Había una mujer negra, joven, que miraba hacia la recepción y el restaurante del otro lado con aprensión. Le brillaba la piel. Lo miró. Volvió a mirar con miedo hacia el lado iluminado, haciéndole esperar. Se arrimó a la puerta entreabierta y, por fin, hablo bajo.
- Chupar, follar, por el culo, por el coño, vamos. Todo lo que quieras por veinte euros, sin condón, con condón, las veces que quieras, beso negro, meto la lengua, mira – dijo, y sacó una lengua enorme y roja, puntiaguda, gorda. Seguía lanzando miradas furtivas al otro lado, como si temiera que la viesen. - Te la meto por el culo… Diez euros, tócame… Te corres en mi boca y me voy; rápido o despacio. ¿Sí? Sin problemas, solo chupo y me voy; y a dormir. ¿Sí? Me pagas después, ¿sí?...
Y entonces se apartó para dejarla entrar.
Había hecho su ruego y, desde el infierno, había sido escuchado. También sabía que el diablo es más humano, más transigente; y en su trato no exige tantas mentiras. Viéndola sentarse en la cama, pensó: “pero también más traicionero, más aleve y más vil”.
- Págame.
- Has dicho que después.- De pronto, estar descalzo y en calzoncillos no le resultaba tan agradable. Ella calzaba unas botas altas, de punta afilada y raída, y con tanto tacón que le doblaba los tobillos, le abría las piernas: si se inclinase le vería las bragas bajo la minifalda casi de cinturón, y debajo de las bragas, lo negro, lo rojo.
- Págame-, repitió, se puso en pie y con desenvoltura, ya sin miedo, se sirvió un largo trago de whisky y se lo bebió. Él le dio la espalda y se dirigió hacia el mueble del televisor, abrió el cajón, y mientras sacaba de la cartera los diez euros (había otros cuarenta, se alegró de no tener que gastarlos), preguntó en voz alta: “¿De qué tienes miedo?”. Al levantar la cara y vérsela a sí mismo (seria, pálida, aterrada en el fondo blanco de los ojos) en el reflejo del cristal de un cuadro costumbrista que colgaba sobre la tele y tenía ahora delante se hizo en su fuero interno, sin palabras, una pregunta semejante. Cuando se volvió con el billete en la mano, la mujer, inclinada hacia delante, había abierto el ordenador portátil, que estaba sobre la cómoda, y tecleaba sin ton ni son. No acudió al billete, ni aparentemente tampoco a lo que le decían, atenta solo al juego de colores y pantallas que producía con dos dedos escrutadores, romos, imprecisos, con toda seguridad muy sucios.
- Deja eso. Toma-, dijo él en un tono suficientemente cortante, pero la mujer siguió sin hacerle el menor caso. En cambio, dijo: “No le tengo miedo a nadie, ¡a nadie! ¿Te enteras? Pero aquí tienen sus putas y no dejan trabajar a las negras; porque si dejan trabajar a las negras, se quedan sin clientes, ¿entiendes?”.
- Toma, anda, y deja eso.
- ¡Cállate!-, le contestó. Él comprendió de súbito la auténtica razón, u otra más, por la que no las dejaban trabajar allí, o por la que no deberían dejarlas trabajar por allí, y también que aquella situación incómoda era, en parte, culpa suya, y que tenía que echarla de allí cuanto antes. Estaría llena de droga, o vacía teniendo que estar llena. Estaría loca. Pero de todo aquel desastre (la veía parpadear y obstinarse, sobajando, mancillando, envileciendo el delicado teclado sorprendido), lo que más le incomodaba y producía incertidumbre y desazón era no comprender qué esperaba del aparato sometiéndolo a aquel absurdo maltrato manipulativo. Y aunque lo más probable sería que no le causase ningún daño (al menos permanente o grave), podría bloquearlo, podría incluso borrar algo, y ni siquiera ella misma sabría qué había hecho ni qué buscaba. Tecleaba brutalmente, con cierto ritmo, como si esperase, cada vez más frustrada, oír un sonido melódico que no llegaba ni llegaría nunca –solo lo hacía el tono predeterminado que delata un error o una orden incorrecta, gritos desesperados del procesador como peticiones de ayuda que no podía considerar. Era el mono del cuento manipulando su violín. La imaginó intentando apropiarse de la misma manera de los conocimientos sobre el mecanismo de uso de un revolver. Se volvió rápido, abrió el cajón, sacó la cartera y agitó los cincuenta euros yendo hacia ella.
