirada vacía.
“Ahora vas a escucharme atentamente, porque no te lo voy a volver a explicar: Hay un cadáver. Él podía haber optado por hacerlo desaparecer, por enterrarlo, por ejemplo, y lo piensa, pero finalmente decide dejar el cuerpo tal cual. En un universo paralelo, lo entierra. En este decide que el hecho se presente como muerte fortuita. Pero nosotros queremos ir más lejos. La víctima está en el suelo, el accidentado está tirado. Porque ha sido un accidente, un homicidio por accidente, por azar, por destino. El matador se ha visto forzado porque la víctima ha inventado casi ese final. ¿Me estás entendiendo? ¿Me sigues?... Te lo voy a demostrar. Rebobina los hechos como en una película al revés: El cadáver se levanta como por fuerza mágica y se gira. La mano portadora del arma de ocasión, un pisapapeles, una piedra, toma el objeto de donde está, roza la cabeza de la víctima, que se ha puesto de pie aún herida de muerte e inconsciente y se ha dado la vuelta para recibir el toque del objeto que la mató y ahora la revive, y retira la herida. Mientras el resucitador devuelve el objeto a su sitio, la víctima, que estaba ya en el umbral de una puerta y de la muerte, se libera instantáneamente del dolor del golpe y siente, junto con las recientes energía para erguirse, vigilia y lucidez vital, una rara premura por entrar en el cuarto con el objeto con que ya huía y quiere ahora devolver así como a la ida, cuando el tiempo iba al derecho, quería llevarse, pongamos un maletín, y lo deja sobre la mesa sintiendo de pronto un alivio del deseo de marcharse y un aumento exponencial del de apropiarse de eso que ha puesto de nuevo, y después mantiene una airada conversación con el resucitador, que ordena, señala, grita, argumenta, guarda y saca dinero que la víctima rechaza, a la que termina escuchando sin comprender y sonriendo. También aumentan la codicia y el miedo de la víctima, que ya no sabe que lo será, la incertidumbre, mientras sale del cuarto caminando hacia atrás y el resucitador la mira a los ojos y la deja salir con una sonrisa hasta cerrar la puerta e ignorar que dentro de nada llamarán y poco antes, poco después en el tiempo de los relojes, él matará; es, por tanto, inocente. Este lo ignora, pero quizá la futura víctima, que ahora es solo avidez, lo piense, tal vez piense no solo en llevarse el dinero sino en matar también. Va, tal vez, hasta una esquina o un portal o se aísla por un momento en un simple recodo de sombra y proyecta un robo frustrado, vale restitución, y, sin saberlo, su propio asesinato. Lo va mascullando, madurando su idea al calor del resentimiento mientras regresa a su propia habitación. Es pobre y ahora no encuentra salida a su pobreza. El resucitador, supone la futura víctima, es rico, y más ahora. Al entrar en su propio cuarto, la futura víctima olvida la idea fulminante de la recuperación o sustracción. Se tumba cansada. Sale y hace recados a los que la llaman. Vuelve inquieta. Únicamente vive del rencor de un amor contrariado. Esa persona sale de su casa cabizbaja y vuelve, muy enfadada con alguien que está dentro y sale al portal y le grita. Esta persona va a morir ya, fíjate bien, pero ahora solo grita a alguien que está dentro y se aleja de la puerta con, recuerdo, un pañuelo rojo anudado al cuello, tal vez un anuncio de su cercana muerte.”
Ahí, Javier, detiene la grabación de nuevo. No lo ha entendido todo, pero se ha quedado sin palabras ante un nuevo fenómeno que, a pocos metros ante él, tangible, horrible o maravillosamente audible, desafía con poderes inmediatos y gigantes su fuerte escepticismo. O incluso va más allá y, alimentado por el deseo, dibuja una alternativa, real e imaginaria a la vez, para las dudas, la destrucción y la muerte. Una mujer joven ha salido como una exhalación por la puerta de la torre del edificio de contratación de aparceros. Después de todo, no estaba abandonada. Pelo largo, ondulado, vaqueros ceñidos, zapatillas, un chaleco sobre la camisa. Alguien parece haberla seguido por el interior del edificio hasta la puerta y le grita desde allí, sin salir; es un hombre, un hombre mayor que ella. Miran Javier y, tras él (lo ve difuso en el espejo retrovisor, como un vaho de invierno), la máscara blanca. Y la máscara dice: ‘Sabes quién es el tipo, ¿verdad?’. Javier finge que no hace caso, o que no lo sabe, y observa a la chica. Esta se vuelve y grita al hombre a su vez. ‘Lo sabes bien; por eso la miras’, insiste la aparición. Javier decide que la sombra blanca no existe y que no habla. Deja de oírla y el olvido la acoge de nuevo. La chica es ahora el centro: le tiran algo desde la puerta y lo recoge. Se cuelga un bolso del hombro y busca en su interior. Saca un pañuelo y se lo anuda al cuello. Es un pañuelo rojo. “Esa persona”, recuerda casi palabra por palabra, “sale de su casa cabizbaja y se vuelve, muy enfadada con alguien que está dentro y sale al portal y le grita. Esta persona va a morir, pero ahora solo grita a alguien y se aleja de la puerta con un pañuelo rojo anudado al cuello, anuncio de su cercana muerte”. Se dirige a un coche pequeño que había aparcado bajo un árbol y él no había visto. Lo aborda, arranca, maniobra y pasa a su lado rascando marchas y en dirección al río.
Sin ser capaz de decidir nada más, nada diferente que le proporcione un mínimo de certezas útiles, lleno de una ilusión imbécil, Javier arranca a su vez su propio automóvil y la sigue. Es un simple camino, un movimiento reversible, un gesto de curiosidad, pero de momento la sigue. Ha elegido aquello, como podía haber elegido cualquier otra cosa: suicidarse, olvidar, confesar, denunciar, llorar acaso, no hacer nada. Es una decisión caprichosa, pero tan buena o mala, tan transitoria, tan absurda como cualquier otra. Quizá la coincidencia le permita ganar algo de tiempo. Es una corazonada no sabe de qué. Aquella no es la persona de la que se habla en el casete, desde luego, y no es su muerta, porque no puede serlo, pero no le importa que no lo sea. Son tres vidas unidas que, si lograsen confluir y hacerse una, si aquellas coincidencias tuvieran algún sentido, él tendría una oportunidad de volver atrás y no hacer lo que hizo. Pues todavía hay tiempo, según el espectro escalador. Así de absurdo suena y así de absurdo y mágico lo acepta. Qué más da una muerta que otra, una chica que otra, un pañuelo que otro, una vida que otra. El tiempo ha retrocedido y tiene, siquiera simbólicamente, ocasión de evitar una muerte anunciada. No sabe cómo pero sabe que aquella mujer joven lo salvará y salvará a la prostituta, o lo librará a ella de él y a él de ella. Javier ha muerto y ha nacido de nuevo, ha roto un cascarón que le oprimía y lo primero que ha visto ha sido el pañuelo rojo, la impronta; ahora es todo lo que conoce, lo que debe seguir y perseguir. La liebre de su nueva carrera. La primera vez lo echaron de su vida, la segunda se marcha él. Esa mujer del pañuelo iba a morir (de algún modo, en algún lugar, por alguna razón, en algo o para algo) y él puede evitarlo y salvarla y así salvarse.
Alcanza la carretera nacional y se dirige al este. Hay un momento crítico al pasar por delante del motel de Flor, pero el pequeño vehículo no se detiene y continúa en dirección a Albacete. Va en su dirección. No tiene nada que perder. Todo lo que necesita, todo su mundo de viajante está en el maletero. No ha de regresar para nada, puede continuar con ese absurdo experimento. Siente no haber podido entregar los cuadernos a Diego; quizá de regreso a Madrid.
Siguiendo al cochecito hacia el oriente, se ríe de sí mismo y está a punto de abandonar. De pronto, una aprensión le gana y siente vergüenza (atenuada por la actual impunidad) y miedo: si se descubriese el cadáver y lo asociaran, siquiera circunstancialmente, con él, cualquier comportamiento poco habitual lo haría sospechoso. Se tranquiliza enseguida pensando que aquella era la dirección de su siguiente escala profesional. Además, a qué engañarse, no cree con sinceridad que descubran el cadáver. Se va a librar; se ha librado. No ha vuelto a mirar en la prensa local, pero ya no lo necesita. Ha estado allí y no pasaba nada. Sus sentimientos respecto de la antigua portadora de aquel cuerpo que se pudre son, sin embargo, mucho más complejos. El hecho de ser la única persona que sabe dónde está lo intranquiliza. Cree estar dentro de la órbita de los sentimientos que invaden a los familiares de los desaparecidos. Es peor que la muerte, es seguir muriendo. Y se puede aliviar realizando una llamada telefónica que no puede hacer. Su cerebro, sus recuerdos, su espíritu todavía no le han proporcionado una solución válida para ese problema que solo puede resolver u olvidar por completo. El único resto con algún dato personal de la muerta que él pudiera comunicar (nombre, nacionalidad, residencia…) estaba en el bolso, y duda mucho de que, pasados unos días, lo pudiera recuperar. Es prácticamente imposible. Sin embargo, algo le dice que seguir a aquella joven del coche puede proporcionarle una solución transversal, en cierto modo alternativa o compensatoria. Como este trayecto en pos de la trasera del utilitario no le compromete a nada (si se para en Albacete, le vale; si sigue a Valencia, también; si sube hacia Tarragona o baja a Murcia, también puede aprovechar el viaje para visitar algunos clientes), como puede abandonarlo cuando quiera, como puede perder su pista en cualquier momento y eso no significaría nada, se relaja; aquello le distrae, hasta le divierte seguirla. Se pone música, y el balanceo del coche de delante –al que no se pega por no levantar sospechas en la joven, que tal vez mire imaginariamente hacia atrás con desconocido recelo, por si la sigue el hombre maduro de la torre- parece seguir una pauta que ejerce de contrapunto móvil; un vals torpe de nervioso aprendiz o bailarina con ganas de danzar pero muy mal oído que se apresura demasiado o tarda en sincronizarse –o debiera quizá ese verbo ser ‘abandonarse’, y que ese sea el secreto que ignora y la entorpece-, que tarda en abandonarse, pues, a la sugerencia del compás. Aquella consunción de kilómetros en una vana relación de luces y distancias, de ritmos y velocidades relativas, le aleja por momentos de una biografía que de la insatisfacción más o menos soportable de una vida cotidianamente vulgar ha pasado a someterlo, en un brevísimo espacio, a una difícilmente aceptable granizada de trascendencia, melodrama o catástrofe, según se lo vea. Siguiendo a aquella chica, jugando a un juego que puede abandonar y al que puede reincorporarse cuando le de la gana sin que ni una ni otra cosa importen demasiado, se siente más ligero, menos él mismo.
La chica, con el crepúsculo ya volcado entero sobre ellos, se detiene en Moncofa a echar gasolina y comprar chucherías. Habla por teléfono. Él también rellena un poco el tanque y compra agua. Después, vuelven a la carretera. Ha logrado seguirla sin dificultades hasta aquí. De pronto, al salir de la estación de servicio su identificación del vehículo no resulta tan fácil. Hay un poco más de tráfico y ya no hay formas ni colores, solo los pilotos traseros. Singulariza la forma de las luces y confía en poder no perderlas de vista entre la maraña de reflejos. Es como si el coche de delante le llevase. Las actuales limitaciones de velocidad –de las que la joven es cumplidora estricta- ayudan a evitar sorpresas: las escapadas son prácticamente imposibles, los tiempos de reacción y respuesta, cómodos. Una cadena invisible tira de sí. Ha tomado la AP-7. El juego se endurece. Puede abandonar la autovía en cualquier momento, pero no lo hace. Él tiene mucho tiempo para trazar círculos mentales en torno a lo que ha ocurrido estos últimos días, su relación con el pasado, el destino… pero se cansa enseguida. A fuerza de abandonos cada vez más fáciles termina por limpiar una buena parte de su mente, aquella con la que más a menudo se relaciona. Se concentra en las dos luces rojas y el resto se difumina. Es un gran alivio.
De noche, llegan a Barcelona. Ella parece saber adónde va. Detiene el vehículo frente a un edificio de apartamentos, sale y llama al portero automático. No se puede estacionar allí, y él tiene que subirse a la acera unos metros más adelante, apagar las luces y confiar en no llamar su atención. Otra joven sale del portal, se abrazan. La primera vuelve a montarse en el coche. Aquella otra le hace unas indicaciones de maniobra y la suya, la del pañuelo rojo, reculando un poco, introduce finalmente el utilitario en el garaje de los bajos del edificio. Parece que la función ha terminado por esa noche. No se va a quedar de plantón. Es posible que salgan a cenar, o que ya no la vuelva a ver más; pero no importa. Esta era y continúa siendo la gracia de este juego; así que sale de aquellas calles y se encamina a su hotel de siempre.
Cena únicamente zumo de tomate con vodka. Dos vasos. Y llegada la hora habla con Elena: En Barcelona, sí. No, no sé cuantos días. Se tumba en la cama y se duerme.
CAPÍTULO 3º
Al día siguiente, temprano, inició su ronda de visitas a sus clientes de Barcelona y alrededores. No fue donde la chica. Era parte de este juego inventado por él: lo que ignoro no existe, no me compete, no me atañe; lo que olvido deja de ser cierto, cesa en su realidad; el jugador decide, siempre, su grado de implicación; se está autorizado a salir indemne cuando se está en peligro o no se está dispuesto a asumir una responsabilidad o un riesgo, aunque sea uno mismo quien se haya expuesto a él o sometido a ella, ya que si bien son el resultado de decisiones libres, son imposiciones del tablero. Podría haber llamado a su juego “El arte de la fuga”. Era, quizá, y él lo habría sabido si se hubiese puesto a pensarlo, lo contrario a la vida.
En los últimos años se preocupaba de concertar antes la cita por teléfono con los encargados de compras de las empresas. Casi todos eran ya viejos conocidos. En esta ocasión se presenta por sorpresa, voluntarioso, optimista; y si le hacen esperar porque el compras no se encuentra en ese momento o está muy ocupado, pues espera, o se va a dar una vuelta por los alrededores (el primer día solo tomó una barrita energética y cuatro tés) y vuelve a probar su metal de vendedor nato metiéndose en un taller donde no le conocen y arrancándoles un pedido de desengrasante, jabón de manos o limpiador universal. De la posibilidad de perder a la chica del prodigio, del desapego con que tramita ese riesgo, obtiene un insólito caudal de fuerza cuyo manantial es ubicuo. Sus conocidos lo perciben, pero no saben bien a qué atribuirlo, unos se alegran de verlo sin previo aviso, los hay que creen poder intuir un rejuvenecimiento. Lo achacan a que, como confiesa, ha dejado el tabaco, o a que, aunque lo niegue, tiene un lío; pero a nadie deja indiferente su repunte animoso.
Come porquería: la segunda jornada refrescos de cola y un sándwich de atún. Se pasa por el portal de ella un par de veces al día. Una noche la ve de refilón, cree, paseando a un perro.
Este rondó jubiloso sigue tres días. Reporta nueve nuevos clientes. Se compra tres corbatas y unas cuantas prendas de ropa informal. Come poco (el tercer día chocolatinas y café. No la ha premeditado así: esta alimentación arbitraria y ridícula responde a un albedrío compulsivo y como de fiesta, caprichoso, liminar y demente, de guateque infantil), habla por los codos cuando tiene ocasión y, si no, guarda un silencio concentrado, camina mucho para combatir la ansiedad. La tarde del tercer día pasa por delante de un cine y se mete a ver una película iraní. Sale de la sala deslumbrado por una revelación estética que no experimentaba desde hacía muchísimos años y que se difumina a medida que camina hacia el coche.
Como por querencia inconsciente, conduce hasta el edificio de apartamentos donde la acogieron: el movimiento normal, entra y sale gente, pero no la ve. A punto de irse, un vehículo le rebasa y ataca la rampa del garaje. Sin pensarlo, baja con el suyo tras él y aprovecha que abre el portón para colarse dentro. Al rato de buscar localiza por fin el coche en la plaza que, según reza un letrero, pertenece al 6º2ª. Aparca en una plaza próxima y sale de su automóvil, no sabe muy bien para qué. Mira tras los cristales de las ventanillas: el interior está lleno de papeles arrugados. En la alfombrilla del acompañante hay una botella de agua y dos latas de refresco vacías. Sobre la bandeja del portón trasero un sombrero de paja y dos peluches: uno es un perro con la lengua fuera, el otro un gato pegado al cristal trasero con una ventosa. Toma nota de la matrícula y se encamina a la salida. Ya es un poco tarde; si no logra salir de allí cuando entre alguno de los últimos que regresan a casa del trabajo, corre el riesgo de quedarse toda la noche encerrado. Ocupa una plaza junto a la rampa y aguarda. Pone uno de sus discos de música de carretera, grandes éxitos de los setenta, que podría durar hora y media. Lo quita enseguida; rebusca pero no encuentra nada que le apetezca oír. De todos modos no tarda en entrar un vehículo. Sin perder tiempo se coloca en posición para evitar que baje la cancela. Eso le obliga a hacer una maniobra un tanto agresiva que lo coloca al costado del otro coche. Su conductor, un cincuentón asimismo de traje oscuro, lo mira con el ceño fruncido, pero su propio aspecto es impecable. ¿Qué está viendo en mí?, piensa: un cuarentón pulido a bordo de un turismo de cincuenta mil euros. No hay peligro de que lo confundan con un ratero. Se siente reo de un pequeño delito, participante de la conspiración ecuménica que suscribe y perpetúa el ‘tanto tienes, tanto vales’, y el ‘por su aspecto los conoceréis’. Le da un poco igual.
Mientras conduce hacia el hotel se le ocurre que al día siguiente, desde su propia habitación, bien podría hacer un par de llamadas y cerrar un par de pedidos. Darían las ocho y media de la mañana y ya habría ganado unos trescientos en comisiones. De pronto, salir a vender no tendrá la menor trascendencia. Sin embargo, ella puede abandonar el piso y su vida en cualquier momento; así que la vigilará más de cerca. Tiene que ocurrírsele algo para aproximarse a ella.
Sus prioridades, sin que nadie pudiera decir por qué, y menos él mismo, parecen haber dado un giro radical. De pronto, idea una gestión que considera audaz. Llamará a tráfico. Querrá saber qué tiene que hacer para cambiar la titularidad de un turismo. Le hablan – imaginariamente oye hasta la conversación – de un impreso. Pregunta si puede enterarse si tiene multas o está al corriente del pago del impuesto de circulación, porque resulta que su tío era un despistado, y dejó que el coche lo usara su mujer, vamos, que se desentendió de él, y la pobre mujer lo coge una vez al año, si lo coge; ¡pero si lo tenían en un granero! Le cortan. Le dicen que sí y comienza a dar los datos del vehículo. Cuando sin duda ya tenga la telefonista la ficha del coche ante los ojos, dirá:
- Titular…. Juan Segorbe Sarriá.
Silencio al otro lado. Comprueban los datos otra vez. Por fin:
- No, señor, ese no es el titular que figura en el permiso de circulación.
Él resopla, chasquea la lengua.
- ¡Buenoooo! ¡Bueeeeno! Y el pobre hombre a punto casi de morir. Cáncer, ¿sabe? Lo mismo, viéndolo venir, se lo dejó a la chica y la otra no se acuerda, o no lo sabe. ¿Es mi prima? ¿Se lo ha dejado a mi prima? ¿A Candela?
- No señor.
El tono de él se entristece, se hunde en confusión.
- ¡Qué hombre! ¡Y mi tía queriendo venderlo! ¡Qué desastre de hombre! ¿A nombre de quién lo puso?, si me hace el favor.
- No puedo darle esa información, señor.
- El nombre de pila solo, si me hace el favor, ¡hombre!, ¡por Dios!, y ya con eso sé quien es. Seguro. Para ayudar a la pobre mujer, que no sabe leer. Yo es que estoy en Jaén, ¿sabe? Por hacerle un favor a la familia y sacarle del apuro pues me ha llamado… por si se lo compraba para mi chico… figúrese qué panorama, y ahora resulta que…
-… Serena. No puede decirle más.
- No hace falta. Esa es mi tía. Adiós y gracias.
Colgará y le dará la risa. Sonrió en el coche para nada, para nadie, pero porque no sabía para qué coño quería él saber aquel nombre. No se servía de nada.
Llegó al hotel pensando -como si apenas fuera un entretenimiento de la imaginación, un juego al que no jugaba desde hacía algún tiempo- cómo hacerse presente en la vida de la chica.
A la mañana siguiente hizo aquellas llamadas de trabajo que había previsto y algunas más. A las nueve y media de la mañana había ganado en comisiones, efectivamente, una cantidad ligeramente superior a trescientos euros. Además, había aprovechado las esperas para ducharse, hacer un desayuno en condiciones y vestirse de manera informal. Por primera vez desde hacía años, el sobrepeso que aún ensancha un poco –menos que hace una semana- su cintura y se rebalsa sobre la cinturilla del nuevo pantalón de algodón le molesta. Su día de vendedor ha acabado, pero al salir se ha echado un puñado de tarjetas en el bolsillo; nunca se sabe.
Y camina.
Nunca había visto Barcelona a aquella escala. Compra agua en pequeñas lecherías donde lo miran como a un excéntrico y escala rampas y escalinatas inauditas en barrios donde parece que nadie se molesta en subirlas. Asciende muchas cuestas, se para a ver el mar, a ver las casas allá abajo. Le entran ganas de dejarlo y de meterse en el primer taxi que vea, pero en lugar de eso entra en un centro comercial y se compra unas zapatillas deportivas, calcetines blancos, un par de camisetas y una mochila pequeña. Mete en ella los zapatos y la camisa empapada y sale de nuevo a la calle. Compra ciruelas en un puesto y se las va comiendo; ese es todo su almuerzo y será su cena. Llega al puerto y para descansar se mete a visitar un trasatlántico. A bordo entra en un aseo, defeca, se refresca y se arregla un poco. Se apoya en la barandilla de uno de los puentes. Ahora menos que nunca haría un crucero, pero a medida que se reducen sus probabilidades de hacerlo, más cómodo se siente allí apoyado, viendo abajo el muelle como un mundo al que no tuviera que volver. Un emigrante, un evadido, un refugiado con derecho a iniciar una nueva vida. Se huele un olor metálico en las palmas, se mira las manos y decide de pronto.
Busca un tripulante y le pregunta por cierto encargado del buque. Le llevan a una zona del barco restringida donde un policía o algo así le registra la mochila y le cachea. Le hacen esperar oyendo conversaciones por radio que se difunden por el aire sin que pueda saberse de dónde salen. Por fin aparece el individuo, que le mira extrañado pero cortés. Entonces es cuando él despliega lo mejor de su repertorio. El fulano se muestra casi hostil desde el momento en que él saca la tarjeta de empresa, pero de algo le han de servir sus muchos años en la calle.
Su capacidad de observación, su flexibilidad para adaptarse al futuro comprador, su cintura para evadir las trampas, los cierres falsos, su sabia forma de arrullar el ego de su eventual pareja de baile comercial, quien llega a sentirse el más afortunado de la tierra solo por haber conocido a Javier Santisteban, le conducen de forma lenta pero irreversible a donde él quería ir desde el principio. Aquel tipo resulta ser un perfeccionista y le arrastra con él por la zona de máquinas, donde a Javier no le importa mancharse para mostrar cómo cierto subproducto químico de los detergentes que utilizan a día de hoy, aliado con la temperatura, tiene efectos corrosivos permanentes; le lleva por la cocina, donde antes de que el otro se los diga le canta los problemas más comunes a un encargado que lo mira de arriba abajo como si fuera un adivino; le pasa por los baños, cuyo jabón de manos, como bien sabe, deja las manos ásperas y es potencialmente nocivo para pieles delicadas… Para todo tiene Javier una respuesta satisfactoria: componentes, aroma, resultados a largo plazo, distribución y reparto, devoluciones, precios. Sale de allí, según la exagerada jerga del oficio, con un cliente y un amigo. Llama desde el mismo puerto al almacén de su empresa en Madrid para que manden de inmediato un gran pedido de muestras.
Al colgar se siente tan bien que casi se vuelve a ilusionar con su arte, pero regresa esa sensación, liberadora e ingrata a partes iguales, de los últimos tiempos; pues ha venido dándose cuenta de que algo falla, algo para lo cual los acontecimientos de los penúltimos días –que no precisa en su magín para no sentirse abrumado de horror y desconsuelo- han actuado de reactivo, y nota que presentarse ante aquel individuo del barco, uniformado este hasta las cejas, así de improviso, sudado, sucio y vestido de una forma casual había sido un frívolo gesto de autodestrucción. Sus reflejos habían impedido que eso ocurriera, pero la euforia, la ruptura voluntaria, y hasta enfática, aunque de motor subconsciente, de las convenciones de su profesión, algo en su interior le dice (de modo totalmente oculto, ya que nada de esto lo concibe de modo articulado, sino como una mera erupción de sensaciones) que son señales de algo. Lo llamaría crisis si percibiera la forma de su naturaleza de cambio, pero intuye que va a ser una metamorfosis cuyo alcance vaya más allá; además, ni se le ocurre que deba poner nombre a algo cuya silueta, cuerpo en la oscuridad, apenas si alcanza a discernir. Una entidad se aproxima a su vida de modo irrefrenable, y todos aquellos fenómenos o experiencias extrañas acaso no son sino sus primeros heraldos. Sintió como si estuviera esperando en una playa algo inmenso y feroz que, viniendo del otro lado de la tierra, se aproximara ya bajo las olas. Luego se puso a caminar de nuevo y se le pasó. Ni se acordaba ya de que por un segundo había pensado en desaparecer para siempre.
De retirada hacia su hotel, con los muslos calientes y los pies cansados de andar, pasó por delante del edificio, se arrimó al portero automático y, sin haberlo premeditado, llamó al piso. No sabía qué iba a decir. Tardaron en contestar tanto que ya se despegaba de la pared cuando una voz de mujer joven respondió a la llamada. Preguntó entonces si tenían tal y tal coche de tal número de matrícula en su plaza de garaje. Le contestaron que sí con cierta aprensión.
- Es que yo aparco cerca y tiene un charco de grasa enorme debajo, como si hubiera roto el cárter.
Era casi una necedad, pero oyó cómo la que hablaba con él, dirigiéndose al fondo de la casa, gritaba: “¡Palomaaa, parece que tu coche está soltando aceite!”. Le dieron las gracias y se fue enseguida.
Conocer su nombre seguía siendo igual de improductivo cuando había imaginado que llamaba a Tráfico para averiguarlo que ahora que lo sabía de verdad. Atesorar esa información le resultaba en cierto modo tan irreal ahora como cuando era una pura fantasía. Lo verdaderamente estimulante era la inmediatez del trasvase de competencias entre la fantasía y lo auténtico. “Si se hubiese llamado Serena…”, pensó, “sería como el pañuelo rojo”; como si la ficción dotase de trama al caos de la realidad y esta, agradecida, se prestase a encarnar lo ficticio. Había descubierto en sí mismo cierta facultad no solo de comandar la nave desconocida donde estaba embarcado, sino de introducir en ella, y en el paisaje entorno, modificaciones creativas. Estaba por ver (piensa) si también podría finalmente influir en su destino de atraque, y en el destino, pasado pero de algún modo pendiente, de la mujer negra. Esta evocación súbita le hace revivir los hechos del motel: se estremece como si en el corazón de un frívolo parque de atracciones se hubiese abierto de pronto un plomizo yermo sembrado de dolor y cadáveres.
Cuando cerró tras él la puerta de su cuarto, no pudo ignorar por más tiempo que estaba agotado. Al quitarse la ropa, cobró una contundente conciencia física de su presencia corporal: irradiaba sensaciones dolorosas y placenteras, calor. Y olor. Se duchó.
Se duchó largamente, dejando que su piel se acostumbrara a un agua cada vez más caliente y que toda la habitación, no solo el cuarto de baño, se llenara de vapor de agua. Se puso el albornoz y salió. Tenía hambre. Rebuscó en la mochila y de una bolsa de plástico sacó dos ciruelas. Las fue a lavar y se sentó a comerlas en el borde de la cama, ante el televisor. Zapeó un rato hasta que llegó a un canal porno de pago del hotel. Ahora (en los primeros años de profesión no fue ni mucho menos tan prudente, tan ahorrativo, tan casto, tan sensato) ya nunca se permitía engolfarse en esas producciones repetitivas que llenaban su cabeza de imágenes y, o bien le exigían una respuesta, compartida o manual, para desalojar el prurito, o bien le acarreaban un insomnio cruzado de inquietudes. Pero esta vez dejó correr la cosa. Vio pasar el segundero de cortesía que, en una esquina de la pantalla, incluía esta cadena de hoteles para permitirte ver un poco y ayudarte a decidir si te quedabas, con su costo adicional, o salías del canal. Se quedó hipnotizado viendo una penetración doble en que dos negros borraban las distancias de una delicada belleza rubia del medio oeste que ululaba con la mirada trastornada y perdida de los místicos. Pensó fugazmente que con esa misma unción, provista con aquella virginal capacidad para el arrobo, podría haber sido monja o ecologista, que aún podía que lo llegara a ser, o que lo fuera. Con la segunda ciruela a medio comer en la mano izquierda, se puso de pie, dejó resbalar el albornoz y, ya desnudo, empuñó su falo y se puso a bombear a la velocidad que follaba el negro que tenía la polla más gorda. Se terminó la fruta, hizo un sprint y, sin miramiento alguno, se vertió completamente sobre la pantalla y la alfombra. Repitió esto dos veces. Luego, sin prisa, limpió un poco las salpicaduras más evidentes, se duchó de nuevo e hizo otra cosa que no hacía nunca desde el comienzo mismo de su carrera, atendiendo a las recomendaciones de su maestro en el oficio: vertió dos botellines de ginebra del minibar en un vaso con hielo y dio un trago largo. Sintió descender el alcohol helado como un desinfectante tras la purga.
No sabía cuándo había cambiado de canal, pero ahora la pantalla del televisor emitía unas relajantes imágenes subacuáticas de delfines que llenaban el cuarto de radiación azul y venían acompañadas por una música entre coros barrocos y new age. Con aquel entorno fetal, reportó a la empresa los pedidos y llamó a casa. Se alegró de poder contar lo del trasatlántico, y que aquel motivo centrase y absorbiese casi toda la atención de la conversación. Entonces Elena dijo algo con lo que, estúpidamente, no había contado: “Bueno. Hala. Mañana nos vemos; a ver si llegas a comer.”
Cuando colgó, la evidencia de la normalidad, del poder disruptivo o regulador del hábito, de la rutina semanal, se le presentó con la fría ferocidad de una madre que tiene por misión destruirnos para salvarnos. Se durmió sobrecogido por un espanto urgente.
Cuando se despertó, la antigua capacidad de fabulación infantil, un órgano interno cuya función había creído perder hacía muchos años, lustros de sequía imaginaria pasados en su particular exilio de adulto huérfano, había negociado una sugerente curva al timón de su vida y levantado otro escenario. De nuevo, la transfusión de jurisdicciones entre las dos esferas, la real y la fantástica, esa osmosis insólita entre los reinos de lo tangible y lo ilusorio que le hacía cosquillas en el plexo solar y le emocionaba como a un colegial -aunque su continente externo (un hombre al pie de la derrota) fuera bastante adusto aún- le fue haciendo las sugerencias una a una. A cada instante sabía lo que quería hacer, pero no lo que haría un segundo después.
En un momento determinado, mientras se dirigía en su coche al taller, creyó ver aparecer en el retrovisor, sobre su hombro, el rostro blanquecino, descarnado, expectante del otro. No se asustó; siguió conduciendo. Lo miró detenidamente en un semáforo y era él mismo, no siéndolo. Se empezaba a acostumbrar a los acontecimientos tontamente insólitos e inexplicables. Pensó incluso que lo estaba oyendo soplándole al oído. No sabía cómo decirle que ya había dejado de ser precisa su asistencia. Aunque quizá, pensó, aquel doble pudiera ser el agente transfusor, el mensajero, el mago y el bufón, y tal vez sin su presencia nada habría sido de la misma manera. No supo resolverse en uno u otro sentido, ni decidir si aquello era bueno o malo, y el espectro a sus espaldas no parecía tampoco interesado por ahora en aclarar quien era. Quizá solo fuera la muerte enamorada de sus errores. Y la muerte sonreía. Pero aquella presencia repugnante, aquella asquerosa oportunista, no tenía nada de qué mofarse. Nada. No tenía ningún derecho: ¿Qué te creías, hija de puta?... ¿Que solo observas, dices?..., ¿que estás aquí para acompañarme, dices?..., ¿para aconsejarme?... ¿O no es eso?... Mira y verás.
No bien dejó el automóvil para el cambio de aceite y filtros, llamó a casa. Una fatalidad: el cárter se había roto, o eso era lo más probable. Acababa de encontrarlo en el garaje del hotel, chorreando, casi flotando sobre un charco de grasa de motor. Iban a venir a llevárselo a un taller. A ver qué le decían. Que llamaría más tarde, a ver si se lo tenían en el día.
Dejó el teléfono en silencio y se aplicó a caminar con la mochila a la espalda. Comía fruta y caminaba. No había error posible porque solo se trataba de eso: caminar; o mejor: no parar de andar. Si repetía un trayecto estaba bien, si conocía un lugar nuevo, mejor. Bajó hasta el mar y se bañó en calzoncillos. Luego los tiró a la basura, pero a la media hora de reanudar la caminata tuvo que comprarse otros y llevárselos puestos porque los muslos le rozaban. Llegó hasta la calle de la chica y desde un banco en la acera, mirando el portal y vigilando también el portón de la cochera, llamó a casa. Parecía más grave de lo que habían pensado, pero estaban esperando una pieza que venía de un almacén que tenían en Zaragoza. De todos modos, casi le convenía quedarse hoy y quizá mañana porque quería asegurarse de que llegasen las muestras al trasatlántico. Lo mismo probaban sus productos enseguida y se iba de allí con el primer pedido. No, no habían llegado, y habrían tenido que estar ya en el barco. No le hacían ni puto caso en la empresa y cada día estaba más cansado y más aburrido de tener que repetir las cosas cien veces y de perder dinero por culpa de unos incompetentes. Era el negocio del año, estaba seguro, y aquellos tipos del almacén con el bolo colgando, viéndolas venir, dormidos en los laureles. Ya sabes cómo son. Dijo alguna cosa más: duermo mal, que el niño estudie, y cortó.
Se comió una pera, orinó entre dos coches, se rascó la barba de tres días y entonces la vio salir. Echó calle abajo. Llevaba los mismos jeans con que la vio la primera vez. La blusa, blanca con motivos de hojarasca de color castaña y canela, amplias mangas con puñetas y chorrera de volantes, sería prestada. Nada del pañuelo. Estuvo andando un buen rato, consultando de cuando en cuando un librito que llevaba en el bolso de cáñamo. Se detuvo frente a un bloque de viviendas, comprobó la dirección, y entró. Mirando hacia lo alto de la fachada, Javier vio carteles de pisos en alquiler. Estaba buscando piso. Anotó la dirección y aguardó. A lo largo de la tarde visitó otros cuatro lugares por la zona. Parecía gustarle el barrio, o quería estar cerca de su amiga. Luego regresó. Él, con ella recogida en casa, y estando casi seguro de que no se trasladaría aquella misma tarde, también lo hizo.
Antes de encerrarse en la habitación había adquirido en un kiosco algunas de las publicaciones en que se anunciaban viviendas y apartamentos en alquiler y buscó aquellas en que apareciesen las direcciones que la chica había visitado por la tarde. Todas estaban en dos, un periódico de gran tirada y un boletín semanal dedicado exclusivamente a anuncios de particulares. Este último salía los martes, así que era improbable que aún resultase útil el sábado para encontrar algo interesante disponible. Se centró, pues, en el periódico, cuya sección de alquileres por barrios y precios daba una idea bastante exacta de lo que parecía estar buscando ella: algo barato, próximo, provisional. Al día siguiente llevaría aquel diario cuando la siguiese, por si era posible ejecutar un rudimentario plan de acercamiento que todavía desconocía. De refilón, como sin confesárselo a sí mismo, como si autorizase al otro a mirar por encima de su hombro mientras él hojeaba el periódico sin prestarle atención, comprobó que no se decía nada del hallazgo de un cadáver. Y la desaparición de una puta ilegal, reflexionó con un ápice de indignada pena absolutamente sincera, no era noticia.
Aquella noche, que cenó whisky con agua, comunicó a su mujer que les había sido imposible reparar el coche, que se quedaba ya el domingo para seguir la pista de las muestras del barco. Meterse en el puente aéreo, argumentó débilmente, le comería la mitad del día o le impediría dormir. No se mostró muy conforme, o no quiso que pareciese que se conformaba muy rápido o con excesiva e indecorosa indiferencia su mujer, pero la resistencia fue solo testimonial.
A la mañana siguiente fue hasta allí temprano y se apostó en el banco del parquecito a esperar. Para ganar tiempo y matar el aburrimiento, fue seleccionando algunos apartamentos próximos que se ajustaban a las preferencias de ella y no había, que él supiera, visitado con anterioridad.
A media mañana estaba harto del plantón. ¿Cómo dejaba pasar la mañana?, ¿no comprendía, acaso, que lo mejor desaparecería a primera hora? ¿Estaría llamando por teléfono? Quizá. Quizá también, ida la amiga o su marido a trabajar, tal vez los dos, la prisa por abandonar aquel piso, seguramente confortable, no sería tanta. O puede que marchado un receloso esposo a la labor, las dos desayunaran como emperatrices de la magdalena y el cruasán, de charleta como nunca la habían disfrutado desde que la otra se casara y se fuera del pueblo, o desde que terminaran en la universidad. Por la tarde volvía el celoso gañán, que quería volver a poder disfrutar, le habría advertido a su mujer, de su intimidad doméstica cuanto antes, y habría que dar impresión de diligencia, o mejor, no estar. Se cansó también de especular. Se había comido media docena de platanitos maduros que había de un salto ido a mercar a una frutería de pakistaníes cercana y algo sucia, y se había visto obligado a defecar en la rampa grasienta por la que sacaban la basura o entraban la mercancía de un restaurante de hamburguesas infantiles y fiestas rápidas. Ya no podía más, y se largó. Se puso a caminar hacia arriba sin ton ni son, pero pronto pensó que no perdía nada visitando aquellos apartamentos que había seleccionado para ella, quien tal vez incluso se presentara por sorpresa. Y si no iba, pues nada. Así que se volvió.
Algunos eran pura cochambre, otros estaban mal situados, mal iluminados o no tenían ascensor. El resto, simplemente, ya estaban alquilados. Solo quedaba uno interesante. Era luminoso, con dos habitaciones ventiladas, terraza con horizonte marino, de obra nueva, con garaje y portero, amueblado con gusto, piscina de verano, silencioso y caro, un poquito caro para ella. Si él lo había elegido era por el anuncio, que lo hacía irresistiblemente atractivo. Confiaba en que lo fuera también para ella. Pero si preguntaba por teléfono el margen de rebaja o el alcance del significado de la locución “precio a convenir” a que estaba dispuesta a llegar la propietaria, ni siquiera se acercaría a verlo. O solo lo haría, y ahí residía también la faceta lúdica y el punto del tahúr que poseía aquella persecución un tanto absurda, por pura curiosidad o por probarse como negociadora, una facultad esta de la que, por lo tanto, no se consideraría del todo desprovista. Y esa palestra de riesgo e intercambio, de pugna de mentes por un logro, aun en su versión menos dotada, la de la esperanza infundada, era su dominio, su feudo, y la aproximaría a él. Le dijo a la dueña que volvería por la tarde y se marchó al hotel.
Se arregló, siempre de modo casual pero ahora un poco más correcto o atildado, y volvió a poner sitio al portal. Aproximadamente a la misma hora que el día anterior, ella salió y se encaminó a pie hacia el oeste. Hizo tres visitas, y la cuarta fue aquella. Algo, aquel órgano inactivo desde la primera adolescencia desterrada, dio un vuelco en su interior al comprender que no se había equivocado en sus previsiones y que el juego saltaba a otro nivel.
Se presentó de improviso en mitad del tira y afloja por el precio. La propietaria estaba a punto de romper. Acababa de rechazar, a voces escandalizadas que él había oído a través de la puerta, la última cifra de ella, y se alegró de verlo aparecer, esperando tal vez que él volviera decidido a aceptar sus condiciones o al menos que la lucha cambiase a un frente más favorable. Por el contrario, ella, que estaba bellísima con aquella luz alta y prestada, luminosidad de inauguración y de museo, se alarmó y casi dio la partida por perdida. La decepción apagó su rostro y encendió un abanico de fuego en su pelo castaño. La mujer se encaró con él, amable, dando la espalda ya definitivamente a la joven.
- L’hi queda per la quantitat que parlem aquest matí ? Aquesta senyoreta, ja veu, també está interessada. Veritat, vosté?
Su última oferta había sido ligeramente superior a la de la chica, y ligeramente inferior al techo de la dueña. La renovó, ofreciendo, en compensación y en catalán, firmar contratos de tres meses renovables, con abandono inmediato de la vivienda en caso de no renovación y pagando los tres meses, más uno de fianza al entrar, por anticipado. La mujer reflexionó un momento y aceptó. Despidió a la chica y se quedó con él para ultimar detalles: le exigió la fianza a modo de señal. Quedaron al día siguiente, y él salió apresuradamente para alcanzar a Paloma.
La asaltó con educación, disculpándose en castellano. Ponderó el piso, comentó el trato, habló de su nuevo destino en la ciudad…, para finalmente abordar oblicuamente el verdadero objeto de su interés.
- … Pero es que no tengo el dinero que me pide. Para el primer contrato sí, unos ahorros, pero el segundo… como no venda algo… Mañana le tendré que decir que no me lo quedo, a no ser… - y entonces le confesó que había realizado la oferta por los dos, que había pensado que podían compartir piso y gastos. La chica no dijo nada, ni en un sentido ni en otro, parecía estar considerando el asunto y considerándolo a él. Para no perder la iniciativa, se disculpó con ella por su audacia, que ahora veía claramente que había sido un error, y de la que, dijo, se estaba arrepintiendo ya con solo verle la cara. Trató falsamente de despedirse.
- ¿Qué cara pongo?- se enfadó ella, indignada, no sin una remota punta de curiosidad socarrona. Era notablemente más baja que él, y al alzar hacia aquel hombre la mirada, separándose unos centímetros más de lo habitual con el fin de no tener que forzar el cuello, guiñaba un poco y giraba la cara.
- Pues de que la idea no te hace gracia; y no te culpo. No me conoces. No tienes por qué fiarte de mí, naturalmente. Compartir piso no era tu idea, seguro, y sigue sin serlo. Perdona; tenía que intentarlo; tal vez era una idea absurda. Pero es que me gusta mucho el piso. Mucho. He visto un montón y…
- A mí también me gustaba, y estaba a punto de convencerla.
Tanto ella como él sabían que aquello no era cierto. Y sabían del conocimiento mutuo de ese hecho, con lo que, de repente, sin premeditación, y más rápido de lo que él se había creído con derecho a desear, una inesperada fase de ligero flirteo se había iniciado. Y si bien lo había hecho de un modo tímido y reversible, él había recibido las señales de manera inequívoca. Conque cobró unos arrestos nuevos (era un juego parecido al tira y afloja de la venta, y a este sí que sabía jugar), ganó una cierta seguridad en su impronta que, solo eso, le proporcionó un tranquilo empaque muy atractivo para ella, aunque permanecía secretamente sorprendido y aterrado. La realidad se había adelantado esta vez al deseo, algo insólito para su experiencia, y más en aquel tipo de asuntos.
- Perdóname, lamento haberlo conseguido así; pero considera que ahora te ofrezco algo igual de bueno y más barato. Yo molesto poco. Estoy todo el día fuera. Mi ex-mujer puede decirte que soy totalmente de fiar. Un cordero. Limpio, ordenado… ausente… casi invisible. Ideal para compañero de piso, pero malo para marido.
La chica lo miraba con una seriedad temible.
- Mira, no lo decidas todavía, deja que te invite a un café o una copa. Me preguntas lo que quieras. Me haces una ficha. Y si luego no quieres, pues nada, te vas por tu camino y yo por el mío. Ya lo anunciaré yo en el periódico.
- ¿Anunciar qué?
- Que comparto piso. Me meteré yo solo, pagando los tres meses, y confiaré en que alguien quiera compartirlo.- Ella no se movió; lo miraba impasible -¿Un café, entonces? Tengo entendido que ahí enfrente lo hacen bien.
Se sentaron en un velador de mármol junto a la ventana y Javier se dio tiempo de afinar sus artes de seducción: muy concentrado, la escuchó devotamente mentir y decir la verdad con idéntica comunión de fe; la ayudó a ventilar, con diligencia gestual y silencio, alguna frustración reciente y menor; supo hacerse útil, con oportunos comentarios, para que ella misma comprendiera ciertos matices de su propia situación; se dejó mirar el perfil ligeramente barbado, con la mirada pensativa puesta en la calle; jugó con la alianza compungido y sereno; le sonrió liberando una delicada y viril vulnerabilidad interior que, como el aroma del café, envolvía la roca de la madurez masculina en una bruma de ensueños y carencias, de menesterosidad inconfesable y aristocrática y frágil dignidad de exiliado, de sensibilidad como única ideología. Y con una misma mirada de distancias, de música interior, de Mediterráneo en su sima, contempló niños, perros, vehículos, una pelea de enamorados en una mesa vecina y un leve accidente de tráfico frente al cristal; pero su mirada sobre ella no resbalaba con esa noble indiferencia que da la comprensión de los enigmas, a ella la escuchaba; Paloma le sorprendía (diríase) a cada palabra. Y la joven, que se había propuesto mantener las distancias de la buena crianza y sostener enhiestas e hirsutas de prevención adolescente y prudencia de género las barreras de su personalidad -no digamos su intimidad- ante aquel intruso no llamado, se fue deslizando insensiblemente hacia el encantamiento. Salieron, con los respectivos nombres ya como un regusto de confitería amorosa en las papilas, y caminaron por una zona de escaparates iluminados. Él llamó su atención sobre varias prendas que la favorecerían dado el claro tono de su piel. Ella le sacó borbotones de información emocionada de su hijo, triste de su mujer, a quien, cuanto más alababa y justificaba él, menos comprendía y más odiaba ella. Se acodaron en una barandilla para hablar él de viajes realizados, presumiblemente en la soledad de los grandes hoteles, ella de los soñados; y la doncella no se dio cuenta de que, mediante conexiones sutiles y otros sortilegios verbales, él hacía a aquellos coincidir en rutas y destinos. Simplemente -cabía resumir la más plausible interpretación de aquel juego de desajustes en el mapa y coincidencias en el espíritu- no se habían encontrado. Hasta ahora. Ella le había estado buscando en el tiempo, él trataba de dar con ella en el espacio. Al fin, sus órbitas confluían en el apartamento.
Cuando sonó el despertador en su teléfono, se disculpó de que se hubiera hecho tan tarde y se ofreció a acompañarla, dando tácitamente la noche por acabada. Ella no comprendía y Javier le contó casi la verdad. Que llamase cada día a casa de su ex-mujer para interesarse por el hijo, por los asuntos generales domésticos, por el trabajo, le admiró, casi la indignó de emoción. Se encendió en ella una alarma silenciosa que habría sonado escandalosamente si él no hubiera simulado ignorar todas las insinuaciones directas de la joven. Como no había nada romántico ni él trataba de aproximarse de manera incorrecta, ella no puso en duda lo del divorcio. En realidad no puso en duda casi nada. Solo mantenía el tipo de manera testimonial. Así que la mayor parte del trabajo lo estaba haciendo ella.
- Llama. Yo espero aquí-, dijo, y se apartó un poco a rumiar vagamente las diferentes sensaciones que la invadían en tanto él editaba en las ondas otra entrega de la patraña del vehículo averiado.
Cuando reanudaron el paseo, una hosca mudez se había instalado donde antes fuera la confidencia. Se dirigían, sin declararlo, hacia el piso de ella.
Cuando estaban cerca, en un cruce, y él no podía continuar caminando sin revelar, injustificadamente, que conocía su domicilio, se detuvo.
- No sé seguir si no me guías-, declaró. Paloma le vigiló los ojos.
- Tengo hambre-, se quejó. Él unió las manos en la espalda, compuso un torcido gesto de hesitación merecedor de una dificultad auténtica, bajó el rostro hacia ella y, con un remoto humor que no se revelaba y ella entendió (correctamente) como su primera broma privada, ordenó ceñudo, tierno y paternal:
- Tienes que cenar algo.
Se lo quedó mirando con la única pregunta que deseaba hacerle, la única pregunta imposible, hormigueándole el borde de los labios casi vírgenes. Elaboró entonces una suplente ridícula y la soltó, también con seriedad perfecta.
- ¿No se te hará tarde?
Echando a caminar hacia las luces para distraerla coquetonamente de su cara, contestó: “No me esperan”.
Sin ningún compromiso expreso, ya sin embargo todo quedó dicho aquella noche. Quedaron para verse, siempre por iniciativa que debía partir solo de ella, al día siguiente por la tarde, cuando él ya hubiese formalizado el alquiler y realizado la breve mudanza de su equipaje de soltero. La de aquella noche fue una separación ridículamente dolorosa.
Para ir a retirar el dinero del alquiler y participar en la firma del contrato quiso ponerse, revelando quizá al hacerlo una significativa discriminación implícita entre lo que le parecía serio y lo que no, alguno de sus trajes. Descubrió que ya no le valían: había perdido de tres a cuatro tallas. La cintura le quedaba arrugada, la camisa flotante, la chaqueta colgaba como un ahorcado al que sostuviera sobre sus hombros. Llamó al sastre del hotel y le tomaron medida para los arreglos. En veinticuatro horas tendría los trajes remozados junto con las nuevas camisas. Hizo, pues, los trámites en vaqueros y camiseta.
Después de dejar en el piso una de sus maletas casi vacía, pues no pensó en abandonar el hotel, echó a andar por matar la ansiedad. Comió dátiles con agua en lo alto del castillo de Montjuïc y se alejó lo más que pudo hasta un cementerio que estaba en una ladera muy empinada frente a la costa, casi un monte. Sudaba cuando se sentó en una alta lápida a mirar el confín marino.
Volvió a experimentar aquella sensación de que algo gigantesco se acercaba a su vida, bajo las olas, a gran velocidad. Aun sabiendo que se trataba solo de un registro interno, simbólico, de una intuición, buscó con los ojos por sobre la superficie de la espuma y sus picos para descargar allí, en aquel vacío tan propicio a espejismos y apariciones, la inquietud sobre algo inasible que no tiene soporte ni posee imagen.
Vio entonces a lo lejos el trasatlántico. Sacó la tarjeta que le había dado el oficial y llamó. Sí, sí; su envío había llegado hacía unas horas. No, no habían tenido tiempo de probar sus productos. Por supuesto que no le importaba que le hiciese personalmente una demostración. Mañana, por qué no. Antes del almuerzo le sería imposible, estaría muy ocupado en labores de.... Estupendo, sería por la tarde, a primera hora.
Se dispuso a marcharse. Antes hizo unos estiramientos de aficionado sobre la lápida a ras de suelo de un tal Ismael Capdevilla Subirats, muerto a la edad de treinta años (leyó mientras tensaba los muslos como si hiciera reverencias) en mil novecientos cuarenta y tres. Su esposa, sus padres y hermanos aseguraban no olvidarlo. Al parecer, según la piedra, su mujer fue devota, sus padres amantes y sus hermanos amorosos; pero no decían nada de Ismael. “Aunque con treinta años”, reflexionó casi inconscientemente mientras bajaba gradas y escalinatas en un trotecillo de saltitos, “aún se ha cometido mayor número de errores que de pecados o vilezas”.
Llegó al piso poco antes de la hora convenida. Después de abrir ventanas y quedarse mirando un firmamento azul eléctrico y perfecto sobre el orbe marino, partido por perfiles de rascacielos incendiados de reflejos de sol y vidrio, se puso a quitar más que el polvo, el olor de lo ajeno, a abrir y cerrar grifos de caño irreprochable, a recolocar muebles en su mismo sitio original. Los colchones de las dos camas eran duros y nuevos, había mantas y toallas en un armario, algo de papel higiénico, pocos cubiertos. Cuando llegó Paloma estaba completamente bañado en sudor y trataba de sintonizar un televisor colorado, viejo y esféricamente pop que había sobre una mesita de cristal.
- ¿Qué haces?
Él señaló la nieve gris de la pantalla.
- No creo que vayamos a usarlo.
Copularon tres veces, se ducharon con agua fría y bajaron a comer algo antes de despedirse. Él regresó al hotel. Por la mañana hizo algunas llamadas, se puso uno de los trajes arreglados y visitó a algunos de sus clientes en la ciudad y el área metropolitana. Regresó, se cambió y salió a comprar mordisqueando una barra de cereales por única comida. Llegó al piso cuando ella ya no estaba; se había traído una maleta, sin duda tan prestada como la ropa que había colgada en el armario, y unos enseres de aseo. Él también, pero lo suyo era todo nuevo: ropa juvenil, enseres y sábanas. Se marchó al hotel antes de que ella volviese. Se bañó largamente, se puso un traje y se encaminó al puerto, pero ella lo llamó al móvil (su primera llamada, puramente sentimental aunque con un leve deje de reconocimiento y demanda eróticos) y quedó en pasar a recogerla. Para hacerlo le puso como única condición que no hiciera preguntas. Volvió grupas y estacionó en la acera. Cuando ella vio el coche, cuando lo vio a él afeitado y ataviado con su uniforme comercial, comprendió el alcance de lo que los separaba (y los unía) y pensó por primera vez en su padre; pero tras la primera y cultivada impresión que él había depositado en su interior (sensibilidad y desaliño, sabiduría y pasión, experiencia y tristeza), aquella faceta de responsabilidad y madurez, aquel perfil conservador y acaudalado, aquel juego de modelos y paradigmas, aquella complejidad, solo consiguió aumentar a sus ojos inexpertos el recién ganado prestigio de su maduro amante.
La presentó al oficial de marina como una joven colega que se iniciaba en la profesión y de cuya formación de campo iba a ser instructor. Luego se quitó la chaqueta y dio comienzo la demostración a lo largo del buque.
Exhibió un conocimiento exhaustivo, tanto teórico como práctico, sobre la influencia de la química orgánica e inorgánica para la limpieza y la duración de las imprimaciones sobre metal o madera, y también acerca de la gran diferencia que hace una molécula, un electrolito o una valencia química para, por ejemplo, limpiar la cal invisible de un circuito de refrigeración, “y luego lo depuras del todo con soluciones de amonio cuaternario, y asunto resuelto”. Comentó, como de pasada, el acierto del uso de encimáticos en la disolución de manchas de hidrocarburos o café, o para desatascar tuberías; Se agachó, se tumbó bajo los fogones para erradicar con unas gotas de fluido translúcido que denominó tensoactivo una amplia mancha negra que debía de estar allí desde el mismo cóctel del bautismo del barco. Cuando se levantó, la elegante camisa, nueva, de popelín, chorreaba de inmundicia. Ni siquiera se detuvo a mirarla. Siguió arrastrándose por los baños con un trapo empapado en cierto líquido de olor afrutado que vertió como si se tratara de oro líquido: “De esto te mando dos garrafas y ya tenéis para un año, sin costo alguno”. Las distintas herrumbres de los sanitarios y su periferia desaparecieron. Algunas fueron a alojarse a su pecho, sus mangas o su espalda con una falta de miramientos por su parte que hacía verdadero daño a los ojos. Cuando acabó con esto, allí mismo se lavó las manos sucísimas con su jabón de manos y después, con un chascarrillo, pidió permiso y atrapó entre las suyas una del oficial, quien hubo de reconocer que estaban, además de limpias, suaves. “Glicerina”, dijo como si fuera un secreto, y continuó: “es la base de glicerina que utilizamos; el aceite de coco no es más natural, es solo más barato. Y fíjese: sumado a la higiene antibacteriana del triclosán y la hidratación que proporciona la glicerina, tenemos un acabado de micropolvo cosmético desecante. Además de lavarte y enjugarte las manos, casi te hace la manicura”. Fregó suelos, pulió latones, y en el exterior de las cubiertas quitó del todo y sin aparente esfuerzo deposiciones enormes y verdes de gaviota. Iba también buscando rincones con salitre o principios de oxidación para derramar sobre ellos unas gotas de un producto ambarino que eliminaba la sal (de hecho completaba su fórmula química con ella), paraba la oxidación y dejaba en su lugar una película protectora invisible. Y mientras fue realizando sus demostraciones, al paso, iba rociando con un spray todas las bisagras y goznes de escotillas, portillos, puertas y portezuelas que encontraba gimientes a su paso.
Cuando rehicieron su periplo por todos los rincones potencialmente sucios del barco, quiso que fuera por el mismo camino. Fue accionando entonces todos aquellos cerramientos y mecanismos de trampilla provistos de articulaciones que había hisopado, sin que ni una sola de estas últimas elevase un quejido. De regreso en el puente, pidió un cubo de agua fría (todo esto sin privarse de encantar con todo género de datos y entretener como un sacamuelas a sus dos enmudecidos espectadores), vertió en él un tapón de ciertos polvos, se quitó sorpresivamente la camisa (sin dejar de disculparse por ello, de bromear, de ilustrar aquel y otros tiempos muertos con erudiciones del ramo, bonitas palabras para su joven colega y halagos mal disimulados a la apostura del oficial uniformado) y la sumergió en la mezcla; la corbata, orificada de brillos de zoco y caravana, collar y rabo esclavista por la espalda desnuda, sola y franca en el torso genuflexo, a modo de distintivo y gala de trujamán antiguo, componía un símbolo universal del mercader. Esperó sólo mientras se secaba las manos y se enfundaba en una nueva y elegante camisa que había traído al efecto. Con cuidado esta vez de no mojarse y no mojar, extrajo la primera prenda, la escurrió y la mostró: lucía impoluta. “Sin una pizca de cloro”, apostilló como colofón de una representación que parecía tan espontánea y fresca como a la vez pulida hasta el más mínimo detalle. La damita y el marinero tuvieron ganas de aplaudir; y si no lo hicieron fue solo de puro asombro.
Naturalmente, consiguió el pedido por el que estaba allí. Y era mejor de lo que había querido suponer.
Volvió con ella al piso y se fueron directamente a la cama. Como hacía ruido, tiraron el colchón al suelo y siguieron. Cuando anochecía, él tuvo que volver al hotel para ponerse en contacto con la empresa, redactar los pedidos, mandar faxes y correos electrónicos. Ese acto parecía decidir que aquel sería su despacho. Cuando ella le preguntó si no podía dejar su habitación hotelera e instalar su oficina (que consistía apenas en el portátil, el teléfono, papeles y alguna caja de muestras) en el otro cuarto del apartamento que quedaba libre, no supo contestar nada mejor que decir que el hotel lo pagaba la empresa.
Se acercaba, pues, al hotel y cayó en la cuenta de que ya era martes, de que aquella tarde había hecho uno de los mejores negocios que recordaba y de que su mujer le preguntaría por el coche. Recogió algunas cosas, entre ellas el ordenador, pero ni pidió la factura ni dejó el cuarto, y regresó enseguida al apartamento. Aquella fue la primera noche que pasó en el piso con Paloma. Durmió poco, escuchando el ascensor moverse a deshora y la respiración profunda y tibia, de animal joven, de la chica que tenía enroscada a su cuerpo. Soñó que ya era sábado por la mañana…
…se había levantado temprano porque tenía que regresar a Madrid. Paloma, que había aceptado de modo natural que pasara el fin de semana con su hijo y su primera mujer, sabía ya que cuando él regresara el lunes lo haría a Cáceres, pues aquella semana le tocaba Extremadura y algunas ciudades de Portugal. Ella estaría esperándolo, eso era todo: sería aquel apartamento y a la vez sería Cáceres. Se puso el traje pero ella lo besaba y lo atraía, con su humedad envolvente, al dormitorio. Tendría que haber tiempo para un abrazo más. No podía decir que no a aquella vulva que era como una boca y aquella boca, aquellos brazos, aquel cuerpo que era un gratamente insólito órgano sexual. De la alcoba salía, de pronto, un sujeto cubierto con su bata sobre el cuerpo desnudo; tenía las manos en los bolsillos, ‘sus’ bolsillos, y le clareaba el pene por la abertura de la tela. La chica le invitaba a ignorarlo y ya con avidez le desabrochaba el cinturón. El tipo, despeinado, pálido, guiñando a la luz, le miraba pasar a su lado con reproche en los ojos y decía a media voz: “Vamos, hombre, espabila: la ley aguarda”. Sin creerse que lo estaba haciendo, rechazó a la paloma enamorada y lúbrica de las fábulas y se dirigió hacia el zaguán. Miró el reloj: eran las ocho y ocho. Al levantar la vista, con la mano en el pomo de la puerta, vio cómo ella, hipnotizada por el falo creciente, se arrodillaba frente al otro, quien levantaba el pene como un garfio mientras, mirándolo a él no sin desprecio, lo expulsaba con gestos de revés de la mano. Se despertó de pronto, en mitad de la noche, y conoció entonces que el individuo de la pesadilla era a la vez Diego, Pellicer y la sombra.
Al día siguiente, al ir a abordar su coche, no lo encontró. Se lo había llevado la grúa. Sacó el de ella y realizó, incómodo, algunas visitas que había concertado por teléfono. Le llamaron durante la mañana Paloma, Elena y cuatro veces de las oficinas de Madrid y el almacén de Getafe, y comió a disgusto media ensalada en un restaurante de Mataró. Se le complicaron las cosas y transcurrió el día sin que pudiera ir al depósito municipal.
El jueves, a media tarde, tuvo una avería mientras estaba recorriendo los polígonos industriales del Maresme. No encontró los papeles y Paloma no cogía el teléfono, así que hubo de pagar una grúa pirata y esperar tres horas en un bar taurino frente al taller de un tipo flemático que se limpiaba los dedos grasientos con una minuciosidad de cirujano especulativo. Primero, “verá usté”, todo podía ser: un inyector, una bomba, alguno de los cables… y luego tardó setenta y tres minutos en ir en su furgoneta y volver provisto de una simple correa que le mostró como si se tratara de un cruce entre la piedra filosofal y el urobóros en caucho reforzado. Cuando llegó al apartamento no pudo ni quiso hablar con ella. Se encerró. A trabajar, le dijo. Pasó el tiempo reubicando las cosas, insatisfecho con cualquier orden posible. Elena, durante su comunicación diaria, no paró de hacer planes para el fin de semana, para el mes entrante, para las vacaciones de invierno, para el resto de su vida.
Supo mantener la calma a pesar de que un nudo de angustia que se había ido formando en su diafragma, y no había dejado de crecer durante toda la tarde, amenazaba con sofocarle ahora. Cuando cortó la llamada, solo pensaba en salir de allí, en irse a caminar.
Lo hizo sin dar explicaciones y anduvo sin otro rumbo que el de alejarse y subir hasta que la carretera se hizo de montaña y las únicas luces que le servían de referencia eran las de los pocos coches que pasaban y las de los portales de piedra de las torres, los chalets aislados de aquella remota zona residencial. Alcanzó la sombra nocturna de un pinar y se sentó, abatido, contra un tronco, de cara a la invisible ciudad en su hondonada. El fragor de las copas y el aire frío que le lamía la espalda le hicieron comprender que se encontraba en las estribaciones de algún monte. “Quizá”, pensó en imágenes, “sea uno de esos montes pelados con su ermita y su buitre”. Quería buscar la ermita, que imaginaba recoleta, oscura y románica, y ponerse a rezar sin parar, dejarse las rótulas peladas contra las losas hasta no sentir frío y que la mañana le tomase con olor de tomillo y piedra y la ataraxia de los santos, y vivir del monte y criar cuatro gallinas; quería asistir a una fiesta salvaje junto a una piscina y beber combinados de colores hasta no poder distinguir si era un chico o una chica lo que abrazaba, besaba, penetraba, embadurnaba de semen y saliva; quería regresar en el tiempo y avanzar en él simultáneamente hasta que el futuro y el pasado se fundieran en un estado sin culpa ni responsabilidad ni conciencia; quería quedarse allí, fundirse con la foresta, y ver pasar frente a sus ojos amaneceres y ocasos en tan rápida sucesión que se hicieran un solo moverse inmóvil de las estrellas, un deslizarse cósmico, nulamente humano; quería orinar, quería depurarse y purgarse, y tomar una decisión absoluta, pero únicamente permaneció en un duermevela atormentado e intermitente durante horas. Hasta que un crujido de la pinocha justo a su lado reveló una presencia. Abrió los ojos y el perro retiró el hocico y ladró con una conmoción de campana. En un alba con el cielo blanquecino cruzado de jirones de nubes color marengo, el madrugador caminante paró a su lado y sujetó al perro. Sí, sí estaba bien; ¿qué era aquello?, ¿dónde estaba? El otro se lo dijo. Ah, bien. Gracias. Se alejó a su espalda el rumor de pies en la pinocha. Volvió a estar solo. Ya no había brisa que moviese la alta copa de pinos verticales, aquella era una inspiración que solo se le confiaba a la noche. El paso de un turismo oculto acentuó aquel silencio montaraz y anunció la proximidad urbana. Después de todo, no se había ido tan lejos, no se había extraviado definitivamente como había llegado a desear, ni se había transformado por arte de la huida en un Adán silvestre y redivivo. Aquel ruido modesto de motor de explosión, indicándole la imposibilidad de la negación, el imperio de la necesidad frente a un albedrío que se había antojado de la chuchería de no ser ni estar allí, le abrió, paradójicamente, un cauce de voluntad desconocido, el afloramiento interior de una luz nueva que allanaba con su onda expansiva toda la realidad hasta dejarla visible, rasa, a la intemperie, sin rincones oscuros, sin coberturas, con techos y sótanos abiertos a la radiación inclemente y blanca del anhelo.
Entonces, se puso en pie y se alejó del pinar hacia su nueva vida. Descendió del monte evangélico con el propósito inmediato de visitar media docena de entidades bancarias y realizarse un desfalco antológico. Y lo sentía como una especie de revelación y conversión al estilo de las leyendas hagiográficas.
Al llegar a casa no dio ninguna explicación, aunque sí pidió confianza antes de entrar en la ducha, donde permaneció largo rato hasta desanquilosar las articulaciones de casi cincuentón, más expuestas ahora, desprovistas de su capa de grasa secular, a los elementos externos. Se puso su mejor traje y se dirigió al centro. De todas sus cuentas, imposiciones, fondos de inversión y otros activos financieros, pudo reembolsarse de aquellas en que no se requería la firma de su mujer y que eran de liquidez inmediata. Tampoco tocó un fideicomiso que su suegro había dejado para Jorge. Se presentaba serio y vaciaba las cuentas, mirando hacia atrás, hacia el vacío lleno de clientes indiferentes o las vitrinas que daban al exterior del banco. Pretendía hacer sospechar, a futuros investigadores, que sus operaciones de reintegro podrían haber tenido un móvil de origen coactivo, y así lo hizo constar alguno de los empleados que lo atendieron y que fueron interrogados después por los detectives. Se pasó por el hotel, pidió la cuenta en el mostrador y subió a su cuarto. Recogió solo lo imprescindible; pero antes de salir, dejando la puerta de la habitación de par en par y el grifo de la ducha abierto, tiró sus tarjetas de crédito a la basura. Ganó la calle sin pasar por la recepción, por medio del bar, atestado de tipos idénticos a él, si bien en esta ocasión no vio a nadie extraño.
Regresaba al piso a las tres horas de haberse ido y se encerraba otra vez en su cuarto a hacer ruido y remover cosas de su sitio. Luego salió en camiseta y calzoncillos y dijo que tenía hambre.
Mientras rumiaba carne de melocotón con su novia de veinticinco amarrada, fuerte y aromática, irónica y rendida, a la cintura, llamaron a su móvil. Ella hizo por desprenderse pero no se lo permitió; indiferente él, en apariencia al menos, ella tensa, acaso divertida o expectante, escucharon enmudecer al aparato. Luego sonó otra vez y también lo dejó perder la esperanza y callar. Una vez acabadas las dos piezas de fruta que se había propuesto comer, tranquilamente se levantó y fue al cuarto. La chica no le vio, por tanto, sacar el móvil de una caja que había sido de su famoso desengrasante universal y ahora contenía sus objetos profesionales y personales, y que poco antes, cuando estaba solo en el cuarto, había guardado en el armario junto con todo lo demás excepto la ropa nueva y el dinero en tres sobres. Lo sacó, pues, lo apagó, sacó la tarjeta de memoria, lo volvió a meter en la caja al lado del portátil, los cuadernos, el magnetófono, su reloj de pulsera y la cartera y volvió a colocarla con las otras cajas al fondo del armario empotrado, bajo los trajes.
_____________________________
Los primeros días tuvo que resistir el miedo que le asaltaba a la vuelta de cualquier acto cotidiano. Miedo a ser descubierto, a los propios recuerdos de lo que había sido su vida, a rajarse. Lo combatía caminando, corriendo, nadando, practicando sexo. Lo mejor de todo era el ir recuperando la textura íntima del tiempo, la posibilidad abierta al disfrute y el conocimiento que encerraba cada segundo que solo era responsable de llenarse a sí mismo, sin compromisos ulteriores con el sentido de la vida o la lógica de los actos. Ni que decir tiene que conceptos como obligación, deber, futuro, provecho, proyecto, plan, perspectiva, seguridad, previsión, vejez… mostraban, desde la atalaya de la bala perdida, del fakir, del peregrino beat, del náufrago, del huérfano, del sobreviviente, del buscador o del sin techo, desde la perspectiva del viaje, del desahucio o del tiempo místicamente reagrupado en su estricto paso por el ahora de lo real, su verdadera condición de ídolos de barro, de trampas para crédulos ratones. Y el cuerpo, gratificado por ser de nuevo atendido y respetado, recuperada su condición de parte de la naturaleza e inmediato origen de la acción – habiendo sido desterrado de esta función el pensamiento-, el cuerpo, paulatinamente desatado de tensiones, delgado y fibroso, le regalaba con una grata obediencia placentera. Comía lo que necesitaba, poco, y por lo general crudo. Una ebriedad continua de niño que solo juega le divorció, sin rechazarlo, del estímulo innecesario del alcohol, pues otros fluidos embriagadores, calientes, volátiles y desconocidos irrigaban su interior, sincronizado de nuevo con biorritmos que había olvidado o ido modificando a la fuerza a lo largo de los años. Abandonado así al instante, sin ejercer voluntad ni siquiera para practicar la libertad, sentía sin embargo un inagotable caudal de energía que se materializaba en la ausencia de cansancio, en un sueño profundo y reparador, en digestiones rápidas insensibles y en unas erecciones potentísimas y frecuentes que, como un arco tensado por el misterio genesiaco, precisaban de una liberación, una comunión, una consumación detrás de otra con la agradecida naturaleza de Paloma, quien fuera de la cama no dejaba de reírse y brincar, brillante y ociosa como una niña, una ninfa o una gacela. Ninguno de los dos trabajaba. Ella, que se había trasladado a Barcelona en busca de independencia y de trabajo, ni siquiera le pagó su parte del alquiler. Aquel dinero, aquellos propósitos, como su voluntad, quedaron inmovilizados bajo el ascendiente magistral del portador de tamaña antorcha liberadora. Creía sinceramente que sería capaz de entregarle no ya su cuerpo, como ya ocurría cinco o seis veces al día, sino su vida, su corazón, su cerebro, su hacienda y su esfuerzo si él llegase a necesitarlos o a pedírselos, pero secretamente, ocultándolo casi de sí misma, se regocijaba de poseer aquella reserva de dinero y tiempo todavía bajo su control. Sentía en ocasiones una amputación dolorosa de su libertad, de su personalidad emergente de mujer joven emancipada; se había liberado de los brazos de su padre para caer en otra tutela. Solo conservaba el dinero y el tiempo como recordatorios de esa sacudida liberatoria. Pero su tiempo de huida había durado unas horas apenas y ya se había entregado, inmolado, donado en sacrificio al sentimiento máximo donde la sensación de pertenencia y ebriedad (distinta de la ebriedad de él) lo colmata todo y lo culmina en una detonación constante de dulzura y realización. Era concubina de un dios, ¿qué tiene que ver con esto todo lo humano? Tanto renegar de la falsedad castradora de los cuentos de hadas para niñas, y en llegando el primer príncipe, se rendía. Lo sabía, y gozaba de su arrepentimiento como si fuera lo más esotérico y exquisito del éxtasis, el lugar donde confluyen el placer del martirio y el gozo del pecado, el alfa y omega del amante. Se acusaba de romántica y necia y, aunque no lo verbalizase, se metía en el rango de la Sirenita, que dolorosamente sacrifica su naturaleza marina para estar junto a su amado, y de la Sonia de Crimen y Castigo, ángel de redención sólo por el amor. Pero lo que sobre todo hacía era brincar, tanto literal como metafóricamente, de alegría tontorrona.
Él se levantaba con el alba, se movía por la casa desnudo, escurrido, bronceado, vaciaba el cuerpo de residuos, comía y volvía a caer sobre el colchón para un ayuntamiento de duermevela, se levantaba de nuevo y, aún de madrugada, se iba caminando al mar. No se habían dicho ni una palabra.
De buena gana habría salido desnudo, pues para él no había nada salvo su camino hasta el mar. Atravesaba media ciudad (vivían bastante lejos de la playa) como habría atravesado un paisaje de roquedos, dunas, animales salvajes o palmeras, con los menos harapos posibles y completamente indiferente al entorno, con la cabeza alta y la mirada el frente. Un liberado cruzando Benarés hacia el Ganges no debe de sentir mayor acumulación de gracia filtrándose a través de su piel o descendiendo vertical contra su coronilla. Descalzo o en chancletas, en camiseta cuando ya se hacía sentir la proximidad del invierno, iba y venía erecto y relajado a la vez. De vuelta a casa entraba en librerías con una vaga pero diariamente renovada intención de comprar algún libro; pero después de hojearlos de todas las secciones, los abandonaba en los estantes con una sonrisa de comprensión, suficiencia y piedad y salía con las manos vacías. Luego se compraba un tomate y lo llevaba cuidándolo hasta casa, dándole vueltas en las manos, mirándolo con suma atención en cada semáforo, y se lo mostraba al llegar como si de un milagro se tratara, antes de comérselo crudo. Siempre llevaba una cantidad de dinero considerable en el bolsillo, por si acaso, pero abandonaba el pantalón en las rocas cuando se bañaba, a menudo desnudo, ante el divertido escándalo o la indignación más o menos jocosa de los escasos bañistas o paseantes de aquellas horas tempranas y aquellos días fríos.
Tardaron en hallar el contenido de sus ratos comunes. Al principio, descontada la cama, acudieron como a un refugio a la recreación más convencional, pero pronto dejaron de escuchar música porque llegaron a apreciar más el silencio entre las notas; y abandonaron el cine porque tenían la terraza, y veían el mundo. Ahora llenaban las tardes paseando, buscando brisas y paisajes, dándose masajes mutuos y ejecutando largas sesiones de minuciosos cuidados corporales recíprocos: lavarse el pelo, cortarse las uñas, limpiarse los oídos, darse crema hidratante, investigando sabores, tactos, sensaciones, follando sin cansarse, escogiendo fruta en las tiendas, tomando un sol civilizado y mansurrón sentados en parques públicos que escogían detenidamente, haciendo yoga amateur en cualquier sitio y visitando museos donde siempre era confundido con algún artista, lo cual no dejaba de hacerle gracia: con un silencio etrusco permanecía un segundo ante las obras y entonces se alejaba de súbito, dejando que se prolongara el equívoco a veces largos minutos durante los cuales era perseguido por cada vez mayor número de gentes (los japoneses le tiraban fotos y se retrataban con él solo por si acaso era un tipo famoso, el resto seguía a los japoneses) a través de arcos, rampas y escalinatas que parecían haber sido levantados especialmente para acoger su paso y su asistencia, su huella y su mirada inaugurales y consagratorias. Ella no sabía si él se complacía con el seguimiento de aquellos memos o era únicamente una broma que le dedicaba. Por la noche aún frecuentaban, a veces, sobre todo por ella, los más sofisticados clubs del centro y la zona del puerto, y nunca, nunca, le negaron la entrada por ir en vaqueros y chanclas, tal era el poder personal que irradiaban su mirada y su presencia solo un mes y medio después de su… abandono, si es que hubiese que dar un nombre más o menos moral o psicológico a lo que hizo o le pasó; aunque él lo llamaría, probablemente, liberación; otros, desaparición voluntaria; los hay que hablarían de huída; y algunos más no dudarían en calificarlo de extravío, ausencia, deserción o suicidio.
Pero a nada de todo esto, de saberlo, le habría llegado él a dar la menor importancia, ya que se terminó sintiendo y comportando como si esa manera marginal, espontánea y liberadora de dejar desenvolverse sin trabas a su vida fuera lo más normal del mundo, como si hubiera vivido siempre así, sin miedo. Solo una cosa (una anécdota que él aceptaba como una broma fisiológica sin más) le tenía maravillado y agradecido, sin que su reiteración dejara de asombrarle: comenzó a tener hambre de noche, a despertarse con hambre de dulce en mitad de la noche, y a comerse pasteles y bollos que nunca se había podido permitir por su anterior tendencia al sobrepeso. Pues no solamente no engordaba nada, sino que seguía adelgazándose, fibrándose como un atleta que no dejara de hacer ejercicio, o como un esclavo al que tuvieran a trabajos forzados. Un nuevo metabolismo era algo que nunca se habría atrevido siquiera a desear, y experimentarlo hacía de su eje corporal un lingote de felicidad ingrávida y radiante. Leía, cuando de regreso a casa se metía en librerías a ojear los estantes, sobre metáforas como Kundalini, los chakras, el ki, el Sagrado Corazón de Jesús, el Secreto de la Flor dorada, y sonreía de que a la postre el asunto fuera tan sencillo y de que no tener nada que decir, no poder decirlo y no querer decirlo diese lo mismo y tuviese tan poca trascendencia.
Elegía las frutas y verduras como por simpatía, no por su calidad o su precio, no porque fueran de temporada o hicieran falta en casa, sino por una especie de afinidad misteriosa que creía descubrir con ellas. Si elegía una berenjena un poco chafada en lugar de otra mucho más lustrosa, igual de peso y precio, se debía a que creía haber sentido la entrega de aquel organismo de sangre verde a un crecimiento auténtico, antiguo; las horas de sol contra la piel morada que la doran y le hacen cicatrices que no se cobran en un invernadero mecanizado, hormonado, transgenizado. No lo decía, claro, pero sentía las manos trabajadoras y humildes del payes o el moro acariciando, limpiando, recogiendo aquella hortaliza, percibía la transformación íntima de la semilla y su despliegue desde el agua al éxtasis de los rayos del sol. Cuando aquellas frutas o verduras caían bajo su cuchillo, oficiaba con respeto un rito antiguo por el cual la vida se entregaba a la vida para que sus moléculas se conocieran. Defecaba como un monje, casi le iba pidiendo disculpas al mojón y solicitándole que hablase bien de él allí donde iba, la misma tierra que recibiría a su cuerpo una vez cubierto su ciclo. Aunque, naturalmente, de nada de esto era consciente. Se trataba solo de sensaciones y emociones que le habían transformado también la cara, que ya nunca se miraba al espejo. Seco, poderoso, inocente, fuerte, inmóvil, bendecido, en comunión y también un poco ridículo.
