Lo dejamos por imposible...

Lo dejamos por imposible...
...y nos mudamos a un edificio moderno.

¿Has cerrado la puerta del sótano? Desde aquí veo la casa, sí, pero no puedo decir si está cerrada. Aguarda ahí sentada y distráelos un poco, que no descubran el cadáver.

¡Para esto hemos quedado! ¡Carnaza de ojo vicioso! ¡Jes´s!

viernes, 12 de marzo de 2010

Sudencia (fragmentos)


(...) Había dos hojas plastificadas sobre la mesa. La primera era la que buscaba: nada del otro mundo; nunca le había gustado la carne de monte, y el pescado sería congelado. Entonces se puso delante lo que en principio pensó que era la carta de vinos o de postres, y después algún tipo de declaración o texto literario barato sobre la solera del restaurante, su historia, su fundación, o sobre la cofradía o sobre una peña...
Tardó en comprender lo que ponía en el texto mecanografiado. Luego se puso a leerlo con crecientes asombro y atención.


EXAMEN DE CONCIENCIA
La confesión no es un desahogo, sino “un arrepentirse de todo pecado grave”.
Debes recordar, cuándo hiciste la última Confesión, si “fue una buena confesión” de no ser así; debes confesar todos los pecados graves, cometidos EN TODA LA VIDA.
Para hacer una buena confesión, debe haber cinco condiciones:
1º EXAMINAR LA CONCIENCIA: Recorriendo con la memoria, todo el Mal que hice.
2º DOLOR: Sentir pena en el alma de haber ofendido a Dios. Querer “no haberlo hecho” pensar que si se volviese a presentar ese “momento”, no lo haría. Es la “voluntad de no querer pecar nunca más”.
3º ARREPENTIRSE: Es el paso más importante, de este Sacramento, porque “ si no hay arrepentimiento de nada serviría la confesión”
Hacer el PROPÓSITO de cambiar mi vida; poniendo yo los medios, para “No volver a Pecar” en lo futuro.
4º CONFESIÓN: Decir al Sacerdote todos los pecados graves, con sencillez y sinceridad, “sin callar NINGUNO por vergüenza o temor” diciendo NÚMERO Y ESPECIE.
5º CUMPLIR LA PENITENCIA: Esta es dada por el Sacerdote. Se debe reparar el daño causado, y dar Gracias a Dios por el Perdón recibido.
¿Cuándo se comete pecado mortal? Se peca, mortalmente, cuando hay “materia grave” (de pensamiento, deseo, obra u omisión).
El haber “conocimiento y advertencia”, darse cuenta de que es ASÍ.
Y una “ completa libertad de hacerlo o no”
Isaías exclamó: “Te doy gracias Señor, porque estabas airado contra mí, pero ha cesado Tu ira y me Has consolado” (Is. 12,1).
Primer mandamiento: “AMAR A DIOS SOBRE TODAS LAS COSAS” ¿Amo a Dios de verdad? ¿Rezo todos los días? ¿Odio a Dios? ¿Obedezco a Dios, como lo enseña la Santa Madre Iglesia? ¿Trato de ser mejor cada día? ¿Practico la Superstición? ¿He consultado curanderos? ¿He maldecido deseando con odio en mi corazón, el mal a otra persona? ¿Practico brujerías, espiritismo? ¿He consultado adivinos; magia, maleficio; practico el esoterismo? ¿”Me he visto la suerte”? ¿Horóscopo, yoga, control mental, tarot, religiones orientales, culto Satánico? ¿Hice Pacto con el Diablo? ¿He “tirado mal”? ¿Practico el Ateísmo, es decir “abandonar la Fe” (no practicar la Religión)? ¿Comulgo en pecado grave? ¿No me gusta confesarme?
Cuando me voy a confesar ¿MIENTO o ME QUEDO CALLADO o CULPO a otros, ante una falta grave? ¿Callo esperando que, con mi silencio, el pecado “no sea”? ¿Soy soberbio? ¿Soy orgulloso? ¿Tengo vanidad? ¿Reconoces que todo lo que tienes, y eres, te lo ha dado Dios?
Segundo Mandamiento: NO JURAR EN VANO.

Estaba tan enfrascada en la lectura que no reparó en el camarero que ya esperaba junto a ella hasta que le preguntó con tono hosco y por segunda vez.
- ¿Cómo?
- ¡ Si va usté a comer! – el tipo miraba con reprobación o celo aquellas instrucciones plastificadas, como si lamentara que hubieran llegado a sus manos, o como si dudase de que ella pudiera llegar a entender por qué estaban allí y para qué servían. Luego compuso un gesto altivo: no daría explicaciones a una forastera, por supuesto que no.
- Sí, sí.
Tenía ya un plato vacío debajo del papel; los de la otra mesa comían con aplicación y en silencio algo que parecía una crema. Pidió un menú con pescado y una botella de tinto de Ribera del Duero.
- ¿Tinto?
- Sí.
- Vale... Hay que pagarla aparte.