- Toma esto y lárgate. Vamos. Ahora mismo. (...)
(...) Yo estaba en el pueblo de mis padres con mi amigo Juan. Él había nacido sin un brazo. Era igual que todo el pueblo; algunos no tenían un trozo de oreja, o le faltaba alguna otra cosa de su cuerpo.
Entonces los niños que iban naciendo, nacían con todas las partes de su cuerpo, eso era muy extraño. Entonces Juan y yo fuimos a una montaña que era muy extraña porque nacían muchos árboles que eran muy altos y anchos, era como una selva, nosotros descubrimos una gran roca con forma de persona.
También descubrimos una fruta extraña que era muy dulce, pero te producía cortes en la cara; esos eran los efectos secundarios de la fruta. Al cabo de una hora vimos una casa abandonada que tenía muchas imperfecciones. Fuimos a ver cómo era por dentro y era muy extraño porque estaba encendida la chimenea y no había señal de alguien que viviera ahí. Entonces salimos y vimos a un perro con seis patas y tres ojos, y era muy extraño, porque nos tenía miedo. Entonces el perro huyó, y nosotros seguimos nuestro camino y nos encontramos con un pueblo pequeñísimo y había mucha gente pequeña. Al final todo quedó detrás por salirnos del bosque para irnos con nuestra familia.
El día siguiente Juan vino con dos amigos suyos que les faltaba una pierna a cada uno y fuimos a la casa donde el perro pero ya no se asustaba de nosotros y nos ladró y nos persiguió. Nos escapamos y nos perdimos en la selva hasta llegar al mar. Era muy extraño porque no se movía y era amarillo.
Cogimos una barca que había entre los cuatro, uno de cada lado, y la echamos al mar y llegamos a una isla. Nos gustaba mucho pero los amigos de Juan y Juan querían volver para que no les regañaran sus madres. Y cogieron la bici de la barca y se fueron. Fue muy raro que después de irse seguían allí. Decían que no sabían el camino. Y Juan y yo vimos que no les faltaba una pierna sino que la tenían escondida. La sacaron y no era humana. Nos hicimos amigos.
Entonces ya pudimos volver y los amigos nos llevaron en sus bicis, y al llegar a la roca con forma de persona Juan propuso ir al pueblo de la gente pequeña. Era muy extraño porque no se veía a nadie, solo una niña rubia que estaba atada a un árbol.
Le preguntamos por qué estaba atada. Por nada, dijo, unos ogros tienen secuestrada a la gente de mi pueblo y me han atado porque dicen que si no trabajo porque soy demasiado pequeña, me comerán para que sirva de algo. Y cuando estábamos intentando desatarla, llegaron los ogros. Y era muy raro que nos tenían miedo pero el perro no, así que tuvimos que salir corriendo. Luego volvimos y la niña rubia ya no estaba y había sangre. Se la habían comido. (...)
(...) La escalera estrecha, pina, con el mismo olor de madera enterrada, la puerta frágil, de pomo fino. A la izquierda, el armazón de la cama con el colchón bulboso doblado y atado, a la derecha el armario oscuro con dos espejos biselados, y de frente, en el suelo, bajo la ventana, un baúl de madera que no conoce. Lo abre: naftalina y tela. Quita el paño que cubre lo demás: pilas de ropa de niño plegada en posición fetal, de zapatos paralizados en rictus de desuso, de libros de texto inactuales y cuadernos de aquellos del obligatorio azul de la orden religiosa. Al fondo, unos cuantos juguetes, y entre ellos un cofre de madera: canicas, piedras de colores, un escarabajo seco deshecho y una tira de cuero de la que cuelga un casquillo de bala. Casi había estado decidido a no encontrarlo, a estar equivocado y no saber más. Aclarar cosas era complicarlas a veces. Pero no, no era un recuerdo apócrifo. Él vio los cuerpos y huyó con los demás. Tampoco quería encontrar el viejo magnetófono de mesa regalo de su madre para el curso de inglés que aquella maestra tan persuasiva se empeñó en que hiciera, pero allí estaba. Seguro que su padre responsabilizó en parte a esa profesora, siquiera inconscientemente, de su desvío, pues ¿qué niño escuchaba cintas de hombres hablando? ¿Qué decían aquellas cintas? Ya era imposible saberlo. No había ninguna en el baúl. Él sí tenía una. No quería seguir buscando y alzando recuerdos como codornices agazapadas. Se guardó la gargantilla elaborada de cuero y de casquillo y, con aquel otro aparato colgando, pedigüeño, inútil y servil, de un asa diminuta, descendió otra vez, en medio de un intenso olor a estofado, al cuarto de labor. Se oía a lo lejos el siseo de una hoya a presión.