Pero la resaca de la misma ola que le había depositado en playas tranquilas y desiertas, le atrajo de nuevo al irresistible turbión de los arrecifes, el abismo y los monstruos.
CAPÍTULO 4º
“Estuvo yendo solo a la playa durante casi… tres meses. No era algo que hubiéramos decidido, simplemente él se iba y era así. Yo al principio me quedaba descansando, durmiendo después de aquellas noches de venga y venga, de sexo incandescente. ¡De verdad que necesitaba descansar! Luego hacía la compra, preparaba comida, limpiaba un poco… Bueno, y los primeros días, también, me iba a contárselo todo a mi amiga Dulce. Había que contarlo. Sí, del colegio. Al principio charlábamos en su hora del café, pero llegó el día en que no tuvimos bastante tiempo, en realidad no lo tuve yo para darle detalles, y seguimos charlando en su oficina, con la jefa a unos pasos. Bueno, lo cierto es que yo hablaba, describía, relataba, y ella escuchaba y se relamía. Llegó a pedirme que se lo pasase cuando me cansara de él. La pobre, no comprendía nada. Qué chica…, que se lo quería tirar. ¡Como se lo estoy diciendo! Pero no me extraña, no era para menos. De verdad que me tentó. Mira que no tiene importancia, me decía, él parece muy liberal y seguro que le gusta. Pero yo no podía; he recibido una educación muy clásica, y además sólo de pensarlo me ponía enferma de celos. El caso es que al parecer se lo contó a otra de allí y llegó a oídos de la jefa, de la fiscal. Un día, cuando llegué a contarle la última hazaña, no había nadie en los despachos ni en el pasillo. Subieron al poco. Las oí hablando excitadas por el camino. Resultaba que habían condenado a cuatro meses de cárcel a un infeliz por llamar dos veces a la puerta de su ex-mujer. La chica había cambiado la llave del garaje donde él venía guardando la bicicleta sin problemas, y él, un domingo por la mañana, subió a pedírsela para sacarla. Le dijo que no a través de la puerta. El otro se fue una vez y volvió. Gritando. ¡Vale, de acuerdo, era su bici y era su casa!, o al menos la seguía pagando, pero hay tipos que no se enteran de nada. Llamó a la policía, lo denunció y le habían citado aquel mismo día para un juicio rápido, pero ni llegó a juicio. Le ofrecieron un acuerdo, cuatro meses de cárcel, ¡que no los cumplen!, dos años de alejamiento y costas, y le auguraron que si iba a juicio, iban a ser doce. Lo mismo no, lo mismo va a juicio y el juez no considera que había habido delito y le soltaban; así que trataron de asegurarse de que el caso no llegara ni al juez. Le dio un ataque de nervios, se desmayó y llamaron a la forense. Casi da pena el tipo, ¿verdad? Le dieron un tranquilizante y cuando estaba un poco repuesto o grogui todavía le preguntaron otra vez. ¡Ni dieron tiempo para que le hiciera efecto el valium o el ansiolítico, o lo que fuera, figúrese! Había contratado una abogada, lo que se dice asistencia letrada, unos minutos antes; el hombre no tuvo tiempo para más. Era uno de esos juicios express por acoso o coacciones. Que me dirá usted: ¿qué acoso es ese de llamar dos veces para que le den una llave o le den la bici?, pero en fin, ¡que no hubiera llamado! Le preguntó a su abogada si debía firmar y su propia abogada ¡figúrese!, ¡cómo lo vería!, le dijo que era lo mejor. Yo he llegado a creer que ni su propia abogada le creía inocente. ¿Eh?, ¿que de qué? ¡Pues de lo que fuera! El tipo casi no podría ya ni toserle a su mujer, ni casi ver a su hijo de dos años, además de los antecedentes penales, pero firmó, había firmado y se lo habían quitado de encima. Eso venían contando cuando volvieron, celebrándolo un poco aliviadas, la verdad, por el mal trago del desmayo en la sala de reuniones. Creían que se les escapaba. Venían la fiscal, mi amiga que es secretaria de la fiscalía, la forense del tranquilizante y las dos abogadas, la de la acusación y la de la defensa, a firmar el acta. Pero lo dejaron para después y se quedaron todas para oír la última proeza. No se la voy a contar ahora. Sólo le diré que la fiscal llegó a decir que se estaba mojando. Voy a ir al infierno por decir estas cosas, pero que me cuelguen si miento ¿Por qué le estoy contando todo esto?… Ah, que qué hacía yo cuando él estaba fuera. Pues todo eso… No, no se me ocurrió mirar en las cajas. Pertenecían a su otra vida, eran sus recuerdos. Y cuando lo hice más tarde me arrepentí de hacerlo… o no, pero eso fue mucho más tarde. Para entonces ya no vivíamos en el apartamento. ¿No se lo había dicho?... Pues sí. Un día llegó de su paseo diciendo que había encontrado un sitio mejor. Al día siguiente fui con él. Era lejos. Era casi la celda de una casa de fieras, pero le gustaba. Era una casamata frente a una cala. Una casamata cuadrada, blanca, con dos espacios a dos alturas, rodeada de un terreno privado lleno de jaras. Se oía el mar y se respiraba romero; y con todo, desde la perspectiva de hoy puedo decir que era una mierda comparada con nuestro pisito. Pero era superior a mí. Yo no discutía con él. Se hacía lo que él decía. ¿Obligarme? ¡No! Usted es que no lo ha conocido; estaba como a otro nivel; agradecías como un privilegio solo que te dirigiera la palabra o te mirara a los ojos, imagínese las caricias o lo otro... No había dudas ni casi decisiones; las cosas ocurrían, hacían su música, y él era el director de orquesta. No sé decirlo mejor… Bueno: Dejamos el piso antes de expirar el tiempo que lo teníamos pagado. Me daba rabia por el dinero pero, qué podía hacer. Además, era su vida y su dinero. Más de una vez me ofrecí a buscar un trabajo y pagar yo mi parte de gastos, pero él me decía que ya llegaría el día en que tuviera que hacerlo. Era así la cosa: lo tomas o lo dejar. Si yo no le hubiera acompañado, estoy segura de que le habría dado lo mismo. Se habría ido igual. Así que o iba con él o me largaba o me quedaba en el piso. No me lo planteé. De todas formas, así él tenía el mar más cerca y volvía antes. Y así podíamos pasear más por la ciudad… Le gustaba verlo todo, probarlo todo… En una ocasión pasamos frente a una iglesia muy pequeña. Era de ladrillo, en un barrio podría decirse que antiguo, una iglesia escondida, y me dijo que quería entrar, que le esperase fuera. Me sorprendió, porque nunca hacía mostrado ningún tipo de sentimiento religioso, si acaso místico, pero todo lo, digamos, eclesial o institucional le era totalmente ajeno; no es que le desagradara, es que no entraba en su universo. Me sorprendió, sí, pero lo dejé entrar sin más. Sólo cuando pasó media hora y no salía de allí me decidí a entrar. Era una iglesia muy oscura, con velitas a los lados de la nave central, en capillitas y al pie de imágenes. Casi me echo a reír de pura sorpresa. Nunca habría pensado que fuera un devoto católico, o algo parecido, y eso añadió un… misterio más a todos los que tenía. ¡Era un hombre que…! En la misma iglesia, aquel día, pensé… pensé que tenía una pena; pensé en una pérdida, en su padre o su madre, o en otro hijo aparte de ese que estaba con su ex-mujer. Me sentí una intrusa que no tenía derecho a estar allí, pero se me despertó la curiosidad. Había dos viejas en los bancos de atrás y él senado delante, en un… reclinatorio. Estaba arrodillado en un reclinatorio. Pero es que además, cuando me acerqué por el flanco hasta allá delante, lo vi, supongo, rezar, u orar, algo muy íntimo, de rodillas, con la cabeza sobre las manos apoyadas en la madera, y lloraba en silencio… ¿Eh?... ¿Que por qué? Pues porque vi humedad; la cara así, seria, de piedra, pero un brillo acuoso cayéndole por la mejilla... y… pues verá, me arrepentí de estarlo observando. De pronto... me sentí fatal y le tuve un respeto como supersticioso que no le había tenido nunca. Esa noche tuvo una pesadilla que no me quiso contar, y por la mañana estuvo en la cala mucho más tiempo del habitual. Dos días después volvió a sudar por la noche y a rechinar los dientes. Pensé incluso que había cogido frío. En el pisito teníamos calefacción, cuando en la casa sólo había una estufa que algún día pareció que iba a explotar y un montón de rendijas en la puerta y en las ventanas. Pero no, no era por el frío. Yo sí me puse mala, pero él estaba como si dijéramos en combustión por dentro… El caso es que el episodio se repitió. Y peor. Una noche se incorporó en el colchón de madrugada. Yo creía que se iba a levantar a comerse una magdalena, porque se había vuelto muy goloso. A mí no me parecía mal, porque a veces, ya que estábamos despiertos, pues caía alguno; usted ya me entiende. Teníamos…, dejábamos la estufa encendida toda la noche, llena de leña ardiendo, para mantener caldeada aquella casa del demonio, aquella cueva tan grande, y el hierro de la estufa se ponía al rojo blanco e iluminaba un poco, y poníamos velas e incienso por el poyete, el estrado, las hornacinas vacías de las paredes encaladas y las escaleras, para ver al levantarnos por la noche para ir al aseo, que estaba abajo, ¡que más parecía una cuadra o un almacén de grano que una casa! Y en eso que le levanta, se sienta en el colchón y yo lo noto, y miro y lo veo allí brillante de sudor, sentado, como… yo qué se qué. Mirándome. Y va y me dice: “Era tu cara. Y hacías lo mismo que ella: lo tirabas todo, te guardabas… y luego… salías y yo… yo hacía lo mismo. Quizá… puede que por eso me lo dijera… que había tiempo,… ese es el tiempo… no hacer… y si lo deshago pues ya está…” Y sonreía mirando más allá de mí y decía: “… eso decía ese libro…” Así que no me enteré de nada pero, qué coño, consiguió asustarme. Yo nunca había vivido así, ni con un hombre así, conque me abracé a él y le acosté otra vez. Su pasado le pasaba factura o alguna imaginación que tenía o tomar demasiado el sol; eso lo entendía, desde luego. Después durante el día nada, como una rosa, indiferente, activo, olvidado de eso, como los tíos de las películas. ¿Usted ha visto El planeta de los simios, la de Charlton Heston? Pues así era ese hombre, pero comiendo sandía, asando sardinas en el terrenito, follándome… perdone pero es que era así. En las películas americanas no sale pero nosotros estábamos siempre dale que dale. Era entre película porno -y no es que haya visto yo muchas, ¿eh?- y Espartaco, que me… ¡y un poco Gandhi! El de… Sí, ese. Y luego esa sonrisa, ese don de gentes… porque parecía bendecirte con que solo te dirigiera la mirada. Cuando salíamos de copas, todo el mundo se le quedaba mirando: tíos, tías… el tío ya podía ir en pantalón de pijama (y lo que se ponía a veces lo parecía) que las más peripuestas se le echaban encima. ¡Menudos pases le hacían por delante para enseñarle el material! Y algunas hasta le entraban directamente. Que quién era, que de dónde salía, y qué coleta, y vaya barbita más mona… y es que olía a una cosa entre empresario o rico y jipi de Ibiza. Pero claro, luego sudando por la noche, dando vueltas en el colchón, echándoseme encima sin dejarme dormir... pues ya no era tan encantador. Igual de impresionante, eso sí, pero de otro modo, como supondrá. Me gustaría decir que lo que perdió en glamour lo ganó en misterio, pero no, no era así de fácil. Y luego de día se iba. (…) A sus cosas; las que fueran. Así que un día, después de volver del mercado, viendo que no había regresado, pues subí al altillo y miré en las cajas. Había cosas viejas… papeles, recuerdos, su teléfono, el portátil... Lo abrí encima del colchón. Lo encendí. Tenía muy poca pila pero algo, y miré en archivos personales. Al abrir las carpetas fotográficas, lo primerísimo que me llamó la atención fue que parecían fotos de otra persona. Y aquel tipo fofo y blando y como bonachón de las imágenes, siempre con corbata, caído de hombros, no podía ser el hombre que yo conocía, pero de hecho lo era. De algún modo, sin embargo, sí se podía decir que pertenecían a un extraño, a otra persona anterior que había sido Javi pero ya no lo era… Había fotos de familia. Una mujer rubia, muy guapa, y un chico de unos catorce, quince o dieciséis. Fotos suyas en la playa, con otras parejas en una barbacoa en el campo, con lo que parecían amigos del hijo, la mujer otra vez en bikini… No parecía el archivo fotográfico de un hombre divorciado, sino de un hombre felizmente casado. O por lo menos, casado. Con razón lo había guardado allí, en las cajas; y puede incluso que yo le recordara en sueños a su mujer, aunque no nos parecemos en nada, y soy más bajita, más morena, con más caderas y más pecho… aunque con aquella dieta de sardinas y fruta me estaba quedando sin culo, sin tetas y sin tripa. Unos meses con él eran el mejor régimen de adelgazamiento. La dieta del cucurucho, que decía la jefa de Dulce, la fiscal esa tan desvergonzada que antes de conocerla bien parecía tan seria. Luego abrí otros ficheros, pero no encontraba más. Y en eso volvió, y no le oí volver porque dentro de la finca, como había carteles de prohibido el paso, perro peligroso y tal, pues dejábamos la puerta abierta; así entraba más sol. Pues llegó, no lo sentí, y cuando volví la cara a la escalera del altillo, la planta superior, donde sólo teníamos un armario, el colchón en el suelo y las cajas amontonadas en una esquina, pues lo vi. Que me estaba mirando. No me dio tiempo ni de asustarme. Se me vino encima, me arrebató el portátil, me miró en el … pubis, sí, me tiró con violencia de la braga y miró, y palpó allí y más abajo como si me hubiese guardado algo... Una grosería, en fin… Creía que me iba a golpear, pero entonces fue a dar la luz y desde allí me miró un buen rato. Parecía que no me conocía, o que me acababa de reconocer. Vino y me preguntó que por qué estaba haciendo eso, que quién me mandaba hacer eso. Le pedí perdón, que me había equivocado, que había sido porque lo veía intranquilo, que estaba preocupada por él, y era verdad que lo estaba, que quería conocerlo mejor para ayudarlo… Y entonces me preguntó si era cierto que quería ayudarlo. Sí, claro que sí. ¿Qué hacía allí, si no? ¿Eh? Y tal así como estábamos, se sienta y me lo cuenta. Va y me lo pide... (ya sabe qué); que lo había soñado muchas veces, que quería, dijo, conjurar una especie de miedo subconsciente. Decía que como su rebelión había sido espiritual, pues que la represión de esa liberación suya había venido de lo espiritual. Yo eso lo comprendía: eran muchos años, cuarenta y tantos, siguiendo las órdenes de los demás, haciendo lo que hay que hacer, o los dictámenes del orden establecido y del pensamiento dominante, que era como él lo llamaba; ya sabe: buen niño, buen estudiante, buen hijo, buen novio, buen marido, buen currante, buen padre…, y una ruptura tan radical como la suya tenía que pasar algún tipo de factura. Sé el sitio, dijo, y entonces mencionó mi pueblo, y ahí ya estuve segura de lo que le dije a usted al principio: que estábamos predestinados. Yo eso lo presentía, lo sabía ya; pero es que resulta que estábamos hechos el uno para el otro desde antes de conocernos, ¡desde antes!, y si no, ¿cómo se explica que ese exorcismo que teníamos que hacer, tuviésemos que hacerlo en mi pueblo, y además en una propiedad de mi padre? Los detalles eran un poco sórdidos, pero clarísimos. Yo, como conozco el sitio, pues hasta que me lo imaginaba. Todo esto, naturalmente, no se lo dije a él. No sé por qué pero no se lo dije. Siempre había sido él el de los secretitos, el del saber silencioso, yo no había aportado nada ni tenido nada, como la amante estúpida de Charlton Heston en esa película, así que no le dije lo cerca que me tocaba todo aquello. Pero esa fue una de las razones por las que lo acepté, por las que acepté aquella estupidez o fantasía o como lo quiera llamar. No dijimos cuándo se haría, no le pusimos fecha, y así tuve tiempo de ir a contárselo a Dulce, y a la fiscal, claro. Lo hice para demostrarles que existe la predestinación, para demostrarles que las coincidencias no son nada, que la casualidad es causalidad, que yo y él estábamos condenados a encontrarnos. La fiscal lo escuchó todo y preguntó si era una fantasía sexual, pero le dije que yo no lo sabía. Ella insistía en que sí. Y decía que esos tíos guarros siempre le habían puesto, que la excitaban, vamos; que me arranquen la ropa, dijo, y me lo hagan ahí, donde sea, que me insulten, que me den un buen par de hostias, dijo; pero que los tíos, al saber que era fiscal especial para la violencia de género, en lugar de arrancarle la ropa, arrancaban a correr, se acojonaban, se cagaban en los calzoncillos, así que lo que hacía, dijo, era no decirlo. Decía que era empresaria divorciada y así había sacado algún buen revolcón. Pero en cuanto decía quien era, desaparecían como por arte de magia. Le preguntó Dulce si entre la judicatura o los abogados o entre otros fiscales no había forma de encontrar un hombre. Y soltó eso de que los hombres a cierta edad son como los retretes públicos, que o están ocupados o de pena. Y que los abogaditos más jóvenes eran unos hombrecitos de nada, e hizo el gesto del gatillazo, ya sabe, con el dedo. Y me dijo la fiscal cuando me despedía que ánimo, que si era cosa del tema, y con esto se refería a la cama, le sacara hasta la última gota de tuétano, que le dejara rendido, agotado, muerto en la cama del motel. Qué mujer, con la edad que tenía, y fiscal, y con ese vocabulario...”
CAPÍTULO 5º
Pasaban los días. A veces salía a andar con un puñado de nueces peladas en el bolsillo y las iba rumiando a medida que caminaba. Las ideas, como el paisaje, cruzaban ante sus ojos y se perdían a sus espaldas a medida que andaba. Atravesaba calles tomadas, a ras de adoquín, por una soledad de detritos y de moribundos airecillos rastreros, parques donde niñas jugaban solas en la arena, zonas de ocio olorosas al caucho de la gente que pasa con la obligación del placer clavada como una espina entre las cejas, conjuntos residenciales que por la parte de atrás fingen ser centros penitenciarios, polígonos industriales llenos de esquinas y rameras, terrenos baldíos y florecidos con las recias corolas del invierno... Así vio pasar su estandarizada vida familiar, mitad repetitiva y vulgar, mitad falsa y siempre en la esperanza de una satisfacción que se escabulle; su trabajo, aprendizajes y palabras que acaban en una nada de dimensiones cada vez más abrumadoras; su juventud aperreada y huérfana, alimentada con sobras de cariño, sus días carentes de ideas, de proyectos más allá de los modelos a imitar que siempre le prestaban; su primera adolescencia en el pueblo como la cueva tétrica del más aterrador cuento infantil, con confesiones negras, bailes regionales y las pastas más artesanas de la gula rural; y al final, o al principio, aquellos hechos de sangre de los coches asociados para siempre a los besos, los abrazos clandestinos, la culpabilidad,… todo fue pasando sin emoción ante sus ojos, burbujas de un gas nocivo y excedente del que se iba desprendiendo su espíritu a medida que se purificaba en la simple locomoción. Todo pasaba, pues, y él llegaba a una zona en que la realidad volvía a ser lo único que tenía ante sí, lo único existente, gozosamente tangible e inmediato. Entonces sacaba el puñado de nueces y las miraba. Aquella visión sencilla, aquella posesión tranquila era todo a lo que aspiraba. Comía una y seguía caminando hacia lo alto.
Un día ya nublado de principios de invierno, vencida la mañana, pasó junto a una verja y un alto seto, y tras la cancela vio una piscina cuya superficie verde se veía llena de hojas caídas de los árboles que la circundaban. Ni siquiera pensó. Simplemente descorrió el cerrojo, subió una breve escalinata y estuvo junto a la piscina. Nada se movía bajo el cielo de plomo. Era maravilloso. La superficie del agua era un abandono de éxtasis adensados, una bruma verde con el fuerte olor de la tierra y el agua ascendiendo en su cuna. Se descalzó, se quitó el pantalón de algodón suelto y la camisa y se sumergió en el agua. Estaba fría, pero una vez pasado el primer momento, la sensación de reanimación le exigió bucear un poco bajo aquella capa de hojas que, hijos muertos que colgasen de ramas, impedían que pasara mucha luz al fondo de baldosines blancos, ahora pardos en la sombra funérea. En el fondo del agua, frío y en penumbra, asistió la compañía de El Otro, pero esta vez sus movimientos se sincronizaban con los suyos. Él buceaba como un sapo bajo las aguas y el otro secundaba sus movimientos por abajo, pegado al brillo atenuado del esmalte. Sacaba la cabeza por entre las hojas de la superficie y El Otro la sacaba. Le vino a la cabeza la palabra tritón y se hizo un largo a braza apartando las hojas. El frío le penetraba como una caricia salvaje.
Él la vio a ella antes de que ella lo viera a él. Salió abriendo la puerta cristalera de la cocina. Volvió a agacharse para coger la cesta de ropa y avanzó, negra de uniforme y blanca de cofia, con el canasto en la cadera hasta que lo vio y se le cayó a la hierba. Retrocedió dos pasos al ver su cabeza moviéndose como la de un caimán a flor del agua, lento, mirándola, acechante. Él entonces sacó la cabeza y le pidió tranquilidad. Mientras salía por la escalerilla (brillante, delgado, desnudo, moreno y lento), le iba diciendo que no temiese. No puede estar aquí, señor. Váyase. Sí, señora, pero cálmese. Cómo entró. Por la puerta. Me van a regañar si lo ven aquí. Solo quería darme un baño, pero ya me voy, decía él quitándose hojas del cuerpo, tratando de escurrirse el agua limosa y verde con la mano, saltando un poco (el pene colgante) para secarse. Ella miró con pudor para otro lado. ¡Ay, tápese!, coja una de esas toallas de las butacas. Con permiso, dijo, y cogió una toalla blanca para secarse el agua y hacerse un pareo. Váyase, por favor, ¿quiere una limosna o comida o algo? Se lo doy y se va, ¿sí? No, señora, no (ella se asombra y se asusta, da un paso atrás); quiero decir que no necesito nada; solo entré a bañarme; tengo dinero, dice, y, recogiendo el pantalón del suelo, saca y le enseña un fajo de billetes del bolsillo, un fajo que él sabe que es el último, pues el dinero se está acabando. ¿Cómo se ha atrevido así, sin más?, ¿no sabe que se puede meter en un lío? Verá, señora, dice acercándosele mientras se viste y se calza. Ella se aleja la misma distancia que él se aproxima, tienen la pileta por medio. Verá, pasé por delante y se me antojó, venía sudado de andar y me pareció como un río, una charca, con tantas hojas… ¿Nunca le ha apetecido a usted bañarse? Ni loca. ¿De dónde es usted…? De donde usted sea… ¿no se baña la gente en el río o en el mar? No señor, y menos si no es de uno. ¿De dónde es?, si me hace el favor. De América. Sí, pero ¿de dónde? De Iquitos. ¿Y no está eso en la selva? Pues sí. ¿Y no se ha bañado usted nunca en el río? Jamás, señor, contestó con una risa como de escándalo o de burla, como si aquella idea fuese descabellada. ¿Por qué? Hay anacondas, señor, una se llevó a mi ahijado. La acompaño en el sentimiento. Y entonces… no sabe nadar. Para qué, dijo ella mirando su reloj. Si se cae aquí un día, se va a ahogar. Ya la van a vaciar (quédese ahí quieto, señor); yo tengo cuidado cuando paso por aquí, y usted debería tener cuidado de no meterse en casa ajena, váyase ahora, dijo, desandando la vuelta a la piscina para inclinarse a coger la cesta, pero él se adelantó y diciendo, permítame, la levantó hasta el pecho y preguntó dónde se la llevaba. O mejor, rectificó, vaya usted cogiendo las prendas. Yo se la sujeto. Ella no se acerca, mueve la cabeza negativamente y solo se preocupa de que suelte la cesta, de que se vaya. Se lo repite azorada. Déjeme ayudarla, por el susto. Ella duda aún y no se acerca. Ya vio que no llevo ningún arma en la ropa, dice todavía con la cesta haciéndole sombra a la cintura. ¿Qué ladrón va a robar y se baña primero? Uno necio, contesta ella. Mire, dice, deja la cesta en el suelo, se saca el puñado de dinero del bolsillo y lo tira a la piscina. Los billetes, de cien euros, alguno de quinientos, revolotean un momento alarmados y enseguida se rinden y caen, naturalizándose casi inmediatamente, relajándose amodorrados entre sus familiares del campo, camuflándose, cambiando de color, doblándose coquetos o tímidos en búsqueda imprevista de otro destino que ya no será quizá la manipulación constante y el desprecio o el aprecio impersonales y extremados. La hipotermia es un anuncio bien recibido. Hay uno extendido en mitad de lo verde, exhibido, obscenamente abierto no se sabe si por la satisfacción, el asombro o la muerte civil, o por las tres cosas a un mismo tiempo. El hombre no los mira más, recoge la cesta y se planta frente a ella, que mueve la cabeza. ¿Ve como acerté? Todo un necio, dice, pero se va acercando hasta tomar del cesto una camiseta. ¿Vive usted por aquí? No, en la playa. ¿Y qué hace aquí? Pasear. No trabaja. No, ahora no. Es rico. No, tampoco. Si se lo parezco con esta ropa… ¿quiere una nuez? No, ahora no, contesta y sigue llevando la ropa de la cesta a la cuerda. Los dos se abandonan por un momento a la labor. Es bonito este jardín. Ella hace silencios siempre antes de contestar, como si reflexionase bien o pensara que debe dejarse notar el tiempo que pasa, o quisiera tardar en conceder conversación como si esa reserva mantuviese de algún modo las distancias entre ellos. Ahora está descuidado, dice la mujer ya sin mirarlo, atenta al trabajo. Mire…, añade señalando con el mentón toda la extensión del jardín más allá del rincón de la piscina, un rectángulo que bien pudo ser huerta, lleno de hojas secas, …con todo eso por recoger. No encuentro tiempo para hacerlo. Es una invitación tal vez, una sugerencia que él no desaprovecha. ¿Que le parece si se lo limpio, si recojo las hojas? ¿Por qué? Pues por el susto. No puedo dejarle campar por el jardín sin vigilancia, es parte de la casa. Pues vigíleme; yo creo que el destino me ha traído hasta aquí, que he venido hasta aquí sólo para eso. ¿Para limpiar? Sí; tenga, dijo alargándole la mano. Al abrirla había otro fajo fino; eran también billetes de cien euros; una bonita cantidad. Al sacar los billetes, había notado un frío nuevo en el bolsillo. ¿Qué es eso? Dinero; en prenda. ¿Y si es robado? No lo es. ¡Claro!, si usted lo dice… En todo caso, ¿quién va a darle…-calcula mirando lo que exhibe- mil euros para luego robarse el dinero de la compra, o una escalera de mano, o un rastrillo o…? No señor, guárdelo, podría ser para tenerme distraída mientras entra en la casa y me coge desprevenida. ¿Para hacerle qué? Ella se ruboriza, se avergüenza de lo que piensa. Pues entre y cierre bien. ¿Tiene alarmas? Ella hizo el gesto de que sí. Pues enciéndalas todas. Se mete dentro y pone las alarmas. Y me deja aquí con el rastrillo y la pala. Y yo le recojo esto y se lo dejo impecable. Pero ¿por qué? ¡Si es que no tiene sentido! Él se le acerca ¡Quédese ahí!, avisa ella. Por gusto, ya le he dicho, por pagarle el susto, por un bocadillo. Yo se lo hago sin más. ¿De qué lo quiere? Vaya sacando el dinero ese del agua mientras yo se lo preparo. No, señora, eso tampoco. ¿Qué me dice? No le entiendo, señor. No hay nada que entender, ¿con qué quito las hojas? Habían terminado de colgar la ropa, prendas de mujer, de hombre adulto y de niño que él miraba no sin melancolía. Mire, vaya allá; allí está el rastrillo, yo voy a encerrarme dentro. Cuando acabe lo deja, llama al cristal y se aparta hasta el seto. En cuanto lo vio alejarse hacia el rastrillo, apoyado allí al fondo del jardín contra un muro con hiedra, se volvió, bajita y llena de puntillas, almidón y prisa, toda cofia y ojos oscuros, hacia la casa, se encerró en ella y puso la alarma.
Se entretuvo en alguna tarea menor, pero sobre todo en mirar por las ventanas al extraño individuo que recogía con aplicación todas las hojas que encontraba por el jardín. Estaba intranquila. Había conocido a hombres así en su país, pero eran pobres, y algunos muy peligrosos. Eran fracasados o borrachos. Aunque los ojos de este no eran de violador, ni de ladrón, ni de asesino sádico. Era un misterio que correteaba por el jardín de sus amos, por su jardín. Una vez lo vio levantase del rastrillado y echarse mano a los riñones. Estaba bien conservado, curadito como el jamón, pero no le parecía que bajara de los cincuenta años. Entonces el hombre, que era muy alto, echó las zarpas a la parra y se colgó; al parecer, dedujo, para ajustarse o descansarse la espalda. Cuando vio que aquel gesto hacía caer más hojas, se sonrió del patoso del flaco. Si le gustaba trabajar por gusto, ahí tenía más. Cuando se soltó de la parra de golpe, volvieron a caer otras tantas. ¡Lo que hacen los hombres por haber dicho que lo harían!, pensó. Aquel gesto absurdo, aquella torpeza tan propia -al decir de ella y de su madre y de la madre de su madre, hasta donde alcanzaba la memoria- tan propia de los hombres, aun de los mejores, la aproximó sin darse ella misma cuenta a aquel sujeto, tan talludo en más de un sentido, que seguro que tenía una vida entre la tragedia y el chiste. Se fue a la cocina a cortar verduras hasta que oyó que llamaban allá al cristal. Siempre se ponía música de su tierra para acompañarse en los quehaceres de la casa, pero hoy no la había puesto para oír cuando llamase. Aun así, los toques la sorprendieron tarareando. Ya desde el cristal se veía que no había dejado ni una sola hoja. Y todas estaban donde le había dicho. Y el tipo sonriendo, como un niño formal que ha hecho los deberes. Vaya a dejar el rastrillo. Lo vio irse al fondo, alto, tostado, más atractivo, aunque peor vestido, que los amigos del señor que venían a cenar o a ver partidos del Barça. Mientras volvía, ella fue por un par de manzanas de la cocina. Tenga, le dijo. Había tenido que quitar la alarma para abrir la cristalera del jardín. Ahora estaba frente a ella, alto, fuerte, a un paso del interior. De un empujón podría tirarla al suelo y luego hacer lo que quisiera, con ella y con la casa, pero lo único que hizo fue morder la manzana y decir. Esa parra… hay que podarla. Ya vendrán. Y los rosales. Ya llamaré a alguien. Vengo mañana, dijo, y ella no supo qué decir. Eso hay que saber hacerlo. Yo sé; yo tenía una parra y rosales. ¿Y qué pasó? Se fueron. ¿Sin más? Él se encogió de hombros. Si va a volver, dijo ella, tráigase el carné de identidad, para saber quién es usted. Lo que usted diga, señora. No soy señora, y me llamo Ainara. Yo Javier. Váyase Javier. Él no dijo nada. Se volvió y, comiéndose la segunda manzana, salió por la verja y desapareció.
Cuando llegó a casa, lo primero que hizo fue ir a buscar su DNI. Estaba en su cartera, dentro de alguna de las cajas. Entonces la vio.
Creía que estaba viendo visiones. La negra, sentada sobre la cama, con su ordenador portátil sobre las rodillas, abierto e iluminándole la cara bruta, el blanco de los ojos y el brillo achocolatado de los pechos sudados, golpeaba las teclas sin consideración alguna, buscando no se sabía qué, pero como si ese algo fuese sensible al halago de la violencia y la ansiedad. Las aporreaba cada vez más fuerte y miraba la pantalla, ceñuda, casi llorosa, decepcionada a no dudar de que la severidad del trato dispensado al teclado no hiciese entrar en razón al aparato. Buscó en la mano el peso del cenicero de vidrio (el soporte metálico de una vela, la vela misma, una miniatura pesadísima que había por allí, por el suelo, de la Victoria de Samotracia) y entonces ella se volvió. Había sido atrapada, y el susto deformó sus facciones africanas hasta escurrirlas, blanquearlas, empalidecerlas, afantasmarlas, y aflautarle la voz. Nada, no hago nada, perdona, sólo…. La empujó hacia atrás y le hurgó en su entrepierna, pero había llegado un momento antes de que se lo metiese entre las nalgas. El teléfono estaba allí, sobre la cama. La avisó de que no tratara de levantarse. Se volvió para dar la luz en la pared y entonces, solo entonces, la fue reconociendo. Otra vez los sueños, otra vez las pesadillas, ahora visiones; aquello no tenía fin. Fue a su lado para tranquilizarse. Se arrodilló y permaneció unos segundos en silencio. Cuando se restableció cierta calma, también en su interior, ella aún seguía asustada. Entonces le contó primero lo de las pesadillas, pero ella ya lo sabía, aunque desconocía su contenido. De pronto, de regreso de aquel espejismo, que ahora invadía la vigilia, se sintió frágil ante la insistencia de los espectros. No indagó más en las razones que tuviera Paloma para haber estado haciendo lo que hacía. Lo achacó, vagamente, a la curiosidad. Lo otro sí que le preocupaba. Se estaba haciendo imposible vivir con ello. En un momento de lucidez supo que así como había sido imposible huir de los problemas planteados y no resueltos en su primera vida, de la que había sido expulsado siendo un adolescente, tampoco sería capaz de salir de la segunda reencarnación, su segundo avatar, la segunda morada de su alma errante, de la que había salido con las manos accidentalmente manchadas de sangre y el corazón hecho cuero por tanto frotamiento con la mentira. La posibilidad de trazar un cuadro de simetrías simbólicas fue abriéndose paso entonces de nuevo, alzándose desde el opaco piélago de lo imposible como el único ejercicio en que quizá aquella horrible persecución onírica, que había ante sus propios ojos, incrédulos aún, saltado a la vigilia de la mano de una cierta demencia, fuera reversible. Tenía que serlo. Fruto de esa extraña flor de su cerebro tuvo entonces la idea. Y verbalizó ante la joven una fantasía que ciertamente no mostraba tener mucho sentido, en este universo, para nadie; ni siquiera, una vez expulsada fuera de su nicho mental y cristalizada en un objeto reconocible, para él mismo, pero no había otra, o acabaría hiriéndola o matándola cuando uno de aquellos pujos imagineros de ultratumba lo asaltara cuando tuviese algo en la mano, un arma de ocasión como lo había sido el cenicero de cristal. He ahí la predestinación, pensaba, mientras ella trataba todavía de asimilar lo que acababa de oír, lo que acababa de pedirle, y mientras con un gesto aceptaba su participación en aquel rito, segura al menos de que no sería peor que verle, en la noche, acercarse sonámbulo con un hierro en la mano. Por fin depositado en playas tranquilas, aunque extrañas, por el vendaval del destino, se esperanzó. Por eso (ahora recordaba o creía recordar) la había conocido: ella, y solo ella tenía que ser el vehículo de aquella satisfacción de la muerta o redención de la culpa. El retrato o la imagen de aquel hombre, el padre de ella, a quien su sombra se empeñaba en reconocer, se interpuso en busca de cierto protagonismo, pero él volvió a ignorar su aviso y regresó a la necesidad de formalizar su deseo de redención, que ideó como una especie de ceremonia mágica o pagana o candomblé lento de disfraces. Carrefour se llamaba, cruce de caminos, aquel zombi de la vieja película de vudú que se desarrollaba en Jamaica. Aún recordaba las invocaciones, los gestos; y no olvidaba tampoco, a su pesar, que la mayor magia del film no eran más que los trucos de un ilusionista y la voluntad de un asesino. Muy dentro de sí mismo, en un reducto ahora oscurecido de su ser, de su inteligencia tal vez, percibía la risible y macabra ridiculez de los extremos más enfermizos e infantiles de su propia historia, y se avergonzaba de aquella elucubración, pero la voz de aquel sentido llamado exageradamente común era tan débil, tan desabrida entonces, y era recibida en la superficie, en pleno aquelarre supersticioso y mágico, con tales desconfianza y desagrado que, a despecho de aquella sugerencia de la cordura, él había tomado su decisión: Ella sería, ella era ya el cruce de caminos hacia el perdón y, con suerte, hacia el tan dulce olvido.
El día prosiguió tranquilo, pero tenso con aquella escena, aquel compromiso que se cernía sobre ellos como un pájaro raro al que tuvieran que cuidar. Ella, sin espacio entre el miedo y la devoción para el humor o la ironía, había aceptado horriblemente maravillada, y él había quedado, de manera tácita, encargado de disponer todo lo referente a la ceremonia: tiempos, adminículos, trama. Se retiró a la parte más huraña de la finca, junto al alambre de espinos que daba al mar, y se sentó en el suelo a tomar notas. Ella salió.
Al día siguiente, se levantó temprano, pero no volvió a la cama como otras veces, de hecho, hacía días que sus acoplamientos habían dejado de ser tan frecuentes y alegres. Se levantó temprano y salió de la casa. Caminó en la mañana florecida de automóviles, de ruido y simulacros. Antes de salir del casco urbano compró plátanos y se fue comiendo dos por el camino que restaba hasta llegar a la lejana zona residencial donde estaba la casa de la piscina. Durante el camino fue haciendo el mismo ejercicio de olvido que había realizado tan solo ayer, pero lo que en esta ocasión se decidió a trasponer no fue su pasado remoto hasta hacía algo más de dos meses, sino lo que había pasado hasta ahora mismo desde entonces: el crimen y su aura. Fue transformando los hechos en burbujas que cruzaban y desaparecían, y así llegó al presente absoluto. Ya virtualmente no le quedaba nada, salvo la poda y la piscina, y la mirada de Ainara y su recelo. Lo cual, tuvo que reconocer ante El Otro, que lo seguía en un tenso silencio irónico y cruel, sombra de contorsiones de escarnio y mofa, era bien poco, solo la semilla de otro camino; así que para no meter la pata y hacer imposible el reencuentro, pasó de largo hasta que consideró, unos roquedos más arriba, que ya no quedaría ningún integrante de la familia de los amos, que Ainara estaría sola y que él podría trabajar. Ella, por su parte, lo aguardaba secretamente emocionada, y cuando vio de refilón su bulto al otro lado de la cancela del jardín tuvo que hacer un esfuerzo para no sonreír. No le hizo seña alguna, pero él la vio trasteando tras la luna del salón y entró. Fue hasta la puerta corredera y esperó, aquietado de pronto. Ella abrió el cristal. Ya tenía esperanzas de que no viniera. Pero no puedo dejarle esto así, dijo, señalando con los ojos la finca. ¿Así, cómo?, preguntó ella. Además de hacer la poda, había que encargarse de volver a recoger las hojas caídas desde ayer. Javier solo miraba sonriendo. ¡Diga!, ¿va a estar viniendo todos los días hasta que caigan todas? Si usted me deja, yo vengo. Ainara contempló el jardín tomado por la hojarasca amarilla, miró también hacia la piscina y preguntó: Bueno, ¿y qué va a hacer hoy? Voy a podar la parra, y así me quito también las hojas que quedan. Como con fastidio, ella levantó un brazo. En el cobertizo, allí, señaló la mujer la caseta de madera del rincón, hay guantes y tijeras. Él echó a andar. La criada se acordó de algo y alzó la voz. ¡Póngase también las gafas, que no quiero tener parte en que se quede ciego! La caseta era vieja, y su madera estaba un poco carcomida, sobre todo en la zona en contacto con el suelo terroso. La abrió con chirrido de goznes. Era estrecha. Una bocanada de olor ácido de fermentos y verdura fibrosa salió a recibirlo solícita, desacostumbrada al sol y solitaria. En el suelo, de pie en el centro, se levantaba un antiguo bidón de petróleo de la Shell dado la vuelta, con las tijeras, los guantes de podar y las gafas protectoras encima. Los cogió y se volvió. Desde la puerta vio que ella seguía allí, que le seguía observando desde la casa y ahora decía algo: Justo al fondo del jardín, entre las hojas de la hiedra, estaba la escalera de mano. Sonrió, hizo que sí con la cabeza y miró hacia donde le indicaban, con los guantes y las gafas ya puestos, estas últimas brillando marcianas al recibir el primer sol triste fuera de la caseta: allí estaba. Se volvió después a mirarla a ella: En el marco negro de la puerta de luna, al fondo de un pasillo de hierba rala y hojas de parra arriba y abajo, permanecía a pie quedo, secándose las manos limpias en el delantal blanco. Levantó la mano enguantada y ella movió un poco el mentón y regresó dentro de la casa. Javier, vestido ya con todo (incluida una viserita amarilla que había encontrado por allí), se puso inmediatamente a trabajar. Sabía que hay que cortar algunos ramones largos, la mayoría, y que hay que dejar algunos sanos largos también para que evolucionen y cubran nuevas zonas, sabía por dónde cortar, y punto. Ese era todo su bagaje de sabiduría jardinera. Pero lo hizo lo mejor que supo, con absoluta entrega a su labor y su mejor inventiva sobre las normas que había de seguir. Sudaba, y un conocido e indeseable olor acre y dulzón ya se proyectaba con intensidad cada vez que alzaba los brazos. Llevaba días sin bañarse con jabón. El chapuzón de ayer en la piscina no había servido para nada, si no es que había empeorado la cosa. El olor seco y polvoriento de la parra también le bajaba en forma de partículas sobre los ojos de plástico y la cara: era un hedor de putrefacción ligera pero lograda, como imaginaba que olería una momia. Cortó y cortó hasta que los casi doscientos metros cuadrados de tierra compacta y pasto pobre, todos cubiertos por la parra, estuvieron cubiertos de hojas y de ramas amarillas y oscuras. Una claridad nueva, gris pero brillante, casi totalmente invernal, había venido invadiendo, a medida que cortaba, como un alivio de pesares, el espacio cercado por la tapia. Cuando terminó de amputar lo observó todo, claro y lleno de muñones color canela, y miró hacia la casa. Allí estaba la mujer. Con algo entre las manos. Se acercó caminando, pisando la hojarasca caída y la ramiza cortada. Y sin decir una palabra, tomó la taza de café. ¿Se lo amontono en el rincón?, preguntó después de probar el líquido ligeramente amargo. No, vaya podando los rosales. ¿Y luego se lo amontono en… allí donde las hojas? No. Vamos a quemarlo. Saque el bidón ahí, al claro junto a la piscina, y lo vamos quemando todo. Enseguida se consume. Yo voy a llamar a los bomberos para avisar que no vengan. Y así se hizo. Ella marchó dentro y él cortó los rosales dejando alguna rama alta, nueva y vertical y otras pocas menores. Luego salió de nuevo ella: que ya puede prenderlo. ¿Tiene lumbre? Por un momento pensó que sí (vio el mechero de la muerta quemando el cordel de plástico), pero en seguida se dio cuenta y rechazó la idea, la imagen y el recuerdo con un sarpullido de horror. Dijo que no, y ella sacó del bolsillo un encendedor de cocina y se lo entregó. Se queda a comer. Tengo plátanos, alegó él, señalando con una rama el interior del chamizo. Usted vaya quemando y yo le preparo algo. Como le parezca bien. Sacó el bidón casi hasta el borde de la piscina, que seguía con la superficie verde aselvada de hojas y detritos vegetales caídos (no había billetes ya, y este fue un detalle que no pasó por alto), y lo fue llenando primero al fondo de hojarasca y después de ramitas y ramas más largas que sobresalían casi medio metro del borde del bidón. No era la primera vez que aquel bidón servía para aquel menester. Junto a la base, alguien había practicado multitud de agujeros con un gordo taladro para que el fuego respirase. Un humo blanco y muy pesado, oloroso a monte, a pastores, se comenzó a desbordar inmediatamente por el labio del recipiente y a invadir el recinto del jardín. La humedad hacía que se pegase a los objetos como un untuoso rebozado espectral. Él se alejaba del fuego guiñando aunque no le molestaba el humo gracias a la burbuja de las gafas, y volvía con una brazada que en cuanto se lo permitía el espacio interior del bidón arrojaba dentro. Y mientras el fuego desintegraba la nueva brazada, él se iba al fondo a rastrillar las hojas residuales y organizar el ramojo en haces de mediano tamaño que preparaba y dejaba en el suelo para ir llevándolos al crematorio. Había decenas de estas gavillas por el suelo. El nuevo cielo, gris pero luminoso, el humo rastrero que se divertía enlazándose en las zonas más oscuras de la humedad, el olor de quemazón y de pueblo, las ramas por el suelo, todo daba un inequívoco aire rural y sin tiempo a la escena; aire en el cual él creía haber aprendido a moverse como un aborigen, y no como un turista. A la hora del hambre, ella salió con un plato plano blanco que sostenía con ambas manos y en el que lucían envoltorios de algún tipo de masa brillante y dorada de freidura. Él se acercó marciano y observó con las gafas llenas de partículas. Qué son. Cómaselos. Se desprendió de un guante, cogió uno con los dedos y se lo metió entero en la boca. Bajo la capa crujiente del maíz, una carnadura vegetal y ligeramente picante, en cuya composición creyó poder identificar al menos seis verduras, protegía un su interior cálido una tajada tierna de solomillo que se disolvió a la primera señal que hizo la dentadura de amenaza en forma de presión. Cuando lo deglutió, mirando los haces de leña tirados por el suelo con indiferencia fingida, aquel panorama de destrucción y tierra negra, de humo acre y detritos, se había convertido de nuevo en un jardín cuyo orden irreprochable era reconstruido a cada instante por un ritmo que se hacía perceptible en cada voluta de carbono quemado, y cuya verdad absoluta lo consagraba bajo las nubes como el non plus ultra de un peregrinaje que no habían comenzado ni terminarían ellos, un harapiento vagabundo y una criada americana, pero sobre los cuales había recaído, de modo tan magníficamente irresponsable, el eje eviterno de ese vínculo entre la búsqueda y su hallazgo. Y todavía quedaban otras ocho en el plato. No se atrevió a decirle nada, solo la miró y todo quedó entendido, y remachado cuando cogió otro, y otro, y se llevó el quinto a la boca. Ella no dejaba de mirarlo sin aparentemente nada en las pupilas, solo presencia, limpia y sana presencia. Se tomó su tiempo para saborear el sexto mientras sacaba algo del bolsillo y lo depositaba sobre el espacio abierto en el plato. ¿Para qué quiero yo eso?, preguntó la mujer cuando reconoció el DNI del hombre, aunque más bien parecía de otro distinto. Usted me lo pidió. Ya no lo quiero. Yo tampoco. Pues quémelo. Y eso fue lo que hizo, lo arrojó al bidón. ¿Quiere cerveza? Sí, contestó ya sin mirar, terminando de ponerse el guante y alejándose para agacharse y coger otra gavilla y arrojarla a las llamas ocultas bajo el humo tan blanco. Cuando llegó con el vaso, se aproximó otra vez, bebió y volvió al trabajo. Los dos lo hicieron.
Siguió todavía una hora quemando y limpiando hasta que, de súbito, se dio cuenta de que no debía terminar aquel mismo día y dejó caer lo que tenía en las manos. Llamó al cristal. Me voy, dijo. Ella miró por encima de su hombro y vio unos pocos haces por la tierra, que bien podían haberse quemado en apenas media hora a lo sumo, pero no dijo nada sobre eso. Está bien, dijo, así no huele tanto la casa cuando lleguen los amos. Tenga, dijo, y le entregó un fajo de billetes planchados. Él no levantó la mano todavía. ¡Cójalos, son suyos! No los podía dejar ahí ni me los puedo gastar, cójalos, ande. Mientras él los recogía de su mano, ella añadió: Ya le hará falta. Luego permaneció callada un momento, sin mirarlo, acompañando a la mirada que él dejaba reposar sobre el humo, y preguntó al fin: ¿Hoy no se baña? Mire que huele más que ayer. ¿Le molesta? No, a mí, no; pero lo mismo a su mujer sí. Él reflexionó qué debía responder. Mañana vendré más tarde, dijo al fin, un poco rencoroso, y añadió: Ya queda poco. Cuando guste.
Regresó muy despacio, dando patadas a las piedras, sobando los plátanos en el bolsillo hasta que los sacó al pasar por un alto descampado y los tiró sin mirarlos por un barranco. El sudor se le había quedado frío. Recordó lo que tenía anotado por algún lado y se metió en la primera tienda que vio de ropa de mujer. Miraba las prendas sin darse cuenta de la conmoción que venía causando.
Cuando estaba tocando las blusas, tratando de recordar el tacto de aquella, apareció un sujeto uniformado y se lo recriminó de malos modos. Tardó en comprender que le estaba echando fuera. Y más todavía en comprender por qué. Sacó el puñado de billetes, pero les dio igual. No había nada que hacer. Lo miraron tan mal al ir cruzando la tienda hacia la puerta que salió casi sollozando. Cualquier otro día no habría aceptado ningún reproche mudo y habría sido perfectamente indiferente a cualesquiera miradas o comentarios. Es posible que incluso se hubiera enfrentado a aquel tipejo. Pero no encontró las fuerzas para mostrar, ni siquiera para sentir indiferencia. Se sintió abandonado, rechazado, despreciado, infeliz. “El trato de amor ablanda el corazón del hombre”, pensó.
Dejó pasar aquel día sumido en una profunda hosquedad y un rencor tal que a él mismo le parecía injustificado, excesivo. Una rotura neta en un bloque macizo. Tuvo hasta miedo en el umbral del sueño.
Al día siguiente se presentó en la tienda limpio, oliendo caro, con su mejor traje, locuaz y brillante. Las empleadas que habían ayer arrugado tanto la nariz intercambiaban miradas incrédulas de asombro. Lo atendieron amables y él habló. Se desató seductor, mundano, ultrasolvente. Entonces compuso un rostro de consternación muy elegante y habló de un su hermano que tal vez se presentase por allí cualquier día. Un hermano mellizo con mala suerte. Un genio incomprendido que eligió aquella vida en lugar de ser capitán de empresas familiares. Un poeta de la pobreza. Pidió para él caridad y respeto, pues era muy sensible al desprecio. Un mal gesto podía provocarle, de nuevo, ideas de suicidio. Las dependientas se miraron unas a otras con consternación, quizá con culpa, con la risita nerviosa agazapada de miedo cerca de la garganta. Toda la compra, abundante y cara, reposaba sobre el mostrador. Quiso probar: ¿Lo habían visto, acaso, por allí? No, no lo recordaban. Sí, pensó, consternación y además culpa, pensó, pero también codicia. “He venido a castigaros”, pensó, “grandísimas hijas de Satanás”. Mienten, jovencitas, les dijo mirándoles a los ojos. No había pagado la compra, y no lo hizo. Antes de volver a la casa del mar lo compró todo en unos grandes almacenes.
Regresó, dejó las bolsas y, sin decir una palabra, se cambió y volvió a salir. En esta ocasión se acercó hasta la casa de la piscina en automóvil. Por una suerte de pudor supersticioso, aparcó en otra calle. Después de todo, aquello, la zona residencial, la casa, la criada, la piscina, el bidón, no estaba tan lejos como había pensado cuando llegaba andando. De hecho, estaban humillante, descorazonadora, y hasta tal vez un poco vergonzosamente próximos. Entró sin preámbulos y fue de inmediato al chamizo para calzarse los guantes y las gafas. Los haces de ramojo que quedaban aparecían ligeramente descompuestos o deshechos, separados los palos como por una patadita impaciente, quizá enojada, con alguna vara atravesada o separada de su grupo. Los recompuso con paciencia de enterrador antes de echar la primera brazada en el interior sonoro del bidón. Había olvidado las hojas. Las arrojó por encima, de cualquier manera. Pero no pudo prender nada porque había extraviado el encendedor. Recordaba haberlo dejado en la caseta, junto a los guantes, así que fue por él. No estaba sobre la repisa ni por el suelo visible. Se agachó para mirar bajo los estantes y acabó sentado en la zona sin luz, al fondo, sobre una pila de periódicos viejos. Aquel olor de claustro o de cripta de larvas pálidas, anilladas y gordas, aquella diminuta pérdida material (un encendedor de cocina) intrascendente en precisamente ese día frígido, encapotado, el marco negro de la puerta con el cilindro de metal al fondo le transmitieron, sin que pudiera ni supiera evitarlo, el sabor aflictivo de la derrota y del cansancio: derrota del fugitivo por parte de la propia fuga, cansancio de la libertad robada o lograda. Recordó que, de joven, sus tíos lo llevaron de excursión a la sierra de Cazorla, en Jaén. Allí, al restaurante donde pararon a almorzar carne de monte, los jabalíes se acercaban en busca de restos de comida. Jabalíes semidomésticos, acostumbrados a la proximidad de los humanos. Estando en el aparcamiento, uno se acercó a unos metros de ellos, aguardando que le arrojasen comida. De repente, tres grandes perros saltaron de un vehículo y, con una granizada de ladridos feroces, se lanzaron a perseguir al animal, que emprendió, entre las filas de pinos, una huida desesperada. Cuando estaba a unas decenas de metros, con el campo ganado y el camino franco, el bicho se revolvió y cargó contra los perros. La vergonzosa huida de estos fue tan aparatosa y atropellada entonces como su anterior persecución había estado llena de alharacas y baladronadas: uno para cada lado, chocándose con los árboles, tropezando, aterrorizados, silenciosos. Todos en el aparcamiento se rieron de los perros. Alguien explicó que eran perros urbanos que nunca se habían visto en una de esas, que confundían el juego con la lucha, las reyertas verbales de collar, esquina y meadero con los combates a vida o muerte en lo más recóndito de los bosques de invierno. No eran unos cobardes, solo eran lo que eran, y ahora lo sabían. Con ello quedó explicada, con suficiencia y autoridad (quien lo explicó así fue un montero), la actuación de los perros. Pero nadie se molestó en analizar la conducta del otro animal, nadie quiso, o pudo, o supo explicar por qué el puerco se volvió cuando ya estaba fuera de la palestra, cuando si hubieran sido perros de caza, el resultado hubiera sido bien diferente, cuando su primera obligación era regresar a su monte, cuando podía haber seguido sin más. Él siempre había pensado que sus alternativas eran de jabalí: o revolverse y luchar (con el riesgo de ser derrotado), o seguir corriendo y salvar la vida (y sentir tal vez la otra derrota del orgullo). Nunca, hasta entonces, hasta hoy en el chamizo de la putrefacción, había pensado en ser los perros.
Puso la mano al azar sobre la superficie de un banco de trabajo y entre el serrín topó con el mechero. Cuando se decidió a levantarse, se llevó también un periódico y lo arrojó ardiendo al interior del bidón. Pronto comenzó a salir humo. Solo entonces miró. Naturalmente, ella no estaba.
Oyendo el fuego crepitar, vestido con su ropa limpia y correcta, comprendió que para no estar ahora sintiendo aquello, aquella desazón, aquella soledad, habría tenido que quedarse a dormir allí mismo, entre las hojas o en la cabaña oscura. Tal vez ella lo esperaba, o esperaba otra cosa, no sabía muy bien qué. O nada: tal vez solo que se fuera ya. Nunca las había comprendido. Reflexionó seriamente sobre si las atenciones discretas, las no miradas y el silencio de aquella mujer bajita valían (o habrían valido) abandonarlo todo y arriesgarse a coger una pulmonía en el chamizo. Viendo el humo blanco de la última brazada decidió que no esperaría más ni llamaría al cristal. ¿Qué podía decir?: Ya he terminado, sigo mi camino. O acaso: Voy a podar el seto y a levantar la cabaña de ladrillo, y quizá pase el invierno en ella. Y hasta podría decir: Me quedo a vivir aquí de anacoreta pálido y rupestre, ya se lo explicaremos a los amos. O tal vez no decir nada y confiar… ¿en qué? ¿A su edad?... ¿Dejar que ella dispusiera? Desde luego, sería algo nuevo en su vida… Sería su vida nueva… La vida nueva… Otra reencarnación… ¿o no?...
Pues no. No. Dejó ardiendo la última leña y salió del jardín sin más.
Llegó a la casa del mar pronto, comieron con vino un tanto ausentes y se acostaron para follar con una motricidad entre rabiosa y pasiva, mecánica y grave. Cuando se levantaron de la siesta tomaron café y metieron todo lo que iban a llevar en el coche. Ella se extrañó de verle meter bolsas de ropa, de viaje, de plástico, cajas con materiales de su antiguo trabajo…, pero al parecer aquello configuraba la lista de lo imprescindible, la cual consistía en una nota manuscrita que solo él tenía derecho a detentar y, por supuesto, a consultar y comprobar una y otra vez para contrastarla con los bultos que iban saliendo. La chica debía limitarse a ir estibando los paquetes de que él le hacía entrega.
Luego, cuando ya tenían que ponerse en camino si no querían llegar muy tarde al motel, él se alejó hacia el mar sin explicación alguna. Era lo normal. Ella esperó fumando, fisgando con curiosidad y desdén el contenido de algunas bolsas y embalajes.
Mirando al gran azul despejado de la tarde, el hombre sacó su móvil del bolsillo, lo abrió e introdujo la tarjeta de memoria. Después, sabedor de cuál iba a ser la reacción del aparato, introdujo su PIN. Antes de que comenzara a vibrar como un animalito que vuelve a la vida tras un periodo de hibernación, lo dejó con cuidado sobre una piedra y volvió su vista a las aguas lentas, anormalmente combadas, casi sin espejuelos, de la superficie del mar. En el horizonte se alejaba la mole blanca de un buque de cruceros que tal vez limpiara y lubricara sus interiores con su química. Cuando supuso que ya el teléfono había captado la configuración regional, aún aguardó a que hubiese descargado todos los mensajes y llamadas perdidas que hubiera recibido Javier Santisteban Valverde, “El Viejo”: los primeros de aquellos serían informativos, poco exigentes, irónicos quizá, pero poco después se irían mostrando intrigados, preocupados, enojados sin duda, exasperados de que no lo cogiera, y luego se tornarían ansiosos, rogatorios, imperativos o gimientes. Y de pronto, a partir de cierto momento, el tono de los comunicantes se habría cubierto (como con un velo) de la calma creciente del desespero, o del aliento narrativo del que se dirige a una tumba, o se habría revestido de frialdad forense en la voz protocolaria de un extraño, o tal vez, por fin, de la sequedad marcial, poco dada ni dispuesta a airear sentimientos falsos e inoportunos, de cualquiera que se considerase investido de la suficiente autoridad para empuñar el chisme y hablarle a la nada de tú a tú, desde un cabo de la guardia civil a una secretaria judicial. Entonces, cuando supuso que todos aquellos mensajes u otros parecidos se habrían acabado de volcar en la memoria fugaz del aparato, se volvió hacia el teléfono (había tenido tiempo de elaborar un discurso de emoción contenida), lo tomó en la mano (no pudo evitar ver que tenía veintiséis mensajes y saber que habría recibido muchos más) y marcó el número de Andoaín. Sonó primero el fijo de la oficina y luego el desvío a otro aparato.
- Diga.
- Diego, soy Jorge.
- (…)- Se oyó cómo bajaba el volumen de la radio del coche. Nada más.
- ¿Me has oído?
La voz del abogado llegó mate, fría y un tanto dura.
- Te dije que dejaras los papeles en paz… La policía ha estado aquí, al parecer has desaparecido. ¿Quieres decirme qué coño pasa?
- Lo sé, tranquilo. No tiene nada que ver con los papeles. Simplemente… lo he dejado todo.
- ¿…Que has dejado qué? ¿Qué es ‘todo’? ¿Dónde estás?
- Escúchame por una vez. Nadie debe saber que he hablado contigo, ni que nos hemos visto…
- Llegas tarde, ¡joder!, estuvieron aquí, y sospechaban o sabían que habías venido a verme. Lo mismo fue por tu madre, que pensó que irías a visitarme. Te vio mi secretaria, ¡si hasta les contó el numerito de la escalera!, así que tuve que decirles que sí, que hablé contigo, de los viejos tiempos, que no estabas bien del todo pero que no sabía qué te ocurría. Me preguntaron si me dijiste que sufrieses una enfermedad grave o si te vi deprimido. ¡Joder, qué iba a decir? ¡Pues que no estabas bien del todo! ¿¡Yo qué sé!? Si es por los papeles esos y esa historia absurda, te juro que estás haciendo el ridículo. Nadie en su sano juicio…
- ¡No, coño, no! ¡No tiene nada que ver con eso! No importa que hayas hablado con ellos. Es de la segunda vez que nos veamos de la que no quiero que digas nada, ¿entendido?
- (…)
- Mañana, de madrugada, a las seis, o mejor a las cinco, te veré en las obras de la iglesia para darte tus cuadernos. Te citaría antes, y así podría estar lejos de ahí cuando amaneciese, pero seguro que tu mujercita se extrañaría de verte salir de casa a las tres de la mañana, o de llegar más tarde de esa hora, ¿eh? O lo mismo ya está acostumbrada a que tengas una coartada siempre lista para esfumarte en busca de… un poco de emoción. ¿Cómo lo llamas tú: un culo, un voto?
- ¿Qué coño te pasa? ¿Para qué me llamas? ¿Para hacerme reproches después de más de veinte años? Yo no tuve nada que ver en que te echaran de aquí. Me arrepiento de haberte visto. Me arrepiento de haberte contado nada. Sigues siendo un niño… -se le oyó respirar con fuerza y darse un minuto para lograr cierta tranquilidad-. Bueno, -se calmó la voz, se hizo un poco más suave-, ¿dónde estás?
- Ahora en Barcelona, pero pararé en un motel cerca de ahí. Está a media hora del pueblo. Si puedes salir a las tres…
- No, no; las cinco está bien… Oye, ¿vas a llevarlo todo?
- ¿Todo?
- Los papeles esos que…
- ¿Pero no dices que no significan nada? Me parece que… –Diego le interrumpió, perfectamente consciente de que había cometido un error:
- ¡Vale, vale! Era por echarles un último vistazo, por ayudarte, por si entendía algo y podía darte alguna respuesta… Me preocupas. ¡De veras! Deberías contarme qué te ocurre. Entonces me lo contabas todo. ¿Qué me dices? ¿Los llevarás?...
- No.- Lo dijo con la dureza irreversible, absoluta, de lo decidido de una vez para siempre por el orgullo o por el rencor.
- Está bien. Lo que tú quieras. Nos veremos a las cinco en la valla de las obras.
Colgó. Tenía la oreja caliente y un reguero de sudor, que se estaba quedando frío, le bajaba por el canal central de la espalda. Apagó el teléfono y lo guardó. Regresó junto a la chica, que evitaba mirarlo.
Paloma dejó una luz encendida junto a la ventana y cerró con llave. Se pusieron en marcha como si fueran quince minutos de coche, aunque era un trayecto mucho más largo. Se sentían secretamente incómodos el uno junto al otro. Fueron recordando las instrucciones. Única y exactamente las acotaciones de la función. Ella hubiera querido hablar de ello, de lo que estaban haciendo, de aquella obscena representación que se avecinaba, pero no había nada que hacer. Era un trámite para poder seguir con sus vidas, eso era todo lo que debía conocer. No pensar, esa era su parte; no pensar; sumirse en el silencio de la chica del héroe en las películas. En realidad no le molestaba desempeñar aquel papel, pues solo se trataba de eso, un papel, una caracterización dramática, pero era incapaz de eludir el deseo de comprender el sentido último de tal puesta en escena. Alcanzaba su índole de rito, pero se le escondía su esencia: rito pero de qué y para qué. Y cualquier suposición que hiciera le parecía insatisfactoria. Fue un camino largo, con periodos mudos en que ambos imaginaban, cada uno a su modo, incomunicados, la escena con mil variantes complementarias y contradictorias. Llegaron a la carretera de El Jardín cuando ya había anochecido.
Al negociar la penúltima curva, cuando ya se veían los altos focos que iluminaban el aparcamiento frente al motel, ella posó la mano sobre su antebrazo y le pidió que se detuviera. Quería bajar, dijo.
- ¿Por qué? Está ahí mismo.
- Lo sé. Pero prefiero ir por detrás de los árboles. No quiero encontrarme, ni por casualidad, con alguien del pueblo. ¿Nos iremos pronto?
- Antes de amanecer. Después de esto saldré un momento y cuando vuelva nos iremos. ¿De acuerdo?
Paloma sonrió morena, tersa, joven, confiando aún a pesar de la extrañeza, a pesar del miedo. Luego salió, cerró la puerta y cruzó la calzada a la carrera. Bajó el terraplén y dejó de verse. Solo ahora pensó él que en aquella total oscuridad, la pobre podía tropezar y caerse, o tener incluso un desafortunado encuentro con las putas negras que sin duda se ocultaban entre los troncos del bosque en derredor. Pero ya no era tiempo para eso. Puso el coche en marcha y aceleró un poco para acabar de llegar al motel Flor.
Se detiene frente a la recepción aún pobremente iluminada. Al fondo del cristal está el portero de noche. Hay un enorme trailer de seis ejes en el aparcamiento, solo uno, aparcado casi transversalmente a la línea de las habitaciones, en medio justo del espacio blanco iluminado. Desde el restaurante, nota enseguida, no se verán las últimas habitaciones. El portero, aunque le mira como si le sonara su cara, no le reconoce hasta que oye el nombre. He perdido el carné, ¿hay algún problema? ¿Quiere el pasaporte? No, nada, nada, en absoluto, todavía me acuerdo de usted, pero… tenía otro coche, y estaba… mucho más… grueso y no tan moreno. Los negocios van mal, dice él inapelable. Claro. Ha pedido la última habitación y se la han dado. Sabe que lo está mirando irse y lo estará observando todavía un rato mientras saca los bultos. No le preocupa. Vuelve a montar en el utilitario y lo lleva hasta frente a la misma puerta. Al aparcar no ha mirado el fantasma blanco del cobertizo. Ya casi aquello no ha existido salvo en su interior. Sin embargo, sí se vuelve hacia la recepción y ve cómo el portero de noche se oculta y disimula. Va a abrir la puerta y va metiendo los bultos que necesita, que había en la habitación aquella noche o necesita para ella. La chica aparece sigilosa por la escalinata. Lanzando miradas a la recepción y a todos lados, se introduce en la habitación. Por fin cierran la puerta. Ella está nerviosa y aparta un poco la cortina para mirar por la ventana, aunque ni desde el restaurante ni desde el bar se verá nada gracias a la interposición del camión. Relájate. Dúchate. Voy por algo de comida para cenar. No quiero nada; tengo el estómago encogido. Tienes que comer algo. No puedo echarme nada al cuerpo. Si como algo vomito. ¿Lo hacemos ya?
- Es… pronto todavía. Hay que perder algo de tiempo.
- ¿No podemos hacerlo ya, por favor?
- No, es demasiado pronto.
- ¿Y qué mas da?
- Sí da, sí da. Ponte la tele, -dice él, y sale del cuarto. En el restaurante, la barra y las mesas están vacías, no está ni el camarero. Se entretiene sacando de la máquina dos latas de refresco y tres botellines de agua, confiando en que el ruido atraiga al empleado, como así ocurre. Pide dos bocadillos fríos y una bolsa de hielo, y observa cómo los hace el camarero. No sabe de dónde ha salido el camarero, pero no ha sido del bar de Flor, que está silencioso, tal vez cerrado tras la puerta labrada. Le dan los bocadillos en una bolsa, otra para la del hielo y otra vacía para los refrescos y el agua; paga y vuelve a la habitación. Paloma no se ha duchado. Está sentada contra el cabecero de la cama, bebiendo el whisky de una botellita del minibar. Esta vez estaba bien surtido. La acompaña con el contenido de otro frasquito y ven parte de un telediario abrazados, recostados contra el cabecero. Por la televisión, él sabe la hora que es. Cuando se acerca el momento, se levanta y comienza a disponer el atrezo: la bolsa de viaje en el suelo, el portátil, su traje en la funda sobre la silla… También saca de una de las bolsas de plástico que ha traído en el coche una bandeja, una cubitera, dos vasos y una botella de whisky. La va a abrir y mediar en el lavabo del baño, pero prefiere volcar el contendido sobrante (hasta alcanza la altura que tenía el líquido en la botella original) en los dos vasos que están utilizando: aún es pronto y tal vez ambos necesiten esa pequeña ayuda alcohólica. Guarda la bolsa de hielo en el congelador diminuto, que ocupa por completo. Vuelve junto a ella a la cama. Viendo la tele, repasa la habitación. Solo la lata de los cuadernos desentona, lo demás está como estaba. La guardará en la bolsa bajo la silla cuando ella salga. Y también se quitará la chaqueta, los zapatos, los calcetines y los pantalones. Últimamente iba sin calzoncillos, pero hoy, al vestirse en casa, se ha puesto uno de los que solía llevar.
Han visto pasar las imágenes de un programa de entretenimiento casi completo. Ha llegado la hora. Nota de pronto calor donde ella se apoya, su peso muerto, su respiración muy larga y lenta, recuerda que hace poco ella ha dejado el vaso vacío de whisky en la mesilla. Alarmado, toma su rostro con la mano, lo levanta de la barbilla.
- ¡Venga, venga, venga, venga! ¡Despierta, Cielo! ¡Ahora no, no!
La arrastra fuera de la cama, ¡vamos, arriba!, la sostiene en pie para conducirla al lavabo, ¡camina, venga, que te caes, abre los ojos!, le lava la cara con agua fría, ¡ya, ya, para, Javi, joder!, se la echa por el cogote, ¡cabrón chiflado, ya estoy despierta, ya estoy!
- ¡Joder, Javi!
- Perdona, pero tiene que ser ahora. ¿Estás bien?- Ella hace que sí con la cabeza.- ¿Seguro?
- ¡Que sí, coño! Tranquilo. –De pronto, el balanceo que compromete su verticalidad cambia de signo: “Tu chica…” comienza insinuante, contoneándose y achinando los ojos ebrios “…está dispuesta.” La deja de pie, inestable, y va a sacar el hielo de la nevera. La vigila mientras dispone el material.
Le cuelga las bolsas de las manos. “¿Te acuerdas de todo?”, le pregunta mirando su reloj. Que esté preocupado a ella le hace un poco de gracia.
- Palabra por palabra-, contesta mirándole fijamente, y, sin cuidarse de la posibilidad de estar siendo observada, sale del cuarto, gira y baja por la escalinata hacia la noche. “Cinco minutos”, susurra él, ardiente, a las tinieblas, y cierra la puerta.
Cuando se ve solo, el cuarto le transmite una insólita sensación, un resonido de intimidad espacial, una facilidad para el recogimiento que desearía prolongar indefinidamente, pero en lugar de ello, conecta el ordenador y a su luz y la de la tele comienza a quitarse las prendas de ropa que exigirá la singular liturgia. Cuando está en calzoncillos, va al baño y se sienta en el retrete. El frío del mármol lo reconoce y le saluda. Defeca. Sale del baño con sensaciones de recién nacido. Entonces ve la lata. La recoge de junto al cenicero de cristal, va hasta la silla y se arrodilla para abrir la bolsa de viaje y guardarla, pero entonces ve el magnetófono, con la cinta negra aún encastrada, y lo saca para oírla de nuevo: no había caído hasta entonces en que las ceremonias (“no todas, no todas” apunta el doble fofo que le va soplando el protocolo del exorcismo y al que ve en el espejo cuando se mira y quiere verle, pálido y familiar, por detrás de su hombro) las ceremonias tienen su texto sagrado, su mantra, su evangelio recordatorio, sus sufragios y plegarias, su compromiso o su promesa a través de la oración o de impetraciones paganas a las fuerzas diversas. Mira el reloj y tiene tiempo. Presiona el pulsador y escucha.
“Ahora vas a escucharme atentamente, porque no te lo voy a volver a explicar:” Oye la voz susurrante y cierra los ojos, sentado en el suelo, con las piernas cruzadas. “Hay un cadáver. Él podía haber optado por hacerlo desaparecer, por enterrarlo, por ejemplo, y lo piensa, pero finalmente decide dejar el cuerpo tal cual, caído. En un universo paralelo, lo entierra. En este decide que el hecho se presente como muerte fortuita. Pero nosotros queremos ir más lejos. La víctima está en el suelo, el accidentado está tirado. Porque ha sido un accidente, un homicidio por accidente, por azar, por destino. El matador se ha visto forzado porque la víctima ha inventado casi ese final. ¿Me estás entendiendo? ¿Me sigues?... Te lo voy a demostrar. Rebobina los hechos como en una película al revés: El cadáver se levanta como por fuerza mágica y se gira. La mano portadora del arma de ocasión, un pisapapeles, una piedra, toma el objeto de donde está, roza la cabeza de la víctima, que se ha puesto de pie aún herida de muerte e inconsciente y se ha dado la vuelta para recibir el toque del objeto que la mató y ahora la revive, y retira la herida. Mientras el resucitador devuelve el objeto a su sitio, la víctima, que estaba ya en el umbral de una puerta y de la muerte, se libera instantáneamente del dolor del golpe y siente, junto con las recientes energía para erguirse, vigilia y lucidez vital, una rara premura por entrar en el cuarto con el objeto con que ya huía y quiere ahora devolver así como a la ida, cuando el tiempo iba al derecho, quería llevarse, pongamos un maletín, y lo deja sobre la mesa sintiendo de pronto un alivio del deseo de marcharse y un aumento exponencial del de apropiarse de eso que ha puesto de nuevo, y después mantiene una airada conversación con el resucitador, que ordena, señala, grita, argumenta, guarda y saca dinero que la víctima rechaza, a la que termina escuchando sin comprender y sonriendo. También aumentan la codicia y el miedo de la víctima, que ya no sabe que lo será, la incertidumbre, mientras sale del cuarto caminando hacia atrás y el resucitador la mira a los ojos y la deja salir con una sonrisa hasta cerrar la puerta e ignorar que dentro de nada llamarán y poco antes, poco después en el tiempo de los relojes, él matará; es, por tanto, inocente. Este lo ignora, pero quizá la futura víctima, que ahora es solo avidez, lo piense, tal vez piense no solo en llevarse el dinero sino en matar también. Va, tal vez, hasta una esquina o un portal o se aísla por un momento en un simple recodo de sombra y proyecta un robo frustrado, vale restitución, y, sin saberlo, su propio asesinato. Lo va mascullando, madurando su idea al calor del resentimiento mientras regresa a su propia habitación. Es pobre y ahora no encuentra salida a su pobreza. El resucitador, supone la futura víctima, es rico, y ahora más. Al entrar en su propio cuarto, la futura víctima olvida la idea fulminante de la recuperación o sustracción. Se tumba cansada. Sale y hace recados a los que la llaman. Vuelve inquieta. Únicamente vive del rencor de un amor contrariado. Esa persona sale de su casa cabizbaja y vuelve, muy enfadada con alguien que está dentro y sale al portal y le grita. Esta persona va a morir ya, fíjate bien, pero ahora solo grita a alguien que está dentro y se aleja de la puerta con, recuerdo, un pañuelo rojo anudado al cuello, tal vez un anuncio de su cercana muerte.” Ya ha escuchado todo lo que necesitaba oír, pero la cinta sigue y él, con tiempo todavía, aunque ya poco, escucha: “Una muerte que esa persona ignora, pues solo piensa en el provecho que obtendrá del maletín que ha dejado en casa de su amigo. De la desconfianza que se va amasando en su interior pasa paulatinamente a la confianza anterior, porque ha olvidado que el amor no se puede comprar con dinero. Regresa, fíjate bien, a donde está su amigo. Se encamina allí con ilusión, entra sin llamar, va hasta la mesa y toma el maletín para dejarlo. Su amigo, que ha sacado el maletín de donde lo tenía escondido, habla con el portador y lo convence, entérate bien, escucha bien, lo convence de que se lo deje allí por seguridad. Recibe una declaración de amor y la rechaza. Se asombra del contenido del maletín, que le es mostrado justo antes de que el otro lo cierre y él olvide su visión. Luego se entera, de pronto, por el otro, de la presencia allí del maletín y de su contenido, y de quién lo ha encontrado. Un instante después (o sea, antes) lo olvida y cierra la puerta del cuarto adolescente para que no los oiga su madre. Se alegra de que el portador haya ido a verlo a casa. Este, sin la idea de dejar el maletín, emocionado, lo toma y sale de la habitación caminando hacia atrás. El otro olvida que existe el maletín y que va a venir el amigo a enseñárselo. Solo ve la tele. Caminando hacia atrás (bueno, esto de caminando hacia atrás es siempre, pero lo omito por la claridad, ¿vale?) su amigo se va a casa, guarda el maletín debajo de la cama y se acuesta a desdormir. La noche anterior, saca sin ruido…” En esto llaman a la puerta de la habitación y se sobresalta. Detiene la cinta y se pone en pie. Está un poco mareado, pero va hacia allá. Cuando gira el pomo todavía está oyendo la cinta, entendiendo su sentido, tratando de asimilarlo. Paloma sabe que los toques en la puerta de la primera puta cogieron a Javier dormido, e interpreta la cara abobada de su novio, su casi indiferencia total como una interpretación libre de ese estado de súbito despertar, aunque sabe que los despertares de Javier, súbitos o paulatinos, no son así. Lo que tiene delante son unas cejas arqueadas, la boca abierta, un aspecto de extravío mayor. No sabe que los hechos le han provocado un ataque de cordura, no puede saber que él está lentamente alumbrando la certeza de que si ella, como ya de modo inevitable conoce por el contenido de la cinta, no es la chica del pañuelo (¿quién es entonces?, ¿eran amigos?, ¿se conocían? Le cuesta entender las cosas si se las cuentan al revés. Tendrá que reconstruir las acciones. Se pregunta si servirá de algo), si no es la chica, si no hay presagios ni augurios, si no hay correlatos (“¿cómo pudiste pensar eso?, necio, cretino, imbécil”, le pregunta, le insulta, se mofa, sin mover los labios, el pálido rostro de la careta), si no hay reconstrucción y orden posibles, si no cabe reparación, aquella ceremonia no tiene ningún sentido, no hay predestinación y aviso de ultratumba, no hay posibilidad de retroacción, ni siquiera simbólica. Ya además no puede eludir por más tiempo hacerse cargo de algo que ha sabido sin duda desde siempre, algo que su sentido de la realidad le dijo desde el principio: que aquella muerta de la cinta o no lo estaba, o, naturalmente, era otra muerta, otro muerto, y que aquel muerto tenía que ver con ellos, con él, con Diego, con el padre de ella, con los muertos del pajar… (“Piensa, estúpido, piensa: ¿Dónde encontraste la cinta? ¡Nulidad!”, le define rudo su antifaz). Pero de pronto recuerda u oye algo, levanta la vista alelada, la ve y sufre un sobresalto: La misma melena oscura y rizada, la misma blusa negra ceñida y sin sostén, con aquellos pechos enormes, ofreciéndoselos como… ¿Santa Águeda?, parecida figura y los mismos ojos, aunque más claros, desteñidos hasta la miel o quizá vidriosos como los de los muertos que regresan a atormentarnos, hablándole, diciéndole algo iluminados por los brillos de la bandeja, el maquillaje como un trampantojo de la cara sumida por la falta de alimento en la tumba, el olor dulzón a fruta madura, quizá un poco podrida, y flores machacadas, como gustan las mujeres mayores (aquella particular en su recuerdo) y los cadáveres recientes, y la boca repitiéndole desde el pasado algo que tarda en oír:
- ¡Perdón! Que si quiere el pedido todavía.