- Sí, sí, ya lo sé. Pero tráigame también la cerveza del menú... Gracias.
Cuando se hubo ido, ella volvió a la lectura. Estaba de un mediano mal humor.
¿Por dónde iba?.........
Segundo mandamiento: NO JURAR EN VANO... ¿Te has burlado o criticado a los buenos católicos?...
... Estaba segura de que aquello era perfectamente ortodoxo, totalmente correcto desde la más aquilatada doctrina sacramental... y, sin embargo... le parecía tan marciano, tan en verdad esotérico, tan retorcidamente rebuscado, tan invasivo o cruel, tan obsceno... y qué decir de ese lenguaje insistente, de interrogatorio policial, articulado por esa puntuación tan entrecortada y espasmódica... mecánica... con pausas considerativas sorprendentes, como para atrapar el descuido del feligrés... las comas para pillar en falta... el punto y coma para descubrir un... disimulo... un error...
Tercer mandamiento: SANTIFICAR LAS FIESTAS. ¿Has sido culpable, que otros no vayan a misa?... ¿He “obligado” a otros a trabajar?...
... y esas elipsis violentas, que obligan al lector a buscar el sentido y acarrearlo él mismo, y esas comillas de resalte como las cejas admonitorias del curita... del curazo... del canalla que se cree con derecho a regañarte como a una niña, y además según unos criterios... rancios... desconocidos... que a veces no se pueden sino desoír o rechazar deliberadamente de puro estrambóticos y arcaicos... un repugnante cotilla que te pierde el respeto, que te mete la mano en el almario para sacarte la basura que abona la tierra de las flores de tu compasión y tu más amable comprensión y transigencia con los demás...
Cuarto mandamiento: HONRAR PADRE Y MADRE. ¿Respeto y obedezco a mis padres?... ¿Cuido y enseño a mis hijos, “como Dios quiere”, en la formación Católica, moral y buenas costumbres?...
... esas comillas acusadoras y malvadas... ese uso de las mayúsculas falsamente neutro, ferozmente objetivo... y, a pesar de todo...
Y a pesar de todo parecía un texto tan ortodoxo, tan templado... que tal vez...
Tal vez se había equivocado.
Vino el camarero con la cerveza y una cesta de pan. Ella dejó la hoja; pero cerca, para continuar leyendo una vez se hubiera marchado.
Tal vez se había equivocado. Quizá sólo fuesen gente muy religiosa, pertenecientes a alguna congregación de laicos comprometidos; uno de esos grupos ultras o radicales con nombre latino... fidelis, fidelia, gratia orbis... catecúmenos de base, más papistas que el Papa, que casi rigen su vida por las horas canónicas, tienen reuniones para preparar Pentecostés, van a Roma y Santiago de viaje, estudian y comentan las homilías firmadas por el Santo Padre y terminan pareciendo, todos ellos, sacristanes o caballeros de la Orden de Calatrava, y ellas hermanaprimacuñadatías del cura, o sus viudas... Aunque, bien es verdad que en la hoja todo figuraba en masculino.... sería el masculino genérico: EL PECADOR- EL PENITENTE... porque La Iglesia no necesita los votos de los ciudadanos y las ciudadanas, ni la cuota de los compañeros y las compañeras, ni el concurso de padres y madres a las reuniones de las asociaciones de padres y madres de alumnos y alumnas... Tal vez no hubiera feligresas ni compromisarias... casi mejor: en los coros parroquiales las beatas siempre quieren manifestar su entrega voceando en falsete de ángeles verduleros y barrigones. Los hombres son más comedidos mostrando su devoción vocal, los coros de hombres... pero... ¿de que iba todo eso?... ¡no se trataba de un orfeón ni de un monasterio, sino de un pueblo!... Quizás, al fin y al cabo, sí que hubiera entre ellos algo más que amor entre hermanos en religión... tal vez fuesen monjes mariquitas expulsados o no confirmados que no habían tenido el valor ni la ocasión de montar otro Palmar de Troya..., qué curioso eso del Palmar... con esos manteos y túnicas curiales que parecen adoptados para dar más herético morbo al alcohol sodomita y golfo... y esa ceguera obscena y táctil... y esas viejas celebrando entre curas afeminados... ¿dónde irán por las esquinas al sol de esa basílica de relapsos? ¿a beber quina Santa Catalina hasta tener boceras amarillas y tocar, por debajo del hábito, la tranca dura de los curas excomulgados, en trance mientras recitan borrachos el Trisagio?... Imaginó entonces una capilla en penumbra (¿no consagrada o directamente profanada?) con sólo velas iluminando las columnas y un sagrario de oro, y en el altar, rodeado de viejas de rodillas, un cura cincuentón con cara de notario invertido rezando con las manos alzadas, la cabeza abatida hacia atrás, los ojos entornados y fulminados por la belleza del caleidoscópico vitral del trascoro..., y con el cipote asomando recto y gordo por un ojal practicado - como en los camisones puritanos, tan caros a la Iglesia – en el centro de la sotana y bordado en oro igual que el resto de la prenda, cual parte integrante natural de esta liturgia sacrílega y blasfema...