- Me voy, madre.(...)
(...)Un día ya nublado de principios de invierno, vencida la mañana, pasó junto a una verja y un alto seto, y tras la cancela vio una piscina cuya superficie verde se veía llena de hojas caídas de los árboles que la circundaban. Ni siquiera pensó. Simplemente descorrió el cerrojo, subió una breve escalinata y estuvo junto a la piscina. Nada se movía bajo el cielo de plomo. Era maravilloso. La superficie del agua era un abandono de éxtasis adensados, una bruma verde con el fuerte olor de la tierra y el agua ascendiendo en su cuna. Se descalzó, se quitó el pantalón de algodón suelto y la camisa y se sumergió en el agua. Estaba fría, pero una vez pasado el primer momento, la sensación de reanimación le exigió bucear un poco bajo aquella capa de hojas que, hijos muertos que colgasen de ramas, impedían que pasara mucha luz al fondo de baldosines blancos, ahora pardos en la sombra funérea. En el fondo del agua, frío y en penumbra, asistió la compañía de El Otro, pero esta vez sus movimientos se sincronizaban con los suyos. Él buceaba como un sapo bajo las aguas y el otro secundaba sus movimientos por abajo, pegado al brillo atenuado del esmalte. Sacaba la cabeza por entre las hojas de la superficie y El Otro la sacaba. Le vino a la cabeza la palabra tritón y se hizo un largo a braza apartando las hojas. El frío le penetraba como una caricia salvaje.
Él la vio a ella antes de que ella lo viera a él. Salió abriendo la puerta cristalera de la cocina. Volvió a agacharse para coger la cesta de ropa y avanzó, negra de uniforme y blanca de cofia, con el canasto en la cadera hasta que lo vio y se le cayó a la hierba. Retrocedió dos pasos al ver su cabeza moviéndose como la de un caimán a flor del agua, lento, mirándola, acechante. Él entonces sacó la cabeza y le pidió tranquilidad. Mientras salía por la escalerilla (brillante, delgado, desnudo, moreno y lento), le iba diciendo que no temiese. No puede estar aquí, señor. Váyase. Sí, señora, pero cálmese. Cómo entró. Por la puerta. Me van a regañar si lo ven aquí. Solo quería darme un baño, pero ya me voy, decía él quitándose hojas del cuerpo, tratando de escurrirse el agua limosa y verde con la mano, saltando un poco (el pene colgante) para secarse. Ella miró con pudor para otro lado. ¡Ay, tápese!, coja una de esas toallas de las butacas. Con permiso, dijo, y cogió una toalla blanca para secarse el agua y hacerse un pareo. Váyase, por favor, ¿quiere una limosna o comida o algo? Se lo doy y se va, ¿sí? No, señora, no (ella se asombra y se asusta, da un paso atrás); quiero decir que no necesito nada; solo entré a bañarme; tengo dinero, dice, y, recogiendo el pantalón del suelo, saca y le enseña un fajo de billetes del bolsillo, un fajo que él sabe que es el último, pues el dinero se está acabando. ¿Cómo se ha atrevido así, sin más?, ¿no sabe que se puede meter en un lío? Verá, señora, dice acercándosele mientras se viste y se calza. Ella se aleja la misma distancia que él se aproxima, tienen la pileta por medio. Verá, pasé por delante y se me antojó, venía sudado de andar y me pareció como un río, una charca, con tantas hojas… ¿Nunca le ha apetecido a usted bañarse? Ni loca. ¿De dónde es usted…? De donde usted sea… ¿no se baña la gente en el río o en el mar? No señor, y menos si no es de uno. ¿De dónde es?, si me hace el favor. De América. Sí, pero ¿de dónde? De Iquitos. ¿Y no está eso en la selva? Pues sí. ¿Y no se ha bañado usted nunca en el río? Jamás, señor, contestó con una risa como de escándalo o de burla, como si aquella idea fuese descabellada. ¿Por qué? Hay anacondas, señor, una se llevó a mi ahijado. La acompaño en el sentimiento. Y