Mueve la cabeza y la deja pasar.
La deja pasar como alelado.
Todavía está con la boca abierta, viéndola entrar vestida como la puta madura, quizá llamada Flor, aunque ya sabe que todo aquel aparato teatral es poco menos que grotesco, además de inútil, según ha terminado de entender al escuchar la cinta. Pero sigue adelante con la farsa. O se deja llevar por la inercia, o por el guión.
Ella recuerda que, bajo ningún concepto, ha de salirse del papel, sin embargo no puede evitar un gesto mínimo de hastío al dejar la bandeja en el aparador junto al cenicero. Pero se recupera pronto y vuelve al libreto.
- ¿Quiere que me lo lleve? Le dejo el agua y…
La mira y no acepta que solo la peluca, solo el emplaste de la cara hayan obrado tal metamorfosis. Tanto se parece a la otra que está a punto de romper la liturgia, que ya sabe (se repite a sí mismo) inútil, de los hechos pasados y hacerla pasar y hacerse consolar.
- No, no; déjelo, ya que lo ha traído,- repite, sin embargo, su memoria mecánica.
- Se lo cobrarán, aunque no tome nada.
- Ya; no se preocupe,-dice, y sonríe bobalicón, tal vez porque ya sabe que no lo cobrarán, que lo ha comprado, complacido tal vez de comprender por fin el sentido del rito. Ella pone una cara lúbrica, innecesaria, bajo la cual late la preocupación del artista primerizo de hacerlo bien, de no olvidar su texto. En esto no puede engañar a nadie, piensa: esta es una puta novata. Sonríe otra vez y ella no puede evitar acompañarlo en la sonrisa boba.
- ¿Quiere… que le dé un masaje? Lo que necesite… Le quitaré cualquier molestia. ¿Eh?, ¿qué le parece? Le aseguro que… dormirá como un niño.
- Esta noche, esta noche…- Duda, y por la mente de la chica pasa la idea de que va a romper el guión, de que ahí va a empezar la diversión, la cama, la sorpresa, el fetiche, o de que se está columpiando un poco como juego, por aumentar un suspense ficticio, artificial, que no se materializará en un cambio. Y si es un juego, hay que reírse, aunque él haya adoptado ahora una acabada seriedad funeral.
- No. Gracias.
(Ella esperó esos dos segundos del libreto, dejándose ver y desear, mirándole a los ojos.)
- Te arroparé, si quieres, antes de irme.
- No, adiós,-dijo el hombre y agarró la puerta para cerrar. Ella aceptó el cambio de texto y se marchó. Él cerró, se quedó escuchando un momento y regresó a sentarse frente al magnetófono. Dio un poco hacia atrás a la cinta y pulsó de nuevo.
“Y luego resultó que sí, que era una cosa sexual. Verá doctora… era un hombre imprevisible, pero también eso era o es parte de su atractivo. La fiscal tenía razón: era sexual… ya lo creo…, sí, sexual: me hizo vestirme de puta… ¿Le parece poco sexual?, me vistió exactamente como él tenía en la cabeza. No, no sé de dónde lo sacó. La policía insiste en que sí que lo sé, pero no lo sabía, lo juro, ¡ni lo sé! Además fue dos veces, no una… Sí, sigo. Entonces me dio esa ropa y él se metió en la habitación del hotel y me pidió que me la pusiera y volviera a entrar, y que le ofreciera mis servicios. La primera vez tenía que entrar con una bandeja provista de una botella de whisky, dos botellines de agua y una cubitera con hielo, dejarlo e insinuarme un poco: que si sabía dar masajes, y tal, pero él me rechazaba; entonces tenía que salir, cambiarme de ropa, ponerme falda corta, tacones, un collar de cuentas, una blusa así y asá, una braguita de este color, el bolso con aquello…, y volver a llamar. Entonces, cuando él abriese,…. Le tenía que ofrecer mi cuerpo, eso, tener relaciones, pero con unas palabras… No, señora, no me atrevo… ¡Que vergüenza!... pues voy a decirlo de carrerilla, ¿eh?... Que conste que yo no quería decirlo, ¿eh?… No me acuerdo ya de alguna cosa, ¿eh?, así que… Voy: chupar follar, te la chupo por veinte euros, bueno por diez euros, te la chupo bien, te corres en mi cara y me voy, me lo bebo todo, por el culo bien dentro, todo diez euros y me voy, chupar follar, lo que quieras, y ya… Uf, creía que no podía…, pues ya está; era más o menos eso. Yo llamé la primera vez, lo hice, y bien; llamé la segunda, lo dije lo mejor que supe y me hizo entrar.”
- Te arroparé, si quieres, antes de irme-, dijo Paloma tavestida de Flor.
- No, adiós-, había dicho, dijo el hombre y agarró la puerta para cerrar. Ella aceptó el cambio de texto y se marchó. Él cerró, sí. Cerró, se quedó escuchando un momento y regresó a sentarse frente al magnetófono. Dio un poco hacia atrás a la cinta y pulsó de nuevo.
“… y se acuesta a desdormir. La noche anterior, saca sin ruido el maletín de bajo la cama, sale subrepticiamente de casa y desanda hasta el bosque, donde se encuentra con un amigo, o sea, se separa de él para volver cada uno a su casa.
- Ese amigo soy yo, ¿verdad?”- dice de pronto una voz, otra voz, dentro de la cinta, que ya no es solo una narración al revés, sino unas circunstancias, un lugar, un tiempo y una escena, y dos cuerpos, al menos. Javier se sobresalta. Reconoce vagamente esa voz infantil. Es, es… ¿cuál era su nombre?
“- Sí, ese eres tú.
- ¿Cómo sabes dónde nos separamos?
- Él me lo dijo al día siguiente, cuando fue a dejarme el dinero. Seguimos: vais juntos, corriendo al revés, con el maletín quemándoos los dedos, hasta el pajar abandonado. Cuando estáis allí vais a un rincón a abrirlo, aunque ya sabéis lo que hay dentro: los papeles, los bolis de oro, el dinero en fajos; precisamente vais a desconocerlo. Lo cerráis y acabáis de ignorarlo. Os levantáis y vais a dejarlo (en realidad a cogerlo, ya lo sabes, ¿eh?) donde uno de los muertos, el que está allí tirado boca abajo lleno de sangre, lo metió tal vez con el fin de ocultarlo de los que vendrían o habían venido el día anterior, en el otro coche, a matarlos a él y al pequeñín.
- Eran dos.
- ¿Qué?
- Que eran dos coches los que llegarían el día anterior.
- ¡Ya lo sé, coño! ¡Yo estaba allí, no me interrumpas!
- Perdona, -dice el otro con la voz imberbe y ñoña. Se oye fru-fru de ropas y el sonido inequívoco de un beso.
- No, perdona tú. Si eran dos coches, pues eran dos. El caso es que lo dejáis y mientras desandáis hasta un escondrijo se convierte solo en una vaga ilusión, ¿verdad?
- Verdad. Le habíamos visto ocultarlo y pensábamos que los asesinos no lo habrían encontrado, o que ‘no lo encontrarían’ en el tiempo al revés, y que habría algo valioso.
- Y lo había, ¿verdad?
- Sí, mucho dinero y los papeles y…
- Y Juanjo no quería compartirlo, ¿verdad? – Un shock eléctrico recorre el cuerpo de Javier: aquel Juanjo era el cuarto amigo, que desapareció por aquellos días y cuyo cuerpo apareció sin vida al pie de un barranco. Se achacó entonces a un resbalón, a un accidente, y no se investigó. No sabría decir si él ya había sido desterrado a Madrid u ocurrió estando todavía él allí.
- Juanjo no quería compartirlo. Después de dármelo no quería compartirlo conmigo. Me lo había llevado con falsas promesas y ahora desconfiaba y se lo quería llevar. Lo quería todo para él, ¿verdad?, -repite el que lleva la voz cantante, aunque esa voz esté un poco rota por la ronquera, por el murmullo que emana del secreto. El otro no murmura, solo habla bajito.
- No lo sé, conmigo sí había quedado en compartirlo; fuiste tú quien discutiste con él y quien… le dio ese golpe por… por accidente.
- Eso. Fue un accidente, yo no quería hacerlo, pero lo tuve que llevar hasta el barranco de los buitres porque nadie se lo iba a creer, ¿eh?, ¿me crees, verdad?
- (…)
- Sigo, ¿eh? Y entonces les devolvéis los relojes y salís de allí andando al revés, con miedo y esperanza de sacar un buen botín de la rapiña. Y vais hasta la peña grande del bosque y esperáis hasta que nosotros nos vayamos hacia el pueblo y no miremos y no se os vea, porque ya estabais pensando en volver vosotros solos. Y entonces nos encontramos jadeando, aterrados por lo que hemos visto, aunque nos ha dado tiempo de coger los casquillos antes de salir corriendo.
- ¿Por qué os fuisteis?
- Porque Javi estaba cagao de miedo.”- Siente de nuevo Javier aquel miedo y algo nuevo y más aterrador todavía.
“- Diego...”- La voz que ha dicho el nombre se llena de melindres y de mimos celosos. Es… es… Alejo. Su nombre es Alejo. Es Alejo, el muy cabrón, maricón de mierda, ladrón, no le cabe la menor duda. Pero esta certeza no le abrasa ni la mitad de dentro que comprobar ya sin lugar a dudas (ya lo venía intuyendo, pero se lo ocultaba de sí mismo) que la voz aguardentosa y ronca es la de… “Diego… Tú por entonces estabas con Javi, ¿verdad?” Se oye otra vez el fru-fru de ropas que se rozan. Se prolonga en los besos, viene de los besos, los arropa, cubre la saliva de calor y de toques.
- Ya no importa. Mi padre hizo que se fuera cuando se enteró de lo que hacíamos. Le echaron toda la culpa a él.
- Pobre Javi, pero… ¡Qué suerte!, ¿verdad? Así podemos estar juntos, ¿eh?
- Claro
- ¿Y con Juanjo? ¿Estabas también con Juanjo?
- (…) ¡Qué tontería! ¡Vaya ideas que tienes! Él quería, pero… nada de nada.
- Él me había dicho hacía poco que sí. Presumiendo, porque te había robado a Javi.
- Eso es una gilipollez. Y tú te crees todo lo que te dicen, angelín.
- ¿Y por qué te dijo lo del dinero? ¿Te lo iba a dar? ¿Por qué lo llevó a tu casa y luego te lo quiso quitar? ¿Qué esperaba de ti? Dime, ¿por qué te lo contó?
- Pues porque éramos amigos.
- (…)
- ¡Vale, vale! No me mires así. Estaba un poco quedado conmigo, es cierto. Pero yo no le di esperanzas. Él creyó lo que quería creer y luego él solo comprendió que las cosas no son así, y que el amor no se compra. Se volvió medio loco.
- ¡Vaya pago que le diste!
- Si vas a volver sobre eso me voy para siempre.” Y se oye correr una silla. Alguien (Diego) se levanta de golpe pero luego no se mueve del sitio.
“- ¡Valevalevalevale! Siéntate… Es que tengo celos.
- Bobo… Entonces, ¿a medias el dinero? Mira que esto es un trato y se está grabando.
- Vaaaale.
- ¿Y guardas tú los papeles?
- Vaaaale. Los guardo, y la cinta también. Como garantía.
- ¿Dónde?
- Si te lo digo…,” mimoso, obsceno, con ruiditos, “tendría que matarte, y no es eso lo que quiero hacer contigo, ¿eh?...”
Se oye un fru-fru, después un sobresalto y luego ya nada más. La cinta sigue desenrollándose en silencio, con un vago crujido electroestático donde estarían Alejo y Diego acariciándose la cara y los brazos y el costado y la... Y entonces llamaron otra vez a la puerta, rápida y quedamente, como tenía que ser. Fue a abrir sobrecogido por lo que acababa de oír y todavía oye, comprendiendo a duras penas el significado pleno de lo que acaba de oír y todavía escucha, abrumado por las consecuencias, las derivaciones de lo que acaba de oír y todavía resuena en su cerebro: “Bobo… pobre Javi… fue un accidente… ¿estabas con Javi?... fue un accidente… eso ya no importa… ¡qué suerte! Podemos estar juntos… ¿a medias el dinero?... lo tiré al precipicio de los buitres… fue un accidente… no es eso lo que quiero hacer contigo…” Llamaron otra vez, con más fruición. Ya estaba en la puerta y giró el pomo. El filo de la puerta, empujada de pronto y con fuerza, lo golpeó en la frente y lo derribó al borde de los pies de la cama. Cuando, aún aturdido, pudo mirar, a medias incorporado en el suelo, creyó ver la espalda de Paloma, todavía en su disfraz o su avatar de Flor, agitándose mientras abatía las botellas y el portátil, buscando algo en el maletín abierto, en los cajones de la cómoda bajo el ventanal. No es así, no es así, pensaba él sin entender aquel aturullamiento. No es así y ella lo sabe, ¿qué busca? Se puso en pie apoyándose en la cama y dio un paso hacia ella. “¿Qué haces?”, preguntó en voz baja. Entonces ella se volvió.
Sus ojos se habían vuelto negros como el plomo. No lo miraban, buscaban por el cuarto. La cabeza era más grande, huesuda y fofa a la vez. Había engrosado; su cuello…, su ceño se había endurecido, le colgaba la cara. Un terror sobrenatural le colapsó la garganta cuando aquel espectro lo derribó sin dificultad con una zarpa repleta de nudos y de venas. La vio entrar en el cuarto de baño y se imaginó que saldría de allí con él (llenando un traje con su panza) colgando del cogote; con el tipo pálido, gordo, culpable que había sido él mismo, que era él mismo, como bien le revelaban los espejos si se fijaba bien, enganchado y en vilo como un conejo, y que lo miraría (se miraría) al pasar, reprochándole (reprochándose a sí mismo) que no lo salvara, aceptando él la suerte del Otro, en el fondo su propia suerte. Se vería pasar llevado en volandas por aquella lamia hasta la puerta del infierno que él mismo había abierto con sus propias manos en la caseta. Entonces, en efecto, salió del aseo, pero mirando ya la bolsa de viaje abierta bajo la silla, y él la reconoció por fin. “¡Oiga! ¿Qué hace aquí? ¡¿Qué quiere?!” No le hizo el menor caso. La puta quizá llamada Flor se agachó y hurgó dentro profunda y ferozmente por un momento, revolviendo cuadernos y papeles. Al cabo se levantó con la bolsa en la mano derecha y lo vio delante de sí, obstruyéndole el paso, aturdido pero con la aparente intención de oponérsele.
- Apártese, -dijo ella, casi con benevolencia. Con aquella voz que le había ofrecido…
- Deje eso. No es suyo. Es de un amigo mío.
- Yo se lo doy, no se preocupe, -dijo Flor, se cambió la bolsa de mano y trató de esquivarlo para salir. Como el hombre opusiera débilmente una mano, lo volvió a empujar con facilidad sobre la cama, al tiempo que murmuraba: “Payaso”. Mientras la mujer abría la puerta y retrocedía ligeramente para pasar la voluminosa bolsa, él se había incorporado y había alcanzado a palpar con la mano derecha el borde del mueble, cerca del cenicero. Se irguió y la golpeó con él en la zona parietal. Cayó de rodillas, aturdida. Casi inmediatamente trató de incorporarse. Al derrumbarse la mujer, él había entrevisto fuera varias figuras: un hombre apoyado en el capó de un coche, con las manos en los bolsillos, otro reteniendo por los hombros a una mujer con minifalda junto a otro vehículo oscuro; pero ella trataba de levantarse y su reacción ya se había disparado. Se vio obligado. La golpeó de nuevo, con más fuerza.
“Yo llamé la primera vez, lo hice, y bien; llamé la segunda, lo dije lo mejor que supe y me hizo entrar.
Se suponía que me tenía que decir que no, ¡que no!, y cerrarme la puerta en las narices, y ahí acabaría la mascarada; pero me hizo entrar de un tirón y cuando le dije que no era así, que él mismo me había enseñado como era, me dijo… me dijo… (Escuche bien, señora) me dijo que qué podía saber una cerda como yo, que él decía cómo se hacía, y me tiró unos billetes a la cara. Como lo oye. Y entonces me ordenó recogerlos con la boca, a cuatro patas. Él se quedó mirando; como se lo cuento. Pues porque… ¡yo creía que era un juego!. No, con él nunca era demasiado lejos. Después me dijo que me tumbara en la cama boca abajo con la falda arremangada y el culo levantado. Sí. Así. Yo estaba sorprendida, pero lo suyo era siempre tan sorprendente, que aun con miedo, con aprensión, la verdad, me dejé hacer: lo cierto es que estaba un poco… caliente. De pronto, los nervios se fueron y empecé a participar del tema. Me estimuló un poco con la mano y… me… sodomizó, señora, doctora, me sodomizó diciéndome las cosas más sucias que había oído en toda mi vida. Nosotros siempre habíamos tenido mucho sexo, pero aquello… Después me dejó así, como estaba y se levantó y se apoyó en la cómoda, a mis espaldas; me obligó a mantener la cara baja y pegada al colchón; y entonces olí humo de cigarrillo. Él no fumaba, así que me extrañó. Yo sí, yo sí fumo, pero él no, así que me quedé…. Quise preguntarle, y para ello me volví un poco, pero se enfadó tanto que seguí con la cara contra la sábana, sin ver nada, con el culo ardiendo al aire. Entonces sentí que me separaba las rodillas. Me puso un trapo en la cara. Quise protestar, pero era su juego, y… pues eso, me empezó a… ¡qué difícil!… me empezó a hacer un cunilingus allí, en el ano, figúrese, o sea, donde se había... corrido. Y yo pensaba, qué asqueroso, con todo eso saliendo… pero era estimulante, y le dejé hacer. Estuvo un buen rato haciendo eso, y luego se incorporó un poco y volvió a penetrarme por ahí. Ya se había callado, no decía guarrerías, ni nada. Entonces lo oí. Dijo: Eso es, ábrele el ojete, rómpeselo a esa cerda. Pero entonces fue cuando me asusté de verdad, porque su voz no sonó encima de mí, sino en la cómoda, como si siguiera apoyado en la cómoda de la tele a unos metros. Quise revolverme pero no pude. El que tenía encima… sí, era otro, ya me di cuenta. El que tenía encima me inmovilizó las manos y Javier apareció por el costado de la cama, desnudo, con el pene… ya sabe, y con un trozo de cinta de embalar que me pegó en la boca. Me dijo que no me asustara, que ya sabía que yo era una buena chica, pero que para no dar escándalo era mejor… y además, añadió, arrodillándose frente a mí, pues porque era una perra y a las perras había que ponerles un bozal. Y me metió el pene en la boca… ¿Cómo dice?... ¡ay, es verdad!, que no podía hacerlo si tenía la cinta tapándome la boca… pues eso sería después, me convencería de que… ; sí, me convenció; que sería divertido, decía, y sí, entonces me hizo meterme… me metió eso en la boca mientras el otro tío me... ¿Cómo? ¡Claro que estoy segura! Fue una cosa y después la otra. La noche fue muy larga, primero me puso la cinta y luego me la quitó para que yo le hiciera eso, o al revés, pero no importa; fue así. Entonces oí la cisterna y cómo se abría la puerta del baño. Otro tío sopló como un caballo y dijo: ahora sí que sí. No, no reconocí la voz, fíjese. Era como más ronca de lo normal, no le encuentro otra explicación. Yo no podía verlo, porque estaba boca abajo y chupando, pero noté cómo se hundía la cama con el peso del tercero, y entonces Javier dijo: Clávasela, y no se lo decía al que me la… clavaba, sino al tercero. Noté que se colocaba encima del otro, que escupía, y que hacía con la boca un ruido como de esfuerzo a la vez que el tipo que ya tenía yo encima y me sodomizaba se quejaba y decía: ¡Aaah, cabrón!, escupe más… y después: Así, así,… hasta el fondo. No, tampoco conocí la voz. Se lo juro, señora. Entonces se reanudaron los embates y se pusieron los dos a jadear. Javier me obligaba a meterme toda su… en la boca, y miraba a los otros. Yo me la sacaba de la boca a veces y le rogaba que me dejase respirar, pero parecía que hablándole le distrajese de una visión… agradable. Empezó a retorcerme las orejas y a tratarme con brutalidad, y a decir: eres una perra, eres un váter y mereces que te… ¡Jesús, que difícil!... que te cague en la cara… te mereces que tu padre te esté dando por el culo; bueno, dice que él no es tu padre, dijo, vete a saber quién es tu padre… Y siguió: ¡Menuda familia!, ¿eh?, la madre y la hija putas, y el papá maricón… ¿Y sabes quién está dándole a él candela?, ¿sabes quién está metiéndosela a tu padre?… el señor ex-alcalde y diputado regional del partido del orden, decía, y mientras se reía y se reía como con rabia, sacando la lengua y mordiéndosela, y tirándome del pelo y las orejas. Y entonces sí, entonces reconocí en el ronco la voz de mi tío Diego, que no es tío pero vamos…, que va mucho…, que iba mucho por casa desde que yo era chica. La voz del tío dijo, así como ronca y con poco aliento, con acento de esfuerzo: “presente”. Y siguió Javier: Sí señorita, el tío Diego, que mientras tu madre se tiraba a todos los camioneros del mundo, jugaba al trenecito con tu padre. Luego me dieron la vuelta como si fuera un objeto o un cadáver, y se arrodillaron encima de mi cara para eyacular, y los vi a los tres, sonrientes, besándose en la boca, mientras esperaban que sus asquerosas… no puedo más señora, me voy a volver loca... ¡Espere! Mejor así… No… No quiero parar; quiero soltarlo todo para que me dejen todos en paz de una vez… No, no pararon ahí, siguieron toda la noche. Ellos hacían sus cosas y a mí me utilizaban de retrete, para desahogar golpes, para insultarme y escupirme. Nnno sé cómo no me volví loca… casi me desmayé, o me desmayé y no me acuerdo. Me reía. Recuerdo que me reía. No lo sé, señora; pero recuerdo que en algún momento me reía como una posesa, a gritos… Luego, por la mañana, se ducharon, se vistieron y se fueron a desayunar. Yo, cuando me vi sola, me quise escapar, y llegué a salir y a echar a correr por el corredor, pero a los pocos pasos me di cuenta de que estaba perdida de toda clase de inmundicias, desnuda, y de que hacía frío, así que volví a entrar, me bañé, me froté hasta hacerme arañazos, y cuando ya estaba vestida con mi ropa, llegó Javier, me metió en mi coche y nos fuimos a Barcelona… ¿¡Y qué iba a hacer!? ¡Dígame, señora! ¿Qué iba a hacer? Yo no era yo, yo era un pelele asustado. No, no volví a ver a los otros… No, a mi madre no la vi… Se lo juro… Eeeeeh, pues estaría en el bar, o durmiendo en casa después de cerrar, o en el apartamento que tenía en el otro edificio, el del restaurante, por detrás, y que utilizaba cuando se hacía tarde para volver al pueblo, en invierno por el hielo y la niebla, o cuando estaba cansada o se le hacía muy tarde, ya le digo… ¿Cómo lo iba a denunciar? O sea, ¿a un tío al que he llevado yo a un motel de propiedad de mis padres?, ¿a mi padre por violación?, ¿por incesto?, ¿a un respetable político y abogado del partido que ya sabe?, ¿y decir además que habían tenido relaciones entre los tres?, ¿después de haberme ido de mala manera de casa de mi padre?... Usted, ¿a quién cree que creerían…? No, me bañé y traté de olvidarlo casi inmediatamente… Me fui con él… Pues porque no tenía otro coche, porque vivía con él, porque ya no tenía a nadie… ¿Cómo le voy a contar eso a mi madre?, ¿está usted loca? Me volví con él a Barcelona, pero ya tenía miedo. No podía dejar de ver la escena, las escenas, cualquiera de ellas, tan horribles… No, no volvió a repetirse, pero… una noche, después, pasados unos días, como una semana… vino borracho y trató de meterme una botella… ya sabe. Me fui de casa, de la otra casa, de la mía y de él. Eran las dos de la mañana, pero me fui de casa… Sí, ya había vuelto borracho más veces… No, antes de aquello del motel no, lo del alcohol comenzó, yo creo, a raíz de aquello. Ese hombre ya no estaba bien… Hice tiempo aquella noche en el coche y por la mañana fui a ver a Dulce. La pobre se asustó al verme. Me llevó ante la fiscal y se lo conté a despacho cerrado. Solo estaban Dulce, la fiscal, su ayudante, la forense y otras dos chicas que no sabía ni sé quiénes eran, y no se lo conté todo, me daba vergüenza; no le conté ni la cuarta parte, y después de consolarme y de insultar a Javier y a todos los hombres y de decirme que lo que tenía que hacer era denunciarle, que se lo iban a comer con patatas, la fiscal me llevó aparte, aunque luego habló tan alto que todas la pudieron oír, me llevó aparte, digo, y me dijo: sin cadáver, no hay crimen; sin cadáver, no hay crimen, ¿te has quedao con ello? Me repitió eso tantas veces y de tal manera mirándome a los ojos que… Me lo dijo como, ¡Dios me libre de pensar mal!, como un consejo, porque habíamos estado diciendo que a hombres así lo mejor era darles un trastazo y tirarlos a un contenedor de basura. O era un consejo o era una broma… Como lo oye… ¿Pues no estoy diciéndoselo todo?... No, no le pienso dar el nombre de la fiscal, ¡faltaría más! ¡Con lo bien que se portaron conmigo! No, yo se lo digo a usted porque es médico y hay secreto, ¿no? ¡Y si se le ocurre decir algo…! Ya, ya me calmo… Me pedían detalles de la cosa, y yo hasta me asusté de verles la cara ansiosa de precisiones, ávida como de morbo… No, eso no fue después de la desaparición de Javier… fue mucho antes. De la desaparición definitiva, me refiero. (…)”
Así que ella intentó levantarse y él descargó toda su furia, todo su miedo.
La golpeó de nuevo, con más fuerza. “Me veo obligado”, pensaba mientras lo hacía e inmediatamente después. “Me he visto obligado”.
Ni siquiera oír el grito (Paloma lo estaba viendo, pues era su grito. La mujer del coche se llevó las manos a la boca) impidió que golpeara una tercera vez. Cuando estuvo seguro de que no se levantaría, soltó el cenicero y agarró la bolsa, pero reintroducirla en la habitación no era fácil: tenía que luchar contra un brazo inerte aferrado, doblado hacia dentro, bajo el pesado cuerpo que ocupaba el umbral. Dio un tirón violentísimo, arrancó la bolsa y se hizo atrás unos pasos. Quiso, quién sabe por qué, cerrar la puerta, tal vez porque estaba en calzoncillos, pero el cuerpo inmóvil se lo impedía. Pensó atraerlo por un pie hacia dentro, pero ya Paloma, vestida como lo estaba la fulana negra en la tumba, se arrojaba sobre el cadáver gritando algo que él ahora, al fin, entendía. La chica trató de volver hacia sí la cara de la muerta (no pudo voltear el cuerpo, aunque lo intentaba desesperadamente) y se le vieron al cadáver los ojos y la boca entornados de la ausencia de vida. Paloma la besaba en los labios, en los ojos, en la frente.
- ¡Mamá! ¡Mamá! ¡¡Mamá!! ¿¡Qué has hecho!? –Dijo levantando la mirada hacia él, churretones negros y rojos, peinado roto, con, en la voz, más pena que reproche, y el asombro incomprensible de un dolor fulminante. -¿Por qué?... ¡Mamá, despierta! ¡Abre los ojos! –Se volvió a uno de los otros dos hombres, que se acercaba lentamente desde el coche con las manos sujetando el vuelo de la americana. Era el tipo con el que la había visto discutir la primera vez que la vio.- ¡Papá, por qué? ¿Qué coño es todo esto? ¿Por qué la has mandado a que la maten?
- ¿Alejo?
El así llamado hizo un gesto al otro, que se había mantenido con las manos en los bolsillos del traje, apoyado en el capó del Mercedes. Era Diego, que se acercaba a él mientras Alejo trataba de hacer callar a su hija y miraba de vez en cuando hacia la recepción. Diego, a unos metros, sacó la mano del bolsillo moviendo la cabeza negativamente. Agitó los dedos.
- Dame la bolsa y acabemos con esto. Ya la has cagado suficiente por hoy.
- No, no es tuyo. Nada es tuyo.
- Es mío, ¿entendido?- Había sido Alejo, que ponía las manos sobre los hombros de su hija sollozante pero no desatendía la conversación, pues sabía qué era allí donde se estaba ventilando lo de verdad importante. Lo había dicho sin gritar. – Es mío, todo, todo lo que hay ahí es mío, así que dale la bolsa y vete.- Diego quiso acercarse, pero Javier agarró la botella y se mostró dispuesto a golpearle.
Paloma había levantado una cara descompuesta al oír a su padre.
- ¿¡Qué!? ¿Qué has dicho: que se vaya? ¿Estás loco? Voy a llamar ahora mismo a la policía.
Hizo por levantarse, pero su padre se lo impidió.
- ¡No, no, tranquila! Tu madre ya está muerta. No se puede hacer nada por ella.
- ¿Qué estás diciendo? ¿Tío,- dijo, alelada, dirigiéndose a Diego-, tío qué dice?
- Han desaparecido otras putas, así que…
- ¿Qué? –Paloma parecía y sentía estar volviéndose loca. Se quedó con la boca abierta, sentada en la grava, con las manos en la cara de su madre muerta, comenzando a balancearse con la mirada extraviada.
A él le dio pena. Quiso hablar, pero solo le salió un gruñido. A la segunda, cogiendo mucho aire, dijo:
- A tu padre, Cielo, no se asustan los muertos,-dijo, manteniendo a Diego a raya con la botella. -Diego mató a un amigo nuestro y a él le pareció estupendo, ¿eh, Alejo? Así se quedaba con su dinero y con su amante. Y al otro, al que quedaba, como le habían echado del pueblo por maricón… pues mejor que mejor. ¿Eh, Diego, asesino hijo de puta? ¿Quién crees que es más traidor de los dos?, ¿eh, Paloma? ¿Quién crees que es más hijo de puta?
- No le escuches, está loco. –Alejo sonreía nervioso, agarrando a Paloma para impedir que se pusiera en pie (aunque ella ya no lo intentaba), y haciendo señas desesperadas a Diego para que acabara con aquella situación, para que le hiciera callar y recuperase los papeles, los cuadernos, la cinta.
- ¿Y sabes por qué prefiere dejarme que me vaya? Porque sabe que si me denuncia, él será el primero en caer y que su querido amante, tu tío Diego, irá a la cárcel mucho tiempo, o por lo menos verá como se arruina su vida. A no ser que Diego me mate a mí también, claro, pues eso lo arreglaría todo de golpe; y eso le gustaría, ya que aunque él no tiene pelotas para cazar su presa, no tiene inconveniente en comer de su carroña. – Se volvió a Diego con la botella en alto. –Inténtalo cabrón. ¿Sabes? Ya no me importa nada. Todos estamos muertos.
Alejo quiso aprovechar que Javier estaba distraído y se arrojó, pisando la cabeza del cadáver, hacia la bolsa. No pensó que el otro reaccionase, así en calzoncillos como estaba, del modo en que lo hizo. Sin perder la cara a Diego, Javier dio un golpe seco a Alejo con la espinilla en plena cara y lo tumbó, momento que aprovechó Paloma para incorporarse y salir corriendo y gritando.
Ambos tenían mucho que perder y una vez más (o por una vez, al menos), sobrevolando por encima de más de veinte años y de tumbas, exilios y traiciones, con Alejo gimiendo, cobarde y afeminado, por el suelo, incrédulo al ver la sangre que le brotaba de las fosas nasales, y Paloma alejándose, tacones, manchurrones e histeria, alucinada y renqueante, imparable hacia la recepción iluminada, Diego y él cruzaron una mirada y tomaron una decisión. Y ciertamente no se haría justicia a esta triste historia si no se mencionase, siquiera de pasada, el torrente de gozo que invadió, como si la gracia santificante lo bañase por siempre y para siempre, el corazón de Javier Santisteban, Javi, cuando Diego Andoaín, el Dieguito volátil, codicioso y canalla que utilizó, amó y traicionó a sus tres amigos y devotos, le sonrió (a él, y solo a él) con complicidad, acaso cariño, durante una inequívoca y eterna centésima de segundo.
CAPÍTULO 6º
“Sí. Sí regresé a casa. Con él. A Barcelona. No, no lo denuncié ni nada, como me decían en la fiscalía. Él me pidió perdón y no volvió a beber, no de esa forma. Se dedicó a otras cosas. A pintar. Sí, sí, a pintar cuadros, oleos. No, no conservo ninguno porque los vendí todos. No sé, a gente. Tenía maña. Sí, sabía hacer de todo. Se puso a pintar por las tardes, a pintar la cala, el mar, las retamas…. Pintaba cuadros y cuadros, buscando no sé qué que decía que tenía que aparecer en el lienzo y no aparecía. Yo no entiendo de arte, pero sus cuadros eran bonitos, con colores vivos, así como fantásticos, con una rara vibración en el trazo, como si el sol estuviera haciendo temblar el aire. Sí, algo parecido a Van Gogh, pero con la vibración más sutil, más pequeñita, como los impresionistas, ¿sabe a lo que me refiero? Ni yo lo sé bien. Ya casi… ya casi no estábamos juntos nunca, salvo para comer o dormir. Cuando bajaba a la playa por la mañana lo hacía solo, y permanecía incomunicado, como un náufrago, y por la tarde se abstraía tanto en los cuadros que no oía ni veía nada; ya podías gritarle que se quemaba la casa o pasearte desnuda por delante de él. No te veía; solo ‘eso’, eso que decía que se le escapaba siempre. Casi ni siquiera le importaba el cuadro que estuviera pintando ni el paisaje. Solo veía eso, lo que no se veía. No me pregunte cómo. Y así, claro, no hay modo. Yo me aburría, iba a contárselo a Dulce y a las chicas. Y cuando las primeras telas estuvieron secas, lo que hice fue ir a venderlas… Me iba al centro donde pasaban los turistas. Las apoyaba en un murete, me sentaba a leer y que se fueran vendiendo. Y le gustaban a la gente, se llevaban muchas. Hasta españoles las compraban… Pues por lo menos teníamos para pagar el material y para comida… Sí, todavía creo que tenía dinero, pero se olvidaba de darme, y yo hacía el avío de lo que sacaba con sus cuadros. ¡Quién me lo iba a decir a mí!... Cuando empecé a venderlos, a ganar dinero con ellos, se lo dije, pero le dio exactamente lo mismo. Igual. Cuando los terminaba, los cuadros no tenían ya ningún valor para él. ¡Pues no se ha encontrado ninguno en la casa porque los vendí todos!… Todos todos, sí... Como dejó la pintura un tiempo antes de desaparecer, pues tuve tiempo de venderlos. Estarán encima de chimeneas por ahí, en Estocolmo, en Hamburgo, en Moscú… por ahí. ¡En Barcelona! Decían (los turistas, digo) no sé qué de la luz mediterránea. Pamplinas. ¿Que por qué dejó de pintar? Lo diré: porque ya se había bebido toda el agua. Lo que ha oído. Los últimos cuadritos ya no tenían agua; era otra cosa, o porque se aburrió, o porque encontró lo que buscaba o desesperó de encontrarlo. Sus últimos días de pintor estuvo retocando y retocando un cuadro con como un remolino azul. Todo el cuadro lo ocupaba un remolino azul, con mil tonos de azul. Sí, sé lo que es uno de esos, un mandala. No, no lo sé. Pero fue el último. Entonces empezó lo de la fotografía y las expediciones. Compró cientos de libros y revistas de aventura, ciencia, viajes, arqueología,… expediciones, ya digo. Y todas esas expediciones eran a cuevas o al polo o a montañas llenas de nieve… por eso sé que tenía algo de dinero. Por los libros. Debían de ser libros caros, todos llenos de fotos, grandes… O los robaría, qué se yo. Y entonces comenzó a sostener conversaciones telefónicas por los rincones. Si hubiera sido otro hombre y no él, no me habría cabido la menor duda de que me estaba dando el salto con alguna. Eso pensaron inevitablemente Dulce y las otras cuando se lo conté: que se estaba tirando a otra. Y créame, no me habría importado. Pero no. Era cosa de sus libros. Y ya concertaba citas con gente y se iba por ahí todo el día. Una tarde vino a casa con dos tíos melenudos y me asusté. Creía que volvía lo del motel y me quité de en medio. Cogí el coche y salí de allí. Ya no teníamos relaciones íntimas. No, nada de cama. Estaba obsesionado con lo que fuera. Los últimos días antes de irse estuvo yendo al centro con el coche, y volvía a la finca con material de alta montaña, espeleología…. Todo el terreno, entre las jaras y el tomillo, estaba lleno de paquetes que fue numerando con unas plantillas y un spray de color amarillo. Una tarde se presentaron cuatro vehículos llenos de tíos. No, jeeps no. Como camiones, pero camiones todoterreno. Yo me fui. Me acerque por la noche a ver, pero seguían allí acampados, haciendo fogatas, llenando la casa de humo… y me fui a un hotel. Cuando llegué al día siguiente no había nadie. Lo dejaron todo patas arriba, tirado, todo abierto...; en un rincón del lavabo del patio encontré la cuerda empapada en sangre. Me asusté pero ya… La eché en el coche, en el maletero y me fui a ver a Dulce. La fiscal no estaba, y Dulce me dijo que fuera a la policía, que lo mismo los cogían antes de que hubieran salido del país. ¡No, no me deshice de ningún cuerpo ni de nada! Ocurrió como le he dicho, sea lo que sea que le hayan contado la policía o el juez. Ese hombre está en algún sitio, buscando eso azul, y volverá algún día. Y todos los que dicen que lo maté, se equivocan, y si usted lo cree, pues también se equivoca.”
_________________________
Interrogatorio nº 14. En fecha de 20 de enero del 2008. Presta declaración Dª Paloma Aguirre Solórzano, hija de D. Alejo Aguirre Aranguren y Dª María Florencia Solórzano Cano, asistida por la letrada Dª María de la Concepción Reinosa Agreste. Realiza el interrogatorio el capitán Medina, Alejandro. Estando presente el sargento Echanove Ruiz, Juan Pablo.
Preguntada si conocía o recordaba o tenía idea del paradero de D. Francisco Javier Santisteban Valverde, la detenida declara que no, y se remite a sus declaraciones anteriores. Instada a que repitiese las circunstancias exactas de la última vez que lo vio, relata que vio al desaparecido desde lejos, en el domicilio que compartían, que no entró en la casa porque estaba en compañía de un grupo de individuos que le parecieron sospechosos o peligrosos, fundamentalmente por la ropa inusual, las barbas y los collares. Que probablemente estuviesen fumando hierba (marihuana), aunque no está segura porque no conoce el olor, pero que este era extraño y se olía desde la entrada de la finca. Declara asimismo que no, que aquellos hombres no parecían amenazar directamente al desaparecido, pero no descarta que estuvieran ejerciendo sobre él algún tipo de influencia perniciosa o coacción; pero que estaba con ellos, al parecer, por propia voluntad, y que tal vez se hubiera ido con ellos. Desconoce dónde, pero sugiere que busquemos entre los documentos del desaparecido de que se incautaron las fuerzas y cuerpos de la seguridad del Estado en el susodicho domicilio (ver inventario y lista de pruebas).
Preguntada por la cuerda ensangrentada con que se presentó en el cuartel de los Mossos dEsquadra para denunciar la desaparición de D. Francisco Javier Santisteban Valverde, declara que la encontró debajo del fregadero del patio, donde solía haber un cubo y estropajos para lavar las mesas y sillas de piedra de la finca. Que no sabe de dónde había salido, pero que podía ser una de las piezas que el desaparecido había comprado unos días antes. No, no sabe para qué pero cree posible suponer que para hacer un viaje o algo así. Preguntada por qué dedujo que la sangre podía ser del desaparecido (como así demostró un análisis posterior de ADN contrastado con su hijo), y no de cualquier otro de aquellos hombres que ocuparon la casa y la finca justo antes de la desaparición, responde que no lo sabe, que cómo lo iba a saber, pero que hizo lo que creyó oportuno y lo que le recomendó la jefa de su amiga Dulce. El capitán Medina ruega a la detenida que no vuelva con ese asunto de su amiga Dulce y el juzgado, pues los inspectores, tratando de corroborar declaraciones anteriores de la detenida, no han tardado en comprobar que su amiga no trabaja en ningún juzgado, sino en las oficinas de un polideportivo municipal. La letrada habla acaloradamente en privado con la detenida y al fin manifiesta que su defendida acepta la recomendación del capitán y cambia su declaración en lo referido a su amiga Dulce y el juzgado de delitos de género, que ruega se tenga por no dicho. Instada a dar alguna explicación a las manchas de sangre del desaparecido que se registraron en unas rocas cercanas al mar, dice que no puede darla, que no se le ocurre nada. Se le sugiere si tal vez, por accidente, pudo caer al mar. Dice no saberlo. A requerimiento del oficial, afirma que tampoco tuvo con él ninguna discusión en esos días, y menos al borde del mar, y aún menos sangrienta, como ya, dice, afirmó en declaraciones anteriores. El capitán recomienda a la detenida que diga la verdad. La abogada interviene entonces para decir que su cliente ya ha respondido a sus preguntas y hace un breve aparte con su cliente. Esta pide un receso para ir al baño y se le concede.
Preguntada por el traje eróticamente sugerente que se encontró entre sus bienes personales cuando se procedió al registro judicial de su domicilio, la abogada le recomienda no contestar, pero ella no sigue el consejo de su letrada; asegura que no tiene nada que ocultar y responde que es suyo, pero solo porque el desaparecido se lo compró para realizar ciertas fantasías amorosas. Preguntada sobre en qué consistían dichas fantasías, la abogada llama la atención del capitán sobre la inconveniencia de tal cuestión y recomienda a su cliente no contestar por pertenecer aquello al ámbito de la intimidad. La detenida declina contestar. Preguntada si entre esas fantasías figuraba la de infligir algún daño físico a alguna persona, la abogada le recomienda no contestar; sin embargo, la detenida asegura que por supuesto que no. Entonces el capitán le pregunta cómo explica el hecho de que esa misma indumentaria, o, por mejor decir, una indumentaria idéntica a aquella se encontrara vistiendo el cuerpo de una prostituta asesinada y enterrada en el cuarto de válvulas del motel propiedad de su padre, y que su mismo vestido estuviese manchado de sangre. La detenida no contesta y la abogada intercede para decir que su defendida no sabe nada de la sangre ni de la muerta, que el vestido lo compró el desaparecido para ella y nada más, que se lo pregunten al desaparecido cuando lo encuentren. Preguntada sobre si lo llevó en alguna ocasión, contesta que sí, que en una. Requerida para precisar la fecha en que lo utilizó, dice no saber decirlo, no poder precisar una fecha. Preguntada si pudo ser en la primera quincena de octubre, contesta que sí. Preguntada si fue en el motel de su padre, dice que no, que fue en la casa de la playa, en Montgat. Cuando se le comunica que hay un testigo, un viajante de comercio que se alojaba en el motel, conocido del desaparecido señor Santisteban, que asegura haberla visto vestida con él, bebida y manchada de sangre por la fecha en que ella admite que lo llevó puesto, asegura que sin duda sería otra persona, quizá la puta. Entonces se le hace ver que la prostituta asesinada y enterrada lo fue tiempo antes, y que era de color. No tiene nada que decir. Preguntada si visitó durante el mes de octubre el motel Flor propiedad de su padre, dice que no se acuerda, que fue un día porque tenía que recoger algo de su casa y pasó por allí. Preguntada si habló con alguien durante esa visita, dice que no lo recuerda, que quizá no. Preguntada si vio a su madre en esa visita, contesta que sí, que la saludó con normalidad, que no pasó nada y volvió a Barcelona, que había ido con el desaparecido, y que la relación de este con su madre era cordial. El capitán hace leer al agente que ejerce de secretario en voz alta estas últimas declaraciones de la detenida e insta a la susodicha a reconsiderar sus afirmaciones. La abogada interviene para decir que su defendida se ratifica en todas sus afirmaciones. Entonces el capitán pregunta a la detenida si conocía que su madre ejercía la prostitución o, al menos, practicaba la promiscuidad con los clientes de paso del establecimiento propiedad de su padre. La detenida niega este hecho de modo emocionado. Y lo hace repetidamente aunque el capitán le comunica que esa era una circunstancia notoria y que dispone de abrumadores testimonios, entre ellos el de su propio padre, el de su falso tío, don Diego Andoaín Capote, y el del testigo que la vio allí y asegura haber mantenido relaciones sexuales con su madre, un cliente cuyo nombre responde a las iniciales de M.P.C. Preguntada sobre si ya sabe que su madre fue asesinada, y que su cuerpo fue encontrado enterrado a unas decenas de metros por detrás del edificio principal del motel, la detenida no puede contestar. Está muy alterada y no deja de sollozar, por lo que el capitán, a instancias de la defensora, suspende el interrogatorio hasta el día siguiente.
Interrogatorio nº 15. En fecha de 21 de enero del 2008. Presta declaración Dª Paloma Aguirre Solórzano, hija de D. Alejo Aguirre Aranguren y Dª María Florencia Solórzano Cano, asistida por la letrada Dª María de la Concepción Reinosa Agreste. Realiza el interrogatorio el capitán Medina, Alejandro. Estando presente el sargento Echanove Ruiz, Juan Pablo.
Habiéndose interesado el capitán Medina por el estado de la detenida, esta afirma encontrarse bien y dispuesta para continuar. Como la letrada defensora de la detenida es de la misma opinión y da su visto bueno, se reanuda el interrogatorio, preguntándosele a la detenida si se ratifica en su declaración del día anterior. Aunque contesta que sí, el capitán cree conveniente hacer leer al agente secretario la declaración anterior para refrescarle la memoria. Que sí, que se ratifica. Entonces el capitán le pregunta cómo explica que su vestido sugerente, el idéntico al que vestía la primera prostituta muerta, el que se encontró en su casa y ella admitió haberse puesto, esté manchado de la sangre de su madre. La detenida dice que no lo sabe, que no lo comprende. El capitán le pide por favor que se concentre, que sea sensata y trate de recordar si no es más cierto que entre ella y su madre hubo una discusión o un desacuerdo que acabó en un accidente, desafortunado y fatal pero accidente. La detenida dice que no. El capitán insiste en que tal vez, y sería comprensible, el desacuerdo se originó en que ella descubrió las actividades de su madre, o quizá en que su madre se enteró de su relación con un hombre mayor o la vio vestida con aquel traje sugerente. La detenida dice que no. El capitán pide con fuerza a la detenida que dé una explicación, la que sea, a la aparición de esa sangre en su vestido, y le pregunta si piensa que el desaparecido Javier Santisteban pudo ser el agresor de su madre y de la otra mujer, ya que según ella, el vestido sugerente se lo había regalado él para ciertas prácticas íntimas. La detenida grita que no sabe nada de eso y su defensora llama la atención al capitán sobre el tono empleado, que, según ella, está a punto de poder ser calificado como coacciones y violencia machista. Le conmina a que se reporte. El capitán le contesta que no le diga cómo hacer su trabajo y se ocupe de hacer el suyo. La defensa pide un receso y se le concede.
De vuelta del receso, el capitán pide disculpas por un posible exceso en el interrogatorio anterior y pregunta a la detenida cuándo y cómo se enteró de la muerte de su madre. Contesta que en el calabozo, cuando se lo comunicó su abogada. Esta lo confirma y da la fecha. Se le pregunta si antes de eso tuvo noticia de la desaparición de su madre, y de ser así quién se lo comunicó y cuándo fue eso. Contesta que sí, que su padre, acompañado de su tío Diego (D. Diego Andoaín Capote, que no es en realidad tío carnal de la detenida, como aclara la defensa, pero que ella, debido a la familiaridad y a la estrecha amistad que lo une desde siempre con su padre, siempre le ha llamado por ese apelativo cariñoso) fueron a comunicárselo y a hablar con Javi, refiriéndose al desaparecido Francisco Javier Santisteban. Se le pregunta entonces si su padre y el que llama su tío Diego hablaron con él en privado. Contesta que sí, que un buen rato, más que con ella. Preguntada por qué cree que quisieron hablar con Javier Santisteban, responde que no lo sabe, pero que supone que por querer su padre enterarse y aclarar su relación (la relación amorosa entre Santisteban y su hija), y para informarle de la desaparición de su madre y pedirle que cuidase de ella misma. Preguntada si sabía si Javier Santisteban había nacido y se había criado en su mismo pueblo, responde aparentemente asombrada que no. Preguntada si sabía que su padre y Diego Andoaín habían sido amigos de infancia y aún lo eran de Javier Santisteban, responde que lo ignoraba completamente. Preguntada si ella creía que el susodicho y a la fecha desaparecido Santisteban podía tener algo que ver con el asesinato de su madre, guarda silencio en actitud que podría definirse de alelada. Se le pregunta si está bien, y como no responde se llama a un facultativo. Se suspende el interrogatorio.
Interrogatorio nº 16. En fecha de 25 de enero del 2008. Presta declaración Dª Paloma Aguirre Solórzano, hija de D. Alejo Aguirre Aranguren y Dª María Florencia Solórzano Cano, asistida por la letrada Dª María de la Concepción Reinosa Agreste. Realiza el interrogatorio el capitán Alejandro Medina Fáber. Estando presente el sargento Echanove Ruiz, Juan Pablo, que ejerce de secretario.
El capitán Medina expresa su deseo personal de que la detenida se encuentre bien de salud y de que haya superado el bache del pasado jueves, fecha en la cual se suspendió este interrogatorio, y pregunta si se puede iniciar la sesión. La detenida y su defensa así lo creen. El capitán recapitula el contenido de la última comparecencia para a continuación preguntar si durante la visita de su padre y D. Diego Andoaín a su casa de Barcelona vio o notó algo extraño en la conducta o el comportamiento de alguno de los tres. La detenida afirma que no se acuerda de nada porque por aquellas fechas dormía casi todo el día. Preguntada por la causa, responde que su padre le dijo que se debía al shock de la noticia, y que tenía que guardar cama y tomar ansiolíticos para combatir eso, la ansiedad. Se le pregunta si recuerda el nombre de la medicina, y dice que no. Se le pregunta si fue a verla un médico, y contesta que no. Preguntada si se sentía efectivamente así, ansiosa, como decía su padre, contesta que lo supone, y que como de verdad recuerda sentirse más es soñolienta y cansada. Se le pregunta entonces si sabe cuántos días permaneció en ese estado, y dice que entre dos y cuatro, todo el periodo de tiempo durante el cual estuvo tomando aquellos ansiolíticos proporcionados por su padre, pero que todo en aquel periodo está confuso, que dormía muchas horas. Preguntada si por entonces ya había el desaparecido Javier Santisteban comenzado a pintar, responde que cree que sí. Preguntada si ya había empezado a comprar libros y material de montaña, responde que eso le parece. Preguntada si ya había traído a gente allí, dice que está casi segura de que sí. Preguntada si cuando llegaron su padre y D. Diego estaban solos ella y el ahora desaparecido Javier Santisteban, responde que sí. Preguntada si cuando se recuperó de aquel episodio de duermevela, inducido, al parecer, por algún tipo de fármaco administrado por su padre, estaban allí presentes los tres hombres, responde que no, que ya no había nadie, y que fue buscando a Santisteban cuando encontró la cuerda. Entonces el capitán la enfrenta a la evidencia de que en declaraciones anteriores ella se ha referido a aquel periodo, desde que Santisteban se aficionó a la pintura hasta que se esfumó, como si este constara de al menos tres semanas, cuando ahora lo está resumiendo a de dos a cuatro días de duermevela, y precisamente mientras estuvieron los tres hombres en su casa. Dice que no comprende nada. El capitán dice entonces que él no comprende cómo han desaparecido sin dejar huella todos los útiles de pintura (que no los cuadros, que, según ella, se vendieron todos) y todos los libros de viajes si la acusada asegura que no se ha deshecho de ellos, y aunque, aclara el capitán, no se tiene constancia de ninguna compra ni venta de material de esas características en los comercios de la zona, ni de útiles deportivos como los descritos en comparecencias anteriores, salvo la cuerda que apareció con sangre de Santisteban, que se vende en una tienda cercana. Y pregunta a la acusada dónde han ido a parar. La acusada se muestra como ida, sin responder a nada. El capitán Medina y la defensa, a tenor de los signos externos de la detenida, consideran conveniente suspender inmediatamente el interrogatorio, y recomiendan un examen psiquiátrico, un estudio del estado mental de la detenida.
LOS PUENTES
SUBTERRÁNEOS
JOSÉ ENRIQUE DÍAZ MARTÍN
Los puentes subterráneos:
Portero de noche, puta o Flor
Ante el hombre que fuma, el mar es un manto recamado de escamas plateadas que la luna revela. Lo mira sentado al borde de la roca, un monolito acostado que, caprichosa ceja caliza, cuelga a plomo sobre la caleta de piedras que se intuye allá abajo por el ruido a oquedad que asciende a ritmo de rompiente. De allí precisamente sube ahora el rumor del motor de una barca que llega y se detiene. El hombre no la ha visto venir. Ahora ese motor se ha parado. El tipo fuma un cigarrillo con dos dedos con los nudillos sangrientos. Dos dedos de una mano que sujeta una soga con los otros. La cuerda va hacia atrás, sierpe rubia sobre el lomo telúrico de piedra. Diríase que el hombre acaba de subir desde la misma playa rocosa y lo celebra fumando, o que se dispone a tratar de bajar de nuevo, si no fuera por su indumentaria: camisa blanca arremangada, zapatos de cordones, pantalón marengo con su raya, que desdice lo deportivo. Y si no fuera también porque la cuerda que huye por la piedra se hace, a unos dos metros de distancia, larga ligadura de un hombre derribado al que agarrota y ata ciñendo los brazos, las piernas, los tobillos, y desde estos, en correaje tenso que le dobla las piernas, ambas muñecas juntas. A la luz de la luna, este hombre, animalizado por semejante dogal y lacería, no se mueve, parece muerto, y la sangre que le baña la cara y mancha la cuerda es morada, casi azul, y brilla como fango al hacerse charquito en las concavidades de la rugosa superficie. Una sombra pasa por encima del cuerpo y no es notada hasta que se para de pie junto al que fuma, quien, sin volverse, habla muy bajo.
- Qué.
- Sigue durmiendo.
- Lo otro, joder.
- Ya lo he quemado todo, en un cubo. Y he traído la barca.- El que está de pie mira al atado.- ¿Crees que nos oye?
- Vamos a verlo.
El que fuma se ha puesto en pie y se acerca al hombre atado, que no se ha movido en todo el rato y parece no respirar. Está boca abajo. El que fuma se acuclilla y gira el cuerpo yacente hasta ponerlo de costado. Su cabeza cuelga con el pelo apelmazado por ese fango morado que se va acumulando bajo el cuerpo tendido. Tiene los ojos cerrados (o es la hinchazón de los golpes que le impide el abrirlos) y una mordaza penetra en su boca deformando su cara. Le quita la mordaza.
- Ya está-, le dice con la cara muy cerca. – Ya no hay nada. Puedes seguir con tu vida y yo con la mía. ¿Me oyes? – El otro emite un estertor. Al fin y al cabo, aún está vivo. Le pone otra vez boca abajo y comienza a desatarle las muñecas, luego los tobillos y las piernas hasta desenroscar totalmente ese trozo de cuerda, que queda suelto. Se lo pasa al que está de pie, que mecánicamente va enrollándolo en el antebrazo. El fumador, con paciencia, solícito, ayuda a incorporarse al hombre ahora solo medio atado. En pie, erguido, no parece tan deteriorado, no parece a punto de morir, aunque al recuperar humanidad, la sensación de humillación y daño moral aumenta vertiginosamente. El que fuma, que parece no notar esto último o querer ignorarlo adrede, o no ser capaz de percibirlo, le ofrece dar una calada de su propio cigarrillo, pero el otro lo rechaza con un latigazo de la cabeza y mira al mar. El que fuma no se ofende, lo imita en la mirada, tira de él y se colocan ambos al borde de la roca.
- ¡Vaya sitio! Es cojonudo, ¿eh? Y, total, ¿para qué? – Tira la colilla al abismo, pone su amistosa mano izquierda sobre la espalda del atado y lo empuja al mar. No se oye grito, únicamente, algún tiempo después, el golpe. Se da la vuelta y se queja, ya caminando tierra adentro: - Estaba harto de arrastrar a ese cabrón celoso.
CAPÍTULO 1º
Cuando pasó por delante del desvío de la carretera sabía perfectamente que sus problemas acababan apenas de comenzar. Un nombre es únicamente eso, un recordatorio simbólico de algo que no está. De un pueblo, por ejemplo. Del pueblo de su infancia. Pero dejar atrás ese nombre al pasar de largo por la carretera nacional era en su caso solo un anuncio de lo que vería pronto.
Avanzó entre colinas tupidas de árboles que a esa hora de la tarde tejían un entramado amarillo y pardo y lo vertían como una malla sobre la carretera. Tras la siguiente curva lo vio allá abajo, descendiendo hacia una hondonada interminable de las estribaciones de la meseta: un pueblo grande ya, casi una ciudad pequeña, casi cabeza de partido, con un centro histórico de color de la piedra de aquellos montes y una periferia poblada de poliédricas acumulaciones de casas modernas de ladrillo y pinturas rojas. Después las industrias de las afueras, los techos de las factorías, las chimeneas con su penacho de humo blanco. Y de pronto un talud de tierra lo tapa todo otra vez y la calzada gira alejándose. De nuevo el crujido de sombras del boscaje.
Aun cuando hubiese dejado atrás todo aquello, habiendo recuperado los árboles y la monotonía del bosque, volvería a ver aquel nombre al borde del camino un par de veces más. Por si quería volver. Por si quería considerarlo y echar atrás.
Una vez rebasó el tercer letrero, la tercera flecha parlante indicando un nuevo y último desvío para ir al pueblo, la carretera se despejó de distracciones y volvió a ser, ahora un poco más tupida, la red de sombras alargadas que proyectaba el bosque.
Ya no volvió a pensar en ello; y cuando vio las luces del motel, veinte minutos de rápida oscuridad en curvas más tarde, se detuvo bajo el luminoso como si fuera, de nuevo, un viajante cualquiera a cientos o miles de kilómetros de casa.
El conserje le dio a elegir. Le explicó que los cuartos con números más bajos estaban más cerca de la carretera, de la recepción y del bar y el restaurante aledaños. Los que tenían números más altos, más cerca del bosque. Estas habitaciones eran las más tranquilas. Eligió la número 20, la penúltima.
El cuerpo del motel era un largo pabellón corrido, tangente a la carretera. La recepción casi encima del asfalto, las habitaciones internándose en la oscuridad del follaje, el aparcamiento un triángulo blanco, de guijo y luz de focos altos, formado por el alargado edificio, la carretera y, al fondo, una línea de árboles. Aparcó casi delante de esta y, atravesando el guijo blanco crujiente iluminado como un campo de fútbol en la noche, entró en la segunda puerta desde el final. Todo era normal. Estaba limpia. Dejó sus cosas dentro, se duchó y, con el mismo traje, volvió a salir para cenar algo en el restaurante del otro lado de la carretera. Caminó agradecido por la grava blanca, en la noche que comenzaba a refrescar.
El motel se llamaba Flor, el restaurante, de Flor. Al fondo del salón del restaurante vio, mientras esperaba que le trajesen un filete de ternera con verdura salteada, una puerta de madera labrada sobre la cual un neón rosa anunciaba el Bar de Flor. No había nadie más en el salón profusamente iluminado, aunque había visto algunos turismos y un camión articulado ante la escalinata del restaurante. Entonces la puerta del Bar de Flor se abrió y salió el camarero con su cerveza. Tal vez a aquella hora solo tenían sin alcohol de grifo en ese bar. La puerta se cerró inmediatamente, pero tuvo tiempo de oír risas y ver algunos hombres en la barra. Al cerrarse, un opaco silencio impermeable se había instalado de nuevo en el salón.
Mientras cenaba, envidió un poco a aquellos hombres, pero era la primera comida decente que hacía en el día, tenía aún que confeccionar algunos pedidos, mandar algún mensaje y descansar. Cuando al rato apareció de nuevo el camarero trayéndole un helado, le pidió también un licor. Un poco avergonzado de sí mismo, esperó con cierta ansiedad a que el camarero volviese al bar por su copa. Lo hizo, y él aspiró con deleite el ruido de las voces masculinas, los brillos de las botellas, la sugerencia del humo del tabaco en la luz. Se cerró la puerta.
Cuando volvió a abrirse, tuvo, además, una revelación: tras el camarero, que se dirigía a su mesa con la copa sobre una bandeja, distinguió perfectamente el perfil abundoso de una mujer. Antes de que se cerrase la puerta, a ella le dio tiempo a mirarlo. Fue una mirada casual, fugaz, indiferente, pero le ocupó la cabeza vacía y cansada mientras, en la fría oscuridad del exterior, cruzaba la carretera para regresar a la habitación.
Se descalzó, se quitó los pantalones y la chaqueta y se arrojó a la cama. Sentado contra el cabecero encendió el televisor y buscó zapeando algo que valiese la pena. Aparte de los canales abiertos nacionales, sólo había un par de canales más: uno de teletienda y otro local que reponía una película antigua y mala, una policíaca, hiperviolenta, de los años setenta. Dejó ese canal, bajó el volumen y se levantó para conectar el portátil a la línea telefónica.
De nuevo en la cama, rodeado de papeles, estuvo tecleando en el ordenador sobre sus rodillas por largo rato, levantando a ratos los ojos de la pantalla y mirando, con o sin voz, aquel telefilm de policías salvajes para consolarse un poco de la soledad. Durante aquel largo periodo, oyó cómo iban arrancando algunos de los vehículos aparcados y se iban marchando.
De pronto, su maletín emitió un discreto zumbido. Sin prisa, dejándolo sonar, terminó lo que estaba haciendo, cerró la aplicación, apagó el ordenador, se lo quitó de encima y se levantó. Para entonces, el zumbido había dejado de sonar. Cogió el teléfono móvil que tenía en el maletín, volvió a tumbarse en la cama y tecleó.
Fue una conversación tranquila, en el tono distendido de la costumbre. Habló de su cena, de un dobladillo, de una cita doméstica. Cuando lo apagó, estaba sentado en la cama, a un metro del televisor encendido. No sabía cómo iba la trama. Dejó, impremeditadamente, el teléfono sobre la cama a su lado. Miró un momento más las imágenes antes de renunciar a comprender y levantarse para dirigirse al baño. Dejó la puerta abierta. Se sentó en la semioscuridad. Olía a pino. A su izquierda, sobre la bañera, había una ventana negra; lamentó que estuviera cerrada.
Asociado extrañamente al contacto de sus pies desnudos contra el mármol del suelo del aseo, vino el recuerdo, ya remoto en cierto modo, de un balneario húngaro en cuyas instalaciones habían disfrutado Elena y él de un fin de semana antes de casarse. Se sintió reconfortado por una seguridad tranquila. Nada podía salir mal o ser peligroso. Su mujer estaba en casa, su hijo dormía. Había justificado, un día más, el buen sueldo que le pagaban… Defecó. Al salir se dirigió al minibar. Entonces tuvo que arrepentirse, una vez más, de no haberlo revisado antes: estaba vacío. Con precinto pero vacío. Quizá no le apetecía tanto, pero le produjo desazón, y más cuando la experiencia le tenía avisado de que en lugares nuevos tenía que extremar el cuidado y la observación de ese y otro tipo de detalles. Alguien negligente le había jodido un poco un día que estaba siendo perfecto. Le dio pereza volver a vestirse y llamó a recepción. Se disculpó por molestar y comentó el caso. A su vez, el recepcionista se disculpó y prometió que enseguida le llevarían lo que deseaba. El hombre se mostró contrito, y aparentó diligencia, aunque tarde, al menos en tomar el pedido. Esto lo consoló y entristeció al colgar.
Se acomodó de nuevo en la cama y zapeó en busca de algo con lo que entretenerse. A veces comenzaban películas buenas de madrugada (hacía poco que había podido ver, por fin, durante un insomnio, La batalla de Argel); y siempre podía poner el canal de noticias.
Cuando llamaron discretamente a la puerta se dio cuenta, con sobresalto de durmiente, de que había cometido un error. Fue a abrir con un comienzo de neuralgia y palpitaciones. Casi le dio lo mismo que fuera la mujer del bar. Como la miraba guiñando los ojos, casi agachando la cabeza, ella pidió perdón. Preguntó si quería el pedido todavía. Sostenía la bandeja en las manos: una botella de whisky, una cubitera llena, tres botellines de agua helada, dos vasos. ¿Habría venido así cargada desde el otro lado, desde el bar? Sin cambiar la cara, hizo que sí con la cabeza y abrió más la puerta. También parecía llevar el pecho en las manos, o a él lo atrajo como si fuese parte de la comanda, o al menos de la bandeja. ¿Cómo se llamaba aquella santa que en los cuadros lleva los senos en una bandeja…? ¿Santa Águeda? Cuando se volvió a él tras depositarla, su mirada era agradablemente conmiserativa, humana; ni la indiferencia hostil de las camareras en aquellas circunstancias, ni la actuación salaz de las prostitutas pasilleras de los hoteles de viajantes, ambas apremiantes. Entonces se detuvo a observarlo un instante antes de salir o hablar, y él fue plenamente consciente de que le era carnalmente atractiva, de que sería una estupenda profesional, de su pelo moreno rizado, de su gloriosa falta de sostén, de su oferta todavía tácita, y de que no podía dejarla quedarse, de que no la dejaría quedarse.
- ¿Quiere que me lo lleve? Le dejo el agua y…
- No, no; déjelo, ya que lo ha traído.
- Se lo cobrarán, aunque no tome nada.
- Ya, ya; no se preocupe.
- ¿Quiere… que le dé un masaje? Lo que necesite… Le quitaré cualquier molestia.
Él solo sonrió a través de la cara de dolor u ofuscamiento por la luz. Se sentía halagado por aquellas atenciones. Vanidosamente halagado y al tiempo irónicamente asombrado de que, aun sabiendo de qué iba todo aquello, un hombre como él se sintiera gratificado en su masculinidad por una simple oferta comercial que se disfrazaba de invitación; pero lo cierto era que no estaba nada mal, y que para ser una puta de motel se estaba conduciendo con mucha elegancia. A ver: era una profesional del sexo porque su oferta estaba clara –no estaba tan loco como para pensar que una simple camarera madurita le estaba ofreciendo sus favores sexuales debido a sus atractivos ocultos- y aquello era un motel; no obstante, no era lo que él tenía, o conocía, por tal, por puta de motel. Había algo soberano en su actitud. Tal vez fuera eso, y no el simple ofrecimiento, lo que actuaba en él como un agasajo extraordinario e inmerecido.
- Te aseguro que… dormirás como un niño.
- Esta noche, no. Gracias.
Ella esperó dos sabios segundos junto a él, dejándose ver, dejándose desear, mirándole a los ojos como uno tiene que aprender a no mirar.
- Te arroparé antes de irme.
- Gracias, en otra ocasión.
No dijo más. Salió y él no quiso mirarla irse, así que cerró enseguida. Se sirvió un poco de licor puro y lo probó. La boca de la mujer habría sabido bien con aquel aroma alcohólico. Se descubrió echándola ya de menos. Sabía que había hecho lo correcto (no era un moralista, pero llevaba demasiado tiempo en la calle para no saber que hay aficiones que sin ser caras y destructivas de por sí, terminan costando lo suyo de un modo u otro), se sentía satisfecho y a salvo; quizá por ello, ya a toro pasado, en la seguridad del burladero, se arrepintió de haberla rechazado. Con las imágenes que de la mujer conservaba todavía en la memoria visual, imaginó una secuencia de escenas, gestos, palabras, detalles. Tuvo un comienzo de erección. Sabía que hacía trampa, pero ya, ¿qué más daba?
De pronto llamaron quedamente a la puerta. Y se asustó. Había formulado, junto al arrepentimiento, el deseo retrospectivo de haberla invitado. No era un compromiso, no había nadie allí para hacerle cumplir su palabra, ni para afearle su inconstancia, pero su seguridad se tambaleó. ¿Qué podía hacer ahora? Era parte de la profesión de ella saber cuando un tipo se iba a desmoronar, pero ¿cuál era su parte, la de él? ¿Quién iba a ser? Le invadió una profunda indecisión, una trágica sensación de haberse roto; y este tipo de cosas no es de las que gusta descubrir. Ni aun en la intimidad del fuero interno. Llamaron otra vez, con algo más de apremio; tanto que le cupo la esperanza de que no se tratara de una renovación de la oferta, sino de otra cosa (un aviso, una disculpa, un incendio, un accidente). Con este comienzo de alivio, fue a abrir.
Había una mujer negra, joven, que miraba hacia la recepción y el restaurante del otro lado con aprensión. Le brillaba la piel. Lo miró. Volvió a mirar con miedo hacia el lado iluminado, haciéndole esperar. Se arrimó a la puerta entreabierta y, por fin, hablo bajo.
- Chupar, follar, por el culo, por el coño, vamos. Todo lo que quieras por veinte euros, sin condón, con condón, las veces que quieras, beso negro, meto la lengua, mira – dijo, y sacó una lengua enorme y roja, puntiaguda, gorda. Seguía lanzando miradas furtivas al otro lado, como si temiera que la viesen. - Te la meto por el culo… Diez euros, tócame… Te corres en mi boca y me voy; rápido o despacio. ¿Sí? Sin problemas, solo chupo y me voy; y a dormir. ¿Sí? Me pagas después, ¿sí?...
Y entonces se apartó para dejarla entrar.
Había hecho su ruego y, desde el infierno, había sido escuchado. También sabía que el diablo es más humano, más transigente; y en su trato no exige tantas mentiras. Viéndola sentarse en la cama, pensó: “pero también más traicionero, más aleve y más vil”.
- Págame.
- Has dicho que después.- De pronto, estar descalzo y en calzoncillos no le resultaba tan agradable. Ella calzaba unas botas altas, de punta afilada y raída, y con tanto tacón que le doblaba los tobillos, le abría las piernas: si se inclinase le vería las bragas bajo la minifalda casi de cinturón, y debajo de las bragas, lo negro, lo rojo.
- Págame-, repitió, se puso en pie y con desenvoltura, ya sin miedo, se sirvió un largo trago de whisky y se lo bebió. Él le dio la espalda y se dirigió hacia el mueble del televisor, abrió el cajón, y mientras sacaba de la cartera los diez euros (había otros cuarenta, se alegró de no tener que gastarlos), preguntó en voz alta: “¿De qué tienes miedo?”. Al levantar la cara y vérsela a sí mismo (seria, pálida, aterrada en el fondo blanco de los ojos) en el reflejo del cristal de un cuadro costumbrista que colgaba sobre la tele y tenía ahora delante se hizo en su fuero interno, sin palabras, una pregunta semejante. Cuando se volvió con el billete en la mano, la mujer, inclinada hacia delante, había abierto el ordenador portátil, que estaba sobre la cómoda, y tecleaba sin ton ni son. No acudió al billete, ni aparentemente tampoco a lo que le decían, atenta solo al juego de colores y pantallas que producía con dos dedos escrutadores, romos, imprecisos, con toda seguridad muy sucios.
- Deja eso. Toma-, dijo él en un tono suficientemente cortante, pero la mujer siguió sin hacerle el menor caso. En cambio, dijo: “No le tengo miedo a nadie, ¡a nadie! ¿Te enteras? Pero aquí tienen sus putas y no dejan trabajar a las negras; porque si dejan trabajar a las negras, se quedan sin clientes, ¿entiendes?”.
- Toma, anda, y deja eso.
- ¡Cállate!-, le contestó. Él comprendió de súbito la auténtica razón, u otra más, por la que no las dejaban trabajar allí, o por la que no deberían dejarlas trabajar por allí, y también que aquella situación incómoda era, en parte, culpa suya, y que tenía que echarla de allí cuanto antes. Estaría llena de droga, o vacía teniendo que estar llena. Estaría loca. Pero de todo aquel desastre (la veía parpadear y obstinarse, sobajando, mancillando, envileciendo el delicado teclado sorprendido), lo que más le incomodaba y producía incertidumbre y desazón era no comprender qué esperaba del aparato sometiéndolo a aquel absurdo maltrato manipulativo. Y aunque lo más probable sería que no le causase ningún daño (al menos permanente o grave), podría bloquearlo, podría incluso borrar algo, y ni siquiera ella misma sabría qué había hecho ni qué buscaba. Tecleaba brutalmente, con cierto ritmo, como si esperase, cada vez más frustrada, oír un sonido melódico que no llegaba ni llegaría nunca –solo lo hacía el tono predeterminado que delata un error o una orden incorrecta, gritos desesperados del procesador como peticiones de ayuda que no podía considerar. Era el mono del cuento manipulando su violín. La imaginó intentando apropiarse de la misma manera de los conocimientos sobre el mecanismo de uso de un revolver. Se volvió rápido, abrió el cajón, sacó la cartera y agitó los cincuenta euros yendo hacia ella.
- Toma esto y lárgate. Vamos. Ahora mismo.
- (…)
- ¡Toma! ¡Mira! ¡Son cincuenta!- dijo, rogó casi, abriendo la puerta y agitando el dinero fuera del umbral. “¡Toma! ¡Son tuyos! ¡Deja eso, coño!
Entonces ella lo miró con asombro, con indignación, con ira –no sin miedo, no sin unas ganas locas de tomar una decisión definitiva respecto a ese individuo molesto que era él- ; detuvo los dedos y dijo con acento sardónicamente pedagógico: “Te he dicho que no me griiites”, y ejecutó una serie de acciones que parecía guardar un orden caprichosamente destructivo y demente: volcó la botella de whisky, arrojó el maletín abierto al otro lado de la habitación, se abofeteó la cara apretando los dientes, cogió de junto al ordenador el teléfono móvil (que por un momento quedó unido al cable de recarga) y se lo metió tal cual en la entrepierna, se puso el portátil bajo el brazo derecho y, levantando el otro puño con gesto amenazador, se dirigió hacia la puerta, desde donde él la miraba extasiado. Mascullando un insulto, cargó tímidamente sobre ella. Recibió un golpe en la cara que, de algún modo, tal vez químico, cambió su forma de enfrentarse con la situación. Al miedo y a la culpa los sustituyó un ánimo feroz y combativo. Un espíritu violento, un instinto de defensa y ataque al que se había cuidado, por educación, por decencia, de no dar cauce nunca, que desconocía casi desde la infancia. El contacto contundente con el cuerpo duro de la mujer, con su olor fortísimo (cayeron sobre el borde de la cama, ella le escupió, le pegó con la bota) quedaron en un segundo plano frente a aquella furia. Pero no sabía pelear. Llegó a colocarle un puño en el pómulo, luego intentó agarrarla por el cuello. Ella gemía agitándose, y se zafó alejándolo con un rodillazo en las costillas (las uñas de él dejaron un feo arañazo bajo su oreja, pero eso fue todo).
La mujer se puso en pie, tambaleándose un poco hasta alcanzar cierta estabilidad sobre los tacones. Levantó el portátil (hubo un impasse que ambos, sin darse cuenta siquiera, respetaron: ella, como realizando una especie de comprobación de daños totalmente desconocidos, abrió el aparato, lo miró y lo cerró otra vez, y él la miró hacerlo desde el suelo, con cierto interés, sin intentar aún levantarse ni impedirle huir), luego pegó un tirón al cable y se dirigió rápido hacia la puerta. La retuvo el pomo nuevo, demasiado duro y resbaladizo. La reacción de él, ahora sí, fue instantánea: al apoyarse en la cómoda para levantarse, su tacto encontró el grueso cenicero de cristal en que reposaban las llaves. Cuando estaba abriéndose ya la puerta, golpeó a la mujer desde abajo en la parte inferior derecha del occipucio. Cayó fulminada, empujando con el cuerpo hasta cerrar la hoja, y quedó quieta, boca abajo. Él, de rodillas a su lado, miró el cenicero, que permanecía limpio, y lo restituyó de donde lo había cogido.
Lo primero que quiso hacer, antes de que recuperara la consciencia, fue recuperar el ordenador, que había quedado bajo el cuerpo de ella. Trató de meter la mano por debajo de su vientre, pero no podía, entonces se puso en pie, la agarró del brazo izquierdo y tiró. Cuando la mujer encogió ligera pero perceptiblemente el otro brazo, con un aparente y débil ápice de voluntad, la soltó, tomó de nuevo el cenicero y lo levantó por sobre su cabeza. Entonces se dio cuenta de lo que hacía; de lo que había hecho sin dudar y de lo que sin duda haría si finalmente fuera necesario. De lo que estaba decidido a hacer si se veía obligado; significara esto lo que entonces para él significase. Le ordenaba, le advertía, le rogaba no obstante, mentalmente, que permaneciese quieta, que no intentara levantarse. Estuviera viva o muerta.
Conservó esa posición expectante, armada, durante larguísimos minutos, dispuesto a lo que fuese; recorriendo mentalmente las acciones pasadas y futuras, reales, posibles e improbables; pero dispuesto como nunca lo había estado a descargar un segundo golpe. Que finalmente no fue necesario.
Pensó dónde encontraría una cuerda para atarla antes de que se despertase. Se acordó del tendedero retráctil del baño y se levantó. No podía arrancar la cuerda, y no tenía cuchillo. Volvió junto a ella, buscó su bolso y miró en su interior: pintalabios, crema lubricante, calderilla, condones, una linterna, un mechero. Había también una navaja, pero prefirió el mechero. Volvió con él al baño, quemó la cuerda plástica hasta que se rompió y regresó junto al cuerpo. Juntó las dos muñecas lacias para atarlas. Entonces cayó plenamente en la cuenta de que tal vez no estuviera inconsciente. De que tal vez la había matado. Es decir: eso se hizo relevante cobrando su pleno significado: no había noqueado a un oponente, podría haber matado a una mujer. Y se detuvo. Tenía una herida que parecía superficial (al menos no había sangrado mucho) donde le había propinado el golpe. Se inclinó al otro lado, pegó la oreja derecha a la puerta y le miró la cara. Tenía los ojos parcialmente abiertos. No le cupo entonces la menor duda de que estaba muerta, de que le había quitado la vida.