...Ya se acerca el momento, el final del rezo; las viejas no pierden el miembro de vista y lo rozan con delicada unción, no vaya a perder el padre la concentración en los misterios. Lo tocan con los dedos rugosos como si fuera una reliquia...
...Ya se acerca el instante; el oficiante hace descender la enjoyada mano derecha, empuña el pene y se masturba con fuerza; luego baja la otra mano y agarra sin miramientos por el cogote frágil a la primera vieja de la izquierda, que abre la boca desdentada y gime; las otras se arriman y forman una fila de fauces comulgantes, juntándose mucho unas caras a otras para no perder una gota; el curángano jadea una vez, agacha y dirige la cabeza roja del rabo, y un chorro blanco, controlado por la presión de la mano, cae medido en la boca de la primera; luego da un poco a la segunda...
¿Cómo lograría el cura excitarse con esas momias? (eyacula en el pómulo de la tercera y la de al lado le relame la cara) ¿cómo...? Pensando... en otra cosa. Recordando... recordando las imágenes pornográficas con las que trafican... ¡Eso contienen las cajas blancas!: bajo el inocente rótulo de JUGUETES se distribuyen cintas de vídeo pornográficas que graban los mismos miembros de la Satánica Congregación de Monjes Homosexuales, o Diócesis Luciferina de Legos Calzapollas, o Productora de Videos de Sacroporno Gay... Lo de la corrupción y explotación económica de las ancianas habría sido un buen negocio. Hasta que se había muerto la última. Sólo entonces habrían recurrido a filmar sus ceremonias secretas... ¿Habría transexuales ocultos en gineceos con olor a mazmorra? ¿Harían sacrificios humanos? ¿Recibirían visitas de representantes de sectas homosecretas orientales? ...
... Buscó en la hoja... allí estaba todo: habían unificado el sexto y el noveno: No fornicar y No desear a la mujer (resultaba irónico) de tu prójimo en un único epígrafe:
¿He tenido pureza en la mirada, pensamiento, y en mi manera de ser? ¿Me he dejado llevar, provocando con mi coquetería, erotismo, pornografía? ¿Tuve relaciones sexuales antes de mi Matrimonio? ¿He tenido relaciones sexuales, o afectivas, fuera del Matrimonio? ¿Me he masturbado? ¿Sólo o con otros? ¿Hice algún acto homosexual? ¿He cometido INCESTO (relación sexual con familiar o pariente)? ¿Intenté o cometí VIOLACIÓN? ¿He hecho ACOSO SEXUAL o cometido ABUSO SEXUAL(esto es con niño o niña, o con ancianos indefensos o enfermos mentales)? ¿Seduje a alguien? ¿Cometí algún acto deshonesto con Sacerdote o Religiosa, ya sea coqueteando o provocándole? ¿He manoseado o excitado a otra persona? ¿Me visto indecentemente para provocar, con ropa ajustada, transparente, escotes o sin ropa íntima, etc.? ¿He cometido algún acto inmoral con animales? ¿Te complaces de conversaciones deshonestas y graves? ¿Vas a sitios de perdición? ¿Llevas a otros? ¿Has “deseado” a otra persona que no sea tu esposo?
¿Sería esa su diabólica actividad, su reto demoniaco y herético...? ¿Cometer todos los pecados del decálogo, con todas las variantes ‘de número y especie’? Desde luego, si su ídolo era el anticristo, no tenían sino que seguir en sentido opuesto las recomendaciones de la Iglesia. Siguió leyendo: No robar, no codiciar los bienes ajenos... Eso ya lo habían resuelto: habrían sacado a las viejas hasta el oro de los dientes, y a los demás les harían pagar cara la satisfacción de sus vicios e inclinaciones; lo justificarían todo, lo perdonarían todo, allanarían todos los caminos, alisarían todos los lechos, permitirían todas las aberraciones, y cobrarían cada una de ellas... No mentir: ¿qué se sabía de ellos? ¿no fingían ser lo que no eran?
¿Qué le quedaba?... No matar.

- ¿Qué quiere de postre?
- ¡...!
- Hay tarta de chocolate tarta de limón tarta de Santiago natillas flan flan de huevo de la casa cuajada de la casa queso con miel macedonia de frutas mousse de limón bombón helado tarrina de helado de sabores sorbete de limón y fruta del tiempo.
- Café – repuso, viendo cómo le recogían el plato con el pescado casi intacto. Bebió otro trago de vino. Sin advertirlo, había mediado la botella. Miró hacia la derecha y no vio ya a los cuatro hombres; sólo la urna del retrato. (...)