entonces… no sabe nadar. Para qué, dijo ella mirando su reloj. Si se cae aquí un día, se va a ahogar. Ya la van a vaciar (quédese ahí quieto, señor); yo tengo cuidado cuando paso por aquí, y usted debería tener cuidado de no meterse en casa ajena, váyase ahora, dijo, desandando la vuelta a la piscina para inclinarse a coger la cesta, pero él se adelantó y diciendo, permítame, la levantó hasta el pecho y preguntó dónde se la llevaba. O mejor, rectificó, vaya usted cogiendo las prendas. Yo se la sujeto. Ella no se acerca, mueve la cabeza negativamente y solo se preocupa de que suelte la cesta, de que se vaya. Se lo repite azorada. Déjeme ayudarla, por el susto. Ella duda aún y no se acerca. Ya vio que no llevo ningún arma en la ropa, dice todavía con la cesta haciéndole sombra a la cintura. ¿Qué ladrón va a robar y se baña primero? Uno necio, contesta ella. Mire, dice, deja la cesta en el suelo, se saca el puñado de dinero del bolsillo y lo tira a la piscina. Los billetes, de cien euros, alguno de quinientos, revolotean un momento alarmados y enseguida se rinden y caen, naturalizándose casi inmediatamente, relajándose amodorrados entre sus familiares del campo, camuflándose, cambiando de color, doblándose coquetos o tímidos en búsqueda imprevista de otro destino que ya no será quizá la manipulación constante y el desprecio o el aprecio impersonales y extremados. La hipotermia es un anuncio bien recibido. Hay uno extendido en mitad de lo verde, exhibido, obscenamente abierto no se sabe si por la satisfacción, el asombro o la muerte civil, o por las tres cosas a un mismo tiempo. El hombre no los mira más, recoge la cesta y se planta frente a ella, que mueve la cabeza. ¿Ve como acerté? Todo un necio, dice, pero se va acercando hasta tomar del cesto una camiseta. ¿Vive usted por aquí? No, en la playa. ¿Y qué hace aquí? Pasear. No trabaja. No, ahora no. Es rico. No, tampoco. Si se lo parezco con esta ropa… ¿quiere una nuez? No, ahora no, contesta y sigue llevando la ropa de la cesta a la cuerda. Los dos se abandonan por un momento a la labor. Es bonito este jardín. Ella hace silencios siempre antes de contestar, como si reflexionase bien o pensara que debe dejarse notar el tiempo que pasa, o quisiera tardar en conceder conversación como si esa reserva mantuviese de algún modo las distancias entre ellos. Ahora está descuidado, dice la mujer ya sin mirarlo, atenta al trabajo. Mire…, añade señalando con el mentón toda la extensión del jardín más allá del rincón de la piscina, un rectángulo que bien pudo ser huerta, lleno de hojas secas, …con todo eso por recoger. No encuentro tiempo para hacerlo. Es una invitación tal vez, una sugerencia que él no desaprovecha. ¿Que le parece si se lo limpio, si recojo las hojas? ¿Por qué? Pues por el susto. No puedo dejarle campar por el jardín sin vigilancia, es parte de la casa. Pues vigíleme; yo creo que el destino me ha traído hasta aquí, que he venido hasta aquí sólo para eso. ¿Para limpiar? Sí; tenga, dijo alargándole la mano. Al abrirla había otro fajo fino; eran también billetes de cien euros; una bonita cantidad. Al sacar los billetes, había notado un frío nuevo en el bolsillo. ¿Qué es eso? Dinero; en prenda. ¿Y si es robado? No lo es. ¡Claro!, si usted lo dice… En todo caso, ¿quién va a darle…-calcula mirando lo que exhibe- mil euros para luego robarse el dinero de la compra, o una escalera de mano, o un rastrillo o…? No señor, guárdelo, podría ser para tenerme distraída mientras entra en la casa y me coge desprevenida. ¿Para hacerle qué? Ella se ruboriza, se avergüenza de lo que piensa. Pues entre y cierre bien. (...)
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