Se quedó sentado en el vértice de la cama, mirando a la muerta (“quizá en África se pueda uno desmayar, o al menos permanecer grogui, o a lo peor en coma, con los ojos entreabiertos, así como lelos… No, seguro que no.”), mirándola y jugando inconscientemente a enrollar y desenrollar el cordel plástico blanco alrededor de tres dedos unidos de la mano izquierda; hasta que se dio cuenta de lo que hacía y lo desenrolló y tiró al suelo con precipitación y asco como si se tratara de una serpiente. Junto al empeine de su pie izquierdo estaba la botella volcada. La recogió, abrió la rosca y bebió un trago. Luego se levantó, y aprovechó que se había inclinado a dejar la botella sobre la bandeja para correr un poco la cortina de la ventana que había sobre la cómoda y mirar fuera. El aparcamiento seguía vacío, así como, hasta donde tenía ángulo visual, lo estaba el largo corredor cubierto al que se abrían todas las habitaciones. Alguna luz del restaurante, alguna también de la recepción del motel, se habían apagado. O eso le pareció.
Había comenzado a sudar. Pero no estaba asustado porque un tipo de pensamiento pragmático, duro, frío y, a su sentir, acabadamente viril se había instalado en el eje mismo de su capacidad de acción, y las recomendaciones de ese espíritu práctico comenzaban por recuperar el ordenador. Sí. Curioso nombre ese de ‘ordenador’ que se le ha venido a dar en España. Repasó mentalmente las denominaciones que recordaba del chisme en cuestión y creyó poder determinar que solo aquí, en España, a esa máquina se la llamaba así: El Ordenador. Parecía el cargo supremo de algún tipo de cuerpo u organismo judicial, policial o político de una fantasía imaginaria sobre un futuro imperfecto. Con el ordenador se ordena. Y él iba a ordenar: sus ideas, sus acciones, sus pasos. El aparato ordenador, en fin, le ordenaba recuperarlo bajo cierta promesa de salvación. Y para hacerlo retomó las muñecas de la mujer (al agarrarlas ya eran una cosa diferente de unas muñecas, eran un muerto, uno suyo de algún modo, así que tenía con él, con el cadáver, -ya no una mujer; ya solo su residuo- un compromiso de manipulación correcta. ¿Y cómo se manipula correctamente un despojo humano que guarda aún todo el parecido con el ser vivo? Con decisión, con vigor tal vez, con ánimo protector, con decoro, con respeto póstumo –ya no era una loca ladrona peligrosa, era un cuerpo humano deshabitado, o habitado por la severa rectitud de la muerte; La Muerte, compañera de Dios y de la Vida desde el comienzo de los tiempos, todo un pedigrí, un título de nobleza que hasta los anarquistas, los héroes, las pulgas, la locura -otro honorable huésped: La Locura- respetan o acaso deberían respetar-); así que Lo agarró de las muñecas y, levantándoLo, levemente, Lo apartó un paso y Lo depositó de nuevo con delicadeza. Luego ya era fácil: alzó el ordenador del suelo y lo colocó, derecho, sobre la cómoda; fue por el maletín, restituyó lo esparcido por el otro lado de la habitación y lo volvió a su sitio provisional; recogió el dinero esparcido por el suelo y lo reintrodujo en la cartera, que devolvió a su cajón; levantó del suelo las botellas de agua; recogió cables, llaves… ¿Qué más? Nada. Ahora estaba la cuestión del cadáver, que pesaba y se volvería rígido, y luego blando, y olería.
Se fue vistiendo para enfrentar el problema de un modo correcto. Volvió a mirar por la ventana: ningún movimiento, ninguna sombra. Tenía cierta aprensión de que hubiera alguna compañera suya por allí buscando clientes (de que, envidiosa, la hubiera estado mirando cuando entraba), pues de las palabras de la mujer se podía desprender que eran más de una las putas ilegales que trataban de trabajar por la zona y a las que no dejaban hacerlo las autoridades hosteleras o proxenetas de aquella área de descanso, tal vez la tan nombrada y mismísima Flor, si es que existía.
Concebía perfectamente hasta dónde llegaban las obligaciones que tenía con su propia vida, con su propia familia; estaba además en una delicada coyuntura laboral… Y por todo ello, que él supiera entonces, descartó una llamada inmediata a la policía. Ya habría tiempo. Por otro lado, al fin y al cabo tenía muchas posibilidades de quedar impune siempre y cuando aquello no hubiera ocurrido. Ya no podía hacerse nada por ella. ¿Qué se ganaría?, ¿quién le agradecería desperdiciar su vida echándola a perder por audiencias e instituciones, por calabozos y despachos, por abogados, funcionarios de prisiones y presencias venidas desde África? No ignoraba lo dudoso (entre discutible y vil) y lo poco original de esta composición de lugar; era un tipo de razonamiento de lo más común y previsible en semejante trance, diríase un clásico delincuencial o de psicología criminal. Y además, según reconocía él mismo, un clásico del cine negro que el mundo moral de la cinematografía hacía fracasar siempre, mas únicamente porque si no, no había relato. Pero él no era un relato. Es más, la narración de su vida, tal como la conocía y había venido construyendo, dejaría de poder contarse si hacía una estupidez innecesaria -acaso, sí, moralmente heroica o solo decente- debido a un sentimiento o a un poderoso cóctel de varios de ellos. Por todo esto decidió que seguiría las imaginarias instrucciones salvadoras del ordenador (el orden de y para la impunidad), y que sus actos no se saldrían ni una coma de esta línea de razonamiento autoindulgente y práctico, con un alto nivel de riesgo pero también con un gran premio, como una apuesta de black jack.
Siempre había considerado la autocrítica un valor que contribuía a la eficiencia y la eficacia, o sea, al éxito; pero esta vez no era así, esta vez la rechazó con determinación responsable y definitiva, como se aparta a un niño sensible, escrupuloso y honrado de la visión de algo, de un tributo, que ha exigido la vida comunitaria o la sabiduría de la tradición, sin hacerle daño pero con decisión.
Ahora bien, existía otra línea de pensamiento posible, la justiciera: había que apurar y agotar la responsabilidad -sí, se dio cuenta de que se repetía la palabra: “responsable”, “responsabilidad”, en las dos lecturas de los hechos, en las dos vertientes diametralmente opuestas del tejado a dos aguas de la causalidad, en dos líneas distintas de actuación; intuía lo que esto significaba, pero no, no tenía respuesta para la cuestión implícita en el contradictorio doblete: ¿tenía sentido hablar de responsabilidad en ambos casos… en el caso de la línea de pensamiento exculpatoria y que buscaba la impunidad tanto como en el de la versión justiciera de la moral más clásica que prohíbe matar y lo considera un pecado o un delito?, ¿acaso no se anulaban como cargas opuestas?, ¿no sería tal concepto: R-E-S-P-O-N-S-A-B-I-L-I-D-A-D una burda herramienta de los individuos para justificar cualquier cosa y seguir siendo felices a toda costa? Todo esto era muy vulgar. Además recordó que no debía hacer autocrítica y volvió al asunto urgente: había asesinado a una mujer y su cuerpo estaba ante él, en su mismo cuarto.
Pero no era tan fácil: había que colmar, decía la línea de pensamiento justiciera, el cumplimiento de la responsabilidad personal porque es el único camino para el restablecimiento del equilibrio, para recobrar o alcanzar la reintegración al seno de la comunidad, la salvación o el perdón. No se trataba de autocrítica. Estaba especulando. “Estoy especulando”, pensaba viendo el cuerpo. Inmóviles los dos.
Pero no podía soslayar la cuestión: ¿Cuál era la ‘salvación personal’ que se esperaba de él?
De pronto, se dio cuenta de que él no estaba pensando nada de esto, de que en realidad estaba a partes iguales paralizado por el miedo y excogitando a toda máquina el camino más expedito a la absoluta impunidad, al olvido y a la autojustificación para el olvido. ¿Quién pensaba entonces todo eso por él?
Como este discurso bobo transcurría en su propia cabeza (la única que lo sabía), el hecho de que hubiera estado dispuesto a descargar un segundo golpe mortal, la voluntad de asesinar, le hacía ante sí mismo responsable doloso (¡la palabra otra vez!) de esa muerte, victimario totalmente advertido y culpable, ejecutor malvado, pecador execrable, abominación del resto de los hombres. “Quede esto aquí”, pensó agotado.
Y finalmente estaba el sistema penal: Es feo eso de ser asesino de putas (por la espalda, luego no cabía alegar temor por la propia vida, o sea, legítima defensa; había ocurrido solo por impedir la huida de un ladrón, o eso tendría que decir él, lo cual no era tampoco muy airoso, aunque no hubiera habido intención de matar; a no ser que ella, durante el forcejeo, se golpease sola, cayendo hacia atrás, contra el borde de la cómoda…); no era nada bonito esto tampoco, no, eso era bien cierto, pero no habría intentado ocultarlo (en tal supuesto), sino que habría manifestado arrepentimiento (o cuando menos dolor o reconocimiento del hecho… “solo tiré del portátil para que no se lo llevase, y se le escurrió y… se dio con aquel borde que…”) o compasión al llamar de inmediato a la policía; poseía además un testigo que le mostraría ante el juez rechazando la misma oferta unos minutos antes, tenía un expediente impoluto (tal vez el de ella no lo estuviera tanto, ni su sangre tampoco), se trataba de un arma de oportunidad… o ni siquiera eso. Pero, ¿por qué le abrí? Fácil: llamó y yo pensé que era la camarera/prostituta que volvía por algo. No tenía por qué no abrir, pues nada temía. Luego estaba la cuestión de la navaja: podía aparecer por allí, constituir un arma intimidatoria. Habría que hacer desaparecer la cuerda y confiar en la verosimilitud y sencillez de la narración… (¿por qué robar?; era puta, no atracadora. Por la negativa, por desesperación, por confiar en que él no se atrevería a denunciarla para proteger su vida doméstica, quizá por las drogas, por su abuso o carencia, o por locura…).
Por ahí nada que añadir tampoco, solo había que hacer una elección (ya creía haberla hecho); pero ¿qué decir de eso de que estaba decidido a golpear de nuevo “si se veía obligado”, o sea, si ella lo obligaba viviendo? ¿Qué decir de que estuviese dispuesto a descargar un segundo golpe, y dispuesto “como nunca lo había estado”?; ¿“como nunca lo había estado”? ¿Qué significaba esto? ¿En qué otra ocasión había tenido propensión a ejercer una violencia extrema? ¿Se había sentido tentado alguna vez…? ¿Quién había puesto esas palabras en su cabeza? Y eso de ‘si se veía obligado’… ¡qué horror! ¡Y aún había que agradecer que estuviese efectivamente muerta y no fuera “necesario” golpearla de nuevo! Ambas afirmaciones distorsionaban su figura, deformaban su rostro. Iba a ocultar el crimen o accidente, eso ya estaba claro, había hecho su elección; pero nunca, en su vida anterior, había declinado la ocasión (pues no la había tenido) de actuar con fuerza mortal; o sea, que nunca la vida le había puesto en la tesitura de tener que rechazar un impulso asesino o violento, un impulso que, desde luego, no reconocía como suyo, como afín o frecuente o conocido de su conciencia, y menos aún esa tendencia, por lo menos retórica (de la retórica exculpatoria que tal vez fuese propia de la mente en su avatar más criminal), a hacer a la víctima culpable de serlo y solo, cruel y precisamente, por serlo (“me atacó, señoría… yo solo tiré del móvil para impedir que me lo robara y ella se soltó… parecía como loca”). La sombra apenas sugerida de esta culpabilidad de la víctima podía servirle como un vergonzante testigo de descargo que, en la sala de vistas, se cubre la cara con un velo, o sea, como puntal oculto de su defensa legal en el caso improbable de que optase por la línea de pensamiento y acción que había denominado penal. En tal caso tendría su lugar en una estrategia narrativa exculpatoria, un lugar y una funcionalidad decididamente externas a él mismo, pues de ningún modo podría corresponder nunca a su pensamiento espontáneo (creía estar seguro de no ser un cínico, ni siquiera cínico de ocasión) porque él, consigo mismo, de piel para dentro, no trataba de ocultarse los hechos o tergiversarlos para defenderse de la propia conciencia. Es decir, que lo de “como nunca lo había estado” y lo de “si se veía obligado”, no los reconocía como pensamientos propios, como oraciones elaboradas por su propia gramática reflexiva o verbal. ¿De quién entonces? De pronto, junto a la aprensión de no estar solo, de estar quizá siendo observado, asomó el absurdo de esa misma sensación: ¿cómo iba a tener esa o parecida percepción? Estaba nervioso, y corría peligro de convertirse en su peor enemigo. ¿Era tal vez el miedo el compañero indeseable que le provocaba aquella sensación, nueva para él, de bucle torpe? Todo estaba yendo bastante bien (¡atención!: ¿quién había pensado esto, él o el otro, el frío y amenazante otro?), así que no podía permitirse especulaciones inoportunas de aquel visitante. “Visitante”; aquella noche iba de visitantes, de huéspedes en nuestra vida, de aquellos organismos externos a los que servimos de anfitrión. Se calzó.
Por la ventana no se veía nada diferente de la otra vez. Si se había decidido por la impunidad, debía sacar los restos cuanto antes de su habitación. Le quedaban algunas horas de discreción nocturna antes de que mover aquel cuerpo sin correr serio riesgo de ser visto fuera imposible. Salió al exterior: hacia la derecha no tenía sentido; ¿dónde ir con el bulto arrastrando por el pasillo arriba?, ¿hasta la recepción iluminada, como en una película de terror o un drama sangriento? Ni siquiera de frente era hacedero, a no ser que metiera el cadáver en su coche (total, unos metros a campo abierto y la tendría alojada en el maletero). Pero aquella poca era mucha distancia bajo la alta luz de los focos del aparcamiento vacío, plenamente visible desde el zaguán del motel o desde el restaurante y club de enfrente, si es que a alguien despierto (portero de noche, puta o Flor) le daba por mirar. Hacia la izquierda quedaba poco corredor (en más densa penumbra cuanto más cerca de la pared) hasta una breve escalinata y la oscuridad del bosque. Recordó entonces que cuando maniobraba para aparcar, los faros de su automóvil, además de iluminar perspectivas de columnario hacia el fondo del bosque, habían descubierto una caseta, un cobertizo o cabaña diminuta, que ahora era invisible, a unos quince metros en el interior de los árboles. Sacar el cuerpo por ese lado era más discreto, fácil y rápido. Siempre y cuando le fuera posible ocultar el cuerpo y no simplemente dejarlo tirado. Sería una falta de respeto (pues era ‘dejarLo tirado’) y una imprudencia. Explorar esa posibilidad, además, no le llevaría más de cinco minutos (yendo él solo. Y si alguien lo veía, ¿qué iba a pensar?, ¿que era un insomne curioso, un fumador avergonzado o expulsado, alguien que hace tiempo?); con que miró por última vez por la ventana, cogió la llave, abrió la puerta (que chocó contra el cadáver, blando y pesado) y salió con aparente despreocupación pero lo más pegado posible a la pared, a la parte interior del corredor: solo los pies quedaban parcialmente iluminados por la luz blanca de uno de los focos del aparcamiento. Caminó los pasos que le quedaban (tratando de no hacer el menor ruido y de oír en cambio cualquier sonido, propio o ajeno), bajó los tres escalones y se refugió, sin parecer que lo hacía, tras el muro que cierra el motel. Cuando sus ojos se acostumbraron a las tinieblas arbóreas, vio un fantasma blanco, cuadrado, luciendo una leve fosforescencia, y que parecía gravitar, esperándolo, encarándolo como una puerta entre los troncos negros. Antes de comprender qué era, recordó una impresión parecida en su infancia, y del fondo de la edad le invadió la misma sensación de horror y maravilla. Con diez años, la luminosidad que brota del agua calda de una terma puede ser algo inexplicable. Se había escapado de su habitación en el balneario (diferente de aquel otro que visitaría en compañía de Elena muchos años más tarde), donde había acudido con sus tíos y su primo para ver de que se aliviasen los dolores de su pobre tía Feli, y al ver el pasadizo de los aljibes abierto se había aventurado hasta desembocar en la gran terma, iluminada desde el fondo por potentes lámparas ambarinas. Alguien salía del agua entonces, y la visión lenta de su figura desnuda de delfín se imprimió en su memoria con brillos indelebles. Eso había sido todo, pero había sido suficiente para recordarle la existencia de un submundo blando, cálido y acuoso del que en cualquier momento podía emerger la perversidad en forma de belleza. Caminó hacia la caseta tratando de no tropezar ni mancharse. Si el chamizo era visible, también lo era él desde el corredor a su espalda. Avanzó decidido hasta doblar la construcción y situarse en la cara oculta, que era donde estaba la puerta. El cobertizo tenía el tamaño y la forma de una caravana alargada, era de obra, enlucido de yeso y con la puerta de hierro cerrada con un pasador: estaba duro pero sin cerrojo. Empujó un poco la puerta con el hombro para que el pasador no chirriase a descorrerse. Cuando lo hubo hecho, fue abriendo la puerta lentamente hasta que el interior se manifestó de un negro aterciopelado y absoluto, denso y opaco; frío. Podía ser hasta un pozo, aunque no recibía ningún eco ni sensación alguna de humedad. Pensó en la linterna del bolso de la mujer, pensó en regresar por ella. Finalmente entró y cerró tras él lenta y completamente. Había que intentarlo: alargó primero la mano izquierda hacia atrás hasta alcanzar el marco de la puerta y palpó en busca de un posible interruptor. La pared era rugosa y parecía desmoronarse al tacto. Los dedos la notaban muy fría. Estaría sin duda horriblemente sucia y llena de microanimales nocturnos a los que su irrupción táctil no gustaría. Pero no encontró lo que buscaba. Amplió la búsqueda: primero aumentando el radio del abanico palpado en la pared (más suciedad, más frío, más imaginados bichejos), después avanzando un pie tímido y lanzando las manos adelante y arriba, buscando un cable que colgase con un interruptor de perilla (tocó los eslabones tegumentosos de una gran cadena que sonaron allí y en otro lugar –roñoso, alto- a donde fue a parar el efecto del movimiento), pero seguía sin encontrar lo que buscaba. Avanzó un poco más: el piso no estaba solado ni lleno de ramas, parecía tierra suelta. Arrastró un par de pasos en un frío terrible, sin asideros, a punto de perder el sentido de la orientación y del espacio, las manos siempre por delante. Por fin, las puntas de sus dedos de la mano derecha tocaron lo que resultó ser uno de los ángulos y soporte de una estantería metálica. Siguió el perfil de una de las bandejas hasta el tabique y allí tocó de nuevo. Junto al ángulo de la pared había una caja fijada al yeso de la que salía un grueso tubo de plástico rizado hacia arriba. Levantó la tapa y presionó el interruptor. Se hizo la luz.
Había temido que fuera demasiado intensa, y unos recién estrenados reflejos delictivos le hicieron mirar enseguida hacia atrás (la puerta parecía bien cerrada, sin rendijas delatoras) y hacia las paredes (tampoco parecía haber ventanas). Cuando los ojos se acostumbraron, resultó ser solo un fluorescente doble pegado al techo. La cadena pertenecía a una especie de cabria con raíles que había a gran altura: en algún momento, aquel artilugio había levantado motores. Ahora, el lugar se había convertido en un mero almacén trastero. Todo el lado derecho era estantería metálica hasta el techo mismo; en la pared izquierda se apoyaban todo tipo de aperos, herramientas, útiles (enseguida vio las palas en el piso y supo lo que haría) y piezas grandes de coche. Distinguió hasta lo que debía de ser una moto vieja al fondo, cubierta con una lona de color gris amarronado, como lo era todo allí dentro. El suelo era de tierra pisada hasta llegar al final, donde, justo delante de la motocicleta, había unas conducciones de agua o gas, o ambas cosas (codos de tubo, manivelas redondas y de manilla, tuercas rojas, arandelas verdes, números pintados en el metal) que salían y entraban otra vez en el suelo como raíces. Aquellos tubos tendrían que ser de algo, quizá un depósito de gas o de agua potable; tal vez no podría abrir un hoyo lo suficientemente grande allí dentro, tal vez a pocos centímetros de la superficie topase con el metal. En averiguarlo tardaría bien poco. No movería el cuerpo hasta que tuviera el hueco preparado, así ahorraría sorpresas y ese detalle sórdido de estar cavando de noche junto a un cadáver.
Eligió el lugar: la esquina del cobertizo según se entra a la izquierda, y se puso a excavar. El aire dentro se fue caldeando con el calor que desprendía su esfuerzo. Comenzó a sudar y se quitó la camisa. Paró de pronto, asustado, mirándose las manos. No estaban dañadas, solo rojas, pero buscó entre las cajas un trapo con que protegerlas, no por coquetería o extremo cuidado de su persona, sino por no infligirse señales que delataran aquel esfuerzo; al fin y al cabo, tendría que pasarse a pagar en la recepción, tendría que seguir trabajando y dando la mano a sus clientes.
No encontró obstáculos hasta haber ahondado como un metro. Entonces temió haber dado con el depósito, pero solo eran piedras, algunas del tamaño de sandías, una del de un torso humano que le costó sacar. Había que desincrustarlas. Las quitó como pudo, manchándose, arañándose pese a los trapos las palmas de las manos. Se rompió una uña. Había sido prácticamente inevitable, pero se enfadó consigo mismo. Era la clase de torpezas menores que no se perdonaba.
Cuando ya se había causado, por tanto, ciertos desperfectos, levantando la mirada desde el fondo del hoyo casi acabado (¿para qué ir más lejos? Tenía ya casi la profundidad de su altura), desde la profundidad de los pulmones jadeantes vio allá arriba el cabrestante, que le observaba oscilante e irónico desde el techo.
Se aupó a la superficie, de pronto urgente, furioso a su pesar, se limpió un poco, se puso la camisa, apagó la luz y salió al fresco exterior. Todo seguía igual. El negro bosque tenía una respiración húmeda y continua que parecía ir a echársele encima y le hacía pensar en el mar. Llegó al edificio en un escalofrío. Se sacudió lo que pudo del polvo tras la última pared y al subir la escalinata ya parecía otra vez tranquilo, casual, salvo por la cara brillante y los zapatos sucios. Alcanzó sin dificultad la puerta y la traspuso empujando el cuerpo. No lo miró, fue derecho al paquete de tabaco de la muerta (él lo había dejado hacía unos tres años). Lo encendió, aspiró e instantáneamente tuvo un acceso de tos y un apremio intestinal.
Sentado en el retrete, fumando en la oscuridad, no veía su ropa sucia pero se notaba toda la piel pegajosa y fría como de sapo.
No necesitaba mirar el reloj para saber que era muy tarde, o pronto ya, según desde qué día se mirase. Quedaba lo más comprometido, que era también lo único verdaderamente significante (por detrás, y a gran distancia, claro, del propio homicidio), y lo que exigía un nuevo y un tanto impúdico trato con el cuerpo muerto que había sido una mujer. Tras de mucho pensar en el modo de trasladarlo, la mejor manera que se le ocurría era sobre el hombro, como una alfombra o un saco. Aun así, lo primero que hizo al salir del cuarto de baño fue, tirando del cuerpo, que le resultó pesadísimo, subirlo a la cama y dejarlo tumbado boca arriba. No le miraba a la cara, pero sabía que tenía los párpados entornados, los labios un poco abiertos, como si fuera una borracha o una drogadicta que sintiera estar siendo manipulada pero no pudiera hacer nada. Le abrió las piernas (otra vez aquello que sin duda sería blanco y tras ello lo negro y lo rojo), se sentó en el borde de la cama, entre sus rodillas, dándole la espalda, tomó sus muñecas y, no sin dificultad, se echó el cuerpo sobre el lomo. La única manera de poder sujetarlo era encajando las axilas de la difunta en sus hombros. A tirones adoptó esta postura y se puso en pie; al auparla tanto sobre sí, la cara de la mujer se había instalado cómodamente en su hombro. De pronto entró en frío contacto con aquella barbilla fina, con los labios pulposos, con la helada mejilla blanda. La nariz ancha y gélida chocaba contra su cuello, su pelo, su oreja, su mejilla, y le llegaba un olor muy fuerte, que no sabía bien si era el que impregnaba la piel y la ropa de la mujer ya antes de morir o se trataba ya de los primeros compases de la sinfonía del hedor que empezaba a fermentar en su estómago, en sus pulmones, en sus intestinos, y a salir por su boca entreabierta, tan cerca del lóbulo de su oreja, tan próxima a su oído como en una última confidencia que se burbujea con la salivilla del final, la última voluntad post mortem, una hedionda petición póstuma que dentro de pocas horas no sería ya un susurro a su oído y a su nariz, sino un ebrio alarido de putrefacción que alcanzaría el olfato de todas las bestezuelas carroñeras de aquel lado del bosque; si no se daba prisa. Solo dio dos pasos y la soltó de nuevo sobre la cama. Se dijo que era inestable, que le rozaban las punteras por el suelo y luego lo harían por el bosque, señalando un rastro que él tendría que hacer desaparecer, que era mejor la primera idea: sobre el hombro; así que la sentó como pudo, inclinó el espinazo reverente ante ella, de frente, y la alojó sobre el hombro y la clavícula izquierdos, el lado de la pared. Era plomo. Tenía que haber comprobado el exterior antes de cargarla, pero ya era tarde. Abrió, echó un vistazo para asegurarse de que todo seguía igual y salió sin ruido. Antes de llegar siquiera a la escalerilla, el peso se le hizo insoportable. Era una mujer grande. Había sido una mujer grande y bien alimentada. Al bajar rabiando la escalera podía haber descansado un poco apoyándola en la pared, pero habría terminado escurriéndosele al suelo, y no quería dejarla caer, luego tendría que arrastrarla. Así que siguió caminando, bamboleándose hasta dar la vuelta al cobertizo. Había dejado el portón sin pasador, pero no le fue posible sujetarla por más tiempo, y primero la apoyó en el muro y después la fue dejando caer hasta el suelo. Jadeó un momento con el bosque, y eso le hizo sentirse acompañado. Ya repuesto, abrió la puerta y solo tuvo que empujar un poco el cadáver para que embocara la cabaña, pero moverlo ahora era más difícil. Tiró de una muñeca y así, del brazo, entraron juntos (él primero, halando, urgido amante joven, ella luego, arrastrada como una novia remisa que solicita de la fuerza, de la ansiedad de él para dejarse convencer de ingresar a la morada en que aguarda la yacija donde pernoctará, si todo sale bien, con su hombre amado), y cruzaron el umbral de la estancia de terciopelo negro que él había elegido para ella. No lo veía (la puerta estaba abierta, parte del cuerpo aún fuera, no podía encender la luz hasta que la hubiera depositado dentro completamente), pero sabía que el borde del hoyo estaba allí mismo. Se detuvo antes de dar los últimos tirones. No profesaba, ni siquiera nominalmente, ninguna religión, ni era supersticioso. No obstante, una forma de piedad mínima le impidió arrojarla sin más al pozo. Aquel enterramiento, aunque fuera culposo, clandestino, no era (quiso pensar él) el último capítulo de un crimen, de una infamia, de un insulto; aun así, no se atrevía a encender la luz hasta que la hubiera arrojado dentro. Tontamente, le deseó un buen viaje y, aunque sabía que ya era muy tarde, trató de cerrarle los párpados. La cara estaba fría, o simplemente fresca, fresquita. Tocó la córnea, fue consciente de que estaba tocando con la mano sucia la cornea seca y tuvo una violenta arcada seca. Tuvo el anuncio de otra aún más dolorosa y, con el tiempo justo, por encima del cadáver (clavándole la rodilla), y a pique de caer en el hoyo, vertió el contenido del estómago en la tumba con ruido repugnante. Sufrió otras tres, todas muy escandalosas, que parecían querer partirle el pecho. Allá fue la cena. Se incorporó y retrocedió hasta la pared, se limpió la boca. Un olor nauseabundo se difundió por la covacha. Tenía que encender la luz. Lo primero que hizo fue tirar del cuerpo un poco más hacia dentro para poder cerrar la puerta. Cuando hubo hecho las dos cosas, prendió la luz. Vio fugazmente el cuerpo (el brazo izquierdo levantado por encima de la cabeza, la boca entreabierta, la blusa descompuesta) estirado junto al recuadro abierto de la tumba. Recogió la pala del suelo y echó suficiente tierra para cubrir el vómito, pero el olor era más difícil de desalojar. Todo sería más penoso desde ese momento. Quiso darse prisa.
De pronto, cuando ya iba a empujarla, pensó (la anterior visión de la muerta le hizo pensar; quizá eran estas dos cosas las que quería evitar no encendiendo la luz: la visión y el pensar) que el mínimo homenaje que merecía el cuerpo de un ser humano al que se da sepulcro es un sudario. Eso sí era algo que podía hacer por ella. Se alegró de haber tenido aquella idea última, aquel recuerdo de ritos y de imágenes vistas. El cadáver estaba estirado al borde del hoyo, junto al montículo de tierra removida y las piedras. La mayoría de las estanterías, unas treinta, tenían las grandes baldas descubiertas, llenas de botes y piezas mecánicas herrumbrosas y trozos de cable y tubos y herramientas, uniformizado todo por una capa ocre de polvo terroso. Tres tenían por cima una lona. Buscó por rincones y cajas otras lonas guardadas o dobladas, pero solo estaban aquellas tres. Al tocar una de ellas, a la altura de su cabeza, la notó rígida, con el polvo encostrado. Desde luego era un riesgo tomar aquello y que alguien llegara a echarlo en falta y pudiera atar cabos; pero, dado el grosor de la costra y el grado de petrificación de las arrugas de la lona, era bastante improbable. Aun así, eligió la más apartada y menos visible. Estaba abajo, en la última balda de la última estantería, casi invisible tras el alto nudo de tubos y manivelas que había que sortear para encontrarse con un estrecho acceso entorpecido de sarmientos de acero retorcidos y por una fronda de latiguillos y cánulas y bordes puntiagudos y cables que hacía más dificultoso aún el angosto pasillo entre los tubos y la motocicleta. A la lona se accedía, además, apartando una perdiz con huevos disecada y una pulida llana de albañil. Al tirar de ella, cayeron al suelo unos cuadernos y una caja de galletas metálica. Los devolvió de donde habían caído y regresó con la rígida tela junto al cuerpo.
Le costó doblegar la lona, que tenía que desplegar para que diese suficiente de sí, al menos para la parte superior del cuerpo. Le bajó el brazo, se lo acomodó al costado. Puso el sudario junto al cuerpo. Sí, necesitaba de una cuerda. Se acordó del tendedero pero su recuerdo solo le hizo agobiarse más debido al tiempo transcurrido (en verdad, sentía que llevaba una eternidad conduciendo aquella situación, enfrentándose a ella). Buscó la cuerda y encontró un alambre largo enrollado. Le pareció bien. Rodó el cuerpo sobre la lona: si tapaba la cabeza los pies quedaban al descubierto. Pero esa fue la opción. Además, las piernas, hasta casi la rodilla, venían protegidas con las botas. Era más importante la cabeza. Sujetó el tejido habiéndole dado vuelta y media, pasó el cabo del alambre bajo la cabeza y lo ató al mismo alambre que salía por este lado doblándolo hasta hacer una pequeña trenza rígida alrededor del cuello. Tirando hacia acá del cable y abriendo unos grados el arco con función de abrazadera, pasó el lío de alambre no sin fatigas por debajo del cuerpo y lo sacó a la altura de bíceps por el lado de allá. Pasó la rosca de cable por debajo del mismo alambre en la zona del pecho y tiró en sentido contrario por arriba, así tensó la primera vuelta del cable y sujetó el cordón (que quedó cruzado sobre el esternón) para pasarlo, por el otro lado, nuevamente bajo el cadáver, y sacarlo por la parte de acá, por el costado, y haciendo la misma operación tensar la vuelta de cable anterior sobre el abdomen y tirar hacia él antes de pasarlo bajo el cuerpo de nuevo y sacarlo por el lado del hoyo para ejecutar el último giro de abrazadera a mitad de los muslos. Entonces su hijo le llamó.
“¿Papá, estás ahí?”
Aun sabiendo (“Papá, soy Jorge.”) que sólo se trataba de la grabación de llamada entrante desde el teléfono de su hijo (“¡Cógelo, anda!”) se sobresaltó como si aquel estuviera tras la puerta y fuera a abrir de pronto y a verlo inclinado sobre el cuerpo sin vida de una puta negra al cual iba a dar tierra clandestina poco rato después de matarla. Recordó entonces haberla visto guardarse el móvil en la ingle. Tuvo que deshacer las últimas vueltas del alambre (“Oye, ¡que lo cojas!”) para poder abrir la lona lo suficiente como para abrir las piernas de la mujer y, metiendo la mano bajo la lona y la falda, entre las piernas, entre los muslos fríos (“¿Qué estás haciendo? ¡Date prisa!”), buscar el aparato. Tocó la tela fina, el abultamiento craso del monte de Venus, se raspó las yemas de los dedos con el pelo hirsuto, mal rasurado y fuerte, sin encontrarlo, aunque estaba allí (“Papá, ¿estás ahí?”), sonaba allí. Tuvo que inclinar la cabeza (“Papá, soy Jorge”) y mirar por debajo (por fin observaba lo que tanta curiosidad le había despertado -“¡Cógelo, anda!”-: lo negro y lo rojo bajo lo blanco, que era luminoso y morado ahora). El destello morado salía del valle entre las nalgas. Metió la mano, apartó la tela, metió con mayor fuerza todavía la mano entre la fría carne prieta y sacó el teléfono.
“¿Diga? ¿Hijo? ¿Qué pasa?”
“Eso digo yo, ¿qué pasa?” (Era la voz semidormida, enfadada, de su mujer)
“¿Elena? ¿Qué ha pasado?”
“¡Tú sabrás! Has sido tú quien ha llamado a las cuatro de la mañana; y luego vas y cuelgas. ¿Es una bromita o te pasa algo?” Tanta manipulación del cadáver había acabado pulsando –con el culo- las teclas oportunas; una puta muerta, como en una película barata, acababa de llamar a su mujer con las duras nalgas trotacalles, o ya duras quizá de rigor mortis. La voz de su mujer no sabía si debía indignarse o preocuparse.
“Perdona. Me he dormido con el teléfono en la cama y al moverme lo debo de haber presionado. ¿He despertado al chico también?”
“A medias. Lo tenía cargando en la entrada y he venido corriendo. Creo que se ha revuelto un poco, pero no dice nada. ¿De verdad que estás bien?”
“¡Sí, si! Lo siento, he tomado algo de alcohol y me he quedado dormido sin darme cuenta. Vuelve a dormir. Perdona.”
“No te duermas vestido, ¿eh?”
“Descuida. Buenas noches.”
“Hasta mañana.”
Se quedó allí sentado, mirando el móvil cerrado como si viese en él el anuncio de lo que había estado a punto de ocurrir: en una novela más barata todavía que en la de la llamada, la mujer, antes de morir, habría preparado su venganza; y cuando encontrasen el cadáver, cosa que quizá ocurriese en un futuro lejano, aquel llevaría, metido entre las nalgas, el teléfono que había sido propiedad de su asesino. Ya imaginaba la escena: ‘¿No acababa de rechazar a la chica del club? ¿Por qué aceptó la compañía de la otra?’ ‘No, no; es que abrí la puerta y, en un descuido, debió de cogerlo de encima de la mesa.’ ‘¿Y no se dio cuenta?’ ‘Por la mañana. Pensé que lo había perdido.’ ‘¿Dónde? ¿No hizo una llamada aquella noche con ese teléfono? Debía de estar en la habitación, por allí, en algún lugar. Pero usted se fue de allí sin él y sin siquiera dejarlo dicho en recepción.’ ‘Era solo un móvil.’ ‘Con sus teléfonos, su agenda… No era solo un móvil. Tal vez le daba vergüenza decir en recepción: Oiga, una puta negra que entró en mi habitación me ha robado el teléfono móvil, por si llegaba a oídos de su mujer, o por si se ofendían por no haber aceptado a su chica. Eso sería más creíble, pero que lo dejó sin más… Piénselo y cambie su declaración, diga la verdad.’ Así sería la escena, o podría ser.
Permanecía sentado, pensando. Había estado a punto de dar sepultura a su único cadáver con su teléfono celular metido entre los cachetes del culo. Su único cadáver, su único homicidio, su único bache en una vida de trabajo, de tiempo laborioso, sin excesos, sin grandes alegrías salvo las de la infancia perdida, sin grandes emociones salvo las de la perdida infancia. Un homicidio más del azar que suyo; pero que le había tocado a él, como él le había tocado a ella. Mala suerte. Dos decisiones erróneas y mala suerte, mala combinación. Sería una ilegal. ¿Cuánto tiempo llevaría en España? Habría sido una niña en algún lugar de África, con barro rojo, calor, moscas, adultos sin futuro que, salvo su madre, si la había conocido, la mirarían con indiferencia, aprensión o codicia. Juegos miserables con muñecas que no lo parecen, ver cosas horribles, acostumbrarse a verlas, tener por amigo un mono, una cucaracha o una rata y mirar al pobre animal ansiando decirle algo, lo asustada que estás, que quieres ser como ella para no vivir con los hombres, o algo más vago y que se fue desvaneciendo a medida que fue pasando el tiempo y que se acumulaban cosas horrorosas como costumbres, deseos feroces, aburrimientos calcinantes. Y entonces, tal vez, la ablación, las violaciones, los desprecios, la decisión absurdamente ingenua, el viaje y de pronto estás delante de un sujeto que te regatea diez euros por humillarte, que te despreciará mientras te mancha y querrá perderte de vista enseguida, un individuo que posee su destino, un tipo con su propia vida y sus cosas, todas al margen de tu horror. Y así uno tras otro infinitos.
Estaba sentado, delante del cuerpo desatado, y sabía que no debía imaginar ni pensar nada de eso, sino comportarse de modo práctico. Al menos aquella vez en la vida. Sobre todo aquella vez. Ya tendría tiempo de sentirse culpable, o no, de arrepentirse, o no hacerlo, de tener que quitárselo de la cabeza, o tener que traerlo en ocasiones para no olvidarlo nunca, para estar prevenido frente al Desastre, que aprovecha el más mínimo error, la desatención más fugar: soltar la mano de un niño, distraerse conduciendo, pisar mal, hablar de más… para arrojar contra ti a sus perros de la muerte, de la enfermedad, del fracaso, de la desgracia. No dejarle cauce a la desgracia, cortarle el agua, no dejarla respirar, sofocarla de atenciones, mantenerla a raya con vigilancia. La pobre negra era la prueba y la víctima. Esta vez tenía que reconocer que la destrucción había caído del otro lado, y ella había pagado caro su error, pero podía haber caído del suyo con solo que la desdicha hubiera entrado en el cuarto con otro pie, con solo que él hubiera intentado llamar a la policía (no pudo, en esta ocasión, con su móvil, ya lo tenía ella metido entre las nalgas; y el teléfono de la habitación siempre había estado del lado de ella, a su vera, inalcanzable, colaborador necesario aunque pasivo en su infortunio, cerca de quien quería perder); con solo que se hubiera llevado el teléfono, el móvil o el fijo, a la oreja y ella lo hubiera golpeado a él en el occipucio con el cenicero, o con el canto del ordenador que ya tenía en las manos, y él hubiera muerto en el acto. ¿Qué habría hecho ella? Seguro que se habría ido sin más para no volver, no se vería en aquella situación tan rocambolesca, que viene de Rocambole o Rocambolé, con acento, o algo así, un personaje de folletín que, según su difunto padre, se metía en líos complicadísimos, extraordinarios y difíciles de creer; según eso, aquellas eran circunstancias dignas de él, y mucho menos de un vendedor de productos químicos. Allí quería ver a Rocambolé.
De pronto se hizo un vacío en su cabeza, volvió a ver delante de sí el despojo muerto y sin premeditarlo, puso las plantas de los pies en el costado del cadáver y lo empujó. Lo oyó caer con ruido sordo. Solo entonces guardó el teléfono, se puso en pie y empuñó la pala.
Trabajó deprisa. Fue dejando las piedras para casi el final, para endurecer un poco la tierra y dar sensación de que aquella tierra no había sido excavada ni removida. También, cuando ya consideró que ello no ofendía al cuerpo, se metió en el hoyo a medio rellenar y apisonó la tierra para compactarla con el fin de que no le sobrase mucha, y para que la de más abajo no se fuese asentando sin su control y terminase hundiéndose y revelando después el enterramiento. O más bien para que no se terminase hundiendo demasiado pronto, o revelándose enseguida; pues de que se llegaría a descubrir no se cabía ninguna duda, por eso debía esforzarse para que eso no ocurriese nunca, aunque eso constituyese una contradicción. Confiaba mucho en un trabajo bien hecho, pero nada en la suerte.
Cuando terminó, mientras dejaba el lugar como lo había encontrado, o casi (la pala limpia y en su sitio, el suelo nivelado e igual, el polvo como antes), tuvo que reconocer que si bien sentía todo lo ocurrido, cuando lo dejase atrás, y apenas ya entonces, no padecía aquella sensación de culpa que uno imaginaría si le contasen un suceso similar. Ciertamente, no le perseguiría el recuerdo, no le abrumaría, no le cortaría la respiración ni le delataría delante de otras personas, no le impediría dormir por las noches, no se soñaría enterrado vivo ni vería la cara de la muerta (por lo demás, de lo más vulgar en su raza) en los espejos. Y es que no habría corazón ni cabeza delatora. No se consideraba un hombre amoral ni un desalmado, pero ninguna de aquellas cosas ocurriría, o eso creía firmemente; quizá por la trabajada y prevista impunidad o por la moral de eficacia, la moral práctica que venía presidiendo sus acciones. Solo tendría que aclarar eso de que estuviese decidido a descargar un segundo golpe ‘como nunca lo había estado’ y ‘si se veía obligado’. Ya habría tiempo. Aunque, desde luego, ambos tópicos verbales o frases lapidarias le pegaban más a su generación que a la de ella. A la de ella, a la de la puta, de unos veinticinco años, le cuadraba más la sensación de irresponsabilidad por impunidad, que era lo que él sentía, y aquella impavidez de la moral utilitaria, a la carta, práctica, posmoderna. Aquello de sentirse movido a descargar un segundo golpe ‘como nunca lo había estado’, y que lo haría ‘si se veía obligado’ pertenecía al perfil del delincuente ocasional pero psicológicamente predispuesto (a veces personaje torturado) del cine negro clásico, un personaje inmerso en un mundo moral que, al haber sido interiorizado desde la infancia, le agrede desde dentro con eso que llaman culpa (o desdoblamiento o subconsciente) al haber pecado contra sus leyes. Nada de razones humanas u ocasionales o de la dura vida, únicamente morales o procedentes de su vicario laico, la ética ¿Y qué cine negro habría visto aquella tipa? En el mundo que había sido de aquella mujer no habría tantas contemplaciones ni tanta vana literatura. ¿Para qué vales? ¿Qué eres capaz de hacer? Hazlo. Y punto. O mejor: ¿Dónde han ido a parirte? Pues actúa en consecuencia. Puro determinismo con una pizca de la ley de la selva. Ahora a un tío ocurrente de la quinta de él le daría por pensar que le había intercambiado o robado el espíritu a la muerta, poco menos que estaba poseído por el alma de una puta de la generación de los móviles, los sueldos basura y las fulanas tiradas inmigrantes, y de ahí sacaría una novela de terror o angustia según la cual él empezaría, por donde le llevase su trabajo de viajante comercial, a hacer la calle disfrazado de furcia (con doble personalidad o no, desdoblado o no) y, suplantando la personalidad de la occisa, iría matando a todos los clientes porque en todos vería de pronto a su asesino (se vería a sí mismo: sería una forma de castigo y de culpa y de penitencia perversa, un bucle psicopático y sangriento). ¿Alcanzaría él a tocar a los puteros? ¿La llegarían a tocar ellos a ella/él? ¿Llegarían a…? ¿Adaptaría su personaje para hacerlo verosímil y convertirse en travestido viciosillo y fondón? Eso se le ocurriría a alguien de, como poco, cuarenta años y, como mucho, cincuenta; pero él solo quería volver a su cuarto, dormir y largarse dentro de unas horas.
Situado junto a la puerta miró que todo estuviese en su sitio (sin darse cuenta siquiera dijo, quedamente: “Hala, vámonos”), apagó la luz y abrió. De pronto, al girar hacia el hotel se sobresaltó. El aparcamiento estaba tomado por cuatro camiones enormes. Los habían dejado en batería con su coche, pero un poco más separados del porche y mirando hacia la carretera; una maniobra difícil. Delante de la última habitación, justo al lado de la suya, había tres tipos de pie, fumando y hablando bajo. Uno, vestido con un chaleco de esos de aventura, descendió los escalones, miró hacia el bosque (él se sabía totalmente protegido en la oscuridad, y aun así se estremeció un poco), se bajó la cremallera del pantalón y orinó largamente. De por entre las traseras de dos de los remolques salió un sujeto, otro de ellos, con una caja de cervezas sobre el hombro (cerveza caliente), seguido de la puta del club. Su llegada fue celebrada con gritos de júbilo que la mujer, muy atenta con los otros clientes de motel (atenta con él, único huésped), trató de refrenar chistándoles y mandándoles callar agitando las manos y llevándose un dedo a los labios. Habló un poco con ellos en el corredor (siendo sobada por unos y por otros sin que eso pareciera importarle ni distraerla del contenido de la conversación que sostenía a varias bandas) y entró en el cuarto con dos. Con dos. Los otros se sentaron en las breves escalinatas que daban hacia el bosque, abrieron dos cervezas y se pusieron a beber y charlar. Él regresó dentro y, sin ruido, cerró la puerta. No se veía nada; conocía el lugar, pero era incómodo, así que, a pesar de lo inconveniente que podía llegar a ser, encendió la luz. Tenía para, por lo menos, media hora, tirando muy por lo bajo, así que se dispuso a esperar.
No había nada para sentarse al lado de la puerta y por un sentimiento relacionado con el amor propio no quiso derrumbarse allí mismo, directamente en la tierra. Decidió buscarse un lugar cómodo y discreto para aguardar. Tras la última estantería, junto a los tubos, de donde había sacado la lona, había un hueco. Fue allí, y como tampoco había nada sobre lo que sentarse, sacó un par de cuadernos de los que había tirado antes, los colocó en el suelo de tierra y se sentó encima de ellos. Tenía el fluorescente arriba, casi en la vertical, y del nudo de cañerías brillantes o negras se difundía una casi imperceptible vibración que era un tercio temperatura baja, un tercio olor (tal vez emanado junto al frío) y un tercio ruidos diminutos que invitaban a no tocarla. Apoyado en la pared, estuvo un rato con las manos cruzadas sobre el pecho para no mancharse más, tratando de no pensar más en la muerte (comenzaban a invadirle emociones muy indiscretas, muy normales, muy desagradables).
Miró el reloj: solo habían pasado siete minutos; luego, aburrido, viendo los cuadernos, tomó uno y lo abrió. Era letra de niño, llena de tachaduras e irregularidades que a veces dificultaban la lectura. Leyó.
Yo estaba en el pueblo de mis padres con mi amigo Juan. Él había nacido sin un brazo. Era igual que todo el pueblo; algunos no tenían un trozo de oreja, o le faltaba alguna otra cosa de su cuerpo.
Entonces los niños que iban naciendo, nacían con todas las partes de su cuerpo, eso era muy extraño. Entonces Juan y yo fuimos a una montaña que era muy extraña porque nacían muchos árboles que eran muy altos y anchos, era como una selva, nosotros descubrimos una gran roca con forma de persona.
También descubrimos una fruta extraña que era muy dulce, pero te producía cortes en la cara; esos eran los efectos secundarios de la fruta. Al cabo de una hora vimos una casa abandonada que tenía muchas imperfecciones. Fuimos a ver cómo era por dentro y era muy extraño porque estaba encendida la chimenea y no había señal de alguien que viviera ahí. Entonces salimos y vimos a un perro con seis patas y tres ojos, y era muy extraño, porque nos tenía miedo. Entonces el perro huyó, y nosotros seguimos nuestro camino y nos encontramos con un pueblo pequeñísimo y había mucha gente pequeña. Al final todo quedó detrás por salirnos del bosque para irnos con nuestra familia.
El día siguiente Juan vino con dos amigos suyos que les faltaba una pierna a cada uno y fuimos a la casa donde el perro pero ya no se asustaba de nosotros y nos ladró y nos persiguió. Nos escapamos y nos perdimos en la selva hasta llegar al mar. Era muy extraño porque no se movía y era amarillo.
Cogimos una barca que había entre los cuatro, uno de cada lado, y la echamos al mar y llegamos a una isla. Nos gustaba mucho pero los amigos de Juan y Juan querían volver para que no les regañaran sus madres. Y cogieron la bici de la barca y se fueron. Fue muy raro que después de irse seguían allí. Decían que no sabían el camino. Y Juan y yo vimos que no les faltaba una pierna sino que la tenían escondida. La sacaron y no era humana. Nos hicimos amigos.
Entonces ya pudimos volver y los amigos nos llevaron en sus bicis, y al llegar a la roca con forma de persona Juan propuso ir al pueblo de la gente pequeña. Era muy extraño porque no se veía a nadie, solo una niña rubia que estaba atada a un árbol.
Le preguntamos por qué estaba atada. Por nada, dijo, unos ogros tienen secuestrada a la gente de mi pueblo y me han atado porque dicen que si no trabajo porque soy demasiado pequeña, me comerán para que sirva de algo. Y cuando estábamos intentando desatarla, llegaron los ogros. Y era muy raro que nos tenían miedo pero el perro no, así que tuvimos que salir corriendo. Luego volvimos y la niña rubia ya no estaba y había sangre. Se la habían comido. Nos asustamos mucho y nos fuimos.
Y les dijimos a nuestras familias que dos ogros se habían comido a una niña. ¿Y la niña era normal? ¿No le faltaba nada? No. Pues entonces no os preocupéis, nos dijeron nuestros padres, pero nosotros queríamos vengar a la niña.
Al día siguiente volvimos y nos propusimos buscar la cueva donde vivían los ogros para matarlos por haberse comido a la niña. Cada uno iba con su bici, e íbamos Juan, yo, y los otros dos amigos de Juan, Pedro y Anselmo, que tenían una pierna sobrehumana cada uno. Llegamos y vimos la sangre de la niña seca y seguimos un rastro de sangre que era muy extraño, porque se acababa en la calle y no había nada, ni cueva ni nada.
Nos escondimos a merendar y mientras merendábamos vimos que se abría la tierra y salían los dos ogros echando humo por la boca y el pelo. Se fueron al pueblo de la gente pequeña. Y mientras nosotros nos pusimos a explorar la cueva. Estaba llena de huesos de niña roídos y solo quedaban los huesos y el pelo rubio.
Entonces les oímos volver y nos escondimos detrás de una columna dentro de la cueva. Entraron echando humo. Olían a caca. Y el más grande llevaba colgada de la espalda una niña igual igual que la que se habían comido, colgando como una bolsa del mercado. La dejó en el suelo y estaba dormida.
Cuando despierte, dijo el ogro grande al pequeño, nos la comemos. ¿Y si nos descubren la gente pequeña? No pueden salvarla porque no pueden llegar hasta aquí. ¿Tienen protección de alguien? Hay uno en la Comisión del Pueblo que les enseña por dónde van los tiros para que no les den, pero aquí no pueden entrar. Estamos seguros. ¿Los jefes los van a engañar a todos? Hasta alcanzar La Cifra Secreta, y luego, si pueden, aguantan mientras preparan el puente. Sí, el puente subterráneo, dijo el ogro pequeño riendo y echando humo. Y dijo Como los pillen… Y el grande dijo muy enfadado Eres tonto, si les pillan nos pillan a todos, porque todos estamos dentro de la cueva. Tú también. O crees que te vas escapar, eh? ¿Qué te pasa?
Tranquilo, Toño, tranquilo, dijo el ogro pequeño echando más humo muy nervioso, que estamos todos dentro, pero esa Comisión puede ser un problema. Yo preferiría no estar solo. Entonces el otro se enfadó de verdad, se puso hinchado y verde y gritó Me cago en esto y en lo otro, Rodolfo, y era verdad que se cagaba porque olía muy mal. ¿No estaba hablado eso ya? dijo. Me estáis tocando mucho, y esto no es una broma dijo. Esto es lo que es. Y si se fastidia, lo pagarás caro ¿Qué? Lo que oyes, lo pagarás con tu vida. ¿Qué clase de ogro eres tú? Vale, dijo el otro agachando las orejas, pero es que era solo para sacar más dinero de los enanos. Ya no se puede hacer nada, dijo el grande, eso haberlo pensado antes, ahora mira este mapa del dinero y asegúrate de que está bien.
Y cuando se volvieron para ver el mapa, nosotros salimos para ir a avisar al pueblo de la gente pequeña, que eran enanos y eran esclavos de los ogros. Y se enfadaron mucho cuando supieron lo de las niñas rubias, y decidieron ir allí a matarlos y rescatar a la niña. Y los llevamos. Pero ya no había nadie en la cueva, ni siquiera el perro, y nos dijeron Nos habéis mentido, no volváis por aquí. Se fueron.
Y nos fuimos a casa, y al día siguiente volvimos a la cueva. Y fue muy extraño, porque encontramos a los dos ogros muertos, con sangre por el pelo, y uno de los ogros, el grande, estaba en el suelo, en un charco de sangre. El otro estaba sentado y echado para alante, encima de un carro que había en la cueva. Cogí una caja con el mapa y la Cifra y otras cosas y salimos de allí. Y nunca más volvimos. Fin.
No había más escrito durante varias hojas. Luego, encabezando un texto tan difícil de descifrar como el que había acabado de leer (le había recordado un poco la letra de su hijo; no la suya, hacía ya demasiado tiempo de su infancia), había un epígrafe rotulado con barroquismo infantil que rezaba: La fruta que te raja la cara. Pero ya no se animó a leerlo. Hizo un canuto con el cuaderno, sintiendo la flojera sentimental de la nostalgia sin saber por qué, y con él en la mano, alcanzó la caja de galletas. La abrió. Dentro se veía una cinta de casete negra, una navaja y una agenda de cuero con trabilla encima de unos papeles doblados. Al ir a tocar la agenda, algo rodó de un extremo a otro de la caja. Era un casquillo de bala, percutido, amarillo, que le recordó vagamente algo. Era la típica caja de tesoros infantil. Quizá faltaban la pluma, la cuerda, un calendario de bolsillo con chica, canicas, cosas así. Pero el casquillo era típico, tanto que él (recordaba ahora) había tenido uno colgando del cuello durante años, hasta que presumiblemente se lo tiró su madre. Lo curioso fue que en ese preciso momento tuvo la sensación inequívoca e instantánea de que le acababa de nacer no ya la nostalgia, sino el recuerdo mismo de aquel colgante, como si la visión del casquillo le hubiese dotado de una reminiscencia procedente de la biografía de otro sujeto o acabase de activar un implante de memoria ajena. Y eso, tan imposible como que hubiera, horas atrás, deseado descargar un segundo golpe en la pobre cabeza de la chica, le plantó una desconfianza irracional en el centro mismo del juicio, lo cual le pareció, de manera del todo incongruente, más auténtico, más suyo, más de verdad que los recuerdos propios. Sospechó, absurdamente, una presencia. Dejó la caja como estaba y se levantó. Había olvidado el tiempo por un momento, pero el tiempo había regresado. Se sacudió el pantalón y fue hacia la puerta.
Se aseguró de que no quedaban rastros de su paso visibles, apagó la luz, abrió la puerta y salió a mirar. Todo estaba tranquilo. Oscuro salvo el aparcamiento y el corredor. No se oía nada. Cerró la puerta con pasador y salió del parapeto de la caseta haciendo un arco por el bosque, de manera que aunque se alejaba hacia la trasera del ala de habitaciones, no abandonaba la protección de los árboles, por si acaso.
Veía ahora frente a sí un largo paredón con todos los ventanucos de los retretes. Todos apagados. Fue caminando en derechura hacia la ventana de los camioneros y los imaginaba desnudos o semidesnudos, grandes y grasientos, derrumbados por cualquier parte entre latas de cerveza vacías, y a la mujer, sudorosa también pero púdicamente tapada, durmiendo en un rincón libre de la cama, hecha un ovillo para no tocarlos. O quizá se hubiera ido (era lo más probable) hacía largos minutos.
Cuando estuvo bajo el ventanuco, escuchó. Varios tipos de ronquidos, nada más. Dio la vuelta al edificio y, procurando no hacer el menor ruido, subió la escalinata, avanzó por el pasillo, abrió la puerta de su cuarto y entró. En plena oscuridad, lo primero que hizo fue quitarse los zapatos e ir a encender la luz del baño. La prendió y regresó al cuarto a desvestirse. La ropa estaba perdida, y lo primero que tendría que hacer al llegar a Albacete sería mandar el traje a la tintorería del hotel. O mejor esperar; ponerse el de repuesto y esperar a llegar a Valencia, y allí buscar una tintorería diferente de la del hotel donde pernoctara, una de esas rápidas con un buen número de clientes anónimos.
Aunque podía haberla consultado con el teléfono móvil, miró la hora en su reloj (que guardaba siempre junto a la cartera y nadie había tocado en toda la noche. Y para el cual no había ocurrido nada fuera de lo normal. El aparato, por su parte, había seguido cumpliendo con su trabajo fielmente en la tiniebla del cajón, y ahora rendía su servicio sin darse importancia y sin fallar, sin saber nada ni querer saberlo): las cinco y media.
Llevó el terno al baño y lo sacudió enérgicamente para quitarle la mayor parte del barro y el polvo visibles. Después sacó el otro de la bolsa para trajes y guardó aquel junto con la camisa sucia. Dejó el limpio preparado junto con su muda. Se lavó la cara y las manos concienzudamente y se dejó caer en la cama. Se levantó (siempre con la luz del baño encendida), buscó los dos botellines de agua y se los bebió. Se tumbó, se incorporó a medias, buscó el mando a distancia, puso la tele, bajó el volumen. Se levantó, buscó el teléfono, puso el despertador a las ocho y media y se tumbó. Buscó postura, se adormeció en la luz de la tele. De pronto recordó algo: se levantó, localizó los zapatos, sucísimos, junto a la puerta, los llevó al baño. Primero los limpió con papel higiénico mojado y después seco. La taza del retrete donde estaba sentado se hallaba llena de papel, pero no se atrevió a tirar de la cadena (en realidad a presionar un fluxador) por no hacer ruido. Orinó sentado sobre la montaña de papel que ocupaba la taza. Regresó al dormitorio, buscó en su bolsa y sacó una esponjita de calzado untada con aceites y tintes. Enceró o embetunó el calzado y luego quitó el exceso y pulió un poco cada zapato con el pico o no tan pico de la sábana. Cuando se sintió satisfecho los llevó al baño y los dejó en el alfeizar del ventanuco abierto para no asfixiarse con el olor. También cerró la puerta del baño. Se tumbó en la cama. Revisó visualmente todo su entorno y mentalmente todo lo que había hecho y lo que tenía que hacer, evitando escrupulosamente todo lo referente a la chica muerta, que ya pertenecía al pasado. Entonces, de refilón pero indubitablemente, identificó el bolso de la chica sobre la cómoda. Maldijo, blasfemó, y blasfemando en murmullo repetido como un mantra salió de la cama, cogió el bolso y dio vueltas pensando qué debía hacer. No podía exhumar el cuerpo para enterrarlo junto a él, ya no; no podía salir ahora fuera y tirarlo por ahí, y menos arrojarlo desde el ventanuco del baño, porque para asegurarse de que nadie lo encontrara tendría que internarse en el bosque (y eran ya las…seis y diez), hacer un hoyo y enterrarlo, así que o salía desnudo o volvía a sacar el traje sucio y a manchar los zapatos. Nada, imposible. También podía esconderlo en el cuarto, pero no había tantos sitios, y sólo faltaba que en una limpieza a fondo o en una reforma saliese y fuesen atando cabos hasta llegar a él. Lo único que podía hacer era llevárselo y dejarlo o tirarlo por ahí, lo cual hasta podía ser buena idea. Lo dejaría perdido pero visible, escondido pero no inencontrable, en cualquier lugar semioculto de Albacete, y si lo encontraban, la buscarían en aquella ciudad.
Con una toalla sucia limpió, frotó, repasó y hasta lustró aquel bolso para borrar sus huellas, lo cerró bien, lo metió en una de las bolsas de basura de cortesía y finalmente lo introdujo en el fondo de su bolsa de viaje, junto a la ropa sucia, el jodido libro que nunca, pero nunca, nunca leía (El arte de la guerra. Estrategias ancestrales para ejecutivos, una gilipollez de un chino que le había regalado alguien creyendo hacerle un regalo práctico a la par que sofisticado, oh la la) y envases y envoltorios vacíos. Luego tendría que acordarse de tirarlo por ahí. Volvió a tumbarse. Entraba ya luz por la gran ventana del cuarto, cuya persiana había olvidado, como siempre, bajar nada más llegado al motel, pero no quería hacer ruido bajándola. Apagó la tele. Miró un rato la cambiante claridad del alba en la pared del otro lado de la cama, al costado izquierdo: detrás de aquella pared estaba el baño, con la luz encendida. Podía cerrar los ojos, pero no se trataba de eso. Se levantó y bajó la persiana con el menor ruido posible, que no fue poco. En una oscuridad bastante aceptable y cómoda, se dejó caer en la cama y dormitó o durmió profundamente o solo se olvido por un largo momento de sí mismo y de todo porque cuando sonó el despertador fue a ducharse de modo maquinal. Estuvo bajo el agua largo rato. Luego se vistió, llevó todas sus cosas al coche (en la habitación de al lado debían de seguir durmiendo los camioneros pero no se oía nada) y se fue andando a desayunar al otro lado de la carretera. Había algún coche delante de la cafetería. Entró en Flor y fue a sentarse en la barra. Pidió el desayuno y la prensa.
A su lado, un tipo miraba a la puerta como si fuera algo más que una puerta. No lo miró, pero lo veía de espaldas en el espejo y por el rabillo del ojo. El tipo se agitaba un poco, como si estuviera pensando en algo que lo desazonaba ligeramente; miraba de costado revolando los ojos, y le oía respirar entrecortadamente a su lado. Resultó que solo estaba reuniendo valor para hablarle.
- Perdone, ¿es usted de por aquí?
- Sí, más o menos, de un pueblo hacia el oeste, hacia Jaén.
Él no necesitaba orientarse, pero el tipo, observando la puerta, tuvo que señalar con el dedo hacia la derecha. Él asintió con la cabeza.
- Y para aquel lado Albacete-, dijo el otro.
Él volvió a asentir masticando. El sujeto dejó pasar un tiempo que él aprovechó para engullir.
- Es una carretera curiosa esta, con tantas curvas. Y tantos árboles.
- Es por el río. Sigue el cañón del río Jardín. Los meandros.
- Río Jardín-, dijo ponderativo aquel sujeto. Lo repitió unas cuantas veces, dejando unos segundos entre una y otra repetición. Él mientras había acabado y estaba pagando y pidiendo un vaso de agua. Se veía ojeroso en el espejo de detrás de la barra. Recogió las vueltas, dijo adiós (el otro tipo sonrió por toda despedida) y salió para dirigirse a la recepción del hotel. Tuvo que esperar que pasaran un par de vehículos para cruzar la carretera. Iban deprisa. No en vano aquella carretera, aunque pareciera casi un andurrial de comarca, era la nacional trescientos veintidós. Cruzó el asfalto al trote. Era cierto que era rara, toda trazada en curvas, siguiendo sin duda una antigua senda de carretas, sin poder saberse nunca, salvo si eras de la zona (y aun así siempre estabas expuesto a una sorpresa, desagradable o grata), qué te aguardaba tras la siguiente revuelta del camino. Alcanzó la recepción, pidió la cuenta, sí, sí, muy satisfecho, no, no se había enterado de nada, la gente tenía derecho a pasarlo bien, ¿no?, gracias, adiós. No le habían cobrado el agua ni el whisky por el escándalo que habían armado los camioneros. Aquello sería cosa de la mujer, porque un recepcionista no se atreve a no cobrar un servicio, eso seguro. Tal vez fuera la mismísima Flor. ¿La jefa revolcándose con cuatro camioneros? No era probable.
Arrancó el coche, bajó la ventanilla y se aproximó despacio a la calzada. Al otro lado, al pie de la escalinata de la cafetería, como si acabara de descender y disfrutase morosamente del fresco mañanero, estaba el sujeto del desayuno, que levantó el mentón al verle a modo de saludo. Él devolvió el gesto y aprovechó un claro entre coches para incorporarse a la carretera. Enseguida, a la primera curva, perdió el motel de vista retrospectiva. Puso la radio aunque sabía que habría muchas interferencias. Simplemente, condujo.
CAPÍTULO 2º
Aquel segundo día hizo, más o menos, lo que se había propuesto. No quiso esperar a Valencia: una vez instalado en una pensión muy recomendada por sus colegas, llevó el traje a una tintorería lo suficientemente alejada e hizo algunas visitas a clientes. La mañana había sido corta, así que la tarde fue larga de trabajo. Hacía calor en Albacete, y agradeció entrar al centro comercial donde estaba el traje, metido en una bolsa, esperando que lo recogiera. Pasó por delante solo para ver el horario. Como tenía tiempo entró en una tienda y compró tres camisetas, una para cada integrante de la familia. La de su hijo era negra, y figuraba la cara adusta de un bull-dog en serigrafía blanca. En ese color, en la espalda y más pequeño, tenía un ideograma japonés que, le dijeron, significaba perro feroz. La de Elena era color arena pastel y su ilustración era una pin-up que, gloriosas espaldas y caderas, se mira en un espejo. Una especie de Venus del espejo art-decó, muy modernista el marco del cristal, con mucha voluta, mucha geometría imperfecta inversa, y muy larga la camiseta para tapar cartucheras en la playa o en casa. La suya era gris, de pico, de algodón ligero. Se las envolvieron y se fue por el traje. Se lo entregaron y pusieron al lado una bolsita transparente. Lo revisó: impecable. Pagó en efectivo y cuando se iba lo llamó la pelirroja. Era por la bolsita, se le olvidaba, era el contenido de los bolsillos del pantalón y la chaqueta. La miró. Estaba termosellada. Aquella empresa llevaba sus escrúpulos hasta a precintar judicialmente los bienes personales que encontraban en la ropa que revisaban antes de lavar. ¿Y si encontrasen un arma? ¿Y si hallasen un dedo o una oreja cortada?
-¿No quiere comprobarlo?- No, dijo, con gesto exagerado de falsa confianza de antiguo cliente postizo, la agarró de un zarpazo y salió. Llegó a la escalera mecánica con escozor en la frente y en los ojos. Montado en el descendente escalón de la fuga, se volvió y la pelirroja, quizá porque no tenía trabajo en ese momento, lo estaba mirando.
Ya en el coche, aparcado en el sótano, abrió la bolsa: calderilla, un pañuelo (sucio de barro, no había pagado por lavarlo), la navaja de la negra y el cuaderno de tapas azules que había empezado a leer en el cobertizo y se había guardado, quién sabía por qué o para qué. Lo volvió a meter todo como estaba y regresó en coche a la pensión.
Era casi un hotel: un sitio cómodo, diseñado para las necesidades de los de la profesión: con máquinas de refrescos y comida preparada, sala de ofimática, zona de sauna y masaje, y cerca carreteras, restaurantes, gasolineras y bares con putas y sin ellas. Sacó dos latas de cerveza y dos sandwiches y subió a la habitación.
No bien cerró la puerta, abrió una de las latas y casi la apuró. Se quitó el traje (había empezado a sudar inmediata y copiosamente como resultado de la rápida ingesta de líquido) y, desnudo, terminó la cerveza y entró en la ducha. Estuvo largo rato bajo el agua, primero caliente, luego tibia y finalmente fría. Le dolió un poco la cabeza pero aguantó. Se secó y, aún en cueros, salió del cuarto de baño, buscó la bolsita de la tintorería y lo sacó todo vertiéndolo sobre la colcha. Después buscó, al fondo de su bolsa de viaje, la de plástico que contenía el bolso de la chica, la rasgó, abrió el bolso y metió la navaja después de limpiarla. Lo cerró, limpió el cierre que había tocado y lo devolvió a la misma bolsa de basura rota y esta al fondo de la suya. Poseído como del mismo impulso, se puso un pijama. Entonces respiró conscientemente.
Sentado al borde de la cama comió y bebió viendo el informativo regional, solo porque había una remota posibilidad, que no se cumplió, naturalmente, de que hubiesen hallado el cuerpo y lo estuviesen buscando.
Luego cambió de canal. Puso una versión moderna del Tenorio y, recostado en el cabecero de la cama, se puso a ver la función hasta que tuviera valor (aunque no sabía ni siquiera por qué lo iba a necesitar) para volver al cuaderno azul.
La obra se desarrollaba según los cauces más ortodoxos de la tradición hasta llegar a la escena del diván. El director de escena, o director artístico de la película, pues el uso de las técnicas cinematográficas, su particular utilización del espacio y la cámara habían convertido lo teatral en fílmico, había entonces sustituido el jardín, incluso los planos de doña Inés embelesada, por un espejo. La dama era apenas un bulto anulado por el miedo, el pudor, la ignorancia, y quien miraba atónito, embebido a don Juan, era el mismo Tenorio. A Javier, si bien le importaba poco, le pareció un gran acierto, porque don Juan se enamora de sus propias palabras, no de Inés, y como no se la folla, y es de Sevilla, y el crimen como que se ha enfriado, pues vuelve. Vuelve al cabo de los años; pero no por ella, sino a buscar la muerte, o sea que un barroco o un romántico dirán lo que quieran, pero don Juan busca la muerte en el amor, busca el despenamiento o destino para él que solamente puede ser el amor. El amor es la muerte que busca para ‘el-hombre-que-ha-sido’ (el que se fue, el canalla, el calavera); como que el único final justo de todo crápula egótico, su acabamiento como tal, es, o debe ser, el amor, la renuncia a uno mismo. El amor es el suicidio del personaje, o es un suicidio ‘de personaje’ pues abandona su papel, aunque no un suicidio ‘de hombre’ porque sigue vivo; es su premoriencia. Pero como ya es un amor inactual, tiene que venir el pasado a llevárselo: la estatua de don Gonzalo.
Mientras veía a don Juan siendo arrastrado a una sima por las manos de piedra, abrió otra vez el cuaderno de grapas y dos rayas. Buscó el segundo fragmento o capítulo y leyó en aquella encriptada caligrafía infantil, o no tan infantil: La fruta que te raja la cara.
Tuve un sueño, soñé que tenía que ir otra vez a donde está la roca con forma de persona. Era muy extraño porque yo no soñaba, así que se lo dije a Jaime y me dijo que el tampoco soñaba, y que era extraño soñar porque eso lo hacían los que no les faltaba nada, ni un brazo, ni la nariz, ni nada, y a todos nosotros nos faltaba algo. A todos menos a los que habían empezado a venir. Eran otros.
Y le conté el sueño pero no le dije que el señor del sueño me dijo que fuera otra vez a la roca a buscar la fruta que te raja la cara, porque si se lo hubiera dicho no habría venido.
Cogimos las motos especiales y atravesamos los árboles gigantes y nos perdimos. Y dos que paseaban nos dijeron que la roca con forma de persona estaba por allí, pero que se había caído al río y ya para verla había que meterse en el agua.
Pero como no queríamos mojarnos, cruzamos un puente, y desde el puente se veía la roca dentro del agua perfectamente y con el dedo que era una piedra más pequeña con forma de dedo la roca señalaba un camino que iba al monte y seguimos subiendo hasta que nos cansamos y dejamos las motos especiales. Entonces nos pusimos a buscar la fruta al pie de los árboles y encontramos unas cuantas muy rojas y vimos gente y las guardamos y disimulamos porque no queríamos que nos las quitaran.
¿Y ahora qué? dijo Jaime. Ahora nos las comemos, dije. Jaime no quería y yo comí una y no me cortó la cara, y otra y no me cortó la cara y a Jaime le entró hambre y se comió una y no le cortó la cara. Estaban muy ricas. Y entonces dijo: no es la misma fruta, y en ese momento se le cortó la cara, y era que esta fruta tenía efectos secundarios pero más tarde. Y fue muy raro porque nos alegramos, y veíamos la sangre y nos alegrábamos de que fuera la fruta que te raja la cara auténtica.
Casi nos las comimos todas y volvimos al pueblo. Y nuestros padres estaban preocupados, con que no les dijimos lo de la fruta. Pero cenando apareció mi padre con la fruta sujeta en su único brazo, y mi madre, con su único ojo lloró y dijo: Hijo, hijo, cómo nos has hecho esto, y en ese momento se me rajó la cara y mi padre lo vio, y por la ventana oí que a Juan se le rajaba la cara en su casa, porque se oyó su grito de dolor, y seguro que su padre le había encontrado la fruta y se la había quitado como a mí. Y estábamos contentos, y nuestros padres pensaron que eso no podía ser.
Y ya no fuimos más por la fruta que raja la cara Juan y yo. Y Carlos se fue a vivir con sus tías a Madrid y ya no volvió. Yo fui con Antonio alguna vez, y con alguno de los chicos nuevos a los que no les falta ninguna parte del cuerpo.
Íbamos en las motos especiales.
Desde antes de terminar el relato, ya venía notando que se le despertaban recuerdos que no creía que tuviese. Volvió aquella sensación absurda de nostalgia de algo que no ha ocurrido. Dejó el cuaderno, se tumbó y repasó mentalmente los últimos indicios de esos sentimientos fantasmales que parecían de otra persona y semejaban poseerle viniendo desde el mismo exterior del que procedían aquellas frases de curtido homicida (‘si finalmente fuera necesario’, ‘dispuesto a descargar un segundo golpe’) que pensó frente a la mujer antes de saber que ya estaba muerta. Una angustia indeterminada le atenazó entonces el plexo solar y tuvo que cambiar de postura, como si el espacio que ocupaba fuese poco para verse ocupado por dos o hubiese de pelear por obtener su nicho de existencia en el espacio/tiempo con otro yo palúdico y ansioso, otra primera persona pujante que de repente, al ser desalojada, se mantenía un lapso cernida como una amenaza que le exigía algo y le observaba antes de ceder y desaparecer. También cambió de tópico mental. Salió a una zona de sus pensamientos más o menos habituales en la cual se sentía mucho más cómodo. Volvió a respirar bien cuando se puso a jugar, a divagar haciendo marketing mental recreativo. Algo que el otro ‘yo’ no conocía. El otro yo; como un hermano gemelo idéntico al que se deja abandonado a su suerte en un orfanato endemoniado.
Al parecer, los dos colectivos a los que, como grupo diana, habría que dirigirse para vender navajas pequeñas y funcionales eran las putas callejeras y los chicos de once a catorce años. Nada de navajas multiusos para aventureros ocasionales, ni facas de vitrina Recuerdo de Albacete, por cierto. Se trataba de navajas baratas, de cachas de plástico, concha o madera. ¿Cómo sería? Hacía mucho tiempo que no lo hacía. Vamos allá. ¿Qué se ve? ¿Qué se ve…? Un callejón en el crepúsculo se va poblando de lumis. Sale vapor de las alcantarillas y los clientes llegan, negocian por la ventanilla del coche y se las van llevando, salvo a una. Música de blues, ruido de tráfico lejano. Se ha quedado sola. Primer plano: una cara agradable aunque pintarrajeada (secreto revelado: no se pintan de modo tan exagerado por mal gusto, sino con el fin de que tú solo veas esa máscara ordinaria de pinturas de guerra, y ellas puedan ir a la compra al día siguiente y tú, con tu carrito y tu familia, no las reconozcas). Primer plano, pues, de una cara serena camuflada bajo un antifaz policromo y vulgar, con gesto preocupado que se sobrepone al de golfa. Mira el reloj (es tarde), abre el bolso, saca la cartera, la abre y está vacía; salvo por una foto familiar (música tierna: mucho violín y eso): dos niños, princesa y angelito, de como doce años, sonríen con confianza, vulnerabilidad y pena a la cámara barata con que su “madre soltera” o “abandonada”, o “viuda” quizá (según la necesaria versión para la infancia), quiere inmortalizar el momento en una heladería de Benidorm, donde ella se los llevó de vacaciones sin maquillaje de batalla, solo a disfrutar de su parca familia (se la ve un instante, gozosa madre haciéndoles indicaciones con la mano: ¡juntaros un poquito! ¡Así!), aunque tuvo que salir una noche (no se ve en el anuncio, ni se grabó siquiera pero se sabe) a hacer media docena de mamadas porque el niño quería ir a Port Aventura y no le llegaban los ahorros. Cierra la cartera, levanta la vista (musiquilla de esa de tensión) y allí delante hay un híbrido de proxeneta pitillo, Drácula y Luis Candelas. La silueta se abre de piernas taurómaca y macarra. Primer plano de la cara (tenebrismo en escorzo): flaca y pringosa, untada de sudor politoxicómano y vil, barba patibularia y negra. Plano americano: el mismo tipejo hace el gesto internacional (es anuncio exportable) de exigir la pasta frotándose índice y pulgar de la mano derecha, calando un poco el hombro y la cadera para darle más inri dramático a la cosa; para imprimirle ritmo, vamos. Ella se asusta (cosa del todo natural): sus ojos de gacela putón se le ponen zambos y las piernas miran y buscan azoradas alrededor. En esto se oye chistar: de una nube de vapor sale una figura enjuta con pantalón ajustado, puntera de serpiente, tacón cubano y tupé rígido y soberbio. Sólo el contraluz impide ver la cara de este chulo oficial, que esgrime un filo que destella y deslumbra al aspirante, quien optando por la prudencia guiña, recula, se raja y huye. Ella respira de alivio y se apresta, anegada de agradecimiento, a recompensar al héroe y macró como sin duda se merece. Y en esto, un coche que al fin llega alumbra la cara de Heracles Callejero: ¡es su hijo! Abrazo filial. El del coche se impacienta y toca el claxon. Hércules le mira por encima del hombro de ella y levanta el labio para que el becerro motorizado vea brillar el colmillo como antes brillara lanceta de Albacete. La mamá le sonríe, le da un casto beso en la frente y él le pone en la mano la navajita con cacha verde y se la cierra como diciendo: “Mamá, no salgas sin ella; si hasta hoy me ha protegido de niños débiles que no se dejaban coaccionar o no tomaban en serio mis amenazas, desde hoy te garantizará el cobro de tus servicios a cabestros remisos y mantendrá a raya a esos rufianes amateur. Ve, anda; ve con Dios.” Y ella, efectivamente, se va con trote taconero hasta el coche del becerro que espera con la miel en los labios. Para terminar, el eslogan: a un plano del chico regresando a casa entre vapor y gloria se sobreimprime el siguiente mensaje: Protégete y protégelos. Navajas de Albacete.