(...) “Se oía música de baile americana. Era la última vez que se oiría música en aquella cabaña. Ya no estaban los fardos de ropa en el porche, junto a la escalera. Continuaba habiendo la luz difusa de las velas, pero la cocina, cuyo ventanal daba al extremo norte, se hallaba muy iluminada. Me acerqué entre las palmeras hasta un alto montón de hojas de palma recogidas, desde detrás del cual pude ver allí a tres de las mujeres atareadas con la comida, bromeando, siguiendo el compás del jazz americano con las caderas. Tenían los dientes muy blancos. Estas no eran negras del todo. Eran las dos mulatas y la mestiza. Eran las menos negras, como si dijéramos. Faltaban la más negra, la que tradujo a voz en grito lo que les contaba el viejo, y Talita. Ignoraba si Senabre estaba aún por llegar o estaba ya dentro, ultimándole la faena a la negra tetuda en presencia de Talita, o empeñado con esta en presencia de aquella, o acostado con las dos.
“En esto se abrió la puerta lateral y, desplazándome por detrás del montón de hojas, retrocedí justo a tiempo de ver salir el perfil de un hombre de la casa. Salía fumando y se apoyó en la barandilla. Era Senabre, con el torso desnudo y una manta de flecos anudada a la cintura como un pareo. Por el camino de arriba pasó un automóvil (alguien se iba de la casa), y por un momento iluminó las copas desflecadas del palmeral.
Le oí expulsar el humo, y luego salió Talita y se abrazó desnuda a su espalda.
- Quédate.
- ...
- Quédate, amor.
- Te he dicho que no puedo. Se lo he prometido. Por la niña. Además, hay mucha gente arriba... ¿Tienes los papeles que te he dado?
- ¡Pero si no te va a pasar nada! ¡Fue por abusar!
- Guárdalos y no le digas a nadie que los tienes. Si pasa algo ya sabes lo que debes hacer.
- Sí amor, pero quédate un rato, te tenemos una sorpresita. Verás...
“No pude escuchar nada más porque mi oído acababa de percibir un murmullo de hojas detrás de mí. Volví la cara y vi a la negra dirigiéndose justo hacia donde yo estaba. Venía componiéndose la falda. Nunca se me había ocurrido que el retrete no estuviera en la casa. Entonces caí en la cuenta de haber visto una caseta viniendo del canal. O me veía o me pisaba. Al levantar la mirada de su ropa me vio y se detuvo. No se asustó ni dijo nada. A la luz de la casa la vi sonreírse: negra, opulenta y brillante. Yo estaba de cuclillas tras el parapeto de hojas. Se acercó y se puso en cuclillas frente a mí. Iba descalza y sus pies eran anchos y gruesos. Estaba un poco gorda, pero su postura era elegante, y se la veía cómoda. Me miró por toda la cara antes de tocarme el pómulo, la boca... y, mientras, hablaba bajo con murmullo profundo: “Así que eras tú, ratón.... Querías ver a las negras, ¿eh, rufián?”. Llevaba un vestido ligero estampado de flores que en la sombra parecía de ramaje. Sin dejar de mirarme a los ojos, sonriendo, sin dejar tampoco de tocarme las orejas, el pelo... se desabrochó con la mano izquierda los dos botones altos de la ropa y se sacó, uno a uno, los dos enormes pechos, que quedaron, grávidos, pendulantes y gordos, colgándole entre las rodillas. Luego cogió mi mano derecha y me hizo tocarlos. Tenía las tetas tersas, blandas y calientes, y eran enormes y pesadas. Olía fuerte. Me pregunté si llevaría bragas. Usé también entonces la otra mano. Cuando apreté los dos duros pezones, se estremeció y, apartándome las manos y abrochándose, murmuró: “Ven a verme una tarde de estas, galán; porque si no vienes, voy yo a decirle a la señorita que su guapo enamorado es un sucio mirón y tocón”. Se levantó y se fue. (...)



(...) Ante cada columna de sustentación, casi adosada a ella, se levantaba una columna trunca, un pedestal o basa, de unos dos metros de altura, sobre cada una de las cuales había una imagen de piedra erosionada. Había en este lado una fila de cinco pedestales, con una figura cada uno, uno por cada columna de sustentación, y otros cinco al otro flanco de la nave; diez pedestales y diez figuras, todas distintas entre sí, pero, como resultaba asimismo evidente por la factura, por el grado y modo de erosión, por el tamaño y hasta por lo homogéneo de las diferencias, las diez pertenecientes a un mismo conjunto o grupo escultórico.
Ahora se encontraba justo delante y debajo de la primera de ellas. Tendría como medio metro de altura, a partir de los dos de la peana. Se veía el poro de la piedra arenisca erosionada, los ángulos rebajados por la acción de los elementos (¿qué elementos? no lo sabía, sin duda se lo habían dicho y estaba distraída) y del tiempo, la superficie como dulcificada, y sin embargo era posible distinguir todavía la caída y los pliegues de la ropa: no se trataba de un sayal de monje, pues el ropón estaba ceñido a la cintura y sólo llegaba hasta por debajo de la rodilla. De aldeano o siervo tal vez (¿pajes? ¿esclavos? ¿esclavos que merecen estatuas a la manera griega?). Nucio seguía hablando, diciendo que las obras de nivelación y allanamiento del terreno para el polígono se habían estancado durante meses mientras se las ingeniaban para sacar los arcones que no habían sido pulverizados por las excavadoras, pero que había sido imposible recuperarlos porque la madera podrida se desmenuzaba al solo contacto de la mano. Por lo menos, y salvo las inevitables filtraciones, los arcones habían protegido bastante las figuras, que habían podido ser recuperadas como las veía.