De pronto, zumba el teléfono: es la alarma que le avisa siempre a las diez para que llame a casa. La conversación doméstica discurre por cauces preestablecidos por la costumbre, hasta se despiden como es habitual; pero en ese momento la novedad ocurre cuando su mujer Elena añade, fuera de libreto: “Y oye, José Javier Jumera de Jumilla, a ver si no bebes tanto y no te quedas dormido con la ropa puesta, que esta noche quiero dormir.” “Descuida, Sor Templanza, y adiós”, dice él. “Hasta mañana”, dice ella, y es como si anunciara: “Abrirás la ventana y un vendaval destructor arrasará tu vida”. En efecto, Javier se levanta de la cama presa de una inquietud desconocida, abre la ventana. Su habitación es alta: se ven tejados, alguna calle con iluminación nocturna y enseguida el oscuro campo manchego. Es una noche oscura pero nota que las luces de la ciudad se enturbian por el este. Algo huracanado, con agudo silbido, se le acerca furioso y concéntrico con progresión de embudo y, de repente le golpea como viento sólido la cara y lo arroja hacia atrás, volando su corpachón por el aire sobrecogido del cuarto silencioso hasta impactar contra el tabique sobre el cabecero de la cama. Cae en el colchón, entre hojas de árbol secas y toda clase de residuos volátiles que portaba el viento. El ventarrón remite, pero para entonces le ha llenado ya los ojos de arena y Javier vierte lágrimas de barro amargo sobre la colcha.
Es en esto cuando de verdad se levanta, se dirige hacia la ventana, la abre y la serena noche le trae las luces de la ciudad, intactas pero cristalizadas por las lágrimas que le deberían caer de los ojos y no caen. Porque no eran lágrimas; no eran nada; no había nada porque seguía estando solo y cuando estas solo no tienes que dar explicaciones. Cuando estás solo no hay juez, y si lo hay, si hay uno con tu cara de gilipollas es una marioneta fingida ¿Por qué entonces esa sensación absurda del vendaval? ¿La había tenido en realidad el otro?, ¿el que venía a ocupar su sitio a veces? Su pasado remoto (no se trataba del episodio de la negra, de la negra misma, sino de un cuerpo más grande y antiguo, más propio incluso y, tal como lo sentía, mucho más capaz de portar arrepentimiento y horror) acababa de mostrar su auténtica naturaleza: la de un cadáver mal enterrado que se alzaba ahora, garras y venganza, hedor y angustia, para tirar de él y arrastrarlo junto a sí a las tinieblas del infierno como a todos los canallas, como a todos los hombres que no se mueren antes de que les alcance la culpa, o el pasado disfrazado de culpa. Algo había en su pasado, algo todavía informe, más horrible que el crimen. Recordó algunos versos de lo que acababa de ver en la tele: “¡Aparta, piedra fingida!/ Suelta, suéltame esa mano,/ que aún queda el último grano/ en el reloj de mi vida”, le decía don Juan a la estatua, la sombra, el espíritu del Comendador mientras lo arrastra en cuerpo y alma al infierno. No podía ni creerse lo que le estaba pasando: que una mujer muerta no fuese apenas ya más que recordatorio, un símbolo, una metáfora de las minuciosas pesadumbres, apenas olidas, invisibles aún en la niebla del tiempo, de su pasado remoto: descarnada la carne, deshuesado el hueso, desaparecido todo antes de pudrirse o momificarse, huida la vida, los afanes y penas, la infancia en África, la pena de los padres, tal vez de un hijo, de unos hijos y hermanos, todos evaporados en la nada, en una figura. Todo eso que había sido real, lo sentía de súbito reducido a símbolo recordatorio de una cosa peor. Quizá ese recuerdo era su auténtico castigo. Quizá la impunidad era solo un sueño. Tal vez la impunidad aparente era una máscara de una penitencia mayor. De hecho, sentía como que todo le pasaba al otro, al otro yo que lo observaba tras el hombro. Tenía que deshacerse del bolso.
Se vistió de nuevo, sacó el bolso de la mujer y lo metió en la bolsa plástica de un comercio. Salió a la calle sin preguntarle al conserje y se puso a caminar por la primera calle. No tardó mucho en llegar a una zona residencial con árboles cuyas copas movía la brisa. Dio unas cuantas vueltas, pero no le gustó o no encontró lo que buscaba. Regresó. Pasó por delante del hotel y siguió en la otra dirección. Pasó por una zona de bares de copas, pero continuó hacia donde vio una noria. Las ferias solían montarse cerca del río. Pasó una feria iluminada: familias, gritos, luces, carpas y olor a fritanga, salió a un descampado con olor a cardo en que estaban aparcados los coches y grupos de adolescentes bebían y fumaban de lo que sacaban del maletero de los coches. Después de la última fila de coches no se veía nada. Pasó una alambrada floja y llena de huecos y a los dos minutos de caminar inútilmente por un herbazal salvaje, sin encontrar nada salvo escombro y matojos altos, decidió y logró regresar a las luces. Se encontró, a punto de pasar la alambrada, a un cuarentón apoyado con el brazo en ella, orinándose los zapatos, volcando la frente en el antebrazo con que se sujetaba en el alambre. Pasó la valla por el hueco de antes; el otro, con mirada cerril de borracho irascible, lo miró curioso. Hablar era inevitable.
- Busco el río-, dijo-, algún puente para pasar el río-. Sin saber por qué, seguía obsesionado con la idea de abandonar el bolso en un lugar apartado pero no inaccesible, difícil pero transitable, como bajo el puente de un río, para sugerir… que no había nada bajo el cobertizo del motel de Flor. Era absurdo, y el borracho lo miró como si estuviera al cabo del alcance de su estupidez. Habló con lentitud mantecosa.
- Aquí no hay río,… ni puente. Los suicidas… se van a Valencia.
Los dos se quedaron mirando donde debía estar el río y no estaba. El otro a ratos se miraba la orina caerle en los zapatos. Él pensaba en un nombre como si recordarlo fuese a hacer aparecer la cuenca y luego el cauce. El que fuera, el Júcar; le sonaba el Júcar, pero… “¿No hay río?”, preguntó de nuevo, tontamente.
- ¿De dónde coño eres?
- De Tuerto, en la carretera de Reolid.
- Eres paisano.- Constató el curda, esforzándose por pensar.- ¿Eso no está del lado de El Jardín?- Él afirmó con la cabeza. “¿Y no sabes que aquí no hay río?”, se extrañó el hombre sinceramente. Luego se miró el pene que tal vez goteaba.
Él puso primero cara de no haberlo comprendido (¿No había río? ¿Y el Júcar?), pero no dijo nada. Y después puso cara (que el otro no pudo ver) de haber fracasado en algo. “Es que del Tuerto,” explicó, “no se mira para acá, para Albacete, se mira pa Jaén, pa Madrid”. El otro movió la cabeza como compadeciéndolo y, de pronto, se le empezó a abrir una sonrisa como una cicatriz.
- ¡Pero miráis con un ojo solo!, ¿eh? -Se mofó al fin, y se echó a reír apretada y agudamente. Gordo, apoplético y mortal añadió, doblado de la risa: “¡A ver si va a ser por el ojo’l culo! Jjjjjjjj ¡Con razón no veis na! Jjjjj, j, j, j, j… ¿Eh? ¡El ojo’l culo! Jjjjj…
Le dieron ganas de matarlo, así que echó a andar y pronto estuvo rodeado de coches y de luz. Regresó hasta el hotel sin detenerse, pero cuando llegó no subió a la habitación, sino que se quedó en el bar. Había grupos alegres y parejas en las butacas, así que se sentó en la barra. Pidió ginebra con tónica. Tenía sed. Tenía la bolsa en la mano (la metió en la cajonera corrida que está bajo la barra, donde las chicas dejan el bolso para que se lo roben). Tenía el cuaderno en el bolsillo ¿Cuándo lo había cogido? No lo recordaba, pero tampoco lo necesitaba porque desde que un vendaval había arrasado su ventana intuía, creía…, sabía cuál podía ser el próximo cuento, lo podía escribir él mismo, allí mismo, con los recuerdos de que disponía, con los recuerdos que habían salido en tropel cuando el vendaval descerrajó la puerta del pasado, con las imágenes y saberes y palpos que se le habían ido recolocando durante la noche, muy a su pesar: El narrador diría (imaginó, como si leyese o recordase; serían recuerdos tan remotos que se creía con derecho a imaginar), diría…
Un día mi amigo Jesús, pero podía ser Jaime o Juan o Javier o José, pero fue Jesús porque no se pueden dar nombres; pues Jesús volvió de Madrid y fuimos a recoger la fruta que te raja la cara. Era raro que nadie fuera a recogerla en el pueblo, pues es muy rica y ayuda a disfrutar de que a todos nos falta un pie, o un riñón o una costilla. Los niños nuevos no están interesados, claro, porque tienen de todo. Eso sería extraño.
Y fuimos por el bosque de árboles gigantes o normales, y desde allí vimos el pueblo de la gente pequeña, que era pequeña porque estaba allá abajo, donde ahora ya no vive casi nadie y están arando y metiendo máquinas para nivelar y haciendo chalés y campos de golf. Y seguimos en compañía del perro, que nos quería comer el bocadillo y lo dejamos atrás pedaleando fuerte. Que vuelva al pueblo, dijo Joaquín, refiriéndose al perro. Vale, dije. Y llegamos al almacén de grano abandonado y allí mismo, por las zonas húmedas de los muros, habían arraigado los pámpanos de la fruta que te raja la cara.
Y cogí la primera fruta, que tenía la forma y el sabor de la boca de Jorge, o sea, la mía, pero no se pueden decir nombres. Y la segunda fruta eran las manos de José, o sea, mis manos, algo que no se puede ni se debe decir. Y la tercera fruta era la polla de Javier, o sea, mi polla, y esto ya es que es imposible de decir, y entonces llegó el coche.
Y nos escondimos.
Y se bajaron dos trols hablando del sol y de la sombra. Se fueron acercando hasta el portón por donde había entrado el coche, desde donde se veía el pueblo pequeñito. Qué bien se está a la sombra, eh, Costiza, o eh, Cosme. Pero el otro trol, ogro o tipejo no contestó, pero sí preguntó si de verdad el cobertizo era de su cuñado, y si estaba seguro de que no iba a volver. Seguro, Cosme, o Seguro, Rodolfo, dijo el pequeño, y añadió: ¿Y la Comisión de Obras no son del pueblo? Claro, dijo el grande. ¿Y van a dejar que les quiten el dinero y la tierra a los vecinos? Entonces el grande lo miró enfadado ¡Y tú qué coño… Vale, hombre, dijo el pequeño, pero si alguno de la Comisión se raja y larga... la que les va a liar. Como os pillen… Y el grande dijo muy enfadado Eres tonto, si les pillan nos pillan a todos, porque todos estamos dentro. De momento tú te quedas sin trabajo y lo mismo vas p’alante, le dijo el grande. O crees que te vas escapar, eh? ¿Qué te pasa?
Tranquilo, que sí que estamos todos dentro, pero esa Comisión puede ser un problema. Yo preferiría no estar solo. En Madrid...
Entonces el otro se enfadó de verdad, se puso hinchado y verde y gritó Me cago en esto y en lo otro. ¿No estaba hablado eso ya? dijo. Me estáis tocando mucho los cojones, y esto no es una broma, dijo. Esto es lo que es. Y si se fastidia, lo pagarás caro ¿Qué? Lo que oyes. ¿Qué clase de…?
Vale, dijo el otro agachando las orejas, pero es que estamos a tiempo. Era solo para sacar más dinero de...
Ya no se puede hacer nada, dijo el grande, eso haberlo pensado antes. Y ahora vigila que no venga nadie.
Y el grande volvió al coche y abrió una de las puertas traseras. Hasta ese momento no nos habíamos dado cuenta de que había alguien dentro. Era una chica. El grande se le arrimó, se bajó la cremallera y le dijo: No me manches el pantalón. Todo, dentro, ¿m’entiendes?
Luego se apoyó en el capó y, cara al sol, se fumó un cigarrillo mientras la chica le hacía lo que yo le hacía a Jaime, o sea, a mí.
Cuando terminó, la chica tosió un poco. El trol grande chistó al pequeño y cuando este se volvió, le tiró de una toba la colilla del cigarrillo y le dijo: Písalo. Luego se subió la cremallera y se inclinó hacia la chica, que había dejado de toser. Le cogió del mentón y le preguntó si estaba bien. Cuando ella cabeceó que sí, él le rajó la cara de una hostia. La chica quiso taparse con la mano, pero le dijo: Quita la mano. Y le dio un par de veces más. Por puro gusto.
Javier, o sea, yo, se puso a llorar sin hacer ruido.
El trol grande sacó un maletín del coche, llamó al pequeño, le puso la mano en el hombro y se fueron hacia un rincón con sacos hablando bajo.
Jorge y yo aprovechamos para escurrirnos fuera y salir corriendo hacia los árboles. Un coche venía.
Al día siguiente volvimos con Pedro y con Anselmo, y descubrimos que la chica no estaba. Y fue muy extraño, porque encontramos a los dos ogros muertos, con sangre por el pelo, y uno de los ogros, el grande, estaba en el suelo, en un charco de sangre. El otro estaba sentado y echado para alante, encima del volante. Salimos de allí y nunca más volvimos. Y Jesús, o sea Joaquín, o sea Javier, o sea, yo, me fui a Madrid y procuré no regresar. Y elegía rutas de trabajo que me alejaran del Tuerto lo más posible, hasta que no pude evitar volver al Jardín. Y ese es el fin hasta hoy si descontamos a la negra y su bolso.
Al terminar de inventar el último cuento, bebió un largo trago. Levantó la vista y allí estaba él, el tipo de la barra del bar de Flor, sentado solo ante una mesa, un poco fuera de lugar entre las otras ocupadas por grupos de amigos y parejas. Bebía lo mismo que él: Gin Tonic, y miraba a la gente y las butacas de cuero negro como si fueran algo más o algo menos que simple gente y simples butacas, o como si fueran fantasmas o estuvieran en otro plano de realidad, o como si el fantasma fuera él. No le había visto. O eso parecía el otro querer que él creyera, porque era difícil no fijarse cuando alguien entraba. Quiso salir de allí cuanto antes y llamó al camarero con un gesto. Al parecer, ese gesto sí que lo vio, porque se levantó de su butaca y se acercó a la barra con el vaso en la mano.
- Hola amigo, ¿cómo está? ¿Se acuerda de mí, del Jardín?
Javier asintió con la cabeza.
- ¿Me permite que le invite a otro?
- Gracias, pero me voy a retirar.
- Déjeme que le invite a este, al menos.
- No, hoy no.
- La próxima, entonces.
El tipo lo afirmó como si estuviese seguro –una seguridad cansina, paternalista, condescendiente- de que, en efecto, iba a haber una próxima vez.
- De acuerdo. Buenas noches.
El otro levantó el vaso y le sonrió premonitorio y melancólico, como si Javier le diese pena por algo, como si prever un hecho ineludible, un acontecimiento humano menor y de algún modo vergonzoso que se intenta negar le produjera compasión por anticipado y nostalgia por la anticipación.
Cuando ya iba a salir, el otro lo llamó. Javier se volvió inmediatamente. No había gritado, pero parecía que le había dicho algo claramente al oído. Le mostró la bolsa en alto y dijo: “Se deja esto”. Tenía esa asquerosa sonrisa de antes.
Mientras se acercaba a recogerlo de manos del otro, se dio cuenta que aquel tipo no sujetaba el paquete al peso, ni por las asas de la bolsa de plástico, sino de las asas del bolso que había en su interior. Era más difícil, pero lo hacía así.
Javier lo recogió de su mano, le dio las gracias y esta vez sí salió. Llegó a la habitación, se desvistió un poco mareado y se quedó de inmediato dormido sobre la sábana, en posición fetal, abrazado a una de las almohadas, que le calentaba el abdomen.
Al día siguiente no lo vio en la cafetería durante el rápido desayuno, ni tuvo que despedirse de él de ningún modo. Abonó la cuenta antes de subir. El coche estaba fresco de permanecer toda la noche en el aparcamiento subterráneo, y todavía se mantuvo así durante bastantes kilómetros. Puso la radio. Había salido muy temprano, y le produjo cierto alivio que, casi con el sol todavía saliendo por las bardas, todos los clubs de carretera de las afueras de Valencia parecieran naves industriales o simples casas abandonadas. Radio Turia le acompañó cordial hasta llegar al mismo centro urbano.
Se registró en el hotel y salió a hacer sus visitas. Comió mejor que en Albacete: aquello lo conocía bien. Logró olvidar su vida durante algunas horas.
Regresó al hotel a una hora razonable. Mandó algunos correos, algún fax. Hizo algunas llamadas desde una saleta del hotel mientras se tomaba un refresco. Un poco antes de las ocho, había terminado. Nadie se había fijado en él. Leyó prensa local y nacional, pero, como suponía, no anunciaban el hallazgo de ningún cadáver. En La tribuna de Albacete, un titular anunciaba: “Ahora los que faltaban: los socialistas a la sopa boba inmobiliaria”, haciendo un juego de palabras entre el plato típico de Albacete y su significado vulgar como expresión popular. Hablaba de cierto desarrollo urbanístico en Hellín. Diez años después, cien, mil, los que fueran, la corruptibilidad del ser humano seguía siendo una vergüenza de primera plana. O quizá era solo política.
Durante todo el día había llevado la bolsa con el bolso dentro en el asiento del acompañante, viéndola cada vez que entraba en el coche. No la miraría con más aprensión si dentro hubiera una cabeza humana. Observándola ahora, pensó si secretamente había deseado o deseaba que algún revientacoches valenciano le rompiese la luna para robárselo y así ahorrarle la molestia de hacerlo desaparecer, de tocarlo de nuevo. Pero no había ocurrido, y no estaba dispuesto a volver con él otra vez al hotel.
Mientras conducía por la ciudad sin un destino prefijado, le venían fragmentos de recuerdos como flashes o fogonazos, y cada uno de ellos, como un rayo en aquel incipiente ocaso, venía acompañado de un trueno moral de variable intensidad y cariz –ira, culpa, arrepentimiento, compasión, pena, cólera- según qué instante de los hechos del motel, o de su infancia, reverberase. No podía seguir con eso en el coche, porque le recordaba lo que quería olvidar, esto es, aquello de lo que quería desvincularse totalmente, aunque bien sabía que en lo íntimo nunca se desprendería de ello. Pero el sentimiento que más le invadía, uno para el cual no encontraba nombre, era el deseo de que aquello no hubiera ocurrido, un deseo diríamos que negativo, que se quería negar a sí mismo por cuanto solo así, no siendo, podría remotamente lograr que lo que había sido no fuera.
Habiendo conducido sin dirección precisa por un rato, se encontró sin haberlo premeditado en los aledaños de lo que llamaban Ciudad de las Artes y de las Ciencias. Entró bajo una arcada donde pudo aparcar. Con la bolsa en la mano caminó entre columnas, y finalmente se dirigió, por un paseo junto a un estanque cuadrado en que se reflejaba el incendio del anochecer, hacia un enorme edificio redondo que parecía un templo a dioses desconocidos o un monumento a la medusa fragata portuguesa, o al ojo. En ese momento salía mucha gente de aquella y de otras construcciones cercanas: un ojo más pequeño, una raspa de pescado gigante, un esqueleto. Aquella más próxima, de la que no dejaba de salir gente sobrecogida, aparecía profusamente iluminada por dentro, como al término de un culto religioso. Rondó las puertas como si acechase la salida de alguien, y en un momento determinado trató de entrar. Había pensado dejar abandonada la bolsa junto a una papelera o en el servicio. No le dejaron ya: faltaban quince minutos para que cerrasen las instalaciones y los guardias de seguridad arreaban a los ocupantes hacia las salidas. Se hizo pues multitud y paseó entre la gente que se alejaba de los edificios.
En un plano estático vertical vio el mapa de los edificios del complejo. Los nombres, en valenciano o catalán, eran mucho más sugerentes que en castellano, sonaban lo sofisticados y a la vez naturaloides que parecían: L’hemisferic, L’oceanográfic, L’umbracle. Así, con un ocaso rojo reflejándose en los canales junto a los edificios, y su luz interior que cada vez era más notable y vistosa, todos los edificios visibles, blancos y nervudos, eran osamentas de animales prehistóricos que hubieran venido a morir a zona pantanosa y fuesen ahora utilizados por aquella raza de humanos para hacer fuegos dentro, tal vez hogueras para sacrificios, pero todos ellos sin víctima ya, salvo una ecuánime sangría económica que no aparentaba serlo por efecto parabólico de lo limpio que estaba todo. Precisamente esa parecía ser la cosa: la espectacularidad física y cultural de los objetos, junto con su condición de inmaculados, atraía a pesar de su condición de aras sacrificiales: la exacción era indolora porque se convencía al pechero de su voluntariedad. Era como si aquel entorno fuese objeto y escenario solo de ritos geométricos, y que esos espacios permaneciesen absortos en su propia simetría porque así, en pleno éxtasis de vértices y aristas, no huele la sangre derramada. Y entre el aire y la piedra cristaliza una perfección pitagórica llena de coches de seguridad privada y previo pago de una entrada que no era nada barata.
Lo miró todo en la distancia variable, indiferente, de la mosca que sobrevuela. Y visto así, sin entrar, para él terminaba resultando solo un parque temático dedicado a la Ciencia Ficción y recortado de las portadas de los discos de YES, aquel grupo de rock sinfónico-utópico de los setenta que a él le gustaba oír, ya extemporáneamente, cuando estaba en Madrid después de que ocurriese todo aquello de su pasado absurdo.
Regresó al coche, con todavía la bolsa en la mano, por una pasarela sobreelevada desde la que el público, antes de marcharse del cementerio de elefantes, se hacía una foto. La gente probaba a hacerse una imagen con la ciudad esta detrás, pero no salía, siempre dejaba de verse algo; y era que el cuerpo humano (no digamos los cuerpos humanos si eran varios) tapaba algo. El sujeto que se suponía que era el protagonista de una instantánea cuyo pie decía: “Yo estuve allí” se interponía siempre en la visión de algún elemento del paisaje, de la composición de volúmenes arquitectónicos, escorzos y reflejos. Luego probaban a obtener la foto sin personas y sí, ya sí, ahora era todo perfecto y simétrico y geométrico, geográfico y geomántico. Siempre había gente en la pasarela porque costaba decidirse: o se rompía la perspectiva con una forma humana o se quedaban sin recuerdo personalizado pero con la foto perfecta. Generalmente hacían una doble exposición: con y sin personaje. En cualquier caso, le parecía que siempre había demasiada gente para dejar el bolso.
Por sobre donde había dejado el coche había un jardín sombrío, el umbráculo o L’umbracle. Se le ocurrió que podría dejar allí la bolsa y se acercó.
Había gente aún, videoclientes que se resistían a marcharse a casa o al hotel o que daban cuenta de los bocadillos que, en previsión de los precios prohibitivos, alguien les había aconsejado traer y ellos devoraban con la doble satisfacción de que la entrada a aquel jardín era gratis también. Los bancos y recodos estaban ocupados por ancianos en zapatillas deportivas y adolescentes ruidosos y sucios que se besaban o tiraban cosas al suelo. Aun así, encontró un rincón vacío junto a unas palmeras amenazadoras y se sentó. Depositó la bolsa tras de sí y miró el reloj: ni entendió la hora. Jubiladas al trote le sonreían desvaídamente al pasar. Dejó pasar unos minutos mirando a la nada y se levantó para marcharse.
Comenzó a alejarse hacia la salida con tranquilidad cuando alguien siseo. Siguió caminando indiferente. Alguien chistó y, sin poder evitarlo, se dio la vuelta. No era a él. Una mujer gorda, no queriendo gritar pero sí advertir a unos compañeros de autocar, trataba de llamarles la atención sobre una flor gigantesca con forma de pene. También él miró hacia donde la mujer señalaba. Tras el sugerente botón de aquella flor, pues no era otra cosa que el cáliz no abierto aún, percibió una cara masculina que se ocultaba. No le dio importante pero siguió mirando aquel enorme capullo encarnado. De modo indirecto, pues miraba el prodigio, volvió a verle aparecer y ocultarse. Era posible que lo mirase a él, pero más probable aún que mirase a cualquier otro, o no mirase a nadie y simplemente estuviera allí, viendo aquello y haciendo unas risas o unos asombros. ¿Qué buscaba si lo miraba a él? Vio su perfil huidizo, sin cara, antes de volverse y caminar hacia el coche. Ya no se volvió más, por mucho que le picase una imaginada mirada por la espalda. Iba pensando si tenía datos suficientes para creer que le sonaba aquella cara.
Llegó al hotel ya de noche.
Dejó el coche abajo y se detuvo un momento en el bar. Pidió una bebida en la barra y se puso a mirar la televisión. Cuando se la trajeron, bebió largamente. Se sintió mejor. Una felicidad diminuta pero muy necesaria se le fue extendiendo en olas excéntricas por las piernas y por los brazos. Le agradó la humedad del vaso en la palma de la mano. Aquel bar no olía tan mal como otros muchos en que había estado. El camarero era discreto y eficaz. La clientela estaba dedicada a sus propios asuntos. Entonces lo vio: un tipo en la sombra al otro extremo de la barra. No lo había visto al entrar; quizá no estuviese allí cuando él entró, o ya estaba y, mirando la tele, se le había pasado por alto. Le sonaba, pero era incapaz de decir si era porque lo acababa de ver mirándolo en el umbráculo o porque era el mismo sujeto de la otra noche. Parecía una duda absurda, pero así era la cosa.
Tanto mirarlo, su mirada se cruzó con la del otro y hubo de mover un poco el mentón a modo de reconocimiento y saludo. Había dado un primer paso, así que no tuvo nada que objetar cuando el tipo de Albacete se acercó con la copa en la mano. En cierto modo, ya eran viejos conocidos. Eso ocurre en la vida de los hoteles cuando ves a un mismo sujeto en un par de ocasiones y, por la razón que sea, has de entablar una conversación.
- Un día largo, ¿eh? - Lo había dicho del modo más neutro imaginable. Nada que objetar.
- Ya lo creo,- contestó, e hizo, como en la otra ocasión, un gesto al camarero para que se acercara. Una cosa era dar una réplica cortés y otra ponerse a intercambiar confidencias con aquel tipo. Tenía demasiados años de experiencia a sus espaldas como para entrar en esa dinámica de copas y amigotes. Además, se iba haciendo la hora de hablar con su mujer.
- Hoy me dejará que le invite.
El camarero aguardaba. Él no había dicho ni que sí ni que no, pero el tipo lo cargó todo a su habitación. Le dejó hacer. Al fin y al cabo, era una promesa, y además pronto sonaría su alarma y tendría la excusa perfecta para desaparecer, así que dejó que ocurriera. El individuo insistió cortésmente para que se terminara la copa y se presentó como Marcos Pellicer, vendedor de maquinaria pesada y de obras públicas. Dijo llevar una semana sin hablar prácticamente con nadie, y que agradecería charlar un poco con alguien del oficio. Resultaba, joder, que ninguno de sus antiguos clientes estaba donde se suponía que debía estar, o era que se escondían de él, porque no entendía nada. Eso pasaba a veces, comentó Javier.
- A mí, y perdona, nunca. Jamás.
Resultó que era la primera vez que hacía aquella ruta después de muchos años. Llevaba veinticinco o veintiséis años sin pasar por allí. “Veintiséis” murmuró alguien dentro de Javier. Era el tiempo que llevaba él exiliado, o huido, o simplemente sin... Entonces oyó, u oyeron, si es que el sujeto de su interior estaba también escuchando, algo que les sobresaltó.
- Digo yo si será por lo de Soto.
Soto, o Soto de Villaverde, que era el nombre completo, era o había sido un pueblecito con una laguna y un poco de sierra entre Villaverde, El Jardín y El Ballestero, cerca de El Tuerto. Era precisamente el pueblo de los enanos en el cuento, el de la gente pequeña porque se veía desde un altozano. Y ya casi no existía. De pronto, esa voz interior, tal vez la voz del otro, le instó a que preguntara qué era lo de Soto.
- ¿Que qué es lo de Soto?-, se repreguntó enfático el que decía llamarse Pellicer. Él se sobresaltó: no recordaba haber hecho la pregunta. No al menos en voz alta.
- ¿Que qué es lo de Soto? La mayor estafa rural de España de antes de la famosa ley Miranda. Les compraron el pueblo con su propio dinero. Pagaron inclusive los gastos que costó montar el chanchullo con que se les arruinó. Como en China: les hicieron hasta pagar la bala de su tiro de gracia. –Levantó las cejas y arrugó la nariz, bebiendo un sorbo, el así llamado Pellicer. Un tipo entrañable. -Compraron voluntades primero con promesas y luego con comisiones, y llegaron después ofreciendo a la gente duros a peseta. Les llevaron la maquinaria que nos compraron a nosotros con algo de su propio dinero, y desaparecieron. Visto y no visto. Todos pringaos, todos callaos. La estampita a lo grande. Cuando se enteraron, los vecinos no se podían mirar a la cara unos a otros; todos habían picado por avaricia. Sólo se dejaron atrás dos muertos que nadie reconoció como suyos. Ni una sola prueba, ni los casquillos de las balas con que los mataron. Por poder, pudieron haber sido ejecutados hasta por el guardia municipal del pueblo desahuciado y no se sabría nunca. Yo era por entonces un aprendiz, y el vendedor con el que iba, después de una reunión en el Ayuntamiento, me obligó a hacer las maletas a toda prisa y salimos zumbando de allí. Yo creo que todavía nos lo tienen en cuenta.
- ¿El qué?
Pellicer no entendió al pronto la pregunta. Luego no quiso seguir disimulando y se echó una sonrisita antes de admitirlo:
- Pues que no les recomprásemos la maquinaria. No podíamos. Ellos querían tapar algún agujero o salvar los muebles, pero les remitimos al mercado habitual de segunda mano y nos lavamos las nuestras. ¡Menuda jugarreta! Me queda el consuelo de que yo no tomé ninguna decisión. –Bebió y chascó la lengua; Pellicer entrañable- ¿A usted los escrúpulos le han impedido hacer alguna vez una buena venta? No sabría decirle cuándo me arrepiento más, si cuando la hago o cuando dejo de hacerla. ¡De veras! Hay veces que un hombre… ha de hacer ciertas cosas, ¿no es verdad? –dijo, y miraba a los ojos de Santisteban como esperando confirmación o apoyo. -¿No es verdad?- Luego se sacudió.- Y además, ¡qué coño!, ¡que espabilen!
En eso sonó la alarma despertador de su móvil. Muy serio, la detuvo, se limpió las manos con una servilleta, agradeció la invitación, se excusó y se despidió del que decía llamarse Pellicer, que lo vio irse con media sonrisa.
Ya en el ascensor, no quiso deliberadamente conceder la menor trascendencia a la última pregunta de Pellicer. En cambio, dio en querer recordar el aspecto de aquel segundo automóvil de su infancia. ¿Era institucional o privado? ¿Podía ser de la policía local? Cuando se conocieron en la barra del restaurante de Flor, Pellicer le había dado la impresión, por sus preguntas, de que era la primera vez que pasaba por allí. Es más, de que parecía haber caído del cielo, pues a pesar de haber llegado de algún sitio en una de las dos direcciones, parecía desconocer dónde se encontraba. Ahora resultaba que ya conocía la carretera. Pensó fugazmente en bajar a pedirle explicaciones (¿acaso quería entablar conversación y no encontró ningún modo mejor?, ¿por qué deseaba hablar con él? ¿Qué había visto? ¿Qué sabía? ¿Qué podía saber o haber visto?) , pensó en ponerle contra la pared y preguntarle de paso algún dato más acerca de aquel crimen, pero sospechaba que tenía todas las respuestas que necesitaba.
Habló con su mujer. Ella notó que estaba cansado, aliviado, triste. Se lo hizo saber. Una vez, hacía ya tiempo, le debió de notar tan agobiado o triste o necesitado que le dio su autorización expresa para hacer “cualquier cosa” que fuera preciso para recuperar un poco de tono vital. “Nunca me tendrás que dar cuenta de lo que yo no sepa”, llegó a decirle. En esta ocasión sí que inquirió por ese algo. Verdaderamente afectada por su timbre de voz, no le preguntó, con ironía o condescendencia como en otras ocasiones, si había bebido, o si había tenido un día malo o algún disgusto, sino ya directamente qué le pasaba. Y él habló. Lo estaba deseando. Se acordó, mientras hablaba, de lo que le había dicho Pellicer sobre estar una semana sin hablar con nadie. Le contó que acababa de conocer a un tipo, y que aquel sujeto acababa de ayudarle a recordar, a darse cuenta de que de niño, o no tan niño, había sido testigo de un crimen y tenía pruebas que ayudarían sin duda a identificar a los culpables, de que era tal vez la única persona en el mundo que podía llevar a los asesinos ante la justicia.
- ¿Y qué vas a hacer?
- No lo sé.
- ¿Cuándo fue eso?
- Cuando era niño, un jovencito. Justo antes de irme del pueblo.
- ¿Te fuiste por eso? ¿Por miedo?
- No, por eso no.
- ¿Por qué fue?
- …Mi padre descubrió que era homosexual.
-… ¿Quién? ¿Tu padre?
-…No, yo. Descubrió que tenía relaciones con mi mejor amigo y me echó de casa, a su modo. Me alejó de él. Me quitó de en medio para siempre. No volví a verle. Ya sabes que no fui a su entierro.
Entonces el teléfono hizo un ruido raro, ronco, y después emitió dos pitidos cortos. Cuando lo miró, la pantalla se veía ocupada por una cuenta atrás: …5, 4, 3, 2, 1, 0… Y de pronto, a quince centímetros de su cara, el móvil estalló. Primero notó cómo las partículas (metales, plástico de la carcasa, cristal del visor) del teléfono se incrustaban profundamente en su cara y sus ojos, justo antes de que la fuerza expansiva y el calor le desprendiesen la piel del rostro, licuaran sus cuencas y le clavaran la mandíbula inferior, rota, en la glotis. Para entonces ya había muerto su cerebro, aunque su corazón siguiese latiendo un par de segundos, desconcertado, eléctrico todavía. Con la cara volatilizada, por los agujeros desalojados y expeditos que dan acceso al cráneo penetró la fuerza explosiva y abrasó y desintegró casi instantáneamente todo el tejido cerebral, que se agolpó, como una masa inerte desprendida, contra el occipucio. Desaparecieron las orejas hacia la pared, y estaba a punto de desarraigarse la cabeza cuando oyó al otro lado: “¡Oye! ¿Estás ahí? ¿Me has oído?... Pero, ¿qué te pasa? Te noto raro”.
- Nada, que estoy en la cama y me estoy durmiendo. No he parado en todo el día y acabo de cenar abajo. ¿Qué tal?
- Bien. Mañana viene mi madre a hacer la comida y a comer con Jorge.
- Que se quede un poco, a ver si el niño estudia o está jugando.
- Eso le he dicho… Javier.
- ¿Qué?
- Javier, perdona, pero te lo tengo que decir.
- Pues dilo.
- Tu pueblo está por allí, ¿verdad?
- Sí.
- Tu padre murió ya. A lo mejor deberías pasar a ver a tu madre; debe de estar muy vieja ya. No sé lo que os pasó, pero es mejor arreglar las cosas cuando hay tiempo…. ¿Qué me dices?
- …Ya veremos.
No se dijeron nada más importante. Puso la tele, encendió el ordenador y trabajó un poco. Hacía lo que le impedía hacer a su hijo. Incluso a veces ponía también música en la habitación y trabajaba así, pensando qué anotar en la agenda, viendo imágenes inconexas y mudas, y oyendo música clásica o ligera o jazz. Ahora rellenaba pedidos y en la otra mitad de la pantalla partida elaboraba un informe de gestión con sugerencias para el director territorial.
Había logrado olvidar completamente las conversaciones con Pellicer y Elena cuando en el fondo oscuro de la pantalla de cristal líquido, por debajo de sus formatos de página, vio el reflejo de un rostro pálido y consumido que estuviera primero como a un metro tras él, sobre su hombro derecho, y luego sobrepuesto a su cara. No hizo caso de la sombra y siguió a lo suyo. No obstante, en otro plano cuyas ocurrencias no interferían para nada su trabajo frente al ordenador, se mantenía un tenso careo del cual le llegaban ecos inconexos…
“¿Qué quieres?... La máscara sonríe: Ya lo sabes. Te comportas como si… No tiene ningún sentido… ¿Quién está hablando? Eres tú... Lo he borrado todo...Te lo agradezco... ¿Por qué te ríes? No me río; es… mi cara siempre;…sus exigencias... No la reconozco. Es que no sueles mirarla. Tu cara, digo. Sí, lo sé. ¿Qué vas a hacer? …necesario… ya sabes… Vuelves a…”
Notó la invasión germinar poco a poco y difundirse desde el epicentro de sí mismo: una ola tenue de amargura y debilidad que quisiera desalojarlo para hacer sitio a otro, uno que esperaba, tranquilo y criminal, ocuparlo pronto. Tal vez la máscara pálida fuera la sugerencia simbólica imaginaria del otro, su heraldo icónico, la tarjeta de presentación de un verdugo, el hermano gemelo maligno de los cuentos. ¿Cuál de los dos fue el abandonado? Esperó a pie quedo, tranquilo, fuerte, pensado en aceites pesados y sulfato ferroso. La oleada pasó, calentándole de paso la cara, y la entidad que la traía se le quedó mirando con envidia y rencor, y mucho menos tranquila por haber perdido aquella oportunidad inmejorable de alojarse en él y expulsarlo. Se levantó.
Después de orinar, pulsó la palanca de la cisterna. Y observaba cómo aparecía el ruidoso torbellino del agua cuando surgió una pregunta aparentemente por sí sola: ¿dónde se encontraba el sentido perdido? Esa falta de sentido de las cosas le roía el corazón. Su vida corría el peligro de convertirse en la cubierta de un barco fantasma, y él en su mascarón. ¡El sentido…! Pues con absoluta lucidez sabía que para despejar aquella presencia, aquel hiato entre dimensiones, debía resolver esa incógnita, y solo esa. Pero no desconocía tampoco, tan seguro estaba de ello como de lo anterior, que si atendía aquella llamada del pasado o simplemente del significado, todo volvería a suceder, y eso… eso no era una solución aceptable. Preguntar por el sentido era preguntar por el pasado; por tanto, no había arreglo viable, ni pregunta ni respuesta, salvo, acaso, cuestionarse si al pasar por El Jardín, y aún antes, al aceptar aquella zona como territorio laboral, al transigir o elegir volver a aquella comarca sabía de algún modo que se produciría esa especie de bucle: si te mueves, no estás, no eres; si estás y te reconoces, no hay movimiento y te atrapa el reflejo… Aunque…, quizás…, hubiera un modo ¿Era el sentido perdido denunciar aquel crimen antiguo?, ¿resolverlo?, ¿saber? ¿Lo era decir, informar, revelar la verdad, lo secreto?... Y por otro lado: ¿Qué era la verdad? Por dura que fuese, ¿cuál era la verdad última de lo real para él? ¿Residía la verdad en el sentido y su búsqueda o, aliada aquella con la energía vital, en el viaje, ¡siempre en el viaje!, ¡no mirar atrás!? ¿Cuál era su verdad? ¿Existía tal cosa? ¿Lo era caminar adelante, seguir y mantener a raya al portador de recuerdos y olvidos, al otro; o rebelarse y revelarlo todo, incluso a uno mismo? ¿Debía al fin resolver la partida planteada en el pasado y aceptar la destrucción del espejo y la cárcel, o seguir camino y aceptar una nueva costra en su dura piel de hombre culpable o pecador? ¿Qué tenía más sentido? Por otra parte: ¿Qué es el sentido?, ¿qué allanaría abrir un acaso espurio nuevo acceso al sentido? ¿Qué garantiza el tener sentido? ¿Se parece a tener razón? “Solo creemos”, reflexionó confusamente, “que el estadio de contener o transmitir un sentido, según nuestra tuerta lucidez, es mejor que su ausencia. Y lo queremos creer porque somos nosotros quienes dotamos de ese sentido, que es totalmente ajeno a ellas, a las cosas en sí. Cuando alcanzamos el sentido, imaginamos una iluminación, un significado para el Universo, y sólo hemos introducido un orden diminuto en nuestro caos. Cuando cometemos una y otra vez el mismo error, dice un corolario de la “Ley de tener Sentido”, es que tal vez no lo sea. ¡Menuda solución!”… “¿Y si todo esto no fueran sino patrañas inventadas?” “¿Quién está ahí? Cállate, hazme el favor… Además, ya he tomado mi decisión”. El agua del retrete estaba de nuevo en calma y la cisterna, llena de nuevo, había dejado de sonar como una fuente oculta. Una vez restituido el olvido, regresó a la pequeña silla y a la mesa.
Se aclaró la garganta con un buche de agua, sacó el cuaderno y buscó el siguiente texto. Se titulaba El tesoro de los trols. La letra era distinta. Ya no era tan de niño.
Érase que se era cuatro mugís que iban por el bosque. Eran muy diferentes entre ellos, pero siempre iban juntos porque habían nacido debajo de la misma alcachofa. Uno de ellos era muy alto y delgado, otro muy grueso, casi redondo, otro diminuto como un comino, y el cuarto era casi transparente, como de cristal o de agua. Habían salido a buscar novedades y jugar y fueron elegidos por el destino para dar con la entrada de una cueva de trols. Casi no podían entrar del mal olor que había allí dentro. Entre la neblina de la cueva, se separaron unos de otros y siguieron caminos diferentes. Cada uno cogió por un túnel, pero todos encontraron parte del tesoro que los trols habían robado a lo largo del tiempo.
El delgado, que casi daba con el techo de la caverna, halló un monedero lleno de oro que, por muchas monedas que sacases, no se acababa nunca; pero tenía una condición: no podía hablar de su existencia con nadie ni compartir el oro ni lo con él comprado. Lamentó profundamente aquella condición, pero ya estaba pensando cómo ocultarlo a la vista de los demás. El gordo, por su parte, dio con un espejo en el que se veía reflejada la verdad de lo que le ocurría y se le ocurría en cada instante a cada uno de los otros tres amigos; pero tampoco podía compartir su hallazgo con nadie. Se alegró y temió por todos, envidió y compadeció, y se llevó el espejo por si le era útil para ayudar indirectamente a los demás. El pequeñito también encontró su objeto del tesoro: era una lente, y si mirabas a través de ella, veías el futuro de los cuatro. Cuando vio lo que sería el futuro, se echó a llorar de compasión por todos ellos y de pena. Pensó en prevenirles de los males por venir, mas en ese mismo momento la imagen de la lente cambió y vio cómo recaía sobre sus cabezas un mal infinitamente peor que el primero como resultado de la maldición según la cual no podía prevenir a ninguno de nada ni revelar a nadie su futuro ni la virtud de la lente ni su existencia. Cuando lo comprendió y decidió no hablar, la imagen cambió de nuevo y dejó de ser horrible para ser solo un poco triste, humanamente triste. Se dijo entonces que si una decisión así podía cambiar el porvenir de los cuatro, sería posible mejorar sus destinos sin desvelar su secreto, y se quedó con la lente. El mugí casi transparente descubrió, a la vez que los otros pero en otra punta de la cueva, un cuarto objeto de los escondidos allí por los fétidos trols: un libro en que se explicaban los porqués de las vidas de los cuatro, por qué les habían ocurrido ciertas cosas y por qué les ocurrirían otras. Era también una información intransferible y secreta. El mugí translúcido se sentó en una piedra, lleno de asombro, y leyó durante horas y horas. Al principio quería salir y hablar a gritos, pero a medida que pasaba el tiempo, tenía menos ganas de despegar los labios.
Pasó mucho tiempo. Finalmente, la neblina de la cueva se fue disipando y fueron capaces, cada uno por su lado, de regresar a la boca de la cueva. Allí se abrazaron largamente, llorando de la alegría de encontrarse y también, cada uno, por lo que había descubierto y tenía o sabía. Estaban mudos, abrazados, sin saber cómo seguir viviendo, cuando apareció un mensajero de Palacio y les dijo que traía una estupenda noticia. Uno de ellos había sido designado como heredero de la corona del reino de los mugís. El actual rey les convocaba en la sala del trono para comunicarles cual de ellos era el elegido, y les pedía que se presentasen al día siguiente a primera hora de la mañana. Se felicitaron y gritaron, pero lo justo solo para disimular frente a los otros, pues en realidad estaban compungidos. El fingimiento era tan evidente, que el mensajero se extrañó de que los amigos mostrasen una alegría tan tibia al oír la feliz noticia, teniendo en cuenta que la elección de uno de ellos, amigos inseparables y generosos, haría la fortuna de los cuatro. Contestaron que así lo harían y despidieron al mensajero, que hizo propósito, nada más llegar a Palacio, de contarle al rey la poca efusividad con que habían recibido los cuatro amigos la noticia. Por su parte, ellos quedaron en encontrarse en un lugar al amanecer para ir juntos al recinto real y se retiraron a sus madrigueras a descansar. O eso dijeron, ya que, en realidad, cada uno se dedicó a reflexionar y usar su hallazgo como mejor supo.
A la cita por la mañana solo acudieron dos de ellos. El tercero decidió desaparecer del reino y a aquella hora ya estaba a millas de distancia. Dejó su objeto del tesoro donde lo encontró. El último decidió desaparecer de la faz de la tierra, y se arrojó a una sima sin fondo abierta en las montañas, llevándose consigo su pieza del tesoro de los trols.
Los dos que quedaban no fueron a la audiencia real y el rey, enfurecido por el desplante, mandó prenderlos. Cuando los llevaron a su presencia y le refirieron, abrumados de dolor, su historia (la parte que podían contar), el rey entendió, como pudo, aquel triste suceso y se compadeció de los amigos. Y aun en tales circunstancias, decidió seguir adelante con su propósito y nombrar sucesor a uno de los dos que permanecían a su lado en el reino.
¿Quién es el nuevo rey? ¿Quién se fue para no permanecer allí y dejó en su sitio su hallazgo como si nadie lo hubiese encontrado jamás? ¿Quién se suicidó para no seguir en el mundo y se llevó su tesoro para que no cayera en manos de cualquiera? ¿Quién es el traidor?
El día siguiente se levantó temprano y despachó en unas horas el trabajo de dos o tres jornadas para poder regresar, vencidos sus temores, al hostal de Flor antes de que fuera muy tarde. En todo fue extraordinariamente diligente. Daba bocados a un bocadillo entre una visita y la siguiente. Agilizó el trámite hotelero con el fin de no permanecer mucho tiempo en las zonas comunes del establecimiento, por no encontrarse con el llamado Pellicer. Aún podía haberle proporcionado algo más de información, pero le parecía siniestro. Se alegró de perderlo de vista. Esta ya habría sido suficiente razón para pagar con gusto, en un mismo día, dos plazas hoteleras.
Ya con la tarde vencida, recorría de nuevo la carretera de El Jardín. Era la peor hora para conducir, con un sol bajo de frente e intermitencias de sombra opaca. Así recordaba que tenían el sol aquellos que, en todo tiempo, iban a perder las batallas, ya fuera por artimañas de sus enemigos, ya por inquina de Apolo o Marte o por una mala jugada del azar. Pero no sufría aprensión o congoja insuperables, no veía malos augurios, anuncios estos y aquellas de la pronta derrota, según describían esos mismos autores clásicos; ni siquiera por volver al lugar del crimen. No había corneja ni diestra ni siniestra, que es la misma corneja, como bien sabe todo el mundo. Su ligereza, sin embargo, no debía por menos de reconocer él mismo, podía ser la más cierta y temible premonición de desastre, pero las amenazas del acaso o del destino justiciero aparecían ante sí desvitalizadas, faltas de la capilaridad del peligro, si se las comparaba con la necesidad que El Otro, la Sombra, le había traído de resolver un pasado olvidado con más denuedo si cabe del que había puesto en enterrar el cuerpo de una mujer asesinada. Y parte de esa resolución pasaba por afrontar un encuentro con su madre, tantos años después.
El recepcionista se acordaba de él y le ofreció la misma habitación. La aceptó y preguntó si la última estaba ocupada. No, ni la antepenúltima tampoco. El empleado se sonrió y él se permitió un breve comentario alusivo en el sentido de que esperaba que aquella noche no hubiese mucho tráfico de camiones, pues estaba cansado y deseaba dormir. El otro dijo que haría lo que estuviera en su mano para que pudiese hacerlo.
Ocupó el cuarto, se duchó y estuvo pasando pedidos y viendo el informativo de la televisión local hasta que le entró un poco de hambre. Se vistió y salió.
Esta vez cenó crema de calabacín y algo de merluza con setas, acompañado de cerveza sin alcohol. No se interesó por los ruidos procedentes del bar del otro lado de la puerta labrada, pero eligió una mesa frente al ventanal desde la cual se dominaba, en el ámbito de la luz de los focos, todo el edificio del motel, ambos aparcamientos, la carretera y a los lados los primeros árboles del bosque circundante. Había cuatro coches en el aparcamiento de la otra margen, cerca de la recepción. Él también había dejado el coche cerca de la recepción, no sabía por qué. No vio ninguna sombra sospechosa rondando las habitaciones ni oculta tras los troncos. El cobertizo no era visible. Antes de salir del restaurante, compró una botella de agua. Le sonó el aviso cuando cruzaba la carretera ahora solitaria. Cuando estuvo de regreso en la habitación, se sentó en la cama y llamó. No le costó mantener la conversación habitual. Trató de que su tono de voz le mostrase relajado.
- ¿Dónde vas mañana?
- Quedo en Valencia. Tengo todavía que hacer.
- ¿Y de lo de tu madre?
- Ya veremos.
Se entretuvo con la televisión e intentó dormir un par de horas, pero estaba demasiado nervioso, pendiente de los ruidos de su alrededor y de jirones de evocaciones que, auténticas o apócrifas, provenientes de su pasado o del de aquel ente desconocido que se empeñaba en ocuparlo le asaltaban en forma de visiones, sentimientos, miedos infantiles, gozos inefables y breves.
Cuando le pareció que la noche se había aquietado, se movió. Con la luz apagada, vigiló durante largos minutos el pasillo, el aparcamiento, las puertas, esquinas y ventanas de todo el complejo. Una vez convencido, salió y ganó rápidamente las escaleras y la invisibilidad de la tiniebla circundante. La respiración del boscaje no se hizo esperar en sus oídos. El cobertizo tampoco presentaba cambios de cerca. Descorrió el cerrojo y abrió la puerta: ningún olor extraño salvo el aliento de vacío, de descomposición minerovegetal y de pozo que ya conocía. Cerró tras de sí y encendió la luz. Todo seguía igual. Nadie podría ver nada sospechoso. Nada hacía pensar ni remotamente que allí hubiera un cuerpo enterrado, que alguien hubiera metido allí la pala, o que se hubiera removido un solo grano de la tierra o un peñasco del tamaño de un cerdo. Contorneó el lugar del enterramiento y se dirigió al fondo, tras el nudo de tubos, que seguía difundiendo aquella vibración mínima y especial. Se acuclilló donde había estado sentado, apartó la llana y la perdiz, y sacó los cuadernos y la caja de galletas metálica. La abrió. Allí estaban: la cinta de casete, la navaja, la agenda, los papeles doblados y el casquillo de bala. Metió los cuadernos dentro y revisó por si se dejaba algo. No. Al dirigirse a la puerta fue borrando sus huellas. El regreso a la habitación transcurrió sin incidentes.
Dejó la lata sobre la cómoda y fue al baño a quitarse y limpiar someramente los zapatos. Regresó, desencajó la tapa y sacó los cuadernos. Ya sabía que eran del tipo que utilizaban entonces en el colegio: cuadritos o dos rayas, dos grapas, cubiertas azules sin inscripción de marca alguna, pues los fabricaba la misma orden religiosa que, en sus colegios, obligaba a comprarlos a los alumnos; y, en este caso, ningún nombre, sólo la misma letra cambiante, dibujos de héroes musculosos, ángeles, torres, lobos. Los dejó aparte y tomó la cinta de casete: caja negra, sin adhesivos, inútil sin un reproductor que ya no incluían las instalaciones de los automóviles. El casquillo de bala percutido de nuevo le llenó de fantasmas informes el recuerdo. Era un tesoro típico de niño, como lo era la navaja; tal vez su memoria de aquellos dos objetos fuese apenas una reminiscencia cultural y no algo relacionado con él mismo; y sin embargo... La agenda estaba llena de números de teléfono. Algunos de los apellidos asociados a ellos habían sido y aún eran hoy relativamente famosos en el mundo de la política, y de las finanzas. Hasta él lo sabía, totalmente lego en esos asuntos. Había una relación de fechas y citas, largos números de cuenta, cifras asociadas a nombres e iniciales. Estaba seguro de que si cruzaba aquellos datos e iniciaba una búsqueda seria en internet, obtendría información interesante. Los papeles doblados eran circulares informativas de una empresa inmobiliaria con oficinas en Madrid y Lisboa y varios ejemplares idénticos de un contrato de compraventa de terrenos a falta solo de rellenar con los datos concretos. También había un plano cartográfico de la comarca totalmente pintarrajeado y lleno de fechas y de cifras. Regresó a los cuadernos: Había mucha elucubración angélico criminal, fantástica, pseudonarrativa, con personajes del imaginario infantil viviendo tras las nubes, sobre ellas, parejitas de héroes adolescentes cuya amistad supera objetos mal iluminados durante huracanes en La Mancha, listas de objetos, de nombres, alusiones a días concretos y a sujetos ficticios que realizan acciones absurdas. Y un texto sin título que comenzaba:
Ayer nos subimos al palomar. Más alto que nunca. Fuimos subiendo agarrándonos a los huecos, llenos por dentro de tufo de mierda de paloma, con los bichos revoloteando y dándonos aletazos en las orejas. Arriba nos agarramos y vimos la máquina alisadora retirando ovejas como el quitanieve quita la nieve de la carretera. Y después trajeron la vía y la pusieron y vino un tren largo con vagones de madera, como de circo. Uno de nosotros se cayó palomar abajo y yo dije sujetaros metiendo los brazos hasta los hombros, y los otros dijeron vale y lo hicieron y el tren se quedaba allí esperando y se fue llenando de gente pálida que se iba, incluido el que se cayó palomar abajo, que le llevaban en camilla y miraba para nosotros sin decir nada para que no nos pillaran, pero yo sabía que estaba enfadado porque no le habíamos dicho que metiera los brazos como nosotros para no caerse. Lo subieron al tren para llevarlo al hospital, pero el tren no salía y nos fuimos a verlo. Era muy grande y se estaba oxidando. Ya no había gente dentro del tren, se habían marchado, solo quedaban algunos dormidos o muertos. Al pie de unos hombres de negro llenos de sangre recogimos cuatro casquillos de bala y nos los repartimos con la promesa de no contarle aquello a nadie. Los demás se asustaron y se fueron a casa, y yo hice como que me iba y volví a ver si veía a mi amigo. Ya era un tren abandonado y lo recorrí recogiendo cosas que se habían olvidado: un pañuelo de vieja, un calcetín, un paquete de tabaco, un mechero, una navaja, un boli de oro, una agenda, un reloj de oro, dos sobres con dinero. En un rincón lleno de sacos había un maletín. Lo cogí y metí en él todo lo que había encontrado. No vi a mi amigo, y pensé que gastaría el dinero para ir a verle al hospital, pero luego no fui. Fin.
Fin, decía; pero aquel no podía ser el fin. Ya no. Recordaba aquel palomar.
Apagó la luz y se durmió enseguida. Por la mañana temprano cogió el coche y se dirigió hacia el este. Al cabo de un rato, vio a lo lejos el primer cartel de El Tuerto, la entrada más antigua, por la alameda. Era también la más directa para él, y la más discreta. y la tomó. El camino, una vieja carretera muy estrecha, descendía entre sauces, alisos y nogales en suave pendiente, dibujando lentas curvas entre huertos y terrenitos baldíos. Era la vera del río. Luego de cruzarlo, invisible entre cañaverales, por el puente romano, comenzaba a subir la carretera y la tierra se iba secando. Tras un recodo se salía abruptamente a la empinada cuesta de la alameda y a cincuenta metros las últimas casas, las primeras, las más viejas, levantadas con piedra de monte, como allí se decía. Dejó el coche ahí mismo, en la cuesta, y al abrir la portezuela recibió el impacto del olor a humo y a campanas. Conforme subía aquella Calle del Jabalí, le volvió bruscamente la memoria de los tazones de leche olorosa, del envigado de madera húmeda, siempre con la amenaza oculta de los mohos, de los odiados gatos en un rincón de la escalera, de la goma de borrar, de su madre. Caminaba con disimulo criminoso, mirando los balcones y las gárgolas de las esquinas de las pocas casas con blasón de aquel villorrio agazapado y orgulloso, fingiendo un interés turístico, un desconocimiento valorativo que estaba muy lejos de sentir. De pronto vio su imagen reflejada en el cristal del escaparate de lo que entonces era, y hoy seguía siendo, la mercería de la Señá’Ncarnita, que tendría mil o dos mil años, y comprendió que sus precauciones, su aprensión, eran totalmente absurdas: nadie reconocería en aquel hombre con el rostro cansado y ropa de oficial de notario al niño que se fue para no volver más. Alzó la vista: sobre la torre abandonada del edificio de contratación de aparceros se alzaba, insólita, una antena de telefonía móvil. Mirando aquello alcanzó lo alto de la calle, y del otro lado, en la hondonada, se reveló el verdadero perfil del pueblo, aunque quizá no su carácter. Según descendía el cerro, las casas iban adoptando la piedra labrada, el ladrillo, el yeso, el hormigón. Al fondo, allá abajo, donde cuando él se marchó no había más que prados y el campo de fútbol, se levantaban edificios de pisos. Vio en la distancia luces de semáforos y un luminoso comercial. En mitad del llano, grúas y cuadrículas anunciaban nuevas construcciones. Una vieja de luto pasó a su lado y le masculló los buenos días nos dé Dios. Respondió y la vio marcharse lentamente. Decidió continuar y se hundió en una calle lateral muy estrecha que le devolvía el eco de sus pisadas en los cantos viarios. Aquella calle, la Calle del Conde, le condujo en suave descenso hasta la explanada de la iglesia, de adoquines concéntricos. La ermita seguía siendo el edificio de sobriedad románica, de piedra y teja, y frío, donde lo bautizaron. Trató de contornearla por el Callejón del Fraile, pero estaba cerrado con una valla de obra y hubo de ir por el flanco sur. Ya venía oyéndolos desde hacía unos minutos, pero ahora los vio. Tres adolescentes probaban sus motos de campo en las escalinatas de la parte baja. Subían y bajaban una y otra vez los escalones. Atronaban sin ningún recato, pero nadie les reconvenía ni apareció por allí mientras él pasaba a escasos centímetros de los manillares. El viejo orden había claudicado totalmente, al menos en la calle. Dio la vuelta a la iglesia y embocó la Cuesta de Recoletas, su calle, la calle de su infancia, la calle donde estaba la casa en que aún residía su madre. “La casa de Madre”, se oyó pensar, con respeto, a su pesar. Era aquella, vertical, gris, encajonada entre otras casas iguales, verticales y profundas; un portón y dos ventanas, una encima de la otra. No se veía un alma, pero sabía que lo veían, que lo observaban. Caminó todo lo decidido que pudo y trató de abrir la puerta, pero no cedió. Cuando él era niño, aquellas puertas permanecían siempre abiertas, excepto por la noche. No había timbre, sólo una aldaba. Le dio pena del silencio y sacó el teléfono. Llamó y oyó el timbre antiguo. Como suponía, su madre conservaba el mismo número de teléfono. El número de teléfono, como el número de la calle, como sus ocupantes, eran entonces algo adscrito a la casa, a aquella casa en particular, como parte de los elementos edilicios. Sonó y sonó al otro lado. No había peligro de que saltase el buzón de voz o el contestador automático. Antes se cansaría su aparato que aquel pesado terminal cuyo timbre reconocía a través de la puerta y de los años. Retumbaba a lo largo de las estancias, aisladas y oscuras, frescas, laberínticas como el estómago de una vaca petrificada. Casi reconoció las lentas pisadas de su madre viniendo desde el fondo de la casa. Pasando ante la puerta. Dirigiéndose al despacho de padre.
- Dígame.
Al oírla, un dolor antiguo, teñido de la tristeza infantil que no se cura, del rencor amargo tan difícil de desarraigar, le ata la voz, le presiona el pecho, le calla.
- ¡Dígame!
- ¿Doña Justa Valverde?
- La misma, dígame.
- Soy inspector de Hacienda. La llamo para hacer una comprobación patrimonial de rutina. No es nada importante; si me atiende lo resolvemos enseguida.
- Diga, diga.
- ¿Tiene usted papel y lápiz para apuntar?
- Espere.
(La oye con ternura hurgar en la gaveta murmurando su asombro.)
- Ya.
- Necesitamos la declara… Espere: ¿está usted cómoda? Voy a dictarle una lista de documentos y es mejor que se siente.
- Ya estoy sentada, dígame, pero yo no sé… En fin.
- (…)
- Diga.
- ¿Está sentada?
- ¡Sí, si! Dígame.
- Madre…, soy Javier.
(Se hace un silencio. Y de ese silencio, de cómo se resuelva, depende el resto.)
- Hijo.
(El tono de la voz lo es todo.)
- Hijo.
- ¿Cómo está, madre?
- Hijo... – se sorbe los mocos; ya está llorando. La deja llorar.- Mi niño, Javier, ¡qué ganas de abrazarte!... Tienes, familia, ¿eh?... La tía me cuenta… me contaba, la pobre… Mi niño… Mi niño… Mi niño…, ¿cuándo… vas a venir?... o voy a Madrid… tu padre se fue ya… ¡Ay, mi niño! Tú no sabes…
- Madre, venga a abrir.
- ¿Qué?
- Venga a abrir la puerta.
- ¡Ay! –suelta el teléfono y al momento se oye apresurarse a sus zapatillas. Descorre los cerrojos. Se abre la puerta con chirrido y de la penumbra brota abajo un rostro lechoso que guiña o es la edad. La mirada de la mujer manifiesta extrañeza una décima de segundo pero enseguida, como la vista le traiciona, renuncia a los ojos y solo atiende a un sentido más profundo; escucha, huele, abraza. Abraza: “Hijo”, y se disculpa: “Perdóname…, hijo…, ya sabes cómo era tu padre”. “Sí, madre”. “Perdona”, repite, y se queda allí, a mitad del umbral, blanca en bata gris brotando de la penumbra, hechura de la sombra doméstica. La sombra: un cuerpo gelatinoso que se extiende desde su espalda y la mantiene atada en el espacio y en el tiempo. Le agarra y se siente succionado por un recodo de la niñez o del tiempo. De la mano le lleva por corredores que se muestran infinitamente más caducos, más baladíes, más estrechos que en las formas del recuerdo infantil que conforman las mismas paredes del olvido. Le entra en un diminuto cuarto de frescuras o humo de brasero, le sienta en las mismas sillas de madera, se acurruca junto a la ventana de tronera y mira la labor. La toca con dedos de gallina que escarba y dice que la tía Pruden, Dios la tenga en su gloria, le contaba a veces por teléfono cómo le iba, si comía bien, si estudiaba, si… (se traba la mujer en la congoja que se anuda al tabú),… si seguía con aquello o se echaba novia… se alegró mucho, muchísimo, cuando le contó que se echó novia. Fue la única vez que se atrevió, después de aquello, a hablar de él a su padre, pero que ya sabía de lo que estaba hecho aquel hombre, que dijo que había visto y oído lo que había visto y oído, y que para él ya no existías, figúrate, hijo, qué ogro, qué animal, qué bestia, ojalá que ahora lo esté purgando. Calla un largo instante de profundo resquemor y de odio. “Tengo fotos”, dice entonces, y de la mesita donde reposa el mantelete a medio hacer, levantando el tapete de ganchillo, saca del cajón un sobre sobado y lo pone sobre la mesa. Mientras él las ve (su primo Pablo y él, con el pelo largo y chaqueta vaquera con solapas, delante de un póster de los Rolling que tenían puesto en la habitación a mediados de los ochenta; otra con sus primos y primas en la comunión del menor; una borrosa de cuando fueron a Cáceres de acampada; dos del día de su boda con Elena…), mientras las va viendo con despego, ella le cuenta cómo las recibía de tapadillo de manos de la hermana de su marido, con cuanta ansiedad esperaba y recibía noticias suyas. Luego se hace el silencio.
Que su padre le impidiese hablar con o de su hijo o verle no lo explica todo. Por supuesto que no. Y ambos lo saben. Existía el teléfono, existía la intercesión de la tía Prudencia para haber podido transmitirle unas palabras, existe el asombro de un casi niño que se queda sin madre, sin hermanicos, que cambia de mundo y que se agazapa y se esconde, existe aquello de lo que no se habla, existe el tiempo. Existe la voluntad de olvido.
- ¿Has desayunado?
- Tengo un hijo; pero no llevo fotos.
- Ah, bueno.
- Me gustaría ver mi habitación.
- Sube. Yo ya no tengo piernas. Tus cosas están en el baúl. Estoy haciendo un estofado para comer.
La escalera estrecha, pina, con el mismo olor de madera enterrada, la puerta frágil, de pomo fino. A la izquierda, el armazón de la cama con el colchón bulboso doblado y atado, a la derecha el armario oscuro con dos espejos biselados, y de frente, en el suelo, bajo la ventana, un baúl de madera que no conoce. Lo abre: naftalina y tela. Quita el paño que cubre lo demás: pilas de ropa de niño plegada en posición fetal, de zapatos paralizados en rictus de desuso, de libros de texto inactuales y cuadernos de aquellos del obligatorio azul de la orden religiosa. Al fondo, unos cuantos juguetes, y entre ellos un cofre de madera: canicas, piedras de colores, un escarabajo seco deshecho y una tira de cuero de la que cuelga un casquillo de bala. Casi había estado decidido a no encontrarlo, a estar equivocado y no saber más. Aclarar cosas era complicarlas a veces. Pero no, no era un recuerdo apócrifo. Él vio los cuerpos y huyó con los demás. Tampoco quería encontrar el viejo magnetófono de mesa regalo de su madre para el curso de inglés que aquella maestra tan persuasiva se empeñó en que hiciera, pero allí estaba. Seguro que su padre responsabilizó en parte a esa profesora, siquiera inconscientemente, de su desvío, pues ¿qué niño escuchaba cintas de hombres hablando? ¿Qué decían aquellas cintas? Ya era imposible saberlo. No había ninguna en el baúl. Él sí tenía una. No quería seguir buscando y alzando recuerdos como codornices agazapadas. Se guardó la gargantilla elaborada de cuero y de casquillo y, con aquel otro aparato colgando, pedigüeño, inútil y servil, de un asa diminuta, descendió otra vez, en medio de un intenso olor a estofado, al cuarto de labor. Se oía a lo lejos el siseo de una hoya a presión.
- Me voy, madre. Luego vengo por esto, -dijo, y dejó el reproductor de casetes (decepcionado, plano y humilde) acostado sobre una mesa baja a la misma entrada.
- ¿Vienes a comer?
- Sí. Claro.
- Trae vino si quieres, que no hay.
Salió de la casa con un leve mareo. Algunas de las tiendas que recordaba estaban cerradas. Paseando por entre las piedras, se tenía la certeza de que tras aquellos muros apenas quedarían unos cuantos ancianos. Salió a la Carrera del Príncipe con intención de saltar a la parte nueva y buscar un supermercado o una tienda de todo a cien, y se encontró pasando por su portal. Allí vivía o había vivido el otro. ¿Qué le habría pasado? Le constaba que sus padres también se habían enterado, y que presumiblemente el resto del pueblo también. No se sabía cómo, pero a cuanta más profundidad se enterraba un secreto, más lejos llegaba pronto su revelación. Así que renunció a llamar y siguió caminando. No temió que alguien lo reconociera por la calle. No todavía. La vecina del frente de su madre tardaría aún un tiempo en extender el rumor de su visita.
Salió a la parte nueva, pero buscó en vano un establecimiento en que tuvieran pilas alcalinas. En su búsqueda se topó con un edificio redondo, de ladrillo rojo, con la cubierta asimétrica, sin apenas ventanas. Resultó ser la nueva biblioteca municipal. No llevaba la cinta, pero podría enterarse de si tenían reproductores de cintas magnetofónicas.
Todo era funcional, concéntrico, situado a distintos niveles, y estaba vacío. La chica de préstamo, aupada en una tarima circular central, le informó de que ya no tenían aquel tipo de equipo. Vio pantallas de ordenador y pensó que tal vez podría curiosear acerca de aquel crimen y aquella estafa de Soto de Villaverde. Para consultar en una terminal, le informaron, debía sacarse el carné de la biblioteca. Dio su DNI a la bibliotecaria y aguardó. Después de mirar su documento, aquella mujer lo observó con poco disimulada suspicacia. “Es una foto vieja”, explicó él.
- ¿Javier?
- Ssssí; ahí lo pone.
- ¿Javier de las Recoletas? ¿Javi? Soy Sandra, Sandra Bosque.
No la reconoció, o más bien sí, dentro de aquella mujer baja y gruesa, de tez ahora enrojecida por la emoción. Salió fuera del mostrador y se abrazaron. Siguió la puesta al día de rigor: residencia, hijos, familia, estudios, conocidos… No la recordaba tan resuelta. Dejó a una adolescente tímida, que lo observaba todo con ojos grandes y acuosos, como a punto de llorar, y encontraba una mujer pequeña, burbujeante, gusto clásico en la ropa y manos ágiles, ardua de poner en movimiento pero un proyectil con la debida inercia. Enseguida había sabido que no quería haberla encontrado.
- ¿Qué querías consultar?
- Unas páginas de mi empresa, a ver si han hecho unas modificaciones de la web.
Lo acompañó a los monitores, se sentó, tecleó una clave y le pidió la dirección. Apareció la página y ella se lo quedó mirando con una sonrisa.
- Ahí es, gracias. Cuando termine lo cierro normal, ¿no?- Sin deslucirle la sonrisa, ella se levantó y regresó a su puesto.
Estuvo tonteando por la web sin nada que mirar: los productos, las buenas intenciones, las fotos con el ángulo bueno… también en aquella empresa había entrado con renovadas ilusiones, y se había encontrado con la misma miseria… en fin… vida laboral. Al menos allí ganaba más dinero que en otras compañías. Consultó la parte privada donde tenía su correo, leyó un par de noticias y… volvió la mirada a Sandra Bosque. ¿Podría ella, desde su monitor de control, visualizar las páginas que consultaban los internautas que usasen aquellas instalaciones? Se temía que sí, y hasta que no entró un grupo de chicos que, dijeron, iban a estudiar, pero en realidad se pusieron a hablar y curiosear por las esquinas hasta tanto ella se llegaba a poner un poco de orden en sus vidas, no se sintió con libertad para entrar en los archivos históricos de la prensa local.
Todo lo que le había dicho Pellicer era cierto. Los que se habían fugado con la pasta eran un tal Juan Pérez de Montalbán, oscuro abogado de Madrid, y otro sujeto cuyo nombre falso era Manuel Peralta Muñiz, que no existía, y que bien podía seguir viviendo en España y disfrutando del dinero estafado, no se sabía cuanto, pues sin haber formalizado las compras del terreno, lo habían vendido a cuatro constructoras que eran también instituciones financieras, en la nómina de accionistas mayoritarios de dos de las cuales figuraban nombres del antiguo régimen, de banqueros propietarios de tierras y de nobles asociados al mundo del derecho y el tráfico de armas. Cuando de verdad compraron el terreno, lo hicieron por precios irrisorios, y lo saldaron sin control como lotes particulares que, como se descubrió más tarde, habían ido a parar a hombres de paja, testaferros o empresas acreedoras o subsidiarias de propiedad indirecta de algunos apellidos fuertes de dos de las cuatro compañías presuntamente víctimas del engaño, que fueron precisamente las dos que antes se rindieron y dejaron de pleitear. No se les pudo imputar nada, a pesar de las sospechas. Un verdadero expolio que vació un pueblo entero, lo destruyó. Cuando intervino la policía judicial ya se habían quitado la vida algunos vecinos. Además, cuando se ejecutó el interdicto cautelar sobre todos los bienes en litigio, se congelaron cuentas bancarias en las cuales los vecinos habían depositado el monto de las ventas, con lo que estos se quedaron sin medio alguno de subsistencia mientras duraba el pleito, que fue largo y penoso. Los dos muertos del pajar eran peones menores, uno picapleitos y el otro ex militar, a quienes no se pudo relacionar con nadie de la trama, salvo y solo, por relación causal necesaria y por indicios, con el fantasmal Manuel Peralta y con Pérez de Montalbán, quien alegó, como era de esperar, un total desconocimiento de la ilegalidad de la operación, en la cual ejercía de agente comercial y garante exclusivamente de la corrección jurídica de la redacción de los contratos, que, claro, era escrupulosa. La persona que le pagó e hizo el encargo era otro fantasma, y además sin nombre. Montalbán fue el único que cumplió algo de cárcel. Cuando ingresó, totalmente sereno, seguía sosteniendo su inocencia. Le tuvieron allí algunos años, por si se ablandaba y cantaba, supuso Javier, y luego lo soltaron. Desapareció de la vista. Se retiró a descansar, dijo el portavoz de la familia.
Cuando acabó, borró el historial de búsqueda y apagó el terminal. Fue a despedirse de Sandra pero ella le obligó a entrar en su garita, desde donde vigilaba el fingido silencio de los estudiantes. Le hizo sentar y recordar el pasado. Le habló de muchos compañeros de colegio, pero no de él, del otro. Luego bajó la vista y murmuró: “Y luego está…”. No acabó la frase. Él la miró con la cara inocente de la ignorancia. Bosque creyó que era una tapadera, y al verle con cara de estar fingiendo el no poder imaginar siquiera, sonrió con una ternura de cotilla bienintencionada que creía necesario dedicarle por superioridad y por lástima. Después volvió a mirarse las rodillas como si fueran sus hijos y se dejó anunciar, untando bien las palabras en ese típico sirope envenenadamente maternal: “Lo sabíamos todos. Bueno, todos no, solo las chicas. Bueno, algunas.” Y como él (tan opaco, tan poco femenino, tan decepcionante en su egoísmo de emociones y confidencias, algo típico de varón aunque no -había pensado ella hasta ese momento- tan de gay) seguía sin sincerarse, habló de corrido, molesta por su falta de confianza con alguien tan, pero tan discreto como ella.
- Poco después de irte, a su padre le tocó la lotería en dos ocasiones, figúrate: va de viaje a Lorca y compra dos décimos que luego caen que caen; le viene a visitar un amigo de Santander y le deja cuatro del segundo. Todo en un año, en ese año. Compraron tierras que luego han valido una fortuna, justo esas, qué casualidad tan poco casual que casual, ¿eh? Se hizo abogado, se casó y tuvo hijos, como tú. Se afilió al PP. Lo que oyes. ¡Si ellos supieran…! Y ha estado cuatro años de alcalde. ¿Qué te parece? Luego han ganado los otros; ¡que ya está bien que bien!
- ¿De quién me hablas?- No fingía. Era algo más complejo, como no creer que el pasado sobreviviera o fuera algo actual. Aquel hombre del que hablaban no era ya su amigo. Su trayectoria lo confirmaba. Solamente aquello de la lotería despertaba acaso algo de su interés. Podía haber blanqueado así el dinero del maletín: comprando billetes premiados. Lo de las tierras también podía tener algo que ver con la agenda o el plano cartográfico.
- De Diego, de Diego Andoaín, de tu Diego. ¿No me digas que digas que desde entonces no lo has vuelto a ver, ni has vuelto a saber de él ni nada que nada? Tiene el bufete a la vuelta de la esquina.
- ¡Ah, Diego!
- Siempre juntos. No sé cómo dejasteis que os separaran. ¿Qué pasó?
- Me mandaron a estudiar a Madrid, con mis tíos. Se les murió una hija y el chico se quedó solo. Oye Sandra, qué alegría- dijo sin énfasis- saber de vosotros. Y he entrado por casualidad. Iba buscando dónde comprar pilas.
- ¿Pilas?... Un poco más abajo hay un chino.- lo miró levantarse- ¿Ya te vas? Vuelve luego y nos tomamos algo. Salgo a las ocho. ¿Estarás por aquí?
- Quizá. Pero ya sabes: las madres...
- Sí, sí, claro que claro.
Y se despidieron sin más para no volver a verse nunca más, de eso estaba seguro que seguro.
Al doblar la esquina se encontró con un portal porticado con varias placas de bronce atornilladas al marco de piedra: dentista, pediatra-logopeda, procurador y bufete. Aquí era. Llamó y le abrieron sin más. Arriba la gran puerta cedió y la secretaria, una mujer de mediana edad, fiable, seria, le dejó esperar unos segundos. Luego le preguntó. No, no tenía cita. Dio su nombre y razones personales para el encuentro con el cabeza de cartel. Le dejó sentado y se fue en silencio.
Antes de oír aquella voz de hombre al fondo del pasillo, ya había comenzado a sentirse mal. El techo se abarquilló de pronto y sintió distintas presiones en los pies. El sistema gravitatorio pareció cambiar de pronto y se sintió irresistiblemente atraído hacia el ventanal. Pensó en un terremoto pero nada se movía. Oyó la voz, irreconocible, y le asaltó la dolorosa ansia de una arcada sin anuncio. Ya regresaba la mujer. Dispuso del tiempo justo de abrir la puerta y vomitar sobre los primeros peldaños de la escalera alfombrada. El hueco de piedra, cableado en el centro por un ascensor lleno de cromados, potenció con su eco la fuerte arcada. Se avergonzó de que hubiera sonado tan espeluznante. Bajó unos peldaños trastabillando por encima de la fétida plasta. Cuando ya se formaba la primera réplica de aquel sismo fisiológico, la secretaria salió al rellano. Se miraron. Lo sorprendió la segunda basca. Tratando de controlar el enfático y bestial gesto del torso, de la cara, de la garganta, de la boca, pero incitado ahora todavía más por la náusea, proyectó, con horrísono eructo, la segunda carga biliar sobre la alfombra. Ella se llevó la mano a la boca y regresó dentro, momento que él, aún poseído por los amagos, aprovechó para bajar a trancos la escalera, salir y desaparecer calle arriba lo más rápidamente que fue capaz. Olvidó por entonces las pilas.
Buscando lo conocido, acabó en la pétrea plaza circular de la iglesia. Trató de encontrar alivio al amargor en el caño de la fuente central, un simple tubo que sale de una piedra y procede directamente de un acuífero, pero el afloramiento y la alberca redonda que a su alrededor ejercía de vaso y asiento en las esperas estaban secos.
- El pozo está seco. Hace años que no hay agua.
Lo había dicho un hombre aún joven y ya con cierto sobrepeso que caminaba hacia él con las manos en los bolsillos de un elegante y caro traje gris. Se acercaba caminando despacio, y sin que participara la casualidad en ninguno de sus movimientos. Cuando llegó a su lado, puso del todo deliberadamente un pie en el brocal y miró a la casa de enfrente. Tenía los ojos muy azules y los rizos rubios repeinados brillantes sobre la ancha frente. Su perfil era noble, de patricio relajado. Encajó los hombros de modo juvenil y dijo, mirando el caño seco con cejas soñadoras: “Otra promesa incumplida”.