- ¿De qué época son? – Preguntó Diana en voz alta.
Su presencia había llamado la atención de los que se inclinaban bajo la luz de las lámparas de oficina, y un hombre joven con barba rubia y jersey de lana gruesa y marrón, tras observarla largamente con torpe carencia de disimulo, había recogido unas carpetas y había abandonado la nave por detrás del retablo, por el ábside.
- No se sabe. Se pensó en los lares y penates romanos, pero son demasiado grandes y forman una colección. Tampoco son evangelistas ni apóstoles ni padres de la Iglesia. Se ha llegado a la conclusión de que nunca hubo más de diez, además no tienen emblemas, símbolos, signos, nombres ni rastro alguno de a quién o qué representarían. Por eso mismo se sabe que tampoco son santos. También lanzó alguien la teoría de que eran las diez potestades o virtudes herméticas, algo relacionado con el ocultismo; pero se rechazó de plano: aquí la gente es muy católica. Ni fenicias ni etruscas tampoco, si lo estaba pensando. Lo más probable es que sean visigodas; pero... A falta de cosa mejor, la gente empezó a llamarlas ‘ángeles’. Lo que impide una datación más exacta es, además de la falta de indicios ni rasgos, esas extrañas posturas que adoptan. Son... insólitas. Este – dijo señalando la primera figura, que se llevaba una mano de piedra a la frente inclinada -, como ve, es el Ángel del Cansancio, o así han dado en nombrarle. También se la denominó del Arrepentimiento y de la Tristeza, pero ha prevalecido el agotamiento.
Aunque el resto de la estatua era rígido, hierático, muy románico, la pose conservaba la frescura y la impronta del ademán vivo cazado por una instantánea fotográfica de un modelo que ignora que lo es. Aquel hombre atribulado (porque todos eran varones, tal vez el mismo hombre, con seguridad ataviado con el mismo atuendo) transmitía una sensación de intimidad y realismo a pesar, o tal vez gracias a la sobriedad en el gesto: el púdico (aunque irrefrenable) echarse la mano a la frente cansada de un hombre solo en cualquier esquina del mundo y aun del tiempo. Nada monacal ni severo, acaso sólo humilde, sabiamente humano, había en la modesta, pudibunda rigidez de la cintura, los pies y el brazo izquierdo; nada teatral en la frente vencida un poco hacia el lado del brazo y la mano parcialmente abierta que la sostienen. Y era sorprendente, inexplicablemente fiel a la anatomía invisible (bajo el manto de piedra igual que bajo la máscara de los desempeños sociales y civiles) de la preocupación familiar cotidiana, del súbito cansancio o dolor por sobrecarga de preocupaciones o trabajo del hombre doliente que ha de parar (puede parar) solamente un instante para reconstruir el presente y poder soportarlo. Todas las tareas y pesares del hombre corriente estaban condensadas en la mano entreabierta que sustenta; con los dedos levemente combados para así con las yemas llevarles un contacto sedante a los senos del lóbulo frontal, dedos que regalan certeza y compasión, y que secreta, discreta, modestamente dicen: “Lo sé. Calma. Yo estoy aquí para reconfortarte. Yo estoy aquí para el consuelo fugaz de este duro trance de la labor para la muerte”. Su rostro, invisible en la sombra de los dedos, era precisamente aquella mano que soporta y consuela. Diana compartió sin querer algo de aquella pesadumbre.
Nucio la rozó suavemente en el hombro y ella se dejó conducir unos metros hasta hallarse bajo la siguiente columna, el siguiente pedestal con su estatua. (...)


(...) La penumbra olía a cáscara de limón. Se despojó del bolso, los zapatos y la falda antes de arrojarse sobre la sábana. Estaba fresca. Justo frente a la cama, al otro lado del cuarto, se veía el vano oscuro de la puerta del baño. Sintió un escalofrío de humedad y baldosines, y también algo más intenso que no identificaba. De pronto, reconoció unas agudas ganas de orinar. Se levantó y corrió al aseo a sentarse. Dejó la puerta como la había encontrado. No había encendido ninguna bombilla, pero veía un poco gracias a la difusa luz procedente del dormitorio, de la persiana mal cerrada. Desaguó largamente. Por la puerta de par en par veía la ventana con ranuras de luz contra las cortinas blancas con flores color mostaza, y al pie de la ventana, con el respaldo iluminado a contraluz, un sillón sencillo de terciopelo rojo, aunque la poca claridad y el contraluz hacían, en realidad, rojos solamente los perfiles de los brazos y del respaldo. Las bragas le entorpecían los tobillos y se desprendió con gusto de ellas. Hacía un calor húmedo allí dentro. Se quitó la blusa y la arrojó volando sobre una banqueta de la sombra. A su izquierda, a la altura del hombro, encontró el frescor de la loza del lavabo. Levantó ese brazo y lo apoyó.
Había acabado. Sentía el habitual prurito mínimo en la vulva, pero no buscó con la mano el rollo higiénico. Frotó superficialmente el sexo con la mano derecha. Cuando notó la humedad ya era tarde para el papel, porque había cerrado los ojos y colocado la frente sobre el antebrazo izquierdo.
Aun así, siguió viendo el sillón rojo; un poco más rojo, tal vez. Estaba ocupado por una mujer casi desnuda. Era ella misma; estaba allí sentada mirándose en el baño. Pero mirándose con los ojos abiertos. Se trasladó mentalmente al sillón y desde allí se veía sentada en la taza del váter, con el brazo siniestro apoyado en el lavabo y la frente oculta en el hueco de ese brazo. Y la mano diestra entre los muslos. La mujer del cuarto de baño, como ella, sólo llevaba puesto un sostén blanco.
Sin abrir los ojos, la del retrete vio que la otra también se lo quitaba: el broche de la espalda, una hombrera, la otra. Descargaron entonces cada una dos senos naturales y pesados, aunque no grandes en demasía. “El sujetador es un arco mágico que sujeta y ciñe el Universo”, recordó Diana de los juegos lésbicos de la universidad, y sonrieron las dos. Con los ojos cerrados, la Diana del baño vio cómo la otra, igual que ella, se pellizcaba un poco los pezones, pero enseguida recuperó la otra postura corporal (el brazo siniestro apoyado, la cabeza caída, los ojos cerrados, la diestra en la entrepierna, presionando con suavidad), y la del sillón de color guinda también llevó la mano derecha al mismo lugar y se presionó.
Su muñeca conocía bien los movimientos, sus dedos se volvieron audaces, por eso se entregó aún más confiadamente a la visión de la que estaba sentada en el sofá, quien giró la cabeza a la derecha y vio abrirse la puerta a la luz roñosa del pasillo. Cuando se cerró, había tres hombres dentro, aún en la zona oscura. El primero que se acercó, entrando su cuerpo bajo el claror de la ventana, fue Nucio. Iba completamente desnudo salvo el bigote lacio. Su cuerpo era delgado, con el vientre bajo y redondo ensombreciendo más el vello púbico. Desde el baño, Diana, con los ojos cerrados, vio interponerse a Nucio entre ella y la Diana del sillón. Las nalgas de Nucio eran sumidas, las caderas escurridas y tan huesudas como la espalda, marcada de costillas y vértebras.
Con su mano derecha seguía explorándose, y supo que debía conceder más todavía a su ‘yo’ del sillón, y trasladarse a ese yo para poder ver el pene de Nucio, a quien la del sofá tenía justo delante. Su escroto colgaba repleto, par y desigual, como la bolsa de canicas de un escolar mirón, pero su pene no aumentaba de tamaño con suficiente rapidez. Ella sintió la obligación y el reto de estimularlo.
- Ya estás aquí, perro... ¿Te ha visto subir alguien, impotente borracho? – Nucio sonrió y negó con la cabeza, como ese escolar tímido y mirón gozosamente cogido en falta lúbrica. Dio la vuelta por detrás del asiento y se colocó a su costado izquierdo; así, la Diana del cuarto de baño podía ver (con los ojos cerrados contra el brazo siniestro) a la otra sentada y con un hombre muy blanco y muy desnudo a su lado que (¡hasta eso podía distinguir!) se tomó el falo largo y flojo por la base y lo agitó hasta que el apéndice adquirió bastante grosor. Luego comenzó a golpear con él el hombro izquierdo de Diana: Plas, Plas, Plas, Plas. Ella lo sentía como si la golpease con un pescado, con una trucha babosa y de sangre caliente, con una bacaladilla, una japuta, una cría de marrajo o una de aquellas anguilas que vio una vez, cortadas y muertas, que se movían. Para no encontrarse todavía el miembro de Nucio enfilado a su boca, tan cerca de sus labios (algo que, más temprano que tarde, tendría que suceder), no volvió la cabeza hacia ese lado cuando el hombre comenzó a hablar.