- Perderéis otra vez.
- Quizá; pero no por eso.
- Falta de convicción.
- Falta de tiempo.
Javier paseó la mirada por las casas que encerraban la plaza: fachadas opacas, sin poros, sin resquicios abiertos en apariencia. “Por aquí nada parece haber cambiado”, dijo en voz mate, sorda, como poniendo voz a la piedra.
- Aquí arriba no… Para la zona de El Arenero y los prados no dejamos de hacer casas. Hay siete bancos y dos centros comerciales en tres manzanas.
Lo miró. Su rostro ya no era tan puro, pero seguía teniendo los mismos pujos ególatras e imaginativos. Transparentes como el vidrio, frágiles como el cristal. Ese vuelo de la ilusión en el agua de los ojos le había dotado siempre de un encanto muy persuasivo; sin embargo, el Javi de hoy dijo: “Déjalo. Ya no estoy empadronado aquí.”
Cualquier roce de las suelas de los zapatos en los adoquines aflorados era recogido por el eco y paseado, exhibido por las fachadas. Con algo de premeditación inconsciente, procuraban no moverse, no hablar alto, no desafiar con la mirada los balcones colgantes, los aleros de tejas verdecidas.
- ¿Has visto a tu madre?... ¿Has venido a llevártela o solo de visita?
Javier escupía de vez en cuando para quitarse la hiel que se le escondía en la lengua. Escupitajos secos, testimoniales, diversivos. Le molestaron las implicaciones de aquella frase. ¿Acaso no había sido expulsado? ¿Acaso el otro no había quedado en casa e impune? Pensaba con ferocidad pero su gesto, el de ambos, era lento, contenido, casi indiferente.
- ¿Te quedaste con el dinero?
Diego se quedó mirándolo quieto, paralizado y tranquilo. Él prosiguió:
- ¿Hiciste llegar los papeles del crimen a la policía?
Diego pensó un momento mirándose la puntera del zapato; luego pareció recordar algo y dijo, como saliendo infantilmente de un trance sin propósito: “Ven, sé donde hay agua”, y echó a andar hacia la iglesia. Él lo siguió unos pasos atrás. Cuando llegaron al Callejón del Fraile, apartó ruidosamente la valla de obra y le indicó que entrara.
- ¿Y el guarda?
- No hemos puesto. Nadie se atreve a pisar por un cementerio.
- ¿Qué?
- Sí. Debajo de los adoquines del callejón aparecieron enterramientos de hasta el siglo xv.
Siguieron, entre antiquísimas lápidas rotas, el sendero, blanco de yeso, apisonado por un pequeño volquete que se veía, amarillo avispa, contra el verde de la hiedra que vestía el alto muro de la pequeña ermita y ahora camposanto, y entraron en la sacristía por una puerta lateral. Muebles de palo de rosa cubiertos de polvo, un espejo velado, sacos apilados junto a otra puerta. Diego le hizo atravesarla y entrar en la nave. Cerró tras él. Le condujo hasta el primer banco y regresó a la sacristía. El templo estaba completamente vacío salvo por el eco vibrante. La única luz eran cuatro velas que lucían: dos bajo el cristo del retablo y las otras dos a los lados del sagrario. Diego volvió con un botellín de agua helada y se sentó a su lado, mirándole beber.
- ¿Qué significan esas velas?- Diego las miró.
- Que Elvis está en el edificio. ¿Por qué me lo preguntas?- Había cogido la botella húmeda de las manos de su antiguo amigo y bebía ahora él.
- No sé,- dudó Javier-. Tu familia siempre fue muy católica. Tú has sido alcalde por el Partido Popular. Tienes dinero. ¿Ves como lo sabías?
- Mezclas las cosas.- dijo, y se limpió pulcramente las comisuras de la boca con dos dedos pulidos.
- Como todo el mundo.
- Desde luego,- murmuró el ex-alcalde y apartó un pelo de la frente del otro, que lo miró frunciendo el ceño pero sin rechazar la caricia. La mano atusó el pelo sobre la orejilla y fue a alojarse, cálida, sobre la nuca. Como en un sueño, Dieguito atrajo la cabeza de Javier y lo besó en la boca cerrando los ojos. El vendedor ejerció una leve presión hacia atrás y fue liberado al instante. El otro se cubrió la boca con la otra mano y, desde allí, comenzó por pedir perdón. También le retiró la mano del occipucio. Todo el mundo le pedía perdón aquel día cuando ya ni lo exigía ni le era necesario oírlo.
- Lo siento. Tal vez tú no…
- No pasa nada. Pero no, yo ya no.
Ambos miraban las baldosas.
- ¿No has vuelto a hacerlo desde entonces?
- No. No con… hombres. Estoy casado, tengo un hijo.
- Yo también; pero ya ves…- dijo, y se volvió para mirarlo fugazmente, con una vergüenza presumida de bastante buen tono, muy mundana y un tanto frívola.
- Eso es práctica habitual en tu partido, ¿no?
- Eso es una maldad poco cristiana.- Le avisó con el dedo, sonrió y se puso serio, hasta un poco dramático en las comisuras de los ojos.- Cuando era más joven era fácil: iba a un bar de Valencia de cuando en cuando. Ahora, desde hace unos años, con lo del cargo y eso, es imposible para mí. Soy prácticamente célibe.
- ¿Tu mujer lo sabe?
Diego lo contempló, desconociéndolo.
- ¿Y la tuya?, -repuso, dolido. Luego pareció ablandarse.- ¿Tú crees que fue cosa de niños?... Yo hubiera seguido contigo. Lo de Valencia… no es lo mismo; no tiene nada que ver.
- ¿No dices que ya no vas?
Diego lo miró abriendo mucho los ojos, con un conato de ilusión que Javier no entendía aún.
- ¿Estás celoso?- se esperanzó aquel, no sin un escrúpulo de asombro, alejando la cara para mirar su gesto desde la apropiada distancia escrutadora; y sonrió con sorna medio irónica, medio ilusionada, sin que se pudiera saber muy bien hasta dónde llegaba la ilusión y dónde le frenaba la burla, protegiendo los flancos. Aprovechó el momento de desconcierto de Javier (que estaba pensando pedirle que no dijese tonterías) para tomar su cara con las manos y besarlo otra vez. Javier giró la cara.
- Tienes miedo. Siempre tuviste miedo.
- Eso no es verdad. Y, en cualquier caso, los hechos parecen haber confirmado mis supuestos temores.
- ¿Qué quieres decir?
- Mi padre, agricultor comunista, me echa de casa. Y no he vuelto a estar con un hombre; por lo tanto, no me gustaban. Tú sí, tú sabías lo que querías. Además, tu padre, católico, apostólico, romano y notario, no solo no te echa de casa, sino que te paga los estudios. ¿O fue esa misteriosa lotería quien lo hizo?
Diego se puso serio.
- ¿De qué estás hablando?
Javier se arrepentía de haber sacado aquello. Era una sospecha absurda y paranoica que solo utilizaba para hacerle daño, para distraerlo de la vergüenza del beso o del deseo, para castigarlo por esa humillación.
- De nada. Olvídalo.
- No, dilo; atiéndeme. Aclaremos las cosas-, requirió, buscándole el mismo fondo de la mirada.
Javier habló mirando al Cristo.
- Sé que volviste por el maletín, y que había dinero. Y luego va tu padre y le toca la lotería. Dos veces. Y, lo que es peor, o mejor: te perdona. ¿O te perdonó por cristiano? ¿O porque yo no estaba?- Conforme iba hablando, se arrepentía de lo que decía. Diego se recolocó con una sacudida muscular el cuello y los hombros antes de hablar con gesto apenado pero firme.
- Tú no sabes lo que hizo mi padre. Y lo del dinero es una gilipollez. ¡A quién se le ocurre! Según tú, compré el perdón de mi padre; como una bula. ¿Y dónde dices que estaba ese dinero?
- En el maletín de los muertos. ¿Te acuerdas, al menos, del maletín de los muertos de Villaverde? Debiste volver cuando nos fuimos todos asustados de lo que habíamos visto y lo cogiste. Nosotros les vimos esconderlo, pero los del otro coche no. – Diego lo miraba con cara de incredulidad, de incomprensión, de comienzo de elaboración sonriente de la distancia que preside la compasión que nos merecen los orates y el miedo al contagio que nos dan. -¡Está bien, no pongas esa cara! Tal vez no hubiera dinero. Dejemos eso. Importa poco. Lo que sí hay son documentos, pruebas, que pueden llevar a los autores de aquel crimen y de aquellas estafas a la cárcel, o por lo menos a las páginas de los periódicos.
- Para.- El político estaba alarmado. -Y tú tienes esos documentos.
- Sí.
- Que salieron de ese maletín de los muertos.
- Sí.
- Junto con el dinero que le tocó a mi padre en la lotería.
Iba a decir también que sí pero antes miró a Diego. En su cara había algo muy desagradable. Desagradable y falso; bien lo sabía. Para que Diego no creyera posible ni necesario mentir más, él tuvo que hacer (“me veo obligado”, pensó, sintió) lo que hizo a continuación. Fue decir:
- Y junto a tus cuadernos, en que lo cuentas todo.
El abogado no se esperaba aquello. Miró a la Virgen o a su penumbra, pues no tenía ninguna vela encendida y dentro de la hornacina se adensaba la sombra.
- Tal vez hablaba de ti en esos… ¿cuadernos, dices?
- ¡Sí, tus cuadernos!, ¡de esos del cole! ¿No te acuerdas de haberlos escrito?
- Tal vez hablaba de nosotros, pero eso no te importa. Nos vemos al cabo de… veinticinco años, y me hablas de estafas, crímenes, lotería. – Dejó pasar unos instantes. Luego dijo:- Me gustaría recuperarlos. Creía que los había perdido.
- Pero son una prueba.
- No, no lo son. Solo los cuadernos. Lo otro si quieres te lo quedas y vas con ello a hacer pasar un buen rato al juez, o a hacer perder el tiempo a algún periodista que te dé oídos. Solo lo mío. ¿Me lo darás?
Javier pensó un poco; inútilmente; así que se levantó. Era hora de irse.
- Claro.- Había tomado una decisión, y ya habló más decidido: “Por supuesto. Mañana te los traeré”.
- Gracias. ¿Dónde estás parando?, ¿en casa de tu madre?
Se dirigían a la puerta y salieron al exterior de un día cubierto pero iluminado con esa luz cernida que agrede los ojos.
- No, en un motel llamado Flor.
Diego pareció considerar su respuesta; pero luego dijo:
- ¿Vamos a comer?
- Imposible, tengo que comer con mi madre.
- ¿Y cenar?
- … Si ando por aquí…, por casa, me pasaré por tu oficina.
- Me gustará charlar contigo.
- ¿De qué?
- De… tu matrimonio, por ejemplo. A mi mujer, -dijo evocando, guiñando los ojos de ironía y perspectiva, de maldad tal vez, de autocompasión, de autoconfesión- le apetece a veces un vasito de mi sangre para desayunar, si ha dormido mal, o por la noche, para no dejarme descansar con tanta queja, tantas órdenes, tantas querellas y preguntas. ¿Qué tal la tuya?
Pensó en no contestar. Quizá no estaba preparado para la confidencia, para la reanudación de una amistad como la suya antigua a través de aquella u otra temática clásica entre hombres; además, había otras cosas por medio. Así que nunca supo por qué lo hizo.
- Elena prefiere la caída de la tarde para esas cosas. La vida se le acaba a esa hora y solo me tiene a mí a su lado.
No había sido un acierto. O sí. Sin embargo, Diego cortó radicalmente.
- Venga. A las ocho.
- Bien.
- ¿Cena y polvete?
- Tus muertos.
- Por aquí andan.
Se despidieron sobriamente y tomó el camino de casa de su madre. De pronto tuvo que ralentizar su paso porque tenía la sensación de que ante sí se abría un acantilado inmenso contra el que golpeaba un huracán de lava. Se volvió. Asombrado y confundido, lo vio alejarse lento de espaldas. Desde luego que le debía devolver aquellos cuadernos. Era una forma de acabar con ellos y con todo aquel tema. Estaba dispuesto a olvidar todo lo referente al pasado remoto para poder concentrarse en olvidar el más reciente. Ya no se sentía con fuerzas para leerlos completamente. Le extrañó que Diego, conteniendo los secretos que contenían, tan potencialmente perjudiciales para un político, y tal vez más para un político de derechas, no tuviese los cuadernos consigo ni supiese dónde se encontraban. Quizá su padre se lo confiscara todo, se apoderase de su presente, de su pasado, de su futura memoria, tal vez de su sexualidad, igual que se había quedado con su dinero. Quizá le dijera que todo lo hacía por su bien, y para poder proteger a la familia, al apellido, y para ser capaz así de perdonar a su hijo. Yo me encargo de tu futuro y de tu olvido, le diría, y lo haría: lavaría e invertiría el dinero y haría desaparecer el resto de objetos. Quizá también lo hizo desaparecer a él, indirectamente: o te llevas de aquí al maricón de tu hijo, o no te compran la cosecha en la puta vida más. Y le echaron. Y asunto resuelto. Pero, ¿cómo habían ido a parar a aquella caseta?, ¿se había olvidado de ellos la misma persona que los había ocultado allí?, ¿los había erróneamente dado por destruidos por el tiempo, igual que él a su pasado? ¿De quién era aquel motel? ¿Quién era Flor?
De súbito, se detuvo en mitad de un callejón de piedra. Olía a cazuela de pescado. Ladró un perro. O quizá, pensó, era que ignoraba la ubicación de los cuadernos porque no eran suyos. Cabía dentro de lo posible que él no fuera su autor, y que aquello relatado lo fuera por otro de los cuatro chicos que estuvieron presentes en los hechos. La recreación o interpretación con significado sexual de la fruta que te raja la cara la había hecho él, Javier, no estaba en los cuadernos; la había hecho él traduciendo, tratando de explicarse y explicar algo cuyo significado tal vez no fuera ese. Puede que tergiversando los recuerdos, suyos y de otros, él mismo se había narrado un cuento que, supuso, era el sentido de lo que podría leer si lo seguía haciendo en los cuadernos, y si estos, en efecto, fueran de Diego. Desde el principio pensó que aquellos dos amigos que iban a buscar la fruta que raja la cara eran Diego y él. ¡Dios, en qué estaba pensando al acusarlo? Se avergonzaba de sí mismo, un poco. Pero si no eran los cuadernos de Diego, ¿de quién eran?, ¿y por qué los quería? ¿Por qué le había hecho creer que eran suyos? Era absurdo, y le entró una necesidad febril de ir por ellos y llevárselos y aclararlo. Quería terminar con ello cuanto antes.
Todavía era pronto. Según recordaba, en su casa, en la de su difunto padre, se almorzaba tarde. Pasó de largo por delante de la casa y se dirigió a su coche.
Condujo sin pensar en nada concreto; si acaso con la sensación, más que la idea, de que desentrañar aquel pequeño misterio de la autoría de los papeles despejaría un poco la resolución de lo demás. Lo demás era demasiado para ponerle nombre, y aquella diminuta incógnita se resumía, creía él, con mayor probabilidad, en por qué no sabía Diego dónde habían estado descansando sus papeles.
El aparcamiento del motel estaba lleno de camiones, así que dejó el coche frente al restaurante, al otro lado de la carretera.
Abrió la habitación con la llave que conservaba y miró bajo la televisión. Allí, en un hueco, estaba su bolsa de viaje, en cuyo trasfondo había estado el bolso de la negra y ahora estaba la lata. Pero no fue hacia ella. La miró, cruzó la habitación sin reflexionar en lo que hacía y siguió hasta el cuarto de baño. Sin mirarse en el espejo desenroscó el frasco de colutorio y embocó un buche ardiente. Aguantó con los ojos cerrados a que el líquido obrara su función desinfectante y vertió el contenido de la boca en el lavabo. No le pareció suficiente y tomó otro. El amargor de la hiel vomitada era demasiado intenso, o ahora el contacto de los labios del otro habían reanudado el flujo de otra hiel cuyo acerbo gusto era aún más difícil de desalojar de la lengua. En esto oyó la llave en la cerradura de la puerta de entrada. No se asustó, solo se quedó quieto, expectante. Oyó cerrar suavemente la puerta y que dejaban las llaves en el cenicero de cristal. Entonces vació la boca sin ruido, retrocedió dos pasos y se asomó. El conserje abría con cuidado los cajones vacíos de la cómoda y los volvía a cerrar. Supuso que estaba en presencia de un intento de hurto. Era desagradable, inoportuno, pero había que ponerle fin.
- ¡Qué hace!
El otro sufrió un espasmo, una descarga eléctrica y se quedó quieto. Con los ojos muy abiertos. Sin mirarlo.
- Debería darle vergüenza.
El tipo, al fin, reaccionó lentamente, mirándose las manos.
- No, no.
Cuando comprendió lo que su huésped suponía, se permitió incluso una media sonrisa. Pero seguía envarado, inerme ante su propia mentira.
- Es que no encontramos un mando a distancia, y la limpiadora creía haberlo visto en esta habitación. Lo siento, creía que no estaba. Perdón.
Ya salía por la puerta cuando Santisteban lo llamó.
- Oiga.
- ¡…!
- ¿Ya no quiere el mando?
- Seguro que no está.- Y se iba de nuevo.
- ¡Oiga!- Se volvió de nuevo.
- ¿Tiene pilas?
- ¿Eh?
- ¡Pilas, pilas alcalinas!
- Sí, sí; en recepción.
Cuando se hubo ido, pensó un momento y fue por el coche. Después de recoger todas sus cosas y de meterlas en el atestado maletero, se acercó caminando a la recepción. Pidió las pilas que necesitaba y la cuenta. El empleado no fue capaz de decir ni una palabra más, abochornado o aliviado, o ambas cosas, pensó él. Ni lo miró siquiera.
De vuelta a El Tuerto aparcó en el mismo sitio y, con las manos en los bolsillos, se dirigió a su casa. Antes de entrar compró un frasco de vino oscuro en una bodega que era también el domicilio del botillero. Le sirvió masticando un bocado de la comida que hacía con su familia en el cuarto trasero. Se oía un televisor encendido. Don Paco no lo reconoció.
Su madre se levantó nada más entrar él y trajo el puchero a la mesa. Patatas con liebre. Sabían un poco a humo o a quemado, pero no lo estaban.
- ¿No come, madre?
- Ya he comido algo; come, come tú.
Bebió ella, sin embargo, un vaso de vino que le sirvió su hijo y se puso a mirar a ninguna parte con un brazo cruzado sobre el pecho y la otra mano tapándose la boca. Iba de luto. Le preguntó por su vida. Sabía que se había casado y lo del hijo. Hablaron de trabajo, de la familia de Madrid, qué buena gente. Luego le puso al día de las tierras, de sus hermanos, de la enfermedad de su padre. Hizo un silencio y habló de nuevo:
- Dieguito me arregló la pensión cuando murió. Él no quería saber nada con el chico, pero conmigo se ha portado estupendamente. Estupendamente.
Habló de las dificultades de la herencia allanadas sin coste por el abogado, de lindes y del registro de la propiedad, de escrituras. Y todo con la misma mirada. Dos lagrimones, dos regueros de lágrimas mejor, le caían mansos por la cara curtida, todavía no muy llena de arrugas. La dejó llorar un rato sin interrumpirla. Había una sutil armonía entre la mesita redonda, el ancho alfeizar de piedra, las persianas verdes medio enrolladas, el vaho del estofado y las lágrimas de su madre; así que no la interrumpió hasta que empezó a suspirar, a querer parar ella misma y decir algo.
- Ya, madre.
- ¡Cuanta pena, hijo! Tenía que haber desobedecido a tu padre.
La miró, la contempló con frialdad impremeditada, pero dijo: “Estoy bien, madre. No importa”, y volvió al plato y la ventana.
- Si pudiera volver el tiempo atrás…
Se quedó escuchándola decir aquello con el vaso lleno ya en los labios, tocando el agrio vino negro con la punta de la lengua. “Haría lo mismo, madre”, pensó, y se trasegó el vaso.
- Si pudiera volver atrás, hijo, me enfrentaba con tu padre y lo que fuera. ¡Qué desgracia hacerle caso! ¡Mamarracho! Con lo que sé hoy, me lo hubiera enfrentado, hijo, te lo juro por lo más sagrado.
- Lo sé madre. Beba un poco.
Algo le alivió oírselo decir a su hijo. Para eso estaban allí.
Cuando terminó le preparó café. Chupando el azúcar de la taza, como cuando era pequeño y no había vuelto a hacer, dijo que tenía que irse. Prometió que volvería pronto para que dejara de insistirle en quedarse. Tenía que trabajar, dijo. También le dio sus números de teléfono.
- Necesito el radiocasete.
- ¿Qué?
- El magnetófono.
- Llévatelo, es tuyo. ¿Quieres llevarte algo de comida?
No, no quiso. Salió de la casa más mareado que la primera vez. Deseaba tumbarse, pero no quería hacerlo en ninguna de las camas de aquella casa. Llegó al coche casi bamboleante. Entró y quiso poner las pilas enseguida para escuchar la cinta, pero se le caía la cabeza. La pronunciada inclinación de la Calle del Jabalí le pegaba el lomo al asiento. Con las últimas fuerzas inclinó hacia atrás el respaldo antes de quedar profundamente dormido.
Se soñó sentado ante el volante. En aquella postura debería ver el borde de la torre con la antena, o al menos el techo de su automóvil, y sin embargo, sin cambiar de postura, de espaldas, veía hacia abajo cómo la calle se convertía en alameda, y cómo la alameda se sumergía de la bruma del río. Y de la bruma del río salió la mujer negra y subía trabajosamente la cuesta, apoyándose en los troncos blancuzcos. Vestía igual que había sido enterrada. Cuando se acabaron los troncos de los árboles y no le quedó con qué ayudarse a escalar, tuvo que cruzar la vía para apoyarse en el muro de la primera casa. Caminaba atormentada, pero se diría que sus dificultades motrices, sus balanceos y tropiezos, se debían exclusivamente al hecho de calzar aquellas botas de tacón imposible y tratar de atacar con ellas aquella rampa. A medida que, no sin fatigas, la figura se acercaba mirando aún, por la inclinación, hacia el suelo, el aire del interior del vehículo fue cristalizándose, haciéndose un hierro frío que le pegaba las extremidades, el abdomen, el torso contra la tapicería adhesiva. La mujer llegó a situarse a la altura del coche, asida como un lagarto a la pared de la casa frente a la que había aparcado en línea con la calle, y entonces levantó la mirada y de un súbito salto se encaramó al costado del vehículo, a la aleta trasera. Movió los labios, pero él no oía nada. Supo que tenía que bajar el cristal de la ventanilla para entender lo que quería decirle, y que eso dejaría a su merced al que dormía. Solo lo bajó un poco y ella, que había ido escalando por la carrocería, se arrimó a la rendija, torció la cabeza y dijo: “Hay tiempo”. Cuando sintió su aliento en el cogote se despertó de golpe.
Se recobró con una bocanada de ahogo insoportable y se quedó quieto, sometido por un sudor denso que como cuerdas segregadas o una baba vibrante y fría envolvía su cuerpo y conectaba la incipiente migraña con la rígida estructura del asiento. Mirando al techo del vehículo, sin ver aún más que el recuerdo translúcido de la mujer hablando a través de la rendija de la ventanilla, el mundo exterior se abrió paso en forma de luz y latidos del corazón.
Unos minutos después, ya más sereno, fue capaz de enderezar el asiento. La calle del Jabalí seguía igual, esclerotizada en el esfuerzo ascendente de la piedra, coronada por las vigilantes almenas de una torre que traía de siglos el gesto adusto, acostumbrado al mando, del dueño de haciendas y destinos, el mismo que presumiblemente había puesto la moderna antena de telefonía móvil en el minarete de tan viejo poder.
A su lado, sobre el asiento del acompañante, estaba el magnetófono: paciente, humilde, haciendo voluntad propia de todos los caprichos humanos. Amoldándose con gusto a su uso humano del tiempo, había compartido su soñoliento éxtasis de arrepentimiento y terror como una mascota fiel e impertérrita que hubiese aguardado el regreso del joven amo durante todos aquellos años; presto, pasivo, vacío de todo sino de la obediencia. Desalojó los cadáveres babosos, salobres, fofos de las antiguas pilas e introdujo las nuevas. Después sacó el casete negro del bolsillo interior de la americana y lo dispuso en su sitio. Solo faltaba apretar el pulsador. Lo hizo y escuchó, susurrado, lo siguiente.
“Ahora vas a escucharme atentamente, porque no te lo voy a volver a explicar: Hay un cadáver. Él podía haber optado por hacerlo desaparecer, por enterrarlo, por ejemplo, y lo piensa, pero finalmente decide dejar el cuerpo tal cual, caído. En un universo paralelo, lo entierra. En este decide que el hecho se presente como muerte fortuita. Pero nosotros queremos ir más lejos. La víctima está en el suelo, el accidentado está tirado. Porque ha sido un accidente, un homicidio por accidente, por azar, por destino. El matador se ha visto forzado porque la víctima ha inventado casi ese final. ¿Me estás entendiendo? ¿Me sigues?...”
Javier sufre un sobresalto y para la cinta. Recuerda que la cinta no estaba en el inventario que se hace del contenido del maletín en los cuadernos. Si esto es así, ¿quién la puso allí?, ¿cuándo? ¿Cómo era posible que en aquel registro de audio se hablase de su crimen? Otro crimen, ¿cuál?; ¿una fantasía?, ¿una señal?, ¿de qué? Javier acepta el absurdo prodigio de la casualidad con un desinteresado descreimiento. No tiene nada que perder. Rebobina la cinta y la pone de nuevo, atento a todos los detalles, mirando al frente con mirada vacía.
“Ahora vas a escucharme atentamente, porque no te lo voy a volver a explicar: Hay un cadáver. Él podía haber optado por hacerlo desaparecer, por enterrarlo, por ejemplo, y lo piensa, pero finalmente decide dejar el cuerpo tal cual. En un universo paralelo, lo entierra. En este decide que el hecho se presente como muerte fortuita. Pero nosotros queremos ir más lejos. La víctima está en el suelo, el accidentado está tirado. Porque ha sido un accidente, un homicidio por accidente, por azar, por destino. El matador se ha visto forzado porque la víctima ha inventado casi ese final. ¿Me estás entendiendo? ¿Me sigues?... Te lo voy a demostrar. Rebobina los hechos como en una película al revés: El cadáver se levanta como por fuerza mágica y se gira. La mano portadora del arma de ocasión, un pisapapeles, una piedra, toma el objeto de donde está, roza la cabeza de la víctima, que se ha puesto de pie aún herida de muerte e inconsciente y se ha dado la vuelta para recibir el toque del objeto que la mató y ahora la revive, y retira la herida. Mientras el resucitador devuelve el objeto a su sitio, la víctima, que estaba ya en el umbral de una puerta y de la muerte, se libera instantáneamente del dolor del golpe y siente, junto con las recientes energía para erguirse, vigilia y lucidez vital, una rara premura por entrar en el cuarto con el objeto con que ya huía y quiere ahora devolver así como a la ida, cuando el tiempo iba al derecho, quería llevarse, pongamos un maletín, y lo deja sobre la mesa sintiendo de pronto un alivio del deseo de marcharse y un aumento exponencial del de apropiarse de eso que ha puesto de nuevo, y después mantiene una airada conversación con el resucitador, que ordena, señala, grita, argumenta, guarda y saca dinero que la víctima rechaza, a la que termina escuchando sin comprender y sonriendo. También aumentan la codicia y el miedo de la víctima, que ya no sabe que lo será, la incertidumbre, mientras sale del cuarto caminando hacia atrás y el resucitador la mira a los ojos y la deja salir con una sonrisa hasta cerrar la puerta e ignorar que dentro de nada llamarán y poco antes, poco después en el tiempo de los relojes, él matará; es, por tanto, inocente. Este lo ignora, pero quizá la futura víctima, que ahora es solo avidez, lo piense, tal vez piense no solo en llevarse el dinero sino en matar también. Va, tal vez, hasta una esquina o un portal o se aísla por un momento en un simple recodo de sombra y proyecta un robo frustrado, vale restitución, y, sin saberlo, su propio asesinato. Lo va mascullando, madurando su idea al calor del resentimiento mientras regresa a su propia habitación. Es pobre y ahora no encuentra salida a su pobreza. El resucitador, supone la futura víctima, es rico, y más ahora. Al entrar en su propio cuarto, la futura víctima olvida la idea fulminante de la recuperación o sustracción. Se tumba cansada. Sale y hace recados a los que la llaman. Vuelve inquieta. Únicamente vive del rencor de un amor contrariado. Esa persona sale de su casa cabizbaja y vuelve, muy enfadada con alguien que está dentro y sale al portal y le grita. Esta persona va a morir ya, fíjate bien, pero ahora solo grita a alguien que está dentro y se aleja de la puerta con, recuerdo, un pañuelo rojo anudado al cuello, tal vez un anuncio de su cercana muerte.”
Ahí, Javier, detiene la grabación de nuevo. No lo ha entendido todo, pero se ha quedado sin palabras ante un nuevo fenómeno que, a pocos metros ante él, tangible, horrible o maravillosamente audible, desafía con poderes inmediatos y gigantes su fuerte escepticismo. O incluso va más allá y, alimentado por el deseo, dibuja una alternativa, real e imaginaria a la vez, para las dudas, la destrucción y la muerte. Una mujer joven ha salido como una exhalación por la puerta de la torre del edificio de contratación de aparceros. Después de todo, no estaba abandonada. Pelo largo, ondulado, vaqueros ceñidos, zapatillas, un chaleco sobre la camisa. Alguien parece haberla seguido por el interior del edificio hasta la puerta y le grita desde allí, sin salir; es un hombre, un hombre mayor que ella. Miran Javier y, tras él (lo ve difuso en el espejo retrovisor, como un vaho de invierno), la máscara blanca. Y la máscara dice: ‘Sabes quién es el tipo, ¿verdad?’. Javier finge que no hace caso, o que no lo sabe, y observa a la chica. Esta se vuelve y grita al hombre a su vez. ‘Lo sabes bien; por eso la miras’, insiste la aparición. Javier decide que la sombra blanca no existe y que no habla. Deja de oírla y el olvido la acoge de nuevo. La chica es ahora el centro: le tiran algo desde la puerta y lo recoge. Se cuelga un bolso del hombro y busca en su interior. Saca un pañuelo y se lo anuda al cuello. Es un pañuelo rojo. “Esa persona”, recuerda casi palabra por palabra, “sale de su casa cabizbaja y se vuelve, muy enfadada con alguien que está dentro y sale al portal y le grita. Esta persona va a morir, pero ahora solo grita a alguien y se aleja de la puerta con un pañuelo rojo anudado al cuello, anuncio de su cercana muerte”. Se dirige a un coche pequeño que había aparcado bajo un árbol y él no había visto. Lo aborda, arranca, maniobra y pasa a su lado rascando marchas y en dirección al río.
Sin ser capaz de decidir nada más, nada diferente que le proporcione un mínimo de certezas útiles, lleno de una ilusión imbécil, Javier arranca a su vez su propio automóvil y la sigue. Es un simple camino, un movimiento reversible, un gesto de curiosidad, pero de momento la sigue. Ha elegido aquello, como podía haber elegido cualquier otra cosa: suicidarse, olvidar, confesar, denunciar, llorar acaso, no hacer nada. Es una decisión caprichosa, pero tan buena o mala, tan transitoria, tan absurda como cualquier otra. Quizá la coincidencia le permita ganar algo de tiempo. Es una corazonada no sabe de qué. Aquella no es la persona de la que se habla en el casete, desde luego, y no es su muerta, porque no puede serlo, pero no le importa que no lo sea. Son tres vidas unidas que, si lograsen confluir y hacerse una, si aquellas coincidencias tuvieran algún sentido, él tendría una oportunidad de volver atrás y no hacer lo que hizo. Pues todavía hay tiempo, según el espectro escalador. Así de absurdo suena y así de absurdo y mágico lo acepta. Qué más da una muerta que otra, una chica que otra, un pañuelo que otro, una vida que otra. El tiempo ha retrocedido y tiene, siquiera simbólicamente, ocasión de evitar una muerte anunciada. No sabe cómo pero sabe que aquella mujer joven lo salvará y salvará a la prostituta, o lo librará a ella de él y a él de ella. Javier ha muerto y ha nacido de nuevo, ha roto un cascarón que le oprimía y lo primero que ha visto ha sido el pañuelo rojo, la impronta; ahora es todo lo que conoce, lo que debe seguir y perseguir. La liebre de su nueva carrera. La primera vez lo echaron de su vida, la segunda se marcha él. Esa mujer del pañuelo iba a morir (de algún modo, en algún lugar, por alguna razón, en algo o para algo) y él puede evitarlo y salvarla y así salvarse.
Alcanza la carretera nacional y se dirige al este. Hay un momento crítico al pasar por delante del motel de Flor, pero el pequeño vehículo no se detiene y continúa en dirección a Albacete. Va en su dirección. No tiene nada que perder. Todo lo que necesita, todo su mundo de viajante está en el maletero. No ha de regresar para nada, puede continuar con ese absurdo experimento. Siente no haber podido entregar los cuadernos a Diego; quizá de regreso a Madrid.
Siguiendo al cochecito hacia el oriente, se ríe de sí mismo y está a punto de abandonar. De pronto, una aprensión le gana y siente vergüenza (atenuada por la actual impunidad) y miedo: si se descubriese el cadáver y lo asociaran, siquiera circunstancialmente, con él, cualquier comportamiento poco habitual lo haría sospechoso. Se tranquiliza enseguida pensando que aquella era la dirección de su siguiente escala profesional. Además, a qué engañarse, no cree con sinceridad que descubran el cadáver. Se va a librar; se ha librado. No ha vuelto a mirar en la prensa local, pero ya no lo necesita. Ha estado allí y no pasaba nada. Sus sentimientos respecto de la antigua portadora de aquel cuerpo que se pudre son, sin embargo, mucho más complejos. El hecho de ser la única persona que sabe dónde está lo intranquiliza. Cree estar dentro de la órbita de los sentimientos que invaden a los familiares de los desaparecidos. Es peor que la muerte, es seguir muriendo. Y se puede aliviar realizando una llamada telefónica que no puede hacer. Su cerebro, sus recuerdos, su espíritu todavía no le han proporcionado una solución válida para ese problema que solo puede resolver u olvidar por completo. El único resto con algún dato personal de la muerta que él pudiera comunicar (nombre, nacionalidad, residencia…) estaba en el bolso, y duda mucho de que, pasados unos días, lo pudiera recuperar. Es prácticamente imposible. Sin embargo, algo le dice que seguir a aquella joven del coche puede proporcionarle una solución transversal, en cierto modo alternativa o compensatoria. Como este trayecto en pos de la trasera del utilitario no le compromete a nada (si se para en Albacete, le vale; si sigue a Valencia, también; si sube hacia Tarragona o baja a Murcia, también puede aprovechar el viaje para visitar algunos clientes), como puede abandonarlo cuando quiera, como puede perder su pista en cualquier momento y eso no significaría nada, se relaja; aquello le distrae, hasta le divierte seguirla. Se pone música, y el balanceo del coche de delante –al que no se pega por no levantar sospechas en la joven, que tal vez mire imaginariamente hacia atrás con desconocido recelo, por si la sigue el hombre maduro de la torre- parece seguir una pauta que ejerce de contrapunto móvil; un vals torpe de nervioso aprendiz o bailarina con ganas de danzar pero muy mal oído que se apresura demasiado o tarda en sincronizarse –o debiera quizá ese verbo ser ‘abandonarse’, y que ese sea el secreto que ignora y la entorpece-, que tarda en abandonarse, pues, a la sugerencia del compás. Aquella consunción de kilómetros en una vana relación de luces y distancias, de ritmos y velocidades relativas, le aleja por momentos de una biografía que de la insatisfacción más o menos soportable de una vida cotidianamente vulgar ha pasado a someterlo, en un brevísimo espacio, a una difícilmente aceptable granizada de trascendencia, melodrama o catástrofe, según se lo vea. Siguiendo a aquella chica, jugando a un juego que puede abandonar y al que puede reincorporarse cuando le de la gana sin que ni una ni otra cosa importen demasiado, se siente más ligero, menos él mismo.
La chica, con el crepúsculo ya volcado entero sobre ellos, se detiene en Moncofa a echar gasolina y comprar chucherías. Habla por teléfono. Él también rellena un poco el tanque y compra agua. Después, vuelven a la carretera. Ha logrado seguirla sin dificultades hasta aquí. De pronto, al salir de la estación de servicio su identificación del vehículo no resulta tan fácil. Hay un poco más de tráfico y ya no hay formas ni colores, solo los pilotos traseros. Singulariza la forma de las luces y confía en poder no perderlas de vista entre la maraña de reflejos. Es como si el coche de delante le llevase. Las actuales limitaciones de velocidad –de las que la joven es cumplidora estricta- ayudan a evitar sorpresas: las escapadas son prácticamente imposibles, los tiempos de reacción y respuesta, cómodos. Una cadena invisible tira de sí. Ha tomado la AP-7. El juego se endurece. Puede abandonar la autovía en cualquier momento, pero no lo hace. Él tiene mucho tiempo para trazar círculos mentales en torno a lo que ha ocurrido estos últimos días, su relación con el pasado, el destino… pero se cansa enseguida. A fuerza de abandonos cada vez más fáciles termina por limpiar una buena parte de su mente, aquella con la que más a menudo se relaciona. Se concentra en las dos luces rojas y el resto se difumina. Es un gran alivio.
De noche, llegan a Barcelona. Ella parece saber adónde va. Detiene el vehículo frente a un edificio de apartamentos, sale y llama al portero automático. No se puede estacionar allí, y él tiene que subirse a la acera unos metros más adelante, apagar las luces y confiar en no llamar su atención. Otra joven sale del portal, se abrazan. La primera vuelve a montarse en el coche. Aquella otra le hace unas indicaciones de maniobra y la suya, la del pañuelo rojo, reculando un poco, introduce finalmente el utilitario en el garaje de los bajos del edificio. Parece que la función ha terminado por esa noche. No se va a quedar de plantón. Es posible que salgan a cenar, o que ya no la vuelva a ver más; pero no importa. Esta era y continúa siendo la gracia de este juego; así que sale de aquellas calles y se encamina a su hotel de siempre.
Cena únicamente zumo de tomate con vodka. Dos vasos. Y llegada la hora habla con Elena: En Barcelona, sí. No, no sé cuantos días. Se tumba en la cama y se duerme.
CAPÍTULO 3º
Al día siguiente, temprano, inició su ronda de visitas a sus clientes de Barcelona y alrededores. No fue donde la chica. Era parte de este juego inventado por él: lo que ignoro no existe, no me compete, no me atañe; lo que olvido deja de ser cierto, cesa en su realidad; el jugador decide, siempre, su grado de implicación; se está autorizado a salir indemne cuando se está en peligro o no se está dispuesto a asumir una responsabilidad o un riesgo, aunque sea uno mismo quien se haya expuesto a él o sometido a ella, ya que si bien son el resultado de decisiones libres, son imposiciones del tablero. Podría haber llamado a su juego “El arte de la fuga”. Era, quizá, y él lo habría sabido si se hubiese puesto a pensarlo, lo contrario a la vida.
En los últimos años se preocupaba de concertar antes la cita por teléfono con los encargados de compras de las empresas. Casi todos eran ya viejos conocidos. En esta ocasión se presenta por sorpresa, voluntarioso, optimista; y si le hacen esperar porque el compras no se encuentra en ese momento o está muy ocupado, pues espera, o se va a dar una vuelta por los alrededores (el primer día solo tomó una barrita energética y cuatro tés) y vuelve a probar su metal de vendedor nato metiéndose en un taller donde no le conocen y arrancándoles un pedido de desengrasante, jabón de manos o limpiador universal. De la posibilidad de perder a la chica del prodigio, del desapego con que tramita ese riesgo, obtiene un insólito caudal de fuerza cuyo manantial es ubicuo. Sus conocidos lo perciben, pero no saben bien a qué atribuirlo, unos se alegran de verlo sin previo aviso, los hay que creen poder intuir un rejuvenecimiento. Lo achacan a que, como confiesa, ha dejado el tabaco, o a que, aunque lo niegue, tiene un lío; pero a nadie deja indiferente su repunte animoso.
Come porquería: la segunda jornada refrescos de cola y un sándwich de atún. Se pasa por el portal de ella un par de veces al día. Una noche la ve de refilón, cree, paseando a un perro.
Este rondó jubiloso sigue tres días. Reporta nueve nuevos clientes. Se compra tres corbatas y unas cuantas prendas de ropa informal. Come poco (el tercer día chocolatinas y café. No la ha premeditado así: esta alimentación arbitraria y ridícula responde a un albedrío compulsivo y como de fiesta, caprichoso, liminar y demente, de guateque infantil), habla por los codos cuando tiene ocasión y, si no, guarda un silencio concentrado, camina mucho para combatir la ansiedad. La tarde del tercer día pasa por delante de un cine y se mete a ver una película iraní. Sale de la sala deslumbrado por una revelación estética que no experimentaba desde hacía muchísimos años y que se difumina a medida que camina hacia el coche.
Como por querencia inconsciente, conduce hasta el edificio de apartamentos donde la acogieron: el movimiento normal, entra y sale gente, pero no la ve. A punto de irse, un vehículo le rebasa y ataca la rampa del garaje. Sin pensarlo, baja con el suyo tras él y aprovecha que abre el portón para colarse dentro. Al rato de buscar localiza por fin el coche en la plaza que, según reza un letrero, pertenece al 6º2ª. Aparca en una plaza próxima y sale de su automóvil, no sabe muy bien para qué. Mira tras los cristales de las ventanillas: el interior está lleno de papeles arrugados. En la alfombrilla del acompañante hay una botella de agua y dos latas de refresco vacías. Sobre la bandeja del portón trasero un sombrero de paja y dos peluches: uno es un perro con la lengua fuera, el otro un gato pegado al cristal trasero con una ventosa. Toma nota de la matrícula y se encamina a la salida. Ya es un poco tarde; si no logra salir de allí cuando entre alguno de los últimos que regresan a casa del trabajo, corre el riesgo de quedarse toda la noche encerrado. Ocupa una plaza junto a la rampa y aguarda. Pone uno de sus discos de música de carretera, grandes éxitos de los setenta, que podría durar hora y media. Lo quita enseguida; rebusca pero no encuentra nada que le apetezca oír. De todos modos no tarda en entrar un vehículo. Sin perder tiempo se coloca en posición para evitar que baje la cancela. Eso le obliga a hacer una maniobra un tanto agresiva que lo coloca al costado del otro coche. Su conductor, un cincuentón asimismo de traje oscuro, lo mira con el ceño fruncido, pero su propio aspecto es impecable. ¿Qué está viendo en mí?, piensa: un cuarentón pulido a bordo de un turismo de cincuenta mil euros. No hay peligro de que lo confundan con un ratero. Se siente reo de un pequeño delito, participante de la conspiración ecuménica que suscribe y perpetúa el ‘tanto tienes, tanto vales’, y el ‘por su aspecto los conoceréis’. Le da un poco igual.
Mientras conduce hacia el hotel se le ocurre que al día siguiente, desde su propia habitación, bien podría hacer un par de llamadas y cerrar un par de pedidos. Darían las ocho y media de la mañana y ya habría ganado unos trescientos en comisiones. De pronto, salir a vender no tendrá la menor trascendencia. Sin embargo, ella puede abandonar el piso y su vida en cualquier momento; así que la vigilará más de cerca. Tiene que ocurrírsele algo para aproximarse a ella.
Sus prioridades, sin que nadie pudiera decir por qué, y menos él mismo, parecen haber dado un giro radical. De pronto, idea una gestión que considera audaz. Llamará a tráfico. Querrá saber qué tiene que hacer para cambiar la titularidad de un turismo. Le hablan – imaginariamente oye hasta la conversación – de un impreso. Pregunta si puede enterarse si tiene multas o está al corriente del pago del impuesto de circulación, porque resulta que su tío era un despistado, y dejó que el coche lo usara su mujer, vamos, que se desentendió de él, y la pobre mujer lo coge una vez al año, si lo coge; ¡pero si lo tenían en un granero! Le cortan. Le dicen que sí y comienza a dar los datos del vehículo. Cuando sin duda ya tenga la telefonista la ficha del coche ante los ojos, dirá:
- Titular…. Juan Segorbe Sarriá.
Silencio al otro lado. Comprueban los datos otra vez. Por fin:
- No, señor, ese no es el titular que figura en el permiso de circulación.
Él resopla, chasquea la lengua.
- ¡Buenoooo! ¡Bueeeeno! Y el pobre hombre a punto casi de morir. Cáncer, ¿sabe? Lo mismo, viéndolo venir, se lo dejó a la chica y la otra no se acuerda, o no lo sabe. ¿Es mi prima? ¿Se lo ha dejado a mi prima? ¿A Candela?
- No señor.
El tono de él se entristece, se hunde en confusión.
- ¡Qué hombre! ¡Y mi tía queriendo venderlo! ¡Qué desastre de hombre! ¿A nombre de quién lo puso?, si me hace el favor.
- No puedo darle esa información, señor.
- El nombre de pila solo, si me hace el favor, ¡hombre!, ¡por Dios!, y ya con eso sé quien es. Seguro. Para ayudar a la pobre mujer, que no sabe leer. Yo es que estoy en Jaén, ¿sabe? Por hacerle un favor a la familia y sacarle del apuro pues me ha llamado… por si se lo compraba para mi chico… figúrese qué panorama, y ahora resulta que…
-… Serena. No puede decirle más.
- No hace falta. Esa es mi tía. Adiós y gracias.
Colgará y le dará la risa. Sonrió en el coche para nada, para nadie, pero porque no sabía para qué coño quería él saber aquel nombre. No se servía de nada.
Llegó al hotel pensando -como si apenas fuera un entretenimiento de la imaginación, un juego al que no jugaba desde hacía algún tiempo- cómo hacerse presente en la vida de la chica.
A la mañana siguiente hizo aquellas llamadas de trabajo que había previsto y algunas más. A las nueve y media de la mañana había ganado en comisiones, efectivamente, una cantidad ligeramente superior a trescientos euros. Además, había aprovechado las esperas para ducharse, hacer un desayuno en condiciones y vestirse de manera informal. Por primera vez desde hacía años, el sobrepeso que aún ensancha un poco –menos que hace una semana- su cintura y se rebalsa sobre la cinturilla del nuevo pantalón de algodón le molesta. Su día de vendedor ha acabado, pero al salir se ha echado un puñado de tarjetas en el bolsillo; nunca se sabe.
Y camina.
Nunca había visto Barcelona a aquella escala. Compra agua en pequeñas lecherías donde lo miran como a un excéntrico y escala rampas y escalinatas inauditas en barrios donde parece que nadie se molesta en subirlas. Asciende muchas cuestas, se para a ver el mar, a ver las casas allá abajo. Le entran ganas de dejarlo y de meterse en el primer taxi que vea, pero en lugar de eso entra en un centro comercial y se compra unas zapatillas deportivas, calcetines blancos, un par de camisetas y una mochila pequeña. Mete en ella los zapatos y la camisa empapada y sale de nuevo a la calle. Compra ciruelas en un puesto y se las va comiendo; ese es todo su almuerzo y será su cena. Llega al puerto y para descansar se mete a visitar un trasatlántico. A bordo entra en un aseo, defeca, se refresca y se arregla un poco. Se apoya en la barandilla de uno de los puentes. Ahora menos que nunca haría un crucero, pero a medida que se reducen sus probabilidades de hacerlo, más cómodo se siente allí apoyado, viendo abajo el muelle como un mundo al que no tuviera que volver. Un emigrante, un evadido, un refugiado con derecho a iniciar una nueva vida. Se huele un olor metálico en las palmas, se mira las manos y decide de pronto.
Busca un tripulante y le pregunta por cierto encargado del buque. Le llevan a una zona del barco restringida donde un policía o algo así le registra la mochila y le cachea. Le hacen esperar oyendo conversaciones por radio que se difunden por el aire sin que pueda saberse de dónde salen. Por fin aparece el individuo, que le mira extrañado pero cortés. Entonces es cuando él despliega lo mejor de su repertorio. El fulano se muestra casi hostil desde el momento en que él saca la tarjeta de empresa, pero de algo le han de servir sus muchos años en la calle.
Su capacidad de observación, su flexibilidad para adaptarse al futuro comprador, su cintura para evadir las trampas, los cierres falsos, su sabia forma de arrullar el ego de su eventual pareja de baile comercial, quien llega a sentirse el más afortunado de la tierra solo por haber conocido a Javier Santisteban, le conducen de forma lenta pero irreversible a donde él quería ir desde el principio. Aquel tipo resulta ser un perfeccionista y le arrastra con él por la zona de máquinas, donde a Javier no le importa mancharse para mostrar cómo cierto subproducto químico de los detergentes que utilizan a día de hoy, aliado con la temperatura, tiene efectos corrosivos permanentes; le lleva por la cocina, donde antes de que el otro se los diga le canta los problemas más comunes a un encargado que lo mira de arriba abajo como si fuera un adivino; le pasa por los baños, cuyo jabón de manos, como bien sabe, deja las manos ásperas y es potencialmente nocivo para pieles delicadas… Para todo tiene Javier una respuesta satisfactoria: componentes, aroma, resultados a largo plazo, distribución y reparto, devoluciones, precios. Sale de allí, según la exagerada jerga del oficio, con un cliente y un amigo. Llama desde el mismo puerto al almacén de su empresa en Madrid para que manden de inmediato un gran pedido de muestras.
Al colgar se siente tan bien que casi se vuelve a ilusionar con su arte, pero regresa esa sensación, liberadora e ingrata a partes iguales, de los últimos tiempos; pues ha venido dándose cuenta de que algo falla, algo para lo cual los acontecimientos de los penúltimos días –que no precisa en su magín para no sentirse abrumado de horror y desconsuelo- han actuado de reactivo, y nota que presentarse ante aquel individuo del barco, uniformado este hasta las cejas, así de improviso, sudado, sucio y vestido de una forma casual había sido un frívolo gesto de autodestrucción. Sus reflejos habían impedido que eso ocurriera, pero la euforia, la ruptura voluntaria, y hasta enfática, aunque de motor subconsciente, de las convenciones de su profesión, algo en su interior le dice (de modo totalmente oculto, ya que nada de esto lo concibe de modo articulado, sino como una mera erupción de sensaciones) que son señales de algo. Lo llamaría crisis si percibiera la forma de su naturaleza de cambio, pero intuye que va a ser una metamorfosis cuyo alcance vaya más allá; además, ni se le ocurre que deba poner nombre a algo cuya silueta, cuerpo en la oscuridad, apenas si alcanza a discernir. Una entidad se aproxima a su vida de modo irrefrenable, y todos aquellos fenómenos o experiencias extrañas acaso no son sino sus primeros heraldos. Sintió como si estuviera esperando en una playa algo inmenso y feroz que, viniendo del otro lado de la tierra, se aproximara ya bajo las olas. Luego se puso a caminar de nuevo y se le pasó. Ni se acordaba ya de que por un segundo había pensado en desaparecer para siempre.
De retirada hacia su hotel, con los muslos calientes y los pies cansados de andar, pasó por delante del edificio, se arrimó al portero automático y, sin haberlo premeditado, llamó al piso. No sabía qué iba a decir. Tardaron en contestar tanto que ya se despegaba de la pared cuando una voz de mujer joven respondió a la llamada. Preguntó entonces si tenían tal y tal coche de tal número de matrícula en su plaza de garaje. Le contestaron que sí con cierta aprensión.
- Es que yo aparco cerca y tiene un charco de grasa enorme debajo, como si hubiera roto el cárter.
Era casi una necedad, pero oyó cómo la que hablaba con él, dirigiéndose al fondo de la casa, gritaba: “¡Palomaaa, parece que tu coche está soltando aceite!”. Le dieron las gracias y se fue enseguida.
Conocer su nombre seguía siendo igual de improductivo cuando había imaginado que llamaba a Tráfico para averiguarlo que ahora que lo sabía de verdad. Atesorar esa información le resultaba en cierto modo tan irreal ahora como cuando era una pura fantasía. Lo verdaderamente estimulante era la inmediatez del trasvase de competencias entre la fantasía y lo auténtico. “Si se hubiese llamado Serena…”, pensó, “sería como el pañuelo rojo”; como si la ficción dotase de trama al caos de la realidad y esta, agradecida, se prestase a encarnar lo ficticio. Había descubierto en sí mismo cierta facultad no solo de comandar la nave desconocida donde estaba embarcado, sino de introducir en ella, y en el paisaje entorno, modificaciones creativas. Estaba por ver (piensa) si también podría finalmente influir en su destino de atraque, y en el destino, pasado pero de algún modo pendiente, de la mujer negra. Esta evocación súbita le hace revivir los hechos del motel: se estremece como si en el corazón de un frívolo parque de atracciones se hubiese abierto de pronto un plomizo yermo sembrado de dolor y cadáveres.
Cuando cerró tras él la puerta de su cuarto, no pudo ignorar por más tiempo que estaba agotado. Al quitarse la ropa, cobró una contundente conciencia física de su presencia corporal: irradiaba sensaciones dolorosas y placenteras, calor. Y olor. Se duchó.
Se duchó largamente, dejando que su piel se acostumbrara a un agua cada vez más caliente y que toda la habitación, no solo el cuarto de baño, se llenara de vapor de agua. Se puso el albornoz y salió. Tenía hambre. Rebuscó en la mochila y de una bolsa de plástico sacó dos ciruelas. Las fue a lavar y se sentó a comerlas en el borde de la cama, ante el televisor. Zapeó un rato hasta que llegó a un canal porno de pago del hotel. Ahora (en los primeros años de profesión no fue ni mucho menos tan prudente, tan ahorrativo, tan casto, tan sensato) ya nunca se permitía engolfarse en esas producciones repetitivas que llenaban su cabeza de imágenes y, o bien le exigían una respuesta, compartida o manual, para desalojar el prurito, o bien le acarreaban un insomnio cruzado de inquietudes. Pero esta vez dejó correr la cosa. Vio pasar el segundero de cortesía que, en una esquina de la pantalla, incluía esta cadena de hoteles para permitirte ver un poco y ayudarte a decidir si te quedabas, con su costo adicional, o salías del canal. Se quedó hipnotizado viendo una penetración doble en que dos negros borraban las distancias de una delicada belleza rubia del medio oeste que ululaba con la mirada trastornada y perdida de los místicos. Pensó fugazmente que con esa misma unción, provista con aquella virginal capacidad para el arrobo, podría haber sido monja o ecologista, que aún podía que lo llegara a ser, o que lo fuera. Con la segunda ciruela a medio comer en la mano izquierda, se puso de pie, dejó resbalar el albornoz y, ya desnudo, empuñó su falo y se puso a bombear a la velocidad que follaba el negro que tenía la polla más gorda. Se terminó la fruta, hizo un sprint y, sin miramiento alguno, se vertió completamente sobre la pantalla y la alfombra. Repitió esto dos veces. Luego, sin prisa, limpió un poco las salpicaduras más evidentes, se duchó de nuevo e hizo otra cosa que no hacía nunca desde el comienzo mismo de su carrera, atendiendo a las recomendaciones de su maestro en el oficio: vertió dos botellines de ginebra del minibar en un vaso con hielo y dio un trago largo. Sintió descender el alcohol helado como un desinfectante tras la purga.
No sabía cuándo había cambiado de canal, pero ahora la pantalla del televisor emitía unas relajantes imágenes subacuáticas de delfines que llenaban el cuarto de radiación azul y venían acompañadas por una música entre coros barrocos y new age. Con aquel entorno fetal, reportó a la empresa los pedidos y llamó a casa. Se alegró de poder contar lo del trasatlántico, y que aquel motivo centrase y absorbiese casi toda la atención de la conversación. Entonces Elena dijo algo con lo que, estúpidamente, no había contado: “Bueno. Hala. Mañana nos vemos; a ver si llegas a comer.”
Cuando colgó, la evidencia de la normalidad, del poder disruptivo o regulador del hábito, de la rutina semanal, se le presentó con la fría ferocidad de una madre que tiene por misión destruirnos para salvarnos. Se durmió sobrecogido por un espanto urgente.
Cuando se despertó, la antigua capacidad de fabulación infantil, un órgano interno cuya función había creído perder hacía muchos años, lustros de sequía imaginaria pasados en su particular exilio de adulto huérfano, había negociado una sugerente curva al timón de su vida y levantado otro escenario. De nuevo, la transfusión de jurisdicciones entre las dos esferas, la real y la fantástica, esa osmosis insólita entre los reinos de lo tangible y lo ilusorio que le hacía cosquillas en el plexo solar y le emocionaba como a un colegial -aunque su continente externo (un hombre al pie de la derrota) fuera bastante adusto aún- le fue haciendo las sugerencias una a una. A cada instante sabía lo que quería hacer, pero no lo que haría un segundo después.
En un momento determinado, mientras se dirigía en su coche al taller, creyó ver aparecer en el retrovisor, sobre su hombro, el rostro blanquecino, descarnado, expectante del otro. No se asustó; siguió conduciendo. Lo miró detenidamente en un semáforo y era él mismo, no siéndolo. Se empezaba a acostumbrar a los acontecimientos tontamente insólitos e inexplicables. Pensó incluso que lo estaba oyendo soplándole al oído. No sabía cómo decirle que ya había dejado de ser precisa su asistencia. Aunque quizá, pensó, aquel doble pudiera ser el agente transfusor, el mensajero, el mago y el bufón, y tal vez sin su presencia nada habría sido de la misma manera. No supo resolverse en uno u otro sentido, ni decidir si aquello era bueno o malo, y el espectro a sus espaldas no parecía tampoco interesado por ahora en aclarar quien era. Quizá solo fuera la muerte enamorada de sus errores. Y la muerte sonreía. Pero aquella presencia repugnante, aquella asquerosa oportunista, no tenía nada de qué mofarse. Nada. No tenía ningún derecho: ¿Qué te creías, hija de puta?... ¿Que solo observas, dices?..., ¿que estás aquí para acompañarme, dices?..., ¿para aconsejarme?... ¿O no es eso?... Mira y verás.
No bien dejó el automóvil para el cambio de aceite y filtros, llamó a casa. Una fatalidad: el cárter se había roto, o eso era lo más probable. Acababa de encontrarlo en el garaje del hotel, chorreando, casi flotando sobre un charco de grasa de motor. Iban a venir a llevárselo a un taller. A ver qué le decían. Que llamaría más tarde, a ver si se lo tenían en el día.
Dejó el teléfono en silencio y se aplicó a caminar con la mochila a la espalda. Comía fruta y caminaba. No había error posible porque solo se trataba de eso: caminar; o mejor: no parar de andar. Si repetía un trayecto estaba bien, si conocía un lugar nuevo, mejor. Bajó hasta el mar y se bañó en calzoncillos. Luego los tiró a la basura, pero a la media hora de reanudar la caminata tuvo que comprarse otros y llevárselos puestos porque los muslos le rozaban. Llegó hasta la calle de la chica y desde un banco en la acera, mirando el portal y vigilando también el portón de la cochera, llamó a casa. Parecía más grave de lo que habían pensado, pero estaban esperando una pieza que venía de un almacén que tenían en Zaragoza. De todos modos, casi le convenía quedarse hoy y quizá mañana porque quería asegurarse de que llegasen las muestras al trasatlántico. Lo mismo probaban sus productos enseguida y se iba de allí con el primer pedido. No, no habían llegado, y habrían tenido que estar ya en el barco. No le hacían ni puto caso en la empresa y cada día estaba más cansado y más aburrido de tener que repetir las cosas cien veces y de perder dinero por culpa de unos incompetentes. Era el negocio del año, estaba seguro, y aquellos tipos del almacén con el bolo colgando, viéndolas venir, dormidos en los laureles. Ya sabes cómo son. Dijo alguna cosa más: duermo mal, que el niño estudie, y cortó.
Se comió una pera, orinó entre dos coches, se rascó la barba de tres días y entonces la vio salir. Echó calle abajo. Llevaba los mismos jeans con que la vio la primera vez. La blusa, blanca con motivos de hojarasca de color castaña y canela, amplias mangas con puñetas y chorrera de volantes, sería prestada. Nada del pañuelo. Estuvo andando un buen rato, consultando de cuando en cuando un librito que llevaba en el bolso de cáñamo. Se detuvo frente a un bloque de viviendas, comprobó la dirección, y entró. Mirando hacia lo alto de la fachada, Javier vio carteles de pisos en alquiler. Estaba buscando piso. Anotó la dirección y aguardó. A lo largo de la tarde visitó otros cuatro lugares por la zona. Parecía gustarle el barrio, o quería estar cerca de su amiga. Luego regresó. Él, con ella recogida en casa, y estando casi seguro de que no se trasladaría aquella misma tarde, también lo hizo.
Antes de encerrarse en la habitación había adquirido en un kiosco algunas de las publicaciones en que se anunciaban viviendas y apartamentos en alquiler y buscó aquellas en que apareciesen las direcciones que la chica había visitado por la tarde. Todas estaban en dos, un periódico de gran tirada y un boletín semanal dedicado exclusivamente a anuncios de particulares. Este último salía los martes, así que era improbable que aún resultase útil el sábado para encontrar algo interesante disponible. Se centró, pues, en el periódico, cuya sección de alquileres por barrios y precios daba una idea bastante exacta de lo que parecía estar buscando ella: algo barato, próximo, provisional. Al día siguiente llevaría aquel diario cuando la siguiese, por si era posible ejecutar un rudimentario plan de acercamiento que todavía desconocía. De refilón, como sin confesárselo a sí mismo, como si autorizase al otro a mirar por encima de su hombro mientras él hojeaba el periódico sin prestarle atención, comprobó que no se decía nada del hallazgo de un cadáver. Y la desaparición de una puta ilegal, reflexionó con un ápice de indignada pena absolutamente sincera, no era noticia.
Aquella noche, que cenó whisky con agua, comunicó a su mujer que les había sido imposible reparar el coche, que se quedaba ya el domingo para seguir la pista de las muestras del barco. Meterse en el puente aéreo, argumentó débilmente, le comería la mitad del día o le impediría dormir. No se mostró muy conforme, o no quiso que pareciese que se conformaba muy rápido o con excesiva e indecorosa indiferencia su mujer, pero la resistencia fue solo testimonial.
A la mañana siguiente fue hasta allí temprano y se apostó en el banco del parquecito a esperar. Para ganar tiempo y matar el aburrimiento, fue seleccionando algunos apartamentos próximos que se ajustaban a las preferencias de ella y no había, que él supiera, visitado con anterioridad.
A media mañana estaba harto del plantón. ¿Cómo dejaba pasar la mañana?, ¿no comprendía, acaso, que lo mejor desaparecería a primera hora? ¿Estaría llamando por teléfono? Quizá. Quizá también, ida la amiga o su marido a trabajar, tal vez los dos, la prisa por abandonar aquel piso, seguramente confortable, no sería tanta. O puede que marchado un receloso esposo a la labor, las dos desayunaran como emperatrices de la magdalena y el cruasán, de charleta como nunca la habían disfrutado desde que la otra se casara y se fuera del pueblo, o desde que terminaran en la universidad. Por la tarde volvía el celoso gañán, que quería volver a poder disfrutar, le habría advertido a su mujer, de su intimidad doméstica cuanto antes, y habría que dar impresión de diligencia, o mejor, no estar. Se cansó también de especular. Se había comido media docena de platanitos maduros que había de un salto ido a mercar a una frutería de pakistaníes cercana y algo sucia, y se había visto obligado a defecar en la rampa grasienta por la que sacaban la basura o entraban la mercancía de un restaurante de hamburguesas infantiles y fiestas rápidas. Ya no podía más, y se largó. Se puso a caminar hacia arriba sin ton ni son, pero pronto pensó que no perdía nada visitando aquellos apartamentos que había seleccionado para ella, quien tal vez incluso se presentara por sorpresa. Y si no iba, pues nada. Así que se volvió.
Algunos eran pura cochambre, otros estaban mal situados, mal iluminados o no tenían ascensor. El resto, simplemente, ya estaban alquilados. Solo quedaba uno interesante. Era luminoso, con dos habitaciones ventiladas, terraza con horizonte marino, de obra nueva, con garaje y portero, amueblado con gusto, piscina de verano, silencioso y caro, un poquito caro para ella. Si él lo había elegido era por el anuncio, que lo hacía irresistiblemente atractivo. Confiaba en que lo fuera también para ella. Pero si preguntaba por teléfono el margen de rebaja o el alcance del significado de la locución “precio a convenir” a que estaba dispuesta a llegar la propietaria, ni siquiera se acercaría a verlo. O solo lo haría, y ahí residía también la faceta lúdica y el punto del tahúr que poseía aquella persecución un tanto absurda, por pura curiosidad o por probarse como negociadora, una facultad esta de la que, por lo tanto, no se consideraría del todo desprovista. Y esa palestra de riesgo e intercambio, de pugna de mentes por un logro, aun en su versión menos dotada, la de la esperanza infundada, era su dominio, su feudo, y la aproximaría a él. Le dijo a la dueña que volvería por la tarde y se marchó al hotel.
Se arregló, siempre de modo casual pero ahora un poco más correcto o atildado, y volvió a poner sitio al portal. Aproximadamente a la misma hora que el día anterior, ella salió y se encaminó a pie hacia el oeste. Hizo tres visitas, y la cuarta fue aquella. Algo, aquel órgano inactivo desde la primera adolescencia desterrada, dio un vuelco en su interior al comprender que no se había equivocado en sus previsiones y que el juego saltaba a otro nivel.
Se presentó de improviso en mitad del tira y afloja por el precio. La propietaria estaba a punto de romper. Acababa de rechazar, a voces escandalizadas que él había oído a través de la puerta, la última cifra de ella, y se alegró de verlo aparecer, esperando tal vez que él volviera decidido a aceptar sus condiciones o al menos que la lucha cambiase a un frente más favorable. Por el contrario, ella, que estaba bellísima con aquella luz alta y prestada, luminosidad de inauguración y de museo, se alarmó y casi dio la partida por perdida. La decepción apagó su rostro y encendió un abanico de fuego en su pelo castaño. La mujer se encaró con él, amable, dando la espalda ya definitivamente a la joven.
- L’hi queda per la quantitat que parlem aquest matí ? Aquesta senyoreta, ja veu, també está interessada. Veritat, vosté?
Su última oferta había sido ligeramente superior a la de la chica, y ligeramente inferior al techo de la dueña. La renovó, ofreciendo, en compensación y en catalán, firmar contratos de tres meses renovables, con abandono inmediato de la vivienda en caso de no renovación y pagando los tres meses, más uno de fianza al entrar, por anticipado. La mujer reflexionó un momento y aceptó. Despidió a la chica y se quedó con él para ultimar detalles: le exigió la fianza a modo de señal. Quedaron al día siguiente, y él salió apresuradamente para alcanzar a Paloma.
La asaltó con educación, disculpándose en castellano. Ponderó el piso, comentó el trato, habló de su nuevo destino en la ciudad…, para finalmente abordar oblicuamente el verdadero objeto de su interés.
- … Pero es que no tengo el dinero que me pide. Para el primer contrato sí, unos ahorros, pero el segundo… como no venda algo… Mañana le tendré que decir que no me lo quedo, a no ser… - y entonces le confesó que había realizado la oferta por los dos, que había pensado que podían compartir piso y gastos. La chica no dijo nada, ni en un sentido ni en otro, parecía estar considerando el asunto y considerándolo a él. Para no perder la iniciativa, se disculpó con ella por su audacia, que ahora veía claramente que había sido un error, y de la que, dijo, se estaba arrepintiendo ya con solo verle la cara. Trató falsamente de despedirse.
- ¿Qué cara pongo?- se enfadó ella, indignada, no sin una remota punta de curiosidad socarrona. Era notablemente más baja que él, y al alzar hacia aquel hombre la mirada, separándose unos centímetros más de lo habitual con el fin de no tener que forzar el cuello, guiñaba un poco y giraba la cara.
- Pues de que la idea no te hace gracia; y no te culpo. No me conoces. No tienes por qué fiarte de mí, naturalmente. Compartir piso no era tu idea, seguro, y sigue sin serlo. Perdona; tenía que intentarlo; tal vez era una idea absurda. Pero es que me gusta mucho el piso. Mucho. He visto un montón y…
- A mí también me gustaba, y estaba a punto de convencerla.
Tanto ella como él sabían que aquello no era cierto. Y sabían del conocimiento mutuo de ese hecho, con lo que, de repente, sin premeditación, y más rápido de lo que él se había creído con derecho a desear, una inesperada fase de ligero flirteo se había iniciado. Y si bien lo había hecho de un modo tímido y reversible, él había recibido las señales de manera inequívoca. Conque cobró unos arrestos nuevos (era un juego parecido al tira y afloja de la venta, y a este sí que sabía jugar), ganó una cierta seguridad en su impronta que, solo eso, le proporcionó un tranquilo empaque muy atractivo para ella, aunque permanecía secretamente sorprendido y aterrado. La realidad se había adelantado esta vez al deseo, algo insólito para su experiencia, y más en aquel tipo de asuntos.
- Perdóname, lamento haberlo conseguido así; pero considera que ahora te ofrezco algo igual de bueno y más barato. Yo molesto poco. Estoy todo el día fuera. Mi ex-mujer puede decirte que soy totalmente de fiar. Un cordero. Limpio, ordenado… ausente… casi invisible. Ideal para compañero de piso, pero malo para marido.
La chica lo miraba con una seriedad temible.
- Mira, no lo decidas todavía, deja que te invite a un café o una copa. Me preguntas lo que quieras. Me haces una ficha. Y si luego no quieres, pues nada, te vas por tu camino y yo por el mío. Ya lo anunciaré yo en el periódico.
- ¿Anunciar qué?
- Que comparto piso. Me meteré yo solo, pagando los tres meses, y confiaré en que alguien quiera compartirlo.- Ella no se movió; lo miraba impasible -¿Un café, entonces? Tengo entendido que ahí enfrente lo hacen bien.
Se sentaron en un velador de mármol junto a la ventana y Javier se dio tiempo de afinar sus artes de seducción: muy concentrado, la escuchó devotamente mentir y decir la verdad con idéntica comunión de fe; la ayudó a ventilar, con diligencia gestual y silencio, alguna frustración reciente y menor; supo hacerse útil, con oportunos comentarios, para que ella misma comprendiera ciertos matices de su propia situación; se dejó mirar el perfil ligeramente barbado, con la mirada pensativa puesta en la calle; jugó con la alianza compungido y sereno; le sonrió liberando una delicada y viril vulnerabilidad interior que, como el aroma del café, envolvía la roca de la madurez masculina en una bruma de ensueños y carencias, de menesterosidad inconfesable y aristocrática y frágil dignidad de exiliado, de sensibilidad como única ideología. Y con una misma mirada de distancias, de música interior, de Mediterráneo en su sima, contempló niños, perros, vehículos, una pelea de enamorados en una mesa vecina y un leve accidente de tráfico frente al cristal; pero su mirada sobre ella no resbalaba con esa noble indiferencia que da la comprensión de los enigmas, a ella la escuchaba; Paloma le sorprendía (diríase) a cada palabra. Y la joven, que se había propuesto mantener las distancias de la buena crianza y sostener enhiestas e hirsutas de prevención adolescente y prudencia de género las barreras de su personalidad -no digamos su intimidad- ante aquel intruso no llamado, se fue deslizando insensiblemente hacia el encantamiento. Salieron, con los respectivos nombres ya como un regusto de confitería amorosa en las papilas, y caminaron por una zona de escaparates iluminados. Él llamó su atención sobre varias prendas que la favorecerían dado el claro tono de su piel. Ella le sacó borbotones de información emocionada de su hijo, triste de su mujer, a quien, cuanto más alababa y justificaba él, menos comprendía y más odiaba ella. Se acodaron en una barandilla para hablar él de viajes realizados, presumiblemente en la soledad de los grandes hoteles, ella de los soñados; y la doncella no se dio cuenta de que, mediante conexiones sutiles y otros sortilegios verbales, él hacía a aquellos coincidir en rutas y destinos. Simplemente -cabía resumir la más plausible interpretación de aquel juego de desajustes en el mapa y coincidencias en el espíritu- no se habían encontrado. Hasta ahora. Ella le había estado buscando en el tiempo, él trataba de dar con ella en el espacio. Al fin, sus órbitas confluían en el apartamento.
Cuando sonó el despertador en su teléfono, se disculpó de que se hubiera hecho tan tarde y se ofreció a acompañarla, dando tácitamente la noche por acabada. Ella no comprendía y Javier le contó casi la verdad. Que llamase cada día a casa de su ex-mujer para interesarse por el hijo, por los asuntos generales domésticos, por el trabajo, le admiró, casi la indignó de emoción. Se encendió en ella una alarma silenciosa que habría sonado escandalosamente si él no hubiera simulado ignorar todas las insinuaciones directas de la joven. Como no había nada romántico ni él trataba de aproximarse de manera incorrecta, ella no puso en duda lo del divorcio. En realidad no puso en duda casi nada. Solo mantenía el tipo de manera testimonial. Así que la mayor parte del trabajo lo estaba haciendo ella.
- Llama. Yo espero aquí-, dijo, y se apartó un poco a rumiar vagamente las diferentes sensaciones que la invadían en tanto él editaba en las ondas otra entrega de la patraña del vehículo averiado.
Cuando reanudaron el paseo, una hosca mudez se había instalado donde antes fuera la confidencia. Se dirigían, sin declararlo, hacia el piso de ella.
Cuando estaban cerca, en un cruce, y él no podía continuar caminando sin revelar, injustificadamente, que conocía su domicilio, se detuvo.
- No sé seguir si no me guías-, declaró. Paloma le vigiló los ojos.
- Tengo hambre-, se quejó. Él unió las manos en la espalda, compuso un torcido gesto de hesitación merecedor de una dificultad auténtica, bajó el rostro hacia ella y, con un remoto humor que no se revelaba y ella entendió (correctamente) como su primera broma privada, ordenó ceñudo, tierno y paternal:
- Tienes que cenar algo.
Se lo quedó mirando con la única pregunta que deseaba hacerle, la única pregunta imposible, hormigueándole el borde de los labios casi vírgenes. Elaboró entonces una suplente ridícula y la soltó, también con seriedad perfecta.
- ¿No se te hará tarde?
Echando a caminar hacia las luces para distraerla coquetonamente de su cara, contestó: “No me esperan”.
Sin ningún compromiso expreso, ya sin embargo todo quedó dicho aquella noche. Quedaron para verse, siempre por iniciativa que debía partir solo de ella, al día siguiente por la tarde, cuando él ya hubiese formalizado el alquiler y realizado la breve mudanza de su equipaje de soltero. La de aquella noche fue una separación ridículamente dolorosa.
Para ir a retirar el dinero del alquiler y participar en la firma del contrato quiso ponerse, revelando quizá al hacerlo una significativa discriminación implícita entre lo que le parecía serio y lo que no, alguno de sus trajes. Descubrió que ya no le valían: había perdido de tres a cuatro tallas. La cintura le quedaba arrugada, la camisa flotante, la chaqueta colgaba como un ahorcado al que sostuviera sobre sus hombros. Llamó al sastre del hotel y le tomaron medida para los arreglos. En veinticuatro horas tendría los trajes remozados junto con las nuevas camisas. Hizo, pues, los trámites en vaqueros y camiseta.
Después de dejar en el piso una de sus maletas casi vacía, pues no pensó en abandonar el hotel, echó a andar por matar la ansiedad. Comió dátiles con agua en lo alto del castillo de Montjuïc y se alejó lo más que pudo hasta un cementerio que estaba en una ladera muy empinada frente a la costa, casi un monte. Sudaba cuando se sentó en una alta lápida a mirar el confín marino.
Volvió a experimentar aquella sensación de que algo gigantesco se acercaba a su vida, bajo las olas, a gran velocidad. Aun sabiendo que se trataba solo de un registro interno, simbólico, de una intuición, buscó con los ojos por sobre la superficie de la espuma y sus picos para descargar allí, en aquel vacío tan propicio a espejismos y apariciones, la inquietud sobre algo inasible que no tiene soporte ni posee imagen.
Vio entonces a lo lejos el trasatlántico. Sacó la tarjeta que le había dado el oficial y llamó. Sí, sí; su envío había llegado hacía unas horas. No, no habían tenido tiempo de probar sus productos. Por supuesto que no le importaba que le hiciese personalmente una demostración. Mañana, por qué no. Antes del almuerzo le sería imposible, estaría muy ocupado en labores de.... Estupendo, sería por la tarde, a primera hora.
Se dispuso a marcharse. Antes hizo unos estiramientos de aficionado sobre la lápida a ras de suelo de un tal Ismael Capdevilla Subirats, muerto a la edad de treinta años (leyó mientras tensaba los muslos como si hiciera reverencias) en mil novecientos cuarenta y tres. Su esposa, sus padres y hermanos aseguraban no olvidarlo. Al parecer, según la piedra, su mujer fue devota, sus padres amantes y sus hermanos amorosos; pero no decían nada de Ismael. “Aunque con treinta años”, reflexionó casi inconscientemente mientras bajaba gradas y escalinatas en un trotecillo de saltitos, “aún se ha cometido mayor número de errores que de pecados o vilezas”.
Llegó al piso poco antes de la hora convenida. Después de abrir ventanas y quedarse mirando un firmamento azul eléctrico y perfecto sobre el orbe marino, partido por perfiles de rascacielos incendiados de reflejos de sol y vidrio, se puso a quitar más que el polvo, el olor de lo ajeno, a abrir y cerrar grifos de caño irreprochable, a recolocar muebles en su mismo sitio original. Los colchones de las dos camas eran duros y nuevos, había mantas y toallas en un armario, algo de papel higiénico, pocos cubiertos. Cuando llegó Paloma estaba completamente bañado en sudor y trataba de sintonizar un televisor colorado, viejo y esféricamente pop que había sobre una mesita de cristal.
- ¿Qué haces?
Él señaló la nieve gris de la pantalla.
- No creo que vayamos a usarlo.
Copularon tres veces, se ducharon con agua fría y bajaron a comer algo antes de despedirse. Él regresó al hotel. Por la mañana hizo algunas llamadas, se puso uno de los trajes arreglados y visitó a algunos de sus clientes en la ciudad y el área metropolitana. Regresó, se cambió y salió a comprar mordisqueando una barra de cereales por única comida. Llegó al piso cuando ella ya no estaba; se había traído una maleta, sin duda tan prestada como la ropa que había colgada en el armario, y unos enseres de aseo. Él también, pero lo suyo era todo nuevo: ropa juvenil, enseres y sábanas. Se marchó al hotel antes de que ella volviese. Se bañó largamente, se puso un traje y se encaminó al puerto, pero ella lo llamó al móvil (su primera llamada, puramente sentimental aunque con un leve deje de reconocimiento y demanda eróticos) y quedó en pasar a recogerla. Para hacerlo le puso como única condición que no hiciera preguntas. Volvió grupas y estacionó en la acera. Cuando ella vio el coche, cuando lo vio a él afeitado y ataviado con su uniforme comercial, comprendió el alcance de lo que los separaba (y los unía) y pensó por primera vez en su padre; pero tras la primera y cultivada impresión que él había depositado en su interior (sensibilidad y desaliño, sabiduría y pasión, experiencia y tristeza), aquella faceta de responsabilidad y madurez, aquel perfil conservador y acaudalado, aquel juego de modelos y paradigmas, aquella complejidad, solo consiguió aumentar a sus ojos inexpertos el recién ganado prestigio de su maduro amante.
La presentó al oficial de marina como una joven colega que se iniciaba en la profesión y de cuya formación de campo iba a ser instructor. Luego se quitó la chaqueta y dio comienzo la demostración a lo largo del buque.
Exhibió un conocimiento exhaustivo, tanto teórico como práctico, sobre la influencia de la química orgánica e inorgánica para la limpieza y la duración de las imprimaciones sobre metal o madera, y también acerca de la gran diferencia que hace una molécula, un electrolito o una valencia química para, por ejemplo, limpiar la cal invisible de un circuito de refrigeración, “y luego lo depuras del todo con soluciones de amonio cuaternario, y asunto resuelto”. Comentó, como de pasada, el acierto del uso de encimáticos en la disolución de manchas de hidrocarburos o café, o para desatascar tuberías; Se agachó, se tumbó bajo los fogones para erradicar con unas gotas de fluido translúcido que denominó tensoactivo una amplia mancha negra que debía de estar allí desde el mismo cóctel del bautismo del barco. Cuando se levantó, la elegante camisa, nueva, de popelín, chorreaba de inmundicia. Ni siquiera se detuvo a mirarla. Siguió arrastrándose por los baños con un trapo empapado en cierto líquido de olor afrutado que vertió como si se tratara de oro líquido: “De esto te mando dos garrafas y ya tenéis para un año, sin costo alguno”. Las distintas herrumbres de los sanitarios y su periferia desaparecieron. Algunas fueron a alojarse a su pecho, sus mangas o su espalda con una falta de miramientos por su parte que hacía verdadero daño a los ojos. Cuando acabó con esto, allí mismo se lavó las manos sucísimas con su jabón de manos y después, con un chascarrillo, pidió permiso y atrapó entre las suyas una del oficial, quien hubo de reconocer que estaban, además de limpias, suaves. “Glicerina”, dijo como si fuera un secreto, y continuó: “es la base de glicerina que utilizamos; el aceite de coco no es más natural, es solo más barato. Y fíjese: sumado a la higiene antibacteriana del triclosán y la hidratación que proporciona la glicerina, tenemos un acabado de micropolvo cosmético desecante. Además de lavarte y enjugarte las manos, casi te hace la manicura”. Fregó suelos, pulió latones, y en el exterior de las cubiertas quitó del todo y sin aparente esfuerzo deposiciones enormes y verdes de gaviota. Iba también buscando rincones con salitre o principios de oxidación para derramar sobre ellos unas gotas de un producto ambarino que eliminaba la sal (de hecho completaba su fórmula química con ella), paraba la oxidación y dejaba en su lugar una película protectora invisible. Y mientras fue realizando sus demostraciones, al paso, iba rociando con un spray todas las bisagras y goznes de escotillas, portillos, puertas y portezuelas que encontraba gimientes a su paso.
Cuando rehicieron su periplo por todos los rincones potencialmente sucios del barco, quiso que fuera por el mismo camino. Fue accionando entonces todos aquellos cerramientos y mecanismos de trampilla provistos de articulaciones que había hisopado, sin que ni una sola de estas últimas elevase un quejido. De regreso en el puente, pidió un cubo de agua fría (todo esto sin privarse de encantar con todo género de datos y entretener como un sacamuelas a sus dos enmudecidos espectadores), vertió en él un tapón de ciertos polvos, se quitó sorpresivamente la camisa (sin dejar de disculparse por ello, de bromear, de ilustrar aquel y otros tiempos muertos con erudiciones del ramo, bonitas palabras para su joven colega y halagos mal disimulados a la apostura del oficial uniformado) y la sumergió en la mezcla; la corbata, orificada de brillos de zoco y caravana, collar y rabo esclavista por la espalda desnuda, sola y franca en el torso genuflexo, a modo de distintivo y gala de trujamán antiguo, componía un símbolo universal del mercader. Esperó sólo mientras se secaba las manos y se enfundaba en una nueva y elegante camisa que había traído al efecto. Con cuidado esta vez de no mojarse y no mojar, extrajo la primera prenda, la escurrió y la mostró: lucía impoluta. “Sin una pizca de cloro”, apostilló como colofón de una representación que parecía tan espontánea y fresca como a la vez pulida hasta el más mínimo detalle. La damita y el marinero tuvieron ganas de aplaudir; y si no lo hicieron fue solo de puro asombro.
Naturalmente, consiguió el pedido por el que estaba allí. Y era mejor de lo que había querido suponer.
Volvió con ella al piso y se fueron directamente a la cama. Como hacía ruido, tiraron el colchón al suelo y siguieron. Cuando anochecía, él tuvo que volver al hotel para ponerse en contacto con la empresa, redactar los pedidos, mandar faxes y correos electrónicos. Ese acto parecía decidir que aquel sería su despacho. Cuando ella le preguntó si no podía dejar su habitación hotelera e instalar su oficina (que consistía apenas en el portátil, el teléfono, papeles y alguna caja de muestras) en el otro cuarto del apartamento que quedaba libre, no supo contestar nada mejor que decir que el hotel lo pagaba la empresa.
Se acercaba, pues, al hotel y cayó en la cuenta de que ya era martes, de que aquella tarde había hecho uno de los mejores negocios que recordaba y de que su mujer le preguntaría por el coche. Recogió algunas cosas, entre ellas el ordenador, pero ni pidió la factura ni dejó el cuarto, y regresó enseguida al apartamento. Aquella fue la primera noche que pasó en el piso con Paloma. Durmió poco, escuchando el ascensor moverse a deshora y la respiración profunda y tibia, de animal joven, de la chica que tenía enroscada a su cuerpo. Soñó que ya era sábado por la mañana…
…se había levantado temprano porque tenía que regresar a Madrid. Paloma, que había aceptado de modo natural que pasara el fin de semana con su hijo y su primera mujer, sabía ya que cuando él regresara el lunes lo haría a Cáceres, pues aquella semana le tocaba Extremadura y algunas ciudades de Portugal. Ella estaría esperándolo, eso era todo: sería aquel apartamento y a la vez sería Cáceres. Se puso el traje pero ella lo besaba y lo atraía, con su humedad envolvente, al dormitorio. Tendría que haber tiempo para un abrazo más. No podía decir que no a aquella vulva que era como una boca y aquella boca, aquellos brazos, aquel cuerpo que era un gratamente insólito órgano sexual. De la alcoba salía, de pronto, un sujeto cubierto con su bata sobre el cuerpo desnudo; tenía las manos en los bolsillos, ‘sus’ bolsillos, y le clareaba el pene por la abertura de la tela. La chica le invitaba a ignorarlo y ya con avidez le desabrochaba el cinturón. El tipo, despeinado, pálido, guiñando a la luz, le miraba pasar a su lado con reproche en los ojos y decía a media voz: “Vamos, hombre, espabila: la ley aguarda”. Sin creerse que lo estaba haciendo, rechazó a la paloma enamorada y lúbrica de las fábulas y se dirigió hacia el zaguán. Miró el reloj: eran las ocho y ocho. Al levantar la vista, con la mano en el pomo de la puerta, vio cómo ella, hipnotizada por el falo creciente, se arrodillaba frente al otro, quien levantaba el pene como un garfio mientras, mirándolo a él no sin desprecio, lo expulsaba con gestos de revés de la mano. Se despertó de pronto, en mitad de la noche, y conoció entonces que el individuo de la pesadilla era a la vez Diego, Pellicer y la sombra.
Al día siguiente, al ir a abordar su coche, no lo encontró. Se lo había llevado la grúa. Sacó el de ella y realizó, incómodo, algunas visitas que había concertado por teléfono. Le llamaron durante la mañana Paloma, Elena y cuatro veces de las oficinas de Madrid y el almacén de Getafe, y comió a disgusto media ensalada en un restaurante de Mataró. Se le complicaron las cosas y transcurrió el día sin que pudiera ir al depósito municipal.
El jueves, a media tarde, tuvo una avería mientras estaba recorriendo los polígonos industriales del Maresme. No encontró los papeles y Paloma no cogía el teléfono, así que hubo de pagar una grúa pirata y esperar tres horas en un bar taurino frente al taller de un tipo flemático que se limpiaba los dedos grasientos con una minuciosidad de cirujano especulativo. Primero, “verá usté”, todo podía ser: un inyector, una bomba, alguno de los cables… y luego tardó setenta y tres minutos en ir en su furgoneta y volver provisto de una simple correa que le mostró como si se tratara de un cruce entre la piedra filosofal y el urobóros en caucho reforzado. Cuando llegó al apartamento no pudo ni quiso hablar con ella. Se encerró. A trabajar, le dijo. Pasó el tiempo reubicando las cosas, insatisfecho con cualquier orden posible. Elena, durante su comunicación diaria, no paró de hacer planes para el fin de semana, para el mes entrante, para las vacaciones de invierno, para el resto de su vida.
Supo mantener la calma a pesar de que un nudo de angustia que se había ido formando en su diafragma, y no había dejado de crecer durante toda la tarde, amenazaba con sofocarle ahora. Cuando cortó la llamada, solo pensaba en salir de allí, en irse a caminar.
Lo hizo sin dar explicaciones y anduvo sin otro rumbo que el de alejarse y subir hasta que la carretera se hizo de montaña y las únicas luces que le servían de referencia eran las de los pocos coches que pasaban y las de los portales de piedra de las torres, los chalets aislados de aquella remota zona residencial. Alcanzó la sombra nocturna de un pinar y se sentó, abatido, contra un tronco, de cara a la invisible ciudad en su hondonada. El fragor de las copas y el aire frío que le lamía la espalda le hicieron comprender que se encontraba en las estribaciones de algún monte. “Quizá”, pensó en imágenes, “sea uno de esos montes pelados con su ermita y su buitre”. Quería buscar la ermita, que imaginaba recoleta, oscura y románica, y ponerse a rezar sin parar, dejarse las rótulas peladas contra las losas hasta no sentir frío y que la mañana le tomase con olor de tomillo y piedra y la ataraxia de los santos, y vivir del monte y criar cuatro gallinas; quería asistir a una fiesta salvaje junto a una piscina y beber combinados de colores hasta no poder distinguir si era un chico o una chica lo que abrazaba, besaba, penetraba, embadurnaba de semen y saliva; quería regresar en el tiempo y avanzar en él simultáneamente hasta que el futuro y el pasado se fundieran en un estado sin culpa ni responsabilidad ni conciencia; quería quedarse allí, fundirse con la foresta, y ver pasar frente a sus ojos amaneceres y ocasos en tan rápida sucesión que se hicieran un solo moverse inmóvil de las estrellas, un deslizarse cósmico, nulamente humano; quería orinar, quería depurarse y purgarse, y tomar una decisión absoluta, pero únicamente permaneció en un duermevela atormentado e intermitente durante horas. Hasta que un crujido de la pinocha justo a su lado reveló una presencia. Abrió los ojos y el perro retiró el hocico y ladró con una conmoción de campana. En un alba con el cielo blanquecino cruzado de jirones de nubes color marengo, el madrugador caminante paró a su lado y sujetó al perro. Sí, sí estaba bien; ¿qué era aquello?, ¿dónde estaba? El otro se lo dijo. Ah, bien. Gracias. Se alejó a su espalda el rumor de pies en la pinocha. Volvió a estar solo. Ya no había brisa que moviese la alta copa de pinos verticales, aquella era una inspiración que solo se le confiaba a la noche. El paso de un turismo oculto acentuó aquel silencio montaraz y anunció la proximidad urbana. Después de todo, no se había ido tan lejos, no se había extraviado definitivamente como había llegado a desear, ni se había transformado por arte de la huida en un Adán silvestre y redivivo. Aquel ruido modesto de motor de explosión, indicándole la imposibilidad de la negación, el imperio de la necesidad frente a un albedrío que se había antojado de la chuchería de no ser ni estar allí, le abrió, paradójicamente, un cauce de voluntad desconocido, el afloramiento interior de una luz nueva que allanaba con su onda expansiva toda la realidad hasta dejarla visible, rasa, a la intemperie, sin rincones oscuros, sin coberturas, con techos y sótanos abiertos a la radiación inclemente y blanca del anhelo.
Entonces, se puso en pie y se alejó del pinar hacia su nueva vida. Descendió del monte evangélico con el propósito inmediato de visitar media docena de entidades bancarias y realizarse un desfalco antológico. Y lo sentía como una especie de revelación y conversión al estilo de las leyendas hagiográficas.
Al llegar a casa no dio ninguna explicación, aunque sí pidió confianza antes de entrar en la ducha, donde permaneció largo rato hasta desanquilosar las articulaciones de casi cincuentón, más expuestas ahora, desprovistas de su capa de grasa secular, a los elementos externos. Se puso su mejor traje y se dirigió al centro. De todas sus cuentas, imposiciones, fondos de inversión y otros activos financieros, pudo reembolsarse de aquellas en que no se requería la firma de su mujer y que eran de liquidez inmediata. Tampoco tocó un fideicomiso que su suegro había dejado para Jorge. Se presentaba serio y vaciaba las cuentas, mirando hacia atrás, hacia el vacío lleno de clientes indiferentes o las vitrinas que daban al exterior del banco. Pretendía hacer sospechar, a futuros investigadores, que sus operaciones de reintegro podrían haber tenido un móvil de origen coactivo, y así lo hizo constar alguno de los empleados que lo atendieron y que fueron interrogados después por los detectives. Se pasó por el hotel, pidió la cuenta en el mostrador y subió a su cuarto. Recogió solo lo imprescindible; pero antes de salir, dejando la puerta de la habitación de par en par y el grifo de la ducha abierto, tiró sus tarjetas de crédito a la basura. Ganó la calle sin pasar por la recepción, por medio del bar, atestado de tipos idénticos a él, si bien en esta ocasión no vio a nadie extraño.
Regresaba al piso a las tres horas de haberse ido y se encerraba otra vez en su cuarto a hacer ruido y remover cosas de su sitio. Luego salió en camiseta y calzoncillos y dijo que tenía hambre.
Mientras rumiaba carne de melocotón con su novia de veinticinco amarrada, fuerte y aromática, irónica y rendida, a la cintura, llamaron a su móvil. Ella hizo por desprenderse pero no se lo permitió; indiferente él, en apariencia al menos, ella tensa, acaso divertida o expectante, escucharon enmudecer al aparato. Luego sonó otra vez y también lo dejó perder la esperanza y callar. Una vez acabadas las dos piezas de fruta que se había propuesto comer, tranquilamente se levantó y fue al cuarto. La chica no le vio, por tanto, sacar el móvil de una caja que había sido de su famoso desengrasante universal y ahora contenía sus objetos profesionales y personales, y que poco antes, cuando estaba solo en el cuarto, había guardado en el armario junto con todo lo demás excepto la ropa nueva y el dinero en tres sobres. Lo sacó, pues, lo apagó, sacó la tarjeta de memoria, lo volvió a meter en la caja al lado del portátil, los cuadernos, el magnetófono, su reloj de pulsera y la cartera y volvió a colocarla con las otras cajas al fondo del armario empotrado, bajo los trajes.
_____________________________
Los primeros días tuvo que resistir el miedo que le asaltaba a la vuelta de cualquier acto cotidiano. Miedo a ser descubierto, a los propios recuerdos de lo que había sido su vida, a rajarse. Lo combatía caminando, corriendo, nadando, practicando sexo. Lo mejor de todo era el ir recuperando la textura íntima del tiempo, la posibilidad abierta al disfrute y el conocimiento que encerraba cada segundo que solo era responsable de llenarse a sí mismo, sin compromisos ulteriores con el sentido de la vida o la lógica de los actos. Ni que decir tiene que conceptos como obligación, deber, futuro, provecho, proyecto, plan, perspectiva, seguridad, previsión, vejez… mostraban, desde la atalaya de la bala perdida, del fakir, del peregrino beat, del náufrago, del huérfano, del sobreviviente, del buscador o del sin techo, desde la perspectiva del viaje, del desahucio o del tiempo místicamente reagrupado en su estricto paso por el ahora de lo real, su verdadera condición de ídolos de barro, de trampas para crédulos ratones. Y el cuerpo, gratificado por ser de nuevo atendido y respetado, recuperada su condición de parte de la naturaleza e inmediato origen de la acción – habiendo sido desterrado de esta función el pensamiento-, el cuerpo, paulatinamente desatado de tensiones, delgado y fibroso, le regalaba con una grata obediencia placentera. Comía lo que necesitaba, poco, y por lo general crudo. Una ebriedad continua de niño que solo juega le divorció, sin rechazarlo, del estímulo innecesario del alcohol, pues otros fluidos embriagadores, calientes, volátiles y desconocidos irrigaban su interior, sincronizado de nuevo con biorritmos que había olvidado o ido modificando a la fuerza a lo largo de los años. Abandonado así al instante, sin ejercer voluntad ni siquiera para practicar la libertad, sentía sin embargo un inagotable caudal de energía que se materializaba en la ausencia de cansancio, en un sueño profundo y reparador, en digestiones rápidas insensibles y en unas erecciones potentísimas y frecuentes que, como un arco tensado por el misterio genesiaco, precisaban de una liberación, una comunión, una consumación detrás de otra con la agradecida naturaleza de Paloma, quien fuera de la cama no dejaba de reírse y brincar, brillante y ociosa como una niña, una ninfa o una gacela. Ninguno de los dos trabajaba. Ella, que se había trasladado a Barcelona en busca de independencia y de trabajo, ni siquiera le pagó su parte del alquiler. Aquel dinero, aquellos propósitos, como su voluntad, quedaron inmovilizados bajo el ascendiente magistral del portador de tamaña antorcha liberadora. Creía sinceramente que sería capaz de entregarle no ya su cuerpo, como ya ocurría cinco o seis veces al día, sino su vida, su corazón, su cerebro, su hacienda y su esfuerzo si él llegase a necesitarlos o a pedírselos, pero secretamente, ocultándolo casi de sí misma, se regocijaba de poseer aquella reserva de dinero y tiempo todavía bajo su control. Sentía en ocasiones una amputación dolorosa de su libertad, de su personalidad emergente de mujer joven emancipada; se había liberado de los brazos de su padre para caer en otra tutela. Solo conservaba el dinero y el tiempo como recordatorios de esa sacudida liberatoria. Pero su tiempo de huida había durado unas horas apenas y ya se había entregado, inmolado, donado en sacrificio al sentimiento máximo donde la sensación de pertenencia y ebriedad (distinta de la ebriedad de él) lo colmata todo y lo culmina en una detonación constante de dulzura y realización. Era concubina de un dios, ¿qué tiene que ver con esto todo lo humano? Tanto renegar de la falsedad castradora de los cuentos de hadas para niñas, y en llegando el primer príncipe, se rendía. Lo sabía, y gozaba de su arrepentimiento como si fuera lo más esotérico y exquisito del éxtasis, el lugar donde confluyen el placer del martirio y el gozo del pecado, el alfa y omega del amante. Se acusaba de romántica y necia y, aunque no lo verbalizase, se metía en el rango de la Sirenita, que dolorosamente sacrifica su naturaleza marina para estar junto a su amado, y de la Sonia de Crimen y Castigo, ángel de redención sólo por el amor. Pero lo que sobre todo hacía era brincar, tanto literal como metafóricamente, de alegría tontorrona.
Él se levantaba con el alba, se movía por la casa desnudo, escurrido, bronceado, vaciaba el cuerpo de residuos, comía y volvía a caer sobre el colchón para un ayuntamiento de duermevela, se levantaba de nuevo y, aún de madrugada, se iba caminando al mar. No se habían dicho ni una palabra.
De buena gana habría salido desnudo, pues para él no había nada salvo su camino hasta el mar. Atravesaba media ciudad (vivían bastante lejos de la playa) como habría atravesado un paisaje de roquedos, dunas, animales salvajes o palmeras, con los menos harapos posibles y completamente indiferente al entorno, con la cabeza alta y la mirada el frente. Un liberado cruzando Benarés hacia el Ganges no debe de sentir mayor acumulación de gracia filtrándose a través de su piel o descendiendo vertical contra su coronilla. Descalzo o en chancletas, en camiseta cuando ya se hacía sentir la proximidad del invierno, iba y venía erecto y relajado a la vez. De vuelta a casa entraba en librerías con una vaga pero diariamente renovada intención de comprar algún libro; pero después de hojearlos de todas las secciones, los abandonaba en los estantes con una sonrisa de comprensión, suficiencia y piedad y salía con las manos vacías. Luego se compraba un tomate y lo llevaba cuidándolo hasta casa, dándole vueltas en las manos, mirándolo con suma atención en cada semáforo, y se lo mostraba al llegar como si de un milagro se tratara, antes de comérselo crudo. Siempre llevaba una cantidad de dinero considerable en el bolsillo, por si acaso, pero abandonaba el pantalón en las rocas cuando se bañaba, a menudo desnudo, ante el divertido escándalo o la indignación más o menos jocosa de los escasos bañistas o paseantes de aquellas horas tempranas y aquellos días fríos.
Tardaron en hallar el contenido de sus ratos comunes. Al principio, descontada la cama, acudieron como a un refugio a la recreación más convencional, pero pronto dejaron de escuchar música porque llegaron a apreciar más el silencio entre las notas; y abandonaron el cine porque tenían la terraza, y veían el mundo. Ahora llenaban las tardes paseando, buscando brisas y paisajes, dándose masajes mutuos y ejecutando largas sesiones de minuciosos cuidados corporales recíprocos: lavarse el pelo, cortarse las uñas, limpiarse los oídos, darse crema hidratante, investigando sabores, tactos, sensaciones, follando sin cansarse, escogiendo fruta en las tiendas, tomando un sol civilizado y mansurrón sentados en parques públicos que escogían detenidamente, haciendo yoga amateur en cualquier sitio y visitando museos donde siempre era confundido con algún artista, lo cual no dejaba de hacerle gracia: con un silencio etrusco permanecía un segundo ante las obras y entonces se alejaba de súbito, dejando que se prolongara el equívoco a veces largos minutos durante los cuales era perseguido por cada vez mayor número de gentes (los japoneses le tiraban fotos y se retrataban con él solo por si acaso era un tipo famoso, el resto seguía a los japoneses) a través de arcos, rampas y escalinatas que parecían haber sido levantados especialmente para acoger su paso y su asistencia, su huella y su mirada inaugurales y consagratorias. Ella no sabía si él se complacía con el seguimiento de aquellos memos o era únicamente una broma que le dedicaba. Por la noche aún frecuentaban, a veces, sobre todo por ella, los más sofisticados clubs del centro y la zona del puerto, y nunca, nunca, le negaron la entrada por ir en vaqueros y chanclas, tal era el poder personal que irradiaban su mirada y su presencia solo un mes y medio después de su… abandono, si es que hubiese que dar un nombre más o menos moral o psicológico a lo que hizo o le pasó; aunque él lo llamaría, probablemente, liberación; otros, desaparición voluntaria; los hay que hablarían de huída; y algunos más no dudarían en calificarlo de extravío, ausencia, deserción o suicidio.
Pero a nada de todo esto, de saberlo, le habría llegado él a dar la menor importancia, ya que se terminó sintiendo y comportando como si esa manera marginal, espontánea y liberadora de dejar desenvolverse sin trabas a su vida fuera lo más normal del mundo, como si hubiera vivido siempre así, sin miedo. Solo una cosa (una anécdota que él aceptaba como una broma fisiológica sin más) le tenía maravillado y agradecido, sin que su reiteración dejara de asombrarle: comenzó a tener hambre de noche, a despertarse con hambre de dulce en mitad de la noche, y a comerse pasteles y bollos que nunca se había podido permitir por su anterior tendencia al sobrepeso. Pues no solamente no engordaba nada, sino que seguía adelgazándose, fibrándose como un atleta que no dejara de hacer ejercicio, o como un esclavo al que tuvieran a trabajos forzados. Un nuevo metabolismo era algo que nunca se habría atrevido siquiera a desear, y experimentarlo hacía de su eje corporal un lingote de felicidad ingrávida y radiante. Leía, cuando de regreso a casa se metía en librerías a ojear los estantes, sobre metáforas como Kundalini, los chakras, el ki, el Sagrado Corazón de Jesús, el Secreto de la Flor dorada, y sonreía de que a la postre el asunto fuera tan sencillo y de que no tener nada que decir, no poder decirlo y no querer decirlo diese lo mismo y tuviese tan poca trascendencia.
Elegía las frutas y verduras como por simpatía, no por su calidad o su precio, no porque fueran de temporada o hicieran falta en casa, sino por una especie de afinidad misteriosa que creía descubrir con ellas. Si elegía una berenjena un poco chafada en lugar de otra mucho más lustrosa, igual de peso y precio, se debía a que creía haber sentido la entrega de aquel organismo de sangre verde a un crecimiento auténtico, antiguo; las horas de sol contra la piel morada que la doran y le hacen cicatrices que no se cobran en un invernadero mecanizado, hormonado, transgenizado. No lo decía, claro, pero sentía las manos trabajadoras y humildes del payes o el moro acariciando, limpiando, recogiendo aquella hortaliza, percibía la transformación íntima de la semilla y su despliegue desde el agua al éxtasis de los rayos del sol. Cuando aquellas frutas o verduras caían bajo su cuchillo, oficiaba con respeto un rito antiguo por el cual la vida se entregaba a la vida para que sus moléculas se conocieran. Defecaba como un monje, casi le iba pidiendo disculpas al mojón y solicitándole que hablase bien de él allí donde iba, la misma tierra que recibiría a su cuerpo una vez cubierto su ciclo. Aunque, naturalmente, de nada de esto era consciente. Se trataba solo de sensaciones y emociones que le habían transformado también la cara, que ya nunca se miraba al espejo. Seco, poderoso, inocente, fuerte, inmóvil, bendecido, en comunión y también un poco ridículo.
Pero la resaca de la misma ola que le había depositado en playas tranquilas y desiertas, le atrajo de nuevo al irresistible turbión de los arrecifes, el abismo y los monstruos.
CAPÍTULO 4º
“Estuvo yendo solo a la playa durante casi… tres meses. No era algo que hubiéramos decidido, simplemente él se iba y era así. Yo al principio me quedaba descansando, durmiendo después de aquellas noches de venga y venga, de sexo incandescente. ¡De verdad que necesitaba descansar! Luego hacía la compra, preparaba comida, limpiaba un poco… Bueno, y los primeros días, también, me iba a contárselo todo a mi amiga Dulce. Había que contarlo. Sí, del colegio. Al principio charlábamos en su hora del café, pero llegó el día en que no tuvimos bastante tiempo, en realidad no lo tuve yo para darle detalles, y seguimos charlando en su oficina, con la jefa a unos pasos. Bueno, lo cierto es que yo hablaba, describía, relataba, y ella escuchaba y se relamía. Llegó a pedirme que se lo pasase cuando me cansara de él. La pobre, no comprendía nada. Qué chica…, que se lo quería tirar. ¡Como se lo estoy diciendo! Pero no me extraña, no era para menos. De verdad que me tentó. Mira que no tiene importancia, me decía, él parece muy liberal y seguro que le gusta. Pero yo no podía; he recibido una educación muy clásica, y además sólo de pensarlo me ponía enferma de celos. El caso es que al parecer se lo contó a otra de allí y llegó a oídos de la jefa, de la fiscal. Un día, cuando llegué a contarle la última hazaña, no había nadie en los despachos ni en el pasillo. Subieron al poco. Las oí hablando excitadas por el camino. Resultaba que habían condenado a cuatro meses de cárcel a un infeliz por llamar dos veces a la puerta de su ex-mujer. La chica había cambiado la llave del garaje donde él venía guardando la bicicleta sin problemas, y él, un domingo por la mañana, subió a pedírsela para sacarla. Le dijo que no a través de la puerta. El otro se fue una vez y volvió. Gritando. ¡Vale, de acuerdo, era su bici y era su casa!, o al menos la seguía pagando, pero hay tipos que no se enteran de nada. Llamó a la policía, lo denunció y le habían citado aquel mismo día para un juicio rápido, pero ni llegó a juicio. Le ofrecieron un acuerdo, cuatro meses de cárcel, ¡que no los cumplen!, dos años de alejamiento y costas, y le auguraron que si iba a juicio, iban a ser doce. Lo mismo no, lo mismo va a juicio y el juez no considera que había habido delito y le soltaban; así que trataron de asegurarse de que el caso no llegara ni al juez. Le dio un ataque de nervios, se desmayó y llamaron a la forense. Casi da pena el tipo, ¿verdad? Le dieron un tranquilizante y cuando estaba un poco repuesto o grogui todavía le preguntaron otra vez. ¡Ni dieron tiempo para que le hiciera efecto el valium o el ansiolítico, o lo que fuera, figúrese! Había contratado una abogada, lo que se dice asistencia letrada, unos minutos antes; el hombre no tuvo tiempo para más. Era uno de esos juicios express por acoso o coacciones. Que me dirá usted: ¿qué acoso es ese de llamar dos veces para que le den una llave o le den la bici?, pero en fin, ¡que no hubiera llamado! Le preguntó a su abogada si debía firmar y su propia abogada ¡figúrese!, ¡cómo lo vería!, le dijo que era lo mejor. Yo he llegado a creer que ni su propia abogada le creía inocente. ¿Eh?, ¿que de qué? ¡Pues de lo que fuera! El tipo casi no podría ya ni toserle a su mujer, ni casi ver a su hijo de dos años, además de los antecedentes penales, pero firmó, había firmado y se lo habían quitado de encima. Eso venían contando cuando volvieron, celebrándolo un poco aliviadas, la verdad, por el mal trago del desmayo en la sala de reuniones. Creían que se les escapaba. Venían la fiscal, mi amiga que es secretaria de la fiscalía, la forense del tranquilizante y las dos abogadas, la de la acusación y la de la defensa, a firmar el acta. Pero lo dejaron para después y se quedaron todas para oír la última proeza. No se la voy a contar ahora. Sólo le diré que la fiscal llegó a decir que se estaba mojando. Voy a ir al infierno por decir estas cosas, pero que me cuelguen si miento ¿Por qué le estoy contando todo esto?… Ah, que qué hacía yo cuando él estaba fuera. Pues todo eso… No, no se me ocurrió mirar en las cajas. Pertenecían a su otra vida, eran sus recuerdos. Y cuando lo hice más tarde me arrepentí de hacerlo… o no, pero eso fue mucho más tarde. Para entonces ya no vivíamos en el apartamento. ¿No se lo había dicho?... Pues sí. Un día llegó de su paseo diciendo que había encontrado un sitio mejor. Al día siguiente fui con él. Era lejos. Era casi la celda de una casa de fieras, pero le gustaba. Era una casamata frente a una cala. Una casamata cuadrada, blanca, con dos espacios a dos alturas, rodeada de un terreno privado lleno de jaras. Se oía el mar y se respiraba romero; y con todo, desde la perspectiva de hoy puedo decir que era una mierda comparada con nuestro pisito. Pero era superior a mí. Yo no discutía con él. Se hacía lo que él decía. ¿Obligarme? ¡No! Usted es que no lo ha conocido; estaba como a otro nivel; agradecías como un privilegio solo que te dirigiera la palabra o te mirara a los ojos, imagínese las caricias o lo otro... No había dudas ni casi decisiones; las cosas ocurrían, hacían su música, y él era el director de orquesta. No sé decirlo mejor… Bueno: Dejamos el piso antes de expirar el tiempo que lo teníamos pagado. Me daba rabia por el dinero pero, qué podía hacer. Además, era su vida y su dinero. Más de una vez me ofrecí a buscar un trabajo y pagar yo mi parte de gastos, pero él me decía que ya llegaría el día en que tuviera que hacerlo. Era así la cosa: lo tomas o lo dejar. Si yo no le hubiera acompañado, estoy segura de que le habría dado lo mismo. Se habría ido igual. Así que o iba con él o me largaba o me quedaba en el piso. No me lo planteé. De todas formas, así él tenía el mar más cerca y volvía antes. Y así podíamos pasear más por la ciudad… Le gustaba verlo todo, probarlo todo… En una ocasión pasamos frente a una iglesia muy pequeña. Era de ladrillo, en un barrio podría decirse que antiguo, una iglesia escondida, y me dijo que quería entrar, que le esperase fuera. Me sorprendió, porque nunca hacía mostrado ningún tipo de sentimiento religioso, si acaso místico, pero todo lo, digamos, eclesial o institucional le era totalmente ajeno; no es que le desagradara, es que no entraba en su universo. Me sorprendió, sí, pero lo dejé entrar sin más. Sólo cuando pasó media hora y no salía de allí me decidí a entrar. Era una iglesia muy oscura, con velitas a los lados de la nave central, en capillitas y al pie de imágenes. Casi me echo a reír de pura sorpresa. Nunca habría pensado que fuera un devoto católico, o algo parecido, y eso añadió un… misterio más a todos los que tenía. ¡Era un hombre que…! En la misma iglesia, aquel día, pensé… pensé que tenía una pena; pensé en una pérdida, en su padre o su madre, o en otro hijo aparte de ese que estaba con su ex-mujer. Me sentí una intrusa que no tenía derecho a estar allí, pero se me despertó la curiosidad. Había dos viejas en los bancos de atrás y él senado delante, en un… reclinatorio. Estaba arrodillado en un reclinatorio. Pero es que además, cuando me acerqué por el flanco hasta allá delante, lo vi, supongo, rezar, u orar, algo muy íntimo, de rodillas, con la cabeza sobre las manos apoyadas en la madera, y lloraba en silencio… ¿Eh?... ¿Que por qué? Pues porque vi humedad; la cara así, seria, de piedra, pero un brillo acuoso cayéndole por la mejilla... y… pues verá, me arrepentí de estarlo observando. De pronto... me sentí fatal y le tuve un respeto como supersticioso que no le había tenido nunca. Esa noche tuvo una pesadilla que no me quiso contar, y por la mañana estuvo en la cala mucho más tiempo del habitual. Dos días después volvió a sudar por la noche y a rechinar los dientes. Pensé incluso que había cogido frío. En el pisito teníamos calefacción, cuando en la casa sólo había una estufa que algún día pareció que iba a explotar y un montón de rendijas en la puerta y en las ventanas. Pero no, no era por el frío. Yo sí me puse mala, pero él estaba como si dijéramos en combustión por dentro… El caso es que el episodio se repitió. Y peor. Una noche se incorporó en el colchón de madrugada. Yo creía que se iba a levantar a comerse una magdalena, porque se había vuelto muy goloso. A mí no me parecía mal, porque a veces, ya que estábamos despiertos, pues caía alguno; usted ya me entiende. Teníamos…, dejábamos la estufa encendida toda la noche, llena de leña ardiendo, para mantener caldeada aquella casa del demonio, aquella cueva tan grande, y el hierro de la estufa se ponía al rojo blanco e iluminaba un poco, y poníamos velas e incienso por el poyete, el estrado, las hornacinas vacías de las paredes encaladas y las escaleras, para ver al levantarnos por la noche para ir al aseo, que estaba abajo, ¡que más parecía una cuadra o un almacén de grano que una casa! Y en eso que le levanta, se sienta en el colchón y yo lo noto, y miro y lo veo allí brillante de sudor, sentado, como… yo qué se qué. Mirándome. Y va y me dice: “Era tu cara. Y hacías lo mismo que ella: lo tirabas todo, te guardabas… y luego… salías y yo… yo hacía lo mismo. Quizá… puede que por eso me lo dijera… que había tiempo,… ese es el tiempo… no hacer… y si lo deshago pues ya está…” Y sonreía mirando más allá de mí y decía: “… eso decía ese libro…” Así que no me enteré de nada pero, qué coño, consiguió asustarme. Yo nunca había vivido así, ni con un hombre así, conque me abracé a él y le acosté otra vez. Su pasado le pasaba factura o alguna imaginación que tenía o tomar demasiado el sol; eso lo entendía, desde luego. Después durante el día nada, como una rosa, indiferente, activo, olvidado de eso, como los tíos de las películas. ¿Usted ha visto El planeta de los simios, la de Charlton Heston? Pues así era ese hombre, pero comiendo sandía, asando sardinas en el terrenito, follándome… perdone pero es que era así. En las películas americanas no sale pero nosotros estábamos siempre dale que dale. Era entre película porno -y no es que haya visto yo muchas, ¿eh?- y Espartaco, que me… ¡y un poco Gandhi! El de… Sí, ese. Y luego esa sonrisa, ese don de gentes… porque parecía bendecirte con que solo te dirigiera la mirada. Cuando salíamos de copas, todo el mundo se le quedaba mirando: tíos, tías… el tío ya podía ir en pantalón de pijama (y lo que se ponía a veces lo parecía) que las más peripuestas se le echaban encima. ¡Menudos pases le hacían por delante para enseñarle el material! Y algunas hasta le entraban directamente. Que quién era, que de dónde salía, y qué coleta, y vaya barbita más mona… y es que olía a una cosa entre empresario o rico y jipi de Ibiza. Pero claro, luego sudando por la noche, dando vueltas en el colchón, echándoseme encima sin dejarme dormir... pues ya no era tan encantador. Igual de impresionante, eso sí, pero de otro modo, como supondrá. Me gustaría decir que lo que perdió en glamour lo ganó en misterio, pero no, no era así de fácil. Y luego de día se iba. (…) A sus cosas; las que fueran. Así que un día, después de volver del mercado, viendo que no había regresado, pues subí al altillo y miré en las cajas. Había cosas viejas… papeles, recuerdos, su teléfono, el portátil... Lo abrí encima del colchón. Lo encendí. Tenía muy poca pila pero algo, y miré en archivos personales. Al abrir las carpetas fotográficas, lo primerísimo que me llamó la atención fue que parecían fotos de otra persona. Y aquel tipo fofo y blando y como bonachón de las imágenes, siempre con corbata, caído de hombros, no podía ser el hombre que yo conocía, pero de hecho lo era. De algún modo, sin embargo, sí se podía decir que pertenecían a un extraño, a otra persona anterior que había sido Javi pero ya no lo era… Había fotos de familia. Una mujer rubia, muy guapa, y un chico de unos catorce, quince o dieciséis. Fotos suyas en la playa, con otras parejas en una barbacoa en el campo, con lo que parecían amigos del hijo, la mujer otra vez en bikini… No parecía el archivo fotográfico de un hombre divorciado, sino de un hombre felizmente casado. O por lo menos, casado. Con razón lo había guardado allí, en las cajas; y puede incluso que yo le recordara en sueños a su mujer, aunque no nos parecemos en nada, y soy más bajita, más morena, con más caderas y más pecho… aunque con aquella dieta de sardinas y fruta me estaba quedando sin culo, sin tetas y sin tripa. Unos meses con él eran el mejor régimen de adelgazamiento. La dieta del cucurucho, que decía la jefa de Dulce, la fiscal esa tan desvergonzada que antes de conocerla bien parecía tan seria. Luego abrí otros ficheros, pero no encontraba más. Y en eso volvió, y no le oí volver porque dentro de la finca, como había carteles de prohibido el paso, perro peligroso y tal, pues dejábamos la puerta abierta; así entraba más sol. Pues llegó, no lo sentí, y cuando volví la cara a la escalera del altillo, la planta superior, donde sólo teníamos un armario, el colchón en el suelo y las cajas amontonadas en una esquina, pues lo vi. Que me estaba mirando. No me dio tiempo ni de asustarme. Se me vino encima, me arrebató el portátil, me miró en el … pubis, sí, me tiró con violencia de la braga y miró, y palpó allí y más abajo como si me hubiese guardado algo... Una grosería, en fin… Creía que me iba a golpear, pero entonces fue a dar la luz y desde allí me miró un buen rato. Parecía que no me conocía, o que me acababa de reconocer. Vino y me preguntó que por qué estaba haciendo eso, que quién me mandaba hacer eso. Le pedí perdón, que me había equivocado, que había sido porque lo veía intranquilo, que estaba preocupada por él, y era verdad que lo estaba, que quería conocerlo mejor para ayudarlo… Y entonces me preguntó si era cierto que quería ayudarlo. Sí, claro que sí. ¿Qué hacía allí, si no? ¿Eh? Y tal así como estábamos, se sienta y me lo cuenta. Va y me lo pide... (ya sabe qué); que lo había soñado muchas veces, que quería, dijo, conjurar una especie de miedo subconsciente. Decía que como su rebelión había sido espiritual, pues que la represión de esa liberación suya había venido de lo espiritual. Yo eso lo comprendía: eran muchos años, cuarenta y tantos, siguiendo las órdenes de los demás, haciendo lo que hay que hacer, o los dictámenes del orden establecido y del pensamiento dominante, que era como él lo llamaba; ya sabe: buen niño, buen estudiante, buen hijo, buen novio, buen marido, buen currante, buen padre…, y una ruptura tan radical como la suya tenía que pasar algún tipo de factura. Sé el sitio, dijo, y entonces mencionó mi pueblo, y ahí ya estuve segura de lo que le dije a usted al principio: que estábamos predestinados. Yo eso lo presentía, lo sabía ya; pero es que resulta que estábamos hechos el uno para el otro desde antes de conocernos, ¡desde antes!, y si no, ¿cómo se explica que ese exorcismo que teníamos que hacer, tuviésemos que hacerlo en mi pueblo, y además en una propiedad de mi padre? Los detalles eran un poco sórdidos, pero clarísimos. Yo, como conozco el sitio, pues hasta que me lo imaginaba. Todo esto, naturalmente, no se lo dije a él. No sé por qué pero no se lo dije. Siempre había sido él el de los secretitos, el del saber silencioso, yo no había aportado nada ni tenido nada, como la amante estúpida de Charlton Heston en esa película, así que no le dije lo cerca que me tocaba todo aquello. Pero esa fue una de las razones por las que lo acepté, por las que acepté aquella estupidez o fantasía o como lo quiera llamar. No dijimos cuándo se haría, no le pusimos fecha, y así tuve tiempo de ir a contárselo a Dulce, y a la fiscal, claro. Lo hice para demostrarles que existe la predestinación, para demostrarles que las coincidencias no son nada, que la casualidad es causalidad, que yo y él estábamos condenados a encontrarnos. La fiscal lo escuchó todo y preguntó si era una fantasía sexual, pero le dije que yo no lo sabía. Ella insistía en que sí. Y decía que esos tíos guarros siempre le habían puesto, que la excitaban, vamos; que me arranquen la ropa, dijo, y me lo hagan ahí, donde sea, que me insulten, que me den un buen par de hostias, dijo; pero que los tíos, al saber que era fiscal especial para la violencia de género, en lugar de arrancarle la ropa, arrancaban a correr, se acojonaban, se cagaban en los calzoncillos, así que lo que hacía, dijo, era no decirlo. Decía que era empresaria divorciada y así había sacado algún buen revolcón. Pero en cuanto decía quien era, desaparecían como por arte de magia. Le preguntó Dulce si entre la judicatura o los abogados o entre otros fiscales no había forma de encontrar un hombre. Y soltó eso de que los hombres a cierta edad son como los retretes públicos, que o están ocupados o de pena. Y que los abogaditos más jóvenes eran unos hombrecitos de nada, e hizo el gesto del gatillazo, ya sabe, con el dedo. Y me dijo la fiscal cuando me despedía que ánimo, que si era cosa del tema, y con esto se refería a la cama, le sacara hasta la última gota de tuétano, que le dejara rendido, agotado, muerto en la cama del motel. Qué mujer, con la edad que tenía, y fiscal, y con ese vocabulario...”
CAPÍTULO 5º
Pasaban los días. A veces salía a andar con un puñado de nueces peladas en el bolsillo y las iba rumiando a medida que caminaba. Las ideas, como el paisaje, cruzaban ante sus ojos y se perdían a sus espaldas a medida que andaba. Atravesaba calles tomadas, a ras de adoquín, por una soledad de detritos y de moribundos airecillos rastreros, parques donde niñas jugaban solas en la arena, zonas de ocio olorosas al caucho de la gente que pasa con la obligación del placer clavada como una espina entre las cejas, conjuntos residenciales que por la parte de atrás fingen ser centros penitenciarios, polígonos industriales llenos de esquinas y rameras, terrenos baldíos y florecidos con las recias corolas del invierno... Así vio pasar su estandarizada vida familiar, mitad repetitiva y vulgar, mitad falsa y siempre en la esperanza de una satisfacción que se escabulle; su trabajo, aprendizajes y palabras que acaban en una nada de dimensiones cada vez más abrumadoras; su juventud aperreada y huérfana, alimentada con sobras de cariño, sus días carentes de ideas, de proyectos más allá de los modelos a imitar que siempre le prestaban; su primera adolescencia en el pueblo como la cueva tétrica del más aterrador cuento infantil, con confesiones negras, bailes regionales y las pastas más artesanas de la gula rural; y al final, o al principio, aquellos hechos de sangre de los coches asociados para siempre a los besos, los abrazos clandestinos, la culpabilidad,… todo fue pasando sin emoción ante sus ojos, burbujas de un gas nocivo y excedente del que se iba desprendiendo su espíritu a medida que se purificaba en la simple locomoción. Todo pasaba, pues, y él llegaba a una zona en que la realidad volvía a ser lo único que tenía ante sí, lo único existente, gozosamente tangible e inmediato. Entonces sacaba el puñado de nueces y las miraba. Aquella visión sencilla, aquella posesión tranquila era todo a lo que aspiraba. Comía una y seguía caminando hacia lo alto.
Un día ya nublado de principios de invierno, vencida la mañana, pasó junto a una verja y un alto seto, y tras la cancela vio una piscina cuya superficie verde se veía llena de hojas caídas de los árboles que la circundaban. Ni siquiera pensó. Simplemente descorrió el cerrojo, subió una breve escalinata y estuvo junto a la piscina. Nada se movía bajo el cielo de plomo. Era maravilloso. La superficie del agua era un abandono de éxtasis adensados, una bruma verde con el fuerte olor de la tierra y el agua ascendiendo en su cuna. Se descalzó, se quitó el pantalón de algodón suelto y la camisa y se sumergió en el agua. Estaba fría, pero una vez pasado el primer momento, la sensación de reanimación le exigió bucear un poco bajo aquella capa de hojas que, hijos muertos que colgasen de ramas, impedían que pasara mucha luz al fondo de baldosines blancos, ahora pardos en la sombra funérea. En el fondo del agua, frío y en penumbra, asistió la compañía de El Otro, pero esta vez sus movimientos se sincronizaban con los suyos. Él buceaba como un sapo bajo las aguas y el otro secundaba sus movimientos por abajo, pegado al brillo atenuado del esmalte. Sacaba la cabeza por entre las hojas de la superficie y El Otro la sacaba. Le vino a la cabeza la palabra tritón y se hizo un largo a braza apartando las hojas. El frío le penetraba como una caricia salvaje.
Él la vio a ella antes de que ella lo viera a él. Salió abriendo la puerta cristalera de la cocina. Volvió a agacharse para coger la cesta de ropa y avanzó, negra de uniforme y blanca de cofia, con el canasto en la cadera hasta que lo vio y se le cayó a la hierba. Retrocedió dos pasos al ver su cabeza moviéndose como la de un caimán a flor del agua, lento, mirándola, acechante. Él entonces sacó la cabeza y le pidió tranquilidad. Mientras salía por la escalerilla (brillante, delgado, desnudo, moreno y lento), le iba diciendo que no temiese. No puede estar aquí, señor. Váyase. Sí, señora, pero cálmese. Cómo entró. Por la puerta. Me van a regañar si lo ven aquí. Solo quería darme un baño, pero ya me voy, decía él quitándose hojas del cuerpo, tratando de escurrirse el agua limosa y verde con la mano, saltando un poco (el pene colgante) para secarse. Ella miró con pudor para otro lado. ¡Ay, tápese!, coja una de esas toallas de las butacas. Con permiso, dijo, y cogió una toalla blanca para secarse el agua y hacerse un pareo. Váyase, por favor, ¿quiere una limosna o comida o algo? Se lo doy y se va, ¿sí? No, señora, no (ella se asombra y se asusta, da un paso atrás); quiero decir que no necesito nada; solo entré a bañarme; tengo dinero, dice, y, recogiendo el pantalón del suelo, saca y le enseña un fajo de billetes del bolsillo, un fajo que él sabe que es el último, pues el dinero se está acabando. ¿Cómo se ha atrevido así, sin más?, ¿no sabe que se puede meter en un lío? Verá, señora, dice acercándosele mientras se viste y se calza. Ella se aleja la misma distancia que él se aproxima, tienen la pileta por medio. Verá, pasé por delante y se me antojó, venía sudado de andar y me pareció como un río, una charca, con tantas hojas… ¿Nunca le ha apetecido a usted bañarse? Ni loca. ¿De dónde es usted…? De donde usted sea… ¿no se baña la gente en el río o en el mar? No señor, y menos si no es de uno. ¿De dónde es?, si me hace el favor. De América. Sí, pero ¿de dónde? De Iquitos. ¿Y no está eso en la selva? Pues sí. ¿Y no se ha bañado usted nunca en el río? Jamás, señor, contestó con una risa como de escándalo o de burla, como si aquella idea fuese descabellada. ¿Por qué? Hay anacondas, señor, una se llevó a mi ahijado. La acompaño en el sentimiento. Y entonces… no sabe nadar. Para qué, dijo ella mirando su reloj. Si se cae aquí un día, se va a ahogar. Ya la van a vaciar (quédese ahí quieto, señor); yo tengo cuidado cuando paso por aquí, y usted debería tener cuidado de no meterse en casa ajena, váyase ahora, dijo, desandando la vuelta a la piscina para inclinarse a coger la cesta, pero él se adelantó y diciendo, permítame, la levantó hasta el pecho y preguntó dónde se la llevaba. O mejor, rectificó, vaya usted cogiendo las prendas. Yo se la sujeto. Ella no se acerca, mueve la cabeza negativamente y solo se preocupa de que suelte la cesta, de que se vaya. Se lo repite azorada. Déjeme ayudarla, por el susto. Ella duda aún y no se acerca. Ya vio que no llevo ningún arma en la ropa, dice todavía con la cesta haciéndole sombra a la cintura. ¿Qué ladrón va a robar y se baña primero? Uno necio, contesta ella. Mire, dice, deja la cesta en el suelo, se saca el puñado de dinero del bolsillo y lo tira a la piscina. Los billetes, de cien euros, alguno de quinientos, revolotean un momento alarmados y enseguida se rinden y caen, naturalizándose casi inmediatamente, relajándose amodorrados entre sus familiares del campo, camuflándose, cambiando de color, doblándose coquetos o tímidos en búsqueda imprevista de otro destino que ya no será quizá la manipulación constante y el desprecio o el aprecio impersonales y extremados. La hipotermia es un anuncio bien recibido. Hay uno extendido en mitad de lo verde, exhibido, obscenamente abierto no se sabe si por la satisfacción, el asombro o la muerte civil, o por las tres cosas a un mismo tiempo. El hombre no los mira más, recoge la cesta y se planta frente a ella, que mueve la cabeza. ¿Ve como acerté? Todo un necio, dice, pero se va acercando hasta tomar del cesto una camiseta. ¿Vive usted por aquí? No, en la playa. ¿Y qué hace aquí? Pasear. No trabaja. No, ahora no. Es rico. No, tampoco. Si se lo parezco con esta ropa… ¿quiere una nuez? No, ahora no, contesta y sigue llevando la ropa de la cesta a la cuerda. Los dos se abandonan por un momento a la labor. Es bonito este jardín. Ella hace silencios siempre antes de contestar, como si reflexionase bien o pensara que debe dejarse notar el tiempo que pasa, o quisiera tardar en conceder conversación como si esa reserva mantuviese de algún modo las distancias entre ellos. Ahora está descuidado, dice la mujer ya sin mirarlo, atenta al trabajo. Mire…, añade señalando con el mentón toda la extensión del jardín más allá del rincón de la piscina, un rectángulo que bien pudo ser huerta, lleno de hojas secas, …con todo eso por recoger. No encuentro tiempo para hacerlo. Es una invitación tal vez, una sugerencia que él no desaprovecha. ¿Que le parece si se lo limpio, si recojo las hojas? ¿Por qué? Pues por el susto. No puedo dejarle campar por el jardín sin vigilancia, es parte de la casa. Pues vigíleme; yo creo que el destino me ha traído hasta aquí, que he venido hasta aquí sólo para eso. ¿Para limpiar? Sí; tenga, dijo alargándole la mano. Al abrirla había otro fajo fino; eran también billetes de cien euros; una bonita cantidad. Al sacar los billetes, había notado un frío nuevo en el bolsillo. ¿Qué es eso? Dinero; en prenda. ¿Y si es robado? No lo es. ¡Claro!, si usted lo dice… En todo caso, ¿quién va a darle…-calcula mirando lo que exhibe- mil euros para luego robarse el dinero de la compra, o una escalera de mano, o un rastrillo o…? No señor, guárdelo, podría ser para tenerme distraída mientras entra en la casa y me coge desprevenida. ¿Para hacerle qué? Ella se ruboriza, se avergüenza de lo que piensa. Pues entre y cierre bien. ¿Tiene alarmas? Ella hizo el gesto de que sí. Pues enciéndalas todas. Se mete dentro y pone las alarmas. Y me deja aquí con el rastrillo y la pala. Y yo le recojo esto y se lo dejo impecable. Pero ¿por qué? ¡Si es que no tiene sentido! Él se le acerca ¡Quédese ahí!, avisa ella. Por gusto, ya le he dicho, por pagarle el susto, por un bocadillo. Yo se lo hago sin más. ¿De qué lo quiere? Vaya sacando el dinero ese del agua mientras yo se lo preparo. No, señora, eso tampoco. ¿Qué me dice? No le entiendo, señor. No hay nada que entender, ¿con qué quito las hojas? Habían terminado de colgar la ropa, prendas de mujer, de hombre adulto y de niño que él miraba no sin melancolía. Mire, vaya allá; allí está el rastrillo, yo voy a encerrarme dentro. Cuando acabe lo deja, llama al cristal y se aparta hasta el seto. En cuanto lo vio alejarse hacia el rastrillo, apoyado allí al fondo del jardín contra un muro con hiedra, se volvió, bajita y llena de puntillas, almidón y prisa, toda cofia y ojos oscuros, hacia la casa, se encerró en ella y puso la alarma.
Se entretuvo en alguna tarea menor, pero sobre todo en mirar por las ventanas al extraño individuo que recogía con aplicación todas las hojas que encontraba por el jardín. Estaba intranquila. Había conocido a hombres así en su país, pero eran pobres, y algunos muy peligrosos. Eran fracasados o borrachos. Aunque los ojos de este no eran de violador, ni de ladrón, ni de asesino sádico. Era un misterio que correteaba por el jardín de sus amos, por su jardín. Una vez lo vio levantase del rastrillado y echarse mano a los riñones. Estaba bien conservado, curadito como el jamón, pero no le parecía que bajara de los cincuenta años. Entonces el hombre, que era muy alto, echó las zarpas a la parra y se colgó; al parecer, dedujo, para ajustarse o descansarse la espalda. Cuando vio que aquel gesto hacía caer más hojas, se sonrió del patoso del flaco. Si le gustaba trabajar por gusto, ahí tenía más. Cuando se soltó de la parra de golpe, volvieron a caer otras tantas. ¡Lo que hacen los hombres por haber dicho que lo harían!, pensó. Aquel gesto absurdo, aquella torpeza tan propia -al decir de ella y de su madre y de la madre de su madre, hasta donde alcanzaba la memoria- tan propia de los hombres, aun de los mejores, la aproximó sin darse ella misma cuenta a aquel sujeto, tan talludo en más de un sentido, que seguro que tenía una vida entre la tragedia y el chiste. Se fue a la cocina a cortar verduras hasta que oyó que llamaban allá al cristal. Siempre se ponía música de su tierra para acompañarse en los quehaceres de la casa, pero hoy no la había puesto para oír cuando llamase. Aun así, los toques la sorprendieron tarareando. Ya desde el cristal se veía que no había dejado ni una sola hoja. Y todas estaban donde le había dicho. Y el tipo sonriendo, como un niño formal que ha hecho los deberes. Vaya a dejar el rastrillo. Lo vio irse al fondo, alto, tostado, más atractivo, aunque peor vestido, que los amigos del señor que venían a cenar o a ver partidos del Barça. Mientras volvía, ella fue por un par de manzanas de la cocina. Tenga, le dijo. Había tenido que quitar la alarma para abrir la cristalera del jardín. Ahora estaba frente a ella, alto, fuerte, a un paso del interior. De un empujón podría tirarla al suelo y luego hacer lo que quisiera, con ella y con la casa, pero lo único que hizo fue morder la manzana y decir. Esa parra… hay que podarla. Ya vendrán. Y los rosales. Ya llamaré a alguien. Vengo mañana, dijo, y ella no supo qué decir. Eso hay que saber hacerlo. Yo sé; yo tenía una parra y rosales. ¿Y qué pasó? Se fueron. ¿Sin más? Él se encogió de hombros. Si va a volver, dijo ella, tráigase el carné de identidad, para saber quién es usted. Lo que usted diga, señora. No soy señora, y me llamo Ainara. Yo Javier. Váyase Javier. Él no dijo nada. Se volvió y, comiéndose la segunda manzana, salió por la verja y desapareció.
Cuando llegó a casa, lo primero que hizo fue ir a buscar su DNI. Estaba en su cartera, dentro de alguna de las cajas. Entonces la vio.
Creía que estaba viendo visiones. La negra, sentada sobre la cama, con su ordenador portátil sobre las rodillas, abierto e iluminándole la cara bruta, el blanco de los ojos y el brillo achocolatado de los pechos sudados, golpeaba las teclas sin consideración alguna, buscando no se sabía qué, pero como si ese algo fuese sensible al halago de la violencia y la ansiedad. Las aporreaba cada vez más fuerte y miraba la pantalla, ceñuda, casi llorosa, decepcionada a no dudar de que la severidad del trato dispensado al teclado no hiciese entrar en razón al aparato. Buscó en la mano el peso del cenicero de vidrio (el soporte metálico de una vela, la vela misma, una miniatura pesadísima que había por allí, por el suelo, de la Victoria de Samotracia) y entonces ella se volvió. Había sido atrapada, y el susto deformó sus facciones africanas hasta escurrirlas, blanquearlas, empalidecerlas, afantasmarlas, y aflautarle la voz. Nada, no hago nada, perdona, sólo…. La empujó hacia atrás y le hurgó en su entrepierna, pero había llegado un momento antes de que se lo metiese entre las nalgas. El teléfono estaba allí, sobre la cama. La avisó de que no tratara de levantarse. Se volvió para dar la luz en la pared y entonces, solo entonces, la fue reconociendo. Otra vez los sueños, otra vez las pesadillas, ahora visiones; aquello no tenía fin. Fue a su lado para tranquilizarse. Se arrodilló y permaneció unos segundos en silencio. Cuando se restableció cierta calma, también en su interior, ella aún seguía asustada. Entonces le contó primero lo de las pesadillas, pero ella ya lo sabía, aunque desconocía su contenido. De pronto, de regreso de aquel espejismo, que ahora invadía la vigilia, se sintió frágil ante la insistencia de los espectros. No indagó más en las razones que tuviera Paloma para haber estado haciendo lo que hacía. Lo achacó, vagamente, a la curiosidad. Lo otro sí que le preocupaba. Se estaba haciendo imposible vivir con ello. En un momento de lucidez supo que así como había sido imposible huir de los problemas planteados y no resueltos en su primera vida, de la que había sido expulsado siendo un adolescente, tampoco sería capaz de salir de la segunda reencarnación, su segundo avatar, la segunda morada de su alma errante, de la que había salido con las manos accidentalmente manchadas de sangre y el corazón hecho cuero por tanto frotamiento con la mentira. La posibilidad de trazar un cuadro de simetrías simbólicas fue abriéndose paso entonces de nuevo, alzándose desde el opaco piélago de lo imposible como el único ejercicio en que quizá aquella horrible persecución onírica, que había ante sus propios ojos, incrédulos aún, saltado a la vigilia de la mano de una cierta demencia, fuera reversible. Tenía que serlo. Fruto de esa extraña flor de su cerebro tuvo entonces la idea. Y verbalizó ante la joven una fantasía que ciertamente no mostraba tener mucho sentido, en este universo, para nadie; ni siquiera, una vez expulsada fuera de su nicho mental y cristalizada en un objeto reconocible, para él mismo, pero no había otra, o acabaría hiriéndola o matándola cuando uno de aquellos pujos imagineros de ultratumba lo asaltara cuando tuviese algo en la mano, un arma de ocasión como lo había sido el cenicero de cristal. He ahí la predestinación, pensaba, mientras ella trataba todavía de asimilar lo que acababa de oír, lo que acababa de pedirle, y mientras con un gesto aceptaba su participación en aquel rito, segura al menos de que no sería peor que verle, en la noche, acercarse sonámbulo con un hierro en la mano. Por fin depositado en playas tranquilas, aunque extrañas, por el vendaval del destino, se esperanzó. Por eso (ahora recordaba o creía recordar) la había conocido: ella, y solo ella tenía que ser el vehículo de aquella satisfacción de la muerta o redención de la culpa. El retrato o la imagen de aquel hombre, el padre de ella, a quien su sombra se empeñaba en reconocer, se interpuso en busca de cierto protagonismo, pero él volvió a ignorar su aviso y regresó a la necesidad de formalizar su deseo de redención, que ideó como una especie de ceremonia mágica o pagana o candomblé lento de disfraces. Carrefour se llamaba, cruce de caminos, aquel zombi de la vieja película de vudú que se desarrollaba en Jamaica. Aún recordaba las invocaciones, los gestos; y no olvidaba tampoco, a su pesar, que la mayor magia del film no eran más que los trucos de un ilusionista y la voluntad de un asesino. Muy dentro de sí mismo, en un reducto ahora oscurecido de su ser, de su inteligencia tal vez, percibía la risible y macabra ridiculez de los extremos más enfermizos e infantiles de su propia historia, y se avergonzaba de aquella elucubración, pero la voz de aquel sentido llamado exageradamente común era tan débil, tan desabrida entonces, y era recibida en la superficie, en pleno aquelarre supersticioso y mágico, con tales desconfianza y desagrado que, a despecho de aquella sugerencia de la cordura, él había tomado su decisión: Ella sería, ella era ya el cruce de caminos hacia el perdón y, con suerte, hacia el tan dulce olvido.
El día prosiguió tranquilo, pero tenso con aquella escena, aquel compromiso que se cernía sobre ellos como un pájaro raro al que tuvieran que cuidar. Ella, sin espacio entre el miedo y la devoción para el humor o la ironía, había aceptado horriblemente maravillada, y él había quedado, de manera tácita, encargado de disponer todo lo referente a la ceremonia: tiempos, adminículos, trama. Se retiró a la parte más huraña de la finca, junto al alambre de espinos que daba al mar, y se sentó en el suelo a tomar notas. Ella salió.
Al día siguiente, se levantó temprano, pero no volvió a la cama como otras veces, de hecho, hacía días que sus acoplamientos habían dejado de ser tan frecuentes y alegres. Se levantó temprano y salió de la casa. Caminó en la mañana florecida de automóviles, de ruido y simulacros. Antes de salir del casco urbano compró plátanos y se fue comiendo dos por el camino que restaba hasta llegar a la lejana zona residencial donde estaba la casa de la piscina. Durante el camino fue haciendo el mismo ejercicio de olvido que había realizado tan solo ayer, pero lo que en esta ocasión se decidió a trasponer no fue su pasado remoto hasta hacía algo más de dos meses, sino lo que había pasado hasta ahora mismo desde entonces: el crimen y su aura. Fue transformando los hechos en burbujas que cruzaban y desaparecían, y así llegó al presente absoluto. Ya virtualmente no le quedaba nada, salvo la poda y la piscina, y la mirada de Ainara y su recelo. Lo cual, tuvo que reconocer ante El Otro, que lo seguía en un tenso silencio irónico y cruel, sombra de contorsiones de escarnio y mofa, era bien poco, solo la semilla de otro camino; así que para no meter la pata y hacer imposible el reencuentro, pasó de largo hasta que consideró, unos roquedos más arriba, que ya no quedaría ningún integrante de la familia de los amos, que Ainara estaría sola y que él podría trabajar. Ella, por su parte, lo aguardaba secretamente emocionada, y cuando vio de refilón su bulto al otro lado de la cancela del jardín tuvo que hacer un esfuerzo para no sonreír. No le hizo seña alguna, pero él la vio trasteando tras la luna del salón y entró. Fue hasta la puerta corredera y esperó, aquietado de pronto. Ella abrió el cristal. Ya tenía esperanzas de que no viniera. Pero no puedo dejarle esto así, dijo, señalando con los ojos la finca. ¿Así, cómo?, preguntó ella. Además de hacer la poda, había que encargarse de volver a recoger las hojas caídas desde ayer. Javier solo miraba sonriendo. ¡Diga!, ¿va a estar viniendo todos los días hasta que caigan todas? Si usted me deja, yo vengo. Ainara contempló el jardín tomado por la hojarasca amarilla, miró también hacia la piscina y preguntó: Bueno, ¿y qué va a hacer hoy? Voy a podar la parra, y así me quito también las hojas que quedan. Como con fastidio, ella levantó un brazo. En el cobertizo, allí, señaló la mujer la caseta de madera del rincón, hay guantes y tijeras. Él echó a andar. La criada se acordó de algo y alzó la voz. ¡Póngase también las gafas, que no quiero tener parte en que se quede ciego! La caseta era vieja, y su madera estaba un poco carcomida, sobre todo en la zona en contacto con el suelo terroso. La abrió con chirrido de goznes. Era estrecha. Una bocanada de olor ácido de fermentos y verdura fibrosa salió a recibirlo solícita, desacostumbrada al sol y solitaria. En el suelo, de pie en el centro, se levantaba un antiguo bidón de petróleo de la Shell dado la vuelta, con las tijeras, los guantes de podar y las gafas protectoras encima. Los cogió y se volvió. Desde la puerta vio que ella seguía allí, que le seguía observando desde la casa y ahora decía algo: Justo al fondo del jardín, entre las hojas de la hiedra, estaba la escalera de mano. Sonrió, hizo que sí con la cabeza y miró hacia donde le indicaban, con los guantes y las gafas ya puestos, estas últimas brillando marcianas al recibir el primer sol triste fuera de la caseta: allí estaba. Se volvió después a mirarla a ella: En el marco negro de la puerta de luna, al fondo de un pasillo de hierba rala y hojas de parra arriba y abajo, permanecía a pie quedo, secándose las manos limpias en el delantal blanco. Levantó la mano enguantada y ella movió un poco el mentón y regresó dentro de la casa. Javier, vestido ya con todo (incluida una viserita amarilla que había encontrado por allí), se puso inmediatamente a trabajar. Sabía que hay que cortar algunos ramones largos, la mayoría, y que hay que dejar algunos sanos largos también para que evolucionen y cubran nuevas zonas, sabía por dónde cortar, y punto. Ese era todo su bagaje de sabiduría jardinera. Pero lo hizo lo mejor que supo, con absoluta entrega a su labor y su mejor inventiva sobre las normas que había de seguir. Sudaba, y un conocido e indeseable olor acre y dulzón ya se proyectaba con intensidad cada vez que alzaba los brazos. Llevaba días sin bañarse con jabón. El chapuzón de ayer en la piscina no había servido para nada, si no es que había empeorado la cosa. El olor seco y polvoriento de la parra también le bajaba en forma de partículas sobre los ojos de plástico y la cara: era un hedor de putrefacción ligera pero lograda, como imaginaba que olería una momia. Cortó y cortó hasta que los casi doscientos metros cuadrados de tierra compacta y pasto pobre, todos cubiertos por la parra, estuvieron cubiertos de hojas y de ramas amarillas y oscuras. Una claridad nueva, gris pero brillante, casi totalmente invernal, había venido invadiendo, a medida que cortaba, como un alivio de pesares, el espacio cercado por la tapia. Cuando terminó de amputar lo observó todo, claro y lleno de muñones color canela, y miró hacia la casa. Allí estaba la mujer. Con algo entre las manos. Se acercó caminando, pisando la hojarasca caída y la ramiza cortada. Y sin decir una palabra, tomó la taza de café. ¿Se lo amontono en el rincón?, preguntó después de probar el líquido ligeramente amargo. No, vaya podando los rosales. ¿Y luego se lo amontono en… allí donde las hojas? No. Vamos a quemarlo. Saque el bidón ahí, al claro junto a la piscina, y lo vamos quemando todo. Enseguida se consume. Yo voy a llamar a los bomberos para avisar que no vengan. Y así se hizo. Ella marchó dentro y él cortó los rosales dejando alguna rama alta, nueva y vertical y otras pocas menores. Luego salió de nuevo ella: que ya puede prenderlo. ¿Tiene lumbre? Por un momento pensó que sí (vio el mechero de la muerta quemando el cordel de plástico), pero en seguida se dio cuenta y rechazó la idea, la imagen y el recuerdo con un sarpullido de horror. Dijo que no, y ella sacó del bolsillo un encendedor de cocina y se lo entregó. Se queda a comer. Tengo plátanos, alegó él, señalando con una rama el interior del chamizo. Usted vaya quemando y yo le preparo algo. Como le parezca bien. Sacó el bidón casi hasta el borde de la piscina, que seguía con la superficie verde aselvada de hojas y detritos vegetales caídos (no había billetes ya, y este fue un detalle que no pasó por alto), y lo fue llenando primero al fondo de hojarasca y después de ramitas y ramas más largas que sobresalían casi medio metro del borde del bidón. No era la primera vez que aquel bidón servía para aquel menester. Junto a la base, alguien había practicado multitud de agujeros con un gordo taladro para que el fuego respirase. Un humo blanco y muy pesado, oloroso a monte, a pastores, se comenzó a desbordar inmediatamente por el labio del recipiente y a invadir el recinto del jardín. La humedad hacía que se pegase a los objetos como un untuoso rebozado espectral. Él se alejaba del fuego guiñando aunque no le molestaba el humo gracias a la burbuja de las gafas, y volvía con una brazada que en cuanto se lo permitía el espacio interior del bidón arrojaba dentro. Y mientras el fuego desintegraba la nueva brazada, él se iba al fondo a rastrillar las hojas residuales y organizar el ramojo en haces de mediano tamaño que preparaba y dejaba en el suelo para ir llevándolos al crematorio. Había decenas de estas gavillas por el suelo. El nuevo cielo, gris pero luminoso, el humo rastrero que se divertía enlazándose en las zonas más oscuras de la humedad, el olor de quemazón y de pueblo, las ramas por el suelo, todo daba un inequívoco aire rural y sin tiempo a la escena; aire en el cual él creía haber aprendido a moverse como un aborigen, y no como un turista. A la hora del hambre, ella salió con un plato plano blanco que sostenía con ambas manos y en el que lucían envoltorios de algún tipo de masa brillante y dorada de freidura. Él se acercó marciano y observó con las gafas llenas de partículas. Qué son. Cómaselos. Se desprendió de un guante, cogió uno con los dedos y se lo metió entero en la boca. Bajo la capa crujiente del maíz, una carnadura vegetal y ligeramente picante, en cuya composición creyó poder identificar al menos seis verduras, protegía un su interior cálido una tajada tierna de solomillo que se disolvió a la primera señal que hizo la dentadura de amenaza en forma de presión. Cuando lo deglutió, mirando los haces de leña tirados por el suelo con indiferencia fingida, aquel panorama de destrucción y tierra negra, de humo acre y detritos, se había convertido de nuevo en un jardín cuyo orden irreprochable era reconstruido a cada instante por un ritmo que se hacía perceptible en cada voluta de carbono quemado, y cuya verdad absoluta lo consagraba bajo las nubes como el non plus ultra de un peregrinaje que no habían comenzado ni terminarían ellos, un harapiento vagabundo y una criada americana, pero sobre los cuales había recaído, de modo tan magníficamente irresponsable, el eje eviterno de ese vínculo entre la búsqueda y su hallazgo. Y todavía quedaban otras ocho en el plato. No se atrevió a decirle nada, solo la miró y todo quedó entendido, y remachado cuando cogió otro, y otro, y se llevó el quinto a la boca. Ella no dejaba de mirarlo sin aparentemente nada en las pupilas, solo presencia, limpia y sana presencia. Se tomó su tiempo para saborear el sexto mientras sacaba algo del bolsillo y lo depositaba sobre el espacio abierto en el plato. ¿Para qué quiero yo eso?, preguntó la mujer cuando reconoció el DNI del hombre, aunque más bien parecía de otro distinto. Usted me lo pidió. Ya no lo quiero. Yo tampoco. Pues quémelo. Y eso fue lo que hizo, lo arrojó al bidón. ¿Quiere cerveza? Sí, contestó ya sin mirar, terminando de ponerse el guante y alejándose para agacharse y coger otra gavilla y arrojarla a las llamas ocultas bajo el humo tan blanco. Cuando llegó con el vaso, se aproximó otra vez, bebió y volvió al trabajo. Los dos lo hicieron.
Siguió todavía una hora quemando y limpiando hasta que, de súbito, se dio cuenta de que no debía terminar aquel mismo día y dejó caer lo que tenía en las manos. Llamó al cristal. Me voy, dijo. Ella miró por encima de su hombro y vio unos pocos haces por la tierra, que bien podían haberse quemado en apenas media hora a lo sumo, pero no dijo nada sobre eso. Está bien, dijo, así no huele tanto la casa cuando lleguen los amos. Tenga, dijo, y le entregó un fajo de billetes planchados. Él no levantó la mano todavía. ¡Cójalos, son suyos! No los podía dejar ahí ni me los puedo gastar, cójalos, ande. Mientras él los recogía de su mano, ella añadió: Ya le hará falta. Luego permaneció callada un momento, sin mirarlo, acompañando a la mirada que él dejaba reposar sobre el humo, y preguntó al fin: ¿Hoy no se baña? Mire que huele más que ayer. ¿Le molesta? No, a mí, no; pero lo mismo a su mujer sí. Él reflexionó qué debía responder. Mañana vendré más tarde, dijo al fin, un poco rencoroso, y añadió: Ya queda poco. Cuando guste.
Regresó muy despacio, dando patadas a las piedras, sobando los plátanos en el bolsillo hasta que los sacó al pasar por un alto descampado y los tiró sin mirarlos por un barranco. El sudor se le había quedado frío. Recordó lo que tenía anotado por algún lado y se metió en la primera tienda que vio de ropa de mujer. Miraba las prendas sin darse cuenta de la conmoción que venía causando.
Cuando estaba tocando las blusas, tratando de recordar el tacto de aquella, apareció un sujeto uniformado y se lo recriminó de malos modos. Tardó en comprender que le estaba echando fuera. Y más todavía en comprender por qué. Sacó el puñado de billetes, pero les dio igual. No había nada que hacer. Lo miraron tan mal al ir cruzando la tienda hacia la puerta que salió casi sollozando. Cualquier otro día no habría aceptado ningún reproche mudo y habría sido perfectamente indiferente a cualesquiera miradas o comentarios. Es posible que incluso se hubiera enfrentado a aquel tipejo. Pero no encontró las fuerzas para mostrar, ni siquiera para sentir indiferencia. Se sintió abandonado, rechazado, despreciado, infeliz. “El trato de amor ablanda el corazón del hombre”, pensó.
Dejó pasar aquel día sumido en una profunda hosquedad y un rencor tal que a él mismo le parecía injustificado, excesivo. Una rotura neta en un bloque macizo. Tuvo hasta miedo en el umbral del sueño.
Al día siguiente se presentó en la tienda limpio, oliendo caro, con su mejor traje, locuaz y brillante. Las empleadas que habían ayer arrugado tanto la nariz intercambiaban miradas incrédulas de asombro. Lo atendieron amables y él habló. Se desató seductor, mundano, ultrasolvente. Entonces compuso un rostro de consternación muy elegante y habló de un su hermano que tal vez se presentase por allí cualquier día. Un hermano mellizo con mala suerte. Un genio incomprendido que eligió aquella vida en lugar de ser capitán de empresas familiares. Un poeta de la pobreza. Pidió para él caridad y respeto, pues era muy sensible al desprecio. Un mal gesto podía provocarle, de nuevo, ideas de suicidio. Las dependientas se miraron unas a otras con consternación, quizá con culpa, con la risita nerviosa agazapada de miedo cerca de la garganta. Toda la compra, abundante y cara, reposaba sobre el mostrador. Quiso probar: ¿Lo habían visto, acaso, por allí? No, no lo recordaban. Sí, pensó, consternación y además culpa, pensó, pero también codicia. “He venido a castigaros”, pensó, “grandísimas hijas de Satanás”. Mienten, jovencitas, les dijo mirándoles a los ojos. No había pagado la compra, y no lo hizo. Antes de volver a la casa del mar lo compró todo en unos grandes almacenes.
Regresó, dejó las bolsas y, sin decir una palabra, se cambió y volvió a salir. En esta ocasión se acercó hasta la casa de la piscina en automóvil. Por una suerte de pudor supersticioso, aparcó en otra calle. Después de todo, aquello, la zona residencial, la casa, la criada, la piscina, el bidón, no estaba tan lejos como había pensado cuando llegaba andando. De hecho, estaban humillante, descorazonadora, y hasta tal vez un poco vergonzosamente próximos. Entró sin preámbulos y fue de inmediato al chamizo para calzarse los guantes y las gafas. Los haces de ramojo que quedaban aparecían ligeramente descompuestos o deshechos, separados los palos como por una patadita impaciente, quizá enojada, con alguna vara atravesada o separada de su grupo. Los recompuso con paciencia de enterrador antes de echar la primera brazada en el interior sonoro del bidón. Había olvidado las hojas. Las arrojó por encima, de cualquier manera. Pero no pudo prender nada porque había extraviado el encendedor. Recordaba haberlo dejado en la caseta, junto a los guantes, así que fue por él. No estaba sobre la repisa ni por el suelo visible. Se agachó para mirar bajo los estantes y acabó sentado en la zona sin luz, al fondo, sobre una pila de periódicos viejos. Aquel olor de claustro o de cripta de larvas pálidas, anilladas y gordas, aquella diminuta pérdida material (un encendedor de cocina) intrascendente en precisamente ese día frígido, encapotado, el marco negro de la puerta con el cilindro de metal al fondo le transmitieron, sin que pudiera ni supiera evitarlo, el sabor aflictivo de la derrota y del cansancio: derrota del fugitivo por parte de la propia fuga, cansancio de la libertad robada o lograda. Recordó que, de joven, sus tíos lo llevaron de excursión a la sierra de Cazorla, en Jaén. Allí, al restaurante donde pararon a almorzar carne de monte, los jabalíes se acercaban en busca de restos de comida. Jabalíes semidomésticos, acostumbrados a la proximidad de los humanos. Estando en el aparcamiento, uno se acercó a unos metros de ellos, aguardando que le arrojasen comida. De repente, tres grandes perros saltaron de un vehículo y, con una granizada de ladridos feroces, se lanzaron a perseguir al animal, que emprendió, entre las filas de pinos, una huida desesperada. Cuando estaba a unas decenas de metros, con el campo ganado y el camino franco, el bicho se revolvió y cargó contra los perros. La vergonzosa huida de estos fue tan aparatosa y atropellada entonces como su anterior persecución había estado llena de alharacas y baladronadas: uno para cada lado, chocándose con los árboles, tropezando, aterrorizados, silenciosos. Todos en el aparcamiento se rieron de los perros. Alguien explicó que eran perros urbanos que nunca se habían visto en una de esas, que confundían el juego con la lucha, las reyertas verbales de collar, esquina y meadero con los combates a vida o muerte en lo más recóndito de los bosques de invierno. No eran unos cobardes, solo eran lo que eran, y ahora lo sabían. Con ello quedó explicada, con suficiencia y autoridad (quien lo explicó así fue un montero), la actuación de los perros. Pero nadie se molestó en analizar la conducta del otro animal, nadie quiso, o pudo, o supo explicar por qué el puerco se volvió cuando ya estaba fuera de la palestra, cuando si hubieran sido perros de caza, el resultado hubiera sido bien diferente, cuando su primera obligación era regresar a su monte, cuando podía haber seguido sin más. Él siempre había pensado que sus alternativas eran de jabalí: o revolverse y luchar (con el riesgo de ser derrotado), o seguir corriendo y salvar la vida (y sentir tal vez la otra derrota del orgullo). Nunca, hasta entonces, hasta hoy en el chamizo de la putrefacción, había pensado en ser los perros.