- Llamarme perro es decirme que me humillo, que carezco de dignidad y de valor, (Plas, Plas), pero entre los hombres... (¡Mira para adelante! ¡Mírate allí meando en el retrete y metiéndote el dedo, guarra! ¡Y cállate!) ...entre los hombres, el humillar la cerviz tiene otras lecturas... Antaño, el jefe guerrero no temía a sus hombres (Tú tampoco me temas; tampoco me tengas miedo, zorrita... ¡Ya chuparás!), pues había obtenido su puesto por sus méritos en el combate, y podía enfrentarse a cualquiera de ellos y matarlo, por eso no necesitaba humillarlos: los dejaba permanecer de pie y armados ante él (Plas, Plas), y mirarlo a los ojos. A medida que el príncipe fue haciéndose menos militar y más cortesano, más poderoso también y, paradójicamente, más débil de cuerpo y de coraje, a medida, pues (Plas, Plas), que se fue volviendo más vulnerable, hasta llegar casi a la indefensión, más temió de sus súbditos, (Plas, Plas, Plas, Plas), más miedo le daba su presencia, más riesgos entrañaba su cercanía y su contacto visual, pues, como todo el mundo sabe (Plas, Plas) ver una pieza durante una partida de caza es ya casi haberla despellejado (Plas, Plas). Por eso, si el príncipe tiene suficiente poder para imponerlo (Plas), impone una postura que haga imposible el tiranicidio. Las formas de sumisión simbólica (Plas, Plas) responden, más que a la devoción o al respeto, a la seguridad del sátrapa. Conque, (Plas), en función de esa peligrosidad, (Plas, Plas), se fueron creando por un lado las reglas de protocolo palaciego y por otro las atribuciones divinas del soberano. Cuanto más aumentaba la delicadeza del regente, (Plas, ¡Mira para adelante, bonita, o te caliento!), mayor era la humillación a que debían someterse los súbditos en su presencia. Ante el emperador más frágil, el súbdito ha de mantener la frente contra el suelo, y así ¿cómo va a poder atentar contra su vida... ¿eh?...(Chupa un poco... Así... ¡Déjalo!... Plas); si tiene que permanecer postrado, con la nariz en el polvo y las palmas extendidas igual que un reo, ¿cómo podría agredirlo? La suprema humillación del sujeto es el supremo reconocimiento de su potencial peligrosidad para la integridad física (la única que cuenta, cerdita, Plas) del principito (Plas, Plas... Ahora sí, ahora mira hacia aquí y toma mi polla con la boca.. así... sin dientes... ¡basta! Plas). Ese miedo ritual reconoce, pues, la fuerza hostil virtual de cualquier muerto de hambre. La crueldad del príncipe, por su parte, da a esta situación realismo y contendido moral. Algunos monarcas (¡lámela un poco!... Assíí... ¡ya!) comprendieron el origen de la necesidad de la ficción de la devoción de los súbditos (No te distraigas, cerda, Plas), y cuanta mayor devoción se empeñaban estos en mostrarles, mayor sensación de mentira, de miedo y soledad sentían ellos (Plas, Plas). El rey con la paranoia de persecución más acusada, que llegó hasta la locura y tuvo que abdicar, fue aquel que sintió con certeza que el corazón de uno de sus cientos de millones de siervos conocía el secreto de tanta humillación protocolaria (Plas... lame los huevos, puta... hasta el ojete... a ver si se calienta ya tu amiga la zorrita frígida del baño... asssííí... ¡basta!... ahora para adentro), aquel que sintió que un mierdecilla conocía el secreto de tanta divinización de gerifaltes y monarcas, y que, por tanto, se sabía más fuerte que él... No necesitaba ir a verlo ni mandarle cartitas como ese cagón del personaje de Kafka... Anda, mira a tu derecha; quiero presentarte a más perros.
Dejó de sentir el relieve del glande entre los labios y la lengua y movió la cabeza hacia la derecha, como le habían indicado. Ya estaban dentro, y eran muchos.
La Diana del retrete, con los ojos cerrados y la cadera ya tensa de excitación vio que a la otra, sentada en el sillón de perfiles rojos, la rodeaban hombres desnudos con ingles oscuras y bultos gordos: músculos, escrotos y pollas. Más atrás, junto a la pared del fondo, vio penumbras de hombres gordos masturbándose. Dos de ellos se lo hacían recíprocamente. Vio cómo la otra alargaba la mano izquierda.
Y la del sillón tocó el pene erecto y rojo de un hombre un poco grueso. Levantó la mirada y reconoció el brillo de las gafas y el corte de pelo elegante de don Roberto. Olía a goma de borrar y tinta de fotocopiadora. El otro cuerpo a su derecha era delgado y tenía las manos a la espalda. Este, el tío Zomín, la miraba lampiño y abacial, recogido y paciente, con el cuello tronchado en una curva resignada. Pero movía la pelvis, y el saco genital, fláccido, le golpeaba contra los muslos pálidos y peludos. Por entre el uno y el otro (Nucio seguía a lo suyo: Plas, Plas, Plas) vio cómo el hueco de la puerta se llenaba con la presencia del hombre joven y rubio de la melena. Era muy hermoso, y dejó la caja blanca en el suelo antes de entrar bajo la luz. Se acercó con sonrisa de golfo (y de la sonrisa sólo eran visibles los bordes colorados), y al plantarse frente a ella sacudió para atrás la cabeza y se movieron las guedejas doradas. Se sujetaba el falo descomunal y nervudo con la mano derecha, apretándolo por la base. La Diana del sillón, con la polla de don Roberto ahora en la boca y estimulando la de Zomín con la mano derecha (la del baño seguía tocándose con esa derecha, y había sentido ya los primeros húmedos heraldos), temió y deseó a un tiempo que el joven la obligase a tragarse aquel miembro enorme, pero no lo hizo: le separó las piernas, se arrodilló ante ella y le pasó dos veces la lengua de perro por la vulva. Luego otra vez, y la del retrete vio, con los párpados abatidos, cómo la del sillón giraba los ojos y ponía la espalda tensa a medida que la boca del propietario de la melena se encarnizaba con su coño. Y sintió un breve espasmo que la avisaba y parecía poner en conexión sus ovarios con los riñones. Una gota de su líquido cayó en el agua y vio, con los ojos cerrados, cómo el joven de culo prieto y ancha espalda de perfil colorado levantaba las piernas de la otra y la penetraba brutalmente.