Puso la mano al azar sobre la superficie de un banco de trabajo y entre el serrín topó con el mechero. Cuando se decidió a levantarse, se llevó también un periódico y lo arrojó ardiendo al interior del bidón. Pronto comenzó a salir humo. Solo entonces miró. Naturalmente, ella no estaba.
Oyendo el fuego crepitar, vestido con su ropa limpia y correcta, comprendió que para no estar ahora sintiendo aquello, aquella desazón, aquella soledad, habría tenido que quedarse a dormir allí mismo, entre las hojas o en la cabaña oscura. Tal vez ella lo esperaba, o esperaba otra cosa, no sabía muy bien qué. O nada: tal vez solo que se fuera ya. Nunca las había comprendido. Reflexionó seriamente sobre si las atenciones discretas, las no miradas y el silencio de aquella mujer bajita valían (o habrían valido) abandonarlo todo y arriesgarse a coger una pulmonía en el chamizo. Viendo el humo blanco de la última brazada decidió que no esperaría más ni llamaría al cristal. ¿Qué podía decir?: Ya he terminado, sigo mi camino. O acaso: Voy a podar el seto y a levantar la cabaña de ladrillo, y quizá pase el invierno en ella. Y hasta podría decir: Me quedo a vivir aquí de anacoreta pálido y rupestre, ya se lo explicaremos a los amos. O tal vez no decir nada y confiar… ¿en qué? ¿A su edad?... ¿Dejar que ella dispusiera? Desde luego, sería algo nuevo en su vida… Sería su vida nueva… La vida nueva… Otra reencarnación… ¿o no?...
Pues no. No. Dejó ardiendo la última leña y salió del jardín sin más.
Llegó a la casa del mar pronto, comieron con vino un tanto ausentes y se acostaron para follar con una motricidad entre rabiosa y pasiva, mecánica y grave. Cuando se levantaron de la siesta tomaron café y metieron todo lo que iban a llevar en el coche. Ella se extrañó de verle meter bolsas de ropa, de viaje, de plástico, cajas con materiales de su antiguo trabajo…, pero al parecer aquello configuraba la lista de lo imprescindible, la cual consistía en una nota manuscrita que solo él tenía derecho a detentar y, por supuesto, a consultar y comprobar una y otra vez para contrastarla con los bultos que iban saliendo. La chica debía limitarse a ir estibando los paquetes de que él le hacía entrega.
Luego, cuando ya tenían que ponerse en camino si no querían llegar muy tarde al motel, él se alejó hacia el mar sin explicación alguna. Era lo normal. Ella esperó fumando, fisgando con curiosidad y desdén el contenido de algunas bolsas y embalajes.
Mirando al gran azul despejado de la tarde, el hombre sacó su móvil del bolsillo, lo abrió e introdujo la tarjeta de memoria. Después, sabedor de cuál iba a ser la reacción del aparato, introdujo su PIN. Antes de que comenzara a vibrar como un animalito que vuelve a la vida tras un periodo de hibernación, lo dejó con cuidado sobre una piedra y volvió su vista a las aguas lentas, anormalmente combadas, casi sin espejuelos, de la superficie del mar. En el horizonte se alejaba la mole blanca de un buque de cruceros que tal vez limpiara y lubricara sus interiores con su química. Cuando supuso que ya el teléfono había captado la configuración regional, aún aguardó a que hubiese descargado todos los mensajes y llamadas perdidas que hubiera recibido Javier Santisteban Valverde, “El Viejo”: los primeros de aquellos serían informativos, poco exigentes, irónicos quizá, pero poco después se irían mostrando intrigados, preocupados, enojados sin duda, exasperados de que no lo cogiera, y luego se tornarían ansiosos, rogatorios, imperativos o gimientes. Y de pronto, a partir de cierto momento, el tono de los comunicantes se habría cubierto (como con un velo) de la calma creciente del desespero, o del aliento narrativo del que se dirige a una tumba, o se habría revestido de frialdad forense en la voz protocolaria de un extraño, o tal vez, por fin, de la sequedad marcial, poco dada ni dispuesta a airear sentimientos falsos e inoportunos, de cualquiera que se considerase investido de la suficiente autoridad para empuñar el chisme y hablarle a la nada de tú a tú, desde un cabo de la guardia civil a una secretaria judicial. Entonces, cuando supuso que todos aquellos mensajes u otros parecidos se habrían acabado de volcar en la memoria fugaz del aparato, se volvió hacia el teléfono (había tenido tiempo de elaborar un discurso de emoción contenida), lo tomó en la mano (no pudo evitar ver que tenía veintiséis mensajes y saber que habría recibido muchos más) y marcó el número de Andoaín. Sonó primero el fijo de la oficina y luego el desvío a otro aparato.
- Diga.
- Diego, soy Jorge.
- (…)- Se oyó cómo bajaba el volumen de la radio del coche. Nada más.
- ¿Me has oído?
La voz del abogado llegó mate, fría y un tanto dura.
- Te dije que dejaras los papeles en paz… La policía ha estado aquí, al parecer has desaparecido. ¿Quieres decirme qué coño pasa?
- Lo sé, tranquilo. No tiene nada que ver con los papeles. Simplemente… lo he dejado todo.
- ¿…Que has dejado qué? ¿Qué es ‘todo’? ¿Dónde estás?
- Escúchame por una vez. Nadie debe saber que he hablado contigo, ni que nos hemos visto…
- Llegas tarde, ¡joder!, estuvieron aquí, y sospechaban o sabían que habías venido a verme. Lo mismo fue por tu madre, que pensó que irías a visitarme. Te vio mi secretaria, ¡si hasta les contó el numerito de la escalera!, así que tuve que decirles que sí, que hablé contigo, de los viejos tiempos, que no estabas bien del todo pero que no sabía qué te ocurría. Me preguntaron si me dijiste que sufrieses una enfermedad grave o si te vi deprimido. ¡Joder, qué iba a decir? ¡Pues que no estabas bien del todo! ¿¡Yo qué sé!? Si es por los papeles esos y esa historia absurda, te juro que estás haciendo el ridículo. Nadie en su sano juicio…
- ¡No, coño, no! ¡No tiene nada que ver con eso! No importa que hayas hablado con ellos. Es de la segunda vez que nos veamos de la que no quiero que digas nada, ¿entendido?
- (…)
- Mañana, de madrugada, a las seis, o mejor a las cinco, te veré en las obras de la iglesia para darte tus cuadernos. Te citaría antes, y así podría estar lejos de ahí cuando amaneciese, pero seguro que tu mujercita se extrañaría de verte salir de casa a las tres de la mañana, o de llegar más tarde de esa hora, ¿eh? O lo mismo ya está acostumbrada a que tengas una coartada siempre lista para esfumarte en busca de… un poco de emoción. ¿Cómo lo llamas tú: un culo, un voto?
- ¿Qué coño te pasa? ¿Para qué me llamas? ¿Para hacerme reproches después de más de veinte años? Yo no tuve nada que ver en que te echaran de aquí. Me arrepiento de haberte visto. Me arrepiento de haberte contado nada. Sigues siendo un niño… -se le oyó respirar con fuerza y darse un minuto para lograr cierta tranquilidad-. Bueno, -se calmó la voz, se hizo un poco más suave-, ¿dónde estás?
- Ahora en Barcelona, pero pararé en un motel cerca de ahí. Está a media hora del pueblo. Si puedes salir a las tres…
- No, no; las cinco está bien… Oye, ¿vas a llevarlo todo?
- ¿Todo?
- Los papeles esos que…
- ¿Pero no dices que no significan nada? Me parece que… –Diego le interrumpió, perfectamente consciente de que había cometido un error:
- ¡Vale, vale! Era por echarles un último vistazo, por ayudarte, por si entendía algo y podía darte alguna respuesta… Me preocupas. ¡De veras! Deberías contarme qué te ocurre. Entonces me lo contabas todo. ¿Qué me dices? ¿Los llevarás?...
- No.- Lo dijo con la dureza irreversible, absoluta, de lo decidido de una vez para siempre por el orgullo o por el rencor.
- Está bien. Lo que tú quieras. Nos veremos a las cinco en la valla de las obras.
Colgó. Tenía la oreja caliente y un reguero de sudor, que se estaba quedando frío, le bajaba por el canal central de la espalda. Apagó el teléfono y lo guardó. Regresó junto a la chica, que evitaba mirarlo.
Paloma dejó una luz encendida junto a la ventana y cerró con llave. Se pusieron en marcha como si fueran quince minutos de coche, aunque era un trayecto mucho más largo. Se sentían secretamente incómodos el uno junto al otro. Fueron recordando las instrucciones. Única y exactamente las acotaciones de la función. Ella hubiera querido hablar de ello, de lo que estaban haciendo, de aquella obscena representación que se avecinaba, pero no había nada que hacer. Era un trámite para poder seguir con sus vidas, eso era todo lo que debía conocer. No pensar, esa era su parte; no pensar; sumirse en el silencio de la chica del héroe en las películas. En realidad no le molestaba desempeñar aquel papel, pues solo se trataba de eso, un papel, una caracterización dramática, pero era incapaz de eludir el deseo de comprender el sentido último de tal puesta en escena. Alcanzaba su índole de rito, pero se le escondía su esencia: rito pero de qué y para qué. Y cualquier suposición que hiciera le parecía insatisfactoria. Fue un camino largo, con periodos mudos en que ambos imaginaban, cada uno a su modo, incomunicados, la escena con mil variantes complementarias y contradictorias. Llegaron a la carretera de El Jardín cuando ya había anochecido.
Al negociar la penúltima curva, cuando ya se veían los altos focos que iluminaban el aparcamiento frente al motel, ella posó la mano sobre su antebrazo y le pidió que se detuviera. Quería bajar, dijo.
- ¿Por qué? Está ahí mismo.
- Lo sé. Pero prefiero ir por detrás de los árboles. No quiero encontrarme, ni por casualidad, con alguien del pueblo. ¿Nos iremos pronto?
- Antes de amanecer. Después de esto saldré un momento y cuando vuelva nos iremos. ¿De acuerdo?
Paloma sonrió morena, tersa, joven, confiando aún a pesar de la extrañeza, a pesar del miedo. Luego salió, cerró la puerta y cruzó la calzada a la carrera. Bajó el terraplén y dejó de verse. Solo ahora pensó él que en aquella total oscuridad, la pobre podía tropezar y caerse, o tener incluso un desafortunado encuentro con las putas negras que sin duda se ocultaban entre los troncos del bosque en derredor. Pero ya no era tiempo para eso. Puso el coche en marcha y aceleró un poco para acabar de llegar al motel Flor.
Se detiene frente a la recepción aún pobremente iluminada. Al fondo del cristal está el portero de noche. Hay un enorme trailer de seis ejes en el aparcamiento, solo uno, aparcado casi transversalmente a la línea de las habitaciones, en medio justo del espacio blanco iluminado. Desde el restaurante, nota enseguida, no se verán las últimas habitaciones. El portero, aunque le mira como si le sonara su cara, no le reconoce hasta que oye el nombre. He perdido el carné, ¿hay algún problema? ¿Quiere el pasaporte? No, nada, nada, en absoluto, todavía me acuerdo de usted, pero… tenía otro coche, y estaba… mucho más… grueso y no tan moreno. Los negocios van mal, dice él inapelable. Claro. Ha pedido la última habitación y se la han dado. Sabe que lo está mirando irse y lo estará observando todavía un rato mientras saca los bultos. No le preocupa. Vuelve a montar en el utilitario y lo lleva hasta frente a la misma puerta. Al aparcar no ha mirado el fantasma blanco del cobertizo. Ya casi aquello no ha existido salvo en su interior. Sin embargo, sí se vuelve hacia la recepción y ve cómo el portero de noche se oculta y disimula. Va a abrir la puerta y va metiendo los bultos que necesita, que había en la habitación aquella noche o necesita para ella. La chica aparece sigilosa por la escalinata. Lanzando miradas a la recepción y a todos lados, se introduce en la habitación. Por fin cierran la puerta. Ella está nerviosa y aparta un poco la cortina para mirar por la ventana, aunque ni desde el restaurante ni desde el bar se verá nada gracias a la interposición del camión. Relájate. Dúchate. Voy por algo de comida para cenar. No quiero nada; tengo el estómago encogido. Tienes que comer algo. No puedo echarme nada al cuerpo. Si como algo vomito. ¿Lo hacemos ya?
- Es… pronto todavía. Hay que perder algo de tiempo.
- ¿No podemos hacerlo ya, por favor?
- No, es demasiado pronto.
- ¿Y qué mas da?
- Sí da, sí da. Ponte la tele, -dice él, y sale del cuarto. En el restaurante, la barra y las mesas están vacías, no está ni el camarero. Se entretiene sacando de la máquina dos latas de refresco y tres botellines de agua, confiando en que el ruido atraiga al empleado, como así ocurre. Pide dos bocadillos fríos y una bolsa de hielo, y observa cómo los hace el camarero. No sabe de dónde ha salido el camarero, pero no ha sido del bar de Flor, que está silencioso, tal vez cerrado tras la puerta labrada. Le dan los bocadillos en una bolsa, otra para la del hielo y otra vacía para los refrescos y el agua; paga y vuelve a la habitación. Paloma no se ha duchado. Está sentada contra el cabecero de la cama, bebiendo el whisky de una botellita del minibar. Esta vez estaba bien surtido. La acompaña con el contenido de otro frasquito y ven parte de un telediario abrazados, recostados contra el cabecero. Por la televisión, él sabe la hora que es. Cuando se acerca el momento, se levanta y comienza a disponer el atrezo: la bolsa de viaje en el suelo, el portátil, su traje en la funda sobre la silla… También saca de una de las bolsas de plástico que ha traído en el coche una bandeja, una cubitera, dos vasos y una botella de whisky. La va a abrir y mediar en el lavabo del baño, pero prefiere volcar el contendido sobrante (hasta alcanza la altura que tenía el líquido en la botella original) en los dos vasos que están utilizando: aún es pronto y tal vez ambos necesiten esa pequeña ayuda alcohólica. Guarda la bolsa de hielo en el congelador diminuto, que ocupa por completo. Vuelve junto a ella a la cama. Viendo la tele, repasa la habitación. Solo la lata de los cuadernos desentona, lo demás está como estaba. La guardará en la bolsa bajo la silla cuando ella salga. Y también se quitará la chaqueta, los zapatos, los calcetines y los pantalones. Últimamente iba sin calzoncillos, pero hoy, al vestirse en casa, se ha puesto uno de los que solía llevar.
Han visto pasar las imágenes de un programa de entretenimiento casi completo. Ha llegado la hora. Nota de pronto calor donde ella se apoya, su peso muerto, su respiración muy larga y lenta, recuerda que hace poco ella ha dejado el vaso vacío de whisky en la mesilla. Alarmado, toma su rostro con la mano, lo levanta de la barbilla.
- ¡Venga, venga, venga, venga! ¡Despierta, Cielo! ¡Ahora no, no!
La arrastra fuera de la cama, ¡vamos, arriba!, la sostiene en pie para conducirla al lavabo, ¡camina, venga, que te caes, abre los ojos!, le lava la cara con agua fría, ¡ya, ya, para, Javi, joder!, se la echa por el cogote, ¡cabrón chiflado, ya estoy despierta, ya estoy!
- ¡Joder, Javi!
- Perdona, pero tiene que ser ahora. ¿Estás bien?- Ella hace que sí con la cabeza.- ¿Seguro?
- ¡Que sí, coño! Tranquilo. –De pronto, el balanceo que compromete su verticalidad cambia de signo: “Tu chica…” comienza insinuante, contoneándose y achinando los ojos ebrios “…está dispuesta.” La deja de pie, inestable, y va a sacar el hielo de la nevera. La vigila mientras dispone el material.
Le cuelga las bolsas de las manos. “¿Te acuerdas de todo?”, le pregunta mirando su reloj. Que esté preocupado a ella le hace un poco de gracia.
- Palabra por palabra-, contesta mirándole fijamente, y, sin cuidarse de la posibilidad de estar siendo observada, sale del cuarto, gira y baja por la escalinata hacia la noche. “Cinco minutos”, susurra él, ardiente, a las tinieblas, y cierra la puerta.
Cuando se ve solo, el cuarto le transmite una insólita sensación, un resonido de intimidad espacial, una facilidad para el recogimiento que desearía prolongar indefinidamente, pero en lugar de ello, conecta el ordenador y a su luz y la de la tele comienza a quitarse las prendas de ropa que exigirá la singular liturgia. Cuando está en calzoncillos, va al baño y se sienta en el retrete. El frío del mármol lo reconoce y le saluda. Defeca. Sale del baño con sensaciones de recién nacido. Entonces ve la lata. La recoge de junto al cenicero de cristal, va hasta la silla y se arrodilla para abrir la bolsa de viaje y guardarla, pero entonces ve el magnetófono, con la cinta negra aún encastrada, y lo saca para oírla de nuevo: no había caído hasta entonces en que las ceremonias (“no todas, no todas” apunta el doble fofo que le va soplando el protocolo del exorcismo y al que ve en el espejo cuando se mira y quiere verle, pálido y familiar, por detrás de su hombro) las ceremonias tienen su texto sagrado, su mantra, su evangelio recordatorio, sus sufragios y plegarias, su compromiso o su promesa a través de la oración o de impetraciones paganas a las fuerzas diversas. Mira el reloj y tiene tiempo. Presiona el pulsador y escucha.
“Ahora vas a escucharme atentamente, porque no te lo voy a volver a explicar:” Oye la voz susurrante y cierra los ojos, sentado en el suelo, con las piernas cruzadas. “Hay un cadáver. Él podía haber optado por hacerlo desaparecer, por enterrarlo, por ejemplo, y lo piensa, pero finalmente decide dejar el cuerpo tal cual, caído. En un universo paralelo, lo entierra. En este decide que el hecho se presente como muerte fortuita. Pero nosotros queremos ir más lejos. La víctima está en el suelo, el accidentado está tirado. Porque ha sido un accidente, un homicidio por accidente, por azar, por destino. El matador se ha visto forzado porque la víctima ha inventado casi ese final. ¿Me estás entendiendo? ¿Me sigues?... Te lo voy a demostrar. Rebobina los hechos como en una película al revés: El cadáver se levanta como por fuerza mágica y se gira. La mano portadora del arma de ocasión, un pisapapeles, una piedra, toma el objeto de donde está, roza la cabeza de la víctima, que se ha puesto de pie aún herida de muerte e inconsciente y se ha dado la vuelta para recibir el toque del objeto que la mató y ahora la revive, y retira la herida. Mientras el resucitador devuelve el objeto a su sitio, la víctima, que estaba ya en el umbral de una puerta y de la muerte, se libera instantáneamente del dolor del golpe y siente, junto con las recientes energía para erguirse, vigilia y lucidez vital, una rara premura por entrar en el cuarto con el objeto con que ya huía y quiere ahora devolver así como a la ida, cuando el tiempo iba al derecho, quería llevarse, pongamos un maletín, y lo deja sobre la mesa sintiendo de pronto un alivio del deseo de marcharse y un aumento exponencial del de apropiarse de eso que ha puesto de nuevo, y después mantiene una airada conversación con el resucitador, que ordena, señala, grita, argumenta, guarda y saca dinero que la víctima rechaza, a la que termina escuchando sin comprender y sonriendo. También aumentan la codicia y el miedo de la víctima, que ya no sabe que lo será, la incertidumbre, mientras sale del cuarto caminando hacia atrás y el resucitador la mira a los ojos y la deja salir con una sonrisa hasta cerrar la puerta e ignorar que dentro de nada llamarán y poco antes, poco después en el tiempo de los relojes, él matará; es, por tanto, inocente. Este lo ignora, pero quizá la futura víctima, que ahora es solo avidez, lo piense, tal vez piense no solo en llevarse el dinero sino en matar también. Va, tal vez, hasta una esquina o un portal o se aísla por un momento en un simple recodo de sombra y proyecta un robo frustrado, vale restitución, y, sin saberlo, su propio asesinato. Lo va mascullando, madurando su idea al calor del resentimiento mientras regresa a su propia habitación. Es pobre y ahora no encuentra salida a su pobreza. El resucitador, supone la futura víctima, es rico, y ahora más. Al entrar en su propio cuarto, la futura víctima olvida la idea fulminante de la recuperación o sustracción. Se tumba cansada. Sale y hace recados a los que la llaman. Vuelve inquieta. Únicamente vive del rencor de un amor contrariado. Esa persona sale de su casa cabizbaja y vuelve, muy enfadada con alguien que está dentro y sale al portal y le grita. Esta persona va a morir ya, fíjate bien, pero ahora solo grita a alguien que está dentro y se aleja de la puerta con, recuerdo, un pañuelo rojo anudado al cuello, tal vez un anuncio de su cercana muerte.” Ya ha escuchado todo lo que necesitaba oír, pero la cinta sigue y él, con tiempo todavía, aunque ya poco, escucha: “Una muerte que esa persona ignora, pues solo piensa en el provecho que obtendrá del maletín que ha dejado en casa de su amigo. De la desconfianza que se va amasando en su interior pasa paulatinamente a la confianza anterior, porque ha olvidado que el amor no se puede comprar con dinero. Regresa, fíjate bien, a donde está su amigo. Se encamina allí con ilusión, entra sin llamar, va hasta la mesa y toma el maletín para dejarlo. Su amigo, que ha sacado el maletín de donde lo tenía escondido, habla con el portador y lo convence, entérate bien, escucha bien, lo convence de que se lo deje allí por seguridad. Recibe una declaración de amor y la rechaza. Se asombra del contenido del maletín, que le es mostrado justo antes de que el otro lo cierre y él olvide su visión. Luego se entera, de pronto, por el otro, de la presencia allí del maletín y de su contenido, y de quién lo ha encontrado. Un instante después (o sea, antes) lo olvida y cierra la puerta del cuarto adolescente para que no los oiga su madre. Se alegra de que el portador haya ido a verlo a casa. Este, sin la idea de dejar el maletín, emocionado, lo toma y sale de la habitación caminando hacia atrás. El otro olvida que existe el maletín y que va a venir el amigo a enseñárselo. Solo ve la tele. Caminando hacia atrás (bueno, esto de caminando hacia atrás es siempre, pero lo omito por la claridad, ¿vale?) su amigo se va a casa, guarda el maletín debajo de la cama y se acuesta a desdormir. La noche anterior, saca sin ruido…” En esto llaman a la puerta de la habitación y se sobresalta. Detiene la cinta y se pone en pie. Está un poco mareado, pero va hacia allá. Cuando gira el pomo todavía está oyendo la cinta, entendiendo su sentido, tratando de asimilarlo. Paloma sabe que los toques en la puerta de la primera puta cogieron a Javier dormido, e interpreta la cara abobada de su novio, su casi indiferencia total como una interpretación libre de ese estado de súbito despertar, aunque sabe que los despertares de Javier, súbitos o paulatinos, no son así. Lo que tiene delante son unas cejas arqueadas, la boca abierta, un aspecto de extravío mayor. No sabe que los hechos le han provocado un ataque de cordura, no puede saber que él está lentamente alumbrando la certeza de que si ella, como ya de modo inevitable conoce por el contenido de la cinta, no es la chica del pañuelo (¿quién es entonces?, ¿eran amigos?, ¿se conocían? Le cuesta entender las cosas si se las cuentan al revés. Tendrá que reconstruir las acciones. Se pregunta si servirá de algo), si no es la chica, si no hay presagios ni augurios, si no hay correlatos (“¿cómo pudiste pensar eso?, necio, cretino, imbécil”, le pregunta, le insulta, se mofa, sin mover los labios, el pálido rostro de la careta), si no hay reconstrucción y orden posibles, si no cabe reparación, aquella ceremonia no tiene ningún sentido, no hay predestinación y aviso de ultratumba, no hay posibilidad de retroacción, ni siquiera simbólica. Ya además no puede eludir por más tiempo hacerse cargo de algo que ha sabido sin duda desde siempre, algo que su sentido de la realidad le dijo desde el principio: que aquella muerta de la cinta o no lo estaba, o, naturalmente, era otra muerta, otro muerto, y que aquel muerto tenía que ver con ellos, con él, con Diego, con el padre de ella, con los muertos del pajar… (“Piensa, estúpido, piensa: ¿Dónde encontraste la cinta? ¡Nulidad!”, le define rudo su antifaz). Pero de pronto recuerda u oye algo, levanta la vista alelada, la ve y sufre un sobresalto: La misma melena oscura y rizada, la misma blusa negra ceñida y sin sostén, con aquellos pechos enormes, ofreciéndoselos como… ¿Santa Águeda?, parecida figura y los mismos ojos, aunque más claros, desteñidos hasta la miel o quizá vidriosos como los de los muertos que regresan a atormentarnos, hablándole, diciéndole algo iluminados por los brillos de la bandeja, el maquillaje como un trampantojo de la cara sumida por la falta de alimento en la tumba, el olor dulzón a fruta madura, quizá un poco podrida, y flores machacadas, como gustan las mujeres mayores (aquella particular en su recuerdo) y los cadáveres recientes, y la boca repitiéndole desde el pasado algo que tarda en oír:
- ¡Perdón! Que si quiere el pedido todavía.
Mueve la cabeza y la deja pasar.
La deja pasar como alelado.
Todavía está con la boca abierta, viéndola entrar vestida como la puta madura, quizá llamada Flor, aunque ya sabe que todo aquel aparato teatral es poco menos que grotesco, además de inútil, según ha terminado de entender al escuchar la cinta. Pero sigue adelante con la farsa. O se deja llevar por la inercia, o por el guión.
Ella recuerda que, bajo ningún concepto, ha de salirse del papel, sin embargo no puede evitar un gesto mínimo de hastío al dejar la bandeja en el aparador junto al cenicero. Pero se recupera pronto y vuelve al libreto.
- ¿Quiere que me lo lleve? Le dejo el agua y…
La mira y no acepta que solo la peluca, solo el emplaste de la cara hayan obrado tal metamorfosis. Tanto se parece a la otra que está a punto de romper la liturgia, que ya sabe (se repite a sí mismo) inútil, de los hechos pasados y hacerla pasar y hacerse consolar.
- No, no; déjelo, ya que lo ha traído,- repite, sin embargo, su memoria mecánica.
- Se lo cobrarán, aunque no tome nada.
- Ya; no se preocupe,-dice, y sonríe bobalicón, tal vez porque ya sabe que no lo cobrarán, que lo ha comprado, complacido tal vez de comprender por fin el sentido del rito. Ella pone una cara lúbrica, innecesaria, bajo la cual late la preocupación del artista primerizo de hacerlo bien, de no olvidar su texto. En esto no puede engañar a nadie, piensa: esta es una puta novata. Sonríe otra vez y ella no puede evitar acompañarlo en la sonrisa boba.
- ¿Quiere… que le dé un masaje? Lo que necesite… Le quitaré cualquier molestia. ¿Eh?, ¿qué le parece? Le aseguro que… dormirá como un niño.
- Esta noche, esta noche…- Duda, y por la mente de la chica pasa la idea de que va a romper el guión, de que ahí va a empezar la diversión, la cama, la sorpresa, el fetiche, o de que se está columpiando un poco como juego, por aumentar un suspense ficticio, artificial, que no se materializará en un cambio. Y si es un juego, hay que reírse, aunque él haya adoptado ahora una acabada seriedad funeral.
- No. Gracias.
(Ella esperó esos dos segundos del libreto, dejándose ver y desear, mirándole a los ojos.)
- Te arroparé, si quieres, antes de irme.
- No, adiós,-dijo el hombre y agarró la puerta para cerrar. Ella aceptó el cambio de texto y se marchó. Él cerró, se quedó escuchando un momento y regresó a sentarse frente al magnetófono. Dio un poco hacia atrás a la cinta y pulsó de nuevo.
“Y luego resultó que sí, que era una cosa sexual. Verá doctora… era un hombre imprevisible, pero también eso era o es parte de su atractivo. La fiscal tenía razón: era sexual… ya lo creo…, sí, sexual: me hizo vestirme de puta… ¿Le parece poco sexual?, me vistió exactamente como él tenía en la cabeza. No, no sé de dónde lo sacó. La policía insiste en que sí que lo sé, pero no lo sabía, lo juro, ¡ni lo sé! Además fue dos veces, no una… Sí, sigo. Entonces me dio esa ropa y él se metió en la habitación del hotel y me pidió que me la pusiera y volviera a entrar, y que le ofreciera mis servicios. La primera vez tenía que entrar con una bandeja provista de una botella de whisky, dos botellines de agua y una cubitera con hielo, dejarlo e insinuarme un poco: que si sabía dar masajes, y tal, pero él me rechazaba; entonces tenía que salir, cambiarme de ropa, ponerme falda corta, tacones, un collar de cuentas, una blusa así y asá, una braguita de este color, el bolso con aquello…, y volver a llamar. Entonces, cuando él abriese,…. Le tenía que ofrecer mi cuerpo, eso, tener relaciones, pero con unas palabras… No, señora, no me atrevo… ¡Que vergüenza!... pues voy a decirlo de carrerilla, ¿eh?... Que conste que yo no quería decirlo, ¿eh?… No me acuerdo ya de alguna cosa, ¿eh?, así que… Voy: chupar follar, te la chupo por veinte euros, bueno por diez euros, te la chupo bien, te corres en mi cara y me voy, me lo bebo todo, por el culo bien dentro, todo diez euros y me voy, chupar follar, lo que quieras, y ya… Uf, creía que no podía…, pues ya está; era más o menos eso. Yo llamé la primera vez, lo hice, y bien; llamé la segunda, lo dije lo mejor que supe y me hizo entrar.”
- Te arroparé, si quieres, antes de irme-, dijo Paloma tavestida de Flor.
- No, adiós-, había dicho, dijo el hombre y agarró la puerta para cerrar. Ella aceptó el cambio de texto y se marchó. Él cerró, sí. Cerró, se quedó escuchando un momento y regresó a sentarse frente al magnetófono. Dio un poco hacia atrás a la cinta y pulsó de nuevo.
“… y se acuesta a desdormir. La noche anterior, saca sin ruido el maletín de bajo la cama, sale subrepticiamente de casa y desanda hasta el bosque, donde se encuentra con un amigo, o sea, se separa de él para volver cada uno a su casa.
- Ese amigo soy yo, ¿verdad?”- dice de pronto una voz, otra voz, dentro de la cinta, que ya no es solo una narración al revés, sino unas circunstancias, un lugar, un tiempo y una escena, y dos cuerpos, al menos. Javier se sobresalta. Reconoce vagamente esa voz infantil. Es, es… ¿cuál era su nombre?
“- Sí, ese eres tú.
- ¿Cómo sabes dónde nos separamos?
- Él me lo dijo al día siguiente, cuando fue a dejarme el dinero. Seguimos: vais juntos, corriendo al revés, con el maletín quemándoos los dedos, hasta el pajar abandonado. Cuando estáis allí vais a un rincón a abrirlo, aunque ya sabéis lo que hay dentro: los papeles, los bolis de oro, el dinero en fajos; precisamente vais a desconocerlo. Lo cerráis y acabáis de ignorarlo. Os levantáis y vais a dejarlo (en realidad a cogerlo, ya lo sabes, ¿eh?) donde uno de los muertos, el que está allí tirado boca abajo lleno de sangre, lo metió tal vez con el fin de ocultarlo de los que vendrían o habían venido el día anterior, en el otro coche, a matarlos a él y al pequeñín.
- Eran dos.
- ¿Qué?
- Que eran dos coches los que llegarían el día anterior.
- ¡Ya lo sé, coño! ¡Yo estaba allí, no me interrumpas!
- Perdona, -dice el otro con la voz imberbe y ñoña. Se oye fru-fru de ropas y el sonido inequívoco de un beso.
- No, perdona tú. Si eran dos coches, pues eran dos. El caso es que lo dejáis y mientras desandáis hasta un escondrijo se convierte solo en una vaga ilusión, ¿verdad?
- Verdad. Le habíamos visto ocultarlo y pensábamos que los asesinos no lo habrían encontrado, o que ‘no lo encontrarían’ en el tiempo al revés, y que habría algo valioso.
- Y lo había, ¿verdad?
- Sí, mucho dinero y los papeles y…
- Y Juanjo no quería compartirlo, ¿verdad? – Un shock eléctrico recorre el cuerpo de Javier: aquel Juanjo era el cuarto amigo, que desapareció por aquellos días y cuyo cuerpo apareció sin vida al pie de un barranco. Se achacó entonces a un resbalón, a un accidente, y no se investigó. No sabría decir si él ya había sido desterrado a Madrid u ocurrió estando todavía él allí.
- Juanjo no quería compartirlo. Después de dármelo no quería compartirlo conmigo. Me lo había llevado con falsas promesas y ahora desconfiaba y se lo quería llevar. Lo quería todo para él, ¿verdad?, -repite el que lleva la voz cantante, aunque esa voz esté un poco rota por la ronquera, por el murmullo que emana del secreto. El otro no murmura, solo habla bajito.
- No lo sé, conmigo sí había quedado en compartirlo; fuiste tú quien discutiste con él y quien… le dio ese golpe por… por accidente.
- Eso. Fue un accidente, yo no quería hacerlo, pero lo tuve que llevar hasta el barranco de los buitres porque nadie se lo iba a creer, ¿eh?, ¿me crees, verdad?
- (…)
- Sigo, ¿eh? Y entonces les devolvéis los relojes y salís de allí andando al revés, con miedo y esperanza de sacar un buen botín de la rapiña. Y vais hasta la peña grande del bosque y esperáis hasta que nosotros nos vayamos hacia el pueblo y no miremos y no se os vea, porque ya estabais pensando en volver vosotros solos. Y entonces nos encontramos jadeando, aterrados por lo que hemos visto, aunque nos ha dado tiempo de coger los casquillos antes de salir corriendo.
- ¿Por qué os fuisteis?
- Porque Javi estaba cagao de miedo.”- Siente de nuevo Javier aquel miedo y algo nuevo y más aterrador todavía.
“- Diego...”- La voz que ha dicho el nombre se llena de melindres y de mimos celosos. Es… es… Alejo. Su nombre es Alejo. Es Alejo, el muy cabrón, maricón de mierda, ladrón, no le cabe la menor duda. Pero esta certeza no le abrasa ni la mitad de dentro que comprobar ya sin lugar a dudas (ya lo venía intuyendo, pero se lo ocultaba de sí mismo) que la voz aguardentosa y ronca es la de… “Diego… Tú por entonces estabas con Javi, ¿verdad?” Se oye otra vez el fru-fru de ropas que se rozan. Se prolonga en los besos, viene de los besos, los arropa, cubre la saliva de calor y de toques.
- Ya no importa. Mi padre hizo que se fuera cuando se enteró de lo que hacíamos. Le echaron toda la culpa a él.
- Pobre Javi, pero… ¡Qué suerte!, ¿verdad? Así podemos estar juntos, ¿eh?
- Claro
- ¿Y con Juanjo? ¿Estabas también con Juanjo?
- (…) ¡Qué tontería! ¡Vaya ideas que tienes! Él quería, pero… nada de nada.
- Él me había dicho hacía poco que sí. Presumiendo, porque te había robado a Javi.
- Eso es una gilipollez. Y tú te crees todo lo que te dicen, angelín.
- ¿Y por qué te dijo lo del dinero? ¿Te lo iba a dar? ¿Por qué lo llevó a tu casa y luego te lo quiso quitar? ¿Qué esperaba de ti? Dime, ¿por qué te lo contó?
- Pues porque éramos amigos.
- (…)
- ¡Vale, vale! No me mires así. Estaba un poco quedado conmigo, es cierto. Pero yo no le di esperanzas. Él creyó lo que quería creer y luego él solo comprendió que las cosas no son así, y que el amor no se compra. Se volvió medio loco.
- ¡Vaya pago que le diste!
- Si vas a volver sobre eso me voy para siempre.” Y se oye correr una silla. Alguien (Diego) se levanta de golpe pero luego no se mueve del sitio.
“- ¡Valevalevalevale! Siéntate… Es que tengo celos.
- Bobo… Entonces, ¿a medias el dinero? Mira que esto es un trato y se está grabando.
- Vaaaale.
- ¿Y guardas tú los papeles?
- Vaaaale. Los guardo, y la cinta también. Como garantía.
- ¿Dónde?
- Si te lo digo…,” mimoso, obsceno, con ruiditos, “tendría que matarte, y no es eso lo que quiero hacer contigo, ¿eh?...”
Se oye un fru-fru, después un sobresalto y luego ya nada más. La cinta sigue desenrollándose en silencio, con un vago crujido electroestático donde estarían Alejo y Diego acariciándose la cara y los brazos y el costado y la... Y entonces llamaron otra vez a la puerta, rápida y quedamente, como tenía que ser. Fue a abrir sobrecogido por lo que acababa de oír y todavía oye, comprendiendo a duras penas el significado pleno de lo que acaba de oír y todavía escucha, abrumado por las consecuencias, las derivaciones de lo que acaba de oír y todavía resuena en su cerebro: “Bobo… pobre Javi… fue un accidente… ¿estabas con Javi?... fue un accidente… eso ya no importa… ¡qué suerte! Podemos estar juntos… ¿a medias el dinero?... lo tiré al precipicio de los buitres… fue un accidente… no es eso lo que quiero hacer contigo…” Llamaron otra vez, con más fruición. Ya estaba en la puerta y giró el pomo. El filo de la puerta, empujada de pronto y con fuerza, lo golpeó en la frente y lo derribó al borde de los pies de la cama. Cuando, aún aturdido, pudo mirar, a medias incorporado en el suelo, creyó ver la espalda de Paloma, todavía en su disfraz o su avatar de Flor, agitándose mientras abatía las botellas y el portátil, buscando algo en el maletín abierto, en los cajones de la cómoda bajo el ventanal. No es así, no es así, pensaba él sin entender aquel aturullamiento. No es así y ella lo sabe, ¿qué busca? Se puso en pie apoyándose en la cama y dio un paso hacia ella. “¿Qué haces?”, preguntó en voz baja. Entonces ella se volvió.
Sus ojos se habían vuelto negros como el plomo. No lo miraban, buscaban por el cuarto. La cabeza era más grande, huesuda y fofa a la vez. Había engrosado; su cuello…, su ceño se había endurecido, le colgaba la cara. Un terror sobrenatural le colapsó la garganta cuando aquel espectro lo derribó sin dificultad con una zarpa repleta de nudos y de venas. La vio entrar en el cuarto de baño y se imaginó que saldría de allí con él (llenando un traje con su panza) colgando del cogote; con el tipo pálido, gordo, culpable que había sido él mismo, que era él mismo, como bien le revelaban los espejos si se fijaba bien, enganchado y en vilo como un conejo, y que lo miraría (se miraría) al pasar, reprochándole (reprochándose a sí mismo) que no lo salvara, aceptando él la suerte del Otro, en el fondo su propia suerte. Se vería pasar llevado en volandas por aquella lamia hasta la puerta del infierno que él mismo había abierto con sus propias manos en la caseta. Entonces, en efecto, salió del aseo, pero mirando ya la bolsa de viaje abierta bajo la silla, y él la reconoció por fin. “¡Oiga! ¿Qué hace aquí? ¡¿Qué quiere?!” No le hizo el menor caso. La puta quizá llamada Flor se agachó y hurgó dentro profunda y ferozmente por un momento, revolviendo cuadernos y papeles. Al cabo se levantó con la bolsa en la mano derecha y lo vio delante de sí, obstruyéndole el paso, aturdido pero con la aparente intención de oponérsele.
- Apártese, -dijo ella, casi con benevolencia. Con aquella voz que le había ofrecido…
- Deje eso. No es suyo. Es de un amigo mío.
- Yo se lo doy, no se preocupe, -dijo Flor, se cambió la bolsa de mano y trató de esquivarlo para salir. Como el hombre opusiera débilmente una mano, lo volvió a empujar con facilidad sobre la cama, al tiempo que murmuraba: “Payaso”. Mientras la mujer abría la puerta y retrocedía ligeramente para pasar la voluminosa bolsa, él se había incorporado y había alcanzado a palpar con la mano derecha el borde del mueble, cerca del cenicero. Se irguió y la golpeó con él en la zona parietal. Cayó de rodillas, aturdida. Casi inmediatamente trató de incorporarse. Al derrumbarse la mujer, él había entrevisto fuera varias figuras: un hombre apoyado en el capó de un coche, con las manos en los bolsillos, otro reteniendo por los hombros a una mujer con minifalda junto a otro vehículo oscuro; pero ella trataba de levantarse y su reacción ya se había disparado. Se vio obligado. La golpeó de nuevo, con más fuerza.
“Yo llamé la primera vez, lo hice, y bien; llamé la segunda, lo dije lo mejor que supe y me hizo entrar.
Se suponía que me tenía que decir que no, ¡que no!, y cerrarme la puerta en las narices, y ahí acabaría la mascarada; pero me hizo entrar de un tirón y cuando le dije que no era así, que él mismo me había enseñado como era, me dijo… me dijo… (Escuche bien, señora) me dijo que qué podía saber una cerda como yo, que él decía cómo se hacía, y me tiró unos billetes a la cara. Como lo oye. Y entonces me ordenó recogerlos con la boca, a cuatro patas. Él se quedó mirando; como se lo cuento. Pues porque… ¡yo creía que era un juego!. No, con él nunca era demasiado lejos. Después me dijo que me tumbara en la cama boca abajo con la falda arremangada y el culo levantado. Sí. Así. Yo estaba sorprendida, pero lo suyo era siempre tan sorprendente, que aun con miedo, con aprensión, la verdad, me dejé hacer: lo cierto es que estaba un poco… caliente. De pronto, los nervios se fueron y empecé a participar del tema. Me estimuló un poco con la mano y… me… sodomizó, señora, doctora, me sodomizó diciéndome las cosas más sucias que había oído en toda mi vida. Nosotros siempre habíamos tenido mucho sexo, pero aquello… Después me dejó así, como estaba y se levantó y se apoyó en la cómoda, a mis espaldas; me obligó a mantener la cara baja y pegada al colchón; y entonces olí humo de cigarrillo. Él no fumaba, así que me extrañó. Yo sí, yo sí fumo, pero él no, así que me quedé…. Quise preguntarle, y para ello me volví un poco, pero se enfadó tanto que seguí con la cara contra la sábana, sin ver nada, con el culo ardiendo al aire. Entonces sentí que me separaba las rodillas. Me puso un trapo en la cara. Quise protestar, pero era su juego, y… pues eso, me empezó a… ¡qué difícil!… me empezó a hacer un cunilingus allí, en el ano, figúrese, o sea, donde se había... corrido. Y yo pensaba, qué asqueroso, con todo eso saliendo… pero era estimulante, y le dejé hacer. Estuvo un buen rato haciendo eso, y luego se incorporó un poco y volvió a penetrarme por ahí. Ya se había callado, no decía guarrerías, ni nada. Entonces lo oí. Dijo: Eso es, ábrele el ojete, rómpeselo a esa cerda. Pero entonces fue cuando me asusté de verdad, porque su voz no sonó encima de mí, sino en la cómoda, como si siguiera apoyado en la cómoda de la tele a unos metros. Quise revolverme pero no pude. El que tenía encima… sí, era otro, ya me di cuenta. El que tenía encima me inmovilizó las manos y Javier apareció por el costado de la cama, desnudo, con el pene… ya sabe, y con un trozo de cinta de embalar que me pegó en la boca. Me dijo que no me asustara, que ya sabía que yo era una buena chica, pero que para no dar escándalo era mejor… y además, añadió, arrodillándose frente a mí, pues porque era una perra y a las perras había que ponerles un bozal. Y me metió el pene en la boca… ¿Cómo dice?... ¡ay, es verdad!, que no podía hacerlo si tenía la cinta tapándome la boca… pues eso sería después, me convencería de que… ; sí, me convenció; que sería divertido, decía, y sí, entonces me hizo meterme… me metió eso en la boca mientras el otro tío me... ¿Cómo? ¡Claro que estoy segura! Fue una cosa y después la otra. La noche fue muy larga, primero me puso la cinta y luego me la quitó para que yo le hiciera eso, o al revés, pero no importa; fue así. Entonces oí la cisterna y cómo se abría la puerta del baño. Otro tío sopló como un caballo y dijo: ahora sí que sí. No, no reconocí la voz, fíjese. Era como más ronca de lo normal, no le encuentro otra explicación. Yo no podía verlo, porque estaba boca abajo y chupando, pero noté cómo se hundía la cama con el peso del tercero, y entonces Javier dijo: Clávasela, y no se lo decía al que me la… clavaba, sino al tercero. Noté que se colocaba encima del otro, que escupía, y que hacía con la boca un ruido como de esfuerzo a la vez que el tipo que ya tenía yo encima y me sodomizaba se quejaba y decía: ¡Aaah, cabrón!, escupe más… y después: Así, así,… hasta el fondo. No, tampoco conocí la voz. Se lo juro, señora. Entonces se reanudaron los embates y se pusieron los dos a jadear. Javier me obligaba a meterme toda su… en la boca, y miraba a los otros. Yo me la sacaba de la boca a veces y le rogaba que me dejase respirar, pero parecía que hablándole le distrajese de una visión… agradable. Empezó a retorcerme las orejas y a tratarme con brutalidad, y a decir: eres una perra, eres un váter y mereces que te… ¡Jesús, que difícil!... que te cague en la cara… te mereces que tu padre te esté dando por el culo; bueno, dice que él no es tu padre, dijo, vete a saber quién es tu padre… Y siguió: ¡Menuda familia!, ¿eh?, la madre y la hija putas, y el papá maricón… ¿Y sabes quién está dándole a él candela?, ¿sabes quién está metiéndosela a tu padre?… el señor ex-alcalde y diputado regional del partido del orden, decía, y mientras se reía y se reía como con rabia, sacando la lengua y mordiéndosela, y tirándome del pelo y las orejas. Y entonces sí, entonces reconocí en el ronco la voz de mi tío Diego, que no es tío pero vamos…, que va mucho…, que iba mucho por casa desde que yo era chica. La voz del tío dijo, así como ronca y con poco aliento, con acento de esfuerzo: “presente”. Y siguió Javier: Sí señorita, el tío Diego, que mientras tu madre se tiraba a todos los camioneros del mundo, jugaba al trenecito con tu padre. Luego me dieron la vuelta como si fuera un objeto o un cadáver, y se arrodillaron encima de mi cara para eyacular, y los vi a los tres, sonrientes, besándose en la boca, mientras esperaban que sus asquerosas… no puedo más señora, me voy a volver loca... ¡Espere! Mejor así… No… No quiero parar; quiero soltarlo todo para que me dejen todos en paz de una vez… No, no pararon ahí, siguieron toda la noche. Ellos hacían sus cosas y a mí me utilizaban de retrete, para desahogar golpes, para insultarme y escupirme. Nnno sé cómo no me volví loca… casi me desmayé, o me desmayé y no me acuerdo. Me reía. Recuerdo que me reía. No lo sé, señora; pero recuerdo que en algún momento me reía como una posesa, a gritos… Luego, por la mañana, se ducharon, se vistieron y se fueron a desayunar. Yo, cuando me vi sola, me quise escapar, y llegué a salir y a echar a correr por el corredor, pero a los pocos pasos me di cuenta de que estaba perdida de toda clase de inmundicias, desnuda, y de que hacía frío, así que volví a entrar, me bañé, me froté hasta hacerme arañazos, y cuando ya estaba vestida con mi ropa, llegó Javier, me metió en mi coche y nos fuimos a Barcelona… ¿¡Y qué iba a hacer!? ¡Dígame, señora! ¿Qué iba a hacer? Yo no era yo, yo era un pelele asustado. No, no volví a ver a los otros… No, a mi madre no la vi… Se lo juro… Eeeeeh, pues estaría en el bar, o durmiendo en casa después de cerrar, o en el apartamento que tenía en el otro edificio, el del restaurante, por detrás, y que utilizaba cuando se hacía tarde para volver al pueblo, en invierno por el hielo y la niebla, o cuando estaba cansada o se le hacía muy tarde, ya le digo… ¿Cómo lo iba a denunciar? O sea, ¿a un tío al que he llevado yo a un motel de propiedad de mis padres?, ¿a mi padre por violación?, ¿por incesto?, ¿a un respetable político y abogado del partido que ya sabe?, ¿y decir además que habían tenido relaciones entre los tres?, ¿después de haberme ido de mala manera de casa de mi padre?... Usted, ¿a quién cree que creerían…? No, me bañé y traté de olvidarlo casi inmediatamente… Me fui con él… Pues porque no tenía otro coche, porque vivía con él, porque ya no tenía a nadie… ¿Cómo le voy a contar eso a mi madre?, ¿está usted loca? Me volví con él a Barcelona, pero ya tenía miedo. No podía dejar de ver la escena, las escenas, cualquiera de ellas, tan horribles… No, no volvió a repetirse, pero… una noche, después, pasados unos días, como una semana… vino borracho y trató de meterme una botella… ya sabe. Me fui de casa, de la otra casa, de la mía y de él. Eran las dos de la mañana, pero me fui de casa… Sí, ya había vuelto borracho más veces… No, antes de aquello del motel no, lo del alcohol comenzó, yo creo, a raíz de aquello. Ese hombre ya no estaba bien… Hice tiempo aquella noche en el coche y por la mañana fui a ver a Dulce. La pobre se asustó al verme. Me llevó ante la fiscal y se lo conté a despacho cerrado. Solo estaban Dulce, la fiscal, su ayudante, la forense y otras dos chicas que no sabía ni sé quiénes eran, y no se lo conté todo, me daba vergüenza; no le conté ni la cuarta parte, y después de consolarme y de insultar a Javier y a todos los hombres y de decirme que lo que tenía que hacer era denunciarle, que se lo iban a comer con patatas, la fiscal me llevó aparte, aunque luego habló tan alto que todas la pudieron oír, me llevó aparte, digo, y me dijo: sin cadáver, no hay crimen; sin cadáver, no hay crimen, ¿te has quedao con ello? Me repitió eso tantas veces y de tal manera mirándome a los ojos que… Me lo dijo como, ¡Dios me libre de pensar mal!, como un consejo, porque habíamos estado diciendo que a hombres así lo mejor era darles un trastazo y tirarlos a un contenedor de basura. O era un consejo o era una broma… Como lo oye… ¿Pues no estoy diciéndoselo todo?... No, no le pienso dar el nombre de la fiscal, ¡faltaría más! ¡Con lo bien que se portaron conmigo! No, yo se lo digo a usted porque es médico y hay secreto, ¿no? ¡Y si se le ocurre decir algo…! Ya, ya me calmo… Me pedían detalles de la cosa, y yo hasta me asusté de verles la cara ansiosa de precisiones, ávida como de morbo… No, eso no fue después de la desaparición de Javier… fue mucho antes. De la desaparición definitiva, me refiero. (…)”
Así que ella intentó levantarse y él descargó toda su furia, todo su miedo.
La golpeó de nuevo, con más fuerza. “Me veo obligado”, pensaba mientras lo hacía e inmediatamente después. “Me he visto obligado”.
Ni siquiera oír el grito (Paloma lo estaba viendo, pues era su grito. La mujer del coche se llevó las manos a la boca) impidió que golpeara una tercera vez. Cuando estuvo seguro de que no se levantaría, soltó el cenicero y agarró la bolsa, pero reintroducirla en la habitación no era fácil: tenía que luchar contra un brazo inerte aferrado, doblado hacia dentro, bajo el pesado cuerpo que ocupaba el umbral. Dio un tirón violentísimo, arrancó la bolsa y se hizo atrás unos pasos. Quiso, quién sabe por qué, cerrar la puerta, tal vez porque estaba en calzoncillos, pero el cuerpo inmóvil se lo impedía. Pensó atraerlo por un pie hacia dentro, pero ya Paloma, vestida como lo estaba la fulana negra en la tumba, se arrojaba sobre el cadáver gritando algo que él ahora, al fin, entendía. La chica trató de volver hacia sí la cara de la muerta (no pudo voltear el cuerpo, aunque lo intentaba desesperadamente) y se le vieron al cadáver los ojos y la boca entornados de la ausencia de vida. Paloma la besaba en los labios, en los ojos, en la frente.
- ¡Mamá! ¡Mamá! ¡¡Mamá!! ¿¡Qué has hecho!? –Dijo levantando la mirada hacia él, churretones negros y rojos, peinado roto, con, en la voz, más pena que reproche, y el asombro incomprensible de un dolor fulminante. -¿Por qué?... ¡Mamá, despierta! ¡Abre los ojos! –Se volvió a uno de los otros dos hombres, que se acercaba lentamente desde el coche con las manos sujetando el vuelo de la americana. Era el tipo con el que la había visto discutir la primera vez que la vio.- ¡Papá, por qué? ¿Qué coño es todo esto? ¿Por qué la has mandado a que la maten?
- ¿Alejo?
El así llamado hizo un gesto al otro, que se había mantenido con las manos en los bolsillos del traje, apoyado en el capó del Mercedes. Era Diego, que se acercaba a él mientras Alejo trataba de hacer callar a su hija y miraba de vez en cuando hacia la recepción. Diego, a unos metros, sacó la mano del bolsillo moviendo la cabeza negativamente. Agitó los dedos.
- Dame la bolsa y acabemos con esto. Ya la has cagado suficiente por hoy.
- No, no es tuyo. Nada es tuyo.
- Es mío, ¿entendido?- Había sido Alejo, que ponía las manos sobre los hombros de su hija sollozante pero no desatendía la conversación, pues sabía qué era allí donde se estaba ventilando lo de verdad importante. Lo había dicho sin gritar. – Es mío, todo, todo lo que hay ahí es mío, así que dale la bolsa y vete.- Diego quiso acercarse, pero Javier agarró la botella y se mostró dispuesto a golpearle.
Paloma había levantado una cara descompuesta al oír a su padre.
- ¿¡Qué!? ¿Qué has dicho: que se vaya? ¿Estás loco? Voy a llamar ahora mismo a la policía.
Hizo por levantarse, pero su padre se lo impidió.
- ¡No, no, tranquila! Tu madre ya está muerta. No se puede hacer nada por ella.
- ¿Qué estás diciendo? ¿Tío,- dijo, alelada, dirigiéndose a Diego-, tío qué dice?
- Han desaparecido otras putas, así que…
- ¿Qué? –Paloma parecía y sentía estar volviéndose loca. Se quedó con la boca abierta, sentada en la grava, con las manos en la cara de su madre muerta, comenzando a balancearse con la mirada extraviada.
A él le dio pena. Quiso hablar, pero solo le salió un gruñido. A la segunda, cogiendo mucho aire, dijo:
- A tu padre, Cielo, no se asustan los muertos,-dijo, manteniendo a Diego a raya con la botella. -Diego mató a un amigo nuestro y a él le pareció estupendo, ¿eh, Alejo? Así se quedaba con su dinero y con su amante. Y al otro, al que quedaba, como le habían echado del pueblo por maricón… pues mejor que mejor. ¿Eh, Diego, asesino hijo de puta? ¿Quién crees que es más traidor de los dos?, ¿eh, Paloma? ¿Quién crees que es más hijo de puta?
- No le escuches, está loco. –Alejo sonreía nervioso, agarrando a Paloma para impedir que se pusiera en pie (aunque ella ya no lo intentaba), y haciendo señas desesperadas a Diego para que acabara con aquella situación, para que le hiciera callar y recuperase los papeles, los cuadernos, la cinta.
- ¿Y sabes por qué prefiere dejarme que me vaya? Porque sabe que si me denuncia, él será el primero en caer y que su querido amante, tu tío Diego, irá a la cárcel mucho tiempo, o por lo menos verá como se arruina su vida. A no ser que Diego me mate a mí también, claro, pues eso lo arreglaría todo de golpe; y eso le gustaría, ya que aunque él no tiene pelotas para cazar su presa, no tiene inconveniente en comer de su carroña. – Se volvió a Diego con la botella en alto. –Inténtalo cabrón. ¿Sabes? Ya no me importa nada. Todos estamos muertos.
Alejo quiso aprovechar que Javier estaba distraído y se arrojó, pisando la cabeza del cadáver, hacia la bolsa. No pensó que el otro reaccionase, así en calzoncillos como estaba, del modo en que lo hizo. Sin perder la cara a Diego, Javier dio un golpe seco a Alejo con la espinilla en plena cara y lo tumbó, momento que aprovechó Paloma para incorporarse y salir corriendo y gritando.
Ambos tenían mucho que perder y una vez más (o por una vez, al menos), sobrevolando por encima de más de veinte años y de tumbas, exilios y traiciones, con Alejo gimiendo, cobarde y afeminado, por el suelo, incrédulo al ver la sangre que le brotaba de las fosas nasales, y Paloma alejándose, tacones, manchurrones e histeria, alucinada y renqueante, imparable hacia la recepción iluminada, Diego y él cruzaron una mirada y tomaron una decisión. Y ciertamente no se haría justicia a esta triste historia si no se mencionase, siquiera de pasada, el torrente de gozo que invadió, como si la gracia santificante lo bañase por siempre y para siempre, el corazón de Javier Santisteban, Javi, cuando Diego Andoaín, el Dieguito volátil, codicioso y canalla que utilizó, amó y traicionó a sus tres amigos y devotos, le sonrió (a él, y solo a él) con complicidad, acaso cariño, durante una inequívoca y eterna centésima de segundo.
CAPÍTULO 6º
“Sí. Sí regresé a casa. Con él. A Barcelona. No, no lo denuncié ni nada, como me decían en la fiscalía. Él me pidió perdón y no volvió a beber, no de esa forma. Se dedicó a otras cosas. A pintar. Sí, sí, a pintar cuadros, oleos. No, no conservo ninguno porque los vendí todos. No sé, a gente. Tenía maña. Sí, sabía hacer de todo. Se puso a pintar por las tardes, a pintar la cala, el mar, las retamas…. Pintaba cuadros y cuadros, buscando no sé qué que decía que tenía que aparecer en el lienzo y no aparecía. Yo no entiendo de arte, pero sus cuadros eran bonitos, con colores vivos, así como fantásticos, con una rara vibración en el trazo, como si el sol estuviera haciendo temblar el aire. Sí, algo parecido a Van Gogh, pero con la vibración más sutil, más pequeñita, como los impresionistas, ¿sabe a lo que me refiero? Ni yo lo sé bien. Ya casi… ya casi no estábamos juntos nunca, salvo para comer o dormir. Cuando bajaba a la playa por la mañana lo hacía solo, y permanecía incomunicado, como un náufrago, y por la tarde se abstraía tanto en los cuadros que no oía ni veía nada; ya podías gritarle que se quemaba la casa o pasearte desnuda por delante de él. No te veía; solo ‘eso’, eso que decía que se le escapaba siempre. Casi ni siquiera le importaba el cuadro que estuviera pintando ni el paisaje. Solo veía eso, lo que no se veía. No me pregunte cómo. Y así, claro, no hay modo. Yo me aburría, iba a contárselo a Dulce y a las chicas. Y cuando las primeras telas estuvieron secas, lo que hice fue ir a venderlas… Me iba al centro donde pasaban los turistas. Las apoyaba en un murete, me sentaba a leer y que se fueran vendiendo. Y le gustaban a la gente, se llevaban muchas. Hasta españoles las compraban… Pues por lo menos teníamos para pagar el material y para comida… Sí, todavía creo que tenía dinero, pero se olvidaba de darme, y yo hacía el avío de lo que sacaba con sus cuadros. ¡Quién me lo iba a decir a mí!... Cuando empecé a venderlos, a ganar dinero con ellos, se lo dije, pero le dio exactamente lo mismo. Igual. Cuando los terminaba, los cuadros no tenían ya ningún valor para él. ¡Pues no se ha encontrado ninguno en la casa porque los vendí todos!… Todos todos, sí... Como dejó la pintura un tiempo antes de desaparecer, pues tuve tiempo de venderlos. Estarán encima de chimeneas por ahí, en Estocolmo, en Hamburgo, en Moscú… por ahí. ¡En Barcelona! Decían (los turistas, digo) no sé qué de la luz mediterránea. Pamplinas. ¿Que por qué dejó de pintar? Lo diré: porque ya se había bebido toda el agua. Lo que ha oído. Los últimos cuadritos ya no tenían agua; era otra cosa, o porque se aburrió, o porque encontró lo que buscaba o desesperó de encontrarlo. Sus últimos días de pintor estuvo retocando y retocando un cuadro con como un remolino azul. Todo el cuadro lo ocupaba un remolino azul, con mil tonos de azul. Sí, sé lo que es uno de esos, un mandala. No, no lo sé. Pero fue el último. Entonces empezó lo de la fotografía y las expediciones. Compró cientos de libros y revistas de aventura, ciencia, viajes, arqueología,… expediciones, ya digo. Y todas esas expediciones eran a cuevas o al polo o a montañas llenas de nieve… por eso sé que tenía algo de dinero. Por los libros. Debían de ser libros caros, todos llenos de fotos, grandes… O los robaría, qué se yo. Y entonces comenzó a sostener conversaciones telefónicas por los rincones. Si hubiera sido otro hombre y no él, no me habría cabido la menor duda de que me estaba dando el salto con alguna. Eso pensaron inevitablemente Dulce y las otras cuando se lo conté: que se estaba tirando a otra. Y créame, no me habría importado. Pero no. Era cosa de sus libros. Y ya concertaba citas con gente y se iba por ahí todo el día. Una tarde vino a casa con dos tíos melenudos y me asusté. Creía que volvía lo del motel y me quité de en medio. Cogí el coche y salí de allí. Ya no teníamos relaciones íntimas. No, nada de cama. Estaba obsesionado con lo que fuera. Los últimos días antes de irse estuvo yendo al centro con el coche, y volvía a la finca con material de alta montaña, espeleología…. Todo el terreno, entre las jaras y el tomillo, estaba lleno de paquetes que fue numerando con unas plantillas y un spray de color amarillo. Una tarde se presentaron cuatro vehículos llenos de tíos. No, jeeps no. Como camiones, pero camiones todoterreno. Yo me fui. Me acerque por la noche a ver, pero seguían allí acampados, haciendo fogatas, llenando la casa de humo… y me fui a un hotel. Cuando llegué al día siguiente no había nadie. Lo dejaron todo patas arriba, tirado, todo abierto...; en un rincón del lavabo del patio encontré la cuerda empapada en sangre. Me asusté pero ya… La eché en el coche, en el maletero y me fui a ver a Dulce. La fiscal no estaba, y Dulce me dijo que fuera a la policía, que lo mismo los cogían antes de que hubieran salido del país. ¡No, no me deshice de ningún cuerpo ni de nada! Ocurrió como le he dicho, sea lo que sea que le hayan contado la policía o el juez. Ese hombre está en algún sitio, buscando eso azul, y volverá algún día. Y todos los que dicen que lo maté, se equivocan, y si usted lo cree, pues también se equivoca.”
_________________________
Interrogatorio nº 14. En fecha de 20 de enero del 2008. Presta declaración Dª Paloma Aguirre Solórzano, hija de D. Alejo Aguirre Aranguren y Dª María Florencia Solórzano Cano, asistida por la letrada Dª María de la Concepción Reinosa Agreste. Realiza el interrogatorio el capitán Medina, Alejandro. Estando presente el sargento Echanove Ruiz, Juan Pablo.
Preguntada si conocía o recordaba o tenía idea del paradero de D. Francisco Javier Santisteban Valverde, la detenida declara que no, y se remite a sus declaraciones anteriores. Instada a que repitiese las circunstancias exactas de la última vez que lo vio, relata que vio al desaparecido desde lejos, en el domicilio que compartían, que no entró en la casa porque estaba en compañía de un grupo de individuos que le parecieron sospechosos o peligrosos, fundamentalmente por la ropa inusual, las barbas y los collares. Que probablemente estuviesen fumando hierba (marihuana), aunque no está segura porque no conoce el olor, pero que este era extraño y se olía desde la entrada de la finca. Declara asimismo que no, que aquellos hombres no parecían amenazar directamente al desaparecido, pero no descarta que estuvieran ejerciendo sobre él algún tipo de influencia perniciosa o coacción; pero que estaba con ellos, al parecer, por propia voluntad, y que tal vez se hubiera ido con ellos. Desconoce dónde, pero sugiere que busquemos entre los documentos del desaparecido de que se incautaron las fuerzas y cuerpos de la seguridad del Estado en el susodicho domicilio (ver inventario y lista de pruebas).
Preguntada por la cuerda ensangrentada con que se presentó en el cuartel de los Mossos dEsquadra para denunciar la desaparición de D. Francisco Javier Santisteban Valverde, declara que la encontró debajo del fregadero del patio, donde solía haber un cubo y estropajos para lavar las mesas y sillas de piedra de la finca. Que no sabe de dónde había salido, pero que podía ser una de las piezas que el desaparecido había comprado unos días antes. No, no sabe para qué pero cree posible suponer que para hacer un viaje o algo así. Preguntada por qué dedujo que la sangre podía ser del desaparecido (como así demostró un análisis posterior de ADN contrastado con su hijo), y no de cualquier otro de aquellos hombres que ocuparon la casa y la finca justo antes de la desaparición, responde que no lo sabe, que cómo lo iba a saber, pero que hizo lo que creyó oportuno y lo que le recomendó la jefa de su amiga Dulce. El capitán Medina ruega a la detenida que no vuelva con ese asunto de su amiga Dulce y el juzgado, pues los inspectores, tratando de corroborar declaraciones anteriores de la detenida, no han tardado en comprobar que su amiga no trabaja en ningún juzgado, sino en las oficinas de un polideportivo municipal. La letrada habla acaloradamente en privado con la detenida y al fin manifiesta que su defendida acepta la recomendación del capitán y cambia su declaración en lo referido a su amiga Dulce y el juzgado de delitos de género, que ruega se tenga por no dicho. Instada a dar alguna explicación a las manchas de sangre del desaparecido que se registraron en unas rocas cercanas al mar, dice que no puede darla, que no se le ocurre nada. Se le sugiere si tal vez, por accidente, pudo caer al mar. Dice no saberlo. A requerimiento del oficial, afirma que tampoco tuvo con él ninguna discusión en esos días, y menos al borde del mar, y aún menos sangrienta, como ya, dice, afirmó en declaraciones anteriores. El capitán recomienda a la detenida que diga la verdad. La abogada interviene entonces para decir que su cliente ya ha respondido a sus preguntas y hace un breve aparte con su cliente. Esta pide un receso para ir al baño y se le concede.
Preguntada por el traje eróticamente sugerente que se encontró entre sus bienes personales cuando se procedió al registro judicial de su domicilio, la abogada le recomienda no contestar, pero ella no sigue el consejo de su letrada; asegura que no tiene nada que ocultar y responde que es suyo, pero solo porque el desaparecido se lo compró para realizar ciertas fantasías amorosas. Preguntada sobre en qué consistían dichas fantasías, la abogada llama la atención del capitán sobre la inconveniencia de tal cuestión y recomienda a su cliente no contestar por pertenecer aquello al ámbito de la intimidad. La detenida declina contestar. Preguntada si entre esas fantasías figuraba la de infligir algún daño físico a alguna persona, la abogada le recomienda no contestar; sin embargo, la detenida asegura que por supuesto que no. Entonces el capitán le pregunta cómo explica el hecho de que esa misma indumentaria, o, por mejor decir, una indumentaria idéntica a aquella se encontrara vistiendo el cuerpo de una prostituta asesinada y enterrada en el cuarto de válvulas del motel propiedad de su padre, y que su mismo vestido estuviese manchado de sangre. La detenida no contesta y la abogada intercede para decir que su defendida no sabe nada de la sangre ni de la muerta, que el vestido lo compró el desaparecido para ella y nada más, que se lo pregunten al desaparecido cuando lo encuentren. Preguntada sobre si lo llevó en alguna ocasión, contesta que sí, que en una. Requerida para precisar la fecha en que lo utilizó, dice no saber decirlo, no poder precisar una fecha. Preguntada si pudo ser en la primera quincena de octubre, contesta que sí. Preguntada si fue en el motel de su padre, dice que no, que fue en la casa de la playa, en Montgat. Cuando se le comunica que hay un testigo, un viajante de comercio que se alojaba en el motel, conocido del desaparecido señor Santisteban, que asegura haberla visto vestida con él, bebida y manchada de sangre por la fecha en que ella admite que lo llevó puesto, asegura que sin duda sería otra persona, quizá la puta. Entonces se le hace ver que la prostituta asesinada y enterrada lo fue tiempo antes, y que era de color. No tiene nada que decir. Preguntada si visitó durante el mes de octubre el motel Flor propiedad de su padre, dice que no se acuerda, que fue un día porque tenía que recoger algo de su casa y pasó por allí. Preguntada si habló con alguien durante esa visita, dice que no lo recuerda, que quizá no. Preguntada si vio a su madre en esa visita, contesta que sí, que la saludó con normalidad, que no pasó nada y volvió a Barcelona, que había ido con el desaparecido, y que la relación de este con su madre era cordial. El capitán hace leer al agente que ejerce de secretario en voz alta estas últimas declaraciones de la detenida e insta a la susodicha a reconsiderar sus afirmaciones. La abogada interviene para decir que su defendida se ratifica en todas sus afirmaciones. Entonces el capitán pregunta a la detenida si conocía que su madre ejercía la prostitución o, al menos, practicaba la promiscuidad con los clientes de paso del establecimiento propiedad de su padre. La detenida niega este hecho de modo emocionado. Y lo hace repetidamente aunque el capitán le comunica que esa era una circunstancia notoria y que dispone de abrumadores testimonios, entre ellos el de su propio padre, el de su falso tío, don Diego Andoaín Capote, y el del testigo que la vio allí y asegura haber mantenido relaciones sexuales con su madre, un cliente cuyo nombre responde a las iniciales de M.P.C. Preguntada sobre si ya sabe que su madre fue asesinada, y que su cuerpo fue encontrado enterrado a unas decenas de metros por detrás del edificio principal del motel, la detenida no puede contestar. Está muy alterada y no deja de sollozar, por lo que el capitán, a instancias de la defensora, suspende el interrogatorio hasta el día siguiente.
Interrogatorio nº 15. En fecha de 21 de enero del 2008. Presta declaración Dª Paloma Aguirre Solórzano, hija de D. Alejo Aguirre Aranguren y Dª María Florencia Solórzano Cano, asistida por la letrada Dª María de la Concepción Reinosa Agreste. Realiza el interrogatorio el capitán Medina, Alejandro. Estando presente el sargento Echanove Ruiz, Juan Pablo.
Habiéndose interesado el capitán Medina por el estado de la detenida, esta afirma encontrarse bien y dispuesta para continuar. Como la letrada defensora de la detenida es de la misma opinión y da su visto bueno, se reanuda el interrogatorio, preguntándosele a la detenida si se ratifica en su declaración del día anterior. Aunque contesta que sí, el capitán cree conveniente hacer leer al agente secretario la declaración anterior para refrescarle la memoria. Que sí, que se ratifica. Entonces el capitán le pregunta cómo explica que su vestido sugerente, el idéntico al que vestía la primera prostituta muerta, el que se encontró en su casa y ella admitió haberse puesto, esté manchado de la sangre de su madre. La detenida dice que no lo sabe, que no lo comprende. El capitán le pide por favor que se concentre, que sea sensata y trate de recordar si no es más cierto que entre ella y su madre hubo una discusión o un desacuerdo que acabó en un accidente, desafortunado y fatal pero accidente. La detenida dice que no. El capitán insiste en que tal vez, y sería comprensible, el desacuerdo se originó en que ella descubrió las actividades de su madre, o quizá en que su madre se enteró de su relación con un hombre mayor o la vio vestida con aquel traje sugerente. La detenida dice que no. El capitán pide con fuerza a la detenida que dé una explicación, la que sea, a la aparición de esa sangre en su vestido, y le pregunta si piensa que el desaparecido Javier Santisteban pudo ser el agresor de su madre y de la otra mujer, ya que según ella, el vestido sugerente se lo había regalado él para ciertas prácticas íntimas. La detenida grita que no sabe nada de eso y su defensora llama la atención al capitán sobre el tono empleado, que, según ella, está a punto de poder ser calificado como coacciones y violencia machista. Le conmina a que se reporte. El capitán le contesta que no le diga cómo hacer su trabajo y se ocupe de hacer el suyo. La defensa pide un receso y se le concede.
De vuelta del receso, el capitán pide disculpas por un posible exceso en el interrogatorio anterior y pregunta a la detenida cuándo y cómo se enteró de la muerte de su madre. Contesta que en el calabozo, cuando se lo comunicó su abogada. Esta lo confirma y da la fecha. Se le pregunta si antes de eso tuvo noticia de la desaparición de su madre, y de ser así quién se lo comunicó y cuándo fue eso. Contesta que sí, que su padre, acompañado de su tío Diego (D. Diego Andoaín Capote, que no es en realidad tío carnal de la detenida, como aclara la defensa, pero que ella, debido a la familiaridad y a la estrecha amistad que lo une desde siempre con su padre, siempre le ha llamado por ese apelativo cariñoso) fueron a comunicárselo y a hablar con Javi, refiriéndose al desaparecido Francisco Javier Santisteban. Se le pregunta entonces si su padre y el que llama su tío Diego hablaron con él en privado. Contesta que sí, que un buen rato, más que con ella. Preguntada por qué cree que quisieron hablar con Javier Santisteban, responde que no lo sabe, pero que supone que por querer su padre enterarse y aclarar su relación (la relación amorosa entre Santisteban y su hija), y para informarle de la desaparición de su madre y pedirle que cuidase de ella misma. Preguntada si sabía si Javier Santisteban había nacido y se había criado en su mismo pueblo, responde aparentemente asombrada que no. Preguntada si sabía que su padre y Diego Andoaín habían sido amigos de infancia y aún lo eran de Javier Santisteban, responde que lo ignoraba completamente. Preguntada si ella creía que el susodicho y a la fecha desaparecido Santisteban podía tener algo que ver con el asesinato de su madre, guarda silencio en actitud que podría definirse de alelada. Se le pregunta si está bien, y como no responde se llama a un facultativo. Se suspende el interrogatorio.
Interrogatorio nº 16. En fecha de 25 de enero del 2008. Presta declaración Dª Paloma Aguirre Solórzano, hija de D. Alejo Aguirre Aranguren y Dª María Florencia Solórzano Cano, asistida por la letrada Dª María de la Concepción Reinosa Agreste. Realiza el interrogatorio el capitán Alejandro Medina Fáber. Estando presente el sargento Echanove Ruiz, Juan Pablo, que ejerce de secretario.
El capitán Medina expresa su deseo personal de que la detenida se encuentre bien de salud y de que haya superado el bache del pasado jueves, fecha en la cual se suspendió este interrogatorio, y pregunta si se puede iniciar la sesión. La detenida y su defensa así lo creen. El capitán recapitula el contenido de la última comparecencia para a continuación preguntar si durante la visita de su padre y D. Diego Andoaín a su casa de Barcelona vio o notó algo extraño en la conducta o el comportamiento de alguno de los tres. La detenida afirma que no se acuerda de nada porque por aquellas fechas dormía casi todo el día. Preguntada por la causa, responde que su padre le dijo que se debía al shock de la noticia, y que tenía que guardar cama y tomar ansiolíticos para combatir eso, la ansiedad. Se le pregunta si recuerda el nombre de la medicina, y dice que no. Se le pregunta si fue a verla un médico, y contesta que no. Preguntada si se sentía efectivamente así, ansiosa, como decía su padre, contesta que lo supone, y que como de verdad recuerda sentirse más es soñolienta y cansada. Se le pregunta entonces si sabe cuántos días permaneció en ese estado, y dice que entre dos y cuatro, todo el periodo de tiempo durante el cual estuvo tomando aquellos ansiolíticos proporcionados por su padre, pero que todo en aquel periodo está confuso, que dormía muchas horas. Preguntada si por entonces ya había el desaparecido Javier Santisteban comenzado a pintar, responde que cree que sí. Preguntada si ya había empezado a comprar libros y material de montaña, responde que eso le parece. Preguntada si ya había traído a gente allí, dice que está casi segura de que sí. Preguntada si cuando llegaron su padre y D. Diego estaban solos ella y el ahora desaparecido Javier Santisteban, responde que sí. Preguntada si cuando se recuperó de aquel episodio de duermevela, inducido, al parecer, por algún tipo de fármaco administrado por su padre, estaban allí presentes los tres hombres, responde que no, que ya no había nadie, y que fue buscando a Santisteban cuando encontró la cuerda. Entonces el capitán la enfrenta a la evidencia de que en declaraciones anteriores ella se ha referido a aquel periodo, desde que Santisteban se aficionó a la pintura hasta que se esfumó, como si este constara de al menos tres semanas, cuando ahora lo está resumiendo a de dos a cuatro días de duermevela, y precisamente mientras estuvieron los tres hombres en su casa. Dice que no comprende nada. El capitán dice entonces que él no comprende cómo han desaparecido sin dejar huella todos los útiles de pintura (que no los cuadros, que, según ella, se vendieron todos) y todos los libros de viajes si la acusada asegura que no se ha deshecho de ellos, y aunque, aclara el capitán, no se tiene constancia de ninguna compra ni venta de material de esas características en los comercios de la zona, ni de útiles deportivos como los descritos en comparecencias anteriores, salvo la cuerda que apareció con sangre de Santisteban, que se vende en una tienda cercana. Y pregunta a la acusada dónde han ido a parar. La acusada se muestra como ida, sin responder a nada. El capitán Medina y la defensa, a tenor de los signos externos de la detenida, consideran conveniente suspender inmediatamente el interrogatorio, y recomiendan un examen psiquiátrico, un estudio del estado mental de la detenida.
¡¡Qué novela!! Estoy entusiasmada. Enhorabuena.
ResponderEliminarGracias, anonimadel29demarzo. Habla de ella a tus amigos, y si alguno es editor, mejor. Un abrazo.
Eliminar