La del sillón dio un grito (como pudo, con un pene en la boca) y sintió primero dolor y al poco fuego. El rubio habló al ritmo de su cintura.
- VOY a prepaRARte para BALdo SeNAbre... aaaSÍ... aaaSÍ... aaaSÍ... puTÓN... guaRRÓN...
Y así continuó unos minutos, perfoRANdo, horaDANdo, martiLLANdo, y Diana saboreando carne latiente, tocando carne de pulpo, viendo sombras y bultos blanqueninos, oliendo anos y sudores, sintiendo ya salpicaduras en la cara.
- Ya viene - oyó
- Ahora conocerás el secreto de Senabre.
Se apartan todos menos el rubio, que sigue bombeANdo; y la Diana del sillón ve asomar por la puerta el cuerpo luciente de Senabre.
“¿Qué Senabre?”, le pregunta la del cuarto de baño a la otra sin dejar de frotarse, con los ojos cerrados, con la boca sellada. “Los dos, que son el mismo”, se le responde. “¿Cómo es?” “Tiene el cuerpo del Moisés de Miguel Ángel y la cabeza de Sean Connery. Es inmenso y hermoso” “¿Y la polla?” “La polla es como la de Rocco Siffredi” “¿Qué hace?” “Brilla caminando hacia mí. Es una aparición, un ectoplasma. Es un espectro: su cuerpo se transparenta un poco... se pasea por delante de mí y... ahora te veo a través de su vientre cristalino, te veo agitarte en el inodoro. Ya está aquí... Rodeando todo su cuerpo, a un centímetro de su piel hay como un aura luminosa y azul que sólo se ve interrumpida por su pene perfecto, que atraviesa esa aura provocando que la energía mude su color en la zona de contacto: su falo santo atraviesa el aura azul desgarrándola a través de un ojal con el borde de luz amarilla, como bordado en oro. Y al salir fuera del aura protectora, la polla no irradia ya esa luz azul (ahora es fluorescente y blanca como un cetro bendito), pero manifiesta su secreto.” “¿Cuál es el secreto de Senabre? No lo veo desde aquí” “El aura de luz permite ver su carne de cristal antiguo, y a través de ella te veo convulsa en el retrete, pero su sustancia fantasmal me deja distinguir además su esqueleto de fósforo, que ríe y que danza, que se pavonea marionético y petulante, medieval y lunático, y también me permite vislumbrar su secreto...” “¿¡Cuál es!?” “... un hueso liso y alargado dentro del falo.” “¿Cómo?” “Tiene un hueso longilíneo a lo largo del cipote que presta solidez a la uretra cuando esta lo haya menester; y cuando no..., tal vez se repliegue, eso ya no lo sé.” “Pero ¿qué dices?” “No es tan raro. Algunos animales lo tienen.” “¿Es calcáreo y rígido o cartilaginoso?” “No sé, será cartilaginoso, le pega más... ¿Te corres?” “No sé. ¿Qué te hacen ahora?”
La Diana del sillón siente que don Roberto por un lado, de un brazo y una corva, y Zomín y Nucio por el otro la levantan en volandas mientras se dispone Senabre. Al rubio le suda el pecho duro y sigue que te sigue, ahora de pie, empuJANdo y meTIÉNdole aquel prodigio hasta que Baldomero, que sonríe desde atrás, transparente y heroico, tétrico y cachondo, famoso y lúbrico, le toca el hombro para que le deje ese sitio. El rubio entonces saca lo suyo húmedo y brillante con los perfiles rojos, de color de picota, le abre a ella el sexo con la mano (con la misma que lo hace también la mujer del retrete, sintiendo ya el principio del fin) y escupe dentro, dos veces, antes de apartarse definitivamente y ponerse a sujetarla en vilo junto con los demás, al lado de don Roberto, para que Senabre pueda acoplarse con ella así de pie.
Por fin se acerca, y el aura azul entra en contacto (una frescura eléctrica) con la cara interna de sus muslos de bordes de color encarnado. La Diana del retrete ha descargado la cisterna, y como el breve frescor que asciende no es bastante, hunde la mano en el agua que baja por la loza y con ella se embadurna la vulva: es la punta del pene frío la que hace entonces contacto, como una barra de metal o un caño de agua viva, con los labios que se mueven como gusanos enloquecidos, con la vagina que se contrae haciendo ventosa. Un estremecimiento premonitorio comienza a recorrer el vientre de la del retrete y... entonces sonó un timbre. (...)

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